"Y EN el mismo tiempo el rey Herodes echó mano a
maltratar algunos de la iglesia."
El gobierno de Judea estaba entonces en manos de
Herodes Agripa, bajo Claudio, emperador romano. Herodes ocupaba también el puesto de tetrarca de Galilea. Profesaba ser prosélito de la fe judaica, y
aparentaba mucho celo por seguir las ceremonias de la ley judaica. Deseoso de obtener el favor de los judíos, y
con la esperanza de asegurarse así sus cargos y honores, procedió a llevar a
cabo los deseos de ellos persiguiendo a la iglesia de Cristo, despojando de
casas y bienes a los creyentes, y encarcelando a los principales miembros de la
iglesia. Encarceló a Jacobo, hermano de
Juan, y mandó al verdugo matarlo a espada, como otro Herodes lo había hecho con
el profeta Juan. Viendo que tales
esfuerzos agradaban a los judíos, encarceló también a Pedro.
Estas crueldades se practicaron durante la Pascua.
Mientras los judíos estaban celebrando su liberación de Egipto, y aparentando
gran celo por la ley de Dios, estaban al mismo tiempo transgrediendo todos los
principios de esa ley, persiguiendo y asesinando a los creyentes en Cristo.
La muerte de Jacobo causó gran pesar y consternación
entre los creyentes. Cuando Pedro
también fue encarcelado, toda la iglesia se puso a orar y ayunar.
El acto de Herodes al dar muerte a Jacobo fue
aplaudido por los judíos, aunque algunos se quejaron de la manera privada en
que se había llevado a cabo, aseverando que una ejecución pública habría
intimidado más cabalmente a los creyentes y a quienes simpatizaban con
ellos. Herodes, por lo tanto, siguió
custodiando a Pedro con la intención de complacer aún más a los judíos con el
espectáculo público de su muerte. Pero
hubo quienes sugirieron que no sería cosa segura sacar al veterano apóstol para
ejecutarlo públicamente en Jerusalén.
Temían que al verlo ir a la muerte, la multitud se compadeciese de él.
Los sacerdotes y ancianos temían también que Pedro
hiciese uno de esos poderosos llamamientos que con frecuencia habían incitado
al pueblo a estudiar la vida y el carácter de Jesús, llamamientos que ellos no
habían podido rebatir con todos sus argumentos. El celo de Pedro en defensa de la causa de Cristo había inducido
a muchos a decidirse por el Evangelio, y los magistrados temían que si se le
daba oportunidad de defender su fe en presencia de la multitud que había
acudido a la ciudad para adorar, su liberación sería exigida al rey.
Mientras que por diversos pretextos la ejecución de
Pedro fue postergada hasta después de la Pascua, los miembros de la iglesia
tuvieron tiempo para examinar profundamente sus corazones y orar con
fervor. Oraban sin cesar por Pedro;
porque les parecía que la causa no podría pasarlo sin él. Se daban cuenta de que habían llegado a un
punto en que sin la ayuda especial de Dios, la iglesia de Cristo sería
destruída.
Mientras tanto, los adoradores de todas las naciones
buscaban el templo que había sido dedicado al culto de Dios. Resplandeciente
con oro y piedras preciosas, ofrecía una vista de belleza y magnificencia. Pero Jehová no se hallaba más en ese hermoso
palacio. Israel como nación se había
divorciado de Dios. Cuando Cristo, casi
al fin de su ministerio terrenal, miró por última vez el interior del templo,
dijo: "He aquí vuestra casa os es dejada desierta." (Mat. 23: 38.)
Hasta entonces había llamado al templo la casa de su Padre, pero cuando el Hijo
de Dios salió de sus muros, la presencia de Dios fue quitada para siempre del
templo edificado a su gloria.
Finalmente fue señalado el día de la ejecución de
Pedro, pero las oraciones de los creyentes siguieron ascendiendo al cielo; y
mientras que todas sus energías y simpatías se expresaban en fervientes pedidos
de ayuda los ángeles de Dios velaban sobre el encarcelado apóstol.
