AL LLEGAR a Antioquía de Siria, desde donde habían
sido enviados para emprender su misión, Pablo y Bernabé aprovecharon pronto una
oportunidad para reunir a los creyentes, y "relataron cuán grandes cosas
había Dios hecho con ellos, y cómo había abierto a los Gentiles la puerta de la
fe." (Hech. 14: 27.) La iglesia de
Antioquía era grande y seguía creciendo.
Por ser un centro de actividad misionera, era uno de los más importantes
grupos de creyentes cristianos. Entre
sus miembros había muchas clases de gente, tanto judíos como gentiles.
Mientras los apóstoles participaban con los ministros
y miembros laicos de Antioquía en un ferviente esfuerzo por ganar muchas almas
para Cristo, ciertos creyentes judíos de Judea, "de la secta de los
Fariseos," lograron introducir una cuestión que pronto produjo una amplia
controversia en la iglesia e infundió consternación a los creyentes
gentiles. Con gran aplomo, estos maestros
judaizantes aseveraban que a fin de ser salvo, uno debía ser circuncidado y
guardar toda la ley ceremonial.
Pablo y Bernabé hicieron frente a esta falsa doctrina
con prontitud, y se opusieron a que se presentara el asunto a los
gentiles. Por otra parte, muchos de los
judíos creyentes de Antioquía favorecían la tesis de los hermanos recién
venidos de Judea.
Los conversos judíos no estaban generalmente
inclinados a avanzar tan rápidamente como la providencia de Dios les abría el
camino. Por el resultado de las labores de los apóstoles entre los gentiles,
era evidente que los conversos entre éstos serían muchos más que los conversos
judíos. Los judíos temían que si no se
imponían las restricciones y ceremonias de su ley a los gentiles como condición
de entrada en la iglesia, las peculiaridades nacionales de los judíos, que
hasta entonces los habían distinguido de todos los demás pueblos,
desaparecerían finalmente de entre aquellos que recibían el mensaje evangélico.
Los judíos se habían enorgullecido siempre de sus
cultos divinamente señalados; y muchos de aquellos que se habían convertido a
la fe de Cristo, sentían todavía que, puesto que Dios había bosquejado una vez
claramente la forma hebrea del culto, era improbable que autorizara alguna vez
un cambio en cualquiera de sus detalles.
Insistían en que las leyes y ceremonias judías debían incorporarse en
los ritos de la religión cristiana.
Eran lentos en discernir que todas las ofrendas de los sacrificios no
habían sino prefigurado la muerte del Hijo de Dios, en la cual el símbolo se
había cumplido, y después de la cual los ritos y ceremonias de la dispensación
mosaica no estaban más en vigor.
Antes de su conversión, Pablo se había considerado,
"cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible." (Fil. 3: 6.)
Pero desde que cambiara de corazón, había adquirido un claro concepto de la
misión del Salvador como Redentor de toda la especie, gentiles tanto como
judíos, y había aprendido la diferencia entre una fe viva y un muerto
formalismo. A la luz del Evangelio, los
antiguos ritos y ceremonias confiados a Israel habían adquirido un nuevo y más
profundo significado. Las cosas
prefiguradas por ellos se habían producido, y los que vivían bajo la
dispensación evangélica habían sido relevados de su observancia. Sin embargo, Pablo todavía guardaba tanto en
el espíritu como en la letra, la inalterable ley divina de los diez
mandamientos.
En la iglesia de Antioquía, la consideración del
asunto de la circuncisión provocó mucha discusión y contienda. Finalmente, los miembros de la iglesia,
temiendo que si la discusión continuaba se provocaría una división entre ellos,
decidieron enviar a Pablo y Bernabé, con algunos hombres responsables de la
iglesia, hasta Jerusalén, a fin de presentar el asunto a los apóstoles y
ancianos. Habían de encontrarse allí con delegados de las diferentes iglesias,
y con aquellos que habían venido a Jerusalén para asistir a las próximas
fiestas. Mientras tanto, había de cesar
toda controversia hasta que fuese dada una decisión final en el concilio general. Esta decisión sería entonces aceptada
universalmente por las diversas iglesias en todo el país.
En camino a Jerusalén, los apóstoles visitaron a los
creyentes de las ciudades por las cuales pasaron, y los animaron relatándoles
lo que les había sucedido en la obra de Dios y la conversión de los gentiles.
