EN SU vida y lecciones Cristo dio una perfecta
ejemplificación del ministerio abnegado que tiene su origen en Dios. Dios no vive para sí. Al crear el mundo y al sostener todas las cosas,
está ministrando constantemente a otros. "Hace que su sol salga sobre
malos y buenos, y llueve sobre justos e injustos." (Mat. 5: 45.) El Padre
encomendó al Hijo este ideal de ministerio.
Jesús fue dado para que permaneciera a la cabeza de la humanidad, y
enseñara por su ejemplo qué significa ministrar. Toda su vida estuvo bajo la ley del servicio. El servía a todos, ministraba a todos. Vez tras vez, Jesús trató de establecer este
principio entre sus discípulos. Cuando Santiago y Juan le pidieron la
preeminencia, les dijo: "Mas entre vosotros no será así; sino el que
quisiere entre vosotros hacerse grande, será vuestro servidor; y el que
quisiere entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo: como el Hijo del
hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en
rescate por muchos." (Mat. 20:26-28.)
Desde su ascensión, Cristo ha llevado adelante su
obra en la tierra mediante embajadores escogidos, por medio de quienes habla
aún a los hijos de los hombres y ministra sus necesidades. El que es la gran Cabeza de la iglesia
dirige su obra mediante hombres ordenados por Dios para que actúen como sus
representantes. La posición de aquellos
que han sido llamados por Dios para trabajar en palabra y en doctrina para la
edificación de su iglesia, es de grave responsabilidad. En lugar de Cristo han de suplicar a los
hombres y mujeres que se reconcilien con Dios; y pueden cumplir su misión
solamente en la medida en que reciban sabiduría y poder de lo alto.
Los ministros de Cristo son los atalayas espirituales
de la gente encomendada a su cuidado.
Su trabajo se ha comparado al de los centinelas. En los tiempos antiguos los centinelas eran
colocados sobre los muros de las ciudades, donde, desde puntos estratégicos,
podían ver los puestos importantes que debían ser protegidos, y dar la voz de
alarma cuando se acercaba el enemigo.
De su fidelidad dependía la seguridad de todos los que estaban
dentro. Se les exigía que a intervalos
determinados se llamaran unos a otros, para estar seguros de que todos estaban
despiertos, y que ninguno había recibido daño alguno. El grito de buen ánimo o de advertencia era transmitido de uno a
otro, y cada uno repetía el llamado hasta que el eco circundaba la ciudad.
A todos los ministros el Señor declara: "Tú
pues, hijo del hombre, yo te he puesto por atalaya a la casa de Israel, y oirás
la palabra de mi boca, y los apercibirás de mi parte. Diciendo yo al impío:
Impío, de cierto morirás; si tú no hablares para que se guarde el impío de su
camino, el impío morirá por su pecado, mas su sangre yo la demandaré de tu
mano. Y si tú avisares al impío de su camino para que de él se aparte, y él no
se apartare de su camino, . . . tú libraste tu vida." (Ezeq. 33: 7-9.)
Las palabras del profeta declaran la solemne responsabilidad
de los que son colocados como guardianes de la iglesia, mayordomos de los
misterios de Dios. Han de permanecer
como atalayas sobre los muros de Sión, para dar la nota de alarma al acercarse
el enemigo. Las almas están en peligro de caer bajo la tentación, y perecerán a
menos que los ministros de Dios sean fieles en su cometido. Si por alguna razón sus sentidos
espirituales se entorpecen hasta que sean incapaces de discernir el peligro, y
porque no dieron la amonestación el pueblo perece, Dios requerirá de sus manos
la sangre de los perdidos.
Es el privilegio de los atalayas de los muros de Sión
vivir tan cerca de Dios, ser tan susceptibles a las impresiones de su Espíritu,
que él pueda obrar por medio de ellos para advertir a los hombres y mujeres su
peligro, y señalarles el lugar de seguridad.
Han de advertirles fielmente el seguro resultado de la transgresión, y
proteger fielmente los intereses de la iglesia. En ningún tiempo pueden descuidar su vigilancia. La suya es una obra que requiere el
ejercicio de todas las facultades de su ser.
