DESPUÉS que los discípulos fueron expulsados de
Jerusalén por la persecución, el mensaje evangélico se difundió rápidamente por
las comarcas limítrofes de Palestina, y en importantes poblaciones se constituyeron
pequeñas compañías de creyentes.
Algunos de los discípulos "fueron hasta Fenicia, y Chipre, y
Antioquía, predicando la palabra." ( V.M.) Sus labores se limitaban por lo
general a los judíos hebreos y griegos, de los cuales había entonces grandes
colonias en casi todas las ciudades del mundo.
Entre los lugares mencionados donde el Evangelio fue
recibido con regocijo, está Antioquía, entonces capital de Siria. El extenso comercio de aquel populoso centro
atraía mucha gente de diversas nacionalidades.
Al mismo tiempo, Antioquía era favorablemente conocida como punto de
reunión para los amantes de la comodidad y el placer, por causa de su situación
saludable, de hermosos alrededores y de la riqueza, la cultura y el
refinamiento que allí se hallaban. En
los días de los apóstoles, había llegado a ser una ciudad de lujo y vicio.
El Evangelio fue públicamente enseñado en Antioquía
por ciertos discípulos de Chipre y Cirene, quienes entraron "anunciando el
evangelio del Señor Jesús."
"Y la mano del Señor era con ellos;" su fervorosa labor
producía fruto, pues "creyendo, gran número se convirtió al Señor."
"Y llegó la fama de estas cosas a oídos de la
iglesia que estaba en Jerusalem; y enviaron a Bernabé que fuese hasta
Antioquía." Al llegar a su nuevo
campo de labor, Bernabé vio la obra hecha allí por la gracia divina, y
"regocijose; y exhortó a todos a que permaneciesen en el propósito del
corazón en el Señor."
La obra de Bernabé en Antioquía fue copiosamente
bendecida y aumentó allí muchísimo el número de fieles. Al prosperar la obra, sintió Bernabé la
necesidad de ayuda conveniente a fin de avanzar por las puertas abiertas por la
providencia de Dios; y así se fue a Tarso en busca de Pablo quien, después de salir
de Jerusalén algún tiempo antes, había estado trabajando en las comarcas de
"Siria y de Cilicia," anunciando "la fe que en otro tiempo
destruía." (Gál. 1: 21, 23.) Bernabé encontró a Pablo y le persuadió a que
volviese con él como su compañero en el ministerio.
En la populosa ciudad de Antioquía, halló Pablo un
excelente campo de labor. Su erudición,
sabiduría y celo influyeron poderosamente en los vecinos y forasteros de
aquella culta ciudad, de manera que Pablo proporcionó precisamente la ayuda que
Bernabé necesitaba. Durante un año trabajaron ambos discípulos unidos en fiel
ministerio, comunicando a muchos el salvador conocimiento de Jesús de Nazaret,
el Redentor del mundo.
Fue en Antioquía donde los discípulos fueron llamados
por primera vez cristianos. El nombre
les fue dado porque Cristo era el tema principal de su predicación, su
enseñanza y su conversación. Continuamente volvían a contar los incidentes que
habían ocurrido durante los días de su ministerio terrenal, cuando los
discípulos eran bendecidos con su presencia personal. Se explayaban incansablemente en sus enseñanzas y en sus milagros
de sanidad. Con labios temblorosos y ojos llenos de lágrimas hablaban de su
agonía en el jardín, su traición, su juicio, y su ejecución, de la paciencia y
humildad con que había soportado el ultraje y la tortura que le habían impuesto
sus enemigos, y la piedad divina con que había orado por aquellos que lo
perseguían. Su resurrección y
ascensión, su obra en el cielo como el mediador del hombre caído, eran temas en
los cuales se gozaban en explayarse.
Bien podían los paganos llamarlos cristianos, siendo que predicaban a
Cristo, y dirigían sus oraciones al Padre por medio de él. Fue Dios el que les dio el nombre de cristianos. Este es un nombre real, que se da a todos
los que se unen con Cristo. En cuanto a
este nombre Santiago escribió más tarde: "¿No os oprimen los ricos, y no
son ellos los mismos que os arrastran a los juzgados? ¿No blasfeman ellos el
buen nombre que fue invocado sobre vosotros?" (Sant. 2: 6, 7.) Y Pedro
declaró: "Si alguno padece como Cristiano, no se avergüence; antes glorifique a Dios en esta parte."
