DESPUÉS de dejar a Filipos, Pablo y Silas fueron a
Tesalónica. Allí se les dio la oportunidad de hablar a grandes congregaciones
en la sinagoga judía. Su apariencia evidenciaba
el vergonzoso trato recién recibido, y requería una explicación de lo que había
sucedido. Ellos la dieron sin ensalzarse a sí mismos, sino magnificando a Aquel
que los había librado.
Al predicar a los tesalonicenses, Pablo apeló a las
profecías del Antiguo Testamento concernientes al Mesías. Cristo había abierto en su ministerio la
mente de sus discípulos a estas profecías; pues "comenzando desde Moisés,
y de todos los profetas, declarábales en todas las Escrituras lo que de él
decían." (Luc. 24: 27.) Pedro, al predicar a Cristo, había sacado del
Antiguo Testamento sus evidencias. Esteban había seguido el mismo plan. Y
también Pablo en su ministerio apelaba a las Escrituras que predecían el
nacimiento, los sufrimientos, la muerte, resurrección y ascensión de
Cristo. Por el inspirado testimonio de
Moisés y los profetas, probaba claramente la identidad de Jesús de Nazaret como
el Mesías, y mostraba que desde los días de Adán era la voz de Cristo la que había
hablado por los patriarcas y profetas.
Se habían dado profecías sencillas y específicas
concernientes a la aparición del Prometido.
A Adán se le dio la seguridad de la venida del Redentor. La sentencia pronunciada contra Satanás:
"Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente
suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar" (Gén.
3: 15 ), era para nuestros primeros padres la promesa de la redención que iba a
obrarse por Cristo.
A Abrahán se le dio la promesa que de su descendencia
vendría el Salvador del mundo: "En tu simiente serán benditas todas las
gentes de la tierra." (Gén. 22: 18.) "No dice: Y a las simientes,
como de muchos; sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo."
(Gál. 3: 16.)
Moisés, cerca del fin de su trabajo como jefe y maestro
de Israel, profetizó claramente del Mesías venidero. "Profeta de en medio de ti declaró a las huestes reunidas
de Israel, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios: a él
oiréis." Y Moisés aseguró a los
israelitas que Dios mismo le había revelado esto en el monte de Horeb,
diciendo: "Profeta les suscitaré de en medio de sus hermanos, como tú; y
pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare.'
(Deut. 18: 15, 18.)
El Mesías había de ser del linaje real; porque en la
profecía pronunciada por Jacob el Señor dijo: "No será quitado el cetro de
Judá, y el legislador de entre sus pies, hasta que venga Shiloh; y a él se
congregarán los pueblos." (Gén. 49: 10.)
Isaías profetizó: "Y saldrá una vara del tronco
de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces." "Inclinad vuestros
oídos, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros pacto
eterno, las misericordias firmes de David. He aquí, que yo lo di por testigo a
los pueblos, por jefe y por maestro a las naciones. He aquí, llamarás a gente
que no conociste, y gentes que no te conocieron correrán a ti; por causa de
Jehová tu Dios, y del Santo de Israel que te ha honrado." (Isa. 11: 1; 55:
3-5.)
Jeremías también testificó del Redentor venidero como
de un príncipe de la casa de David: "He aquí que vienen los días, dice
Jehová, y despertaré a David renuevo justo, y reinará Rey, el cual será
dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra. En sus días será salvo Judá, e
Israel habitará confiado: y éste será su nombre que le llamarán: Jehová,
justicia nuestra." Y nuevamente: "Porque así ha dicho Jehová: No
faltará a David varón que se siente sobre el trono de la casa de Israel; y de
los sacerdotes y levitas no faltará varón de mi presencia que ofrezca holocausto,
y encienda presente, y que haga sacrificio todos los días." (Jer. 23:5, 6;
33: 17, 18.)
Hasta el mismo lugar del nacimiento del Mesías fue
predicho así: "Mas tú, Beth-lehem Ephrata, pequeña para ser en los
millares de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel: y sus salidas
son desde el principio, desde los días del siglo." (Miq. 5: 2.)
La obra que el Salvador haría en la tierra había sido
bosquejada plena y claramente: "Y reposará sobre él el espíritu de Jehová;
espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza,
espíritu de conocimiento y de temor de Jehová. Y harále entender diligente en
el temor de Jehová." El así ungido vendría "a predicar buenas nuevas
a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a
los cautivos, y a los presos abertura de la cárcel; a promulgar año de la buena
voluntad de Jehová, y día de venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los
enlutados; a ordenar a Sión a los enlutados, para darles gloria en lugar de
ceniza, óleo de gozo en lugar del luto, manto de alegría en lugar del espíritu
angustiado; y serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová, para
gloria suya." (Isa. 11: 2, 3; 61: 1-3.)
