HACE alrededor de diecinueve siglos que los apóstoles
descansan de sus labores; pero la historia de sus fatigas y sacrificios por la
causa de Cristo se encuentra todavía entre los más preciosos tesoros de la
iglesia. Dicha historia, escrita bajo
la dirección del Espíritu Santo, fue registrada a fin de que por ella los
seguidores de Cristo de todas las épocas fuesen inducidos a empeñarse con mayor
celo y fervor en la causa del Salvador.
Los discípulos cumplieron la comisión que Cristo les
dio. A medida que esos mensajeros de la
cruz salían a proclamar el Evangelio, se manifestaba tal revelación de la
gloria de Dios como nunca antes habían visto los mortales. Por medio de la cooperación del Espíritu
divino, los apóstoles realizaron una obra que conmovió al mundo. El Evangelio fue llevado a toda nación en
una sola generación.
Gloriosos fueron los resaltados que acompañaron al
ministerio de los apóstoles escogidos por Cristo. Al principio, algunos de ellos eran hombres sin letras, pero su
consagración a la causa de su Maestro era absoluta y bajo su instrucción
consiguieron una preparación para la gran obra que les fue encomendada. La gracia y la verdad reinaban en sus
corazones, inspiraban sus motivos y dirigían sus acciones. Sus vidas estaban escondidas con Cristo en
Dios, el yo se perdía de vista, sumergido en las profundidades del amor
infinito.
Los discípulos eran hombres que sabían hablar y orar
sinceramente, hombres que podían apoderarse de la fuerza del Poderoso de
Israel. ¡Cuán cerca estaban de Dios, y cuán estrechamente ligaban su honor
personal a su trono! Jehová era su
Dios. Su honor era el honor de ellos.
La verdad de Dios era la suya. Cualquier ataque al Evangelio hería
profundamente sus almas, y con todo el poder de su ser luchaban por la causa de
Cristo. Podían predicar la palabra de
vida, porque habían recibido la unción celestial. Esperaban mucho y por lo tanto intentaban mucho. Cristo se revelaba a ellos y le miraban como
su guía. Su entendimiento de la verdad
y su poder para afrontar la oposición estaban en proporción con su conformidad
a la voluntad de Dios. Jesucristo, sabiduría y poder de Dios, era el tema de
todo discurso. Su nombre -el único dado
a los hombres debajo del cielo para que puedan ser salvos- era exaltado por
ellos. A medida que proclamaban un
Salvador todopoderoso, resucitado, sus palabras conmovían los corazones y
hombres y mujeres eran ganados para el Evangelio. Multitudes que habían vilipendiado
el nombre del Salvador y despreciado su poder, ahora se confesaban discípulos
del Crucificado.
Los apóstoles no cumplía su misión por su propio
poder, sino con el del Dios Viviente.
Su tarea no era fácil. Las
primeras labores de la iglesia cristiana se realizaron bajo opreción y amarga
aflicción. Los discípulos encontraban
constantemente privaciones, calumnias y persecuciones en su trabajo; pero no
consideraban sus propias vidas como caras; antes se regocijaban porque eran
llamados a sufrir por Cristo. La irresolución, la indecisión, y la debilidad
de propósito no hallaban cabida en sus esfuerzos. Estaban dispuestos a gastar y ser gastados. El sentido de la responsabilidad que
descansaba sobre ellos, purificaba y enriquecía sus vidas; y la gracia del
cielo se revelaba en las conquistas que lograron para Cristo. Con el poder de
la omnipotencia, Dios obraba por intermedio de ellos para hacer triunfar el
Evangelio.
Los apóstoles edificaron la iglesia de Dios sobre el
fundamento que Cristo mismo había puesto. Frecuentemente se usa en las
Escrituras la figura de la construcción de un templo para ilustrar la
edificación de la iglesia. Zacarías
señaló a Cristo como el Pimpollo que debía edificar el templo del Señor. Habla
de los gentiles como colaboradores en la obra: "Y los que están lejos
vendrán y edificarán en el templo de Jehová;" e Isaías declara: "Los
hijos de los extranjeros edificarán tus muros." (Zac. 6: 12, 15; Isa. 60:
10.)