En Jerusalén, los delegados de Antioquía se
encontraron con los hermanos de las diversas iglesias, que se habían reunido
para asistir a un concilio general; y les relataron el éxito que había tenido
su ministerio entre los gentiles. Expusieron
entonces la confusión provocada por el hecho de que ciertos conversos fariseos
habían ido a Antioquía y declarado que para salvarse, los conversos gentiles
debían circuncidarse y guardar la ley de Moisés.
Esta cuestión se discutió calurosamente en la
asamblea. Íntimamente relacionados con el asunto de la circuncisión, había
varios otros que demandaban cuidadoso estudio.
Uno era el problema de la actitud que debía adoptarse hacia el uso de
alimentos ofrecidos a los ídolos.
Muchos de los conversos gentiles vivían entre gentes ignorantes y
supersticiosas, que hacían frecuentes sacrificios y ofrendas a los ídolos. Los sacerdotes de este culto pagano
realizaban un extenso comercio con las ofrendas que se les llevaban; y los
judíos temían que los conversos gentiles deshonraran el cristianismo comprando
lo que había sido ofrecido a los ídolos, y sancionaran así, en cierta medida,
las costumbres idólatras.
Además, los gentiles estaban acostumbrados a comer la
carne de animales estrangulados, mientras que a los judíos se les había
enseñado divinamente que cuando se mataban bestias para el consumo, se debía
ejercer un cuidado particular de que se desangrara bien el cuerpo; de otra
manera, la carne no se consideraría saludable. Dios había ordenado esto a los judíos
para la conservación de su salud. Los
judíos consideraban pecaminoso usar sangre como alimento. Sostenían que la sangre era la vida, y que
el derramamiento de la sangre era consecuencia del pecado.
Los gentiles, por el contrario, acostumbraban recoger
la sangre de las víctimas de los sacrificios, y usarla en la preparación de
alimentos. Los judíos no creían que
debieran cambiar las costumbres que habían adoptado bajo la dirección especial
de Dios. Por lo tanto, como estaban entonces las cosas, si un judío y un gentil
intentaran comer a la misma mesa, el primero sería ofendido y escandalizado por
el último.
Los gentiles, y especialmente los griegos, eran
extremadamente licenciosos, y había peligro de que algunos, de corazón
inconverso, profesaran la fe sin renunciar a sus malas prácticas. Los cristianos judíos no podían tolerar la
inmoralidad que no era considerada criminal por los paganos. Los judíos, por lo tanto, consideraban muy
conveniente que se impusiesen a los conversos gentiles la circuncisión y la
observancia de la ley ceremonial, como prueba de su sinceridad y devoción. Creían que esto impediría que se añadieran a
la iglesia personas que, adoptando la fe sin la verdadera conversión del
corazón, pudieran después deshonrar la causa por la inmoralidad y los excesos.
Los diversos puntos envueltos en el arreglo del
principal asunto en disputa parecían presentar ante el concilio dificultades
insuperables. Pero en realidad el Espíritu Santo había resuelto ya este asunto,
de cuya decisión parecía depender la prosperidad, si no la existencia misma, de
la iglesia cristiana.
"Habiendo habido grande contienda, levantándose
Pedro, les dijo: Varones hermanos, vosotros sabéis como ya hace algún tiempo
que Dios escogió que los Gentiles oyesen por mi boca la palabra del evangelio,
y creyesen." Arguyó que el Espíritu Santo había decidido el asunto en
disputa descendiendo con igual poder sobre los incircuncisos gentiles y los
circuncisos judíos. Relató de nuevo su visión,
en la cual Dios le había presentado un lienzo lleno de toda clase de
cuadrúpedos, y le había ordenado que matara y comiese. Cuando rehusó hacerlo,
afirmando que nunca había comido nada común o inmundo, se le había contestado:
"Lo que Dios limpió, no lo llames tú común." (Hech. 10: 15.)
Pedro relató la sencilla interpretación de estas
palabras, que se le dio casi inmediatamente en la intimación a ir al centurión
e instruirlo en la fe de Cristo. Este
mensaje probaba que Dios no hace acepción de personas, sino que acepta y
reconoce a todos los que le temen.
