CON la reanudación del tránsito marítimo, el
centurión y sus prisioneros emprendieron su viaje a Roma. Un buque alejandrino, el "Cástor y
Pólux," había invernado en Melita en su viaje hacia el occidente, y en él
se embarcaron los viajeros. Aunque un
poco retardado por vientos contrarios, el viaje se realizó sin novedad, y el
barco ancló en el hermoso puerto de Puteolos, en la costa de Italia.
En ese lugar había unos pocos cristianos, los cuales
rogaron al apóstol que se quedara con ellos siete días, privilegio que le fue
concedido amablemente por el centurión.
Desde que recibieran la Epístola de Pablo a los Romanos, los cristianos
de Italia habían esperado ansiosamente una visita del apóstol. No habían pensado verlo llegar como preso,
pero sus sufrimientos despertaron en ellos aun mayor cariño hacia él. La distancia de Puteolos a Roma era
aproximadamente de 224 kilómetros, y como el puerto se hallaba en constante
comunicación con la metrópoli, los cristianos de Roma fueron informados de la
llegada inminente de Pablo, de modo que algunos de ellos salieron para
encontrarse con él y darle la bienvenida.
Al octavo día del desembarco, el centurión y sus
presos emprendieron viaje a Roma. Julio
le concedió voluntariamente al apóstol todo el favor que le fue dable
concederle; pero no podía cambiar su calidad de preso ni soltarle de la cadena
que lo ligaba a su guardia militar. Con
corazón apesadumbrado el apóstol avanzaba para hacer su visita largo tiempo
anhelada a la metrópoli del mundo.
¡Cuán diferentes eran las circunstancias de las que él se había
imaginado! ¿Cómo podría él, encadenado y estigmatizado, proclamar el Evangelio?
Parecía que sus esperanzas de ganar a muchas almas para la verdad en Roma iban
a quedar chasqueadas.
Por fin los viajeros llegan a la plaza de Apio, a 65
kilómetros de Roma. Mientras se abren
paso entre las multitudes que llenan la gran carretera, el anciano de cabellos
grises, encadenado con un grupo de criminales aparentemente empedernidos,
recibe más de una mirada de escarnio y es hecho objeto de más de una broma
grosera y burlona.
De repente se oye un grito de júbilo, y un hombre que
sale de entre la multitud se arroja al cuello del preso y le abraza con
lágrimas de regocijo como un hijo que da la bienvenida a su padre por largo
tiempo ausente. Vez tras vez se repite
la escena, a medida que con ojos aguzados por la amante expectación, muchos
reconocen en el encadenado a aquel que en Corinto, en Filipos, en Efeso, les
había hablado las palabras de vida.
Mientras los afectuosos discípulos rodean a su padre
en el Evangelio, toda la compañía se detiene.
Los soldados se impacientan por la demora; sin embargo, no se atreven a
interrumpir este feliz encuentro, porque ellos también han aprendido a respetar
y estimar a su preso. En ese cansado y dolorido rostro, los discípulos veían
reflejada la imagen de Cristo. Le
aseguraban a Pablo que no le habían olvidado ni cesarían de amarle; que estaban
endeudados con él por la feliz esperanza que animaba sus vidas y les otorgaba
paz para con Dios. En ardoroso amor,
hubieran deseado llevarlo sobre sus hombros todo el camino hasta la ciudad, si
tan sólo se les hubiese concedido ese privilegio.
Pocos comprenden el significado de estas palabras de
Lucas, referentes al encuentro de Pablo con los hermanos: "Dio gracias a
Dios, y tomó aliento." En medio de
la llorosa y simpatizante compañía de creyentes, que no se avergonzaba de sus
cadenas, el apóstol alabó a Dios en alta voz.
Se disipó la nube de tristeza que había pesado sobre su espíritu. Su vida cristiana había sido una sucesión de
pruebas, sufrimientos y chascos, pero en esta hora se sentía abundantemente
recompensado. Con paso más firme y corazón
gozoso continuó su camino. No se
quejaría del pasado, ni tampoco temería el futuro. Sabía que cadenas y aflicciones le esperaban, pero también que
debía rescatar almas de un cautiverio infinitamente más terrible, y se regocijó
en sus sufrimientos por causa de Cristo.
