EN LOS días de los apóstoles, los creyentes
cristianos estaban llenos de celo y entusiasmo. Tan incansablemente trabajaban por su Maestro que, en un tiempo relativamente
corto, a pesar de la terrible oposición, el Evangelio del reino se divulgó en
todas las partes habitadas de la tierra.
El celo manifestado en ese tiempo por los seguidores de Jesús fue
registrado por la pluma inspirada como
estímulo para los creyentes de todas las épocas. De la iglesia de Efeso,
que el Señor Jesús usó como símbolo de toda la iglesia cristiana de los días
apostólicos, el Testigo fiel y verdadero declara:
"Yo sé tus obras y tu trabajo y paciencia; y que
tú no puedes sufrir los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles,
y no lo son, y los has hallado mentirosos; y has sufrido, y has tenido
paciencia, y has trabajado por mi nombre, y no has desfallecido." (Apoc.
2: 2, 3-)
Al principio, la iglesia de Efeso se distinguía por
su sencillez y fervor. Los creyentes
trataban seriamente de obedecer cada palabra de Dios, y sus vidas revelaban un
firme y sincero amor a Cristo. Se
regocijaban en hacer la voluntad de Dios porque el Salvador moraba
constantemente en sus corazones. Llenos
de amor para con su Redentor, su más alto propósito era ganar almas para
él. No pensaron en atesorar para sí el
precioso tesoro de la gracia de Cristo.
Sentían la importancia de su vocación y, cargados con el mensaje:
"Sobre la tierra paz; entre los hombres buena voluntad," ardían en
deseos de llevar las buenas nuevas de la salvación a los rincones más remotos
de la tierra. Y el mundo conoció que
ellos habían estado con Jesús.
Pecadores arrepentidos, perdonados, limpiados y santificados se allegaron
a Dios por medio de su Hijo.
Los miembros de la iglesia estaban unidos en
sentimiento y acción. El amor a Cristo
era la cadena de oro que los unía.
Progresaban en un conocimiento del Señor cada vez más perfecto, y en sus
vidas se revelaba el gozo y la paz de Cristo. Visitaban a los huérfanos y a las
viudas en su aflicción, y se guardaban sin mancha del mundo, pues comprendían
que de no hacerlo, estarían contradiciendo su profesión y negando a su
Redentor.
La obra se llevaba adelante en cada ciudad. Se convertían almas y a su vez éstas sentían
que era su deber hablar a otros acerca del inestimable tesoro que habían
recibido. No podían descansar hasta que
la luz que había iluminado sus mentes brillara sobre otros. Multitudes de incrédulos se enteraron de las
razones de la esperanza cristiana. Se
hacían fervientes e inspiradas súplicas personales a los errantes, a los
perdidos y a los que, aunque profesaban conocer la verdad, eran más amadores de
los placeres que de Dios.
Pero después de un tiempo el celo de los creyentes
comenzó a disminuir, y su amor hacia Dios y su amor mutuo decreció. La frialdad penetró en la iglesia. Algunos se olvidaron de la manera
maravillosa en que habían recibido la verdad.
Uno tras otro, los viejos portaestandartes cayeron en su puesto. Algunos de los obreros más jóvenes, que
podrían haber sobrellevado las cargas de los soldados de vanguardia, y así
haberse preparado para dirigir sabiamente la obra, se habían cansado de las
verdades tan a menudo repetidas. En su
deseo de algo novedoso y sorprendente, intentaron introducir nuevas fases de
doctrina, más placenteras para muchas mentes, pero en desarmonía con los
principios fundamentales del Evangelio.
A causa de su confianza en sí mismos y su ceguera espiritual no pudieron
discernir que esos sofismas serían causa de que muchos pusieran en duda las
experiencias anteriores, y así producirían confusión e incredulidad.
