HABÍA transcurrido lentamente la noche del primer día
de la semana. Había llegado la hora más
sombría, precisamente antes del amanecer.
Cristo estaba todavía preso en su estrecha tumba. La gran piedra estaba en su lugar; el sello
romano no había sido roto; los guardias romanos seguían velando. Y había vigilantes invisibles. Huestes de malos ángeles se cernían sobre el
lugar. Si hubiese sido posible, el
príncipe de las tinieblas, con su ejército apóstata, habría mantenido para
siempre sellada la tumba que guardaba al Hijo de Dios. Pero un ejército celestial rodeaba al
sepulcro. Ángeles excelsos en fortaleza
guardaban la tumba, y esperaban para dar la bienvenida al Príncipe de la vida.
"Y he aquí que fue hecho un gran terremoto;
porque un ángel del Señor descendió del cielo." Revestido con la panoplia
de Dios, este ángel dejó los atrios celestiales. Los resplandecientes rayos de la gloria de Dios le precedieron e
iluminaron su senda. "Su aspecto
era como un relámpago, y su vestido blanco como la nieve. Y de miedo de él los guardas se asombraron,
y fueron vueltos como muertos."
¿Dónde está, sacerdotes y príncipes, el poder de
vuestra guardia? --Valientes soldados que nunca habían tenido miedo al poder
humano son ahora como cautivos tomados sin espada ni lanza. El rostro que miran no es el rostro de un
guerrero mortal; es la faz del más poderoso ángel de la hueste del Señor. Este mensajero es el que ocupa la posición
de la cual cayó Satanás. Es aquel que
en las colinas de Belén proclamó el nacimiento de Cristo. La tierra tiembla al acercarse, huyen las
huestes de las tinieblas y, mientras hace rodar la piedra, el cielo parece
haber bajado a la tierra. Los soldados
le ven quitar la piedra como si fuese un canto rodado, y le oyen clamar: Hijo
de Dios, sal fuera; tu Padre te llama.
Ven a Jesús salir de la tumba, y le oyen proclamar sobre el sepulcro
abierto: "Yo soy la resurrección y la vida." Mientras sale con
majestad y gloria, la hueste angélica se postra en adoración delante del
Redentor y le da la bienvenida con cantos de alabanza.
Un terremoto señaló la hora en que Cristo depuso su
vida, y otro terremoto indicó el momento en que triunfante la volvió a
tomar. El que había vencido la muerte y
el sepulcro salió de la tumba con el paso de un vencedor, entre el bamboleo de
la tierra, el fulgor del relámpago y el rugido del trueno. Cuando vuelva de nuevo a la tierra, sacudirá
"no solamente la tierra, mas aun el cielo." "Temblará la tierra
vacilando como un borracho, y será removida como una choza."
"Plegarse han los cielos como un libro;" "los elementos ardiendo
serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella están serán
quemadas." "Mas Jehová será la esperanza de su pueblo, y la fortaleza
de los hijos de Israel."
Al morir Jesús, los soldados habían visto la tierra
envuelta en tinieblas al mediodía; pero en ocasión de la resurrección vieron el
resplandor de los ángeles iluminar la noche, y oyeron a los habitantes del
cielo cantar con grande gozo y triunfo: ¡Has vencido a Satanás y las potestades
de las tinieblas; has absorbido la muerte por la victoria!
Cristo surgió de la tumba glorificado, y la guardia
romana lo contempló. Sus ojos quedaron
clavados en el rostro de Aquel de quien se habían burlado tan
recientemente. En este ser glorificado,
contemplaron al prisionero a quien habían visto en el tribunal, a Aquel para
quien habían trenzado una corona de espinas.
Era el que había estado sin ofrecer resistencia delante de Pilato y de
Herodes, Aquel cuyo cuerpo había sido lacerado por el cruel látigo, Aquel a
quien habían clavado en la cruz, hacia quien los sacerdotes y príncipes, llenos
de satisfacción propia, habían sacudido la cabeza diciendo: "A otros
salvó, a sí mismo no puede salvar." Era Aquel que había sido puesto en la
tumba nueva de José. El decreto del
Cielo había librado al cautivo.
