HABÍA llegado el tiempo en que Cristo había de
ascender al trono de su Padre. Como
conquistador divino, había de volver con los trofeos de la victoria a los
atrios celestiales. Antes de su muerte,
había declarado a su Padre: "He acabado la obra que me diste que hiciese.'
Después de su resurrección, se demoró por un tiempo en la tierra, a fin de que
sus discípulos pudiesen familiarizarse con él en su cuerpo resucitado y
glorioso. Ahora estaba listo para la
despedida.
Había demostrado el hecho de que era un Salvador vivo. Sus discípulos no necesitaban ya asociarle
en sus pensamientos con la tumba. Podían
pensar en él como glorificado delante del universo celestial.
Como lugar de su ascensión, Jesús eligió el sitio con
tanta frecuencia santificado por su presencia mientras moraba entre los hombres. Ni el monte de Sión, sitio de la ciudad de
David, ni el monte Moria, sitio del templo, había de ser así honrado. Allí Cristo había sido burlado y rechazado. Allí las ondas de la misericordia, que
volvían aun con fuerza siempre mayor, habían sido rechazadas por corazones tan
duros como una roca. De allí Jesús,
cansado y con corazón apesadumbrado, había salido a hallar descanso en el monte
de las Olivas. La santa shekinah al
apartarse del primer templo, había permanecido sobre la montaña oriental, como
si le costase abandonar la ciudad elegida; así Cristo estuvo sobre el monte de
las Olivas, contemplando a Jerusalén con corazón anhelante. Los huertos y vallecitos de la montaña
habían sido consagrados por sus oraciones y lágrimas. En sus riscos habían repercutido los triunfantes clamores de la
multitud que le proclamaba rey. En su
ladera había hallado un hogar con Lázaro en Betania. En el huerto de Getsemaní, que estaba al pie, había orado y
agonizado solo. Desde esta montaña
había de ascender al cielo. En su
cumbre, se asentarán sus pies cuando vuelva.
No como varón de dolores, sino como glorioso y triunfante rey, estará
sobre el monte de las Olivas mientras que los aleluyas hebreos se mezclen con
los hosannas gentiles, y las voces de la grande hueste de los redimidos hagan
resonar esta aclamación: Coronadle Señor de todos.
Ahora, con los once discípulos, Jesús se dirigió a la
montaña. Mientras pasaban por la puerta
de Jerusalén, muchos ojos se fijaron, admirados en este pequeño grupo conducido
por Uno que unas semanas antes había sido condenado y crucificado por los
príncipes. Los discípulos no sabían que
era su ultima entrevista con su Maestro.
Jesús dedicó el tiempo a conversar con ellos, repitiendo sus
instrucciones anteriores. Al acercarse
a Getsemaní, se detuvo, a fin de que pudiesen recordar las lecciones que les
había dado la noche de su gran agonía. Volvió
a mirar la vid por medio de la cual había representado la unión de su iglesia
consigo y con el Padre; volvió a repetir las verdades que había revelado
entonces. En todo su derredor había
recuerdos de su amor no correspondido. Aun
los discípulos que tan caros eran a su corazón, le habían cubierto de oprobio y
abandonado en la hora de su humillación.
Cristo había estado en el mundo durante treinta y
tres años; había soportado sus escarnios, insultos y burlas; había sido
rechazado y crucificado. Ahora, cuando
estaba por ascender al trono de su gloria --mientras pasaba revista a la
ingratitud del pueblo que había venido a salvar-- ¿no les retirará su simpatía
y amor? ¿No se concentrarán sus afectos en aquel reino donde se le aprecia y
donde los ángeles sin pecado esperan para cumplir sus órdenes? --No; su promesa
a los amados a quienes deja en la tierra es: "Yo estoy con vosotros todos
los días, hasta el fin del mundo."
Al llegar al monte de las Olivas, Jesús condujo al
grupo a través de la cumbre, hasta llegar cerca de Betania. Allí se detuvo y los discípulos le rodearon. Rayos de luz parecían irradiar de su
semblante mientras los miraba con amor.
