"Y CUANDO llegamos a Jerusalem, los hermanos nos
recibieron de buena voluntad. Y al día siguiente Pablo entró con nosotros a
Jacobo, y todos los ancianos se juntaron."
En esa ocasión Pablo y sus acompañantes presentaron formalmente
a los dirigentes de la obra en Jerusalén las contribuciones enviadas por las
iglesias gentiles para el sostén de los pobres entre sus hermanos judíos. El
juntar estas contribuciones había costado al apóstol y a sus colaboradores
mucho tiempo, mucha reflexión ansiosa y labor cansadora. La suma, que excedía
en mucho a las expectativas de los ancianos de Jerusalén, representaba mucho
sacrificio y aun severas privaciones de parte de los creyentes gentiles.
Estas ofrendas voluntarias expresaban la lealtad de
los conversos gentiles a la obra de Dios organizada en todo el mundo, y todos
debieran haberlas recibido con agradecimiento. Sin embargo, era evidente para
Pablo y sus acompañantes, que aun entre aquellos delante de los cuales estaban
en ese momento, había quienes eran incapaces de apreciar el espíritu de amor
fraternal que había inspirado esos donativos.
En los primeros años del trabajo evangélico entre los
gentiles, algunos de los principales hermanos de Jerusalén, aferrándose a
anteriores prejuicios y modos de pensar, no habían cooperado de corazón con
Pablo y sus asociados. En su ansiedad por conservar algunas formas y ceremonias
carentes de significado habían perdido de vista las bendiciones que les
reportaría a ellos y a la causa que amaban un esfuerzo por unir en una todas
las fases de la obra de Dios. Aunque deseosos de proteger los mejores intereses
de la iglesia de Cristo, habían dejado de mantenerse al paso con la marcha de
las providencias de Dios, y en su sabiduría humana, trataban de imponer a los
obreros muchas restricciones innecesarias. Así se levantó un grupo de hombres
que no conocían personalmente las circunstancias cambiantes y las necesidades
peculiares afrontadas por los obreros en los países distantes, pero quienes
insistían, sin embargo, en que tenían autoridad para ordenar a los hermanos de
esos países que siguieran ciertos métodos determinados de trabajo. Creían que
la obra de predicar el Evangelio debía hacerse de acuerdo con sus opiniones.
Varios años habían pasado desde que los hermanos de
Jerusalén, con los representantes de otras iglesias principales, habían
considerado cuidadosamente las serias cuestiones que se habían suscitado en
cuanto a los métodos seguidos por los que trabajaban por los gentiles. Como
resultado de ese concilio, los hermanos habían hecho unánimemente ciertas
recomendaciones a las iglesias referentes a algunos ritos y costumbres,
inclusive la circuncisión. En ese concilio general, los hermanos habían
recomendado a las iglesias cristianas y con la misma unanimidad a Bernabé y
Pablo como colaboradores dignos de la plena confianza de cada creyente.
Entre los que estaban presentes en aquella reunión,
había algunos que habían criticado severamente los métodos de labor seguidos
por los apóstoles sobre quienes pesaba la principal responsabilidad de llevar
el Evangelio a los gentiles. Pero durante el concilio, sus conceptos del
propósito de Dios se habían ampliado, y ellos se habían unido con sus hermanos
para tomar varias decisiones que hacían posible la unificación de todo el
cuerpo de creyentes.
Después, cuando se vio que crecía rápidamente el
número de conversos entre los gentiles, algunos de los principales hermanos
radicados en Jerusalén volvieron a acariciar sus anteriores prejuicios contra
los métodos de Pablo y sus asociados.
Estos prejuicios se fortalecieron con el transcurso de los años, hasta que algunos de los dirigentes llegaron
a la conclusión de que la obra de predicar el Evangelio debía realizarse desde
entonces de acuerdo con sus propias ideas.
Si Pablo conformaba sus métodos a ciertos planes de acción que ellos
defendían, reconocerían y apoyarían su trabajo; de otra manera, no le
considerarían más con favor ni le apoyarían.