Sus voces han de elevarse con tonos de trompeta, y nunca han de dar una
nota vacilante e incierta. No han de
trabajar por la paga, sino porque no pueden obrar de otra manera, porque
comprenden que pesa un ay sobre ellos si no predican el Evangelio. Escogidos por Dios, sellados con la sangre
de la consagración, han de rescatar a los hombres y mujeres de la destrucción
inminente.
El ministro que es colaborador de Cristo tendrá un
profundo sentido de la santidad de su trabajo, y de la ardua labor y el
sacrificio requeridos para realizarlo con éxito. No estudia su propia comodidad o conveniencia. Se olvida de sí mismo. En su búsqueda de las ovejas perdidas, no
siente que él mismo está cansado, con frío y hambre. No tiene sino un objeto en vista: la salvación de los perdidos.
El que sirve bajo el estandarte manchado de sangre de
Emmanuel, tiene una tarea que requerirá esfuerzo heroico y paciente
perseverancia. Pero el soldado de la
cruz permanece sin retroceder en la primera línea de la batalla. Cuando el enemigo lo presiona con sus
ataques, se torna a la fortaleza por ayuda, y mientras presenta al Señor las
promesas de la Palabra, se fortalece para los deberes de la hora. Comprende su necesidad de fuerza de lo
alto. Las victorias que obtiene no le
inducen a la exaltación propia, sino a depender más y más completamente del
Poderoso. Confiando en ese Poder, es
capacitado para presentar el mensaje de salvación tan vigorosamente que vibre
en otras mentes.
El que enseña la Palabra debe vivir en concienzuda y
frecuente comunión con Dios por la oración y el estudio de su Palabra; porque
ésta es la fuente de la fortaleza. La
comunión con Dios impartirá a los esfuerzos del ministro un poder mayor que la
influencia de su predicación. No debe
privarse de ese poder. Con un fervor
que no pueda ser rechazado, debe suplicar a Dios que lo fortalezca para el
deber y la prueba, que toque sus labios con el fuego vivo. A menudo los embajadores de Cristo se
aferran demasiado débilmente a las realidades eternas. Si los hombres quisieren caminar con Dios,
él los esconderá en la hendidura de la Roca.
Escondidos así, podrán ver a Dios, así como Moisés le vio. Por el poder y la luz que él imparte podrán
comprender y realizar más de lo que su finito juicio considera posible.
La astucia de Satanás tiene más éxito contra los que
están deprimidos. Cuando el desaliento
amenace abrumar al ministro, exponga él sus necesidades a Dios. Cuando los cielos eran como bronce sobre
Pablo, era cuando él confiaba más plenamente en Dios. Conocía él mejor que la mayoría de los hombres el significado de
la aflicción; pero escuchad su grito triunfal cuando, acosado por la tentación
y el conflicto, avanza hacia el cielo: "Porque lo que al presente es
momentáneo y leve de nuestra tribulación, nos obra un sobremanera alto y eterno
peso de gloria; no mirando nosotros a las cosas que se ven, sino a las que no
se ven." (2 Cor. 4: 17, I8.) Los ojos de Pablo estaban siempre fijos en lo
invisible y eterno. Al comprender que
luchaba contra poderes sobrenaturales, se confiaba a Dios, y en esto residía su
fuerza. Es viendo al Invisible como el
alma adquiere fuerza y vigor y se quebranta el poder de la tierra sobre la
mente y el carácter.
Un pastor debería tratar libremente con la gente por
la cual trabaja, para familiarizarse con ella y saber adaptar su enseñanza a
sus necesidades. Cuando un ministro de
la Palabra ha predicado un sermón, su trabajo apenas ha comenzado. Tiene que hacer obra personal. Debe visitar a la gente en sus casas, hablar
y orar con ella con fervor y humildad.
Hay familias que nunca serán alcanzadas por las verdades de la Palabra
de Dios, a menos que los dispensadores de su gracia penetren en sus hogares y
les señalen el camino más elevado. Pero
los corazones de los que hacen este trabajo deben latir al unísono con el
corazón de Cristo.