"He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi
escogido, en quien mi alma toma contentamiento: he puesto sobre él mi espíritu,
dará juicio a las gentes. No clamará, ni alzará, ni hará oír su voz en las
plazas. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare: sacará
el juicio a verdad. No se cansará, ni desmayará, hasta que ponga en la tierra
juicio; y las islas esperarán su ley." ( Isa. 42: 1- 4. )
Con convincente poder, Pablo arguyó, fundado en los
escritos del Antiguo Testamento, que "convenía que el Cristo padeciese, y
resucitase de los muertos." ¿ No había profetizado Miqueas: "Con vara
herirán sobre la quijada al juez de Israel"? (Miq. 5: 1.) ¿Y no había
profetizado de sí mismo el Prometido, por medio de Isaías: "Di mi cuerpo a
los heridores, y mis mejillas a los que me mesaban el cabello: no escondí mi
rostro de las injurias y esputos"? (Isa. 50: 6.) Mediante el salmista,
Cristo había predicho el trato que iba a recibir de los hombres: "Yo soy .
. . oprobio de los hombres, y desecho del pueblo. Todos los que me ven,
escarnecen de mí; estiran los labios, menean la cabeza, diciendo: Remítese a
Jehová, líbrelo; sálvele, puesto que en él se complacía." "Contar
puedo todos mis huesos; ellos miran, considéranme. Partieron entre sí mis
vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes." "He sido extrañado de mis
hermanos, y extraño a los hijos de mi madre. Porque me consumió el celo de tu
casa; y los denuestos de los que te vituperaban, cayeron sobre mí."
"La afrenta ha quebrantado mi corazón, y estoy acongojado: y esperé quien
se compadeciese de mí, y no lo hubo: y consoladores, y ninguno hallé."
(Sal. 22: 6-8, 17, 18; 69: 8, 9, 20.)
¡Cuán inconfundiblemente claras eran las profecías de
Isaías respecto a los sufrimientos y la muerte de Cristo! "¿Quién ha
creído a nuestro anuncio? pregunta el profeta ¿y sobre quién se ha
manifestado el brazo de Jehová? Y subirá cual renuevo delante de él, y como
raíz de tierra seca: no hay parecer en él, ni hermosura: verlo hemos, mas sin
atractivo para que le deseemos. Despreciado y desechado entre los hombres,
varón de dolores, experimentado en quebranto: y como que escondimos de él el
rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos.
"Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y
sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios
y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros
pecados: el castigo de nuestra paz sobre él; y por su llaga fuimos nosotros
curados.
"Todos nosotros nos descarriamos como ovejas,
cada cual se apartó por su camino: mas Jehová cargó en él el pecado de todos
nosotros. Angustiado él, y afligido, no abrió su boca: como cordero fue llevado
al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió
su boca. De la cárcel y del juicio fue quitado; y su generación ¿quién la
contará? Porque cortado fue de la tierra de los vivientes; por la rebelión de
mi pueblo fue herido." (Isa. 53: 1-8.)
Aun la forma de su muerte había sido
prefigurada. Como la serpiente de metal
había sido levantada en el desierto, así iba a ser levantado el Redentor
venidero, para que "todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga
vida eterna." (Juan 3: 16.)
"Y le preguntarán: ¿Qué heridas son éstas en tus
manos? Y él responderá: Con ellas fuí herido en casa de mis amigos." (Zac.
13: 6 )
"Dispúsose con los impíos su sepultura, mas con
los ricos fue en su muerte; porque nunca hizo él maldad, ni hubo engaño en su
boca. Con todo eso Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento."
(Isa. 53: 9, 10.)
Pero el que iba a sufrir la muerte a manos de hombres
impíos, se levantaría de nuevo como un vencedor del pecado y del sepulcro. Bajo
la inspiración del Todopoderoso, el dulce cantor de Israel había dado
testimonio de las glorias de la mañana de la resurrección. "También mi
carne proclamó alegremente reposará segura. Porque no dejarás mi alma en el
sepulcro; ni permitirás que tu santo vea corrupción." (Sal. 16: 9,10.)
Pablo mostró cuán estrechamente había ligado Dios el
servicio de los sacrificios con las profecías relativas a Aquel que iba a ser
llevado como cordero al matadero. El
Mesías iba a dar su vida como "expiación por el pecado." Mirando
hacia adelante a través de los siglos las escenas de la expiación del Salvador,
el profeta Isaías había testificado que el Cordero de Dios "derramó su
vida hasta la muerte, y fue contado con los perversos, habiendo él llevado el
pecado de muchos, y orado por los transgresores." (Isa. 53: 7, 10,
12.)
El Salvador profetizado había de venir, no como un
rey temporal, para librar a la nación judía de opresores terrenales, sino como
hombre entre los hombres, para vivir una vida de pobreza y humildad, y para ser
al fin despreciado, rechazado y muerto.