Estos hombres habían perdido de vista el hecho de que
Dios es el Maestro de su pueblo; que todo obrero de su causa ha de adquirir una
experiencia individual en pos del divino Dirigente, sin mirar al hombre en
procura de dirección; que sus obreros deben ser amoldados y moldeados, no de
acuerdo con ideas humanas, sino según la similitud con lo divino.
En su ministerio, el apóstol Pablo había enseñado a
la gente no "con palabras persuasivas de humana sabiduría, mas con
demostración del Espíritu y de poder."
Las verdades que proclamaba le habían sido reveladas por el Espíritu Santo;
"porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque
¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre
que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu
de Dios.... Lo cual declaró Pablo también hablamos, no con doctas palabras
de humana sabiduría, mas con doctrina del Espíritu, acomodando lo espiritual a
lo espiritual." (1 Cor. 2: 4, 10-13.)
Durante todo su ministerio, Pablo había mirado a Dios
en procura de su dirección personal. Al mismo tiempo había tenido mucho cuidado
de trabajar de acuerdo con las decisiones del concilio general de Jerusalén; y
como resultado, las iglesias "eran confirmadas en fe, y eran aumentadas en
número cada día."(Hech. 16: 5.) Y
ahora, no obstante la falta de simpatía que algunos le demostraban, se
consolaba al saber que había cumplido su deber fomentando en sus conversos un
espíritu de lealtad, generosidad y amor hermanable, según lo revelaban en esta
ocasión por las liberales contribuciones que pudo colocar ante los ancianos
judíos.
Después de la presentación de las ofrendas, Pablo
"contó por menudo lo que Dios había hecho entre los Gentiles por su
ministerio." Esta enumeración de hechos produjo en todos los corazones,
aun en los que habían dudado, la convicción de que la bendición del cielo había
acompañado sus labores. "Y ellos
como lo oyeron, glorificaron a Dios."
Sintieron que los métodos de trabajo seguidos por el apóstol llevaban el
sello del cielo. Las generosas
contribuciones que tenían delante añadían peso al testimonio del apóstol en
cuanto a la fidelidad de las nuevas iglesias establecidas entre los gentiles.
Los hombres que, mientras figuraban entre los encargados de la obra en
Jerusalén, habían insistido en que se tomaran medidas arbitrarias de control,
vieron desde un nuevo punto de vista el ministerio de Pablo, y se convencieron
de que era su propio proceder el equivocado; que ellos habían sido esclavos de
las costumbres y tradiciones judías, y que la obra del Evangelio había sido grandemente
estorbada porque no habían comprendido que la muralla de separación entre los
judíos y gentiles había sido derribada por la muerte de Cristo.
Se ofrecía una áurea oportunidad a todos los hombres
dirigentes de confesar francamente que Dios había obrado por medio del apóstol
Pablo y que ellos habían errado al permitir que los informes de los enemigos
despertaran sus celos y prejuicios.
Pero en lugar de unirse en un esfuerzo por hacer justicia al perjudicado,
le dieron un consejo que mostraba el sentimiento todavía acariciado por ellos
de que Pablo debía ser considerado en alto grado responsable por los prejuicios
existentes. No tomaron noblemente su defensa ni se esforzaron por mostrar su
error a los desafectos, sino que trataron de hacerle transigir aconsejándole
que siguiera un proceder que, en su opinión, haría desaparecer todo lo que
fuese causa de aprensión errónea.
"Ya ves, hermano - dijeron, en respuesta a su
testimonio, cuántos millares de Judíos hay que han creído; y todos son
celadores de la ley: mas fueron informados acerca de ti, que enseñas a
apartarse de Moisés a todos los Judíos que están entre los Gentiles,
diciéndoles que no han de circuncidar a los hijos, ni andar según la costumbre.
¿Qué hay, pues? La multitud se reunirá
de cierto: porque oirán que has venido.
