POR fin Pablo estaba en camino a Roma. "Mas como fue determinado escribe
Lucas que habíamos de navegar para Italia, entregaron a Pablo y a algunos
otros presos a un centurión, llamado Julio, de la compañía Augusta. Así que, embarcándonos en una nave
Adrumentina, partimos, estando con nosotros Aristarco, Macedonio de Tesalónica,
para navegar junto a los lugares de Asia."
En el primer siglo de la era cristiana, el viajar por
mar se caracterizaba por grandes dificultades y peligros. Los marineros se guiaban en gran parte por
la posición del sol y de las estrellas; y cuando éstos no aparecían y había
indicios de tormenta, los dueños de los barcos tenían miedo de aventurarse al
mar abierto. Durante una parte del año,
la navegación segura era casi imposible.
El apóstol tuvo que soportar entonces las penurias
que durante el largo viaje a Italia le pudieran tocar a un preso
encadenado. Una circunstancia alivió
mucho la dureza de su suerte: se le
permitió tener la compañía de Lucas y Aristarco. A este último lo mencionó más tarde, en su carta a los
colosenses, como "compañero en la prisión" (Col. 4: 10), pues de su
propia voluntad había decidido compartir esa prisión con Pablo, para servirle
en sus aflicciones.
El viaje se inició con toda felicidad. Al día siguiente anclaron en el puerto de
Sidón. El centurión, al saber que allí
había cristianos, por bondad hacia Pablo "permitióle que fuese a los
amigos, para ser de ellos asistido."
El apóstol apreció mucho ese permiso, porque su salud era delicada.
Al salir de Sidón, el barco encontró vientos
contrarios; y no pudiendo seguir una ruta directa, hizo lento progreso. En Mira, provincia de Licia, el centurión
encontró un gran buque alejandrino que navegaba hacia Italia, e inmediatamente
transbordó sus presos a éste. Pero los
vientos se mantuvieron contrarios, y la marcha del buque se hizo difícil. Lucas
escribe: "Y navegando muchos días despacio, y habiendo apenas llegado
delante de Gnido, no dejándonos el viento, navegamos bajo de Creta, junto a
Salmón. Y costeándola difícilmente,
llegamos a un lugar que llaman Buenos Puertos."
En Buenos Puertos se vieron obligados a permanecer
por algún tiempo, esperando vientos favorables. El invierno se aproximaba y era "ya peligrosa la
navegación;" los encargados de la nave debieron abandonar la esperanza de
llegar a destino antes que terminara la estación favorable del año para viajar
por mar. Lo único que debían decidir
entonces era si convenía quedar en Buenos Puertos o intentar llegar a un lugar
más apropiado para invernar.
Esta cuestión fue muy discutida y finalmente referida
por el centurión a Pablo, quien se había ganado el respeto tanto de los
marineros como de los soldados. El
apóstol, sin vacilar, les aconsejó que quedaran donde estaban. "Varones dijo, veo que con trabajo y
mucho daño, no sólo de la cargazón y de la nave, mas aun de nuestras personas,
habrá de ser la navegación." Pero
el piloto, el patrón de la nave y la mayoría de los pasajeros y la tripulación,
no quisieron aceptar este consejo. Por
cuanto el puerto en que habían anclado no tenía comodidad para invernar,
"muchos acordaron pasar aún de allí, por si pudiesen arribar a Fenice e
invernar allí, que es un puerto de Creta que mira al Nordeste y Sudeste."
El centurión decidió seguir la opinión de la
mayoría. Por consiguiente,
"soplando el austro," partieron de Buenos Puertos en la esperanza de
llegar pronto al puerto deseado.
"Mas no mucho después dio en ella un viento repentino, . . . y
siendo arrebatada la nave," no pudo resistir contra el viento.
Impulsada por la tormenta, la nave se acercó a la
pequeña isla de Clauda, y bajo su protección, los marineros se prepararon para
lo peor. El bote salvavidas, el único
medio de salvación en caso de que naufragase la nave, iba a remolque, y en
peligro de hacerse pedazos en cualquier momento. Su primera tarea era alzarlo a bordo. Se tomaron todas las precauciones posibles para reforzar la nave
y prepararla para resistir la tempestad.
