*DESPUÉS de dejar Corinto, el próximo escenario de la
labor de Pablo fue Efeso. Estaba en
camino a Jerusalén, para asistir a una fiesta próxima; y su estada en Efeso fue
necesariamente breve. Razonó en la sinagoga con los judíos, quienes fueron
impresionados tan favorablemente que le rogaron que continuara sus labores
entre ellos. Su plan de visitar a
Jerusalén le impidió detenerse entonces, mas prometió volver a visitarles,
"queriendo Dios." Aquila y Priscila le habían acompañado a Efeso, y
los dejó allí para que continuaran la obra que había comenzado.
Sucedió que "llegó entonces a Efeso un Judío,
llamado Apolos, natural de Alejandría, varón elocuente, poderoso en las Escrituras."
Había oído la predicación de Juan el Bautista, había recibido el bautismo del
arrepentimiento, y era un testigo viviente de que el trabajo del profeta no
había sido inútil. El informe de la
Escritura respecto a Apolos es que "era instruido en el camino del Señor;
y ferviente de espíritu, hablaba y enseñaba diligentemente las cosas que son
del Señor, enseñado solamente en el bautismo de Juan."
Mientras estaba en Efeso, Apolos "comenzó a
hablar confiadamente en la sinagoga." Entre los oyentes estaban Aquila y
Priscila, quienes, percibiendo que no había recibido todavía toda la luz del
Evangelio, "le tomaron, y le declararon más particularmente el camino de
Dios." Por su enseñanza adquirió una comprensión más clara de las
Escrituras, y llegó a ser uno de los abogados más capaces de la fe cristiana.
Apolos deseaba ir a Acaya, y los hermanos de Efeso
"escribieron a los discípulos que le recibiesen" como a un maestro en
plena armonía con la iglesia de Cristo.
Fue a Corinto, donde, en trabajo público y de casa en casa, "con
gran vehemencia convencía . . . a los Judíos, mostrando por las Escrituras que
Jesús era el Cristo." Pablo había
sembrado la semilla de la verdad; Apolos ahora la regaba. El éxito que tuvo Apolos en la predicación
del Evangelio indujo a algunos creyentes a exaltar sus labores por encima de
las de Pablo. Esta comparación de un hombre con otro produjo en la iglesia un
espíritu partidista que amenazaba impedir grandemente el progreso del
Evangelio.
Durante el año y medio que Pablo había pasado en
Corinto, había presentado intencionalmente el Evangelio en su sencillez. No
"con altivez de palabra, o de sabiduría," había ido a los corintios, sino con temor y temblor, y "con
demostración del Espíritu y de poder," había declarado "el testimonio
de Cristo," para que su fe no estuviese "fundada en sabiduría de
hombres, mas en poder de Dios." (1 Cor. 2:1, 4, 5.)
Pablo había adaptado necesariamente su método de
enseñanza a la condición de la iglesia. "Yo, hermanos, no pude hablaros
como a espirituales les explicó más tarde,- sino como a carnales, como a niños
en Cristo. Os dí a beber leche, y no vianda: porque aun no podíais, ni aun
podéis ahora." ( 1 Cor. 3: 1, 2.) Muchos de los creyentes corintios habían
sido lentos para aprender las lecciones que él se había esforzado por
enseñarles. Su progreso en el
conocimiento espiritual no había estado en proporción con sus privilegios y
oportunidades. Cuando hubieran tenido que estar muy adelantados en la vida cristiana,
y hubieran debido ser capaces de comprender y practicar las verdades más
profundas de la Palabra, estaban donde se hallaban los discípulos cuando Cristo
les dijo: "Aun tengo muchas cosas que deciros, mas ahora no las podéis
llevar." (Juan 16: 12.) Los celos, las malas sospechas y la acusación
habían cerrado el corazón de muchos de los creyentes corintios a la obra plena
del Espíritu Santo, el cual "todo lo escudriña, aun lo profundo de
Dios." (1 Cor. 2: 10.) Por sabios que pudieran ser en el conocimiento
mundano, no eran sino niños en el conocimiento de Cristo.