Haz pues esto que te decimos: Hay entre
nosotros cuatro hombres que tienen voto sobre sí: tomando a éstos contigo,
purifícate con ellos, y gasta con ellos, para que rasuren sus cabezas, y todos
entiendan que no hay nada de lo que fueron informados acerca de ti; sino que tú
también andas guardando la ley. Empero cuanto a los que de los Gentiles han
creído, nosotros hemos escrito haberse acordado que no guarden nada de esto;
solamente que se abstengan de lo que fuere sacrificado a los ídolos, y de
sangre, y de ahogado, y de fornicación."
Los hermanos esperaban que Pablo, al seguir el
proceder aconsejado, pudiera contradecir en forma decisiva los falsos informes
concernientes a él. Le aseguraron que
la decisión del concilio anterior respecto a los conversos gentiles y a la ley
ceremonial, estaba todavía en vigencia.
Pero el consejo que le daban ahora no estaba de acuerdo con aquella
decisión. El Espíritu de Dios no había
sugerido esta instrucción; era el fruto de la cobardía. Los dirigentes de la iglesia de Jerusalén
sabían que por no conformarse a la ley ceremonial, los cristianos se
acarrearían el odio de los judíos y se expondrían a la persecución. El Sanedrín estaba haciendo todo lo que
podía para impedir el progreso del Evangelio.
Ese cuerpo escogía a hombres para que siguieran a los apóstoles,
especialmente a Pablo, y se opusieran de toda forma posible a su obra. Si los creyentes en Cristo fueran condenados
ante el Sanedrín como transgresores de la ley, serían rápida y severamente
castigados como apóstatas de la fe judía.
Muchos de los judíos que habían aceptado el Evangelio
tenían todavía en alta estima la ley ceremonial, y estaban muy dispuestos a
hacer concesiones imprudentes, esperando ganar así la confianza de sus
compatriotas, quitar su prejuicio y ganarlos a la fe de Cristo como Redentor
del mundo. Pablo comprendía que
mientras muchos de los miembros dirigentes de la iglesia de Jerusalén
continuaran abrigando prejuicios contra él, tratarían constantemente de contrarrestar
su influencia. Tenía la impresión de
que si por alguna concesión razonable pudiera ganarlos a la verdad, podría
quitar un gran obstáculo para el éxito del Evangelio en otros lugares. Pero no
estaba autorizado por Dios para concederles tanto como ellos pedían.
Cuando pensamos en el gran deseo que tenía Pablo de
estar en armonía con sus hermanos, en su ternura por los débiles en la fe, en
su reverencia por los apóstoles que habían estado con Cristo, y hacia Santiago,
el hermano del Señor, y en su propósito de llegar a ser todo para todos,
siempre que esto no le obligara a sacrificar sus principios, no nos sorprende
tanto que se sintiese constreñido a desviarse del curso firme y decidido que
hasta entonces había seguido. Pero en
vez de lograr el propósito deseado, sus esfuerzos de conciliación sólo
precipitaron la crisis, apresuraron sus predichos sufrimientos, y le separaron
de sus hermanos, de modo que la iglesia quedó privada de uno de sus más fuertes
pilares, y los corazones cristianos de todas partes se llenaron de tristeza.
Al día siguiente Pablo empezó a llevar a cabo los
consejos de los ancianos. Los cuatro
hombres que estaban bajo el voto del nazareato, cuyo término estaba a punto de
expirar, fueron introducidos por Pablo en el templo, "para anunciar el
cumplimiento de los días de la purificación, hasta ser ofrecida ofrenda por
cada uno de ellos." Debían
ofrecerse aún por la purificación ciertos sacrificios costosos.