Al insistiese en esas doctrinas falsas y aparecer
diferencias, la vista de muchos fue desviada de Jesús, como el autor y
consumador de su fe. La discusión de
asuntos de doctrina sin importancia, y la contemplación de agradables fábulas
de invención humana, ocuparon el tiempo que debiera haberse dedicado a predicar
el Evangelio. Las multitudes que
podrían haberse convencido y convertido por la fiel presentación de la verdad,
quedaban desprevenidas. La piedad
menguaba rápidamente y Satanás parecía estar a punto de dominar a los que
decían seguir a Cristo.
Fue en esa hora crítica de la historia de la iglesia
cuando Juan fue sentenciado al destierro.
Nunca antes había necesitado la iglesia su voz como ahora. Casi todos sus anteriores asociados en el
ministerio habían sufrido el martirio.
El remanente de los creyentes sufría una terrible oposición. Según todas las apariencias, no estaba
distante el día cuando los enemigos de la iglesia de Cristo triunfarían.
Pero la mano del Señor se movía invisiblemente en las
tinieblas. En la providencia de Dios,
Juan fue colocado en un lugar donde Cristo podía darle una maravillosa
revelación de sí mismo y de la verdad divina para la iluminación de las
iglesias.
Los enemigos de la verdad confiaban que al mantener a
Juan en el destierro, silenciarían para siempre la voz de un fiel testigo de
Dios; pero en Patmos, el discípulo recibió un mensaje cuya influencia
continuaría fortaleciendo a la iglesia hasta el fin del tiempo. Aunque no se libraron de la responsabilidad
de su mala acción, los que desterraron a Juan llegaron a ser instrumentos en
las manos de Dios para realizar los propósitos del Cielo; y el mismo esfuerzo
para extinguir la luz destacó vívidamente la verdad.
Fue en un sábado cuando la gloria del Señor se
manifestó al desterrado apóstol. Juan
observaba el sábado tan reverentemente en Patmos como cuando predicaba al pueblo
de las aldeas y ciudades de Judea. Se
aplicaba las preciosas promesas que fueron dadas respecto a ese día. "Yo fui en Espíritu en el día del Señor
-escribió Juan,- y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta, que decía: Yo
soy el Alpha y Omega, el primero y el último. . . . Y me volví a ver la voz que
hablaba conmigo: y vuelto, vi siete candeleros de oro; y en medio de los siete
candeleros, uno semejante al Hijo del hombre." (Apoc. 1:10-13.)
Fue ricamente favorecido el discípulo amado. Había
visto a su Maestro en el Getsemaní con su rostro marcado con el sudor de sangre
de su agonía; "tan desfigurado, era su aspecto más que el de cualquier
hombre, y su forma más que la de los hijos de Adam." (Isa. 52: 14, V. M.) Le había visto en manos de los soldados
romanos, vestido con el viejo manto purpúreo y coronado de espinas. Le había visto pendiendo de la cruz del
Calvario, siendo objeto de cruel burla y abuso. Ahora se le permite contemplar
una vez más a su Señor. Pero, ¡cuán
distinta es su apariencia! Ya no es
varón de dolores, despreciado y humillado por los hombres. Lleva vestiduras de
brillantez celestial. "Su cabeza y
sus cabellos eran blancos como la lana blanca, como la nieve; y sus ojos como
llama de fuego; y sus pies semejantes al latón fino, ardientes como en un
horno." (Apoc. 1: 14, 15.) Su voz
era como el estruendo de muchas aguas.
Su rostro brillaba como el sol. En
su mano tenía siete estrellas, y de su boca salía una espada aguda de dos
filos, emblema del poder de su palabra.
Patmos resplandeció con la gloria del Señor resucitado.
"Y cuando yo le vi -escribió Juan,- caí como
muerto a sus pies. Y él puso su diestra
sobre mí, diciéndome: No temas," (Apoc. 1.17.)
