DESPUÉS de su bautismo, Pablo dejó de ayunar y
permaneció "por algunos días con los discípulos que estaban en
Damasco. Y luego en las sinagogas
predicaba a Cristo, diciendo que éste era el Hijo de Dios." Osadamente
declaraba que Jesús de Nazaret era el Mesías por mucho tiempo esperado, que
"fue muerto por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; . . . fue
sepultado, y . . . resucitó al tercer día," después de lo cual fue visto
por los doce, y por otros. "Y el postrero de todos," añadió Pablo,
"como a un abortivo, me apareció a mí." (1 Cor. 15: 3, 4, 8.) Sus argumentos de las profecías eran tan
concluyentes, y sus esfuerzos estaban tan manifiestamente asistidos por el
poder de Dios, que los judíos se confundían y eran incapaces de contestarle.
Las noticias de la conversión de Pablo llegaron a los
judíos produciendo una gran sorpresa.
El que había ido a Damasco "con potestad y comisión de los
príncipes de los sacerdotes" (Hech. 26: 12), para aprehender y perseguir a
los creyentes, estaba ahora predicando el Evangelio de un Salvador crucificado
y resucitado, fortaleciendo las manos de los que eran ya sus discípulos, y
trayendo continuamente nuevos conversos a la fe que una vez combatió
acerbamente.
Pablo había sido conocido anteriormente como un
celoso defensor de la religión judía, y un incansable perseguidor de los
seguidores de Jesús. Era valeroso, independiente, perseverante, y sus talentos
y preparación le capacitaban para prestar casi cualquier servicio. Razonaba con
extraordinaria claridad, y mediante su aplastador sarcasmo podía colocar a un
oponente en situación nada envidiable.
Y ahora los judíos veían a ese joven de posibilidades extraordinarias
unido a los que anteriormente había perseguido, y predicando sin temor en el
nombre de Jesús.
Un general muerto en la batalla es una pérdida para
su ejército, pero su muerte no da fuerza adicional al enemigo. Más cuando un hombre eminente se une al
adversario, no solamente se pierden sus servicios, sino que aquellos a quienes
él se une obtienen una decidida ventaja.
Saulo de Tarso, en el camino a Damasco, podría fácilmente haber sido
muerto por el Señor, y se hubiera restado mucha fuerza al poder
perseguidor. Pero Dios en su
providencia no sólo le perdonó la vida, sino que lo convirtió, transfiriendo
así un campeón del bando del enemigo al bando de Cristo. Como elocuente orador y crítico severo,
Pablo, con su firme propósito y denodado valor, poseía precisamente las
cualidades que se necesitaban en la iglesia primitiva.
Mientras Pablo predicaba a Cristo en Damasco, todos
los que lo oían se asombraban, y decían:
"¿No es éste el que asolaba en Jerusalén a los que invocaban este
nombre, y a eso vino acá, para llevarlos presos a los príncipes de los
sacerdotes?" Pablo declaraba que
su cambio de fe no había sido provocado por impulso o fanatismo, sino por una
evidencia abrumadora. Al presentar el
Evangelio, trataba de exponer con claridad las profecías relativas al primer
advenimiento de Cristo. Mostraba
concluyentemente que esas profecías se habían cumplido literalmente en Jesús de
Nazaret. El fundamento de su fe era la segura palabra profética.
A medida que Pablo continuaba instando a sus
asombrados oyentes a "que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios,
haciendo obras dignas de arrepentimiento" (Hech. 26: 20), "mucho más
se esforzaba, y confundía a los Judíos que moraban en Damasco, afirmando que
éste es el Cristo." Pero muchos
endurecieron sus corazones y rehusaron responder a su mensaje; y pronto su
asombro por la conversión de Saulo se trocó en intenso odio, como el que habían
manifestado para con Jesús.
La oposición se tornó tan fiera que no se le permitió
a Pablo continuar sus labores en Damasco.
Un mensajero del cielo le ordenó que dejara el lugar por un tiempo; y
fue "a la Arabia" (Gál. 1: 17), donde halló un refugio seguro.