Aquellos que habían aconsejado a Pablo que tomara
esta medida no habían considerado plenamente el gran peligro al cual se
expondría así. Por entonces Jerusalén
estaba llena de adoradores procedentes de muchos países. Cuando, en cumplimiento de la comisión que
Dios le diera, Pablo había llevado el Evangelio a los gentiles, había visitado
muchas de las mayores ciudades del mundo, y era bien conocido por miles que
desde regiones extranjeras habían acudido a Jerusalén para asistir a las
fiestas. Entre éstos había hombres
cuyos corazones estaban llenos de verdadero odio contra Pablo; y para él,
entrar en el templo en una ocasión pública era poner en peligro su vida. Por varios días entró y salió entre los
adoradores al parecer sin ser notado; pero antes que terminara el período
especificado, mientras hablaba con un sacerdote concerniente a los sacrificios
que debían ofrecerse, fue reconocido por algunos judíos de Asia.
Estos se precipitaron sobre él con furia demoníaca
gritando: "Varones Israelitas, ayudad:
Este es el hombre que por todas partes enseña a todos contra el pueblo,
y la ley, y este lugar." Y cuando
el pueblo acudió a prestar ayuda, agravaron la acusación, diciendo: "Y además de esto ha metido Gentiles en
el templo, y ha contaminado este lugar santo."
Según la ley judía, era un crimen punible de muerte
el que un incircunciso penetrara en los atrios interiores del edificio sagrado.
Habían visto a Pablo en la ciudad en compañía de Trófimo, de Efeso, y suponían
que Pablo le había introducido en el templo.
Pero no había hecho tal cosa; y como Pablo era judío, no violaba la ley
al entrar en el templo. No obstante ser
de todo punto falsa la acusación, sirvió para excitar los prejuicios
populares. Al propalarse los gritos por
los atrios del templo, la gente allí reunida fue presa de salvaje
excitación. La noticia cundió rápidamente
por Jerusalén, y "toda la ciudad se alborotó, y agolpóse el pueblo."
Que un apóstata de Israel pretendiera profanar el
templo precisamente cuando miles habían venido de todas partes del mundo para
adorar, excitó las pasiones más fieras de la turba. "Y tomando a Pablo,
hiciéronle salir fuera del templo, y luego las puertas fueron cerradas."
"Y procurando ellos matarle, fue dado aviso al
tribuno de la compañía, que toda la ciudad de Jerusalem estaba
alborotada." Claudio Lisias conocía muy bien a los levantiscos elementos
con los cuales tenía que tratar, y "tomando luego soldados y centuriones,
corrió a ellos. Y ellos como vieron al
tribuno y a los soldados, cesaron de herir a Pablo." Ignorante de la causa del tumulto, pero en
vista de que la furia de la multitud se dirigía contra Pablo, el tribuno romano
se figuró que era cierto sedicioso egipcio de quien había oído hablar, y que
hasta entonces no habían logrado capturar. Por lo tanto, "le prendió, y le
mandó atar con dos cadenas; y preguntó quién era y qué había hecho." En seguida se levantaron muchas voces en
clamorosa y colérica acusación; "unos gritaban una cosa, y otros otra: y
como no podía entender nada de cierto a causa del alboroto, le mandó llevar a
la fortaleza. Y como llegó a las gradas,
aconteció que fue llevado de los soldados a causa de la violencia del pueblo;
porque multitud de pueblo venía detrás, gritando: Mátale."
El apóstol se mantenía tranquilo y dueño de sí en
medio del tumulto. Su mente estaba fija en Dios, y sabía que le rodeaban los
ángeles del cielo. No quería dejar el
templo sin hacer un esfuerzo para proclamar la verdad a sus compatriotas, y
cuando iban a conducirlo al castillo, le dijo al tribuno: "¿Me será lícito
hablarte algo?" Lisias replicó: "¿Sabes griego? ¿No eres tú aquel
Egipcio que levantaste una sedición antes de estos días, y sacaste al desierto
cuatro mil hombres salteadores?"
Entonces repuso Pablo: "Yo de cierto soy hombre Judío, ciudadano de
Tarso, ciudad no obscura de Cilicia: empero ruégote que me permitas que hable
al pueblo."