Recordando cómo en ocasión anterior los apóstoles
habían escapado de la cárcel, Herodes había tomado esta vez dobles
precauciones. Para evitar toda
posibilidad de que se lo libertase, se había puesto a Pedro bajo la custodia de
dieciséis soldados que, en diversas guardias, cuidaban de él día y noche. En su celda, había sido colocado entre dos
soldados, y estaba ligado por dos cadenas, aseguradas a la muñeca de ambos
soldados. No podía moverse sin que
ellos lo supieran. Manteniendo las
puertas cerradas con toda seguridad y delante de ellas una fuerte guardia, se
había eliminado toda oportunidad de escapar por medios humanos. Pero la situación extrema del hombre es la
oportunidad de Dios.
Pedro estaba encerrado en una celda cortada en la
peña viva, cuyas puertas se hallaban atrancadas con fuertes cerrojos y barras;
y los soldados de guardia eran responsables de la custodia de su preso. Pero
los cerrojos y las barras y la guardia romana, que eliminaban eficazmente toda
posibilidad de ayuda humana, estaban destinados a hacer más completo el triunfo
de Dios en la liberación de Pedro. Herodes estaba alzando la mano contra el
Omnipotente, y había de resultar totalmente derrotado. Por la manifestación de su poder, Dios iba a
salvar la preciosa vida que los judíos se proponían quitar.
Llega la noche precedente a la propuesta
ejecución. Un poderoso ángel es enviado
del cielo para rescatar a Pedro. Las
pesadas puertas que guardan al santo de Dios se abren sin ayuda de manos
humanas. Pasa el ángel del Altísimo, y
las puertas se cierran sin ruido tras él.
Entra en la celda, donde yace Pedro, durmiendo el apacible sueño de la
confianza perfecta.
La luz que rodea al ángel llena la celda, pero no
despierta al apóstol. Antes de sentir el toque de la mano angélica y oír una
voz que le dice: "Levántate prestamente," no se despierta lo
suficiente para ver su celda iluminada por la luz del cielo, y a un ángel de
gran gloria de pie delante de él.
Mecánicamente obedece a lo que se le dice, y mientras se levanta y alza
las manos, se da vagamente cuenta de que las cadenas han caído de sus muñecas.
La voz del mensajero celestial le vuelve a decir:
"Cíñete, y átate tus sandalias," y Pedro vuelve a obedecer
mecánicamente, con la asombrada mirada fija en el visitante, y creyendo estar
soñando o en visión. Una vez más el ángel ordena: "Rodéate tu ropa, y
sígueme." Se dirige hacia la puerta, seguido por Pedro, tan locuaz de
costumbre, ahora mudo de asombro. Pasan
por encima de la guardia, y llegan a la pesada puerta cerrada con cerrojos, la
cual se abre de por sí, y vuelve a cerrarse inmediatamente, mientras que los
guardias de adentro y afuera están inmóviles en sus puestos.
Llegan a la segunda puerta, también guardada de
adentro y de afuera. Se abre como la
primera, sin chirrido de goznes, ni ruido de cerrojos. Ellos pasan, y vuelve a cerrarse
silenciosamente. De la misma manera
pasan por la tercera puerta, y se encuentran en la calle abierta. Ni una palabra es pronunciada; ni se oyen
pisadas. El ángel se desliza adelante,
rodeado de un deslumbrante esplendor, y Pedro, aturdido, y creyendo aun que
está soñando, sigue a su libertador.
Así pasan por una calle, y luego, cumplida la misión del ángel, éste
desaparece súbitamente.
La luz celestial se desvanece, y Pedro se encuentra
en profundas tinieblas; pero a medida que sus ojos se acostumbran a ellas,
éstas parecen disminuir gradualmente, y descubre que se halla solo en la calle
silenciosa, recibiendo el fresco soplo del aire nocturno en la frente. Se da cuenta de que está libre, en una parte
conocida de la ciudad; reconoce el lugar que a menudo ha frecuentado, y por el
que esperaba pasar por última vez a la mañana siguiente.
