PABLO deseaba grandemente llegar a Jerusalén a tiempo
para la Pascua, pues eso le daría oportunidad de encontrarse con aquellos que llegaban
de todas partes del mundo para asistir a la fiesta. Siempre acariciaba él la
esperanza de poder ser de alguna manera instrumento para quitar el prejuicio de
sus compatriotas incrédulos, de modo que pudieran ser inducidos a aceptar la
preciosa luz del Evangelio. También deseaba encontrarse con la iglesia de
Jerusalén y entregarle las ofrendas que enviaban las iglesias gentiles para los
hermanos pobres de Judea. Y por medio de esta visita, esperaba lograr que se
efectuara una unión más firme entre los judíos y los gentiles convertidos a la
fe.
Habiendo terminado su trabajo en Corinto, resolvió
navegar directamente hacia uno de los puertos de la costa de Palestina. Todos
los arreglos habían sido hechos, y estaba por embarcarse, cuando se le notificó
de una maquinación tramada por los judíos para quitarle la vida. En lo pasado
todos los esfuerzos de estos oponentes de la fe por hacer cesar la obra del
apóstol habían sido frustrados.
El éxito que acompañaba la predicación del Evangelio
despertó de nuevo la ira de los judíos. De todas partes llegaban noticias de la
divulgación de la nueva doctrina, por la cual los judíos eran relevados de la
observancia de los ritos de la ley ceremonial y los gentiles eran admitidos con
iguales privilegios que los judíos como hijos de Abrahán. En su predicación en
Corinto, Pablo presentó los mismos argumentos que defendió tan vigorosamente en
sus epístolas. Su enfática declaración: "No hay Griego ni Judío,
circuncisión ni incircuncisión" (Col. 3: 11), era considerada por sus
enemigos como una osada blasfemia, y decidieron reducir su voz al silencio.
Al ser advertido del complot, Pablo decidió hacer el
viaje por Macedonia. Tuvo que renunciar a su plan de llegar a Jerusalén a
tiempo para celebrar allí la Pascua, pero tenía la esperanza de encontrarse
allí para Pentecostés.
Los compañeros de Pablo y Lucas eran "Sopater
Bereense, y los Tesalonicenses, Aristarco y Segundo; y Gayo de Derbe, y
Timoteo; y de Asia, Tychico y Trófimo". Pablo tenía consigo una gran suma
de dinero de las iglesias de los gentiles, la cual se proponía colocar en las
manos de los hermanos que tenían a su cargo la obra en Judea; y por esta causa
hizo arreglos para que estos hermanos, representantes de varias de las iglesias
que habían contribuido, le acompañaran a Jerusalén.
En Filipos, Pablo se detuvo para observar la Pascua.
Sólo Lucas quedó con él; los otros miembros del grupo siguieron hasta Troas
para esperarlo allí. Los filipenses eran los más amantes y sinceros de entre
los conversos del apóstol, y durante los ocho días de la fiesta, él disfrutó de
una pacífica y gozosa comunión con ellos.
Saliendo de Filipos, Pablo y Lucas alcanzaron a sus
compañeros en Troas cinco días después, y permanecieron durante siete días con
los creyentes de allí. En la última tarde de su estada, los hermanos se
juntaron "a partir el pan." El hecho de que su amado maestro estaba
por partir había hecho congregar a un grupo más numeroso que de costumbre. Se
reunieron en un "aposento alto" en el tercer piso. Allí, movido por
el fervor de su amor y solicitud por ellos, el apóstol predicó hasta la
medianoche.
En una de las ventanas abiertas estaba sentado un
joven llamado Eutico. En ese lugar peligroso se durmió, y cayó al patio de
abajo. Inmediatamente todo fue alarma y confusión. Se alzó al joven muerto, y
muchos se juntaron en su derredor con lamentos y duelo. Pero Pablo, pasando por
en medio de la congregación asustada, lo abrazó y ofreció una oración fervorosa
para que Dios restaurara la vida al muerto. Lo pedido fue concedido. Por encima
de las voces de duelo y lamento, se oyó la del apóstol que decía: "No os
alborotéis, que su alma está en él." Los creyentes se volvieron a reunir
gozosos en el aposento alto. Participaron en la comunión, y entonces Pablo
"habló largamente, hasta el alba."