Montañas acumuladas sobre montañas y encima de su sepulcro, no podrían
haberle impedido salir.
Al ver a los ángeles y al glorificado Salvador, los
guardias romanos se habían desmayado y caído como muertos. Cuando el séquito celestial quedó oculto de
su vista, se levantaron y tan prestamente como los podían llevar sus
temblorosos miembros se encaminaron hacia la puerta del jardín. Tambaleándose como borrachos, se dirigieron
apresuradamente a la ciudad contando las nuevas maravillosas a cuantos encontraban. Iban adonde estaba Pilato, pero su informe
fue llevado a las autoridades judías, y los sumos sacerdotes y príncipes
ordenaron que fuesen traídos primero a su presencia. Estos soldados ofrecían una extraña apariencia. Temblorosos de miedo, con los rostros
pálidos, daban testimonio de la resurrección de Cristo. Contaron todo como lo hablan visto; no
habían tenido tiempo para pensar ni para decir otra cosa que la verdad. Con dolorosa entonación dijeron: Fue el Hijo
de Dios quien fue crucificado; hemos oído a un ángel proclamarle Majestad del
cielo, Rey de gloria.
Los rostros de los sacerdotes parecían como de
muertos. Caifás procuró hablar. Sus labios se movieron, pero no expresaron
sonido alguno. Los soldados estaban por
abandonar la sala del concilio, cuando una voz los detuvo. Caifás había recobrado por fin el
habla. --Esperad, esperad, --exclamó.--
No digáis a nadie lo que habéis visto.
Un informe mentiroso fue puesto entonces en boca de
los soldados. "Decid --ordenaron
los sacerdotes:-- Sus discípulos vinieron de noche, y le hurtaron, durmiendo
nosotros. " En esto los sacerdotes
se excedieron. ¿Cómo podían los
soldados decir que mientras dormían los discípulos habían robado el cuerpo? Si
estaban dormidos, ¿cómo podían saberlo? Y si los discípulos hubiesen sido
culpables de haber robado el cuerpo de Cristo, ¿no habrían tratado primero los
sacerdotes de condenarlos? O si los centinelas se hubiesen dormido al lado de
la tumba, ¿no habrían sido los sacerdotes los primeros en acusarlos ante
Pilato?
Los soldados se quedaron horrorizados al pensar en
atraer sobre sí mismos la acusación de dormir en su puesto. Era un delito punible de muerte. ¿Debían dar falso testimonio, engañar al
pueblo y hacer peligrar su propia vida? ¿Acaso no habían cumplido su penosa
vela con alerta vigilancia? ¿Cómo podrían soportar el juicio, aun por el
dinero, si se perjuraban?
A fin de acallar el testimonio que temían, los
sacerdotes prometieron asegurar la vida de la guardia diciendo que Pilato no
deseaba más que ellos que circulase un informe tal. Los soldados romanos vendieron su integridad a los judíos por
dinero. Comparecieron delante de los
sacerdotes cargados con muy sorprendente mensaje de verdad; salieron con una
carga de dinero, y en sus lenguas un informe mentiroso fraguado para ellos por
los sacerdotes.
Mientras tanto la noticia de la resurrección de
Cristo había sido llevada a Pilato.
Aunque Pilato era responsable por haber entregado a Cristo a la muerte,
se había quedado comparativamente despreocupado. Aunque había condenado de muy mala gana al Salvador y con un
sentimiento de compasión, no había sentido hasta ahora ninguna verdadera
contrición. Con terror se encerró
entonces en su casa, resuelto a no ver a nadie. Pero los sacerdotes penetraron hasta su presencia, contaron la
historia que habían inventado y le instaron a pasar por alto la negligencia que
habían tenido los centinelas con su deber.
