MIENTRAS los discípulos proclamaban las verdades del
Evangelio en Jerusalén, Dios añadió su testimonio a las palabras de ellos, y
una multitud creyó. Muchos de esos
creyentes primitivos se vieron inmediatamente separados de su familia y sus
amigos por el celoso fanatismo de los judíos, y fue necesario proveerlos de
alimentos y hogar.
El relato declara: "Ningún necesitado había
entre ellos," y dice cómo se suplía la necesidad. Los creyentes que tenían dinero y posesiones
los sacrificaban gozosamente para hacer frente a la emergencia. Vendiendo sus casas o sus tierras, traían el
dinero y lo ponían a los pies de los apóstoles, "y era repartido a cada
uno según que había menester."
Esta generosidad de parte de los creyentes era el
resultado del derramamiento del Espíritu.
Los conversos al Evangelio eran "de un corazón y de un
alma." Un interés común los
dominaba, a saber el éxito de la misión a ellos confiada; y la codicia no tenía
cabida en su vida. Su amor por los
hermanos y por la causa que habían abrazado superaba a su amor por el dinero y
sus bienes. Sus obras testificaban de
que tenían a las almas de los hombres por más preciosas que las riquezas
terrenales.
Así será siempre que el Espíritu de Dios tome
posesión de la vida. Aquellos cuyo corazón está lleno del amor de Cristo,
seguirán el ejemplo de Aquel que por amor a nosotros se hizo pobre a fin de que
por su pobreza fuésemos enriquecidos.
El dinero, el tiempo, la influencia, todos los dones que han recibido de
la mano de Dios, los estimarán solamente como un medio de promover la obra del
Evangelio. Así sucedía en la iglesia
primitiva; y cuando en la iglesia de hoy se vea que por el poder del Espíritu
los miembros han apartado sus afectos de las cosas del mundo, y que están
dispuestos a hacer sacrificios a fin de que sus semejantes puedan oír el
Evangelio, las verdades proclamadas tendrán una influencia poderosa sobre los
oyentes.
Frente al ejemplo de benevolencia mostrado por los
creyentes, contrastaba notablemente la conducta de Ananías y Safira, cuyo caso
registrado por la pluma de la inspiración dejó una mancha obscura en la
historia de la iglesia primitiva.
Juntamente con otros, estos profesos discípulos habían compartido el
privilegio de oír el Evangelio predicado por los apóstoles. Habían estado presentes con otros creyentes
cuando, después que los apóstoles hubieron orado, "el lugar en que estaban
congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo." Todos los presentes habían sentido una
profunda convicción, y bajo la influencia directa del Espíritu de Dios, Ananías
y Safira habían hecho una promesa de dar al Señor el importe de la venta de
cierta propiedad. Más tarde, Ananías y
Safira agraviaron al Espíritu Santo cediendo a sentimientos de codicia.
Empezaron a lamentar su promesa, y pronto perdieron la dulce influencia de la
bendición que había encendido sus corazones con el deseo de hacer grandes cosas
en favor de la causa de Cristo. Pensaban que habían sido demasiado apresurados,
que debían considerar nuevamente su decisión.
Discutieron el asunto, y decidieron no cumplir su voto. Notaron, sin embargo, que aquellos que se
despojaban de sus posesiones a fin de suplir las necesidades de sus hermanos
más pobres, eran tenidos en alta estima entre los creyentes; y sintiendo
vergüenza de que sus hermanos supieran que sus almas egoístas les hacían dar de
mala gana lo que habían dedicado solemnemente a Dios, decidieron
deliberadamente vender la propiedad y pretender dar todo el producto al fondo
general, cuando en realidad se guardarían una buena parte para sí mismos. Así se asegurarían el derecho de vivir del
fondo común, y al mismo tiempo ganarían alta estima entre sus hermanos.
Pero Dios odia la hipocresía y la falsedad. Ananías y Safira practicaron el fraude en su
trato con Dios; mintieron al Espíritu Santo, y su pecado fue castigado con un
juicio rápido y terrible. Cuando Ananías vino con su ofrenda, Pedro le dijo:
"Ananías, ¿por qué ha llenado Satanás tu corazón a que mintieses al
Espíritu Santo, y defraudases del precio de la heredad ? Reteniéndola, ¿no se
te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu potestad? ¿Por qué pusiste esto en
tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios."
"Entonces Ananías, oyendo estas palabras, cayó y
espiró. Y vino un gran temor sobre todos los que lo oyeron."
"Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti?"
preguntó Pedro. No se había ejercido
ninguna influencia indebida en Ananías para compelerle a sacrificar sus
posesiones para el bien general. El
había procedido por su propia elección.
Pero al tratar de engañar a los discípulos, había mentido al Altísimo.
"Y pasado espacio como de tres horas, sucedió
que entró su mujer, no sabiendo lo que había acontecido. Entonces Pedro le dijo: Dime: ¿vendisteis en
tanto la heredad? Y ella dijo: Sí, en tanto. Y Pedro le dijo: ¿ Por qué os
concertasteis para tentar al Espíritu del Señor? He aquí a la puerta los pies
de los que han sepultado a tu marido, y te sacarán. Y luego cayó a los pies de él, y espiró: y entrados los mancebos,
la hallaron muerta; y la sacaron, y la sepultaron junto a su marido. Y vino un
gran temor en toda la iglesia, y en todos los que oyeron estas cosas."
