DESPUÉS de la muerte de Esteban, se levantó contra
los creyentes de Jerusalén una persecución tan violenta que "todos fueron
esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria." Saulo "asolaba la
iglesia entrando por las casas: y trayendo hombres y mujeres, los entregaba en
la cárcel." En cuanto a su celo en
esta cruel obra, él dijo ulteriormente:
"Yo ciertamente había pensado deber hacer muchas cosas contra el
nombre de Jesús de Nazaret: lo cual también hice en Jerusalén, y yo encerré en
cárceles a muchos de los santos. . . . Y muchas veces, castigándolos por todas
las sinagogas, los forcé a blasfemar; y enfurecido sobremanera contra ellos,
los perseguí hasta en las ciudades extrañas." Por las palabras de Saulo:
"Cuando eran matados, yo di mi voto," puede verse que Esteban no era
el único que sufrió la muerte. (Hech. 26: 9-11.)
En este tiempo de peligro, Nicodemo confesó sin temor
su fe en el Salvador crucificado.
Nicodemo era miembro del Sanedrín, y con otros había sido conmovido por
la enseñanza de Jesús. Al presenciar
las maravillosas obras de Cristo, se había apoderado de él la convicción de que
ése era el enviado de Dios. Por cuanto
era demasiado orgulloso para reconocer abiertamente su simpatía por el Maestro
galileo, había procurado tener una entrevista secreta. En esa entrevista, Jesús le había expuesto
el plan de la salvación y su misión en el mundo; sin embargo Nicodemo había
seguido vacilante. Ocultó la verdad en su corazón, y por tres años hubo poco
fruto aparente. Pero aunque Nicodemo no
había reconocido públicamente a Cristo, repetidas veces había desbaratado en el
Sanedrín las maquinaciones de los sacerdotes de destruirlo. Cuando al fin
Cristo fue crucificado, Nicodemo recordó las palabras que le había hablado en
la entrevista nocturna en el Monte de las Olivas: "Como Moisés levantó la
serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea
levantado" (Juan 3: 14); y vio en Jesús al Redentor del mundo.
En compañía de José de Arimatea, Nicodemo había
sufragado los gastos de la sepultura de Jesús.
Los discípulos habían temido mostrarse abiertamente como seguidores de
Cristo, pero Nicodemo y José habían acudido osadamente en su auxilio. La ayuda de estos hombres ricos y honrados
era grandemente necesaria en esta hora de tinieblas. Ellos habían podido hacer por su Señor muerto lo que hubiera sido
imposible para los pobres discípulos; y su riqueza e influencia los habían
protegido, en gran medida, de la malicia de los sacerdotes y gobernantes.
Cuando los judíos trataron de destruir la naciente
iglesia, Nicodemo salió en su defensa.
Libre ya de la cautela y dudas anteriores, estimuló la fe de los
discípulos y empleó su riqueza en ayudar a sostener la iglesia de Jerusalén, y
en llevar adelante la obra del Evangelio.
Aquellos que en otros días le habían rendido homenaje, ahora le
despreciaban y perseguían; y llegó a ser pobre en los bienes de este mundo; no
obstante, no vaciló en la defensa de su fe.
La persecución que sobrevino a la iglesia de
Jerusalén dio gran impulso a la obra del Evangelio. El éxito había acompañado la ministración de la palabra en ese
lugar, y había peligro de que los discípulos permanecieran demasiado tiempo
allí, desatendiendo la comisión del Salvador de ir a todo el mundo. Olvidando que la fuerza para resistir al mal
se obtiene mejor mediante el servicio agresivo, comenzaron a pensar que no
tenían ninguna obra tan importante como la de proteger a la iglesia de
Jerusalén de los ataques del enemigo.
En vez de enseñar a los nuevos conversos a llevar el Evangelio a
aquellos que no lo habían oído, corrían el peligro de adoptar una actitud que
indujera a todos a sentirse satisfechos con lo que habían realizado. Para dispersar a sus representantes, donde
pudieran trabajar para otros, Dios permitió que fueran perseguidos. Ahuyentados de Jerusalén, los creyentes
"iban por todas partes anunciando la palabra."
Entre aquellos a quienes el Salvador había dado la
comisión: "Id, y doctrinad a todos los Gentiles" (Mat. 28: 19), se
contaban muchos de clase social humilde, hombres y mujeres que habían aprendido
a amar a su Señor, y resuelto seguir su ejemplo de abnegado servicio. A estos
humildes hermanos, así como a los discípulos que estuvieron con el Salvador
durante su ministerio terrenal, se les había entregado un precioso
cometido. Debían proclamar al mundo la
alegre nueva de la salvación por Cristo.