Pero antes de consentir en esto, él interrogó en privado a los
guardias. Estos, temiendo por su
seguridad, no se atrevieron a ocultar nada, y Pilato obtuvo de ellos un relato
de todo lo que había sucedido. No llevó
el asunto más adelante, pero desde entonces no hubo más paz para él.
Cuando Jesús estuvo en el sepulcro, Satanás
triunfó. Se atrevió a esperar que el
Salvador no resucitase. Exigió el cuerpo
del Señor, y puso su guardia en derredor de la tumba procurando retener a
Cristo preso. Se airó acerbamente
cuando sus ángeles huyeron al acercarse el mensajero celestial. Cuando vio a Cristo salir triunfante, supo
que su reino acabaría y que él habría de morir finalmente.
Al dar muerte a Cristo, los sacerdotes se habían
hecho instrumentos de Satanás. Ahora
estaban enteramente en su poder.
Estaban enredados en una trampa de la cual no veían otra salida que la
continuación de su guerra contra Cristo.
Cuando oyeron la nueva de su resurrección, temieron la ira del
pueblo. Sintieron que su propia vida
estaba en peligro. Su única esperanza
consistía en probar que Cristo había sido un impostor y negar que hubiese
resucitado. Sobornaron a los soldados y
obtuvieron el silencio de Pilato.
Difundieron sus informes mentirosos lejos y cerca. Pero había testigos a quienes no podían
acallar. Muchos habían oído el
testimonio de los soldados en cuanto a la resurrección de Cristo. Y ciertos muertos que salieron con Cristo
aparecieron a muchos y declararon que había resucitado. Fueron comunicados a los sacerdotes informes
de personas que habían visto a esos resucitados y oído su testimonio. Los sacerdotes y príncipes estaban en
continuo temor, no fuese que mientras andaban por las calles, o en la intimidad
de sus hogares, se encontrasen frente a frente con Cristo. Sentían que no había seguridad para
ellos. Los cerrojos y las trancas
ofrecerían muy poca protección contra el Hijo de Dios. De día y de noche, esta terrible escena del
tribunal en que habían clamado: "Su sangre sea sobre nosotros, y sobre
nuestros hijos" estaba delante de ellos.
Nunca más se habría de desvanecer de su espíritu el recuerdo de esa
escena. Nunca más volvería sus
almohadas el sueño apacible.
Cuando la voz del poderoso ángel fue oída junto a la
tumba de Cristo, diciendo: "Tu Padre te llama," el Salvador salió de
la tumba por la vida que había en él.
Quedó probada la verdad de sus palabras: "Yo pongo mi vida, para
volverla a tomar. ...Tengo poder para
ponerla, y tengo poder para volverla a tomar." Entonces se cumplió la
profecía que había hecho a los sacerdotes y príncipes: "Destruid este
templo, y en tres días lo levantaré."
Sobre la tumba abierta de José, Cristo había
proclamado triunfante: "Yo soy la resurrección y la vida." Únicamente
la Divinidad podía pronunciar estas palabras.
Todos los seres creados viven por la voluntad y el poder de Dios. Son receptores dependientes de la vida de
Dios. Desde el más sublime serafín
hasta el ser animado mas humilde, todos son renovados por la Fuente de la
vida. Unicamente el que es uno con Dios
podía decir: Tengo poder para poner mi vida, y tengo poder para tornarla de
nuevo. En su divinidad, Cristo poseía
el poder de quebrar las ligaduras de la muerte.
Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de
aquellos que dormían. Estaba
representado por la gavilla agitada, y su resurrección se realizó en el mismo
día en que esa gavilla era presentada delante del Señor. Durante más de mil años, se había realizado
esa ceremonia simbólica. Se juntaban
las primeras espigas de grano maduro de los campos de la mies, y cuando la
gente subía a Jerusalén para la Pascua, se agitaba la gavilla de primicias como
ofrenda de agradecimiento delante de Jehová.