Allí, en la soledad del desierto, Pablo tenía amplia
oportunidad para estudiar y meditar con quietud. Repasó serenamente su experiencia pasada, y se arrepintió
cabalmente. Buscó a Dios con todo su
corazón, sin descansar hasta saber con certeza que su arrepentimiento fue
aceptado y sus pecados perdonados. Anhelaba
tener la seguridad de que Jesús estaría con él en su ministerio futuro. Vació
su alma de los prejuicios y tradiciones que hasta entonces habían amoldado su
vida, y recibió instrucción de la Fuente de la verdad. Jesús se comunicó con
él, y lo estableció en la fe concediéndole una rica medida de sabiduría y
gracia.
Cuando la mente del hombre se pone en comunión con la
mente de Dios, el ser finito con el Infinito, el efecto sobre el cuerpo, la
mente y el alma es superior a todo cálculo.
En esa comunión se halla la más elevada educación. Es el método de Dios para desarrollar a los
hombres. "Amístate ahora con él" (Job 22: 21), es su mensaje a la
humanidad.
El solemne cometido que se dio a Pablo en ocasión de
su entrevista con Ananías pesaba de modo creciente sobre su corazón. Cuando, en respuesta a las palabras:
"Hermano Saulo, recibe la vista," Pablo había mirado por primera vez
el rostro de este hombre devoto, Ananías, bajo la inspiración del Espíritu
Santo, le dijo: "El Dios de nuestros padres te ha predestinado para que
conocieses su voluntad, y vieses a aquel Justo, y oyeses la voz de su boca.
Porque has de ser testigo suyo a todos los hombres, de lo que has visto y oído.
Ahora pues, ¿por qué te detienes? Levántate, y bautízate, y lava tus pecados,
invocando su nombre." (Hech. 22: 14-16.)
Estas palabras estaban en armonía con las de Jesús
mismo, quien, cuando detuvo a Saulo en el camino a Damasco, declaró: "Para
esto te he aparecido, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has
visto, y de aquellas en que apareceré a ti: librándote del pueblo y de los
Gentiles, a los cuales ahora te envío, para que abras sus ojos, para que se
conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para
que reciban, por la fe que es en mí, remisión de pecados y suerte entre los
santificados." (Hech. 26: 16-18.)
Mientras consideraba estas cosas en su corazón, Pablo
entendía más y más claramente el significado de su llamamiento "a ser
apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios." (1 Cor. 1: 1.) Su
llamamiento había provenido, "no de los hombres, ni por hombre, mas por Jesucristo
y por Dios el Padre." (Gál. 1: 1.)
La magnitud de la obra que le aguardaba le indujo a estudiar mucho las
Sagradas Escrituras, a fin de poder predicar el Evangelio "no en sabiduría
de palabras, porque no sea hecha vana la cruz de Cristo," "mas con
demostración del Espíritu y de poder," para que la fe de todos los que lo
oyeran "no esté fundada en sabiduría de hombres, mas en poder de
Dios." (1 Cor. 1: 17; 2: 4, 5.)
Mientras Pablo escudriñaba las Escrituras, descubrió
que a través de los siglos, "no . . . muchos sabios según la carne, no
muchos poderosos, no muchos nobles; antes lo necio del mundo escogió Dios, para
avergonzar a los sabios; y lo flaco del mundo escogió Dios, para avergonzar lo
fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es,
para deshacer lo que es: para que ninguna carne se jacte en su presencia."
(1 Cor. 1:26-29.) Y así, viendo la sabiduría del mundo a la luz de la cruz,
Pablo se propuso "no conocer nada, . . . sino a Jesucristo, y a éste crucificado."
(1 Cor. 2: 2. V.M.)
En el curso de su ministerio ulterior, Pablo nunca
perdió de vista la fuente de su sabiduría y fuerza. Oídlo años más tarde declarar todavía: "Para mí el vivir es
Cristo." (Fil. 1: 21.) Y otra vez: "Y ciertamente, aun reputo todas
las cosas pérdida por el eminente conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por
amor del cual lo he perdido todo, . . . para ganar a Cristo, y ser hallado en
él, no teniendo mi justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de
Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; a fin de conocerle, y la virtud
de su resurrección, y la participación de sus padecimientos." (Fil. 3:
8-10.)