Mucho abarca la orden: "Ve por los caminos y por
los vallados, y fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa." (Luc. 14:
23.) Enseñen los ministros la verdad en las familias, vinculándose
estrechamente con aquellos por quienes trabajan, y mientras cooperen así con
Dios, él los revestirá de poder espiritual.
Cristo los guiará en su trabajo, y les dará palabras que penetren
profundamente en los corazones de sus oyentes.
Es el privilegio de todo ministro poder decir con Pablo: "Porque no
he rehuido de anunciaros todo el consejo de Dios." "Nada que fuese
útil he rehuido de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas, . . .
arrepentimiento para con Dios, y la fe en nuestro Señor Jesucristo."
(Hech. 20: 27, 20, 21.)
El Salvador iba de casa en casa, sanando a los
enfermos, confortando a los enlutados, consolando a los afligidos, hablando paz
a los desconsolados. Tomaba a los
niñitos en sus brazos y los bendecía, y hablaba palabras de esperanza y
consuelo a las cansadas madres. Con
incansable ternura y cortesía, trataba toda forma de aflicción y dolor
humanos. No trabajaba para sí sino para
otros. Era siervo de todos. Era su comida y bebida infundir esperanza y
fuerza a todos aquellos con quienes se relacionaba. Mientras los hombres y
mujeres escuchaban las verdades que caían de sus labios, tan distintas de las
tradiciones y dogmas enseñados por los rabinos, brotaba la esperanza en sus
corazones. En su enseñanza había un
fervor que hacía penetrar sus palabras en los corazones con un poder
convincente.
Los ministros de Dios han de aprender el método de
trabajar que seguía Cristo, para que puedan extraer del depósito de su Palabra
lo que supla las necesidades espirituales de aquellos con quienes
trabajan. Sólo así pueden cumplir su
cometido.
El mismo Espíritu que moraba en Cristo mientras
impartía la instrucción que recibía constantemente, ha de ser la fuente de su
conocimiento y el secreto de su poder al realizar en el mundo la obra del
Salvador.
Algunos que han trabajado en el ministerio no han
tenido éxito porque no han dedicado su interés indiviso a la obra del
Señor. Los ministros no deberían tener
intereses absorbentes fuera de la gran obra de guiar las almas al
Salvador. Los pescadores a quienes
llamó Cristo, abandonaron inmediatamente sus redes y le siguieron. Los ministros no pueden realizar un trabajo
aceptable para Dios, y al mismo tiempo llevar las cargas de grandes empresas
comerciales personales. Semejante
división de intereses empaña su percepción espiritual. La mente y el corazón están ocupados con las
cosas terrenales, y el servicio de Cristo pasa a un lugar secundario. Tratan de acomodar su trabajo para Dios a
sus circunstancias personales, en lugar de acomodar las circunstancias a las
demandas de Dios.
El ministro necesita todas sus energías para su alta
vocación. Sus mejores facultades
pertenecen a Dios. No debe envolverse
en especulaciones ni en ningún otro negocio que pueda apartarlo de su gran
obra. "Ninguno que milita -declaré
Pablo- se embaraza en los negocios de la vida; a fin de agradar a aquel que lo
tomó por soldado," (2 Tim. 2:4-) Así recalcó el apóstol la necesidad del
ministro de consagrarse sin reserva al servicio del Señor. El ministro enteramente consagrado a Dios
rehusa ocuparse en negocios que podrían impedirle dedicarse por completo a su
sagrada vocación. No lucha por honores o
riquezas terrenales, su único propósito es hablar a otros del Salvador, que se
dio a sí mismo para proporcionar a los seres humanos las riquezas de la vida
eterna. Su más alto deseo no es
acumular tesoros en este mundo, sino llamar la atención de los indiferentes y
desleales a las realidades eternas.
Puede pedírsele que se ocupe en empresas que prometan grandes ganancias
mundanales, pero ante tales tentaciones responde: "¿Qué aprovechará al
hombre, si granjeara todo el mundo, y pierde su alma?" (Mar. 8:36.)
Satanás presentó este móvil a Cristo, sabiendo que si
lo aceptaba, el mundo nunca sería redimido.
