DESPUÉS de trabajar algún tiempo en Antioquía, Pablo
propuso a su colaborador que emprendieran otro viaje misionero. "Volvamos
a visitar le dijo a Bernabé a los hermanos de todas las ciudades en las
cuales hemos anunciado la palabra del Señor, cómo están."
Pablo y Bernabé recordaban con ternura a aquellos que
recientemente habían aceptado el mensaje evangélico bajo su ministerio, y
anhelaban verlos una vez más. Pablo
nunca perdió esta solicitud. Aun cuando
se hallaba en distantes campos misioneros, lejos del escenario de sus labores
anteriores, conservaba en el corazón la preocupación de instar a esos conversos
a permanecer fieles, "perfeccionando la santificación en temor de
Dios." (2 Cor. 7: 1.) Constantemente trataba de ayudarles a ser cristianos
que tuvieran confianza propia y creciesen, a ser fuertes en la fe, ardientes en
celo, y cabales en su consagración a Dios y a la tarea de hacer progresar su
reino.
Bernabé estaba dispuesto a ir con Pablo, pero deseaba
llevar consigo a Marcos, quien había decidido de nuevo consagrarse al
ministerio. Pablo se opuso a esto. "No le parecía bien llevar
consigo" a uno que durante su primer viaje misionero los había abandonado
en tiempo de necesidad. No estaba
inclinado a excusar la debilidad manifestada por Marcos al abandonar la obra en
procura de la seguridad y las comodidades del hogar. Recalcaba que uno con tan
poca fibra era inapto para un trabajo que requería paciencia, abnegación,
valor, devoción, fe y disposición a sacrificar, si fuera necesario, hasta la
vida misma. Tan áspera fue la disputa,
que Pablo y Bernabé se separaron, siguiendo el último sus convicciones y
llevando consigo a Marcos.
"Bernabé tomando a Marcos, navegó a Cipro. Y Pablo escogiendo a Silas, partió
encomendado de los hermanos a la gracia del Señor."
Viajando a través de Siria y Cilicia, donde
corroboraron las iglesias, Pablo y Silas llegaron al fin a Derbe y Listra en la
provincia de Licaonia. Era en Listra
donde Pablo había sido apedreado; sin embargo, lo encontramos de nuevo en el
escenario de su anterior peligro. Estaba ansioso de ver cómo soportaban las
pruebas aquellos que habían aceptado el Evangelio mediante sus labores. No se
chasqueó; porque descubrió que los creyentes de Listra habían permanecido
firmes frente a una violenta oposición.
Allí Pablo se encontró de nuevo con Timoteo, quien
había sido testigo de sus sufrimientos al fin de su primera visita a Listra, y
en cuya mente la impresión hecha entonces se había ahondado con el correr del
tiempo hasta convencerlo de que era su deber entregarse plenamente a la obra
del ministerio. Su corazón estaba unido
al de Pablo, y anhelaba compartir las labores del apóstol ayudando como
pudiera.
Silas, el compañero de labor de Pablo, era un obrero
probado, dotado con el espíritu de profecía; pero la obra que debía hacerse era
tan grande, que se necesitaba preparar más obreros para el servicio
activo. En Timoteo, Pablo vio uno que
comprendía la santidad de la obra del ministerio; uno que no desmayaba frente
al sufrimiento y la persecución; y que estaba dispuesto a ser enseñado. Sin
embargo, el apóstol no se atrevió a asumir la responsabilidad de darle a
Timoteo, un joven inexperto, una preparación en el ministerio evangélico, sin
satisfacerse antes plenamente respecto a su carácter y su vida.
El padre de Timoteo era griego y su madre judía.
Desde la niñez había conocido las Escrituras.
