"FESTO pues, entrado en la provincia, tres días
después subió de Cesarea a Jerusalem. Y
vinieron a él los príncipes de los sacerdotes y los principales de los Judíos contra
Pablo; y le rogaron, pidiendo gracia contra él, que le hiciese traer a
Jerusalem, poniendo ellos asechanzas para matarle en el camino." Al pedir esto se proponían asaltar a Pablo
en el camino a Jerusalén, y matarlo.
Pero Festo tenía un elevado sentido de la responsabilidad de su cargo, y
rehusó cortésmente enviar a buscar a Pablo. No es "costumbre de los
Romanos- declaró -dar alguno a la muerte antes que el que es acusado tenga
presentes sus acusadores, y haya lugar de defenderse de la acusación." (Hech.
25: 16.) El mismo "partiría
presto" para Cesarea. "Los que de vosotros pueden - dijo,- desciendan
juntamente; y si hay algún crimen en este varón, acúsenle."
Esto no era lo que los judíos querían. No habían olvidado su fracaso anterior en
Cesarea. En contraste con la calma y
los poderosos argumentos del apóstol, su propio espíritu maligno y sus
acusaciones sin fundamento aparecerían en sus peores aspectos. De nuevo
insistieron en que Pablo fuese traído a Jerusalén para ser juzgado, pero Festo
se mantuvo firme en su propósito de concederle a Pablo un juicio justo en
Cesarea. Dios en su providencia dirigió
la decisión de Festo, para que la vida del apóstol fuese prolongada.
Habiéndose frustrado sus propósitos, los gobernantes
judíos se prepararon una vez más para testificar contra Pablo ante el tribunal
del procurador. Al volver a Cesarea
después de estar unos pocos días en Jerusalén, Festo "el siguiente día se
sentó en el tribunal, y mandó que Pablo fuese traído." "Le rodearon los Judíos que habían
venido de Jerusalem, poniendo contra Pablo muchas y graves acusaciones, las
cuales no podían probar." Estando
sin abogado en esta ocasión, los judíos mismos presentaron sus acusaciones. A medida que el juicio seguía, el acusado
mostraba claramente, con calma y serenidad, la falsedad de sus declaraciones.
Festo se dio cuenta de que la cuestión en disputa se
refería enteramente a las doctrinas judías, y que, aun en el caso de poder
probarlas, no había en las acusaciones contra Pablo, nada que lo hiciera digno
de muerte ni aun de prisión. Sin
embargo, vio claramente la tormenta de ira que se levantaría si Pablo no fuera
condenado o entregado en sus manos. Y
así, "queriendo congraciarse con los Judíos," Festo se volvió a Pablo
y le preguntó si quería ir a Jerusalén bajo su protección, para ser juzgado por
el Sanedrín.
El apóstol sabía que no podía esperar justicia de
parte del pueblo que por sus crímenes estaba atrayendo sobre sí la ira de Dios.
Sabía que, como el profeta Elías, estaría más seguro entre los paganos que
entre los que habían rechazado la luz del cielo y endurecido sus corazones
contra el Evangelio. Cansado de la
lucha, su activo espíritu apenas podía soportar los repetidos aplazamientos y
la agotadora incertidumbre de su juicio y encarcelamiento. Por lo tanto, decidió ejercer su derecho de
ciudadano romano de apelar a César.
En respuesta a la pregunta del gobernador, Pablo
dijo: "Ante el tribunal de César estoy, donde conviene que sea
juzgado. A los Judíos no he hecho
injuria ninguna, como tú sabes muy bien.
Porque si alguna injuria, o cosa alguna digna de muerte he hecho, no
rehuso morir; mas si nada hay de las cosas de que éstos me acusan, nadie puede
darme a ellos. A César apelo."
Festo no conocía ninguna de las conspiraciones de los
judíos para asesinar a Pablo, y se sorprendió por esta apelación a César. Sin embargo, las palabras del apóstol
detuvieron el proceso de la corte. "Entonces Festo, habiendo hablado con
el consejo, respondió: ¿A César has apelado? a César irás. "
Así fue como una vez más, a causa del odio nacido del
fanatismo y de la justicia propia, un siervo de Dios fue inducido a buscar
protección entre los paganos. Fue este
mismo odio el que indujo a Elías a huir y pedir socorro a la viuda de Sarepta;
y el que obligó a los heraldos del Evangelio a apartarse de los judíos para
proclamar su mensaje a los gentiles. Y
el pueblo de Dios que vive en este siglo tiene todavía que afrontar este
odio. Entre muchos de los profesos
seguidores de Cristo existe el mismo orgullo, formalismo y egoísmo, el mismo
espíritu opresor, que reinaba en tan grande medida en el corazón de los
judíos. En lo futuro, hombres que se
digan representantes de Cristo seguirán una conducta similar a la de los
sacerdotes y príncipes en su manera de tratar a Cristo y a los apóstoles. En la gran crisis por la cual tendrán que
pasar pronto, los fieles siervos de Dios encontrarán la misma dureza de
corazón, la misma cruel determinación y el mismo odio implacable.
Todo el que en ese día malo quiera servir sin temor a
Dios, de acuerdo con los dictados de su conciencia, necesitará valor, firmeza y
conocimiento de Dios y de su Palabra; porque los que sean fieles a Dios serán
perseguidos, sus motivos serán condenados, sus mejores esfuerzos serán
desfigurados y sus nombres serán denigrados. Satanás obrará con todo su poder
engañador para influir en el corazón y obscurecer el entendimiento, para hacer
pasar lo malo por bueno, y lo bueno por malo.
Cuanto más fuerte y pura sea la fe del pueblo de Dios, y más firme su
determinación de obedecerle, más fieramente tratará Satanás de excitar contra
ellos la ira de los que, mientras pretenden ser justos, pisotean la ley de
Dios. Se requerirá la más firme confianza, el más heroico propósito, para
conservar la fe una vez dada a los santos.
Dios desea que su pueblo se prepare para la crisis
venidera. Esté preparado o no, tendrá
que afrontarla; y solamente aquellos que vivan en conformidad con la norma
divina, permanecerán firmes en el tiempo de la prueba. Cuando los gobernantes
seculares se unan con los ministros de la religión para legislar en asuntos de
conciencia, entonces se verá quiénes realmente temen y sirven a Dios. Cuando
las tinieblas sean más profundas, la luz de un carácter semejante al de Dios
brillará con el máximo fulgor. Cuando
fallen todas las demás confianzas, entonces se verá quiénes confían firmemente
en Jehová. Y mientras los enemigos de la verdad estén por doquiera, vigilando a
los siervos de Dios para mal, Dios velará por ellos para bien. Será para ellos como la sombra de un gran
peñasco en tierra desierta.