Al ser esparcidos por la persecución, salieron llenos
de celo misionero. Comprendían la responsabilidad de su misión. Sabían que en sus manos llevaban el pan de
vida para un mundo famélico; y el amor de Cristo los movía a compartir este pan
con todos los necesitados. El Señor
obró por medio de ellos. Doquiera iban, sanaban los enfermos y los pobres oían
la predicación del Evangelio.
Felipe, uno de los siete diáconos, fue de los
expulsados de Jerusalén. "Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les
predicaba a Cristo. Y las gentes
escuchaban atentamente unánimes las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las
señales que hacía. Porque de muchos que tenían espíritus inmundos, salían
éstos; . . . y muchos paralíticos y cojos eran sanados: así que había gran gozo
en aquella ciudad."
El mensaje de Cristo a la samaritana con la cual
había hablado junto al pozo de Jacob, había producido fruto. Después de escuchar sus palabras, la mujer
había ido a los hombres de la ciudad, y les había dicho: "Venid, ved un
hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿si quizá es éste el
Cristo?" Ellos fueron con ella,
oyeron a Jesús, y creyeron en él.
Ansiosos de oír más, le rogaron a Jesús que se quedase con ellos.
Por dos días él se detuvo allí, "y creyeron
muchos más por la palabra de él." (Juan 4: 29, 41.)
Y cuando sus discípulos fueron expulsados de
Jerusalén, algunos hallaron seguro asilo en Samaria. Los samaritanos dieron la bienvenida a estos mensajeros del
Evangelio, y los judíos convertidos recogieron una preciosa mies entre aquellos
que habían sido antes sus más acerbos enemigos.
La obra de Felipe en Samaria tuvo gran éxito, y
alentado por ello, solicitó ayuda de Jerusalén. Los apóstoles comprendieron entonces más plenamente el
significado de las palabras de Cristo: "Y me seréis testigos en Jerusalén,
y en toda Judea, y Samaria, y hasta lo último de la tierra." (Hech. 1: 8.)
Mientras Felipe estaba todavía en Samaria, un mensajero
celestial le mandó que fuera "hacia el mediodía, al camino que desciende
de Jerusalén a Gaza . . . . Entonces él se levantó y fue." No puso en duda el llamamiento ni vaciló en
obedecer, porque había aprendido a conformarse con la voluntad de Dios.
"Y he aquí un Etíope, eunuco, gobernador de
Candace, reina de los Etíopes, el cual era puesto sobre todos sus tesoros, y
había venido a adorar a Jerusalén, se volvía sentado en su carro, y leyendo el
profeta Isaías." Este etíope era hombre de buena posición y amplia
influencia. Dios vio que, una vez convertido, comunicaría a otros la luz
recibida, y ejercería poderoso influjo en favor del Evangelio. Los ángeles del Señor asistían a este hombre
que buscaba luz, y le atraían al Salvador.
Por el ministerio del Espíritu Santo, el Señor lo puso en relación con
quien podía conducirlo a la luz.
A Felipe se le mandó que fuese al encuentro del
etíope y le explicase la profecía que iba leyendo. El Espíritu dijo: "Llégate, y júntate a este carro."
Una vez cerca, preguntó Felipe al eunuco: "¿Entiendes lo que lees? Y él
dijo: ¿Y cómo podré, si alguno no me enseñare? Y rogó a Felipe que subiese, y
se sentase con él." El etíope leía
la profecía de Isaías referente a Cristo, que dice: "Como oveja a la muerte fue llevado; y como cordero mudo
delante del que le trasquila, así no abrió su boca: en su humillación su juicio
fue quitado: mas su generación, ¿quién la contará? porque es quitada de la
tierra su vida."
El eunuco preguntó: "¿De quién el profeta dice
esto? ¿de sí, o de otro alguno?"
Entonces Felipe le declaró la gran verdad de la redención. Comenzando desde dicho pasaje de la
Escritura, "le anunció el evangelio de Jesús."
El corazón del etíope se conmovió de interés cuando
Felipe le explicó las Escrituras, y al terminar el discípulo, el hombre se
mostró dispuesto a aceptar la luz que se le daba. No alegó su alta posición mundana como excusa para rechazar el
Evangelio. "Y yendo por el camino,
llegaron a cierta agua; y dijo el eunuco: He aquí agua; ¿qué impide que yo sea
bautizado? Y Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es
el Hijo de Dios. Y mandó parar el
carro: y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco; y bautizóle.
