HABÍA llegado el tiempo para que el Evangelio se
predicase más allá de los confines del Asia Menor. Se estaba preparando el camino para que Pablo y sus colaboradores
penetrasen en Europa. En Troas, en las márgenes del mar Mediterráneo, "fue
mostrada a Pablo de noche una visión: Un varón Macedonio se puso delante,
rogándole, y diciendo: Pasa a Macedonia, y ayúdanos."
El llamamiento era imperativo y no admitía dilación.
"Y como vio la visión declara Lucas, que acompañó a Pablo y Silas y
Timoteo en el viaje a Europa, luego procuramos partir a Macedonia, dando por
ciento que Dios nos llamaba para que les anunciásemos el evangelio. Partidos pues de Troas, vinimos camino
derecho a Samotracia, y el día siguiente a Neápolis; y de allí a Filipos, que
es la primera ciudad de la parte de Macedonia, y una colonia."
"Y un día de sábado continúa Lucas salimos de
la puerta junto al río, donde solía ser la oración; y sentándonos, hablamos a
las mujeres que se habían juntado.
Entonces una mujer llamada Lidia, que vendía púrpura en la ciudad de
Tiatira, temerosa de Dios, estaba oyendo; el corazón de la cual abrió el Señor." Lidia recibió alegremente la verdad. Ella y su familia se convirtieron y
bautizaron, y rogó a los apóstoles que se hospedaran en su casa.
Cuando los mensajeros de la cruz salieron a enseñar,
una mujer poseída de un espíritu pitónico los siguió gritando: "Estos
hombres son siervos del Dios Alto, los cuales os anuncian el camino de salud. Y
esto hacía por muchos días."
Esta mujer era un agente especial de Satanás, y había
dado mucha ganancia a sus amos adivinando.
Su influencia había ayudado a fortalecer la idolatría. Satanás sabía que se estaba invadiendo su
reino, y recurrió a este medio de oponerse a la obra de Dios, esperando mezclar
su sofistería con las verdades enseñadas por aquellos que proclamaban el
mensaje evangélico. Las palabras de
recomendación pronunciadas por esta mujer eran un perjuicio para la causa de la
verdad, pues distraían la mente de la gente de las enseñanzas de los
apóstoles. Deshonraban el Evangelio; y
por ellas muchos eran inducidos a creer que los hombres que hablaban con el
Espíritu y poder de Dios estaban movidos por el mismo espíritu que esa emisaria
de Satanás.
Durante algún tiempo, los apóstoles soportaron esta
oposición; luego, bajo la inspiración del Espíritu Santo, Pablo ordenó al mal
espíritu que abandonase a la mujer. Su
silencio inmediato testificó de que los apóstoles eran siervos de Dios, y que
el demonio los había reconocido como tales y había obedecido su orden.
Librada del mal espíritu y restaurada a su sano
juicio, la mujer escogió seguir a Cristo.
Entonces sus amos se alarmaron por su negocio. Vieron que toda la esperanza de recibir dinero mediante sus
adivinaciones había terminado, y que su fuente de ingreso pronto desaparecería
completamente si se permitía a los apóstoles continuar la obra del
Evangelio.
Muchos otros de la ciudad tenían interés en ganar
dinero mediante engaños satánicos; y éstos, temiendo la influencia de un poder
capaz de poner fin tan eficazmente a su trabajo, levantaron un poderoso clamor
contra los siervos de Dios. Llevaron a
los apóstoles ante los magistrados con la acusación: "Estos hombres,
siendo Judíos, alborotan nuestra ciudad, y predican ritos, los cuales no nos es
lícito recibir ni hacer, pues somos Romanos."
Movida por un frenesí de excitación, la multitud se
levantó contra los discípulos. El espíritu del populacho prevaleció, y fue
sancionado por las autoridades, quienes desgarraron los vestidos exteriores de
los apóstoles y ordenaron que fueran azotados. "Y después que los hubieron
herido de muchos azotes, los echaron en la cárcel, mandando al carcelero que
los guardase con diligencia: el cual, recibido este mandamiento, los metió en
la cárcel de más adentro; y les apretó los pies en el cepo."
Los apóstoles sufrieron extrema tortura por causa de
la penosa posición en que fueron dejados, pero no murmuraron. En vez de eso, en la completa obscuridad y
desolación de la mazmorra, se animaron el uno al otro con palabras de oración,
y cantaban alabanzas a Dios por haber sido hallados dignos de sufrir oprobio
por su causa. Sus corazones estaban
alentados por un profundo y ferviente amor hacia la causa de su Redentor. Pablo pensaba en la persecución que había
hecho sufrir a los discípulos de Cristo, y se regocijaba porque sus ojos habían
sido abiertos para ver, y su corazón para sentir el poder de las gloriosas
verdades que una vez despreciaba.
Con asombro, los otros presos oyeron las oraciones y
los cantos que salían de la cárcel interior.