La sabiduría infinita vio que esta manifestación
señalada de la ira de Dios era necesaria para impedir que la joven iglesia se
desmoralizara. El número de sus
miembros aumentaba rápidamente. La
iglesia se vería en peligro si, en el rápido aumento de conversos, se añadían
hombres y mujeres que, mientras profesaban servir a Dios, adoraban a
Mammón. Este castigo testificó que los hombres no pueden engañar a
Dios, que él descubre el pecado oculto del corazón, y que no puede ser burlado.
Estaba destinado a ser para la iglesia una advertencia que la indujese a evitar
la falsedad y la hipocresía, y a precaverse contra el robar a Dios.
Este ejemplo del aborrecimiento de Dios por la
codicia, el fraude y la hipocresía, no fue dado como señal de peligro solamente
para la iglesia primitiva, sino para todas las generaciones futuras. Era codicia lo que Ananías y Safira habían
acariciado primeramente. El deseo de
retener para sí mismos una parte de lo que habían prometido al Señor, los llevó
al fraude y la hipocresía.
Dios ha dispuesto que la proclamación del Evangelio
dependa de las labores y dádivas de su pueblo.
Las ofrendas voluntarias y el diezmo constituyen los ingresos de la obra
del Señor. De los medios confiados al hombre, Dios reclama cierta porción: la
décima parte. Los deja libres a todos de decir si han de dar o no más que esto.
Pero cuando el corazón se conmueve por la influencia del Espíritu Santo, y se
hace un voto de dar cierta cantidad, el que ha hecho el voto no tiene ya ningún
derecho a la porción consagrada. Las
promesas de esta clase hechas a los hombres serían consideradas como obligación;
¿y no son más obligatorias las que se hacen a Dios? ¿Son las promesas
consideradas en el tribunal de la conciencia menos obligatorias que los
acuerdos escritos de los hombres?
Cuando la luz divina brilla en el corazón con
inusitada claridad y poder, el egoísmo habitual afloja su asidero, y hay
disposición para dar a la causa de Dios. Pero nadie piense que podrá cumplir
sus promesas hechas entonces, sin una protesta de Satanás. A él no le agrada ver edificarse el reino
del Redentor en la tierra. El sugiere
que la promesa hecha es demasiado grande, que puede malograr los esfuerzos por
adquirir propiedades o complacer los deseos de la familia.
Es Dios quien bendice a los hombres con propiedades,
y lo hace a fin de que puedan dar para el avance de su causa. El envía la luz del sol y la lluvia. El hace crecer la vegetación. El da la salud y la habilidad de adquirir
medios. Todas nuestras bendiciones
proceden de su generosa mano. A su vez, quiere que los hombres y mujeres
manifiesten su gratitud devolviéndole una parte como diezmos y ofrendas,
ofrendas de agradecimiento, ofrendas voluntarias, ofrendas por la culpa. Si los
medios afluyeran a la tesorería de acuerdo con este plan divinamente señalado,
a saber, la décima parte de todos los ingresos, y ofrendas liberales, habría
abundancia para el adelantamiento de la obra del Señor.
Pero el corazón de los hombres se endurece por el
egoísmo, y, como Ananías y Safira, son tentados a retener parte del precio,
mientras pretenden cumplir los requerimientos de Dios. Muchos gastan dinero pródigamente en la
complacencia propia. Los hombres y
mujeres consultan su deseo y satisfacen su gusto, mientras traen a Dios, casi
contra su voluntad, una ofrenda mezquina. Olvidan que un día Dios demandará
estricta cuenta de la manera en que se han usado sus bienes, y que la pitanza
que entregan a la tesorería no será más aceptable que la ofrenda de Ananías y
Safira.
Del severo castigo impuesto a estos perjuros, Dios
quiere que aprendamos también cuán profundo es su aborrecimiento y desprecio de
toda hipocresía y engaño. Al pretender
que lo habían dado todo Ananías y Safira mintieron al Espíritu Santo, y como
resultado, perdieron esta vida y la venidera. El mismo Dios que los castigó
condena hoy toda mentira. Los labios mentirosos le son abominación. Declara que
en la santa ciudad "no entrará . . . ninguna cosa sucia, o que hace
abominación y mentira." (Apoc. 21: 27.) Aferrémonos a la veracidad con
mano firme, y sea ella parte de nuestra vida. Practicar el disimulo y jugar al
tira y afloja con la verdad, para acomodar los planes egoístas de uno,
significa provocar el naufragio de la fe. "Estad pues firmes, ceñidos
vuestros lomos de verdad." (Efe. 6: 14.) El que declara falsedades, vende
su alma a bajo precio. Sus mentiras
pueden parecerle útiles en casos de apuro; de esta manera le parecerá que
adelanta en sus negocios como no podría hacerlo mediante un proceder correcto,
pero llega finalmente al punto en que no puede confiar en nadie. Al ser él
mismo un falsario, no tiene confianza en la palabra de otros.
En el caso de Ananías y Safira, el pecado del fraude contra Dios fue castigado inmediatamente. El mismo pecado se repitió a menudo en la historia ulterior de la iglesia, y muchos lo cometen en nuestro tiempo. Pero aunque no sea acompañado de una manifestación visible del desagrado de Dios, no es menos horrible a su vista ahora que en el tiempo de los apóstoles. La amonestación se ha dado; Dios ha manifestado claramente su aborrecimiento por este pecado; y todos los que se entregan a la hipocresía y a la codicia pueden estar seguros de que están destruyendo sus propias almas.