CAPÍTULO 82. "¿POR QUÉ LLORAS?"
Las mujeres que habían estado al lado de la cruz de
Cristo esperaron velando que transcurriesen las horas del sábado. El primer día de la semana, muy temprano, se
dirigieron a la tumba llevando consigo especias preciosas para ungir el cuerpo
del Salvador. No pensaban que
resucitaría. El sol de su esperanza e
había puesto, y había anochecido en sus corazones. Mientras andaban, relataban las obras de misericordia de Cristo y
sus palabras de consuelo. Pero no
recordaban sus palabras: "Otra vez os veré."
Ignorando lo que estaba sucediendo se acercaron al
huerto diciendo mientras andaban: "¿Quién nos revolverá la piedra de la
puerta del sepulcro?" Sabían que no podrían mover la piedra, pero seguían
adelante. Y he aquí, los cielos
resplandecieron de repente con una gloria que no provenía del sol
naciente. La tierra tembló. Vieron que la gran piedra había sido
apartada. El sepulcro estaba vacío.
Las mujeres no habían venido todas a la tumba desde
la misma dirección. María Magdalena fue
la primera en llegar al lugar; y al ver que la piedra había sido sacada, se fue
presurosa para contarlo a los discípulos.
Mientras tanto, llegaron las otras mujeres. Una luz resplandecía en derredor de la turba, pero el cuerpo de
Jesús no estaba allí. Mientras se
demoraban en el lugar, vieron de repente que no estaban solas. Un joven vestido de ropas resplandecientes
estaba sentado al lado de la tumba. Era
el ángel que había apartado la piedra.
Había tomado el disfraz de la humanidad, a fin de no alarmar a estas
personas que amaban a Jesús. Sin
embargo, brillaba todavía en derredor de él la gloria celestial, y las mujeres
temieron. Se dieron vuelta para huir,
pero las palabras del ángel detuvieron sus pasos. "No temáis vosotras --les dijo;-- porque yo sé que buscáis a
Jesús, que fue crucificado. No está
aquí; porque ha resucitado, como dijo.
Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor. E id presto, decid a sus discípulos que ha resucitado de los
muertos." Volvieron a mirar al interior del sepulcro y volvieron a oír las
nuevas maravillosas. Otro ángel en
forma humana estaba allí, y les dijo: "¿Por qué buscáis entre los muertos
al que vive? No está aquí, mas ha resucitado: acordaos de lo que os habló,
cuando aun estaba en Galilea, diciendo: Es menester que el Hijo del hombre sea
entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al
tercer día."
¡Ha resucitado, ha resucitado! Las mujeres repiten
las palabras vez tras vez. Ya no
necesitan las especias para ungirle. El
Salvador está vivo, y no muerto.
Recuerdan ahora que cuando hablaba de su muerte, les dijo que
resucitaría. ¡Qué día es éste para el
mundo! Prestamente, las mujeres se apartaron del sepulcro y "con temor y gran
gozo, fueron corriendo a dar las nuevas a sus discípulos."
María no había oído las buenas noticias. Ella fue a Pedro y a Juan con el triste
mensaje: "Han llevado al Señor del sepulcro, y no sabemos dónde le han
puesto." Los discípulos se apresuraron a ir a la tumba, y la encontraron
como había dicho María. Vieron los
lienzos y el sudario, pero no hallaron a su Señor. Sin embargo, había allí un testimonio de que había resucitado. Los lienzos mortuorios no habían sido
arrojados con negligencia a un lado, sino cuidadosamente doblados, cada uno en
un lugar adecuado. Juan "vio, y
creyó." No comprendía todavía la escritura que afirmaba que Cristo debía
resucitar de los muertos, pero recordó las palabras con que el Salvador había
predicho su resurrección.
Cristo mismo había colocado esos lienzos mortuorios
con tanto cuidado. Cuando el poderoso
ángel bajó a la tumba, se le unió otro, quien, con sus acompañantes, había
estado guardando el cuerpo del Señor.
Cuando el ángel del cielo apartó la piedra, el otro entró en la tumba y
desató las envolturas que rodeaban el cuerpo de Jesús. Pero fue la mano del Salvador la que dobló
cada una de ellas y la puso en su lugar.