No los reprendió por sus faltas y fracasos; las últimas palabras que
oyeron de los labios del Señor fueron palabras de la más profunda ternura. Con las manos extendidas para bendecirlos,
como si quisiera asegurarles su cuidado protector, ascendió lentamente de entre
ellos, atraído hacia el cielo por un poder más fuerte que cualquier atracción
terrenal. Y mientras él subía, los
discípulos, llenos de reverente asombro y esforzando la vista, miraban para
alcanzar la última vislumbre de su Salvador que ascendía. Una nube de gloria le ocultó de su vista; y
llegaron hasta ellos las palabras: "He aquí, yo estoy con vosotros todos
los días, hasta el fin del mundo," mientras la nube formada por un carro
de ángeles le recibía. Al mismo tiempo,
flotaban hasta ellos los más dulces y gozosos acordes del coro celestial.
Mientras los discípulos estaban todavía mirando hacia
arriba, se dirigieron a ellos unas voces que parecían como la música más
melodiosa. Se dieron vuelta, y vieron a
dos ángeles en forma de hombres que les hablaron diciendo: "Varones
Galileos, ¿qué estáis mirando al cielo? este mismo Jesús que ha sido tomado
desde vosotros arriba en el cielo, así vendrá como le habéis visto ir al
cielo."
Estos ángeles pertenecían al grupo que había estado
esperando en una nube resplandeciente para escoltar a Jesús hasta su hogar
celestial. Eran los más exaltados de la
hueste angélica, los dos que habían ido a la tumba en ocasión de la resurrección
de Cristo y habían estado con él durante toda su vida en la tierra. Todo el cielo había esperado con impaciencia
el fin de la estada de Jesús en un mundo afligido por la maldición del pecado. Ahora había llegado el momento en que el
universo celestial iba a recibir a su Rey.
¡Cuánto anhelarían los dos ángeles unirse a la hueste que daba la
bienvenida a Jesús! Pero por simpatía y amor hacia aquellos a quienes había
dejado atrás, se quedaron para consolarlos.
"¿No son todos ellos espíritus ministradores, enviados para hacer
servicio a favor de los que han de heredar la salvación?"
Cristo había ascendido al cielo en forma humana. Los discípulos habían contemplado la nube
que le recibió. El mismo Jesús que
había andado, hablado y orado con ellos; que había quebrado el pan con ellos;
que había estado con ellos en sus barcos sobre el lago; y que ese mismo día
había subido con ellos hasta la cumbre del monte de las Olivas, el mismo Jesús
había ido a participar del trono de su Padre.
Y los ángeles les habían asegurado que este mismo Jesús a quien habían
visto subir al cielo, vendría otra vez como había ascendido. Vendrá "con las nubes, y todo ojo le
verá." "El mismo Señor con aclamación, con voz de arcángel, y con
trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo
resucitarán." "Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, y todos
los santos ángeles con él, entonces se sentará sobre el trono de su
gloria." Así se cumplirá la promesa que el Señor hizo a sus discípulos:
"Y si me fuere, y os aparejare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí
mismo: para que donde yo estoy, vosotros también estéis.". Bien podían los discípulos regocijarse en la
esperanza del regreso de su Señor.
Cuando los discípulos volvieron a Jerusalén, la gente
los miraba con asombro. Después del
enjuiciamiento y la crucifixión de Cristo, se había pensado que se mostrarían
abatidos y avergonzados. Sus enemigos
esperaban ver en su rostro una expresión de pesar y derrota. En vez de eso, había solamente alegría y
triunfo. Sus rostros brillaban con una
felicidad que no era terrenal. No
lloraban por sus esperanzas frustradas; sino que estaban llenos de alabanza y
agradecimiento a Dios. Con regocijo,
contaban la maravillosa historia de la resurrección de Cristo y su ascensión al
cielo, y muchos recibían su testimonio.
Los discípulos ya no desconfiaban de lo futuro. Sabían que Jesús estaba en el cielo, y que
sus simpatías seguían acompañándolos. Sabían
que tenían un amigo cerca del trono de Dios, y anhelaban presentar sus
peticiones al Padre en el nombre de Jesús.
Con solemne reverencia, se postraban en oración, repitiendo la garantía:
"Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre:
pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido." Extendían
siempre más alto la mano de la fe, con el poderoso argumento: "Cristo es
el que murió; más aún, el que también resucitó, quien además está a la diestra
de Dios, el que también intercede por nosotros." Y el día de Pentecostés
les trajo la plenitud del gozo con la presencia del Consolador, así como Cristo
lo había prometido.
Todo el cielo estaba esperando para dar la bienvenida
al Salvador a los atrios celestiales. Mientras
ascendía, iba adelante, y la multitud de cautivos libertados en ocasión de su
resurrección le seguía. La hueste
celestial, con aclamaciones de alabanza y canto celestial, acompañaba al gozoso
séquito.