Había sido la obra de Pablo instruir a los conversos
corintios en los rudimentos, el alfabeto mismo, de la fe cristiana. Se había visto obligado a instruirlos como a
quienes ignoraban las operaciones del poder divino en el corazón. En aquel tiempo eran incapaces de comprender
los misterios de la salvación; porque "el hombre animal no percibe las
cosas que son del Espíritu de Dios, porque le son locura; y no las puede
entender, porque se han de examinar espiritualmente." (1 Cor. 2: 14.)
Pablo se había esforzado por sembrar la semilla, y otros debían regarla. Los que le siguieran debían llevar adelante
la obra desde el punto donde él la había dejado, dando luz y conocimiento
espirituales al debido tiempo, cuando la iglesia fuera capaz de recibirlos.
Cuando el apóstol emprendió su trabajo en Corinto,
comprendió que debía presentar de la manera más cuidadosa las grandes verdades
que deseaba enseñar. Sabía que entre
sus oyentes habría orgullosos creyentes en las teorías humanas y exponentes de
los falsos sistemas de culto, que estaban palpando a ciegas, esperando
encontrar en el libro de la naturaleza teorías que contradijeran la realidad de
la vida espiritual e inmortal revelada en las Escrituras. Sabía también que
habría críticos que se esforzarían por refutar la interpretación cristiana de
la palabra revelada, y que los escépticos tratarían al Evangelio de Cristo con
escarnio y burla.
Mientras se esforzaba por conducir almas al pie de la
cruz, Pablo no se atrevió a reprender directamente a los licenciosos, y a
mostrar cuán horrible era su pecado a la vista de un Dios Santo. Más bien les presentó el verdadero objeto de
la vida, y trató de inculcarles las lecciones del Maestro divino, que, si eran
recibidas, los elevarían de la mundanalidad y el pecado a la pureza y la
justicia. Se explayó especialmente en
la piedad práctica y en la santidad que deben tener aquellos que serán
considerados dignos de un lugar en el reino de Dios. Anhelaba ver penetrar la luz del Evangelio de Cristo en las
tinieblas de su mente, para que pudieran ver cuán ofensivas a la vista de Dios
eran sus prácticas inmorales. Por lo
tanto, la nota tónica de su enseñanza entre ellos era Cristo y él crucificado. Trató de mostrarles que su más ferviente
estudio y su mayor gozo debía ser la maravillosa verdad de la salvación por el
arrepentimiento para con Dios y la fe en el Señor Jesucristo.
El filósofo se aparta de la luz de la salvación,
porque ella cubre de vergüenza sus orgullosas teorías; el mundano rehusa
recibirla porque ella lo separaría de sus ídolos terrenales. Pablo vio que el carácter de Cristo debía
ser entendido antes que los hombres pudieran amarle, o ver la cruz con los ojos
de la fe. Aquí debe comenzar ese
estudio que será la ciencia y el canto de los redimidos por toda la eternidad.
Solamente a la luz de la cruz puede estimarse el valor del alma humana.
La influencia refinadora de la gracia de Dios cambia
el temperamento natural del hombre. El
cielo no sería deseable para las personas de ánimo carnal; sus corazones
naturales y profanos no serían atraídos por aquel lugar puro y santo; y si se
les permitiera entrar, no hallarían allí cosa alguna que les agradase. Las propensiones que dominan el corazón
natural deben ser subyugadas por la gracia de Cristo, antes que el hombre caído
sea apto para entrar en el cielo y gozar del compañerismo de los ángeles puros
y santos. Cuando el hombre muere al pecado y despierta a una nueva vida en
Cristo, el amor divino llena su corazón; su entendimiento se santifica; bebe en
una fuente inagotable de gozo y conocimiento; y la luz de un día eterno brilla
en su senda, porque con él está continuamente la Luz de la vida.