Concedido el permiso, "Pablo, estando en pie en
las gradas, hizo señal con la mano al pueblo." El ademán del apóstol atrajo la atención del gentío, y su porte
le inspiró respeto. "Y hecho grande silencio, habló en lengua hebrea, diciendo:
Varones hermanos y padres, oíd la razón que ahora os doy." Al oír las familiares palabras hebreas,
"guardaron más silencio;" y en medio del silencio general, continuó:
"Yo de cierto soy Judío, nacido en Tarso de
Cilicia, mas criado en esta ciudad a los pies de Gamaliel, enseñado conforme a
la verdad de la ley de la patria, celoso de Dios, como todos vosotros sois
hoy." Nadie podía negar las declaraciones del apóstol, siendo que los
hechos que relataba eran bien conocidos para muchos que vivían todavía en
Jerusalén. Habló entonces de su celo
anterior en perseguir a los discípulos de Cristo, hasta la muerte; y narró las
circunstancias de su conversión, contando a sus oyentes cómo su propio corazón
orgulloso había sido inducido a postrarse ante el Nazareno crucificado. Si hubiera procurado discutir con sus
opositores, se habrían negado tercamente a escucharle. Pero el relato de su experiencia fue
acompañado de tan convincente poder que momentáneamente pareció enternecer y
rendir los corazones.
Entonces se esforzó por mostrar que su trabajo entre
los gentiles no había sido emprendido por su propia elección. El había deseado trabajar entre su propia
nación; pero en ese mismo templo la voz de Dios le había hablado en santa
visión, y había dirigido sus pies "lejos a los Gentiles."
Hasta este punto la gente había escuchado con mucha
atención; pero cuando Pablo llegó en su relato al punto en que dijo que había
sido escogido como embajador de Cristo a los gentiles, volvió a estallar la
furia del pueblo; pues, acostumbrados a considerarse como único pueblo
favorecido por Dios, no querían consentir en que los menospreciados gentiles
participasen de los privilegios que hasta entonces tuvieron por exclusivamente
suyos. Levantando sus voces sobre la
del orador, gritaron: "Quita de la tierra a un tal hombre, porque no
conviene que viva."
"Y dando ellos voces, y arrojando sus ropas y
echando polvo al aire, mandó el tribuno que le llevasen a la fortaleza, y
ordenó que fuese examinado con azotes, para saber por qué causa clamaban así
contra él.
"Y como le ataron con correas, Pablo dijo al
centurión que estaba presente: ¿Os es lícito azotar a un hombre Romano sin ser
condenado? Y como el centurión oyó esto, fue y dio aviso al tribuno, diciendo: ¿Qué
vas a hacer? porque este hombre es Romano. Y viniendo el tribuno, le dijo:
Dime, ¿eres tú Romano? Y él dijo: Sí. Y respondió el tribuno: Yo con grande
suma alcancé esta ciudadanía. Entonces Pablo dijo: Pero yo lo soy de
nacimiento. Así que, luego se apartaron
de él los que le habían de atormentar: y aun el tribuno también tuvo temor,
entendiendo que era Romano, por haberle atado.
"Y al día siguiente, queriendo saber de cierto
la causa por qué era acusado de los judíos, le soltó de las prisiones, y mandó
venir a los príncipes de los sacerdotes, y a todo su concilio: y sacando a
Pablo, le presentó delante de ellos."
El apóstol iba ahora a ser juzgado por el mismo
tribunal del que había formado parte antes de su conversión. Ante los magistrados judíos compareció con
tranquilo aspecto, y su semblante denotaba la paz de Cristo. "Poniendo los
ojos en el concilio dijo: Varones hermanos, yo con toda buena conciencia he
conversado delante de Dios hasta el día de hoy." Después de oír estas palabras, sus odios se encendieron de nuevo;
"el príncipe de los sacerdotes, Ananías, mandó entonces a los que estaban
delante de él que le hiriesen en la boca." A su inhumana orden, Pablo exclamó: "Herirte ha Dios, pared blanqueada: ¿y estás tú sentado para
juzgarme conforme a la ley, y contra la ley me mandas herir? Y los que estaban
presentes dijeron: ¿Al sumo sacerdote de Dios maldices?" Con su habitual
cortesía Pablo respondió: "No sabía, hermanos, que era el sumo sacerdote;
pues escrito está: Al príncipe de tu pueblo no maldecirás.
