CINCO días después de la llegada de Pablo a Cesarea,
llegaron sus acusadores de Jerusalén,
acompañados por Tértulo, orador que
habían contratado como abogado.
Se dio pronto audiencia al caso.
Pablo fue traído delante de la asamblea, y Tértulo comenzó a acusarlo.
Considerando que la adulación tendría más influencia en el gobernador romano que la simple
declaración de la verdad y la justicia,
el astuto orador comenzó su discurso alabando a Félix: "Como por causa tuya vivamos en grande
paz, y muchas cosas sean bien
gobernadas en el pueblo por tu prudencia, siempre y en todo lugar lo recibimos con todo hacimiento
de gracias, oh excelentísimo
Félix."
Tértulo descendió aquí a la mentira descarada, porque
el carácter de Félix era vil y
despreciable. Se dice de él, que
"en la práctica de toda clase de
concupiscencia y maldad, ejerció el poder
de un rey con el temperamento de un esclavo." Tácito, History cap. 5, párr. 9.
Los que escuchaban a Tértulo sabían que sus palabras
de adulación no eran ciertas; pero su
deseo de asegurar la condenación de
Pablo era más fuerte que su amor por la verdad. En su discurso, Tértulo acusó a Pablo de crímenes que, si hubiesen sido probados, habrían dado como
resultado su condenación por alta
traición al gobierno. "Porque hemos hallado que este hombre es pestilencial -declaró el orador,- y levantador de sediciones entre todos los Judíos por
todo el mundo, y príncipe de la secta
de los Nazarenos: el cual también tentó a
violar el templo." Tértulo
declaró entonces que Lisias, el
comandante de la guarnición de Jerusalén, había arrebatado violentamente
a Pablo de manos de los judíos cuando estaban por juzgarlo por su ley
eclesiástica, y los había forzado así a traer el asunto delante de él. Estas declaraciones fueron hechas con el
propósito de inducir al procurador a entregar a Pablo al tribunal judío. Todas
las acusaciones fueron vehementemente sostenidas por los judíos presentes, los
cuales no hicieron ningún esfuerzo por ocultar su odio al preso.
Félix era bastante perspicaz para discernir la
disposición y el carácter de los acusadores de Pablo. Sabía con qué motivo le
habían adulado, y notó también que no habían probado sus cargos contra Pablo.
Así que volviéndose hacia el acusado le hizo señas de que se defendiese. Pablo no desperdició palabras en
adulaciones, pero declaró sencillamente que podía defenderse gustosamente ante
Félix, puesto que éste había sido durante tanto tiempo procurador que comprendía
las leyes y costumbres de los judíos. Refiriéndose a las acusaciones que le
hacían, mostró claramente que ninguna era verdadera. Declaró que no había provocado disturbio en parte alguna de
Jerusalén, ni había profanado el templo. "Ni me hallaron en el templo
disputando con ninguno, ni haciendo concurso de multitud, ni en sinagogas, ni
en la ciudad; ni te pueden probar las cosas de que ahora me acusan."
Si bien confesó que "conforme a aquel Camino que
llaman herejía," había adorado al Dios de sus padres, aseveró que había
creído siempre en "todas las cosas que en la ley y en los profetas están
escritas," y que de acuerdo con las enseñanzas claras de las Escrituras,
tenía fe en la resurrección de los muertos. Y declaró además que el propósito dominante
de su vida era tener "siempre conciencia sin remordimiento acerca de Dios
y acerca de los hombres."
Con candidez y sinceridad declaró el objeto de su
visita a Jerusalén, y las circunstancias de su arresto y juicio: "Mas
pasados muchos años, vine a hacer limosnas a mi nación, y ofrendas, cuando me
hallaron purificado en el templo (no con multitud ni con alboroto) unos Judíos
de Asia; los cuales debieron comparecer delante de ti, y acusarme, si contra mí
tenían algo. O digan estos mismos si hallaron en mí alguna cosa mal hecha,
cuando yo estuve en el concilio, si no sea que, estando entre ellos prorrumpí
en alta voz: Acerca de la resurrección de los muertos soy hoy juzgado de
vosotros."
El apóstol habló con fervor y evidente sinceridad, y
sus palabras eran convincentes. Claudio Lisias, en su carta a Félix, había dado
testimonio similar en cuanto a la conducta de Pablo. Además, Félix conocía mejor la religión judía de lo que muchos
suponían. La sencilla declaración de
Pablo sobre los hechos del caso, capacitó a Félix para entender aun más
claramente los móviles que regían a los judíos al acusar al apóstol de sedición
y conducta traidora. El gobernador no
iba a complacerlos condenando injustamente a un ciudadano romano, ni entregándolo
para que lo mataran sin un juicio imparcial. Sin embargo, Félix no conocía
ningún móvil más elevado que el interés propio, y estaba dominado por el amor a
la alabanza y el deseo de ascender. El
temor de ofender a los judíos le impidió hacer plena justicia al hombre que
reconocía inocente. Y decidió, por lo
tanto, suspender el juicio hasta que Lisias estuviera presente, diciendo:
"Cuando descendiere el tribuno Lisias acabaré de conocer de vuestro
negocio."