A la vista de Aquel que guía tanto a la estrella como al átomo, no hay
nada sin importancia. Se ven orden y
perfección en toda su obra.
María había seguido a Juan y a Pedro a la tumba;
cuando volvieron a Jerusalén, ella quedó.
Mientras miraba al interior de la tumba vacía, el pesar llenaba su
corazón. Mirando hacia adentro, vio a los
dos ángeles, el uno a la cabeza y el otro a los pies de donde había yacido
Jesús. "Mujer, ¿por qué
lloras?" le preguntaron.
"Porque se han llevado a mi Señor --contestó ella,-- y no sé dónde
le han puesto."
Entonces ella se apartó, hasta de los ángeles,
pensando que debía encontrar a alguien que le dijese lo que habían hecho con el
cuerpo de Jesús. Otra voz se dirigió a
ella: "Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?" A través de sus
lágrimas, María vio la forma de un hombre, y pensando que fuese el hortelano
dijo: "Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo
llevaré." Si creían que esta tumba de un rico era demasiado honrosa para
servir de sepultura para Jesús, ella misma proveería un lugar para él. Había una tumba que la misma voz de Cristo
había vaciado, la tumba donde Lázaro había estado. ¿No podría encontrar allí un lugar de sepultura para su Señor? Le
parecía que cuidar de su precioso cuerpo crucificado sería un gran consuelo
para ella en su pesar.
Pero ahora, con su propia voz familiar, Jesús le
dijo: "¡María!" Entonces supo que no era un extraño el que se dirigía
a ella y, volviéndose, vio delante de sí al Cristo vivo. En su gozo, se olvidó que había sido
crucificado. Precipitándose hacia él,
como para abrazar sus pies, dijo: "¡Rabboni!" Pero Cristo alzó la
mano diciendo: No me detengas; "porque aun no he subido a mi Padre: mas ve
a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a
vuestro Dios." Y María se fue a los discípulos con el gozoso mensaje.
Jesús se negó a recibir el homenaje de los suyos
hasta tener la seguridad de que su sacrificio era aceptado por el Padre. Ascendió a los atrios celestiales, y de Dios
mismo oyó la seguridad de que su expiación por los pecados de los hombres había
sido amplia, de que por su sangre todos podían obtener vida eterna. El Padre ratificó el pacto hecho con Cristo,
de que recibiría a los hombres arrepentidos y obedientes y los amaría como a su
Hijo. Cristo había de completar su obra
y cumplir su promesa de hacer "más precioso que el oro fino al varón, y
más que el oro de Ophir al hombre." En cielo y tierra toda potestad era
dada al Príncipe de la vida, y él volvía a sus seguidores en un mundo de pecado
para darles su poder y gloria.
Mientras el Salvador estaba en la presencia de Dios
recibiendo dones para su iglesia, los discípulos pensaban en su tumba vacía, se
lamentaban y lloraban. Aquel día de
regocijo para todo el cielo era para los discípulos un día de incertidumbre,
confusión y perplejidad. Su falta de fe
en el testimonio de las mujeres da evidencia de cuánto había descendido su
fe. Las nuevas de la resurrección de
Cristo eran tan diferentes de lo que ellos esperaban que no las podían creer. Eran demasiado buenas para ser la verdad,
pensaban. Habían oído tanto de las
doctrinas y llamadas teorías científicas de los saduceos, que era vaga la
impresión hecha en su mente acerca de la resurrección. Apenas sabían lo que podía significar la
resurrección de los muertos. Eran
incapaces de comprender ese gran tema.
"Id --dijeron los ángeles a las mujeres,-- decid
a sus discípulos y a Pedro, que él va antes que vosotros a Galilea: allí le
veréis, como os dijo." Estos ángeles habían estado con Cristo como ángeles
custodios durante su vida en la tierra.
Habían presenciado su juicio y su crucifixión. Habían oído las palabras que él dirigiera a sus discípulos. Lo demostraron por el mensaje que dieron a
los discípulos y que debiera haberlos convencido de su verdad. Estas palabras podían provenir únicamente de
los mensajeros de su Señor resucitado.
"Decid a sus discípulos y a Pedro," dijeron
los ángeles. Desde la muerte de Cristo,
Pedro había estado postrado por el remordimiento. Su vergonzosa negación del Señor y la mirada de amor y angustia
que le dirigiera el Salvador estaban siempre delante de él. De todos los discípulos, él era el que había
sufrido más amargamente. A él fue dada
la seguridad de que su arrepentimiento era aceptado y perdonado su pecado. Se le mencionó por nombre.