"Si sois vituperados en el nombre de Cristo, sois bienaventurados; porque
la gloria y el Espíritu de Dios reposan sobre vosotros." (1 Ped. 4: 16,
14.)
Los creyentes de Antioquía comprendían que Dios
estaba dispuesto a obrar en sus vidas "el querer como el hacer, por su
buena voluntad." (Fil. 2: 13.) Mientras vivían en medio de un pueblo que
parecía preocuparse poco por las cosas de valor eterno, trataban de dirigir la
atención de los de corazón sincero, y dar testimonio positivo de Aquel a quien
amaban y servían. En su humilde
ministerio, aprendieron a depender del poder del Espíritu Santo para hacer
eficaz la palabra de vida. Y así, en
las diversas ocupaciones de la vida, daban testimonio diariamente de su fe en
Cristo.
El ejemplo de los seguidores de Cristo en Antioquía
debería constituir una inspiración para todo creyente que vive en las grandes
ciudades del mundo hoy. Aunque es plan
de Dios que escogidos y consagrados obreros de talento se establezcan en los
centros importantes de población para dirigir esfuerzos públicos, es también su
propósito que los miembros de la iglesia que viven en esas ciudades usen los
talentos que Dios les ha dado trabajando por las almas. Hay en reserva ricas bendiciones para los
que se entreguen plenamente al llamamiento de Dios. Mientras esos obreros se esfuercen por ganar almas para Jesús,
hallarán que muchos que nunca hubieran sido alcanzados de otra manera están
listos para responder al esfuerzo personal inteligente.
La causa de Dios en la tierra necesita hoy día
representantes vivos de la verdad bíblica.
Los ministros ordenados solos no pueden hacer frente a la tarea de
amonestar a las grandes ciudades. Dios
llama no solamente a ministros, sino también a médicos, enfermeros,
colportores, obreros bíblicos, y a otros laicos consagrados de diversos
talentos que conocen la Palabra de Dios y el poder de su gracia, y los invita a
considerar las necesidades de las ciudades sin amonestar. El tiempo pasa rápidamente, y hay mucho que
hacer. Deben usarse todos los agentes,
para que puedan ser sabiamente aprovechadas las oportunidades actuales.
Las labores de Pablo en Antioquía, en unión con
Bernabé, le fortalecieron en su convicción de que el Señor le había llamado a
hacer una obra especial en el mundo gentil.
En ocasión de la conversión de Pablo, el Señor había declarado que había
de ser ministro a los gentiles, para abrir "sus ojos, para que se conviertan
de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que
reciban, por la fe que es en mí, remisión de pecados y suerte entre los
santificados." (Hech. 26: 18.) El ángel que le apareció a Ananías le había
dicho de Pablo: "Instrumento escogido me es éste, para que lleve mi nombre
en presencia de los Gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel."
(Hech. 9: 15.) Y Pablo mismo, más tarde en su vida cristiana, mientras oraba en
el templo de Jerusalén, había sido visitado por un ángel del cielo, que le
ordenó: "Ve, porque yo te tengo que enviar lejos a los Gentiles."
(Hech. 22: 21.)
Así el Señor había mandado a Pablo que entrase en el
vasto campo misionero del mundo gentil.
A fin de prepararlo para esta extensa y difícil tarea, Dios le había
atraído en estrecha comunión consigo y había abierto ante su arrobada visión
las bellezas y glorias del cielo. Se le había confiado el ministerio de hacer
conocer el "misterio" que había estado "encubierto desde los
tiempos eternos," "el misterio de su voluntad, . . . el cual misterio
en los otros siglos no se dio a conocer a los hijos de los hombres como ahora
es revelado a sus santos apóstoles y profetas en el Espíritu: Que los Gentiles
sean juntamente herederos, e incorporados, y consortes de su promesa en Cristo
por el evangelio: Del cual declara Pablo, yo soy hecho ministro. . . . A mí,
que soy menos que el más pequeño de todos los santos, es dada esta gracia de
anunciar entre los Gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de
Cristo, y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido
desde los siglos en Dios, que crió todas las cosas. Para que la multiforme
sabiduría de Dios sea ahora notificada por la iglesia a los principados y
potestades en los cielos, conforme a la determinación eterna, que hizo en
Cristo Jesús nuestro Señor." (Rom. 16: 25; Efe: 1: 9; 3: 5-11.)