Al acercarse a la ciudad de Dios, la escolta de
ángeles demanda: "Alzad, oh
puertas, vuestras cabezas, Y alzaos vosotras, puertas eternas, Y entrará el Rey
de gloria."
Gozosamente, los centinelas de guardia responden: "¿Quién es este Rey de gloria?"
Dicen esto, no porque no sepan quién es, sino porque
quieren oír la respuesta de sublime loor: "Jehová el fuerte y valiente, Jehová el poderoso en batalla. Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, Y
alzaos vosotras, puertas eternas, Y entrará el Rey de gloria."
Vuelve a oírse otra vez: "¿Quién es este Rey de
gloria?" porque los ángeles no se cansan nunca de oír ensalzar su nombre. Y los ángeles de la escolta responden: "Jehová de los ejércitos, El es el Rey
de la gloria."
Entonces los portales de la ciudad de Dios se abren
de par en par, y la muchedumbre angélica entra por ellos en medio de una
explosión de armonía triunfante.
Allí está el trono, y en derredor el arco iris de la
promesa. Allí están los querubines y
los serafines. Los comandantes de las
huestes angélicas, los hijos de Dios, los representantes de los mundos que
nunca cayeron, están congregados. El
concilio celestial delante del cual Lucifer había acusado a Dios y a su Hijo,
los representantes de aquellos reinos sin pecado, sobre los cuales Satanás
pensaba establecer su dominio, todos están allí para dar la bienvenida al
Redentor. Sienten impaciencia por
celebrar su triunfo y glorificar a su Rey.
Pero con un ademán, él los detiene. Todavía no; no puede ahora recibir la corona
de gloria y el manto real. Entra a la
presencia de su Padre. Señala su cabeza
herida, su costado traspasado, sus pies lacerados; alza sus manos que llevan la
señal de los clavos. Presenta los
trofeos de su triunfo; ofrece a Dios la gavilla de las primicias, aquellos que
resucitaron con él como representantes de la gran multitud que saldrá de la tumba
en ocasión de su segunda venida. Se
acerca al Padre ante quien hay regocijo por un solo pecador que se arrepiente. Desde antes que fueran echados los cimientos
de la tierra, el Padre y el Hijo se habían unido en un pacto para redimir al
hombre en caso de que fuese vencido por Satanás. Habían unido sus manos en un solemne compromiso de que Cristo
sería fiador de la especie humana. Cristo
había cumplido este compromiso. Cuando
sobre la cruz exclamó: "Consumado es," se dirigió al Padre. El pacto había sido llevado plenamente a
cabo. Ahora declara: Padre, consumado
es. He hecho tu voluntad, oh Dios mío. He completado la obra de la redención. Si tu justicia está satisfecha,
"aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos estén también
conmigo."
Se oye entonces la voz de Dios proclamando que la
justicia está satisfecha. Satanás está
vencido. Los hijos de Cristo, que
trabajan y luchan en la tierra, son "aceptos en el Amado." Delante de
los ángeles celestiales y los representantes de los mundos que no cayeron, son
declarados justificados. Donde él esté,
allí estará su iglesia. "La
misericordia y la verdad se encontraron: la justicia y la paz se besaron."
Los brazos del Padre rodean a su Hijo, y se da la orden: "Adórenlo todos
los ángeles de Dios."
Con gozo inefable, los principados y las potestades
reconocen la supremacía del Príncipe de la vida. La hueste angélica se postra delante de él, mientras que el
alegre clamor llena todos los atrios del cielo: "¡Digno es el Cordero que
ha sido inmolado, de recibir el poder, y la riqueza, y la sabiduría, y la
fortaleza, y la honra, y la gloria, y la bendición!'
Los cantos de triunfo se mezclan con la música de las
arpas angelicales, hasta que el cielo parece rebosar de gozo y alabanza. El amor ha vencido. Lo que estaba perdido se ha hallado. El cielo repercute con voces que en
armoniosos acentos proclaman: "¡Bendición, y honra y gloria y dominio al
que está sentado sobre el trono, y al Cordero, por los siglos de los
siglos!"
Desde aquella escena de gozo celestial, nos llega a la tierra el eco de las palabras admirables de Cristo: "Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios." La familia del cielo y la familia de la tierra son una. Nuestro Señor ascendió para nuestro bien y para nuestro bien vive. "Por lo cual puede también salvar eternamente a los que por él se allegan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos."