EN EL libro
de los Hechos de los Apóstoles se hace poca mención de la última parte del
ministerio del apóstol Pedro. Durante
los años de intensa actividad que siguieron al derramamiento del Espíritu Santo
en el día de Pentecostés, Pedro estaba entre los que se esforzaban
incansablemente para alcanzar a los judíos que acudían a Jerusalén a adorar en
el tiempo de las fiestas anuales.
A medida que el número de los creyentes se
multiplicaba en Jerusalén y en otros lugares visitados por los mensajeros de la
cruz, los talentos que poseía Pedro demostraron ser de incalculable valor para
la iglesia primitiva. La influencia de
su testimonio concerniente a Jesús de Nazaret se difundía ampliamente. Sobre él descansaba una doble
responsabilidad. Testificaba
positivamente acerca del Mesías ante los incrédulos, trabajando fervientemente
a favor de su conversión; y al mismo tiempo realizaba un trabajo especial en
favor de los creyentes, fortaleciéndoles en la fe de Cristo.
Después que Pedro fue inducido a negarse a sí mismo y
a depender en absoluto del poder divino, recibió su llamamiento a trabajar como
subpastor. Cristo había dicho a Pedro, antes que le negara: "Y tú una vez
vuelto (convertido, V. T. A.), confirma a tus hermanos." (Luc. 22:
32.) Estas palabras indicaban la obra
extensa y eficaz que este apóstol debía hacer en lo futuro en favor de aquellos
que aceptaban la fe. Su experiencia
personal con el pecado, el sufrimiento y el arrepentimiento, lo habían preparado
para esa obra. Mientras no reconoció
sus debilidades, no pudo conocer la necesidad que tenían los creyentes de
depender de Cristo. En medio de la
tormenta de la tentación había llegado a comprender que el hombre solamente
puede caminar seguro cuando pierde toda confianza en sí mismo y la deposita en
el Salvador.
En la última reunión de Cristo con sus discípulos
junto al mar, Pedro, después de ser probado por la pregunta "¿Me
amas?" (Juan 21: 15-17), repetida tres veces, fue restituído a su lugar
entre los doce. Le fue señalada su
obra: debía apacentar las ovejas del Señor.
Ahora, convertido y aceptado, no solamente debía tratar de salvar a los
que estaban fuera del redil, sino ser pastor de las ovejas.
Cristo mencionó a Pedro solamente una condición de
servicio: " ¿Me amas? Esa es la calificación indispensable. Aunque Pedro poseyera todas las otras, sin
el amor de Cristo no podía ser un fiel pastor del rebaño de Dios. El conocimiento, la benevolencia, la
elocuencia, el fervor, son esenciales en la buena obra; pero sin el amor de
Cristo en el corazón, la obra del ministro cristiano es un fracaso.
El amor de Cristo no es una emoción intermitente,
sino un principio viviente, el cual se manifestará como poder permanente en el
corazón. Si el carácter Y el
comportamiento del pastor es una ejemplificación de la 'verdad que defiende, el
Señor pondrá el sello de su aprobación sobre su obra. El pastor y las ovejas llegarán a ser uno, unidos por su común
esperanza en Cristo.
La manera en que el Salvador trató con Pedro tenía
una lección para él y sus hermanos.
Aunque Pedro había negado a su Señor, el amor que Jesús tenía hacia él
nunca vaciló. Y al aceptar el apóstol
la responsabilidad de ministrar la palabra a otros, debía reprender al
transgresor con paciencia, simpatía y amor perdonador. Recordando su propia debilidad y fracaso,
debía tratar a las ovejas y corderos encomendados a su cuidado con tanta
ternura como Cristo le había tratado a él.
Los seres humanos, ellos mismos entregados al mal,
tienden a tratar duramente a los
tentados y a los que yerran. No pueden
leer el corazón; no conocen sus conflictos y sus penas. Tienen necesidad de aprender a dar la
reprensión que encierra amor, el golpe que hiere para curar y la amonestación
que comunica esperanza.