Pablo había tratado de impresionar en la mente de los
hermanos corintios el hecho de que él y los ministros que estaban asociados con
él no eran sino hombres comisionados por Dios para enseñar la verdad; que todos
estaban ocupados en la misma obra; y que dependían igualmente de Dios para
tener éxito en sus labores. La discusión que se había levantado en la iglesia
en cuanto a los méritos relativos de los diferentes ministros, no estaba de
acuerdo con la voluntad de Dios, sino que era el resultado de abrigar los
atributos del corazón natural. "Porque diciendo el uno: Yo cierto soy de
Pablo: y el otro: yo de Apolos; ¿no sois carnales? ¿Qué pues es Pablo? ¿y qué
es Apolos? Ministros por los cuales habéis creído; y eso según que a cada uno
ha concedido el Señor. Yo planté, Apolos regó; mas Dios ha dado el crecimiento.
Así que, ni el que planta es algo, ni el que riega; sino Dios, que da el
crecimiento." ( 1 Cor. 3:4-7 )
Pablo fue quien predicó primero el Evangelio en
Corinto y quien había organizado la iglesia allí. Esta era la obra que el Señor le había asignado. Más tarde, por la dirección de Dios, otros
obreros fueron enviados allí, para que ocuparan su debido lugar. La semilla sembrada debía regarse, y esto
debía hacerlo Apolos. Siguió a Pablo en
su obra, para dar instrucción adicional y ayudar al crecimiento de la semilla
sembrada. Conquistó los corazones del
pueblo, pero era Dios el que daba el crecimiento. No es el poder humano, sino el divino, el que obra la
transformación del carácter. Los que plantan y los que riegan, no hacen crecer
la semilla; trabajan bajo la dirección de Dios, como sus agentes señalados, y
cooperan con él en su obra. Al Artífice
maestro pertenecen el honor y la gloria del éxito.
Los siervos de Dios no poseen todos los mismos dones,
pero son todos obreros suyos. Cada uno
debe aprender del gran Maestro, y comunicar entonces lo que ha aprendido. Dios ha dado a cada uno de sus mensajeros un
trabajo individual. Hay diversidad de
dones, pero todos los obreros deben estar unidos armoniosamente, dominados por
la influencia santificadora del Espíritu Santo. A medida que den a conocer el Evangelio
de la salvación, muchos serán convencidos y convertidos por el poder de
Dios. El instrumento humano se esconde
con Cristo en Dios, y Cristo aparece como el principal entre diez mil, y todo
él codiciable.
"Y el que planta y el que riega son una misma
cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor. Porque
nosotros, coadjutores somos de Dios; y vosotros labranza de Dios sois, edificio
de Dios sois." (1 Cor. 3: 8, 9.) En este pasaje el apóstol compara la
iglesia a un campo cultivado, en el cual trabajan los viñedos, cuidando de la
viña del plantío del Señor; y también con un edificio, que debe crecer para
convertirse en un templo santo para el Señor. Dios es el Obrero maestro, y él
ha señalado a cada uno su obra. Todos han de trabajar bajo su supervisión,
permitiéndole obrar en favor de sus siervos y por medio de ellos. Les da tacto y habilidad, y si prestan oído
a su instrucción, corona de éxito sus esfuerzos.
Los siervos de Dios han de trabajar juntos,
fusionando sus personalidades en una forma bondadosa y cortés, previniéndose
con honra los unos a los otros.(Rom. 12: 10)
No debe haber crítica falta de bondad; no debe hacerse trizas el trabajo
de otros, ni ha de haber distintos partidos.
Cada hombre a quien el Señor ha encomendado su mensaje tiene su trabajo
específico. Cada uno tiene su propia
individualidad que no debe fundirse en la de ningún otro. Sin embargo, cada uno
debe trabajar en armonía con sus hermanos.
En su servicio, los obreros de Dios han de ser esencialmente uno.
Ninguno ha de erigirse en modelo ni debe hablar despectivamente de sus
colaboradores o tratarlos como inferiores.
Bajo Dios, cada uno ha de hacer su trabajo señalado, respetado, amado y
animado por los otros obreros. Juntos
han de llevar adelante la obra hasta completarla.