El apóstol permaneció preso, pero Félix mandó al
centurión que aliviara a Pablo de las prisiones, "y que no vedase a
ninguno de sus familiares servirle, o venir a él."
No mucho tiempo después, Félix y su esposa Drusila
hicieron traer a Pablo, a fin de que en una entrevista privada pudiesen oír de
él "la fe que es en Jesucristo."
Estaban deseosos y hasta ansiosos de oír esas nuevas verdades, verdades
que posiblemente nunca volverían a oír, y que, si las rechazaban, darían
sumario testimonio contra ellos en el día de Dios.
Pablo consideró que ésta era una oportunidad dada por
Dios, y la aprovechó fielmente. Sabía
que estaba en presencia de alguien que tenía facultad de quitarle la vida o de
libertarlo; sin embargo, no se dirigió a Félix y Drusila con alabanza o
adulación. Sabía que sus palabras
serían para ellos sabor de vida o de muerte, y olvidando todas las
consideraciones egoístas, trató de despertar en ellos la conciencia de su
peligro.
El apóstol comprendía que el Evangelio imponía
responsabilidades a cualquiera que oyese sus palabras; que algún día ellos
estarían entre los puros y santos alrededor del gran trono blanco, o con
aquellos a quienes Cristo diría: "Apartaos de mí, obradores de
maldad." (Mat. 7: 23.) Sabía que
habría de encontrarse con cada uno de sus oyentes ante el tribunal del cielo, y
allí rendir cuenta, no sólo de todo lo que hubiera dicho y hecho, sino aun de
los motivos y del espíritu de sus palabras y hechos.
Tan violento y cruel había sido el proceder de Félix,
que pocos se habían atrevido antes a insinuar siquiera que su carácter y
conducta no eran intachables. Pero
Pablo no temía al hombre. Expuso
claramente su fe en Cristo y las razones de esa fe, y fue inducido así a hablar
particularmente de las virtudes esenciales del carácter cristiano, de las
cuales la arrogante pareja se hallaba tan notablemente desprovista.
Reveló a Félix y Drusila el carácter de Dios: su
justicia, su equidad y la naturaleza de su ley. Mostró claramente que es el
deber del hombre vivir una vida sobria y temperante, teniendo las pasiones bajo
el dominio de la razón, de acuerdo con la ley de Dios, conservando sanas las
facultades físicas y mentales. Declaró
que vendría seguramente un día de juicio en el cual todos serían recompensados
de acuerdo con las acciones hechas en el cuerpo, y cuando se revelaría
claramente que las riquezas, la posición o los títulos son impotentes para
conquistarle al hombre el favor de Dios, o librarlo de los resultados del
pecado. Mostró que esta vida es el
tiempo concedido al hombre para prepararse para la vida futura. Si descuidara los actuales privilegios y
oportunidades, sufriría una pérdida eterna; no se le daría un nuevo tiempo de
gracia. Pablo se explayó especialmente
en las abarcantes exigencias de la ley de Dios. Explicó que alcanza a los profundos secretos de la naturaleza
moral del hombre y derrama un raudal de luz sobre lo que se ha ocultado de
la vista y el conocimiento de los
hombres. Lo que las manos pueden hacer
o la lengua puede declarar, lo que la vida entera revela, no muestra sino
imperfectamente el carácter moral del hombre. La ley discierne los
pensamientos, motivos y propósitos. Las obscuras pasiones que yacen ocultas de
la vista de los hombres, como el celo, el odio, la concupiscencia y la
ambición, las malas acciones meditadas en las obscuras reconditeces del alma,
aunque nunca se hayan realizado por falta de oportunidad: todo esto lo condena
la ley de Dios.
Pablo trató de dirigir los pensamientos de sus
oyentes hacia el gran sacrificio hecho por el pecado. Señaló los sacrificios
que eran sombra de los bienes venideros, y presentó entonces a Cristo como la
realidad prefigurada por todas esas ceremonias: el objeto al cual todas
señalaban como la única fuente de vida y esperanza para el hombre caído. Los
santos hombres de la antigüedad se salvaron por la fe en la sangre de Cristo. Mientras miraban las agonías de muerte de
las víctimas sacrificadas, contemplaban a través del abismo de los siglos al
Cordero de Dios que habría de quitar el pecado del mundo.
