ESTEBAN el más
destacado de los siete diáconos, era varón de profunda piedad y gran fe. Aunque
judío de nacimiento, hablaba griego y estaba familiarizado con los usos y
costumbres de los griegos, por lo que tuvo ocasión de predicar el Evangelio en
las sinagogas de los judíos griegos.
Era muy activo en la causa de Cristo y proclamaba osadamente su fe.
Eruditos rabinos y doctores de la ley entablaron con él discusiones públicas,
confiados en obtener fácil victoria. Pero "no podían resistir a la
sabiduría y al espíritu con que hablaba." No sólo hablaba con la virtud
del Espíritu Santo, sino que era evidente que había estudiado las profecías y
estaba versado en todas las cuestiones de la ley. Hábilmente defendía las verdades por que abogaba, y venció por
completo a sus adversarios. En él se cumplió la promesa: "Poned pues en
vuestros corazones no pensar antes cómo habéis de responder: porque yo os daré
boca y sabiduría, a la cual no podrán resistir ni contradecir todos los que se
os opondrán." (Luc. 21: 14, 15.)
Al ver los sacerdotes y magistrados el poder que
acompañaba a la predicación de Esteban, le cobraron acerbo odio, y en vez de
rendirse a las pruebas que presentaba resolvieron acallar su voz matándolo. En
varias ocasiones sobornaron a las autoridades romanas para que pasasen por alto
sin comentario casos en que los judíos habían hecho justicia por sus propias
manos, juzgando, condenando y ejecutando presos de acuerdo con su costumbre
nacional. Los enemigos de Esteban no dudaron de que también en este caso
podrían seguir esta conducta sin peligro para sí mismos. Decidieron correr el
riesgo, así que echaron mano de Esteban y lo llevaron ante el consejo del
Sanedrín para juzgarlo.
Llamaron a eruditos judíos de los países comarcanos
para que refutasen los argumentos del preso. Saulo de Tarso estaba presente y
tomó muy activa parte contra Esteban, aportando todo el peso de su elocuencia y
la lógica de los rabinos a fin de convencer a las gentes de que Esteban
predicaba falsas y perniciosas doctrinas. Pero Saulo encontró en Esteban un
varón que comprendía plenamente los designios de Dios en la difusión del
Evangelio por las demás naciones.
En vista de que no podían rebatir la clara y serena
sabiduría de Esteban, los sacerdotes y magistrados resolvieron hacer con él un
escarmiento, de modo que a la par de satisfacer su odio vengativo impidiesen
por el miedo que otros aceptaran sus creencias. Sobornaron a unos cuantos
testigos para que levantaran el falso testimonio de que le habían oído
blasfemar contra el templo y la ley. Los testigos declararon: "Le hemos
oído decir, que este Jesús de Nazaret destruirá este lugar, y mudará las
ordenanzas que nos dio Moisés."
Mientras Esteban se hallaba frente a frente con sus
jueces para responder a la acusación de blasfemia, brillaba sobre su semblante
un santo fulgor de luz, y "todos los que estaban sentados en el concilio,
puestos los ojos en él, vieron su rostro como el rostro de un ángel."
Muchos de los que contemplaron esa luz, temblaron y encubrieron su rostro; pero
la obstinada incredulidad y los prejuicios de los magistrados no vacilaron.
Cuando interrogaron a Esteban respecto de si eran
ciertas las acusaciones formuladas contra él, defendiose con clara y penetrante
voz que resonó en toda la sala del concilio.
Con palabras que cautivaron al auditorio, procedió a repasar la historia
del pueblo escogido de Dios, demostrando completo conocimiento de la
dispensación judaica y de su interpretación espiritual, ya manifestada por
Cristo. Repitió las palabras de Moisés
referentes al Mesías: "Profeta os levantará el Señor Dios vuestro de
vuestros hermanos, como yo; a él oiréis."
Evidenció su lealtad para con Dios y la fe judaica, aunque demostrando
que la ley en que confiaban los judíos para su salvación no había podido salvar
a Israel de la idolatría. Relacionó a
Jesucristo con toda la historia del pueblo judío. Refirióse a la edificación del templo por Salomón, y a las
palabras de Salomón e Isaías: "Si bien el Altísimo no habita en templos
hechos de mano; como el profeta dice:
El cielo es mi trono, y la tierra es el estrado de mis pies. ¿Qué casa me edificaréis? dice el Señor; ¿o
cuál es el lugar de mi reposo? ¿No hizo mi mano todas estas cosas?"