La piedad que vio en su vida de hogar era sana y cuerda. La fe de su madre y de su abuela en los
oráculos sagrados era para él un constante recuerdo de la bendición que acarrea
el hacer la voluntad de Dios. La
palabra de Dios era la regla por la cual esas dos piadosas mujeres habían
guiado a Timoteo. El poder espiritual
de las lecciones que había recibido de ellas conservó puro su lenguaje y evitó
que le contaminaran las malas influencias que le rodeaban. Así las que le
instruyeron en el hogar habían cooperado con Dios en prepararlo para llevar
responsabilidades.
Pablo vio a Timoteo fiel, firme y sincero, y le escogió
como compañero de labor y de viaje. Las
que habían enseñado a Timoteo en su infancia fueron recompensadas viendo al
hijo de su cuidado unido en estrecho compañerismo con el gran apóstol. Timoteo era sólo un joven cuando fue
escogido por Dios como maestro; pero sus principios habían sido tan bien
establecidos por su primera educación que era digno del puesto de ayudante de
Pablo. Y aunque joven, llevó sus
responsabilidades con mansedumbre cristiana.
Como medida de precaución, Pablo aconsejó prudentemente
a Timoteo que se circuncidase, no porque Dios lo requiriese, sino para eliminar
del pensamiento de los judíos algo que pudiera llegar a ser una objeción contra
el ministerio de Timoteo. En su obra,
Pablo había de viajar de ciudad en ciudad, en muchas tierras, y con frecuencia
tenía oportunidad de predicar a Cristo en las sinagogas de los judíos, como
también en otros lugares de reunión. Si
llegaban a saber que uno de sus compañeros era incircunciso, su obra quedaría
grandemente estorbada por los prejuicios y el fanatismo de los judíos. Por doquiera el apóstol afrontaba resuelta
oposición y severa persecución. Deseaba
impartir a sus hermanos judíos, tanto como a los gentiles, el conocimiento del
Evangelio; y por eso procuraba, en la medida consecuente con su fe, quitar todo
pretexto de oposición. Sin embargo,
mientras condescendía así con el prejuicio judío, creía y enseñaba que la
circuncisión y la incircuncisión nada eran, y que el Evangelio de Cristo era
todo.
Pablo amaba a Timoteo, su "hijo en la fe."
(1 Tim. 1: 2.) El gran apóstol sondeaba
a menudo al discípulo más joven, preguntándole en cuanto a la historia bíblica;
y al viajar de lugar en lugar, le enseñaba cuidadosamente cómo trabajar con
éxito. Pablo y Silas, en toda su
asociación con Timoteo, trataban de ahondar la impresión ya hecha en su mente,
de la sagrada y seria naturaleza de la obra del ministro evangélico.
En su trabajo, Timoteo buscaba constantemente el
consejo y la instrucción de Pablo. No
actuaba por impulso, sino con reflexión y serenidad, preguntando a cada paso:
¿Es éste el camino del Señor? El
Espíritu Santo encontraba en él uno que podía ser amoldado y modelado como un
templo para la morada de la divina Presencia.
Las lecciones de la Biblia, al entretejerse en la
vida diaria, tienen una profunda y perdurable influencia en el carácter. Estas lecciones las aprendía y practicaba
Timoteo. No tenía talentos
especialmente brillantes; pero su trabajo era valioso porque usaba en el
servicio del Señor las capacidades que Dios le daba. Su conocimiento de la piedad experimental le distinguía de otros
creyentes, y le daba influencia.
Los que trabajan por las almas deben obtener un
conocimiento más profundo, más pleno y más claro de Dios que el que se puede
adquirir mediante un esfuerzo ordinario. Deben poner todas sus energías en la
obra del Señor. Están ocupados en una
alta y sagrada vocación, y si ganan almas como salario, deben asirse firmemente
de Dios, y recibir diariamente gracia y poder de la Fuente de toda bendición.
