AUNQUE la obra de Pablo en Roma se veía bendecida por
la conversión de muchas almas y el fortalecimiento y estímulo de los fieles, se
iban acumulando nubes amenazadoras no sólo sobre su seguridad personal, sino también
sobre la prosperidad de la iglesia. Al
llegar a Roma, había sido puesto bajo la custodia del capitán de la guardia
imperial, hombre justo e íntegro, por cuya benevolencia tenía el apóstol
relativa libertad para proseguir la obra del Evangelio. Pero antes de concluir los dos años de
encarcelamiento, ese capitán fue reemplazado por otro, de quien el apóstol no
podía esperar ningún favor especial.
Los judíos se pusieron entonces más activos que nunca
en sus esfuerzos contra Pablo, y encontraron valiosa ayuda en la disoluta mujer
a quien Nerón había hecho su segunda esposa, la cual, por ser prosélita judía,
prestó toda su influencia en favor de los proyectos homicidas contra el campeón
del cristianismo.
Pablo no podía esperar mucha justicia del César a
quien había apelado. Nerón era de moral
más degradada y de carácter más frívolo, y al mismo tiempo capaz de crueldades
más atroces que cuantos gobernantes le habían precedido. Las riendas del gobierno no podrían haber
sido confiadas a un dirigente más despótico, El primer año de su reinado se
destacó por el envenenamiento de su hermanastro, heredero legítimo del
trono. De un abismo a otro de vicios y
crímenes, Nerón había descendido hasta asesinar a su propia madre y después a
su esposa. No hubo atrocidad que no
perpetrara ni vileza a la cual no se sometiese. A cada alma noble inspiraba solamente aborrecimiento y desprecio.
Los detalles de las iniquidades cometidas en su corte
son demasiado viles demasiado horribles para ser descriptos. Su dedicación a la iniquidad provocaba
disgusto y aversión aun en muchos de los que se vieron obligados a participar
de sus crímenes. Vivían constantemente
temerosos de la próxima atrocidad que iría a sugerir. Sin embargo, ni siquiera los crímenes cometidos por Nerón debilitaron
la fidelidad de sus súbditos. Se lo
reconocía como el gobernante absoluto de todo el mundo civilizado, Y más aún:
era objeto de honores divinos y adorado como un dios.
Desde un punto de vista humano, era segura la condena
de Pablo ante semejante juez. Pero el
apóstol sabía que mientras se mantuviera leal a Dios, de nada tendría que
temer. El que en lo pasado había sido
su protector, aún podía protegerlo de la maldad de los judíos y del poder de
César.
Y Dios protegió a su siervo. En ocasión de la vista de la causa de Pablo,
las denuncias hechas en su contra no pudieron ser probadas; y contrariamente a
la expectativa general, y con una consideración por la justicia totalmente
opuesta a su carácter, Nerón absolvió al procesado. Se le quitaron las cadenas; Pablo volvió a ser libre.
Si su proceso se hubiera diferido, o si por cualquier
motivo hubiese quedado en Roma hasta el año siguiente, sin duda habría perecido
en la persecución que se desató entonces contra los cristianos. Durante el encarcelamiento de Pablo, los
conversos al cristianismo habían llegado a ser tan numerosos que atrajeron la
atención de las autoridades y suscitaron su enemistad. La ira del emperador se desató especialmente
por causa de la conversión de gente de su propia casa, y pronto encontró
pretextos para que los cristianos fueran objeto de su despiadada crueldad.
Por entonces estalló en Roma un terrible incendio que
consumió casi media ciudad. Según
rumores, el mismo Nerón habría sido el incendiario, pero a fin de alejar toda sospecha de sí mismo hizo alarde de gran
generosidad ayudando a los desamparados y sin hogar. Sin embargo, se lo acusó del crimen. El pueblo se sintió trastornado y se enfureció, y para desviar la
atención del pueblo, y al mismo tiempo para hacer desaparecer de la ciudad a
esa gente que temía y odiaba, Nerón desvió la acusación hacia los cristianos.
Su ardid tuvo éxito y millares de seguidores de Cristo, hombres, mujeres y
niños, fueron cruelmente asesinados.
Pablo fue librado de esa terrible persecución, por
que salió de Roma muy poco después de su absolución. Aprovechó este último
periodo de libertad para trabajar diligentemente entre las iglesias. Era su
propósito lograr una unión más permanente entre las iglesias griegas y
orientales, y fortalecer el entendimiento de los creyentes contra las falsas
doctrinas que ya se estaban infiltrando para corromper la fe.
Las pruebas y penurias sufridas por Pablo había
socavado sus fuerzas físicas. Padecía de los achaques de la vejez. Creía que
estaba llevando a cabo sus tareas finales, y mientras menos tiempo le quedaba,
más intensos eran sus esfuerzos. Su celo parecía no tener límites. Resuelto en
su propósito, rápido para la acción, firme en la fe, iba de iglesia en iglesia,
por diversos países, y procuraba por todos los medios a su alcance fortalecer
las manos de los creyentes para que pudieran trabajar fielmente a fin de ganar
almas para Jesús, y para que en los tiempos de prueba que ya estaban
comenzando, pudieran permanecer firmes en el evangelio, dando un fiel
testimonio en favor de Cristo.