ENVIADOS así por el Espíritu Santo, Pablo y Bernabé,
después de su ordenación por los hermanos de Antioquía, "descendieron a
Seleucia: y de allí navegaron a Cipro [Chipre]." Así empezaron los
apóstoles su primera jira misionera.
Chipre era uno de los lugares a los cuales los
creyentes habían huído de Jerusalén por causa de la persecución que siguió a la
muerte de Esteban. Y era desde Chipre de donde habían ido ciertos hombres a
Antioquía, "anunciando el evangelio del Señor Jesús." (Hech. 11: 20.)
Bernabé mismo era "natural de Cipro" (Hech. 4: 36); y ahora él y
Pablo, acompañados por Juan Marcos, un pariente de Bernabé, visitaron ese país
isleño.
La madre de Marcos se había convertido a la religión
cristiana, y su casa en Jerusalén era un asilo para los discípulos. Allí estaban siempre seguros de ser
bienvenidos y de gozar de un período de descanso. Fue en una de esas visitas de los apóstoles a la casa de su
madre, cuando Marcos propuso a Pablo y Bernabé acompañarlos en su viaje
misionero. Sentía la gracia de Dios en
su corazón, y anhelaba dedicarse enteramente a la obra del ministerio
evangélico.
Al llegar a Salamina, los apóstoles "anunciaban
la palabra de Dios en las sinagogas de los Judíos.... Y habiendo atravesado
toda la isla hasta Papho, hallaron un hombre mago, falso profeta, Judío,
llamado Barjesús; el cual estaba con el procónsul Sergio Paulo, varón
prudente. Este, llamando a Bernabé y a
Saulo, deseaba oír la palabra de Dios.
Mas les resistía Elimas el encantador (que así se interpreta su nombre),
procurando apartar de la fe al procónsul."
Satanás no permite sin lucha que el reino de Dios se
edifique en la tierra. Las huestes del
mal están empeñadas en incesante guerra contra los agentes designados para la
predicación del Evangelio; y estas potestades de las tinieblas están
especialmente activas cuando se proclama la verdad ante hombres de reputación y
genuina integridad. Así sucedió cuando
Sergio Paulo, el procónsul de Chipre, escuchaba el mensaje evangélico. El procónsul había hecho llamar a los
apóstoles para que se le enseñara el mensaje que habían venido a dar; y ahora
las fuerzas del mal, obrando por medio del hechicero Elimas, trataron, con sus
funestas sugestiones, de apartarlo de la fe y frustrar así el propósito de
Dios.
Así el enemigo caído trabaja siempre por conservar en
sus filas a los hombres de influencia que, si se convirtieran, podrían prestar
eficaz servicio en la causa de Dios.
Pero el fiel obrero evangélico no necesita temer ser derrotado por el
enemigo; porque es su privilegio ser dotado de poder celestial para resistir
toda influencia satánica.
Aunque penosamente acosado por Satanás, Pablo tuvo
valor para increpar a aquel por quien el enemigo estaba trabajando. "Lleno del Espíritu Santo," el
apóstol, "poniendo en él los ojos, dijo: Oh, lleno de todo engaño y de
toda maldad, hijo del diablo, enemigo de toda justicia, ¿no cesarás de
trastornar los caminos rectos del Señor? Ahora pues, he aquí la mano del Señor
es contra ti, y serás ciego, que no veas el sol por tiempo. Y luego cayeron en él obscuridad y
tinieblas; y andando alrededor, buscaba quién le condujese por la mano. Entonces el procónsul, viendo lo que había
sido hecho, creyó, maravillado de la doctrina del Señor."
El adivino había cerrado los ojos a las evidencias de
la verdad evangélica; y el Señor, con justo enojo, cegó sus ojos naturales,
privándolo de la luz del día. La
ceguera no fue permanente, sino temporal, a fin de que le indujese a
arrepentirse y a procurar perdón del Dios a quien había ofendido tan
gravemente. La confusión en la cual se
vio sumido anuló sus sutiles artes contra las doctrinas de Cristo. El hecho de que se viera obligado a andar a
tientas en su ceguera demostró a todos que los milagros que los apóstoles
habían realizado, y que Elimas había denunciado como prestidigitación, eran
producidos por el poder de Dios. El
procónsul, convencido de la verdad de la doctrina que enseñaban los apóstoles
aceptó el Evangelio.