Al llegar Esteban a este punto, se produjo un tumulto
entre los oyentes. Cuando relacionó a
Cristo con las profecías, y habló de aquel modo del templo, el sacerdote rasgó
sus vestiduras, fingiéndose horrorizado.
Esto fue para Esteban un indicio de que su voz iba pronto a ser acallada
para siempre. Vio la resistencia que
encontraban sus palabras y comprendió que estaba dando su postrer
testimonio. Aunque no había llegado más
que a la mitad de su discurso, lo terminó abruptamente.
De pronto, interrumpiendo el relato histórico que
proseguía, y volviéndose hacia sus enfurecidos jueces, exclamó: "Duros de
cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos, vosotros resistís siempre al
Espíritu Santo: como vuestros padres, así también vosotros. ¿A cuál de los
profetas no persiguieron vuestros padres? y mataron a los que antes anunciaron
la venida del Justo, del cual vosotros ahora habéis sido entregadores y
matadores; que recibisteis la ley por disposición de ángeles, y no la
guardasteis."
Al oír esto, la ira
puso fuera de sí a los sacerdotes y magistrados. Obrando más bien como fieras
que como seres humanos, se abalanzaron contra Esteban crujiendo los
dientes. El preso leyó su destino en
los crueles rostros que le cercaban, pero no se inmutó. No temía la muerte ni
le aterrorizaban los furiosos sacerdotes ni las excitadas turbas. Perdió de vista el espectáculo que se
ofrecía a sus ojos, se le entreabrieron las puertas del cielo, y vio la gloria
de los atrios de Dios y a Cristo que se levantaba de su trono como para
sostener a su siervo. Con voz de triunfo exclamó Esteban: "He aquí, veo los
cielos abiertos, y al Hijo del hombre que está a la diestra de Dios."
Al describir Esteban la gloriosa escena que sus ojos
contemplaban, ya no pudieron aguantar más sus perseguidores. Se taparon los oídos para no oírlo, y dando
grandes voces, arremetieron unánimes contra él, lo echaron "fuera de la
ciudad" "y apedrearon a Esteban, invocando él y diciendo: Señor
Jesús, recibe mi espíritu. Y puesto de
rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les imputes este pecado. Y habiendo dicho
esto, durmió."
No se había sentenciado legalmente a Esteban; pero
las autoridades romanas fueron sobornadas con gruesas sumas de dinero, para que
no investigasen el caso.
El martirio de Esteban impresionó profundamente a
cuantos lo presenciaron. El recuerdo de
la señal de Dios en su rostro; sus palabras, que conmovieron hasta el alma a
cuantos las escucharon, quedaron en las mentes de los circunstantes y
atestiguaron la verdad de lo que él había proclamado. Su muerte fue una dura prueba para la iglesia; pero en cambio
produjo convicción en Saulo, quien no podía borrar de su memoria la fe y la
constancia del mártir y el resplandor que había iluminado su semblante.
En el proceso y
muerte de Esteban, denotó Saulo estar imbuído de un celo frenético. Después se irritó por su secreto convencimiento
de que Esteban había sido honrado por Dios en el mismo momento en que los
hombres le infamaban. Saulo continuó
persiguiendo a la iglesia de Dios, acosando a los cristianos, prendiéndolos en
sus casas y entregándolos a los sacerdotes y magistrados para encarcelarlos y
matarlos. Su celo en llevar a cabo esta
persecución llenó de terror a los cristianos de Jerusalén. Las autoridades romanas no hicieron mayor
esfuerzo para detener esta cruel obra, sino que ayudaban secretamente a los
judíos con el objeto de reconciliarse con ellos y asegurarse sus simpatías.
Después de la muerte de Esteban, Saulo fue elegido
miembro del Sanedrín en premio a la parte que había tomado en aquella ocasión.
Durante algún tiempo fue un poderoso instrumento en manos de Satanás para
proseguir su rebelión contra el Hijo de Dios.
Pero pronto este implacable perseguidor iba a ser empleado para edificar
la iglesia que estaba a la sazón demoliendo.
Alguien más poderoso que Satanás había escogido a Saulo para ocupar el
sitio del martirizado Esteban, para predicar y sufrir por el Nombre y difundir
extensamente las nuevas de salvación por medio de su sangre.