Durante su ministerio, Pedro veló fielmente sobre el
rebaño encomendado a su cuidado, y así demostró que era digno de la carga y
responsabilidad que el Salvador había puesto sobre él. Siempre exaltaba a Jesús de Nazaret como la
esperanza de Israel, y el Salvador de la humanidad. Imponía a su propia vida la disciplina del Obrero maestro. Por todos los medios a su alcance procuraba
educar a los creyentes para el servicio activo. Su piadoso ejemplo y su incansable actividad inspiraban a muchos
jóvenes promisorios a entregarse totalmente a la obra del ministerio. A medida que el tiempo transcurría, la
influencia del apóstol como educador y dirigente aumentaba; y aun cuando nunca
abandonó sus cartas relacionadas con su trabajo especial por judíos, dio su testimonio
también en muchos países y fortaleció la fe de multitudes en el Evangelio.
En los últimos años de su ministerio, Pedro fue
inspirado a escribir a los creyentes "esparcidos en Pronto, en Galacia, en
Capadocia, en Asia y en Bitinia."Sus cartas fueron el medio de despertar
el ánimo y fortalecer la fe de los que soportaban pruebas y aflicciones, y de
estimular a las buenas obras a los que, atravesando por diversas tentaciones,
estaban en peligro de perder su confianza en Dios. Estas cartas demuestran haber sido escritas por uno en quien
abundaban tanto los sufrimientos de Cristo como su consolación; por uno cuyo
ser entero había sido transformado por la gracia de Dios y cuya esperanza en la
vida eterna era segura e inconmovible.
En el mismo comienzo de su primera carta el anciano
siervo de Dios rendía a su Señor un
tributo de alabanza y agradecimiento.
"Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo -exclamó,- que
según su grande misericordia nos ha regenerado en esperanza viva, por la
resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, y
que no puede contaminarse, ni marchitarse, reservada en los cielos para
nosotros que somos guardados en virtud de Dios por fe, para alcanzar la salud
que está aparejada para ser manifestada en el postrimero tiempo."
Con esta esperanza de una herencia segura en la
tierra nueva, se regocijaban los cristianos primitivos aun en tiempos de severa
aflicción. "En lo cual os . .
. alegráis -escribió Pedro,- estando al
presente un poco de tiempo afligidos en diversas tentaciones, si es necesario,
para que la prueba de vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual
perece, bien que sea probado con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y
honra, cuando Jesucristo fue manifestado: al cual, no habiendo visto, le amáis;
en el cual creyendo, aunque al presente no le veáis, os alegráis con gozo
inefable y glorificado; obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salud de
vuestras almas."
Las palabras del apóstol fueron escritas para
instrucción de los creyentes de todas las épocas y tienen un significado
especial para los que viven en el tiempo cuando "el fin de todas las cosas
se acerca." Toda alma que desea mantenerse en la fe, "firme hasta el
fin" (Heb- 3:14) necesita sus exhortaciones y reprensiones y sus palabras
de fe y ánimo.
El apóstol procuró enseñar a los creyentes cuán
importante es impedir a la mente divagar en asuntos prohibidos o a gastar
energías en cosas triviales. Los que no
quieren ser víctimas de las trampas de Satanás deben guardar bien las avenidas
del alma; deben evitar el leer, mirar u oír lo que puede sugerir pensamientos
impuros. No debe permitirse que la
mente se espacie al azar en cualquier tema que sugiera el enemigo de nuestras
almas. El corazón debe ser fielmente
vigilado, o males de afuera despertarán males de adentro, y el alma vagará en
tinieblas. "Por lo cual -escribió
Pedro-, teniendo los lomos de vuestro entendimiento ceñidos, con templanza,
esperad perfectamente en la gracia que os es presentada cuando Jesucristo os es
manifestado: . . . no conformándoos con los deseos que antes tenías estando en
vuestra ignorancia; sino como aquel que os ha llamado es santo, sed también
vosotros santos en toda conversación: porque escrito está: Sed santos, porque
yo soy santo".