En Roma el centurión Julio entregó sus presos al
capitán de la guardia del emperador. El
buen informe que dio de Pablo, juntamente con la carta de Festo, fue motivo
para que el apóstol fuese tratado con miramiento por el prefecto de los
ejércitos, y en lugar de ser puesto en prisión, se le permitió vivir en su propia
casa alquilada. Aunque constantemente
encadenado a un soldado, tenía libertad de recibir a sus amigos y trabajar en
favor del avance de la causa de Cristo.
Muchos de los judíos que fueran expulsados de Roma
varios años antes, habían recibido permiso de volver, de modo que se
encontraban allí en gran número. A
éstos, ante todo, decidió Pablo presentar los hechos concernientes a sí mismo y
a su obra, antes que sus enemigos tuvieran oportunidad de predisponerlos en su
contra. Por lo tanto, tres días después
de su llegada a Roma, llamó a sus hombres principales, y en una manera sencilla
y directa les explicó por qué llegaba a Roma en calidad de preso.
"Varones hermanos dijo, no habiendo hecho nada
contra el pueblo, ni contra los ritos de la patria, he sido entregado preso
desde Jerusalem en manos de los Romanos; los cuales, habiéndome examinado, me
querían soltar, por no haber en mí ninguna causa de muerte. Mas contradiciendo los Judíos, fuí forzado a
apelar a César; no que tenga de qué acusar a mi nación. Así que, por esta causa, os he llamado para
veros y hablaros; porque por la esperanza de Israel estoy rodeado de esta
cadena."
No dijo nada del maltrato que había sufrido a manos
de los judíos, o de los repetidos complots para asesinarle. Sus palabras revelaron prudencia y
bondad. No estaba buscando atención o
simpatía personal, sino defender la verdad y mantener el honor del Evangelio.
En respuesta, sus oyentes afirmaron que no habían
recibido ninguna acusación contra él
por carta pública o privada, y que ninguno de los judíos que habían venido a
Roma le había acusado de algún crimen. Igualmente expresaron un marcado deseo
de oír personalmente las razones de su fe en Cristo. "Porque de esta secta -dijeron,- notorio nos es que en todos
lugares es contradicha."
Ya que ellos mismos lo deseaban, Pablo les pidió que
fijaran un día para presentarles la verdad del Evangelio. Al tiempo señalado, muchos concurrieron
"a los cuales declaraba y testificaba el reino de Dios, persuadiéndoles lo
concerniente a Jesús, por la ley de Moisés y por los profetas, desde la mañana
hasta la tarde." Les relató su
propia experiencia, y les presentó argumentos de los escritos del Antiguo
Testamento con sencillez, sinceridad y poder.
El apóstol mostró que la religión no consiste en
ritos y ceremonias, credos y teorías.
Si así fuera, el hombre natural podría entenderla por investigación así
como entiende las cosas del mundo.
Pablo enseñó que la religión es un positivo poder salvador, un principio
proveniente enteramente de Dios, una experiencia personal del poder renovador
de Dios en el alma.
Les mostró cómo Moisés enseñó a Israel a mirar a
Cristo como al Profeta a quien ellos debían oír; cómo todos los profetas
testificaron de él como el gran remedio de Dios para el pecado, el Inocente que
había de llevar los pecados del culpable.
Pablo no censuró la observancia de sus ritos y ceremonias, pero les
mostró que al mismo tiempo que ellos mantenían el servicio ritual con gran
exactitud, rechazaban al que se tipificaba en todo el sistema de ritos.
Pablo declaró que siendo inconverso, conoció a
Cristo, no por una relación personal, sino únicamente por el concepto que él,
juntamente con otros, abrigaba concerniente al carácter y obra del Mesías que
había de venir. Había rechazado a Jesús
de Nazaret como impostor, porque no se ajustó a ese concepto. Pero ahora sus ideas tocante a Cristo y su
misión eran mucho más espirituales y exaltadas, porque había experimentado la
conversión. El apóstol afirmó que no
les presentaba a Cristo según la carne.
Herodes vio a Cristo en los días de su humanidad; Anás también lo vio, y
asimismo Pilato y los sacerdotes y gobernantes, y los soldados romanos. Pero ellos no le vieron con los ojos de la
fe, como al Redentor glorificado. Comprender a Cristo por fe y tener un
conocimiento espiritual de él era más deseable que una relación personal con él
tal como apareció en la tierra. La
comunión con Cristo que Pablo gozaba ahora, era más íntima, duradera, que un
mero compañerismo terrestre y humano.