Entonces trató de recordar los sucesos de los pocos
momentos pasados. Recordó que se había
dormido, atado entre dos soldados, despojado de sus sandalias y ropa
exterior. Examinó su persona, y vio que
estaba completamente vestido y ceñido.
Sus muñecas hinchadas por efecto de los crueles hierros, estaban libres
de cadenas. Se percató de que su
libertad no era un engaño, ni un sueño ni una visión, sino una bendita
realidad. Por la mañana iba a ser
llevado a la ejecución; pero he aquí que un ángel lo había librado de la cárcel
y de la muerte. "Entonces Pedro,
volviendo en sí, dijo: Ahora entiendo verdaderamente que el Señor ha enviado su
ángel y me ha librado de la mano de Herodes, y de todo el pueblo de los Judíos
que me esperaba."
El apóstol se dirigió en seguida a la casa donde
estaban reunidos sus hermanos, y donde en ese mismo momento estaban orando
fervientemente por él. "Y tocando
Pedro a la puerta del patio, salió una muchacha, para escuchar, llamada Rhode:
la cual como conoció la voz de Pedro, de gozo no abrió el postigo, sino corriendo
adentro, dio nueva de que Pedro estaba al postigo. Y ellos le dijeron: Estás loca.
Mas ella afirmaba que así era.
Entonces ellos decían: Su ángel es.
"Mas Pedro perseveraba en llamar: y cuando
abrieron, viéronle, y se espantaron.
Mas él haciéndoles con la mano señal de que callasen, les contó cómo el
Señor le había sacado de la cárcel." Y Pedro "salió, y partió a otro
lugar." El gozo y la alabanza
llenaron los corazones de los creyentes, porque Dios había oído y contestado
sus oraciones, y había librado a Pedro de las manos de Herodes.
Por la mañana un gran número de gente se congregó
para presenciar la ejecución del apóstol.
Herodes envió a algunos oficiales a la prisión en busca de Pedro, quien
había de ser traído con un gran despliegue de armas y guardias, no sólo a fin
de asegurar que no se fugase, sino para intimidar a los simpatizantes, y
mostrar el poder del rey.
Cuando los guardias que velaban a la puerta
descubrieron que Pedro se había escapado, se llenaron de terror. Se les había dicho expresamente que sus
vidas serían demandadas por la vida de aquel a quien cuidaban. Y por eso, habían sido especialmente
vigilantes. Cuando los oficiales
llegaron en busca de Pedro, los soldados estaban todavía a la puerta de la
cárcel, los cerrojos y las barras quedaban firmes, y las cadenas estaban
todavía aseguradas a las muñecas de los dos soldados; pero el preso se había
ido.
Cuando tuvo noticia del libramiento de Pedro, Herodes
se exasperó y enfureció. Acusando de
infidelidad a los guardias de la cárcel ordenó que se les diese muerte. Herodes sabía que ningún poder humano había
rescatado a Pedro, pero estaba resuelto a no reconocer que un poder divino
había frustrado su designio, y desafió insolentemente a Dios.
Poco después que Pedro fuera librado de la cárcel,
Herodes fue a Cesarea. Mientras estaba allí, dio una gran fiesta, con el fin de
suscitar la admiración y conquistar el aplauso del pueblo. A esta fiesta asistieron los amantes de
placeres de muchos lugares, y se banqueteó mucho y se bebió mucho vino. Con gran pompa y ceremonia se presentó
Herodes ante el pueblo, y se dirigió a él en un elocuente discurso. Vestido con un manto resplandeciente de
plata y oro, que reflejaba los rayos del sol en sus relumbrantes pliegues y
deslumbraba los ojos de los espectadores, era de imponente figura. La majestad de su aspecto y la fuerza de sus
palabras bien escogidas ejercieron poderoso influjo sobre la asamblea. Sus sentidos estaban ya pervertidos por la
gula y el vino, y se quedaron deslumbrados por los atavíos de Herodes y
encantados por su porte y oratoria; de manera que con frenético entusiasmo le
tributaron adulación, declarando que ningún mortal podía presentar tal aspecto
y disponer de tan sorprendente elocuencia.