Pedro refirió su asombro cuando, al hablar las palabras de verdad a esa
asamblea reunida en la casa de Cornelio, fue testigo de que el Espíritu Santo
tomó posesión de sus oyentes, tanto gentiles como judíos. La misma luz y gloria que se reflejó en los
circuncisos judíos brilló también en los rostros de los incircuncisos
gentiles. Con esto Dios advertía a
Pedro que no considerase a unos inferiores a otros; porque la sangre de Cristo
podía limpiar de toda inmundicia.
En una ocasión anterior, Pedro había razonado con sus
hermanos concerniente a la conversión de Cornelio y sus amigos, y a su trato
con ellos. Cuando relató en aquella ocasión cómo el Espíritu Santo descendió
sobre los gentiles, declaró: "Así que, si Dios les dio el mismo don también
como a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo que
pudiese estorbar a Dios?" (Hech. 11: 17.) Ahora, con igual fervor y
fuerza, dijo: "Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio,
dándoles el Espíritu Santo también como a nosotros; y ninguna diferencia hizo
entre nosotros y ellos, purificando con la fe sus corazones. Ahora pues, ¿por qué tentáis a Dios,
poniendo sobre la cerviz de los discípulos yugo, que ni nuestros padres ni
nosotros hemos podido llevar?"
Este yugo no era la ley de los diez mandamientos, como aseveran algunos
que se oponen a la vigencia de la ley; Pedro se refería a la ley de las
ceremonias, que fue anulada e invalidada por la crucifixión de Cristo.
El discurso de Pedro dispuso a la asamblea para
escuchar con paciencia a Pablo y Bernabé, quienes relataron lo que habían
experimentado al trabajar por los gentiles. "Toda la multitud calló, y
oyeron a Bernabé y a Pablo, que contaban cuán grandes maravillas y señales Dios
había hecho por ellos entre los Gentiles."
Santiago también dio testimonio con decisión,
declarando que era el propósito de Dios conceder a los gentiles los mismos
privilegios y bendiciones que se habían otorgado a los judíos.
Plugo al Espíritu Santo no imponer la ley ceremonial
a los conversos gentiles, y el sentir de los apóstoles en cuanto a este asunto
era como el sentir del Espíritu de Dios.
Santiago presidía el concilio, y su decisión final fue: "Yo juzgo,
que los que de los Gentiles se convierten a Dios, no han de ser
inquietados."
Esto puso fin a la discusión. El caso refuta la doctrina que sostiene la
iglesia católica romana, de que Pedro era la cabeza de la iglesia. Aquellos
que, como papas, han pretendido ser sus sucesores, no pueden fundar sus pretensiones
en las Escrituras. Nada en la vida de
Pedro sanciona la pretensión de que fue elevado por encima de sus hermanos como
el vicegerente del Altísimo. Si
aquellos que se declaran ser los sucesores de Pedro hubieran seguido su
ejemplo, habrían estado siempre contentos con mantenerse iguales a sus
hermanos.
En este caso, Santiago parece haber sido escogido
para anunciar la decisión a la cual había llegado el concilio. Su sentencia fue que la ley ceremonial, y
especialmente el rito de la circuncisión, no debía imponerse a los gentiles, ni
aun recomendarse. Santiago trató de
grabar en la mente de sus hermanos el hecho de que, al convertirse a Dios, los
gentiles habían hecho un gran cambio en sus vidas, y que debía ejercerse mucha
prudencia para no molestarlos con dudosas y confusas cuestiones de menor
importancia, no fuera que se desanimaran en seguir a Cristo.
Los conversos gentiles, sin embargo, debían abandonar
las costumbres inconsecuentes con los principios del cristianismo. Los apóstoles y ancianos convinieron por lo
tanto en pedir a los gentiles por carta que se abstuvieran de los alimentos
ofrecidos a los ídolos, de fornicación, de lo estrangulado, y de sangre. Debía instárselos a guardar los
mandamientos, y a vivir una vida santa.
Debía asegurárseles también que los que habían declarado obligatoria la
circuncisión no estaban autorizados por los apóstoles para hacerlo.
Pablo y Bernabé les fueron recomendados como hombres
que habían expuesto sus vidas por el Señor.