Elimas no era un hombre instruido; sin embargo era
singularmente apto para hacer la obra de Satanás. Aquellos que predican la verdad de Dios encontrarán al astuto
enemigo en muchas formas diferentes. A
veces será en la persona de los instruídos, pero más a menudo en la de
ignorantes a quienes Satanás adiestró como instrumentos eficaces para engañar a
las almas. Es el deber del ministro de
Cristo permanecer fiel en su puesto, en el temor de Dios y en el poder de su
fortaleza. Así puede confundir a las
huestes de Satanás y triunfar en el nombre del Señor.
Pablo y sus compañeros continuaron viaje a Perga de
Panfilia. Su camino era penoso;
afrontaban adversidades y privaciones, y estaban acosados por peligros por
doquiera. En los pueblos y ciudades por
los cuales pasaban y a lo largo de los caminos solitarios, estaban rodeados de
peligros visibles e invisibles. Pero
Pablo y Bernabé habían aprendido a confiar en el poder libertador de Dios. Sus corazones estaban llenos de ferviente
amor por las almas que perecían. Como
fieles pastores que buscaban las ovejas perdidas, no pensaban en su propia
comodidad y conveniencia. Olvidándose de sí mismos, no vacilaban frente al
cansancio, el hambre y el frío. No
tenían sino un objetivo en vista: la salvación de aquellos que se habían
apartado lejos del redil.
Allí fue donde Marcos, abrumado por el temor y el
desaliento, vaciló por un tiempo en su propósito de entregarse de todo corazón
a la obra del Señor. No acostumbrado a
las penurias, se desalentó por los peligros y las privaciones del camino. Había trabajado con éxito en circunstancias
favorables; pero ahora, en medio de la oposición y los peligros que con tanta
frecuencia asedian al obrero de avanzada, no supo soportar las durezas como
buen soldado de la cruz. Tenía todavía
que aprender a arrostrar el peligro, la persecución y la adversidad con corazón
valiente. Al avanzar los apóstoles, y
al sentir la aprensión de dificultades aun mayores, Marcos se intimidó, y
perdiendo todo valor, se negó a avanzar, y volvió a Jerusalén.
Esta deserción indujo a Pablo a juzgar desfavorable y
aun severamente por un tiempo a Marcos.
Bernabé, por otro lado, se inclinaba a excusarlo por causa de su
inexperiencia. Anhelaba que Marcos no
abandonase el ministerio, porque veía en él cualidades que le habilitarían para
ser un obrero útil para Cristo. En años
ulteriores su solicitud por Marcos fue ricamente recompensada; porque el joven
se entregó sin reservas al Señor y a la obra de predicar el mensaje evangélico
en campos difíciles. Bajo la bendición
de Dios y la sabia enseñanza de Bernabé, se transformó en un valioso obrero.
Pablo se reconcilió más tarde con Marcos, y le
recibió como su colaborador. También lo recomendó a los colosenses como
colaborador "en el reino de Dios," y uno que me ha "sido
consuelo." (Col. 4: 11.) De nuevo, no mucho antes de su muerte, habló de
Marcos como uno que le era "útil para el ministerio." (2 Tim: 4:
11.)
Después de la partida de Marcos, Pablo y Bernabé
visitaron Antioquía de Pisidia, y el sábado fueron a la sinagoga de los judíos,
y se sentaron. "Después de la lectura de la ley y de los profetas, los
príncipes de la sinagoga enviaron a ellos, diciendo: Varones hermanos, si
tenéis alguna palabra de exhortación para el pueblo, hablad." Al ser
invitado así a hablar, "Pablo, levantándose, hecha señal de silencio con
la mano, dice: Varones Israelitas, y los que teméis a Dios, oíd." Entonces
pronunció un maravilloso discurso. Historió la manera en que el Señor había
tratado con los judíos desde el tiempo de la liberación de la esclavitud
egipcia, y cómo se había prometido un Salvador, de la simiente de David; y
osadamente declaró que "de la simiente de éste, Dios, conforme a la
promesa, levantó a Jesús por Salvador a Israel; predicando Juan delante de la
faz de su venida el bautismo de arrepentimiento a todo el pueblo de
Israel. Mas como Juan cumpliese su
carrera, dijo: ¿Quién pensáis que soy? No soy yo él; mas he aquí, viene tras mí
uno, cuyo calzado de los pies no soy digno de desatar." Así predicó con
poder a Jesús como el Salvador de los hombres, el Mesías de la profecía.