"Conversad en temor todo el tiempo de vuestra
peregrinación: sabiendo que habéis sido rescatados de vuestra vana
conversación, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas
corruptibles, como oro o plata; sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un
cordero sin mancha y sin contaminación: ya ordenado de antes de la fundación
del mundo, pero manifestado en los postrimeros tiempos por amor de vosotros,
que por él creéis a Dios, el cual le resucitó de los muertos, y le ha dado
gloria, para que vuestra fe y esperanza sea en Dios."
Si la plata y el oro fuesen suficientes para
conseguir la salvación de los hombres, cuán fácilmente podría ser efectuada por
Aquel que dice: "Mía es la plata, y mío el oro." (Hag. 2: 8) Pero el transgresor puede ser redimido solamente
por la sangre preciosa del Hijo de Dios.
El plan de salvación está basado en el sacrificio. El apóstol Pablo escribió: "Porque ya
sabéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor de vosotros se hizo
pobre, siendo rico; para que vosotros por su pobreza fueseis
enriquecidos." (2 Cor. 8: 9.) Cristo se dio a sí mismo para poder
redimiros de toda iniquidad. Y ofrece
como bendición suprema de la salvación "la dádiva de Dios" que
"es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro." (Rom. 6:23)
"Habiendo purificado vuestras almas en la
obediencia de la verdad, por el Espíritu, en caridad hermanable sin fingimiento
-continúa Pedro,- amaos unos a otros entrañablemente de corazón puro. "La
Palabra de Dios -la verdad- es el medio por el cual Dios manifiesta su Espíritu
y su poder. La obediencia a ella
produce fruto de la calidad requerida; "amor no fingido de los
hermanos." (V.M.) Este amor es de
origen celestial y conduce a móviles elevados y acciones abnegadas.
Cuando la verdad llega a ser un principio permanente
en nuestra vida, el alma renace, "no de simiente corruptible, sino de
incorruptible, por la palabra de Dios, que vive y permanece para
siempre." Este nuevo nacimiento es
el resultado de haber recibido a Cristo como la Palabra de Dios. Cuando las verdades divinas son impresas
sobre el corazón por el Espíritu Santo, se despiertan nuevos sentimientos, y
las energías hasta entonces latentes son despertadas para cooperar con Dios.
Así sucedía con Pedro y sus condiscípulos. Cristo es
el revelador de la verdad al mundo. Por
él, la simiente incorruptible- la Palabra de Dios- fue sembrada en el corazón
de los hombres. Pero muchas de las más
preciosas lecciones del gran Maestro fueron habladas a quienes no las
entendían. Cuando, después de su ascensión, el Espíritu Santo trajo sus
enseñanzas a la memoria de los discípulos, se despertaron sus sentidos
dormidos. El significado de esas
verdades iluminó sus mentes como una nueva revelación, y la verdad, pura y sin adulteración,
se hizo lugar. Entonces la maravillosa
experiencia de la vida de Cristo llegó a ser suya. La Palabra dio testimonio por medio de ellos, los hombres de su
elección, y proclamaron la importante verdad: "Y aquel Verbo [Palabra] fue
hecho carne, y habitó entre nosotros . . . lleno de gracia y de verdad."
"Porque de su plenitud tomamos todos y gracia por gracia." (Juan
1:14-16.)
El apóstol exhortó a los creyentes a estudiar las
Escrituras, para que por medio de un adecuado entendimiento de ellas pudiesen
realizar una segura obra para la eternidad.
Pedro comprobó que en la experiencia de cada persona que finalmente
obtiene la victoria, existen momentos de perplejidad y prueba; pero sabía
también que la comprensión de las Escrituras podía capacitar al tentado,
trayendo a la mente promesas que podían confortar el corazón y reforzar la fe
en el Poderoso.
"Toda carne es como la hierba -declaró,- y toda
la gloria del hombre como la flor de la hierba: secóse la hierba, y la flor se
cayó; mas la palabra del Señor permanece perpetuamente. Y ésta es la palabra que por el evangelio os
ha sido anunciada. Dejando pues toda
malicia, y todo engaño, y fingimientos, y envidias, y todas las detracciones,
desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual, sin engaño, para que
por ella crezcáis en salud: si empero habéis gustado que el Señor es
benigno."