Dios había bendecido abundantemente las labores de
Pablo y Bernabé durante el año que permanecieron con los creyentes de
Antioquía. Pero ni uno ni otro había
sido ordenado todavía formalmente para el ministerio evangélico. Habían llegado a un punto en su experiencia
cristiana cuando Dios estaba por encomendarles el cumplimiento de una empresa
misionera difícil en cuya prosecución necesitarían todos los beneficios que pudieran
obtenerse por medio de la iglesia.
"Había entonces en la iglesia que estaba en
Antioquía, profetas y doctores: Bernabé, y Simón el que se llamaba Níger, y
Lucio Cireneo, y Manahén, . . . y Saulo.
Ministrando pues éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo:
Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra para la cual los he llamado."
Antes de ser enviados como misioneros al mundo pagano, estos apóstoles fueron
dedicados solemnemente a Dios con ayuno y oración por la imposición de las
manos. Así fueron autorizados por la
iglesia, no solamente para enseñar la verdad, sino para cumplir el rito del
bautismo, y para organizar iglesias, siendo investidos con plena autoridad
eclesiástica.
La iglesia cristiana estaba entrando entonces en una
era importante. La obra de proclamar el mensaje evangélico a los gentiles había
de proseguirse ahora con vigor; y como resultado la iglesia iba a ser
fortalecida por una gran cosecha de almas.
Los apóstoles que habían sido designados para dirigir esta obra iban a
exponerse a la suspicacia, los prejuicios y los celos. Sus enseñanzas concernientes al
derribamiento de "la pared intermedia de separación" (Efe. 2: 14),
que tanto tiempo había separado al mundo judío del gentil, iba a hacerlos
objeto naturalmente de la acusación de herejía; y su autoridad como ministros
del Evangelio iba a ser puesta en duda por muchos celosos creyentes
judíos. Dios previó las dificultades
que sus siervos estarían llamados a afrontar; y a fin de que su trabajo pudiera
estar por encima de toda crítica, indicó a la iglesia por revelación que se los
apartara públicamente para la obra del ministerio. Su ordenación fue un reconocimiento público de su elección divina
para llevar a los gentiles las alegres nuevas del Evangelio.
Tanto Pablo como Bernabé habían recibido ya su
comisión de Dios mismo, y la ceremonia de la imposición de las manos no añadía
ninguna gracia o cualidad virtual. Era
una forma reconocida de designación para un cargo señalado, y un reconocimiento
de la autoridad de uno para ese cargo.
Por ella se colocaba el sello de la iglesia sobre la obra de Dios. Para los judíos, esta forma era
significativa. Cuando un padre judío
bendecía a sus hijos, colocaba sus manos reverentemente sobre su cabeza. Cuando se dedicaba un animal al sacrificio,
uno investido de autoridad sacerdotal colocaba su mano sobre la cabeza de la
víctima. Y cuando los ministros de la iglesia de Antioquía colocaron sus manos
sobre Pablo y Bernabé, pidieron a Dios, por ese acto, que concediera su
bendición a los apóstoles escogidos, en la devoción de éstos a la obra
específica para la cual habían sido designados.
Ulteriormente, el rito de la ordenación por la
imposición de las manos fue grandemente profanado; se le atribuía al acto una
importancia infundada, como si sobre aquellos que recibían esa ordenación
descendiera un poder que los calificaba inmediatamente para todo trabajo
ministerial. Pero en el relato del
apartamiento de esos dos apóstoles no hay indicación de que ninguna virtud les
fue impartida por el mero acto de imponerles las manos. Se menciona simplemente su ordenación y la
relación que ésta tenía con su futura obra.
Las circunstancias relacionadas con la separación de
Pablo y Bernabé por el Espíritu Santo para una clase definida de servicio,
muestran claramente que el Señor obra por medio de los agentes señalados en su
iglesia organizada. Años antes, cuando
el Salvador mismo reveló a Pablo el propósito divino para con él, lo puso
inmediatamente en relación con los miembros de la recién organizada iglesia de
Damasco. Además, la iglesia de ese
lugar no fue dejada mucho tiempo a obscuras respecto a la experiencia personal
del fariseo convertido. Y ahora, cuando
la comisión divina dada en aquel tiempo había de realizarse más plenamente, el
Espíritu Santo, dando testimonio de nuevo concerniente a Pablo como vaso
escogido para llevar el Evangelio a los gentiles, confió a la iglesia la obra
de ordenarlo a él y a su colaborador.