Mientras Pablo hablaba de lo que conocía y
testificaba de aquello que había visto concerniente a Jesús de Nazaret como la
esperanza de Israel, los que honradamente buscaban la verdad fueron
convencidos. Sobre algunas mentes, por
lo menos, sus palabras hicieron una impresión que jamás se borró. Pero otros rehusaron tercamente aceptar el
claro testimonio de las Escrituras, aun cuando les fuera presentado por uno que
tenía la iluminación especial del Espíritu Santo. No podían refutar sus
argumentos, pero rehusaron aceptar sus conclusiones.
Muchos meses pasaron desde la llegada de Pablo a Roma
hasta la comparecencia de los judíos que vinieron de Jerusalén para
acusarle. Habían sido repetidamente
estorbados en sus propósitos; y ahora que Pablo iba a ser juzgado por el
supremo tribunal del Imperio Romano, no deseaban exponerse a otro fracaso. Lisias, Félix, Festo y Agripa habían
declarado que le juzgaban inocente. Sus
enemigos sólo podían esperar inclinar al emperador en su favor por medio de
intrigas. La demora favorecería sus propósitos, por cuanto les proporcionaría
tiempo para perfeccionar y ejecutar sus planes; y al efecto aguardaron algún
tiempo antes de presentar personalmente sus acusaciones contra el apóstol.
Por providencia de Dios, este aplazamiento tuvo por
resultado el adelanto del Evangelio.
Mediante el favor de los encargados de la guardia, le fue permitido a
Pablo residir en una cómoda vivienda, donde podía tratar libremente con sus
amigos y también declarar diariamente la verdad a cuantos acudían a oírle. Así prosiguió durante dos años con sus
labores, "predicando el reino de Dios y enseñando lo que es del Señor
Jesucristo con toda libertad, sin impedimento."
Durante ese tiempo no se olvidó de las iglesias que
había establecido en muchos países. Comprendiendo
los peligros que amenazaban a los convertidos a la nueva fe, el apóstol
procuraba, en tanto le era posible, atender a sus necesidades por medio de
cartas de amonestación e instrucciones prácticas. Y desde Roma envió consagrados obreros a trabajar no sólo en
aquellas iglesias, sino también en campos que él no había visitado. Estos obreros, como prudentes pastores,
intensificaron la obra tan bien comenzada por Pablo, quien se mantuvo informado
de la situación y peligros de las iglesias por la constante correspondencia con
ellos, de suerte que pudo ejercer prudente inspección sobre todos.
Así, aunque aparentemente ajeno a la labor activa,
Pablo ejerció más amplia y duradera influencia que si hubiese podido viajar
libremente de iglesia en iglesia como en años anteriores. Como preso del Señor, era objeto del más
profundo afecto de parte de sus hermanos; y sus palabras, escritas por quien
estaba en cautiverio por la causa de Cristo, imponían mayor atención y respeto
que cuando él estaba personalmente con ellos.
Hasta que Pablo les fue quitado, los creyentes no se dieron cuenta de
cuán pesadas eran las cargas que había soportado por ellos. En otros tiempos se habían excusado en gran
parte de las responsabilidades porque les faltaba su sabiduría, tacto e
indomable energía; pero ahora, abandonados a su inexperiencia para aprender las
lecciones que habían rehuído, apreciaron sus amonestaciones, consejos e
instrucciones como no los habían estimado durante su obra personal. Al informarse de su valentía y fe durante su
largo encarcelamiento, fueron estimulados a una mayor fidelidad y celo en la
causa de Cristo.
Entre los asistentes de Pablo en Roma había muchos
que habían sido antes sus compañeros y colaboradores. Lucas, "el médico amado," quien le había atendido en el
viaje a Jerusalén, durante los dos años de su encarcelamiento en Cesarea, y en
su arriesgado viaje a Roma, estaba todavía con él. Timoteo también velaba por su comodidad. Tíquico, "hermano
amado y fiel ministro y consiervo en el Señor," auxiliaba noblemente al
apóstol. Demas y Marcos estaban también
con él. Aristarco y Epafras eran sus compañeros "en la prisión."
(Col. 4: 7-14.)
Desde los primeros años de su profesión de fe, la
experiencia cristiana de Marcos se había profundizado. A medida que estudiaba más atentamente la
vida y muerte de Cristo, obtenía más claros conceptos de la misión del
Salvador, sus afanes y conflictos. Leyendo en las cicatrices de las manos y los
pies de Cristo las señales de su servicio por la humanidad, y el extremo a que
llega la abnegación para salvar a los extraviados y perdidos, Marcos se
constituyó en un seguidor voluntario del Maestro en la senda del sacrificio.