Muchos de los creyentes a quienes Pedro dirigió sus
cartas vivían en medio de paganos, y su permanencia en la verdad dependía mucho
de que permaneciesen fieles a la alta vocación de su profesión. El apóstol les manifestó claramente sus
privilegios como seguidores de Cristo Jesús.
"Mas vosotros sois linaje escojido -escribió,- real sacerdocio,
gente santa, pueblo adquirido, para que anunciéis las virtudes de aquel que os
ha llamado de las tinieblas a su luz admirable: vosotros, que en el tiempo
pasado no erais pueblo, mas ahora sois pueblo de Dios; que en el tiempo pasado
no habíais alcanzado misericordia, mas ahora habéis alcanzado misericordia.
"Amados, yo os ruego como a extranjeros y
peregrinos, os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma,
teniendo vuestra conversación honesta entre los Gentiles; para que, en lo que
ellos murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de
la visitación."
El apóstol delineó claramente cual debía ser la
actitud de los creyentes hacia las autoridades civiles: "Sed pues sujeto a
toda ordenación humana por respeto a Dios: ya sea al rey, como a superior; ya a
los gobernadores, como de él enviados para venganza de los malhechores,, y para
loor de los que hacen bien. Porque ésta
es la voluntad de Dios que haciendo bien, hagáis callar la ignorancia de los
hombres vanos: como libres, y no como teniendo la libertad por cobertura de
malicia, sino como siervos de Dios.
Honrad a todos. Amad la
fraternidad. Temed a Dios. Honrad al rey."
A los que eran siervos les amonestó: "Sed
sujetos con todo temor a vuestros amos; no solamente a los buenos y humanos,
sino también a los rigurosos. Porque
esto es agradable -explicaba el apóstol,- alguno a causa de la conciencia
delante de Dios, sufre molestias padeciendo injustamente. Porque ¿qué gloria es, si pecando vosotros
sois abofeteados, y lo sufrís? mas si haciendo bien sois afligidos, y lo
sufrís, esto es ciertamente agradable delante de Dios. Porque para esto sois llamados; pues que
también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que vosotros
sigáis sus pisadas: el cual no hizo pecado; ni fue hallado engaño en su boca:
quien cuando le maldecían, no retornaba maldición; cuando padecía, no
amenazaba, sino remitía la causa al que juzga justamente: el cual mismo llevó
nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros siendo muertos
a los pecados, vivamos a la justicia: por la herida del cual habéis sido
sanados. Porque vosotros erais como
ovejas descarriadas; mas ahora habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestras
almas."
El apóstol exhortó a las mujeres creyentes a ser
virtuosas en su conversación y modestas en su vestuario y conducta. "El adorno de las cuales -aconsejó- no
sea exterior con encrespamiento del cabello, y atavío de oro, ni en compostura
de ropas; sino el hombre del corazón que está encubierto, en incorruptible
ornato de espíritu agradable y pacífico, lo cual es de grande estima delante de
Dios."
La lección se aplica a los creyentes de todas las
épocas. "Así que, por sus frutos
los conoceréis." (Mat. 7: 20.) El adorno interior de un espíritu manso y
pacífico es inestimable. En la vida del
verdadero cristiano el adorno exterior estará siempre en armonía con la paz y
santidad interiores. "Si alguno
quiere venir en pos de mi -dijo Cristo,- niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y
sígame." (Mat. 16: 24.) La abnegación y el sacrificio caracterizarán la
vida del cristiano. Una evidencia de
que el gusto se convirtió, se verá en el vestuario de todo aquel que anda en el
camino allanado para los redimidos del Señor.
Es correcto amar lo bello y desearlo; pero Dios desea
que primero amemos y busquemos las bellezas superiores, que son
imperecederas. Ningún adorno exterior
puede ser comparado en valor o belleza con aquel "espíritu agradable y
pacífico," el "lino finísimo, blanco y limpio" (Apoc. 19: 14)
que todos los santos de la tierra usarán.