"Decid a sus discípulos y a Pedro, que él va
antes que vosotros a Galilea: allí le veréis." Todos los discípulos habían
abandonado a Jesús, y la invitación a encontrarse con él vuelve a incluirlos a
todos. No los había desechado. Cuando María Magdalena les dijo que había
visto al Señor, repitió la invitación a encontrarle en Galilea. Y por tercera vez, les fue enviado el
mensaje. Después que hubo ascendido al
Padre, Jesús apareció a las otras mujeres diciendo: "Salve. Y ellas se llegaron y abrazaron sus pies, y
le adoraron. Entonces Jesús les dice:
No temáis: id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí
me verán."
La primera obra que hizo Cristo en la tierra después
de su resurrección consistió en convencer a sus discípulos de su no disminuido
amor y tierna consideración por ellos.
Para probarles que era su Salvador vivo, que había roto las ligaduras de
la tumba y no podía ya ser retenido por el enemigo la muerte, para revelarles
que tenía el mismo corazón lleno de amor que cuando estaba con ellos como su amado
Maestro, les apareció vez tras vez.
Quería estrechar aun más en derredor de ellos los vínculos de su
amor. Id, decid a mis hermanos
--dijo,-- que se encuentren conmigo en Galilea.
Al oír esta cita tan definida, los discípulos
empezaron a recordar las palabras con que Cristo les predijera su
resurrección. Pero aun así no se
regocijaban. No podían desechar su duda
y perplejidad. Aun cuando las mujeres
declararon que habían visto al Señor, los discípulos no querían creerlo. Pensaban que era pura ilusión.
Una dificultad parecía acumularse sobre otra. El sexto día de la semana habían visto morir
a su Maestro, el primer día de la semana siguiente se encontraban privados de
su cuerpo, y se les acusaba de haberlo robado para engañar a la gente. Desesperaban de poder corregir alguna vez
las falsas impresiones que se estaban formando contra ellos. Temían la enemistad de los sacerdotes y la
ira del pueblo. Anhelaban la presencia
de Jesús, quien les había ayudado en toda perplejidad.
Con frecuencia repetían las palabras:
"Esperábamos que él era el que había de redimir a Israel."
Solitarios y con corazón abatido, recordaban sus
palabras: "Si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué se
hará?" Se reunieron en el aposento alto y, sabiendo que la suerte de su
amado Maestro podía ser la suya en cualquier momento, cerraron y atrancaron las
puertas.
Y todo el tiempo podrían haber estado regocijándose
en el conocimiento de un Salvador resucitado.
En el huerto, María había estado llorando cuando Jesús estaba cerca de
ella. Sus ojos estaban tan cegados por
las lágrimas que no le conocieron. Y el
corazón de los discípulos estaba tan lleno de pesar que no creyeron el mensaje
de los ángeles ni las palabras de Cristo.
¡Cuántos están haciendo todavía lo que hacían esos
discípulos! ¡Cuántos repiten el desesperado clamor de María: "Han llevado
al Señor, ... y no sabemos dónde le han
puesto"! ¡A cuántos podrían dirigirse las palabras del Salvador:
"¿Por qué lloras? ¿a quién buscas?" Está al lado de ellos, pero sus
ojos cegados por las lágrimas no lo ven.
Les habla, pero no lo entienden.
¡Ojalá que la cabeza inclinada pudiese alzarse, que los ojos se abriesen para contemplarle, que los oídos pudiesen escuchar su voz! "Id presto, decid a sus discípulos que ha resucitado." Invitadlos a no mirar la tumba nueva de José, que fue cerrada con una gran piedra y sellada con el sello romano. Cristo no está allí. No miréis el sepulcro vacío. No lloréis como los que están sin esperanza ni ayuda. Jesús vive, y porque vive, viviremos también. Brote de los corazones agradecidos y de los labios tocados por el fuego santo el alegre canto: ¡Cristo ha resucitado! Vive para interceder por nosotros. Aceptad esta esperanza, y dará firmeza al alma como un ancla segura y probada. Creed y veréis la gloria de Dios.