El Salvador predicho en las Escrituras del Antiguo Testamento había de
ofrecerse a sí mismo como sacrificio en favor de la especie caída, cumpliendo
así todos los requerimientos de la ley quebrantada. En él los sacrificios
típicos iban a encontrar la realidad prefigurada, y su muerte de cruz iba a
darle significado a toda la economía judía.
Pablo habló a los judíos tesalonicenses de su celo
anterior por la ley ceremonial, y del asombroso suceso que le había ocurrido
junto a las puertas de Damasco. Antes
de su conversión había confiado en una piedad heredada, una falsa
esperanza. Su fe no había estado
anclada en Cristo; en vez de eso, había confiado en formas y ceremonias. Su celo por la ley había estado desvinculado
de la fe en Cristo, y no tenía ningún valor.
Mientras se vanagloriaba de ser intachable en el cumplimiento de los requerimientos
de la ley, había rechazado a Aquel que daba valor a la ley.
Pero al convertirse, todo había cambiado. Jesús de Nazaret, a quien había estado
persiguiendo en la persona de sus santos, se le apareció como el Mesías
prometido. El perseguidor le vio como
el Hijo de Dios que había venido a la tierra en cumplimiento de las profecías,
y en cuya vida se cumplían todas las especificaciones de los Escritos Sagrados.
Mientras Pablo proclamaba con santa audacia el
Evangelio en la sinagoga de Tesalónica, se derramaron raudales de luz sobre el
verdadero significado de los ritos y ceremonias relacionados con el servicio
del tabernáculo. Condujo el pensamiento
de sus oyentes más allá del servicio terrenal y del ministerio de Cristo en el
santuario celestial, al tiempo cuando, habiendo completado su obra mediadora,
Cristo volverá con poder y grande gloria y establecerá su reino en la
tierra. Pablo creía en la segunda
venida de Cristo. Tan clara y vigorosamente presentó las verdades concernientes
a este suceso, que ellas hicieron en la mente de muchos que oían una impresión
que nunca se borró.
Por tres sábados sucesivos Pablo predicó a los
tesalonicenses, razonando con ellos de las Escrituras en cuanto a la vida,
muerte, resurrección, mediación, y gloria futura de Cristo, el Cordero
"muerto desde el principio del mundo." (Apoc. 13: 8.) Ensalzó a
Cristo, el debido entendimiento de cuyo ministerio es la llave que abre las
Escrituras del Antiguo Testamento y da acceso a sus ricos tesoros.
Cuando se proclamaron así las verdades del Evangelio
en Tesalónica con gran poder, se cautivó la atención de grandes
congregaciones. "Y algunos de
ellos creyeron, y se juntaron con Pablo y Silas; y de los Griegos religiosos
grande multitud, y mujeres nobles no pocas."
Como en los lugares adonde fueron anteriormente, los
apóstoles tropezaron aquí con acérrima oposición. "Los Judíos que eran incrédulos," tuvieron
"celos." Estos judíos no
contaban entonces con el favor del poder romano, porque no mucho antes habían
provocado una insurrección en Roma.
Eran mirados con suspicacia, y su libertad era restringida en cierta
medida. Vieron ahora una oportunidad
para aprovecharse de las circunstancias, a fin de rehabilitarse, y al mismo
tiempo arrojar oprobio sobre los apóstoles y sobre los conversos al
cristianismo.
Se proponían hacer esto uniéndose con "algunos
ociosos, malos hombres," por medio de los cuales lograron alborotar la
ciudad. Con la esperanza de encontrar a
los apóstoles, asaltaron "la casa de Jasón;" pero no hallaron a Pablo
ni a Silas. Y "no
hallándolos," la turba, en su loco chasco, "trajeron a Jasón, y a
algunos hermanos a los gobernadores de la ciudad, dando voces: Estos que alborotan el mundo, también han
venido acá; a los cuales Jasón ha recibido; y todos éstos hacen contra los
decretos de César, diciendo que hay otro rey, Jesús."
Como no se halló a Pablo ni a Silas, los magistrados
pusieron bajo fianza a los creyentes acusados, para mantener la paz. Temiendo violencias adicionales, "los
hermanos, luego de noche, enviaron a Pablo y a Silas a Berea."
Los que enseñan hoy verdades poco populares no
necesitan desanimarse si en ocasiones no son recibidos más favorablemente, aun
por los que pretenden ser cristianos, de lo que lo fueron Pablo y sus
colaboradores por la gente entre la cual trabajaron. Los mensajeros de la cruz deben velar y orar, y seguir adelante
con fe y ánimo, trabajando siempre en el nombre de Jesús. Deben exaltar a Cristo como el mediador del
hombre en el santuario celestial, en quien se concentraban todos los
sacrificios de la dispensación del Antiguo Testamento, y por cuyo sacrificio
expiatorio los transgresores de la ley de Dios pueden hallar paz y perdón.