Estos principios se exponen extensamente en la
primera epístola de Pablo a la iglesia de Corinto. El apóstol se refiere a los "ministros de Cristo" como
"dispensadores de los misterios de Dios;" y de su trabajo declara:
"Se requiere en los dispensadores, que cada uno sea hallado fiel. Yo en
muy poco tengo el ser juzgado de vosotros, o de juicio humano; y ni aun yo me
juzgo. Porque aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado;
mas el que me juzga, el Señor es. Así que, no juzguéis nada antes de tiempo,
hasta que venga el Señor, el cual también aclarará lo oculto de las tinieblas,
y manifestará los intentos de los corazones: y entonces cada uno tendrá de Dios
la alabanza."(1 Cor. 4: 1-5.)
Ningún ser humano ha sido autorizado para juzgar a
los diferentes siervos de Dios. Sólo el
Señor es el juez de la obra del hombre, y él dará a cada uno su justa
recompensa.
El apóstol, continuando, se refirió directamente a
las comparaciones que se habían hecho entre sus labores y las de Apolos:
"Esto empero, hermanos, he pasado por ejemplo en mí y en Apolos por amor
de vosotros; para que en nosotros aprendáis a no saber más de lo que está
escrito, hinchándoos por causa de otro el uno contra el otro. Porque ¿quién te
distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿de qué te
glorías como sino hubieras recibido?"(1 Cor. 4: 6,7.)
Pablo expuso claramente a la iglesia los peligros y
las penurias que él y sus asociados habían soportado pacientemente en su
servicio por Cristo. "Hasta esta hora declaró él, hambreamos, y tenemos
sed, y estamos desnudos, y somos heridos de golpes, y andamos vagabundos; y
trabajamos, obrando con nuestras manos: nos maldicen, y bendecimos: padecemos
persecución, y sufrimos: somos blasfemados, y rogamos: hemos venido a ser como
la hez del mundo, el desecho de todos hasta ahora. No escribo esto para
avergonzaros: mas amonéstoos como a mis hijos amados. Porque aunque tengáis
diez mil ayos en Cristo, no tendréis muchos padres; que en Cristo Jesús yo os
engendré por el evangelio."(1 Cor. 4: 11-15.)
El que envía a los obreros evangélicos como
embajadores suyos es deshonrado cuando se manifiesta entre los oidores una
fuerte adhesión hacia algunos pastores favoritos, al punto de haber mala
voluntad para aceptar las labores de otros maestros. El Señor envía ayuda a sus hijos, no siempre de acuerdo con el
agrado de ellos, sino según la necesitan; porque los hombres tienen una visión
limitada y no pueden discernir lo que es para su más alto bien. Es muy raro que
un ministro posea todas las cualidades necesarias para perfeccionar una iglesia
según todos los requerimientos del cristianismo; por lo tanto, Dios a menudo le
envía otros pastores, cada uno de los cuales posee algunas cualidades de que
carecían los otros.
La iglesia ha de aceptar con agradecimiento a estos
siervos de Cristo, tal como aceptaría al Maestro mismo. Ha de tratar de sacar todos los beneficios
posibles de la instrucción que de la Palabra de Dios le dé cada ministro. Las verdades que los siervos de Dios
presenten han de ser aceptadas y apreciadas con la mansedumbre propia de la
humildad, pero ningún ministro ha de ser idolatrado.
Por la gracia de Cristo, los ministros de Dios son
hechos mensajeros de luz y bendición.
Cuando por oración ferviente y perseverante sean dotados por el Espíritu
Santo y avancen cargados con la preocupación de la salvación de las almas, con
sus corazones llenos de celo por extender los triunfos de la cruz, verán el
fruto de sus labores. Rehusando
resueltamente desplegar sabiduría humana o exaltarse a sí mismos, realizarán
una obra que soportará los asaltos de Satanás. Muchas almas se volverán de las
tinieblas a la luz, y se establecerán muchas iglesias. Los hombres se convertirán, no al
instrumento humano, sino a Cristo. El
yo se mantendrá oculto; sólo Jesús, el Hombre del Calvario, aparecerá.