Escribiendo acerca de la edificación de dicho templo,
Pedro dice: "Al cual allegándoos, piedra viva, reprobada cierto de los
hombres, empero elegida de Dios, preciosa, vosotros también, como piedras
vivas, sed edificados una casa espiritual, y un sacerdocio santo, para ofrecer
sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo." (1 Ped. 2:4,
5.)
Los apóstoles trabajaron en la cantera del mundo
judío y gentil, extrayendo piedras que habían de colocar sobre el
fundamento. En su carta a los creyentes
de Efeso, Pablo les dice: "Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos,
sino juntamente ciudadanos con los santos, y domésticos de Dios; edificados
sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del
ángulo Jesucristo mismo; en el cual, compaginado todo el edificio, va creciendo
para ser un templo santo en el Señor: en el cual vosotros también sois
juntamente edificados, para morada de Dios en Espíritu." (Efe. 2:19-22.)
Y escribió a los corintios: "Conforme a la
gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el
fundamento, y otro edifica encima: empero cada uno vea cómo sobreedifica. Porque nadie puede poner otro fundamento
que el que está puesto, el cual es
Jesucristo. Y si alguno edificare sobre
este fundamento oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca; la obra de cada uno será
manifestada; porque el día la declarará; porque por el fuego será manifestada;
y la obra de cada uno cuál sea, el
fuego hará la prueba." (1 Cor. 3:10-13.)
Los apóstoles edificaron sobre un fundamento seguro,
la Roca de los siglos. Sobre ese fundamento colocaron las piedras que extrajeron del mundo. Los edificadores no hicieron su obra sin
afrontar obstáculos. Se hizo sumamente
difícil a causa de la oposición de los enemigos de Cristo. Tuvieron que luchar contra el fanatismo, el
prejuicio y el odio de los que edificaban sobre un fundamento falso. Muchos de los que trabajaban como
calificadores de la iglesia podían compararse con los que construían las
murallas en los días de Nehemías, de quienes se escribió: "Los que edificaban
en el muro, y los que llevaban cargas y los que cargaban, con la una mano
trabajaban en la obra, y en la otra tenían la espada." (Neh. 4:17.)
Reyes y gobernantes, sacerdotes y magistrados,
procuraron destruir el templo de Dios.
Pero frente al encarcelamiento, tortura y muerte, hombres fieles llevaron
la obra adelante; y la estructura creció hermosa y simétrica. A veces los trabajadores estaban casi
cegados por la neblina de superstición que se levantaba en su derredor. Por momentos se encontraban casi abrumados
por la violencia de sus opositores.
Pero con fe firme y valor inquebrantable prosiguieron con la obra. Uno
tras otro, los primeros edificadores cayeron a mano del enemigo. Esteban fue
apedreado; Santiago, muerto por la espada; Pablo, decapitado; Pedro,
crucificado; Juan, desterrado. A pesar
de ello la iglesia crecía. Nuevos
obreros tomaban el lugar de los que caían, y piedra tras piedra se colocaba en
el edificio. Así, lentamente se
levantaba el templo de la iglesia de Dios.
Siglos de fiera persecución siguieron al
establecimiento de la iglesia cristiana, pero nunca faltaron hombres que
consideraban la edificación del templo mas preciosa que su propia vida. De los tales se escribió: "Otros
experimentaron vituperios y azotes; y a más de esto prisiones y cárceles;
fueron apedreados, aserrados, tentados, muertos a cuchillo, anduvieron de acá
para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados,
maltratados; de los cuales el mundo no era digno; perdidos Por los desiertos,
por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra." (Heb.
11:36-38.)
El enemigo de la justicia no escatimaba ningún
esfuerzo para detener la obra encomendada a los edificadores del Señor.