Dios reclama con derecho el amor y la obediencia de
todas sus criaturas. Les ha dado en su
ley una norma perfecta de justicia.
Pero muchos olvidan a su Hacedor, y en oposición a su voluntad eligen
seguir sus propios caminos. Retribuyen con enemistad el amor que es tan alto
como el cielo, tan ancho como el universo.
Dios no puede rebajar los requerimientos de su ley para satisfacer la
norma de los impíos; ni pueden los hombres, por su propio poder, satisfacer las
demandas de la ley. Solamente por la fe en Cristo puede el pecador ser limpiado
de sus culpas y capacitado para prestar obediencia a la ley de su Hacedor.
De ese modo, Pablo, el preso, recalcó con insistencia
lo que la ley divina exigía a judíos y gentiles, y presentó a Jesús, el
despreciado Nazareno, como el Hijo de Dios, el Redentor del mundo.
La princesa judía entendía bien el carácter sagrado
de esa ley que tan desvergonzadamente había transgredido; pero su prejuicio
contra el Hombre del Calvario endureció su corazón contra la palabra de vida.
Pero Félix nunca antes había escuchado la verdad; y cuando el Espíritu de Dios convenció
su alma, se conmovió profundamente. La conciencia, despierta ahora, dejó oír su
voz y Félix sintió que las palabras de Pablo eran verdaderas. La memoria le recordó su culpable pasado. Con terrible nitidez recordó los secretos de
su vida de libertinaje y de derramamiento de sangre, y el obscuro registro de
sus años ulteriores. Se vio licencioso,
cruel, codicioso. Nunca antes la verdad había impresionado de esta manera su
corazón. Nunca antes se había llenado
así su alma de terror. El pensamiento
de que todos los secretos de su carrera de crímenes estaban abiertos ante los
ojos de Dios, y que habría de ser juzgado de acuerdo con sus hechos, le hizo
temblar de miedo.
Pero en vez de permitir que sus convicciones lo
llevaran al arrepentimiento, trató de ahuyentar estas reflexiones
desagradables. La entrevista con Pablo fue suspendida. "Ahora vete dijo; mas
en teniendo oportunidad te llamaré."
¡Cuánto contrastaba el proceder de Félix con el del
carcelero de Filipos! Los siervos del Señor fueron conducidos en cadenas al
carcelero, como Pablo a Félix. La
evidencia que dieron de ser sostenidos por un poder divino, su regocijo bajo el
sufrimiento y la desgracia, su valentía cuando la tierra temblaba por el terremoto,
su espíritu perdonador semejante al de Cristo, produjeron convicción en el
corazón del carcelero, y temblando confesó sus pecados y halló perdón. Félix
tembló pero no se arrepintió. El
carcelero dio alegremente la bienvenida al Espíritu de Dios en su corazón y en
su hogar; Félix pidió al mensajero divino que se fuera. El uno escogió llegar a ser hijo de Dios y
heredero del cielo; el otro echó su suerte con los obradores de iniquidad.
Durante dos años no se siguió el juicio contra Pablo,
pero quedó preso. Félix le visitó varias veces y escuchaba atentamente sus
palabras. Pero el verdadero motivo de
esta amistad aparente era un deseo de lucro, pues insinuó que por el pago de
una gran suma de dinero Pablo podría obtener su libertad. El apóstol, sin embargo, era de una
naturaleza demasiado noble para librarse por cohecho. No era culpable de ningún crimen, y no quería rebajarse a cometer
un mal para obtener la libertad. Además, aunque hubiese estado dispuesto a
hacerlo, era demasiado pobre para pagar un rescate tal, y no habría recurrido
para ello a la simpatía y generosidad de sus conversos. También sentía que estaba en las manos de
Dios, y no quería malograr los propósitos divinos respecto a él.
Al fin, Félix fue llamado a Roma a causa de graves
injusticias cometidas contra los judíos.
Antes de salir de Cesarea en respuesta a este llamamiento, pensó
"ganar la gracia de los Judíos" dejando a Pablo en la cárcel. Pero Félix no tuvo éxito en su tentativa de
recobrar la confianza de los judíos.
Fue destituído, y Poncio Festo le sucedió, con sede en Cesarea.
Se permitió que un rayo de luz iluminase a Félix
desde el cielo, cuando Pablo razonó con él en cuanto a la justicia, la
temperancia y el juicio venidero. Esa
fue la oportunidad que el Cielo le concedió para que viera y abandonara sus
pecados. Pero dijo al mensajero de
Dios: "Ahora vete; mas en teniendo
oportunidad te llamaré." Despreció el último ofrecimiento de gracia. Nunca más recibiría otro llamamiento de
Dios.