Ahora, compartiendo la suerte de Pablo, el preso, comprendía mejor que nunca
antes que es una infinita ganancia alcanzar a Cristo, e infinita pérdida ganar
el mundo y perder el alma por cuya redención la sangre de Cristo fue
derramada. Frente a la severa prueba y
adversidad, Marcos continuó firmemente, como sabio y amado ayudador del
apóstol.
Demas fue fiel por un tiempo, pero luego abandonó la
causa de Cristo. Refiriéndose a esto, Pablo escribió: "Demas me ha
desamparado, amando este siglo." (2 Tim. 4: 10.) Demas sacrificó toda alta y noble consideración para conseguir la
ganancia mundanal. ¡Qué cambio insensato! Poseyendo solamente riqueza u honor
mundano, Demas era ciertamente pobre, por mucho que fuera lo que orgullosamente
pudiera considerar suyo; mientras tanto Marcos, escogiendo sufrir por la causa
de Cristo, poseía riquezas eternas, siendo considerado por el cielo como
heredero de Dios y coheredero con su Hijo.
Entre los que dieron su corazón a Dios a causa de las
labores de Pablo en Roma, estaba Onésimo, esclavo pagano que había perjudicado
a su amo Filemón, creyente cristiano de Colosas, y había escapado a Roma. En la bondad de su corazón, Pablo trató de
aliviar al desdichado fugitivo en su pobreza y desgracia, y entonces procuró
derramar la luz de la verdad en su mente entenebrecida. Onésimo atendió las palabras de vida,
confesó sus pecados y se convirtió a la fe de Cristo.
Onésimo se hizo apreciar por Pablo en virtud de su
piedad y sinceridad, tanto como por su tierno cuidado por la comodidad del
apóstol y su celo en promover la obra del Evangelio. Pablo vio en él rasgos de carácter que le capacitarían para ser
un colaborador útil en la obra misionera, y le aconsejó que regresara sin
demora a Filemón, suplicándole su perdón; hizo planes, además, para el futuro.
El apóstol prometió ayudarle haciéndose él mismo responsable por la suma que
hubiese robado a Filemón. Estando a
punto de enviar a Tíquico con cartas para varias iglesias de Asia Menor, envió
a Onésimo con él. Fue una severa prueba
para este siervo entregarse así a su amo a quien había perjudicado, pero estaba
verdaderamente convertido, y no desistió de cumplir con este deber.
Pablo hizo a Onésimo portador de la carta a Filemón,
en la cual, con su tacto y bondad acostumbrados, el apóstol defendía la causa
del esclavo arrepentido, y expresaba sus deseos de conservar sus servicios para
el futuro. La carta comenzaba con
afectuosos saludos para Filemón como amigo y colaborador: "Gracia a vosotros y paz, de Dios
nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
Doy gracias a mi Dios siempre, haciendo mención de ti en mis oraciones,
oyendo hablar de tu amor y fe, que tienes hacia el Señor Jesús, y para con
todos los santos; para que la comunicación de los frutos de tu fe, llegue a ser
eficaz, en el conocimiento de todo lo bueno que hay en vosotros, para gloria de
Cristo." El apóstol recordó a
Filemón que todo buen propósito y rasgo de carácter que poseía lo debía a la
gracia de Cristo; solamente esto lo hacía diferente de los perversos y
pecadores. La misma gracia podía hacer
de un degradado criminal un hijo de Dios y un obrero útil en el Evangelio.
Pablo pudo haber manifestado a Filemón su deber como
cristiano, pero en cambio escogió valerse del ruego: "Pablo anciano, y ahora también prisionero de Cristo Jesús:
-ruégote por mi hijo, a quien yo he engendrado en mis prisiones- mi hijo
Onésimo; el cual en un tiempo te fue inútil, mas ahora es útil para ti y para
mí. " (V.M.)
El apóstol pidió a Filemón, en vista de la conversión
de Onésimo, que recibiera al esclavo arrepentido como a su propio hijo, mostrándole
tan profundo afecto que le decidiera a habitar con el que antes fuera su amo,
"ya no como siervo, sino más que siervo, como hermano amado." Expresó su deseo de retener a Onésimo como
uno que podía servirle durante su encarcelamiento como Filemón mismo lo hubiera
hecho; sin embargo no deseaba sus servicios a menos que por propia iniciativa
dejara al esclavo libre.