Estas ropas los harán hermosos y deseables aquí, y en el futuro serán su
distintivo de admisión en el palacio del Rey.
Su promesa es: "Y andarán conmigo en vestiduras blancas; porque son
dignos." (Apoc. 3: 4.)
Mirando hacia adelante con visión profética a los tiempos
peligrosos en los cuales estaba por entrar la iglesia de Dios, el apóstol
recomendó a los creyentes afrontar con firmeza las pruebas y sufrimientos. "Carísimos -escribió,- no os
maravilléis cuando sois examinados por fuego, lo cual se hace para vuestra
prueba."
Las pruebas constituyen parte de la educación en la
escuela de Cristo, para purificar a los hijos de Dios de las escorias
terrenales. Porque Dios está dirigiendo
a sus hijos, se presentan las experiencias angustiosas. Las pruebas y los obstáculos constituyen
métodos elegidos por él como disciplina y condiciones para el éxito. Aquel que lee el corazón de los hombres
conoce sus debilidades mejor que ellos mismos.
Ve que algunos tienen cualidades, que, dirigidas correctamente, pueden
ser usadas para el adelantamiento de su obra.
En su providencia, conduce esas almas en medio de diferentes condiciones
y variadas circunstancias, para que puedan descubrir los defectos que ellos
mismos no reconocían. Les da
oportunidad de vencer esos defectos y prepararse para servir a Dios. A menudo permite que ardan los fuegos de la
aflicción para purificarlos.
El cuidado de Dios por su herencia es constante. No tolera que venga aflicción alguna sobre
sus hijos, a no ser aquellas que son esenciales para su bienestar presente y
eterno. Purificará a su iglesia, como
Cristo purificó el templo durante su ministerio terrenal. Todo lo que el Señor trae sobre su pueblo en
forma de prueba y aflicción es para que puedan adquirir una piedad más profunda
y mayor fortaleza para llevar adelante los triunfos de la cruz.
Tiempo hubo en la experiencia de Pedro cuando no
estaba dispuesto a ver la cruz en la obra de Cristo. Cuando el Salvador hizo saber a sus discípulos sus inminentes
sufrimientos y muerte, Pedro exclamó: "Señor, ten compasión de ti: en
ninguna manera esto te acontezca." (Mat. 16: 22.) La compasión hacia sí
mismo, que no le permitía seguir a Cristo en el sufrimiento, sugirió su
protesta. Fue para este discípulo una
lección amarga, que aprendió lentamente, el saber que el camino de Cristo en la
tierra pasaba por la agonía y la humillación.
Pero en el calor del horno de las pruebas tuvo que aprender una
lección. Ahora, cuando su cuerpo una
vez activo estaba agobiado por el peso de los años y el trabajo, podía
escribir: "Carísimos, no os maravilléis cuando sois examinados por fuego,
lo cual se hace para vuestra prueba, como si alguna cosa peregrina os
aconteciese; antes bien gozaos de que sois participantes de las aflicciones de
Cristo; para que también en la revelación de su gloria os gocéis en
triunfo."
Al dirigirse a los ancianos de iglesia recordándoles
sus responsabilidades como subpastores del rebaño de Cristo, el apóstol
escribió: "Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, teniendo
cuidado de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia
deshonesta, sino de un ánimo pronto; y no como teniendo señorío sobre las
heredades del Señor, sino siendo dechados de la grey. Y cuando apareciera el Príncipe de los pastores, vosotros
recibiréis la corona incorruptible de gloria."
Los que ocupan la posición de subpastores deben
ejercer una diligente vigilancia sobre la grey del Señor. No debe ser una vigilancia dictatorial, sino
una que tienda a animar, fortalecer y levantar. Ministrar significa más que sermonear; representa un trabajo
ferviente y personal. La iglesia sobre
la tierra está compuesta de hombres y mujeres propensos a errar, los cuales
necesitan paciencia y cuidadoso esfuerzo para ser preparados y disciplinados
para trabajar con aceptación en esta vida y para que en la vida futura sean
coronados de gloria e inmortalidad. Se
necesitan pastores -pastores fieles- que no lisonjeen al pueblo de Dios ni lo
traten duramente, sino que lo alimenten con el pan de vida; hombres que sientan
diariamente en sus vidas el poder transformador del Espíritu Santo, y que
abriguen un fuerte y desinteresado amor hacia aquellos por los cuales trabajan.
