CAPÍTULO 80. EN LA TUMBA DE JOSÉ
Por fin Jesús descansaba. El largo día de oprobio y tortura había terminado. Al llegar el sábado con los últimos rayos
del sol poniente, el Hijo de Dios yacía en quietud en la tumba de José. Terminada su obra, con las manos cruzadas en
paz, descansó durante las horas sagradas del sábado.
Al principio, el Padre y el Hijo habían descansado el
sábado después de su obra de creación.
Cuando "fueron acabados los cielos y la tierra, y todo su
ornamento," el Creador y todos los seres celestiales se regocijaron en la
contemplación de la gloriosa escena.
"Las estrellas todas del alba alababan, y se regocijaban todos los
hijos de Dios." Ahora Jesús
descansaba de la obra de la redención; y aunque había pesar entre aquellos que
le amaban en la tierra, había gozo en el cielo. La promesa de lo futuro era gloriosa a los ojos de los seres
celestiales. Una creación restaurada,
una raza redimida, que por haber vencido el pecado, nunca más podría caer, era
lo que Dios y los ángeles veían como resultado de la obra concluida por Cristo. Con esta escena está para siempre vinculado
el día en que Cristo descansó. Porque
su "obra es perfecta;" y "todo lo que Dios hace, eso será
perpetuo." Cuando se produzca "la restauración de todas las cosas, de
la cual habló Dios por boca de sus santos profetas, que ha habido desde la
antigüedad," el sábado de la creación, el día en que Cristo descansó en la
tumba de José, será todavía un día de reposo y regocijo. El cielo y la tierra se unirán en alabanza
mientras que "de sábado en sábado," las naciones de los salvos
adorarán con gozo a Dios y al Cordero.
En los acontecimientos finales del día de la
crucifixión, se dieron nuevas pruebas del cumplimiento de la profecía y nuevos
testimonios de la divinidad de Cristo.
Cuando las tinieblas se alzaron de la cruz, y el Salvador hubo exhalado
su clamor moribundo, inmediatamente se oyó otra voz que decía:
"Verdaderamente Hijo de Dios era éste."
Estas palabras no fueron pronunciadas en un
murmullo. Todos los ojos se volvieron
para ver de dónde venían. ¿Quién había
hablado? Era el centurión, el soldado romano.
La divina paciencia del Salvador y su muerte repentina, con el clamor de
victoria en los labios, habían impresionado a ese pagano. En el cuerpo magullado y quebrantado que pendía
de la cruz, el centurión reconoció la figura del Hijo de Dios. No pudo menos que confesar su fe. Así se dio nueva evidencia de que nuestro
Redentor iba a ver del trabajo de su alma.
En el mismo día de su muerte, tres hombres, que diferían ampliamente el
uno del otro, habían declarado su fe: el que comandaba la guardia romana, el
que llevó la cruz del Salvador, y el que murió en la cruz a su lado.
Al acercarse la noche, una quietud sorprendente se
asentó sobre el Calvario. La
muchedumbre se dispersó, y muchos volvieron a Jerusalén muy cambiados en
espíritu de lo que habían sido por la mañana.
Muchos habían acudido a la crucifixión por curiosidad y no por odio
hacia Cristo. Sin embargo, creían las
acusaciones de los sacerdotes y consideraban a Jesús como malhechor. Bajo una excitación sobrenatural se habían
unido con la muchedumbre en sus burlas contra él, Pero cuando la tierra fue
envuelta en negrura y se sintieron acusados por su propia conciencia, se vieron
culpables de un gran mal. Ninguna broma
ni risa burlona se oyó en medio de aquella temible lobreguez; cuando se alzó,
regresaron a sus casas en solemne silencio.
Estaban convencidos de que las acusaciones de los sacerdotes eran
falsas, que Jesús no era un impostor; y algunas semanas más tarde, cuando Pedro
predicó en el día de Pentecostés, se encontraban entre los miles que se
convirtieron a Cristo.
Pero los dirigentes judíos no fueron cambiados por
los acontecimientos que habían presenciado.
Su odio hacia Jesús no disminuyó.
Las tinieblas que habían descendido sobre la tierra en ocasión de la
crucifixión no eran más densas que las que rodeaban todavía el espíritu de los
sacerdotes y príncipes. En ocasión de
su nacimiento, la estrella había conocido a Cristo, y había guiado a los magos
hasta el pesebre donde yacía. Las
huestes celestiales le habían conocido y habían cantado su alabanza sobre las
llanuras de Belén. El mar había
conocido su voz y acatado su orden. La
enfermedad y la muerte habían reconocido su autoridad y le habían cedido su
presa. El sol le había conocido, y a la
vista de su angustia de moribundo había ocultado su rostro de luz. Las rocas le habían conocido y se habían
desmenuzado en fragmentos a su clamor.
La naturaleza inanimada había conocido a Cristo y había atestiguado su
divinidad. Pero los sacerdotes y
príncipes de Israel no conocieron al Hijo de DIOS.
Sin embargo, no descansaban. Habían llevado a cabo su propósito de dar
muerte a Cristo; pero no tenían el sentimiento de victoria que habían
esperado. Aun en la hora de su triunfo
aparente, estaban acosados por dudas en cuanto a lo que iba a suceder
luego. Habían oído el clamor:
"Consumado es." "Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu." Habían visto partirse las rocas, habían sentido el poderoso
terremoto, y estaban agitados e intranquilos.
Hablan tenido celos de la influencia de Cristo sobre
el pueblo cuando vivía; tenían celos de él aun en la muerte. Temían más, mucho más, al Cristo muerto de
lo que habían temido jamás al Cristo vivo.