Aquellos que trabajan por Cristo hoy día pueden
revelar las mismas excelencias distintivas reveladas por los que en el tiempo
apostólico proclamaron el Evangelio.
Dios está tan dispuesto a dar el poder a sus siervos hoy como estaba
dispuesto a darlo a Pablo y Apolos, a Silas, a Timoteo, a Pedro, a Santiago y
Juan.
En el tiempo de los apóstoles había algunas mal
inspiradas almas que pretendían creer en Cristo, pero rehusaban manifestar
respeto a sus embajadores. Declaraban
que no seguían al maestro humano, sino que eran enseñadas directamente por
Cristo, sin la ayuda de los ministros del Evangelio. Eran independientes de espíritu, y no estaban dispuestos a
someterse a la voz de la iglesia. Tales
hombres estaban en grave peligro de ser engañados.
Dios ha puesto en la iglesia, como sus ayudadores
señalados, hombres de diversos talentos, para que por la sabiduría combinada de
muchos, pueda cumplirse la voluntad del Espíritu. Los hombres que proceden de acuerdo con sus propios rasgos
fuertes de carácter, y rehusan llevar el yugo con otros que han tenido larga
experiencia en la obra de Dios, llegarán a cegarse por la confianza propia y a
incapacitarse para discernir entre lo falso y lo verdadero. No es seguro elegir
a los tales como dirigentes de la iglesia; porque seguirían su propio juicio y
plan, sin importarles el juicio de sus hermanos. Es fácil para el enemigo trabajar por medio de aquellos que,
necesitando consejo ellos mismos a cada paso, asumen el cuidado de las almas
por su propia fuerza, sin haber aprendido la humildad de Cristo.
Las impresiones solas no son una guía segura del
deber. A menudo el enemigo induce a los
hombres a creer que es Dios quien los guía, cuando en realidad están siguiendo
sólo el impulso humano. Pero si
vigilamos cuidadosamente, si consultamos a nuestros hermanos, se hará
comprender la voluntad del Señor; porque la promesa es: "Encaminará a los
humildes por el juicio, y enseñará a los mansos su carrera." (Sal. 25: 9.)
En la iglesia cristiana primitiva había algunos que
rehusaban reconocer a Pablo y a Apolos, y sostenían que Pedro era su jefe.
Afirmaban que Pedro había sostenido la más estrecha relación con Cristo cuando
el Señor estuvo en la tierra, mientras que Pablo había perseguido a los
creyentes. Las opiniones y los
sentimientos de los tales estaban dominados por el prejuicio. No manifestaban la liberalidad, la
generosidad, la ternura, que revelan que Cristo habita en el corazón.
Había peligro de que este espíritu partidista
produjera un gran mal en la iglesia cristiana; y el Señor le indicó a Pablo que
pronunciara palabras de ferviente amonestación y solemne protesta. A aquellos que decían: "Yo cierto soy
de Pablo, pues yo de Apolos; y yo de Cefas, y yo de Cristo," el apóstol
preguntó: "¿Está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿o
habéis sido bautizados en el nombre de Pablo?" "Así que, ninguno se
gloríe en los hombres suplicó; porque todo es vuestro; sea Pablo, sea Apolos,
sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo
por venir; todo es vuestro; y vosotros de Cristo; y Cristo de Dios." (1
Cor. 1:12, 13; 3:21-23.)
Pablo y Apolos estaban en perfecto acuerdo. El último estaba chasqueado y apenado por la
disensión existente en la iglesia de Corinto; no se aprovechó de la preferencia
que se le mostraba, ni la estimuló, sino que abandonó rápidamente el campo de
lucha. Cuando Pablo, más tarde, le instó a visitar a Corinto, rehusó hacerlo, y
no trabajó de nuevo allí hasta mucho tiempo después, cuando la iglesia había
alcanzado una condición espiritual mejor.