De diversas maneras presenta la misma tentación a los ministros de Dios
hoy día, sabiendo que los que son engañados por ella traicionarán su cometido.
No es la voluntad de Dios que sus ministros procuren
ser ricos. Al considerar esto, Pablo
escribió a Timoteo: "El amor del dinero es la raíz de todos los males: el
cual codiciando algunos, se descaminaron de la fe, y fueron traspasados de
muchos dolores. Mas tú, oh hombre de
Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, la caridad,
la paciencia, la mansedumbre." (1 Tim. 6: 10, 11.) Por ejemplo tanto como
por precepto, el embajador de Cristo ha de mandar "a los ricos de este
siglo. . . que no sean altivos, ni pongan la esperanza en la incertidumbre de
las riquezas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia de
que gocemos: que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, que con
facilidad comuniquen; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que
echen mano a la vida eterna." (Vers. 17-19-). Lo experimentado por el
apóstol y su instrucción en cuanto a la santidad de la obra del ministro, son
una fuente de ayuda e inspiración para los que se ocupan en el ministerio
evangélico. El corazón de Pablo ardía
de amor por los pecadores, y dedicaba todas sus energías a la obra de ganar
almas. Nunca vivió un obrero más
abnegado y perseverante. Las
bendiciones que recibía las consideraba otras tantas ventajas que debía usar
para bendición de otros. No perdía
ninguna oportunidad de hablar del Salvador o ayudar a los que estaban en
dificultad. Iba de lugar en lugar
predicando el Evangelio de Cristo y estableciendo iglesias. Dondequiera podía encontrar oyentes,
procuraba contrarrestar el mal y tornar los hombres y mujeres a la senda de la
justicia.
Pablo no se olvidaba de las iglesias que había
establecido. Después de hacer una jira
misionera, él y Bernabé volvieron sobre sus pasos y visitaron las iglesias que
habían levantado, escogiendo de entre sus miembros hombres a quienes podían preparar
para que se les unieran en la proclamación del Evangelio.
Este rasgo de la obra de Pablo contiene una
importante lección para los ministros hoy día.
El apóstol hizo de la enseñanza de jóvenes para el oficio de ministros
una parte de su obra. Los llevaba
consigo en sus viajes misioneros, y así adquirían la experiencia necesaria para
ocupar más tarde cargos de responsabilidad.
Mientras estaba separado de ellos, se mantenía al tanto de su obra, y
sus epístolas a Timoteo y Tito demuestran cuán vivamente anhelaba que
obtuviesen éxito.
Los obreros de experiencia hacen hoy una noble obra
cuando, en lugar de tratar de llevar todas las cargas ellos mismos, adiestran
obreros más jóvenes y colocan cargas sobre sus hombros.
Nunca olvidaba Pablo la responsabilidad que
descansaba sobre él como ministro de Cristo; ni que si las almas se perdían por
su infidelidad, Dios lo tendría por responsable. "Soy hecho ministro -declaró,- según la dispensación de Dios
que me fue dada en orden a vosotros, para que cumpla la palabra de Dios; a
saber, el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, mas ahora
ha sido manifestado a sus santos: a los cuales quiso Dios hacer notorias las
riquezas de la gloria de este misterio entre los Gentiles; que es Cristo en
vosotros la esperanza de gloria: el cual nosotros anunciamos, amonestando a
todo hombre, y enseñando en toda sabiduría, para que presentemos a todo hombre
perfecto en Cristo Jesús: en lo cual aun trabajo, combatiendo según la
operación de él, la cual obra en mí poderosamente." (Col. 1: 25-29.)
Estas palabras presentan al obrero de Cristo una
norma elevada, que puede ser alcanzada, sin embargo, por todos los que,
poniéndose bajo la dirección del gran Maestro, aprenden diariamente en la
escuela de Cristo. El poder que Dios
tiene a su disposición es ilimitado, y el ministro que en su gran necesidad se
esconde en el Señor, puede estar seguro de que recibirá lo que será para sus
oyentes un sabor de vida para vida.