"Entonces Pablo, sabiendo que la una parte era
de Saduceos, y la otra de Fariseos, clamó en el concilio: Varones hermanos, yo
soy Fariseo, hijo de Fariseo: de la esperanza y de la resurrección de los
muertos soy yo juzgado. Y como hubo dicho esto, fue hecha disensión entre los
Fariseos y los Saduceos; y la multitud fue dividida. Porque los Saduceos dicen
que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu, mas los Fariseos confiesan
ambas cosas." Los dos partidos
empezaron a disputar entre sí; y de este modo se quebrantó su oposición contra
Pablo. "Los escribas de la parte de los Fariseos, contendían diciendo:
Ningún mal hallamos en este hombre; que si espíritu le ha hablado, o ángel, no
resistamos a Dios."
En la confusión que siguió a esto, los saduceos se
esforzaban en apoderarse del apóstol para matarlo, y los fariseos luchaban con
todo ardor por protegerlo. "El tribuno, teniendo temor de que Pablo fuese
despedazado de ellos, mandó venir soldados, y arrebatarle de en medio de ellos,
y llevarle a la fortaleza."
Después, reflexionando sobre las arduas experiencias
de aquel día, receló Pablo de que su conducta no hubiese sido agradable a Dios.
¿Acaso se había equivocado al visitar a Jerusalén? ¿Le había conducido a este
desastroso resultado su gran deseo de estar en armonía con sus hermanos?
La posición que los judíos como profeso pueblo de
Dios ocupaban ante el mundo incrédulo, causaba al apóstol intensa angustia de
espíritu. ¿Cómo los considerarían estos oficiales paganos? Pretendían ser
adoradores de Jehová y ocupar oficios sagrados, y sin embargo se entregaban al
dominio de una ira ciega e irrazonable, tratando de destruir aun a sus hermanos
que se atrevían a diferir de ellos en fe religiosa, y convirtieron a su más
solemne consejo deliberante en una escena de lucha y salvaje confusión. Pablo
sentía que el nombre de su Dios había sido injuriado a la vista de los paganos.
Y ahora estaba en la cárcel, y sabía que sus
enemigos, impulsados por su extrema maldad, recurrirían a cualquier medio para
matarlo. ¿Podía ser que hubiera terminado su obra por las iglesias, y que
entrarían ahora en ellas lobos rapaces? La causa de Cristo estaba muy cerca del
corazón de Pablo, y con profunda ansiedad pensaba en los peligros de las
diseminadas iglesias, expuestas a las persecuciones de hombres tales como los
que había encontrado en el concilio del Sanedrín. Angustiado y descorazonado,
lloró y oró.
En aquella hora tenebrosa el Señor no olvidó a su
siervo. Le había librado de las turbas
asesinas en los atrios del templo.
Estuvo con él ante el concilio del Sanedrín. Estaba con él en la fortaleza; y se reveló a su fiel testigo en
respuesta a las fervorosas oraciones en procura de dirección. "Y la noche siguiente, presentándosele
el Señor, le dijo: Confía, Pablo; que como has
testificado de mí en Jerusalem, así es menester testifiques también en
Roma."
Pablo deseaba desde hacía mucho tiempo visitar a
Roma. Anhelaba grandemente testificar
por Cristo allí; pero pensaba que la enemistad de los judíos había frustrado su
propósito. Poco se figuraba, aun ahora,
que iría en calidad de preso.
Mientras el Señor animaba a su siervo, los enemigos
de Pablo tramaban afanosamente su destrucción.
"Y venido el día, algunos de los Judíos se juntaron, e hicieron
voto bajo de maldición, diciendo que ni comerían ni beberían hasta que hubiesen
muerto a Pablo. Y eran más de cuarenta
los que habían hecho esta conjuración."