Juan fue fortalecido para vivir en la presencia de su
Señor glorificado. Entonces ante sus
maravillados ojos fueron abiertas las glorias del cielo. Le fue permitido ver el trono de Dios y,
mirando más allá de los conflictos de la tierra, contemplar la hueste de los
redimidos con sus vestiduras blancas. Oyó la música de los ángeles del cielo, y
los cantos de triunfo de los que habían vencido por la sangre del Cordero y la
palabra de su testimonio. En la
revelación que vio se desarrolló una escena tras otra de conmovedor interés en
la experiencia del pueblo de Dios, y la historia de la iglesia fue predicha
hasta el mismo fin del tiempo. En
figuras y símbolos, se le presentaron a Juan asuntos de gran importancia, que
él debía registrar para que los hijos de Dios que vivían en su tiempo y los que
vivieran en siglos futuros pudieran tener una comprensión inteligente de los
peligros y conflictos que los esperaban.
Esa revelación fue dada para la orientación y el
aliento de la iglesia durante la dispensación cristiana. Y sin embargo ha habido maestros religiosos
que declararon que es un libro sellado y que sus secretos no pueden
explicarse. Como resultado, muchos han
dejado de lado el registro profético y rehusado dedicar tiempo al estudio de
sus misterios. Pero Dios no desea que
su pueblo considere así ese libro. Es
"la revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus
siervos las cosas que deben suceder presto." "Bienaventurado el que
lee -dijo el Señor,- y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan
las cosas en ella escritas: porque el tiempo está cerca." (Apoc. 1: 1, 3.) "Porque yo protesto a
cualquiera que oye las palabras de la profecía de este libro: Si alguno
añadiere a estas cosas, Dios pondrá sobre él las plagas que están escritas en
este libro. Y si alguno quitare de las
palabras del libro de esta profecía, Dios quitaré su parte del libro de la
vida, y de la santa ciudad, y de las cosas que están escritas en este
libro. El que da testimonio de estas
cosas, dice: Ciertamente, vengo en breve." (Apoc. 22: 18-20.)
Apocalipsis entran reveladas las cosas profundas de
Dios. El nombre mismo que fue dado a
sus páginas inspiradas: El Apocalipsis o Revelación, contradice la afirmación
de que es un libro sellado. Una
revelación es algo revelado. El Señor
mismo reveló a su siervo los misterios contenidos en dicho libro y es su
propósito que estén abiertos al estudio de todos. Sus verdades se dirigen tanto a los que viven en los últimos días
de la historia de esta tierra como a los que vivían los días de Juan. Algunas de las escenas descritas en esa
profecía pertenecen al pasado, otras se están cumpliendo ahora; algunas tienen
que ver con el fin del gran conflicto entre los poderes de las tinieblas y el
Príncipe del cielo, y otras revelan los triunfos y alegrías de los redimidos en
la tierra nueva.
Nadie piense que al no poder explicar el significado
de cada el significado de cada símbolo del Apocalipsis, es inútil seguir
escudriñando el libro en un esfuerzo de conocer el significado de la verdad que
contiene. El que reveló esos misterios
a Juan dará al Investigador diligente
de la verdad un goce anticipado de las cosas celestiales. Los que tengan sus corazones abiertos para
la recepción de la verdad, serán capacitados para entender sus enseñanzas, y se
les otorgará la bendición prometida a los que "oyen las palabras de esta
profecía, y guardan las cosas en ella escritas."
En el Apocalipsis todos los libros de la Biblia se
encuentran y terminan. En él está el
complemento del libro de Daniel. Uno es
una profecía, el otro una revelación.
El libro que fue sellado no fue el Apocalipsis, sino aquella porción de
la profecía de Daniel que se refiere a los últimos días. El ángel ordenó: "Tú empero Daniel,
cierra las palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin." (Dan.
12:4.)
Fue Cristo quien ordenó al apóstol que escribiera lo
que le iba a ser revelado.
"Escribe en un libro lo que ves -le mandó,- y envíalo a las siete
iglesias que están en Asia; a Efeso, y a Smirna, y a Pérgamo, y a Tiatira, y a
Sardis, Y a Filadelfia, y a
Laodicea." "Yo soy . . . el que vivo, y he sido muerto; y he aquí que
vivo por siglos de siglos. . . . Escribe las cosas que has visto, y las que
son, y las que han de ser después de éstas: el misterio de las siete estrellas
que has visto en mi diestra, y los siete candeleros de oro. Las siete estrellas son los ángeles de las
siete iglesias; y los siete candeleros que has visto, son las siete
iglesias." (Apoc. 1: 11, 17-20.)