El barco en que Pablo y sus compañeros querían
continuar su viaje estaba por zarpar, y los hermanos subieron a bordo
apresuradamente. El apóstol mismo, sin embargo, decidió seguir la ruta más
directa por tierra entre Troas y Asón, para encontrar a sus compañeros en esta
última ciudad. Esto le dio un breve tiempo para meditar y orar. Las
dificultades y peligros relacionados con su próxima visita a Jerusalén, la
actitud de la iglesia allí hacia él y su obra, como también la condición de las
iglesias y los intereses de la obra del Evangelio en otros campos, eran temas
de reflexión fervorosa y ansiosa; y aprovechó esta oportunidad especial para
buscar a Dios en procura de fuerza y dirección.
Los viajeros, después de partir de Asón, pasaron por
la ciudad de Efeso, por tanto tiempo escenario de la labor del apóstol. Pablo
había deseado grandemente visitar a la iglesia allí, porque tenía que darle
importantes instrucciones y consejos. Pero después de considerarlo, decidió
seguir adelante, porque deseaba "hacer el día de Pentecostés, si le fuese
posible, en Jerusalem." Sin embargo, al llegar a Mileto, situada a unos
cincuenta kilómetros de Efeso, supo que podría comunicarse con los miembros de
la iglesia antes que partiese el barco. Envió inmediatamente un mensaje a los
ancianos, instándolos a que fuesen prestamente a Mileto, para que pudiese
verlos antes de continuar viaje.
En respuesta a su invitación, ellos fueron, y les
dirigió palabras fuertes y conmovedoras de amonestación y despedida.
"Vosotros sabéis cómo dijo, desde el primer día que entré en Asia, he
estado con vosotros por todo el tiempo, sirviendo al Señor con toda humildad, y
con muchas lágrimas y tentaciones que me han venido por las asechanzas de los
Judíos: cómo nada que fuese útil he rehuído de anunciaros y enseñaros,
públicamente y por las casas, testificando a los Judíos y a los Gentiles
arrepentimiento para con Dios, y la fe en nuestro Señor Jesucristo."
Pablo había exaltado siempre la ley divina. Había
mostrado que en la ley no hay poder para salvar a los hombres del castigo de la
desobediencia. Los que han obrado mal deben arrepentirse de sus pecados y
humillarse ante Dios, cuya justa ira han provocado al violar su ley; y deben
también ejercer fe en la sangre de Cristo como único medio de perdón. El Hijo
de Dios había muerto en sacrificio por ellos, y ascendido al cielo para ser su
abogado ante el Padre. Por el arrepentimiento y la fe, ellos podían librarse de
la condenación del pecado y, por la gracia de Cristo, obedecer la ley de Dios.
"Y ahora, he aquí continuó Pablo, ligado yo
en espíritu, voy a Jerusalem, sin saber lo que allá me ha de acontecer: mas que
el Espíritu Santo por todas las ciudades me da testimonio diciendo que
prisiones y tribulaciones me esperan. Mas de ninguna cosa hago caso, ni estimo
mi vida preciosa para mí mismo; solamente que acabe mi carrera con gozo, y el
ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la
gracia de Dios. Y ahora, he aquí, yo sé que ninguno de todos vosotros, por quien
he pasado predicando el reino de Dios, verá más mi rostro."
Pablo no había tenido intención de dar este
testimonio, pero mientras hablaba, el Espíritu de la inspiración descendió
sobre él, y confirmó sus temores de que ésa sería la última entrevista con sus
hermanos efesios.