Habían estado acostumbrados a oír gritos y gemidos, maldiciones y
juramentos, que rompían el silencio de la noche, pero nunca antes habían oído
palabras de oración y alabanza subir de aquella lóbrega celda. Los guardianes y los presos se maravillaban,
y se preguntaban quiénes podían ser estos hombres que, sufriendo frío, hambre y
tortura, podían, sin embargo, regocijarse.
Entre tanto, los magistrados volvían a sus casas
felicitándose porque mediante medidas rápidas y decisivas habían sofocado el
tumulto. Pero por el camino oyeron detalles adicionales sobre el carácter y la
obra de los hombres que habían condenado a la flagelación y el encarcelamiento. Vieron a la mujer que había sido librada de
la influencia satánica, y se sorprendieron por el cambio de su semblante y
conducta. En lo pasado había provocado
mucha dificultad a la ciudad; ahora era tranquila y pacífica. Cuando
comprendieron que con toda probabilidad habían aplicado a dos inocentes el
riguroso castigo de la ley romana, se indignaron consigo mismos, y decidieron
ordenar por la mañana que los apóstoles fueran secretamente puestos en libertad
y acompañados fuera de la ciudad, donde no estuvieran expuestos a la violencia
de la turba.
Pero mientras los hombres eran crueles y
vindicativos, o criminalmente descuidados con las responsabilidades a ellos
confiadas, Dios no se había olvidado de ser misericordioso con sus
siervos. Todo el cielo estaba
interesado en los hombres que estaban sufriendo por amor a Cristo, y los
ángeles fueron enviados a visitar la cárcel.
A su paso la tierra tembló. Las
pesadas puertas acerrojadas de la cárcel se abrieron de par en par; las cadenas
y grillos cayeron de las manos y pies de los presos; y una brillante luz inundó
la prisión.
El carcelero había oído con asombro las oraciones y
cantos de los encarcelados apóstoles.
Cuando los trajeron vio sus hinchadas y sangrientas heridas, y él mismo
hizo asegurar sus pies en los cepos. Había esperado oír de ellos amargos
gemidos e imprecaciones; pero oyó en cambio cantos de gozo y alabanza. Con estos sonidos en sus oídos el carcelero
había caído en un sueño del cual fue despertado por el terremoto y el sacudimiento
de las paredes de la cárcel.
Levantándose precipitadamente con alarma, vio con
espanto que todas las puertas de la cárcel estaban abiertas, y fue sobrecogido
por el repentino temor de que los presos se hubiesen escapado. Recordó el
explícito encargo con que se le había confiado el cuidado de Pablo y Silas la
noche anterior, y estaba seguro que la muerte sería el castigo de su aparente
infidelidad. En la amargura de su
espíritu, pensó que era mejor quitarse él mismo la vida que someterse a una
vergonzosa ejecución. Tomando su
espada, estaba por matarse, cuando oyó las alentadoras palabras de Pablo:
"No te hagas ningún mal; que todos estamos aquí." Todos los hombres
estaban en su sitio, contenidos por el poder de Dios ejercido por uno de los
presos.
La severidad con que el carcelero había tratado a los
apóstoles no había despertado su resentimiento. Pablo y Silas tenían el espíritu de Cristo, no el espíritu de
venganza. Sus corazones, llenos del
amor del Salvador, no daban cabida a la malicia contra sus perseguidores.
El carcelero dejó caer su espada y pidiendo luz, se
apresuró a ir a la mazmorra interior.
Quería ver qué clase de hombres eran éstos que retribuían con bondad la
crueldad con que habían sido tratados. Al llegar donde estaban los apóstoles,
postrándose ante ellos, les pidió que le perdonaran. Entonces, sacándolos al patio, les preguntó: "Señores, ¿qué
es menester que yo haga para ser salvo?"
El carcelero había temblado al ver la ira de Dios
manifestada en el terremoto; cuando pensó que los presos se habían escapado,
había estado dispuesto a suicidarse; pero ahora todas estas cosas le parecían
insignificantes en comparación con el nuevo y extraño terror que agitaba su
mente, y con el deseo de tener la tranquilidad y alegría manifestadas por los
apóstoles bajo el sufrimiento y el ultraje. Vio en sus rostros la luz del
cielo; sabía que Dios había intervenido milagrosamente para salvar sus vidas, y
se revistieron de extraordinaria fuerza las palabras de la endemoniada: "Estos hombres son siervos del Dios
Alto, los cuales os anuncian el camino de salud."
Con profunda humildad pidió a los apóstoles que le
mostraran el camino de la vida. "Cree en el Señor Jesucristo, y serás
salvo tú, y tu casa contestaron ellos. Y le hablaron la palabra del Señor, y
a todos los que estaban en su casa."