Los escritos de Pablo muestran que el ministro evangélico
debe ser un ejemplo de las verdades que enseña, "sin dar en nada ocasión
de ofensa, para que no sea culpado el ministerio." (2 Cor. 6: 3, V.M.) De
su propia obra nos ha dejado un cuadro en su carta a los corintios: "En
todo recomendándonos como ministros de Dios, en mucha paciencia, en
aflicciones, en necesidades, en angustias, en azotes, en cárceles, en
alborotos, en trabajos, en vigilias, en ayunos; con pureza, con ciencia, con
longanimidad, con mansedumbre,. con el Espíritu Santo, con amor no fingido, con
palabra de verdad, con poder de Dios; por medio de la armadura de justicia, a
diestra y a siniestra, por medio de honra y deshonra, por medio de mala fama y
buena fama; como impostores, y sin embargo veraces; como desconocidos, y sin
embargo bien conocidos; como moribundos, y he aquí que vivimos; como
castigados, mas no muertos; como pesarosos, mas siempre gozosos: como pobres,
mas enriqueciendo a muchos." (Vers. 4-10, V. M.)
A Tito escribió: "Exhorta asimismo a los
mancebos a que sean comedidos; mostrándote en todo por ejemplo de buenas obras;
en doctrina haciendo ver integridad, gravedad, palabra sana, e irreprensible;
que el adversario se avergüence, no teniendo mal ninguno que decir de
vosotros." (Tito 2: 6-8.)
No hay nada más precioso a la vista de Dios que los
ministros de su Palabra, que penetran en los desiertos de la tierra para
sembrar las semillas de verdad, esperando la cosecha. Ninguno sino Cristo puede medir la solicitud de sus siervos
mientras buscan al perdido. El les
imparte su Espíritu, y por sus esfuerzos las almas son inducidas a volverse del
pecado a la justicia.
Dios llama a hombres dispuestos a dejar sus granjas,
sus negocios, si es necesario sus familias, para llegar a ser misioneros
suyos. Y el llamamiento hallará
respuesta. En lo pasado hubo hombres
que, conmovidos por el amor de Cristo y las necesidades de los perdidos,
dejaron las comodidades del hogar y la asociación de los amigos, aun la de la
esposa y los hijos, para ir a tierras extranjeras, entre idólatras y salvajes,
a proclamar el mensaje de misericordia.
Muchos perdieron la vida en la empresa, pero se levantaron otros para
continuar la obra. Así, paso a paso, la
causa de Cristo ha progresado, y la semilla sembrada con tristeza ha producido
una abundante cosecha. El conocimiento
de Dios ha sido extendido ampliamente, y el estandarte de la cruz ha sido
plantado en tierras paganas.
Por la conversión de un pecador, el ministro somete a
máximo esfuerzo sus recursos. El alma que
Dios ha creado y Cristo ha redimido es de gran valor, por causa de las
posibilidades que tiene por delante, las ventajas espirituales que se le han
concedido, las capacidades que puede poseer si la vivifica la Palabra de Dios,
y la inmortalidad que puede obtener mediante la esperanza presentada en el
Evangelio. Y si Cristo dejó las noventa
y nueve para poder buscar y salvar a la única oveja perdida, ¿podemos
justificarnos nosotros si hacemos menos que esto? El dejar de trabajar como Cristo trabajó, de sacrificarse como él
se sacrificó, ¿no es una traición de los cometidos sagrados, un insulto a Dios?
El corazón del verdadero ministro rebosa de un
intenso anhelo de salvar almas. Gasta
tiempo y fuerza, no escatima el penosa esfuerzo, porque otros deben oír las
verdades que le proporcionaron a su propia alma tal alegría y paz y gozo. El Espíritu de Cristo descansa sobre
él. Vela por las almas como quien debe
dar cuenta. Con los ojos fijos en la
cruz del Calvario, contemplando al Salvador levantado, confiando en su gracia,
creyendo que estará con él hasta el fin como su escudo, su fuerza, su
eficiencia, trabaja por Dios. Con
invitaciones y súplicas, mezcladas con la seguridad del amor de Dios, trata de
ganar almas para Cristo, y en los cielos se lo cuenta entre los que "son
llamados y elegidos, y fieles." (Apoc. 17: 14)