"Por tanto, yo os protesto el día de hoy, que yo
soy limpio de la sangre de todos: porque no he rehuído de anunciaros todo el
consejo de Dios." Ningún temor de ofender, ni el deseo de conquistar
amistad o aplauso, podía inducir a Pablo a negarse a declarar las palabras de
Dios dadas para su instrucción,
amonestación y corrección. Dios requiere hoy que sus siervos prediquen
la Palabra y expongan sus preceptos con intrepidez. El ministro de Cristo no
debe presentar a la gente tan sólo las verdades más agradables, ocultándole las
que puedan causarle dolor. Debe observar con intensa solicitud el desarrollo
del carácter. Si ve que cualquiera de su rebaño fomenta un pecado, como fiel
pastor debe darle, basado en la Palabra de Dios, instrucciones aplicables a su
caso. Si permite que sigan, sin amonestación alguna, confiando en sí mismos,
será responsable por sus almas. El pastor que cumple su elevado cometido debe
dar a su pueblo fiel instrucción en cuanto a todos los puntos de la fe cristiana
y mostrarle lo que debe ser y hacer a fin de ser hallado perfecto en el día de
Dios. Sólo el que es fiel maestro de la verdad podrá decir con Pablo al fin de
su obra: "Soy limpio de la sangre de todos."
"Por tanto mirad por vosotros amonestó el
apóstol a sus hermanos, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha
puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual ganó por su
sangre." Si los ministros del Evangelio tuviesen constantemente presente
que están tratando con lo que ha sido comprado con la sangre de Cristo,
tendrían un concepto más profundo de la importancia de su obra. Han de tener
cuidado de sí mismos y de su rebaño. Su propio ejemplo debe ilustrar sus
instrucciones y reforzarlas. Como maestros del camino de la vida, no deberían
dar ocasión para que se hable mal de la verdad. Como representantes de Cristo,
deben mantener el honor de su nombre. Mediante su devoción, la pureza de su
vida, su conversación piadosa, deben mostrarse dignos de su elevada vocación.
Se le revelaron al apóstol los peligros que iban a
asaltar a la iglesia de Efeso. "Porque yo sé dijo que después de mi
partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al
ganado; y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas,
para llevar discípulos tras sí." Pablo temblaba por la iglesia cuando, al
pensar en el futuro veía los ataques que iba a sufrir de enemigos exteriores e
interiores. Aconsejó solemnemente a sus hermanos que guardasen vigilantemente
su sagrado cometido. Como ejemplo, mencionó sus incansables trabajos entre
ellos: "Por tanto, velad, acordándoos que por tres años de noche y de día,
no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno.
"Y ahora, hermanos continuó, os encomiendo a
Dios, y a la palabra de su gracia: el cual es poderoso para sobreedificar, y
daros heredad con todos los santificados. La plata, o el oro, o el vestido de
nadie he codiciado." Algunos de los hermanos efesios eran ricos, pero
nunca había tratado Pablo de obtener de ellos beneficio personal. No era parte
de su mensaje llamar la atención a sus propias necesidades. "Para lo que
me ha sido necesario, y a los que están conmigo, estas manos declaró me han
servido." En medio de sus arduas labores y largos viajes por la causa de
Cristo, él pudo no sólo suplir sus propias necesidades, sino tener algo para el
sostén de sus colaboradores y el alivio de los pobres dignos. Esto lo logró por
una diligencia incansable y estricta economía. Bien podía citarse como ejemplo
al decir: "En todo os he enseñado que, trabajando así, es necesario
sobrellevar a los enfermos, y tener presentes las palabras del Señor Jesús, el
cual dijo: Mas bienaventurada cosa es dar que recibir.
"Y como hubo dicho estas cosas, se puso de
rodillas, y oró con todos ellos. Entonces hubo un gran lloro de todos: y
echándose en el cuello de Pablo, le besaban, doliéndose en gran manera por la
palabra que dijo, que no habían de ver más su rostro. Y le acompañaron al
navío."