Los subpastores deben realizar una obra que requiere
mucho tacto, siendo que han sido llamados a combatir en la iglesia la desunión,
el rencor, la envidia y los celos, y necesitan trabajar con el espíritu de
Cristo para poner las cosas en orden.
Deben darse fieles amonestaciones, el pecado debe ser reprendido, lo
torcido enderezado, no solamente por la obra del ministro desde el púlpito,
sino también por medio de la obra personal.
El corazón descarriado podrá desaprobar el mensaje, juzgando
incorrectamente y criticando al siervo de Dios. Recuerde éste entonces que "la sabiduría que es de lo alto,
primeramente es pura, después pacífica, modesta, benigna, llena de misericordia
y de buenos frutos, no juzgadora, no fingida.
Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen
paz." (Sant. 3: 17, 18.)
La obra del ministro del Evangelio es "declarar
a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en
Dios." (Efe. 3: 9.) Si alguno que emprenda esta obra escoge la parte que
menos sacrificio propio requiera y se contenta solamente con predicar, dejando
a algún otro el ministerio personal, su labor no será aceptable para Dios. Por falta de una obra personal eficaz y
consagrada están pereciendo almas por las cuales Cristo murió. Y se ha equivocado en su vocación aquel que,
entrando en el ministerio, no siente disposición para realizar la obra personal
que demanda el cuidado de la grey.
El espíritu del verdadero pastor es el de la
abnegación. Se olvida de sí mismo para
realizar las obras de Dios. Por la
predicación de la Palabra y por la obra personal en los hogares, se entera de
sus necesidades, sus tristezas y sus pruebas; y cooperando con el gran
Sustentador, compartirá sus aflicciones, consolará sus penas, aliviará sus
almas hambrientas y ganará sus corazones para Dios. En esta obra el ministro es asistido por los ángeles del cielo, y
él mismo es instruido e iluminado en la verdad que lo hará sabio para la
salvación.
En relación con su instrucción para los que tienen
puestos de responsabilidad en la iglesia, el apóstol señala algunos principios
generales que deben ser seguidos por todo el que es miembro de ella. Los miembros jóvenes del rebaño son instados
a seguir el ejemplo de sus mayores en la práctica de la humildad cristiana:
"Igualmente, mancebos, sed sujetos a los ancianos; y todos sumisos unos a
otros, revestíos de humildad; porque Dios resiste a los soberbios, y da gracia
a los humildes. Humillaos pues bajo la
poderosa mano de Dios, para que él os ensalce cuando fuere tiempo; echando toda
vuestra solicitud en él, porque él tiene cuidado de vosotros. Sed templados, y velad; porque vuestro
adversario el diablo, cual león rugiente, anda alrededor buscando a quien
devore: al cual resistid firmes en la fe."
Pedro escribió eso a los creyentes en un tiempo de
pruebas especiales para la iglesia.
Muchos eran participantes de los sufrimientos de Cristo y pronto la
iglesia habría de pasar por un período de terrible persecución. En el plazo de unos pocos años muchos de los
que se habían ocupado como maestros y dirigentes de la iglesia habrían de
sacrificar sus vidas por el Evangelio.
Pronto lobos crueles penetrarían, no perdonando el rebaño. Pero ninguna de esas cosas debía desalentar
a aquellos cuyas esperanzas se cifraban en Cristo. Con palabras de aliento Pedro dirigió las mentes de los creyentes
de las pruebas presentes y escenas futuras de sufrimiento a "una herencia
incorruptible, y que no puede contaminarse, ni marchitarse." "El Dios
de toda gracia -oró fervientemente Pedro,- que nos ha llamado a su gloria
eterna por Jesucristo, después que hubiereis un poco de tiempo padecido, él
mismo os perfeccione, confirme, corrobore y establezca., A él sea gloria e
imperio para siempre. Amén."