Los nombres de éstas son un símbolo de la iglesia en
diferentes períodos de la era cristiana.
El número siete indica algo completo, y significa que los mensajes se
extienden hasta el fin del tiempo, mientras que los símbolos usados revelan la
condición de la iglesia en diferentes períodos de la historia.
Se habla de Cristo como caminando en medio de los
candeleros de oro. Así se simboliza su
relación con las iglesia. Está en
constante comunicación con su pueblo.
Conoce su real condición.
Observa su orden, su piedad, su devoción. Aunque es el sumo sacerdote y mediador en el santuario celestial,
se le representa como caminando de aquí para allá en medio de sus iglesias en
la tierra. Con incansable desvelo y
constante vigilancia, observa para ver si la luz de alguno de sus centinelas
arde débilmente o si se apaga. Si el
candelero fuera dejado al mero cuidado humano, la vacilante llama languidecería
y moriría; pero él es el verdadero centinela en la casa del Señor, el fiel
guardián de los atrios del templo. Su
cuidado constante y su gracia sostenedora son la fuente de la vida y la luz.
Cristo fue presentado como sosteniendo las siete
estrellas en su mano derecha. Esto nos
asegura que ninguna iglesia que sea fiel a su cometido necesita temer la
destrucción; porque ninguna estrella que tiene la protección del Omnipotente
puede ser arrancada de la mano de Cristo.
"El que tiene las siete estrellas en su diestra.
. . dice estas cosas." (Apoc. 2: 1.)
Estas palabras son dirigidas a los maestros de la iglesia, a aquellos a
quienes Dios confió pesadas responsabilidades. Las dulces influencias que han
de abundar en la iglesia están vinculadas estrechamente con los ministros de
Dios, quienes deben revelar el amor de Cristo.
Las estrellas del cielo están bajo su dirección. Las llena de luz; guía y dirige sus
movimientos. Si no lo hiciera,
llegarían a ser estrellas caídas. Así es con sus ministros. Son instrumentos en sus manos, y todo lo
bueno que pueden hacer es realizado por medio del poder divino. Por medio de ellos se difunde la luz del
Salvador, quien ha de ser su eficiencia.
Si tan sólo miraran a él como él miraba al Padre, serían capacitados
para hacer su obra. Cuando dependan de Dios, él les dará su esplendor para
reflejarlo al mundo.
En el comienzo de la historia de la iglesia, el
misterio de iniquidad, predicho por el apóstol Pablo, comenzó a hacer su obra
impía; y al insistir en sus herejías los falsos maestros, acerca de los cuales
Pablo amonestó a los creyentes, muchos fueron engañados por falsas
doctrinas. Algunos vacilaron bajo las
pruebas, y fueron tentados a abandonar la fe.
En el tiempo cuando Juan recibía esta revelación, muchos habían perdido
su primer amor a la verdad del Evangelio.
Pero en su misericordia Dios no dejó que su iglesia permaneciese en la
apostasía. En un mensaje de infinita ternura reveló su amor hacia ella, y su
deseo de que hiciera una obra segura para la eternidad. "Recuerda -rogó-
de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras." (Apoc.
2:5.)
La iglesia tenía defectos, y necesitaba severa
reprensión y corrección; y Juan fue inspirado a escribir mensajes de
amonestación, reprensión y ruego a los que, habiendo perdido de vista los
principios fundamentales del Evangelio, ponían en peligro la esperanza de su
salvación. Pero las palabras de
reproche que Dios halla necesario enviar se pronuncian siempre con tierno amor,
y con la promesa de paz a cada creyente arrepentido. "He aquí, yo estoy a la puerta y llamo -dice el Señor;- si
alguno oyere mi voz y abriere la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él
conmigo." (Apoc. 3: 20.)