Habiendo hecho esta declaración Pablo dijo:
"Varones hermanos, hijos del linaje de Abraham, y los que entre vosotros
temen a Dios, a vosotros es enviada la palabra de esta salud. Porque los que habitaban en Jerusalem, y sus
príncipes, no conociendo a éste, y las voces de los profetas que se leen todos
los sábados, condenándole, las cumplieron."
Pablo no vaciló en decir claramente la verdad acerca
del rechazamiento del Salvador por los dirigentes judíos. "Y sin hallar en él causa de muerte declaró
el apóstol, pidieron a Pilato que le matasen.
Y habiendo cumplido todas las cosas que de él estaban escritas,
quitándolo del madero, lo pusieron en el sepulcro. Mas Dios le levantó de los muertos. Y él fue visto por muchos días de los que habían subido
juntamente con él de Galilea a Jerusalem, los cuales son sus testigos al
pueblo.
"Y nosotros también os anunciamos el evangelio continuó
el apóstol, de aquella promesa que fue hecha a los padres, la cual Dios ha
cumplido a los hijos de ellos, a nosotros, resucitando a Jesús: como también en
el salmo segundo está escrito: Mi hijo eres tú, yo te he engendrado hoy. Y que le levantó de los muertos para nunca
más volver a corrupción, así lo dijo: Os daré las misericordias fieles de
David. Por eso dice también en otro
lugar: No permitirás que tu Santo vea corrupción. Porque a la verdad David, habiendo servido en su edad a la
voluntad de Dios, durmió, y fue juntado con sus padres, y vio corrupción. Mas aquel que Dios levantó, no vio
corrupción."
Y luego, habiendo hablado claramente del cumplimiento
de profecías familiares concernientes al Mesías, Pablo les predicó el
arrepentimiento y la remisión del pecado por los méritos de Jesús su Salvador.
"Séaos pues notorio dijo, que por éste os es anunciada remisión de
pecados; y de todo lo que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados,
en éste es justificado todo aquel que creyere."
El Espíritu de Dios acompañó las palabras que fueron
habladas, y fueron tocados los corazones.
El apóstol apeló a las profecías del Antiguo Testamento, y su
declaración de que éstas se habían cumplido en el ministerio de Jesús de
Nazaret, convenció a muchos, que anhelaban el advenimiento del Mesías prometido. Y las palabras de seguridad del orador de
que "el evangelio" de la salvación era para judíos y gentiles por
igual, infundió esperanza y gozo a aquellos que no se contaban entre los hijos
de Abrahán según la carne.
"Y saliendo ellos de la sinagoga de los Judíos,
los Gentiles les rogaron que el sábado siguiente les hablasen estas
palabras." Habiéndose disuelto finalmente la congregación, "muchos de
los Judíos y de los religiosos prosélitos," que habían aceptado las buenas
nuevas que se les dieron ese día, "siguieron a Pablo y Bernabé; los cuales
hablándoles, les persuadían que permaneciesen en la gracia de Dios."
El interés que despertó en Antioquía de Pisidia el
discurso de Pablo, reunió, el sábado siguiente, "casi toda la ciudad a oír
la palabra de Dios. Mas los Judíos, visto el gentío, llenáronse de celo, y se
oponían a lo que Pablo decía, contradiciendo y blasfemando.
"Entonces Pablo y Bernabé, usando de libertad,
dijeron: A vosotros a la verdad era menester que se os hablase la palabra de
Dios; mas pues que la desecháis, y os juzgáis indignos de la vida eterna, he
aquí, nos volvemos a los Gentiles.
Porque así nos ha mandado el Señor, diciendo: Te he puesto para luz de
los Gentiles, para que seas salud hasta lo postrero de la tierra.
"Y los Gentiles oyendo esto, fueron gozosos, y
glorificaban la palabra del Señor: y creyeron todos los que estaban ordenados
para vida eterna." Se regocijaron sobremanera porque Cristo los reconocía
como hijos de Dios, y con corazones agradecidos escucharon la palabra
predicada. Los que creyeron fueron
celosos en comunicar a otros el mensaje evangélico, y así "la palabra del
Señor era sembrada por toda aquella provincia."
Siglos antes, la pluma de la inspiración había
descrito esta cosecha de los gentiles; pero esas declaraciones proféticas se
habían entendido sólo obscuramente.