Dijeron, además, que aunque siempre lo habían respetado como gobernante,
de ahora en adelante lo adorarían como dios.
Algunos de aquellos cuyo voz estaba ahora
glorificando a un vil pecador, habían elevado, tan sólo pocos años antes, el
clamor frenético: ¡Quita a Jesús! ¡Crucifícale, crucifícale! Los judíos se
habían negado a recibir a Jesús, cuyas burdas vestiduras, a menudo sucias del
viajar, cubrían un corazón lleno de amor divino. Sus ojos no podían discernir,
bajo el exterior humilde, al Señor de la vida y la gloria, aun cuando el poder
de Cristo se había revelado ante ellos en obras que ningún hombre podía
hacer. Pero estaban dispuestos a adorar
como dios al rey altanero, cuyos magníficos vestidos de plata y oro cubrían un
corazón corrompido y cruel.
Herodes sabía que no merecía ninguna de las alabanzas
y homenajes que se le tributaban, y sin embargo aceptó la idolatría del pueblo
como si le fuera debida. Su corazón
saltaba de triunfo, y una expresión de orgullo satisfecho se notaba en su
semblante mientras oía el clamor: "Voz de Dios, y no de hombre."
Pero de repente lo sobrecogió un cambio
espantoso. Su rostro se puso pálido
como la muerte y convulsionado por la agonía.
Gruesas gotas de sudor brotaron de sus poros. Quedó un momento de pie como transido de dolor y terror; luego,
volviendo su semblante lívido hacia sus horrorizados amigos, exclamó en tono
hueco de desesperación: Aquel que
ensalzasteis como dios está herido de muerte.
Se lo sacó de la escena de orgía y pompa sufriendo la
angustia más torturante. Momentos antes
había recibido alabanzas y culto de una vasta muchedumbre; ahora se daba cuenta
de que se hallaba en las manos de un Gobernante mayor que él. Se sintió invadido por el remordimiento:
recordó su implacable persecución de los discípulos de Cristo; su cruel orden
de matar al inocente Jacobo, y su propósito de dar muerte al apóstol Pedro;
recordó cómo en su mortificación e ira frustrada había ejercido una venganza
irrazonable contra los guardias de la cárcel.
Sintió que él, el perseguidor implacable, había caído ahora en las manos
de Dios. No hallaba alivio del dolor
corporal ni de la angustia mental, ni tampoco tenía esperanza de obtenerlo.
Herodes conocía la ley de Dios que dice: "No
tendrás dioses ajenos delante de mí" (Ex. 20: 3); y sabía que al aceptar
la adoración del pueblo, había llenado la medida de su iniquidad, y atraído
sobre sí la justa ira de Jehová.
El mismo ángel que había bajado de los atrios
celestiales para librar a Pedro, había sido mensajero de ira y juicio para
Herodes. El ángel hirió a Pedro para despertarlo
de su sueño; pero fue con un golpe diferente como hirió al perverso rey,
humillando su orgullo y haciendo caer sobre él el castigo del
Todopoderoso. Herodes murió en gran
agonía mental y corporal bajo el justo castigo de Dios.
Esta demostración de la justicia divina tuvo una
poderosa influencia sobre el pueblo.
Fueron propagadas por todos los países las nuevas de que el apóstol de
Cristo había sido librado milagrosamente de la cárcel y de la muerte mientras
que su perseguidor había sido herido por la maldición de Dios, y esas nuevas
constituyeron el medio de inducir a muchos a creer en Cristo.
La experiencia de Felipe, dirigido por un ángel del
cielo para que fuese adonde había de encontrarse con uno que buscaba la verdad;
la de Cornelio, visitado por un ángel que le llevó un mensaje de Dios; la de
Pedro, que, encarcelado y condenado a muerte, fue sacado a un lugar seguro por
un ángel; todos estos casos demuestran cuán íntima es la relación que existe
entre el cielo y la tierra.