La poca protección proporcionada por la isleta no duró mucho tiempo, y
pronto estaban expuestos de nuevo a la plena violencia de la tormenta.
Rugió toda la noche, y a pesar de las medidas
tomadas, el buque hacía agua. "Al siguiente día alijaron." Llegó nuevamente la noche, pero el viento no
amainaba. El buque, azotado por la
tempestad, con el mástil roto y las velas hechas trizas, era arrojado de aquí
para allá por la furia de los elementos.
Cada momento parecía que el crujiente maderamen iba a ceder en el
balanceo y estremecimiento del barco bajo el embate de las olas. La vía de agua aumentaba rápidamente, y los
pasajeros y la tripulación trabajaron continuamente para desaguar el
buque. No había ni un momento de
descanso para nadie de los que estaban a bordo. "Al tercer día -escribe Lucas- nosotros con nuestras manos
arrojamos los aparejos de la nave. Y no
pareciendo sol ni estrellas por muchos días, y viniendo una tempestad no
pequeña, ya era perdida toda la esperanza de nuestra salud."
Durante catorce días fueron llevados a la deriva bajo
un cielo sin sol y sin estrellas. El
apóstol, aunque sufría físicamente, tenía palabras de esperanza para la hora
más negra, y tendía una mano de ayuda en toda emergencia. Se aferraba por la fe del brazo del Poder
Infinito, y su corazón se apoyaba en Dios.
No tenía temores por sí mismo; sabía que Dios le preservaría para
testificar en Roma a favor de la verdad de Cristo. Pero su corazón se conmovía de lástima por las pobres almas que
le rodeaban, pecaminosas, degradadas, y sin preparación para la muerte. Al suplicar fervientemente a Dios que les
perdonara la vida, se le reveló que esto se había concedido.
Aprovechando un momento en que amainó la tempestad,
Pablo se adelantó en la cubierta, y levantando la voz dijo: "Fuera de cierto conveniente, oh
varones, haberme oído, y no partir de Creta, y evitar este inconveniente y
daño. Mas ahora os amonesto que tengáis
buen ánimo; porque ninguna pérdida habrá de persona de vosotros, sino solamente
de la nave. Porque esta noche ha estado
conmigo el ángel del Dios del cual yo soy, y al cual sirvo, diciendo: Pablo, no
temas; es menester que seas presentado delante de César; y he aquí, Dios te ha
dado todos los que navegan contigo. Por
tanto, oh varones, tened buen ánimo; porque yo confío en Dios que será así como
me ha dicho; si bien es menester que demos en una isla."
Estas palabras despertaron la esperanza. Y pasajeros y tripulantes sacudieron su
apatía. Había todavía mucho que hacer,
y debían ejercer todo esfuerzo posible para evitar la destrucción.
La décimocuarta noche de ser presa de las negras
olas, "a la media noche," los marineros, al distinguir ruido de
rompientes, "sospecharon que estaban cerca de alguna tierra; y echando la
sonda, hallaron veinte brazas; y pasando un poco más adelante, volviendo a
echar la sonda, hallaron quince brazas.
Y habiendo temor escribe Lucas de dar en lugares escabrosos, echando
cuatro anclas de la popa, deseaban que se hiciese de día."
Al despuntar el alba, se divisaron con dificultad los
contornos de una costa azotada por la tormenta, pero no se podía reconocer
ninguna señal familiar. Tan lúgubre era la perspectiva, que los marineros
paganos, perdiendo su valentía, estaban por huir de la nave, y fingiendo hacer
preparativos para "largar las anclas de proa," habían ya bajado el
bote salvavidas, cuando Pablo, percibiendo su indigno propósito, dijo al
centurión y a los soldados: "Si
éstos no quedan en la nave, vosotros no podéis salvaros." Los soldados inmediatamente "cortaron
los cabos del esquife, y dejáronlo perder" en el mar.
Les esperaba todavía la hora más crítica. Otra vez el apóstol les habló palabras de
ánimo, y rogó a todos, tanto marineros como pasajeros, que comieran algo,
diciendo: "Este es el décimocuarto
día que esperáis y permanecéis ayunos, no comiendo nada. Por tanto, os ruego
que comáis por vuestra salud: que ni aun un cabello de la cabeza de ninguno de
vosotros perecerá.