"Y como subieron del agua, el Espíritu del Señor
arrebató a Felipe; y no le vio más el eunuco, y se fue por su camino
gozoso. Felipe empero se halló en
Azoto: y pasando, anunciaba el evangelio en todas las ciudades, hasta que llegó
a Cesarea."
Este etíope simboliza una numerosa clase de personas
que necesita ser enseñada por misioneros como Felipe, esto es por hombres que
escuchen la voz de Dios y vayan adonde él los envíe. Muchos leen las Escrituras sin comprender su verdadero sentido. En todo el mundo, hay hombres y mujeres que
miran fijamente al cielo. Oraciones, lágrimas e interrogaciones brotan de las
almas anhelosas de luz en súplica de gracia y de la recepción del Espíritu
Santo. Muchos están en el umbral del reino esperando únicamente ser
incorporados en él.
Un ángel guió a Felipe a uno que anhelaba luz y
estaba dispuesto a recibir el Evangelio. Hoy también los ángeles guiarán los
pasos de aquellos obreros que consientan en que el Espíritu Santo santifique
sus lenguas y refine y ennoblezca sus corazones.
El ángel enviado a Felipe podría haber efectuado por
sí mismo la obra en favor del etíope; pero no es tal el modo que Dios tiene de
obrar. Su plan es que los hombres
trabajen en beneficio de sus prójimos.
En la comisión dada a los primeros discípulos, se
hallan incluidos los creyentes de todas las edades. Todo el que aceptó el Evangelio, recibió una verdad sagrada para
impartirla al mundo. El pueblo fiel de
Dios fue siempre constituido por misioneros activos, que consagraban sus
recursos al honor de su nombre y usaban sabiamente sus talentos en su servicio.
La abnegada labor de los cristianos del pasado
debería ser para nosotros una lección objetiva y una inspiración. Los miembros de la iglesia de Dios deben ser
celosos de buenas obras, renunciar a las ambiciones mundanales, y caminar en
los pasos de Aquel que anduvo haciendo bienes.
Con corazones llenos de simpatía y con pasión, han de ministrar a los
que necesitan ayuda, y comunicar a los pecadores el conocimiento del amor del
Salvador. Semejante trabajo requiere
empeñoso esfuerzo, pero produce una rica recompensa. Los que se dedican a él con sinceridad de propósito verán almas
ganadas al Salvador; porque la influencia que acompaña al cumplimiento práctico
de la comisión divina es irresistible.
Tampoco recae únicamente sobre el pastor ordenado la
responsabilidad de salir a realizar la comisión evangélica. Todo el que ha recibido a Cristo está
llamado a trabajar por la salvación de sus prójimos. "Y el Espíritu y la
Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven." (Apoc. 22: 17.) A toda la iglesia incumbe el deber de dar
esta invitación. Todo el que la ha oído
ha de hacer repercutir este mensaje por valles y montes: "Ven."
Es un error fatal suponer que la obra de salvar almas
depende solamente del ministerio. El
humilde y consagrado creyente a quien el Señor de la viña le ha dado
preocupación por las almas, debe ser animado por los hombres a quienes Dios ha
confiado mayores responsabilidades. Los
dirigentes de la iglesia de Dios han de comprender que la comisión del Salvador
se da a todo el que cree en su nombre.
Dios enviará a su viña a muchos que no han sido dedicados al ministerio
por la imposición de las manos.
Cientos, sí, miles que han oído el mensaje de
salvación, están todavía ociosos en la plaza, cuando podrían estar empleados en
algún ramo de servicio activo. A los
tales Cristo les dice: "¿Por qué estáis aquí todo el día ociosos?" y
añade: "Id también vosotros a mi viña." (Mat. 20: 6, 7.) ¿Por qué muchos más no responden al llamado?
¿Es porque se consideran excusados por el hecho de no predicar desde el
púlpito? Ojalá entiendan que hay una gran obra que debe hacerse fuera del
púlpito, por miles de consagrados miembros laicos.
Largo tiempo ha esperado Dios que el espíritu de servicio se posesione de la iglesia entera, de suerte que cada miembro trabaje por él según su capacidad. Cuando los miembros de la iglesia de Dios efectúen su labor señalada en los campos menesterosos de su país y del extranjero, en cumplimiento de la comisión evangélica, pronto será amonestado el mundo entero, y el Señor Jesús volverá a la tierra con poder y grande gloria. "Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, por testimonio a todos los Gentiles; y entonces vendrá el fin." (Mat. 24: 14.)