Pero Dios "no se dejó a sí mismo sin
testimonio." (Hech. 14:17.) Se levantaron obreros capaces de defender la
fe dada una vez a los santos. La
historia registra la fortaleza y heroísmo de esos hombres. A la semejanza de los apóstoles, muchos de
ellos cayeron en sus puestos, pero la construcción del templo siguió avanzando
constantemente. Los obreros fueron muertos, pero la obra prosiguió. Los valdenses, Juan Wiclef, Huss y Jerónimo, Martín Lutero y Zwinglio, Cranmer,
Latimer y Knox, los hugonotes, Juan y Carlos Wesley, y una hueste de otros,
colocaron sobre el fundamento materiales que durarán por toda la eternidad. Y
en los últimos años, los que se esforzaron tan noblemente por promover la
circulación de la Palabra de Dios, y
los que por su servicio en países paganos
prepararon el camino para la proclamación del último gran mensaje, ellos
también ayudaron a levantar la estructura.
Durante los años transcurridos desde los días de los
apóstoles, la edificación del templo de Dios nunca cesó. Podemos mirar hacia atrás a través de los
siglos, y ver las piedras vivas de las cuales está compuesto, fulgurando como
luces en medio de las tinieblas del error y la superstición. Durante toda la
eternidad esas preciosas joyas brillarán con creciente resplandor, testificando
del poder de la verdad de Dios. La
centelleante luz de esas piedras pulidas revela el fuerte contraste entre la
luz y las tinieblas, entre el oro de la verdad y la escoria del error.
Pablo y los otros apóstoles, y todos los justos que
han vivido desde entonces, contribuyeron con su parte en la construcción del
templo. Pero su estructura todavía no
está competa. Los que vivimos en este
tiempo tenemos una obra que hacer, una
parte que realizar. Sobre el
fundamento tenemos que colocar material
que resista la prueba del fuego, -oro, plata, piedras Preciosas, "labradas
a manera de las de un palacio." (Sal. 144:12.) A los que así edifican para
Dios, Pablo les habla palabras de ánimo y amonestación: "Si permaneciere
la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. Si la obra de alguno fuere quemada, será
perdida: él empero será salvo, más así como por fuego." (1 Cor. 3: 14,
15.) Los cristianos que presentan fielmente la palabra de vida, guiando a
hombres y mujeres al camino de la santidad y la paz, colocan sobre el
fundamento material que será probado, y en el reino de Dios serán honrados como sabios constructores.
De los apóstoles está escrito: "Ellos, saliendo,
predicaron en todas partes obrando con ellos el Señor, y confirmando la palabra con las señales que se
seguían." (Mar. 16:20.) Así como Cristo envió a sus discípulos, envía hoy
a los miembros de su iglesia. El mismo
poder que los apóstoles tuvieron es para ellos. Si desean hacer de Dios su fuerza, él obrará con ellos, y no
trabajarán en varo. Comprendan que la
obra en la cual están empeñados es una sobre la cual el Señor ha puesto su
sello. Dios dijo a Jeremías: "No
digas, soy niño; porque a todo lo que te enviaré irás tú, y dirás todo lo que
te mandaré. No temas delante de ellos,
porque contigo soy para librarte." Luego el Señor extendió su mano y tocó
la boca de su siervo, diciendo: "He aquí he puesto mis palabras en tu
boca." (Jer. 1:7-9.) Y nos envía a seguir anunciando las palabras que nos
ha dado, sintiendo su toque santo sobre nuestros labios.
Cristo dio a la iglesia un encargo sagrado. Cada miembro debe ser un medio por el cual
Dios pueda comunicar al mundo los tesoros de su gracia, las inescrutables
riquezas de Cristo. No hay nada que el Salvador desee tanto como tener agentes
que quieran representar al mundo su Espíritu y su carácter. No hay nada que el
mundo necesite tanto como la manifestación del amor del Salvador por medio de
seres humanos. Todo el cielo está
esperando a los hombres y a las mujeres por medio de los cuales pueda Dios
revelar el poder del cristianismo.