Este era un ayuno como el que el Señor, por medio de Isaías, había
condenado: "Para contiendas y debates ayunáis, y para herir con el puño
inicuamente." (Isa. 58: 4.)
Los conspiradores "se fueron a los príncipes de
los sacerdotes y a los ancianos, y dijeron: Nosotros hemos hecho voto debajo de
maldición, que no hemos de gustar nada hasta que hayamos muerto a Pablo. Ahora
pues, vosotros, con el concilio, requerid al tribuno que le saque mañana a
vosotros como que queréis entender de él alguna cosa más cierta; y nosotros,
antes que él llegue, estaremos aparejados para matarle."
En lugar de rechazar esta cruel estratagema, los
sacerdotes y gobernantes la aprobaron ansiosos. Pablo había dicho la verdad al comparar a Ananías con un sepulcro
blanqueado. Pero Dios intervino para
salvar la vida de su siervo. Un hijo de
la hermana de Pablo, al oír el crimen que tramaban los asesinos, "entró en
la fortaleza, y dio aviso a Pablo. Y Pablo, llamando a uno de los centuriones,
dice: Lleva a este mancebo al tribuno, porque tiene cierto aviso que
darle. El entonces tomándole, le llevó
al tribuno, y dijo: El preso Pablo, llamándome, me rogó que trajese a ti este
mancebo que tiene algo que hablarte."
Claudio Lisias recibió bondadosamente al joven, y
llevándole aparte, le preguntó: "¿Qué es lo que tienes que decirme?"
El joven respondió: "Los Judíos han concertado
rogarte que mañana saques a Pablo al concilio, como que han de inquirir de él
alguna cosa más cierta. Mas tú no los creas; porque más de cuarenta hombres de
ellos le acechan, los cuales han hecho voto debajo de maldición, de no comer ni
beber hasta que le hayan muerto; y ahora están apercibidos esperando tu
promesa. Entonces el tribuno despidió al mancebo, mandándole que a nadie dijese
que le había dado aviso de esto."
Lisias decidió en seguida trasladar a Pablo de su
jurisdicción a la de Félix, el procurador.
Como pueblo, los judíos estaban en un estado de excitación e irritación,
y los tumultos ocurrían con frecuencia.
La continua presencia del apóstol en Jerusalén podía conducir a
consecuencias peligrosas para la ciudad, y aun para el mismo comandante. Por lo tanto, "llamados dos
centuriones, mandó que apercibiesen para la hora tercia de la noche doscientos
soldados, que fuesen hasta Cesarea, y setenta de a caballo, y doscientos
lanceros; y que aparejasen cabalgaduras en que poniendo a Pablo, le llevasen en
salvo a Félix el Presidente."
No había tiempo que perder antes de enviar a Pablo.
"Y los soldados, tomando a Pablo como les era mandado, lleváronle de noche
a Antipatris." Desde ese lugar los
hombres de a caballo fueron con el preso hasta Cesarea, mientras los
cuatrocientos infantes regresaron a Jerusalén.
El oficial que estaba a cargo del destacamento
entregó su preso a Félix, y le presentó también una carta que el tribuno le
había confiado: "Claudio Lisias al excelentísimo gobernador Félix:
Salud. A este hombre, aprehendido de
los Judíos, y que iban ellos a matar, libré yo acudiendo con la tropa, habiendo
entendido que era Romano. Y queriendo
saber la causa por qué le acusaban, le llevé al concilio de ellos: y hallé que
le acusaban de cuestiones de la ley de ellos, y que ningún crimen tenía digno
de muerte o de prisión. Mas siéndome
dado aviso de asechanzas que le habían aparejado los Judíos, luego al punto le
he enviado a ti, intimando también a los acusadores que traten delante de ti lo
que tienen contra él. Pásalo bien."
Después de leer esta comunicación, Felix preguntó de
qué provincia era el preso, y al informársele de que era de Cilicia, dijo:
"Te oiré . . . cuando vengan tus acusadores. Y mandó que le guardasen en el pretorio de Herodes."