Oseas había dicho: "Sin embargo, . . . el número de los hijos de
Israel será como las arenas del mar, que no pueden ser medidas ni contadas: y
acontecerá que en el lugar donde les fue dicho: No sois mi pueblo, les será
dicho: ¡Hijos sois del Dios vivo!" Y en otro lugar: "Te sembraré para
mí mismo en la tierra; y me compadeceré de la no compadecida, y al que dije que
no era mi pueblo, le diré: ¡Pueblo mío eres! y él me dirá a mí: ¡Tú eres mi
Dios!" (Os. 1: 10; 2: 23, V.M.)
El Salvador mismo, durante su ministerio terrenal,
predijo la difusión del Evangelio entre los gentiles. En la parábola de la viña, declaró a los impenitentes judíos:
"El reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que haga
los frutos de él." (Mat. 21: 43.) Y después de su resurrección, comisionó
a sus discípulos a ir "por todo el mundo," y doctrinar "a todos
los Gentiles." No debían dejar a nadie sin amonestar, sino que habían de
predicar "el evangelio a toda criatura." (Mat. 28: 19; Mar. 16:
15.)
Al volverse a los gentiles en Antioquía de Pisidia,
Pablo y Bernabé no dejaron de trabajar por los judíos dondequiera que tuviesen
oportunidad de hacerse oír. Más tarde, en Tesalónica, en Corinto, en Efeso y en
otros centros importantes, Pablo y sus compañeros de labor predicaron el
Evangelio tanto a los judíos como a los gentiles. Pero sus mejores energías se
dirigieron desde entonces a la edificación del reino de Dios en territorio
pagano, entre pueblos que no tenían sino poco o ningún conocimiento del verdadero
Dios y de su Hijo.
El corazón de Pablo y de sus colaboradores suspiraba
por aquellos que estaban "sin Cristo, alejados de la república de Israel,
y extranjeros a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el
mundo." Mediante el incansable ministerio de los apóstoles de los
gentiles, los "extranjeros" y "advenedizos," que "en
otro tiempo" estaban "lejos," supieron que habían "sido
hechos cercanos por la sangre de Cristo," y que por la fe en su sacrificio
expiatorio, podían llegar a ser "juntamente ciudadanos con los santos, y
domésticos de Dios." (Efe. 2: 12, 13, 19.)
Avanzando por la fe, Pablo trabajaba incesantemente
por la edificación del reino de Dios entre aquellos que habían sido descuidados
por los maestros de Israel. Exaltaba
constantemente a Cristo Jesús como "Rey de reyes, y Señor de
señores," y exhortaba a los que creían a ser "arraigados y
sobreedificados en él, y confirmados en la fe." (1 Ti. 6: 15; Col. 2: 7.)
Para los que creen, Cristo es un fundamento
seguro. Sobre esta piedra viva, pueden
edificar igualmente judíos y gentiles.
Es bastante ancho para todos, y bastante fuerte para sostener el peso y
la carga de todo el mundo. Este es un
hecho claramente reconocido por Pablo mismo.
En los días finales de su ministerio, cuando al dirigirse a un grupo de
gentiles creyentes que habían permanecido firmes en su amor a la verdad del
Evangelio, el apóstol escribió que estaban "edificados sobre el fundamento
de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo
mismo." (Efe. 2: 19, 20.)
Cuando el mensaje evangélico se extendió en Pisidia,
los judíos incrédulos de Antioquía, cegados por el prejuicio, "concitaron
mujeres pías y honestas, y a los principales de la ciudad, y levantaron
persecución contra Pablo y Bernabé y los echaron" de aquel distrito.
Los apóstoles no se desanimaron por este trato;
recordaron las palabras del Señor: "Bienaventurados sois cuando os
vituperaren y os persiguieren, y dijeren de vosotros todo mal por mi causa,
mintiendo. Gozaos y alegraos; porque vuestra merced es grande en los cielos:
que así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros." (Mat.
5: 11, 12.)
El mensaje evangélico avanzaba, y los apóstoles
tenían plena razón para sentirse animados.
Sus labores habían sido ricamente bendecidas entre los de Pisidia que
vivían en Antioquía, y los creyentes a quienes habían dejado solos para
continuar la obra durante un tiempo, "estaban llenos de gozo, y del
Espíritu Santo."