Judas y Silas fueron enviados con estos apóstoles para que declarasen de
viva voz a los gentiles la decisión del concilio: "Ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no
imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias: que os abstengáis de
cosas sacrificadas a ídolos, y de sangre, y de ahogado, y de fornicación; de
las cuales cosas si os guardareis, bien haréis." Los cuatro siervos de
Dios fueron enviados a Antioquía con la epístola y el mensaje que debían poner
fin a toda controversia; porque eran la voz de la más alta autoridad en la
tierra.
El concilio que decidió este caso estaba compuesto
por los apóstoles y maestros que se habían destacado en levantar iglesias
cristianas judías y gentiles, con delegados escogidos de diversos lugares. Estaban presentes los ancianos de Jerusalén
y los diputados de Antioquía, y estaban representadas las iglesias de más
influencia. El concilio procedió de
acuerdo con los dictados de un juicio iluminado, y con la dignidad de una
iglesia establecida por la voluntad divina.
Como resultado de sus deliberaciones, todos vieron que Dios mismo había
resuelto la cuestión en disputa concediendo a los gentiles el Espíritu Santo; y
comprendieron que a ellos les correspondía seguir la dirección del Espíritu.
Todo el cuerpo de cristianos no fue llamado a votar
sobre el asunto. Los "apóstoles y
ancianos," hombres de influencia y juicio, redactaron y promulgaron el
decreto, que fue luego aceptado generalmente por las iglesias cristianas. No todos, sin embargo, estaban satisfechos
con la decisión; había un bando de hermanos ambiciosos y confiados en sí mismos
que estaban en desacuerdo con ella.
Estos hombres estaban decididos a ocuparse en la obra bajo su propia
responsabilidad. Se tomaban la libertad
de murmurar y hallar faltas, de proponer nuevos planes y tratar de derribar la
obra de los hombres a quienes Dios había escogido para que enseñaran el mensaje
evangélico. Desde el principio la
iglesia ha tenido que afrontar tales obstáculos, y tendrá que hacerlo hasta el
fin del siglo.
Jerusalén era la metrópoli de los judíos, y era allí
donde se encontraban la intolerancia y el exclusivismo mayores. Los cristianos judíos que vivían a la vista
del templo permitían, como era natural que sus mentes se volvieran a los
privilegios peculiares de los judíos como nación. Cuando vieron que la iglesia cristiana se apartaba de las
ceremonias y tradiciones del judaísmo, y percibieron que la santidad peculiar
con la cual las costumbres judías habían estado investidas pronto serían
perdidas de vista a la luz de la nueva fe, muchos se indignaron con Pablo como
el que había en gran medida causado este cambio. Aun los discípulos no estaban todos preparados para aceptar de
buen grado la decisión del concilio. Algunos eran celosos por la ley
ceremonial; y miraban a Pablo con desagrado, porque pensaban que sus principios
respecto a las obligaciones de la ley judía eran flojos.
Las decisiones amplias y de largo alcance del
concilio general produjeron confianza en las filas de los creyentes gentiles, y
la causa de Dios prosperó. En
Antioquía, la iglesia fue favorecida con la presencia de Judas y Silas, los
mensajeros especiales que habían vuelto con los apóstoles de la reunión de
Jerusalén. "Como ellos también eran profetas." Judas y Silas
"consolaron y confirmaron a los hermanos con abundancia de
palabra." Estos hombres piadosos
permanecieron en Antioquía un tiempo. "Pablo y Bernabé se estaban en
Antioquía enseñando la palabra del Señor y anunciando el evangelio con otros
muchos."
Cuando Pedro visitó más tarde a Antioquía, ganó la confianza
de muchos por su prudente conducta hacia los conversos gentiles. Por un tiempo procedió de acuerdo con la luz
procedente del cielo. Se sobrepuso a
su natural prejuicio hasta el punto de sentarse a la mesa con los conversos
gentiles. Pero cuando ciertos judíos
celosos de la ley ceremonial vinieron de Jerusalén, Pedro cambió
imprudentemente su actitud hacia los conversos del paganismo. "Y a su
disimulación consentían también los otros judíos; de tal manera que aun Bernabé
fue también llevado de ellos en su simulación." (Gál. 2: 13.) Esta
manifestación de debilidad de parte de aquellos que habían sido respetados y
amados como dirigentes, hizo la más penosa impresión en la mente de los
creyentes gentiles. La iglesia estaba
amenazada por un cisma, pero Pablo, que vio la subversiva influencia del mal
hecho a la iglesia por el doble papel desempeñado por Pedro, le reprendió
abiertamente por disimular así sus verdaderos sentimientos. En presencia de la iglesia, le preguntó:
"Si tú, siendo Judío, vives como los Gentiles y no como Judío, ¿por qué
constriñes a los Gentiles a judaizar?" (Vers. 14.)