El apóstol conocía bien la severidad con que muchos
amos trataban a sus esclavos, y sabía también que Filemón estaba grandemente
irritado a causa de la conducta de su siervo.
Trató de escribirle de tal manera que despertara sus más profundos y
tiernos sentimientos de cristiano. La
conversión de Onésimo le había transformado en un hermano en la fe, y cualquier
castigo inflingido a este nuevo converso sería considerado por Pablo como
aplicado a sí mismo.
Pablo propuso voluntariamente tomar a su cargo la
deuda de Onésimo para que el culpable pudiera ser librado del oprobio de un
castigo y pudiera gozar nuevamente los privilegios que había
perdido." Si pues me tienes a mí
por compañero -escribió a Filemón,- recíbele como a mí mismo. Pero si te ha perjudicado en algo, o te debe
algo, apúntalo a mi cuenta: yo Pablo lo
he escrito con mi propia mano; yo te lo volveré a pagar."
¡Qué adecuada ilustración del amor de Cristo hacia el
pecador arrepentido! El siervo que había defraudado a su amo no tenía nada con
que hacer la restitución. El pecador
que ha robado a Dios años de servicio, no tiene medios para cancelar su
deuda. Jesús se interpone entre el
pecador y Dios, diciendo: Yo pagaré la
deuda. Perdona al pecador; yo sufriré en su lugar.
Después de ofrecerse como pagador de la deuda de
Onésimo, Pablo recordó a Filemón cuán grande era su deuda hacia el apóstol. Le
debía su propio ser, siendo que Dios había usado a Pablo como instrumento para
su conversión. Entonces, en un tierno y
fervoroso pedido, imploró a Filemón que así como por su liberalidad había
refrigerado a los santos, refrescara el espíritu del apóstol concediéndole este
motivo de regocijo. "Teniendo yo confianza en tu obediencia agregó, te
he escrito, conociendo que tú harás aun más de lo que te digo." (Filem.
21.)
La carta de Pablo a Filemón muestra la influencia del
Evangelio en las relaciones entre amos y siervos. La esclavitud era una institución establecida en todo el Imperio
Romano, y tanto amos como esclavos se encontraban en la mayoría de las iglesias
por las cuales Pablo había trabajado.
En las ciudades, donde a menudo el número de esclavos era mayor que el
de la población libre, se creía necesario tener leyes de terrible severidad
para mantenerlos en sujeción. Muy a menudo un romano rico era dueño de cientos
de esclavos, de toda clase, de toda nación y de toda capacidad. Teniendo un control completo sobre las almas
y cuerpos de estos desvalidos siervos, podía infligirles cualquier sufrimiento
que escogiera. Si alguno de ellos en su
propia defensa se aventuraba a levantar su mano contra su amo, toda la familia
del ofensor podía ser sacrificada despiadadamente. La menor equivocación, accidente o falta de cuidado se castigaba
generalmente sin misericordia.
Algunos amos, más humanitarios que otros, mostraban
mayor indulgencia para con sus siervos; pero la gran mayoría de los ricos y
nobles daban rienda suelta a sus excesivas concupiscencias, pasiones y apetitos
, haciendo de sus esclavos las desdichadas víctimas de sus caprichos y
tiranía. La tendencia de todo el
sistema era sobremanera degradante.
No era la obra del apóstol trastornar arbitraria o
repentinamente el orden establecido en la sociedad. Intentar eso hubiera impedido el éxito del Evangelio. Pero enseñó principios que herían el mismo
fundamento de la esclavitud, los cuales, llevados a efecto, seguramente
minarían todo el sistema. Donde
estuviere "el Espíritu del Señor, allí hay libertad" (2 Cor. 3: 17),
declaró. Una vez convertido, el esclavo
llegaba a ser miembro del cuerpo de Cristo, y como tal debía ser amado y
tratado como un hermano, un coheredero con su amo de las bendiciones de Dios y
de los privilegios del Evangelio. Por
otra parte, los siervos debían cumplir sus deberes, "no sirviendo al ojo,
como los que procuran agradar a los hombres, sino antes, como siervos de
Cristo, haciendo de corazón la voluntad de Dios" (Efe. 6: 6, V.M.)
El cristianismo forma un fuerte lazo de unión entre
el amo y el esclavo, el rey y el súbdito el ministro del Evangelio y el pecador
caído que ha hallado en Cristo purificación del pecado. Han sido lavados en la misma sangre,
vivificados por el mismo Espíritu; y son hechos uno en Cristo Jesús.