"Porque la gracia de Dios que trae salvación a todos los hombres, se
manifestó, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos,
vivamos en este siglo templada, y justa, y píamente, esperando aquella
esperanza bienaventurada, y la manifestación gloriosa del gran Dios y Salvador
nuestro Jesucristo, que se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda
iniquidad, y limpiar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras."
(Tito 2: 11-14.)
Antes de penetrar en nuevos territorios, Pablo y sus
compañeros visitaron las iglesias que habían sido establecidas en Pisidia y en
las regiones circundantes. "Como pasaban por las ciudades, les daban que
guardasen los decretos que habían sido determinados por los apóstoles y los
ancianos que estaban en Jerusalem. Así
que, las iglesias eran confirmadas en fe, y eran aumentadas en número cada
día."
El apóstol Pablo sentía una profunda responsabilidad
por los que se convertían por sus labores. Por encima de todas las cosas,
anhelaba que fueran fieles, "para que yo pueda gloriarme en el día de
Cristo decía, que no he corrido en vano, ni trabajado en vano." (Fil.2:
16.) Temblaba por el resultado de su ministerio. Sentía que hasta su propia
salvación podría estar en peligro si no cumpliera su deber y la iglesia no
cooperase con él en la obra de salvar almas.
Sabía que la sola predicación no bastaba para enseñar a los creyentes a
proclamar la palabra de vida. Sabía que
línea sobre línea, precepto sobre precepto, un poquito aquí y otro poquito
allí, debían ser enseñados a progresar en la obra de Cristo.
Es un principio universal que cuando quiera que uno
se niegue a usar las facultades que Dios le da, éstas decaen y mueren. La verdad que no se vive, que no se imparte,
pierde su poder vivificante, su virtud sanadora. De aquí el temor del apóstol Pablo de que no presentase a todo
hombre perfecto en Cristo. La esperanza
de Pablo de entrar en el cielo se obscurecía cuando contemplaba cualquier
fracaso suyo que diera a la iglesia el molde humano en lugar del divino. Su conocimiento, su elocuencia, sus
milagros, su visión de las escenas eternas obtenidas en el tercer cielo, todo
sería inútil si por la infidelidad en su obra aquellos por quienes trabajaba
cayeran de la gracia de Dios. Y así, de viva voz y por carta, rogaba a aquellos
que habían aceptado a Cristo que siguiesen una conducta que los habilitara para
ser "irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin culpa en medio de la
nación maligna y perversa, . . . como luminares en el mundo; reteniendo la palabra
de vida." (Fil.2: 15-16.)
Todo verdadero ministro siente una pesada
responsabilidad por el progreso espiritual de los creyentes confiados a su
cuidado, un anhelante deseo de que sean colaboradores de Dios. Comprende que
del fiel cumplimiento del trabajo que Dios le da depende en gran medida el
bienestar de la iglesia. Trata ardiente
e incansablemente de inspirar en los creyentes el deseo de ganar almas para
Cristo, recordando que todo el que se añade a la iglesia debería ser un agente
más para el cumplimiento del plan de la redención.
Habiendo visitado las iglesias de Pisidia y de la
región vecina, Pablo y Silas, con Timoteo, penetraron en "Frigia y la
provincia de Galacia," donde proclamaron con gran poder las buenas nuevas
de la salvación. Los gálatas eran idólatras, pero cuando los apóstoles les
predicaron se gozaron en el mensaje que les prometía libertad de la servidumbre
del pecado. Pablo y sus colaboradores
proclamaron la doctrina de la justicia por la fe en el sacrificio expiatorio de
Cristo. Presentaban a Cristo como Aquel que, al ver la impotente condición de
la especie caída, vino a redimir a los hombres y mujeres viviendo una vida de
obediencia a la ley de Dios y pagando la penalidad de la desobediencia. Y a la luz de la cruz, muchos que nunca habían
conocido antes al Dios verdadero empezaron a comprender la grandeza del amor
del Padre.