La iglesia es la agencia de Dios para la proclamación
de la verdad, facultada por él para hacer una obra especial; y si le es leal y
obediente a todos sus mandamientos, habitará en ella la excelencia de la gracia
divina. Si manifiesta verdadera
fidelidad, si honra al Señor Dios de Israel, no habrá poder capaz de
resistirle.
El celo por Dios y su causa indujo a los discípulos a
ser testigos del Evangelio con gran poder. ¿No debería semejante celo encender
en nuestros corazones la determinación de contar la historia del amor redentor,
del Cristo crucificado? Es el
privilegio de cada cristiano, no sólo esperar, sino apresurar la venida del
Salvador.
Si la iglesia estuviese dispuesta a vestirse con la
justicia de Cristo, apartándose de toda obediencia al mundo, se presentaría
ante ella el amanecer de un brillante y glorioso día, La promesa que Dios le
hizo permanecerá firme para siempre. La hará una gloria eterna, un regocijo
para muchas generaciones. La verdad,
pasando por alto a los que la desprecian y rechazan, triunfará. Aunque a veces ha parecido sufrir retrasos,
su progreso nunca ha sido detenido.
Cuando el mensaje de Dios lucha con oposición, él le presta fuerza
adicional, para que pueda ejercer mayor influencia. Dotado de energía divina, podrá abrirse camino a través de las
barreras más fuertes, y triunfar sobre todo obstáculo.
¿Qué sostuvo al Hijo de Dios en su vida de pruebas y
sacrificios? Vio los resultados del trabajo de su alma y fue saciado. Mirando
hacia la eternidad, contempló la felicidad de los que por su humillación
obtuvieron el perdón y la vida eterna.
Su oído captó la aclamación de los redimidos. Oyó a los rescatados
cantar el himno de Moisés y del Cordero.
Podemos tener una visión del futuro, de la
bienaventuranza en el cielo. En la
Biblia se revelan visiones de la gloria futura, escenas bosquejadas por la mano
de Dios, las cuales son muy estimadas por su iglesia. Por la fe podemos estar en el umbral de la ciudad eterna, y oír
la bondadosa bienvenida dada a los que en esta vida cooperaron con Cristo,
considerándose honrados al sufrir por su causa. Cuando se expresen las palabras: "Venid, benditos de mi
Padre" pondrán sus coronas a los pies del Redentor, exclamando: "El
Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder y riquezas y sabiduría, y
fortaleza y honra y gloria y alabanza....
Al que está sentado en el trono, y al Cordero sea la bendición y la honrad y la
gloria, y el poder, para siempre jamás." (Mat. 25:34; Apoc. 5:12, 13.)
Allí los redimidos darán la bienvenida a los que los
condujeron al Salvador, y todos se unirán para alabar al que murió para que los
seres humanos pudiesen tener la vida que se mide con la de Dios. El conflicto terminó. La tribulación y la lucha están en el
pasado. Himnos de victoria llenan todo
el cielo al elevar los redimidos el gozoso cántico: Digno, digno es el Cordero
que fue muerto, y que vive nuevamente como conquistador triunfante.
"Después de estas cosas miré, y he aquí una gran
compañía, la cual ninguno podía contar, de todas gentes y linajes y pueblos y
lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos
de ropas blancas, y palmas en sus manos; y clamaban en alta voz, diciendo:
Salvación a nuestro Dios que está sentado sobre el trono, y al Cordero."
(Apoc. 7: 9, 10.)
"Estos son los que han venido de grande
tribulación, y han lavado sus ropas, y las han blanqueado en la sangre del
Cordero. Por esto están delante del
trono de Dios, y le sirven día y noche en su templo: y el que está sentado en
el trono tenderá su pabellón sobre ellos.
No tendrán más hambre, ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos, ni
otro ningún calor. Porque el Cordero
que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes vivas de
aguas: y Dios limpiará toda lágrima de los ojos de ellos." "Y la
muerte no será más; y no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor: porque las
primeras cosas son pasadas." (Apoc. 7:14-17; 21:4.)