De Mileto, los viajeros fueron "camino derecho a
Coos, y al día siguiente a Rhodas, y de allí a Pátara," situada en la
costa sudoeste de Asia Menor, donde, "hallando un barco que pasaba a
Fenicia," se embarcaron y partieron. En Tiro, donde fue descargado el
barco, hallaron algunos discípulos, con quienes se les permitió que
permaneciesen siete días. Por medio del Espíritu Santo, estos discípulos fueron
advertidos de los peligros que esperaban a Pablo en Jerusalén, e insistieron
que "no subiese a Jerusalem." Pero el apóstol no permitió que el
temor a las aflicciones y el encarcelamiento le hicieran desistir de su
propósito.
Al final de la semana pasada en Tiro, todos los
hermanos, con sus esposas e hijos, fueron con Pablo hasta el barco, y antes que
él subiese a bordo, todos se arrodillaron en la costa y oraron, él por ellos y
ellos por él.
Siguiendo su viaje hacia el sur, los viajeros
llegaron a Cesarea, y "entrando en casa de Felipe el evangelista, el cual
era uno de los siete," posaron con él. Allí pasó Pablo algunos días
tranquilos y felices, los últimos de libertad perfecta que había de gozar por
mucho tiempo.
Mientras Pablo estaba en Cesarea, "descendió de
Judea un profeta, llamado Agabo; y venido a nosotros dice Lucas, tomó el
cinto de Pablo, y atándose los pies y las manos, dijo: Esto dice el Espíritu Santo:
Así atarán los Judíos en Jerusalem al varón cuyo es este cinto, y le entregarán
en manos de los Gentiles."
"Lo cual como oímos continuó Lucas, le
rogamos nosotros y los de aquel lugar, que no subiese a Jerusalem." Pero
Pablo no quiso apartarse de la senda del deber. Seguiría a Cristo si fuera
necesario a la prisión y a la muerte. "¿Qué hacéis llorando y afligiéndome
el corazón? exclamó porque yo no sólo estoy presto a ser atado, mas aun a
morir en Jerusalem por el nombre del Señor Jesús." Viendo que le producían
dolor sin que cambiara de propósito, los hermanos dejaron de importunarle,
diciendo solamente: "Hágase la voluntad del Señor."
Pronto llegó el fin de la breve estada en Cesarea, y
acompañado por algunos de los hermanos, Pablo y sus acompañantes partieron para
Jerusalén, con los corazones oprimidos por el presentimiento de una desgracia
inminente. Nunca antes se había acercado el apóstol a Jerusalén con tan
entristecido corazón. Sabía que iba a encontrar pocos amigos y muchos enemigos.
Se acercaba a la ciudad que había rechazado y matado al Hijo de Dios y sobre la
cual pendían los juicios de la ira divina. Recordando cuán acerbo había sido su
propio prejuicio contra los seguidores de Cristo, sentía la más profunda
compasión por sus engañados compatriotas. Y sin embargo, ¡cuán poco podía
esperar que fuera capaz de ayudarles! La misma ciega cólera que un tiempo
inflamara su propio corazón, encendía ahora con indecible intensidad el corazón
de todo un pueblo contra él.
No podía contar siquiera con el apoyo y la simpatía
de los hermanos en la fe. Los judíos inconversos que le habían seguido muy de
cerca el rastro, no habían sido lentos en hacer circular, acerca de él y su
trabajo, los más desfavorables informes en Jerusalén, tanto personalmente como
por carta; y algunos, aun de los apóstoles y ancianos, habían recibido esos
informes como verdad, sin hacer esfuerzo alguno por contradecirlos, ni
manifestar deseo de concordar con él.
Sin embargo, en medio de sus desalientos, el apóstol
no estaba desesperado. Confiaba en que la Voz que había hablado a su corazón,
hablaría al de sus compatriotas y que el Señor a quien los demás discípulos
amaban y servían uniría sus corazones al suyo en la obra del Evangelio.