Pedro vio el error en que había caído, y se puso a
reparar inmediatamente el mal que había hecho, hasta donde pudo. Dios, que conoce el fin desde el principio,
permitió que Pedro revelara esta debilidad de carácter, a fin de que el probado
apóstol pudiera ver que no había nada en sí mismo por lo cual pudiera
enorgullecerse. Aun los mejores
hombres, abandonados a sí mismos, se equivocan. Dios vio también que en lo venidero algunos se engañarían hasta
el punto de atribuir a Pedro y sus presuntos sucesores las exaltadas
prerrogativas que pertenecen a Dios solo. Y este informe de la debilidad del
apóstol subsistiría como prueba de que no era infalible ni superior a los otros
apóstoles.
La historia de este apartamiento de los buenos
principios permanece como una solemne amonestación para los hombres que ocupan
puestos de confianza en la causa de Dios, para que no carezcan de integridad,
sino que se adhieran firmemente a los principios. Cuanto mayores son las responsabilidades colocadas sobre el
agente humano, y mayores sus oportunidades para mandar y dirigir, mayor daño
hará con toda seguridad si no sigue cuidadosamente el camino del Señor y
trabaja de acuerdo con las decisiones del cuerpo general de los creyentes en
consejo unánime.
Después de todos los fracasos de Pedro; después de su
caída y restauración, su largo servicio, su íntima relación con Cristo, su
conocimiento de la integridad con que el Salvador practicaba los principios
correctos, después de toda la instrucción que había recibido, todos los dones,
conocimiento e influencia que había obtenido predicando y enseñando la Palabra,
¿no es extraño que disimulase, y eludiese los principios del Evangelio por temor
al hombre, o a fin de granjearse estima? ¿No es extraño que vacilara en su
adhesión a lo recto? Dios dé a cada uno la comprensión de su impotencia, de su
incapacidad para guiar debidamente su propio navío sano y salvo al puerto.
En su ministerio, Pablo se veía obligado a menudo a
estar solo. Era especialmente enseñado por Dios, y no se atrevía a hacer
concesiones que comprometieran los principios.
A veces la carga era pesada, pero Pablo se mantenía firme de parte de lo
recto. Comprendía que la iglesia no debía ser puesta nunca bajo el dominio del
poder humano. Las tradiciones y máximas
de los hombres no debían tomar el lugar de la verdad revelada. El avance del mensaje evangélico no debía
ser estorbado por los prejuicios y las preferencias de los hombres, cualquiera
fuese su posición en la iglesia.
Pablo se había consagrado con todas sus facultades al
servicio de Dios. Había recibido las
verdades del Evangelio directamente del cielo, y en todo su ministerio mantuvo
una relación vital con los agentes celestiales. Había sido enseñado por Dios en cuanto a la imposición de cargas
innecesarias a los cristianos gentiles; así cuando los creyentes judaizantes
introdujeron en la iglesia de Antioquía el asunto de la circuncisión, Pablo
conocía el sentir del Espíritu de Dios concerniente a esa enseñanza, y tomó una
posición firme e inflexible que libró a las iglesias de las ceremonias y los
ritos judíos.
No obstante el hecho de que Pablo era enseñado
personalmente por Dios, no tenía ideas exageradas de la responsabilidad
personal. Aunque esperaba que Dios lo guiara directamente, estaba siempre listo
a reconocer la autoridad impartida al cuerpo de creyentes unidos como
iglesia. Sentía la necesidad de
consejo; y cuando se levantaban asuntos de importancia, se complacía en
presentarlos a la iglesia, y se unía con sus hermanos para buscar a Dios en
procura de sabiduría para hacer decisiones correctas. Aun "los espíritus
de los profetas decía sujetos están a los profetas: porque Dios no es Dios de
confusión, sino de paz, como sucede en todas las iglesias de los
santos."(1 Cor. 14:32, 33, V.M.) Con Pedro, enseñaba que todos los que
están unidos como miembros de iglesia deben estar "sumisos unos a
otros." (1 Ped. 5: 5.)