Mientras los dirigentes de la iglesia de Antioquía estaban
"ministrando . . . al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme
a Bernabé y a Saulo para la obra para la cual los he llamado."
Dios ha constituido a su iglesia en la tierra en un
canal de luz, y por su medio comunica sus propósitos y su voluntad.
El no dará a uno de sus siervos una experiencia independiente de la
iglesia y contraria a la experiencia de ella.
No da a conocer a un hombre su voluntad para toda la iglesia, mientras
la iglesia el cuerpo le Cristo sea dejada en tinieblas. En su providencia, coloca a sus siervos en
estrecha relación con su iglesia, a fin de que tengan menos confianza en sí
mismos y mayor confianza en otros a quienes él está guiando para hacer
adelantar su obra.
Siempre ha habido en la iglesia quienes se inclinan
constantemente a la independencia individual.
Parecen incapaces de comprender que la independencia de espíritu puede
inducir al agente humano a tener demasiada confianza en sí mismo, y a confiar
en su propio juicio más bien que respetar el consejo y estimar debidamente el
juicio de sus hermanos, especialmente de aquellos que ocupan los puestos que
Dios ha señalado para la dirección de su pueblo. Dios ha investido a su iglesia
con especial autoridad y poder, que nadie tiene derecho de desatender y
despreciar; porque el que lo hace desprecia la voz de Dios.
Los que se inclinan a considerar su juicio individual
como supremo están en grave peligro. Es
un plan estudiado de Satanás separarlos de aquellos que son canales de luz y
por medio de quienes Dios ha obrado para unificar y extender su obra en la
tierra. Descuidar o despreciar a
aquellos a quienes Dios ha señalado para llevar las responsabilidades de la
dirección en relación con el avance de la verdad, es rechazar los medios que ha
dispuesto para ayudar, animar y fortalecer a su pueblo. El que cualquier obrero de la causa de Dios
pase por alto a los tales y piense que la luz divina no puede venir por ningún
otro medio que directamente de Dios, es colocarse en una posición donde está
expuesto a ser engañado y vencido por el enemigo. El Señor en su sabiduría ha dispuesto que por medio de la
estrecha relación que deberían mantener entre sí todos los creyentes, un
cristiano esté unido a otro cristiano, y una iglesia a otra iglesia. Así el instrumento humano será capacitado
para cooperar con el divino. Todo
agente ha de estar subordinado al Espíritu Santo, y todos los creyentes han de
estar unidos en un esfuerzo organizado y bien dirigido para dar al mundo las
alegres nuevas de la gracia de Dios.
Pablo consideró la ocasión de su ordenación formal
como el punto de partida que marcaba una nueva e importante época de su vida. Y
desde esa ocasión hizo arrancar más tarde el comienzo de su apostolado en la
iglesia cristiana.
Mientras la luz del Evangelio brillaba con esplendor
en Antioquía, los apóstoles que habían quedado en Jerusalén continuaban
haciendo una obra importante. Cada año,
en el tiempo de las fiestas, muchos judíos de todos los países iban a Jerusalén
para adorar en el templo. Algunos de esos peregrinos eran hombres de piedad ferviente y fervorosos estudiantes de las
profecías. Estaban aguardando y
ansiando el advenimiento del Mesías prometido, la esperanza de Israel. Mientras Jerusalén estaba llena de esos
forasteros, los apóstoles predicaban a Cristo con denodado valor, aunque sabían
que al hacerlo estaban arriesgando constantemente la vida. El Espíritu de Dios puso su sello sobre sus
labores; se obtuvieron muchos conversos a la fe; y éstos, al volver a sus
hogares en diversas partes del mundo, diseminaban las semillas de verdad en
todas las naciones, y entre todas las clases de la sociedad.
Entre los apóstoles que se ocupaban en esta obra, se
destacaban Pedro, Santiago y Juan, quienes creían que Dios los había señalado
para predicar a Cristo entre sus paisanos. Trabajaban fiel y sabiamente, dando
testimonio de las cosas que habían visto y oído; y apelando a la "palabra
profética más permanente" (2 Ped. 1: 19), esforzábanse por persuadir a
"la casa de Israel . . . que a este Jesús que" los judíos habían
rechazado, Dios había "hecho Señor y Cristo." (Hech. 2: 36.)