De Arabia volvió Pablo "de nuevo a Damasco"
(Gál. 1: 17)," y hablaba confiadamente en el nombre de Jesús." Incapaces los judíos de rebatir la sabiduría
de sus argumentos, "hicieron entre sí consejo de matarle." Día y noche guardaron diligentemente las
puertas de la ciudad para que no escapara.
Esta crisis movió a los discípulos a buscar a Dios ardientemente, y al
fin, "tomándole de noche, le bajaron por el muro en una espuerta."
Después de haber huído de Damasco, fue Pablo a
Jerusalén a los tres años de su conversión, con el principal objeto de
"ver a Pedro," según él mismo declaró después. Al llegar a la ciudad donde tan conocido
fuera un tiempo como Saulo el perseguidor, "tentaba de juntarse con los
discípulos; mas todos tenían miedo de él, no creyendo que era
discípulo." Era difícil para ellos
creer que ese fanático fariseo, que tanto había hecho para destruir la iglesia,
pudiese llegar a ser un sincero seguidor de Jesús. "Entonces Bernabé, tomándole, lo trajo a los apóstoles, y
contóles cómo había visto al Señor en el camino, y que le había hablado, y cómo
en Damasco había hablado confiadamente en el nombre de Jesús."
Al oír esto, los discípulos lo admitieron en su
medio, y muy luego tuvieron abundantes pruebas de la sinceridad de su
experiencia cristiana. El futuro
apóstol de los gentiles estaba a la sazón en la ciudad donde residían muchos de
sus antiguos colegas, y anhelaba explicar a estos dirigentes judíos las
profecías referentes al Mesías, que se habían cumplido con el advenimiento del
Salvador. Tenía Pablo la seguridad de que los doctores de Israel con quienes
tan bien relacionado estuvo, eran igualmente sinceros y honrados como había
sido él; pero no tuvo Pablo en cuenta el ánimo de sus colegas judíos, y se
trocaron en amargo desengaño las esperanzas que había puesto en su rápida
conversión. Aunque "hablaba
confiadamente en el nombre del Señor: y disputaba con los Griegos," los
dignatarios de la iglesia judaica no quisieron creer, y "procuraban
matarle." Entristecióse el corazón
de Pablo. De bonísima gana hubiera dado
su vida, si con ello trajera a alguien al conocimiento de la verdad. Avergonzado, pensaba en la activa parte que
había tomado en el martirio de Esteban; y en su ansiedad de lavar la mancha
arrojada sobre el calumniado mártir, quería vindicar la verdad por la cual
había entregado Esteban su vida.
Afligido por la ceguera de los incrédulos, estaba
Pablo orando en el templo, según él mismo atestiguó después, cuando cayó en
éxtasis, y apareciósele un mensajero celestial que le dijo: "Date prisa, y
sal prestamente fuera de Jerusalén; porque no recibirán tu testimonio de
mí." (Hech. 22: 18.)
Pablo estaba inclinado a quedarse en Jerusalén, donde
podría arrostrar la oposición. Le
parecía un acto cobarde la huída, si quedándose podía convencer a algunos de
los obstinados judíos de la verdad del mensaje evangélico, aunque el quedarse
le costara la vida. Así que respondió: "Señor, ellos saben que yo encerraba en
cárcel, y hería por las sinagogas a los que creían en ti; y cuando se derramaba
la sangre de Esteban tu testigo, yo también estaba presente, y consentía a su muerte
y guardaba las ropas de los que lo mataban." Pero no estaba de acuerdo con los designios de Dios que su siervo
expusiera inútilmente su vida; y el mensajero celestial replicó: "Ve,
porque yo te tengo que enviar lejos a los Gentiles." (Vers. 19-21.)
Al enterarse de esta visión, los hermanos se apresuraron
a facilitar a Pablo la fuga, en secreto, de Jerusalén, por temor de que lo
asesinaran, y "le acompañaron hasta Cesarea, y le enviaron a
Tarso." La partida de Pablo
suspendió por algún tiempo la violenta oposición de los judíos, y la iglesia
disfrutó de un período de sosiego, durante el cual se multiplicó el número de
creyentes.