Y para los que en medio del conflicto mantuviesen su
fe en Dios, le fueron confiadas al profeta estas palabras de encomio y promesa:
"Yo conozco tus obras: he aquí, he dado una puerta abierta delante de ti,
la cual ninguno puede cerrar; porque tienes un poco de potencia, y has guardado
mi palabra, y no has negado mi nombre.
. . . Porque has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de
la hora de la tentación que ha de venir en todo el mundo, para probar a los que
moran en la tierra." Se amonestó al creyente: "Sé vigilante y
confirma las otras cosas que están para morir." "He aquí, yo vengo
presto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona." (Apoc. 3:
8, 10, 2, 11.)
Por medio de uno que declaró ser "hermano, y
participante en la tribulación" (Apoc. 1:9), Cristo reveló a su iglesia
las cosas que ella debía sufrir por su causa.
Al penetrar con su vista a través de largos siglos de tinieblas y
superstición, el anciano desterrado vio a multitudes sufrir el martirio por
causa
de su amor haca la verdad. Pero también vio que Aquel
que sostuvo a sus primeros testigos, no olvidaría a sus fieles seguidores
durante los siglos de persecución que debían venir antes del fin del
tiempo. "No tengas ningún temor de
las cosas que has de padecer -declara el Señor,- He aquí, el diablo ha de enviar
algunos de vosotros a la cárcel, para que seáis probados, y tendréis
tribulación. . . . Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la
vida." (Apoc. 2:10.)
Y para todos los fieles que están luchando contra el mal,
Juan oyó hacer las promesas: "Al que venciere, daré a comer del árbol de
la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios." "El que
venciere, será vestido de vestiduras blancas: y no borraré su nombre del libro
de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre y delante de sus
ángeles." "Al que venciere, yo le daré que se siente conmigo en mi
trono; así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono."
(Apoc. 2: 7; 3: 5, 21.)
Juan vio la misericordia, la ternura y el amor de
Dios mezclados con su santidad, justicia y poder. Vio a los pecadores hallar un
Padre en Aquel a quien sus pecados les habían hecho temer. Y mirando más allá de la culminación del
gran conflicto, contempló en Sión a "los que habían alcanzado la victoria
. . . estar sobre el mar de vidrio, teniendo las arpas de Dios," y
cantando el cántico de Moisés y del Cordero. (Apoc. 15: 2, 3.)
El Salvador se presenta ante Juan bajo los símbolos
del "león de la tribu de Judá" y de "un Cordero como
inmolado." (Apoc. 5:5, 6.) Dichos símbolos representan la unión del poder
omnipotente con el abnegado sacrificio de amor. El león de Judá, tan terrible para los que rechazan su gracia, es
el Cordero de Dios para el obediente y fiel. La columna de fuego que anuncia
terror e ira al transgresor de la ley de Dios, es una señal de misericordia y
liberación para los que guardan sus
mandamientos. El brazo que es fuerte
para herir a los rebeldes, será fuerte para librar a los leales. Todo el que sea fiel será salvo.
"Enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán sus escogidos de
los cuatro vientos, de un cabo del cielo hasta el otro." (Mat. 24: 31.)
En comparación con los millones del mundo, los hijos
de Dios serán, como siempre lo fueron, un rebaño pequeño; pero si permanecen de
parte de la verdad como está revelada en su Palabra, Dios será su refugio. Están bajo el amplio escudo de la
Omnipotencia. Dios constituye siempre
una mayoría. Cuando el sonido de la final trompeta penetre en la prisión de la
muerte, y los justos se levanten con triunfo, exclamando: "¿ Dónde está,
oh muerte, tu aguijón ? ¿dónde, oh sepulcro, tu victoria?" ( 1 Cor. 15:
55) para unirse con Dios, con Cristo, con los ángeles y con los fieles de todas
las edades, los hijos de Dios serán una gran mayoría.
Los verdaderos discípulos de Cristo le siguen a
través de duros conflictos, siendo abnegados y experimentando amargos
desengaños; pero eso les muestra la culpabilidad y la miseria del pecado y son
inducidos a mirarlo con aborrecimiento.