No podía ponerse la hoz a la mies para juntarla en gavillas antes que
esa ofrenda fuese presentada. La
gavilla dedicada a Dios representaba la mies.
Así también Cristo, las primicias, representaba la gran mies espiritual
que ha de ser juntada para el reino de Dios.
Su resurrección es símbolo y garantía de la resurrección de todos los
justos muertos. "Porque si creemos
que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con él a los que durmieron
en Jesús."
Al resucitar Cristo, sacó de la tumba una multitud de
cautivos. El terremoto ocurrido en
ocasión de su muerte había abierto sus tumbas, y cuando él resucitó salieron
con él. Eran aquellos que habían sido
colaboradores con Dios y que, a costa de su vida, habían dado testimonio de la
verdad. Ahora iban a ser testigos de
Aquel que los había resucitado.
Durante su ministerio, Jesús había dado la vida a
algunos muertos. Había resucitado al
hijo de la viuda de Naín, a la hija del príncipe y a Lázaro. Pero éstos no fueron revestidos de
inmortalidad. Después de haber sido
resucitados, estaban todavía sujetos a la muerte. Pero los que salieron de la tumba en ocasión de la resurrección
de Cristo fueron resucitados para vida eterna.
Ascendieron con él como trofeos de su victoria sobre la muerte y el sepulcro. Estos, dijo Cristo, no son ya cautivos de
Satanás; los he redimido. Los he traído
de la tumba como primicias de mi poder, para que estén conmigo donde yo esté y
no vean nunca más la muerte ni experimenten dolor.
Estos entraron en la ciudad y aparecieron a muchos
declarando: Cristo ha resucitado de los muertos, y nosotros hemos resucitado
con él. Así fue inmortalizada la
sagrada verdad de la resurrección. Los
santos resucitados atestiguaron la verdad de las palabras: "Tus muertos
vivirán; junto con mi cuerpo muerto resucitarán." Su resurrección ilustró
el cumplimiento de la profecía: "¡Despertad y cantad, moradores del polvo!
porque tu rocío, cual rocío de hortalizas; y la tierra echará los
muertos."
Para el creyente, Cristo es la resurrección y la
vida. En nuestro Salvador, la vida que
se había perdido por el pecado es restaurada; porque él tiene vida en sí mismo
para vivificar a quienes él quiera.
Está investido con el derecho de dar la inmortalidad. La vida que él depuso en la humanidad, la vuelve
a tomar y la da a la humanidad.
"Yo he venido -dijo- para que tengan vida, y para que la tengan en
abundancia." "El que bebiere del agua que yo le daré, para siempre no
tendrá sed: mas el agua que yo le daré, será en él una fuente de agua que salte
para vida eterna." "El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida
eterna: y yo le resucitaré en el día postrero."
Para el creyente, la muerte es asunto trivial. Cristo habla de ella como si fuera de poca
importancia. "El que guardaré mi
palabra, no verá muerte para siempre," "no gustará muerte para
siempre." Para el cristiano, la muerte es tan sólo un sueño, un momento de
silencio y tinieblas. La vida está
oculta con Cristo en Dios y "cuando Cristo, vuestra vida, se manifestare,
entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria."
La voz que clamó desde la cruz: "Consumado
es," fue oída entre los muertos.
Atravesó las paredes de los sepulcros y ordenó a los que dormían que se
levantasen. Así sucederá cuando la voz
de Cristo sea oída desde el cielo. Esa
voz penetrará en las tumbas y abrirá los sepulcros, y los muertos en Cristo
resucitarán. En ocasión de la
resurrección de Cristo, unas pocas tumbas fueron abiertas; pero en su segunda
venida, todos los preciosos muertos oirán su voz y surgirán a una vida gloriosa
e inmortal. El mismo poder que resucitó
a Cristo de los muertos resucitará a su iglesia y la glorificará con él, por
encima de todos los principados y potestades, por encima de todo nombre que se
nombra, no solamente en este mundo, sino también en el mundo venidero.