Así se les enseñaron a los gálatas las verdades
fundamentales concernientes a "Dios el Padre," y a "nuestro
Señor Jesucristo, el cual se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos
de este presente siglo malo, conforme a la voluntad de Dios y Padre
nuestro." "Por el oír de la fe," recibieron el Espíritu de Dios,
y llegaron a ser "hijos de Dios por la fe en Cristo." (Gál. 1: 3, 4; 3:
2, 26.)
Pablo vivió de tal manera entre los gálatas que pudo
decir más tarde: "Os ruego, sed como yo." (Gál. 4: 12.) Sus labios
habían sido tocados con un carbón encendido del altar, y fue habilitado para
sobreponerse a las debilidades corporales y presentar a Jesús como la única
esperanza del pecador. Los que lo oían
sabían que había estado con Jesús.
Dotado de poder de lo alto, era capaz de comparar lo espiritual con lo
espiritual, y de derribar las fortalezas de Satanás. Los corazones eran quebrantados por la presentación del amor de
Dios, como estaba revelado en el sacrificio de su Hijo unigénito, y muchos eran
inducidos a preguntar: ¿Qué debo hacer para ser salvo?
Este método de presentar el Evangelio caracterizaba
las labores del apóstol en el curso de todo su ministerio entre los gentiles.
Siempre conservaba ante ellos la cruz del Calvario. "No nos predicamos a
nosotros mismos -declaró en los últimos años de su vida,- sino a Jesucristo, el Señor; y nosotros
vuestros siervos por Jesús. Porque Dios, que mandó que de las tinieblas
resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para
iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de
Jesucristo." (2 Cor. 4: 5, 6.)
Los consagrados mensajeros que en los primeros días
del cristianismo llevaron a un mundo moribundo las alegres nuevas de la
salvación, no permitían que ningún pensamiento de exaltación propia echara a
perder su presentación de Cristo el crucificado. No codiciaban ninguna
autoridad ni preeminencia.
Escondiéndose en el Salvador, exaltaban el gran plan de la salvación, y
la vida de Cristo, el autor y consumador de este plan, Cristo, el mismo ayer,
hoy, y para siempre, era la nota tónica de su enseñanza.
Si los que hoy enseñan la Palabra de Dios elevaran
más y más la cruz de Cristo, su ministerio tendría mucho más éxito. Si los pecadores pudieran ser inducidos a
dirigir una ferviente mirada a la cruz, y pudieran obtener una visión plena del
Salvador crucificado, comprenderían la profundidad de la compasión de Dios y la
pecaminosidad del pecado.
La muerte de Cristo demuestra el gran amor de Dios
por el hombre. Es nuestra garantía de salvación. Quitarle al cristiano la cruz sería como borrar del cielo el
sol. La cruz nos acerca a Dios, y nos
reconcilia con él. Con la perdonadora
compasión del amor de un padre, Jehová contempla los sufrimientos que su Hijo
soportó con el fin de salvar de la muerte eterna a la familia humana, y nos
acepta en el Amado.
Sin la cruz, el hombre no podría unirse con el
Padre. De ella depende toda nuestra
esperanza. De ella emana la luz del
amor del Salvador; y cuando al pie de la cruz el pecador mira al que murió para
salvarle, puede regocijarse con pleno gozo; porque sus pecados son perdonados. Al postrarse con fe junto a la cruz, alcanza
el más alto lugar que pueda alcanzar el hombre.
Mediante la cruz podemos saber que el Padre celestial
nos ama con un amor infinito. ¿Debemos
maravillarnos de que Pablo exclamara: "Lejos esté de mí gloriarme, sino en
la cruz de nuestro Señor Jesucristo"? (Gál. 6: 14.) Es también nuestro privilegio gloriarnos en
la cruz, entregarnos completamente a Aquel que se entregó por nosotros. Entonces, con la luz que irradia del
Calvario brillando en nuestros rostros, podemos salir para revelar esta luz a
los que están en tinieblas.