El caso de Pablo no fue el primero en que un siervo
de Dios encontrara entre los paganos un refugio contra la maldad del pueblo
profeso de Jehová. Impulsados por su ira contra Pablo, los judíos habían
añadido otro crimen a la sombría lista que caracterizaba su historia. Además, habían
endurecido su corazón contra la verdad y hecho más segura su condena.
Pocos comprenden el pleno significado de las palabras
que Cristo habló cuando, en la sinagoga de Nazaret, se anunció como el Ungido.
Declaró que su misión era consolar, bendecir y salvar a los afligidos y
pecadores. Luego, viendo que el orgullo y la incredulidad dominaban los
corazones de sus oyentes, les recordó que en tiempos pasados Dios se había
apartado de su pueblo escogido por causa de su incredulidad y rebelión y se
había manifestado a los habitantes de tierras paganas que no habían rechazado
la luz del cielo. La viuda de Sarepta y
Naamán el sirio, habían vivido de acuerdo con toda la luz que tenían, por lo
cual se los consideró más justos que el pueblo escogido de Dios que se había
apartado de él y había sacrificado sus principios a las conveniencias y honores
mundanales.
En Nazaret Cristo dijo a los judíos una terrible
verdad al declarar que en medio del Israel apóstata no había seguridad para el
fiel mensajero de Dios. No querían
conocer su valor ni apreciaban sus labores. Mientras los dirigentes judíos
profesaban tener gran celo por el honor de Dios y el bien de Israel eran
enemigos de ambos. Por precepto y ejemplo, alejaban cada vez más al pueblo de
la obediencia a Dios y lo llevaban adonde él no pudiera ser su defensa en el
día de prueba.
Las palabras de reproche del Salvador a los hombres
de Nazaret se aplicaron, en el caso de Pablo, no solamente a los judíos
incrédulos, sino también a sus propios hermanos en la fe. Si los dirigentes de la iglesia hubiesen
abandonado plenamente sus sentimientos de amargura contra el apóstol, y le
hubieran aceptado como a uno especialmente llamado por Dios para dar el
Evangelio a los gentiles, el Señor habría permitido que lo tuvieran por más
tiempo. Dios no había dispuesto que las labores de Pablo terminaran tan pronto;
pero no hizo un milagro para contrarrestar el curso de las circunstancias
creadas por el proceder de los dirigentes de la iglesia de Jerusalén.
El mismo espíritu conduce aún a los mismos
resultados. El dejar de apreciar y
aprovechar las provisiones de la gracia divina ha privado a la iglesia de
muchas bendiciones. Cuán a menudo el
Señor habría prolongado la obra de algún fiel ministro si sus labores hubieran
sido apreciadas. Pero si la iglesia
permite que el enemigo de las almas pervierta el entendimiento, de modo que se
falseen e interpreten mal las palabras y los actos del siervo de Cristo; si se
llega a obstruir su camino y estorbar su utilidad, el Señor los priva algunas
veces de la bendición que había dado.
Satanás está obrando continuamente por medio de sus
agentes para desanimar y destruir a los elegidos por Dios para llevar a cabo
una obra grande y buena. Ellos pueden
estar listos para sacrificar aun la vida misma por el adelanto de la causa de
Cristo; sin embargo, el gran engañador sugerirá o inspirará dudas a sus
hermanos concernientes a ellos, dudas que si se abrigan, destruirán la
confianza en su integridad de carácter, y así malograrán su utilidad. Demasiado
a menudo tiene éxito en acarrearles, por medio de sus propios hermanos, tal
tristeza de corazón que Dios en su gracia interviene para dar descanso a sus
perseguidos siervos. Después que las manos están cruzadas sobre su pecho
exánime, cuando la voz de amonestación y aliento se acalla, entonces los
obstinados pueden despertar y ver la magnitud de las bendiciones de que se
privaron. Su muerte puede realizar lo que no logró hacer su vida.