El carcelero lavó entonces las heridas de los apóstoles, y les sirvió,
después de lo cual fue bautizado por ellos, con toda su casa. Una influencia santificadora se difundió
entre los presos, y todos estaban dispuestos a escuchar las verdades habladas
por los apóstoles. Estaban convencidos
que el Dios a quien estos hombres servían los había librado milagrosamente de sus cadenas.
Los habitantes de Filipos se habían aterrado
grandemente por el terremoto; y cuando, por la mañana, los oficiales de la
cárcel les dijeron a los magistrados lo que había ocurrido durante la noche, se
alarmaron, y enviaron a los alguaciles para soltar a los apóstoles. Pero Pablo
declaró: "Azotados públicamente sin ser condenados, siendo hombres
Romanos, nos echaron en la cárcel; y ¿ahora nos echan encubiertamente? No, de
cierto, sino vengan ellos y sáquennos."
Los apóstoles eran ciudadanos romanos, y era ilícito
azotar a un romano, a no ser por el crimen más flagrante, o privarlo de su libertad
sin un juicio justo. Pablo y Silas
habían sido encarcelados públicamente, y se negaron ahora a ser puestos
privadamente en libertad sin la debida explicación de parte de los magistrados.
Cuando se comunicaron estas palabras a las
autoridades, estas se alarmaron por temor de que los apóstoles se quejaran al
emperador, y yendo en seguida a la cárcel, pidieron disculpas a Pablo y Silas
por la injusticia y crueldad que se les había hecho, y los sacaron
personalmente de la cárcel y les rogaron que se fueran de la ciudad. Los
magistrados temían la influencia de los apóstoles sobre el pueblo, y también el
Poder que había intervenido en favor de esos hombres inocentes.
De acuerdo con la instrucción de Cristo, los
apóstoles no impusieron su presencia donde no se la deseaba. "Salidos de
la cárcel, entraron en casa de Lidia, y habiendo visto a los hermanos, los
consolaron, y se salieron."
Los apóstoles no consideraban inútiles sus labores en
Filipos. Habían afrontado mucha oposición y persecución; pero la intervención
de la Providencia en su favor, y la conversión del carcelero y de su familia,
compensaron con creces la ignominia y el sufrimiento que habían soportado. Las noticias de su injusto encarcelamiento y
de su milagrosa liberación se difundieron por toda esa región, y esto dio a
conocer la obra de los apóstoles a muchos que de otra manera no habrían sido
alcanzados.
Las labores de Pablo en Filipos tuvieron por
resultado el establecimiento de una iglesia cuyos miembros aumentaban
constantemente. Su celo y devoción, y
sobre todo su disposición a sufrir por causa de Cristo, ejercieron una
influencia profunda y duradera en los conversos. Apreciaban altamente las preciosas verdades por las cuales los
apóstoles se habían sacrificado tanto, y se entregaron con sincera devoción a
la causa de su Redentor.
Que esta iglesia no estuvo libre de persecución, lo
revela una expresión de la carta que Pablo le escribió. Dice: "A vosotros es concedido por
Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él, teniendo
el mismo conflicto que habéis visto en mí." Sin embargo, era tal su
firmeza en la fe, que él declara: "Doy gracias a mi Dios en toda memoria
de vosotros, siempre en todas mis oraciones haciendo oración por todos vosotros
con gozo, por vuestra comunión en el evangelio, desde el primer día hasta
ahora." (Fil. 1: 29, 30, 3-5.)
Es terrible la lucha que se produce entre las fuerzas
del bien y las del mal en los centros importantes donde los mensajeros de la
verdad están llamados a trabajar. "No tenemos lucha contra sangre y carne
declara Pablo; sino contra principados, contra potestades, contra señores del
mundo, gobernadores de estas tinieblas." (Efe. 6: 12) Hasta el fin, habrá
un conflicto entre la iglesia de Dios y los que están bajo el dominio de los
ángeles malos.
Los primeros cristianos estaban llamados a menudo a
hacer frente cara a cara a las potestades de las tinieblas. Por medio de sofistería y persecución el
enemigo se esforzaba por apartarlos de la verdadera fe. Ahora, cuando el fin de las cosas terrenales
se acerca rápidamente, Satanás realiza desesperados esfuerzos por entrampar al
mundo. Inventa muchos planes para
ocupar las mentes y apartar la atención de las verdades esenciales para la salvación.
En todas las ciudades sus agentes están organizando empeñosamente en partidos a
aquellos que se oponen a la ley de Dios.
El gran engañador está tratando de introducir elementos de confusión y
rebelión, y los hombres se están enardeciendo con un celo que no está de
acuerdo con su conocimiento.
La maldad está llegando a un grado jamás antes
alcanzado; no obstante, muchos ministros del Evangelio claman: "Paz y
seguridad." Pero los fieles mensajeros de Dios han de seguir rápidamente
adelante con su obra. Vestidos con la armadura
celestial, han de avanzar intrépida y victoriosamente, sin cejar en su lucha
hasta que toda alma que se halle a su alcance haya recibido el mensaje de
verdad para este tiempo.