Participantes en los sufrimientos de Cristo, son destinados a ser
participantes de su gloria. En santa
visión el profeta vio el postrer triunfo de la iglesia remanente de Dios. Esto fue lo que escribió:
"Y vi así como un mar de vidrio mezclado con
fuego; y los que habían alcanzado la victoria . . .estar sobre el mar de
vidrio, teniendo las arpas de Dios. Y
cantan el cántico de Moisés siervo de Dios, y el cántico del Cordero, diciendo:
Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios Todopoderoso; justos y
verdaderos son tus caminos, Rey de los santos." (Apoc. 15:2, 3.)
"Y miré, y he aquí, el Cordero estaba sobre el
monte de Sión, y con él ciento cuarenta y cuatro mil, que tenían el nombre de
su Padre escrito en sus f rentes." (Apoc. 14: 1.) En este mundo habían
consagrado sus mentes a Dios; le habían servido con la inteligencia y el
corazón; y ahora él puede poner su nombre "en sus frentes." "Y
reinarán para siempre jamás."
(Apoc. 22:5.) No entrarán y saldrán como quienes mendigan un lugar.
Pertenecerán a aquellos de los cuales Cristo dijo: "Venid, benditos de mi
Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del
mundo." Les dará la bienvenida como a hijos, diciéndoles: "Entra en
el gozo de tu Señor." (Mat. 25:34, 2I.)
"Estos, los que siguen al Cordero por dondequiera
que fuere. Estos fueron comprados de
entre los hombres por primicias para Dios y para el Cordero." (Apoc. 14:4,
5.) La visión del profeta los coloca frente al Monte de Sión, ceñidos para un
servicio santo, vestidos de lino blanco, que es la justificación de los
santos. Pero todo el que siga al
Cordero en el cielo, primeramente tiene que seguirle en la tierra, no con
inquietud o caprichosamente, sino con confianza, amor y obediencia voluntaria;
como la oveja sigue al pastor.
"Y oí una voz de tañedores de arpas que tañían
con sus arpas: y cantaban como un cántico nuevo delante del trono, . . . y
ninguno podía aprender el cántico sino aquellos ciento cuarenta y cuatro mil,
los cuales fueron comprados de entre los de la tierra. . . . En sus bocas no ha
sido hallado engaño; porque ellos son sin mácula delante del trono de
Dios." (Apoc. 14:2-5.)
"Y yo Juan vi la santa ciudad, Jerusalem nueva,
que descendía del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su
marido." "Teniendo la claridad de Dios; y su luz era semejante a una
piedra preciosísima, como piedra de jaspe, resplandeciente como cristal. Y tenía un muro grande y alto con doce
puertas; y en las puertas, doce ángeles, y nombres escritos, que son los de las
doce tribus de los hijos de Israel." "Las doce puertas eran doce
perlas, en cada una, una; cada puerta era de una perla. Y la plaza de la ciudad era de oro puro como
vidrio transparente. Y no vi en ella
templo; porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el
Cordero." (Apoc. 21 :2, 11, 13,
12, 21, 22.)
"Y no habrá más maldición; sino que el trono de
Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán. Y verán su cara; y su nombre estará en sus
frentes. Y allí no habrá más noche; y no tienen necesidad de lumbre
de antorcha, ni de lumbre del sol: porque el Señor Dios los alumbrará."
(Apoc. 22:3-5.)
"Me mostró un río limpio de agua de vida,
resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. En el medio de la plaza de ella, y de la una
y de la otra parte del río, estaba el árbol de vida, que lleva doce frutos,
dando cada mes su fruto: y las hojas del árbol eran para la sanidad de las
naciones." "Bienaventurados los que guardan sus mandamientos, para
que su potencia sea en el árbol de la vida, y que entren por las puertas en la
ciudad." (Apoc. 22: 1, 2, 14.)
"Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí
el tabernáculo de Dios con los hombres, y morará con ellos; y ellos serán su
pueblo, y el mismo Dios será su Dios con ellos." (Apoc. 21:3.)