El relato de estas visitas angélicas debe
proporcionar fuerza y valor a aquel que trabaja por Dios. Hoy día, tan ciertamente como en el tiempo
de los apóstoles, los mensajeros celestiales recorren toda la anchura y
longitud de la tierra, tratando de consolar a los tristes, proteger a los
impenitentes, ganar los corazones de los hombres a Cristo. No podemos verlos personalmente; pero no
obstante, ellos están constantemente con nosotros para dirigirnos, guiarnos y
protegernos.
El cielo se acerca a la tierra por esa escalera
mística, cuya base está firmemente plantada en la tierra, mientras que su parte
superior llega al trono del Infinito.
Los ángeles están constantemente ascendiendo y descendiendo por esta
escalera de deslumbrante resplandor, llevando las oraciones de los menesterosos
y angustiados al Padre celestial, y trayendo bendición y esperanza, valor y
ayuda, a los hijos de los hombres. Esos
ángeles de luz crean una atmósfera celestial en derredor del alma, elevándonos
hacia lo invisible y eterno. No podemos
contemplar sus formas con nuestra vista natural; solamente mediante una visión
espiritual podemos discernir las cosas celestiales. Solamente el oído espiritual puede oír la armonía de las voces
celestiales.
"El ángel de Jehová acampa en derredor de los
que le temen, y los defiende." (Sal. 34: 7.) Dios envía a sus ángeles a salvar a sus escogidos de la
calamidad, a protegerlos de "pestilencia que ande en obscuridad," y
de "mortandad que en medio del día destruya." (Sal. 91: 6.) Repetidas
veces los ángeles han hablado con los hombres como un hombre habla con su
amigo, y los han guiado a lugares seguros. Vez tras vez las palabras
alentadoras de los ángeles han renovado los espíritus abatidos de los fieles,
elevando sus mentes por encima de las cosas de la tierra, y los han inducido a
contemplar por la fe las ropas blancas, las coronas y las palmas de victoria,
que los vencedores recibirán cuando circunden el gran trono blanco.
La obra de los ángeles consiste en acercarse a los
probados, dolientes o tentados. Trabajan
incansablemente en favor de aquellos por quienes Cristo murió. Cuando los pecadores son inducidos a
entregarse al Salvador, los ángeles llevan las nuevas al cielo, y hay gran
regocijo entre la hueste celestial. "Habrá más gozo en el cielo de un
pecador que se arrepiente, que de noventa y nueve justos, que no necesitan
arrepentimiento." (Luc. 15: 7.) De
todo esfuerzo de nuestra parte por disipar las tinieblas y difundir el
conocimiento de Cristo, se lleva un informe al cielo. Y al referirse la acción ante el Padre, el gozo conmueve todas
las huestes celestiales.
Los principados y las potestades de los cielos están
contemplando la guerra que, en circunstancias aparentemente desalentadoras,
están riñendo los siervos de Dios. Se
verifican nuevas conquistas, se ganan nuevos honores a medida que los
cristianos, congregándose en derredor del estandarte de su Redentor, salen a
pelear la buena batalla de la fe. Todos
los ángeles celestiales están al servicio de los humildes y creyentes hijos de
Dios; y cuando el ejército de obreros canta aquí en la tierra sus himnos de
alabanza, el coro celestial se une a él para tributar loor a Dios y a su Hijo.
Necesitamos comprender más plenamente la misión de
los ángeles. Sería bueno recordar que cada verdadero hijo de Dios cuenta con la
cooperación de los seres celestiales.
Ejércitos invisibles de luz y poder acompañan a los mansos y humildes
que creen y aceptan las promesas de Dios; hay a la diestra de Dios querubines y
serafines, y ángeles poderosos en fortaleza, "son todos espíritus
administradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de
salud." (Heb. 1: 14.)