"Y habiendo dicho esto, tomando el pan, hizo
gracias a Dios en presencia de todos, y partiendo, comenzó a comer." Entonces aquellas doscientos setenta y cinco
personas cansadas y desalentadas que, a no ser por Pablo, se hubieran
desesperado, comieron juntamente con el apóstol. "Y satisfechos de comida, aliviaban la nave, echando el
grano al mar."
Era ya pleno día, pero no podían reconocer nada que
les hiciese posible determinar dónde estaban.
Sin embargo, "veían un golfo que tenía orilla, al cual acordaron
echar, si pudiesen, la nave. Cortando pues las anclas, las dejaron en la mar,
largando también las ataduras de los gobernalles; y alzada la vela mayor al
viento, íbanse a la orilla. Mas dando en un lugar de dos aguas, hicieron
encallar la nave; y la proa, hincada, estaba sin moverse, y la popa se abría
con la fuerza de la mar."
A Pablo y los demás presos les amenazaba ya una
suerte más terrible que el naufragio.
Los soldados percibieron que mientras se esforzasen por llegar a tierra,
les sería imposible guardar a los presos.
Cada hombre tendría que esforzarse al límite para salvarse a sí
mismo. Sin embargo, si faltara alguno
de los presos, responderían con su vida los encargados de su cuidado. Por lo
tanto los soldados deseaban matar a todos los presos. La ley de Roma sancionaba este cruel recurso, y el plan habría
sido llevado a cabo en seguida, si no hubiese sido por aquel hacia el cual
todos estaban por igual profundamente obligados. Julio el centurión sabía que Pablo había sido el medio de salvar
la vida de todos los que estaban a bordo; además, convencido de que el Señor
estaba con él, temía hacerle daño. El,
por lo tanto, "mandó que los que pudiesen nadar, se echasen los primeros,
y saliesen a tierra; y los demás, parte en tablas, parte en cosas de la
nave. Y así aconteció que todos se
salvaron saliendo a tierra."
Cuando se repasó la nómina, no faltaba ninguno.
Los náufragos fueron recibidos bondadosamente por la
gente bárbara de Melita. Estos,
"encendido un fuego escribe Lucas, nos recibieron a todos, a causa de la
lluvia que venía, y del frío." Pablo se mostró activo entre los que
ministraban a la comodidad de los demás.
Habiendo "recogido algunos sarmientos, y puéstolos en el fuego, una
víbora, huyendo del calor, le acometió a la mano." Los circunstantes se horrorizaron; y viendo
por su cadena que Pablo era un preso, se dijeron el uno al otro: "Ciertamente este hombre es homicida, a
quien, escapado de la mar, la justicia no deja vivir." Mas Pablo sacudió el reptil al fuego, y no
padeció ningún mal. Conociendo la naturaleza venenosa de la víbora, la gente
esperaba que en cualquier momento cayese al suelo en terrible agonía. "Mas habiendo esperado mucho, y viendo
que ningún mal le venía, mudados, decían que era un dios."
Durante los tres meses que los náufragos se quedaron
en Melita, Pablo y sus compañeros en el trabajo aprovecharon muchas
oportunidades de predicar el Evangelio.
De manera notable el Señor obró mediante ellos. Por causa de Pablo, toda la compañía de los
náufragos fueron tratados con suma bondad; se suplieron todas sus necesidades,
y al abandonar Melita fueron provistos liberalmente de todo lo necesario para
su viaje. Los principales incidentes de
su estada allí se resumen brevemente por Lucas en estas palabras:
"En aquellos lugares había heredades del
principal de la isla, llamado Publio, el cual nos recibió y hospedó tres días
humanamente. Y aconteció que el padre de Publio estaba en cama, enfermo de
fiebres y de disentería: al cual Pablo entró, y después de haber orado, le puso
las manos encima, y le sanó: y esto hecho, también los otros que en la isla
tenían enfermedades, llegaban, y eran sanados: los cuales también nos honraron
con muchos obsequios; y cuando partimos, nos cargaron de las cosas
necesarias."