Temían que la atención del pueblo fuese dirigida aun más a los
acontecimientos que acompañaron su crucifixión. Temían los resultados de la obra de ese día. Por ningún pretexto querían que su cuerpo
permaneciese en la cruz durante el sábado.
El sábado se estaba acercando y su santidad quedaría violada si los
cuerpos permanecían en la cruz. Así
que, usando esto como pretexto, los dirigentes judíos pidieron a Pilato que
hiciese apresurar la muerte de las víctimas y quitar sus cuerpos antes de la
puesta del sol.
Pilato tenía tan poco deseo como ellos de que el
cuerpo de Jesús permaneciese en la cruz.
Habiendo obtenido su consentimiento, hicieron romper las piernas de los
dos ladrones para apresurar su muerte; pero se descubrió que Jesús ya había
muerto. Los rudos soldados habían sido
enternecidos por lo que habían oído y visto de Cristo, y esto les impidió
quebrarle los miembros. Así en la
ofrenda del Cordero de Dios se cumplió la ley de la Pascua: "No dejarán de
él para la mañana, ni quebrarán hueso en él: conforme a todos los ritos de la
pascua la harán."
Los sacerdotes y príncipes se asombraron al hallar
que Cristo había muerto. La muerte de
cruz era un proceso lento; era difícil determinar cuándo cesaba la vida. Era algo inaudito que un hombre muriese seis
horas después de la crucifixión. Los
sacerdotes querían estar seguros de la muerte de Jesús, y a sugestión suya un
soldado dio un lanzazo al costado del Salvador. De la herida así hecha, fluyeron dos copiosos y distintos
raudales: uno de sangre, el otro de agua.
Esto fue notado por todos los espectadores, y Juan anota el suceso muy
definidamente. Dice: "Uno de los
soldados le abrió el costado con una lanza, y luego salió sangre y agua. Y el que lo vio, da testimonio, y su
testimonio es verdadero: y él sabe que dice verdad, para que vosotros también
creáis. Porque estas cosas fueron
hechas para que se cumpliese la Escritura: Hueso no quebrantaréis de él. Y también otra Escritura dice: Mirarán al
que traspasaron."
Después de la resurrección, los sacerdotes y
príncipes hicieron circular el rumor de que Cristo no murió en la cruz, que
simplemente se había desmayado, y que más tarde revivió. Otro rumor afirmaba que no era un cuerpo
real de carne y hueso, sino la semejanza de un cuerpo, lo que había sido puesto
en la tumba. La acción de los soldados
romanos desmiente estas falsedades. No
le rompieron las piernas, porque ya estaba muerto. Para satisfacer a los sacerdotes, le atravesaron el costado. Si la vida no hubiese estado ya extinta,
esta herida le habría causado una muerte instantánea.
Pero no fue el lanzazo, no fue el padecimiento de la cruz,
lo que causó la muerte de Jesús. Ese
clamor, pronunciado "con grande voz," en el momento de la muerte, el
raudal de sangre y agua que fluyó de su costado, declaran que murió por
quebrantamiento del corazón. Su corazón
fue quebrantado por la angustia mental.
Fue muerto por el pecado del mundo.
Con la muerte de Cristo, perecieron las esperanzas de
sus discípulos. Miraban sus párpados
cerrados y su cabeza caída, su cabello apelmazado con sangre, sus manos y pies
horadados, y su angustia era indescriptible.
Hasta el final no habían creído que muriese; apenas si podían creer que
estaba realmente muerto. Abrumados por
el pesar, no recordaban sus palabras que habían predicho esa misma escena. Nada de lo que él había dicho los consolaba
ahora. Veían solamente la cruz y su
víctima ensangrentada. El futuro
parecía sombrío y desesperado. Su fe en
Jesús se había desvanecido; pero nunca habían amado tanto a su Salvador como
ahora. Nunca antes habían sentido tanto
su valor y la necesidad de su presencia.
Aun en la muerte, el cuerpo de Cristo era precioso
para sus discípulos. Anhelaban darle
una sepultura honrosa, pero no sabían cómo lograrlo. La traición contra el gobierno romano era el crimen por el cual
Jesús había sido condenado, y las personas ajusticiadas por esta ofensa eran
remitidas a un lugar de sepultura especialmente provisto para tales
criminales. El discípulo Juan y las
mujeres de Galilea habían permanecido al pie de la cruz. No podían abandonar el cuerpo de su Señor en
manos de los soldados insensibles para que lo sepultasen en una tumba
deshonrosa. Sin embargo, eran
impotentes para impedirlo. No podían
obtener favores de las autoridades judías, y no tenían influencia ante Pilato.
En esta emergencia, José de Arimatea y Nicodemo
vinieron en auxilio de los discípulos.
Ambos hombres eran miembros del Sanedrín y conocían a Pilato. Ambos eran hombres de recursos e
influencia. Estaban resueltos a que el
cuerpo de Jesús recibiese sepultura honrosa.
José fue osadamente a Pilato y le pidió el cuerpo de
Jesús. Por primera vez, supo Pilato que
Jesús estaba realmente muerto. Informes
contradictorios le habían llegado acerca de los acontecimientos que habían
acompañado la crucifixión, pero el conocimiento de la muerte de Cristo le había
sido ocultado a propósito. Pilato había
sido advertido por los sacerdotes y príncipes contra el engaño de los
discípulos de Cristo respecto de su cuerpo.
Al oír la petición de José, mandó llamar al centurión que había estado
encargado de la cruz, y supo con certeza la muerte de Jesús. También oyó de él un relato de las escenas
del Calvario que confirmaba el testimonio de José.
Fue concedido a José lo que pedía. Mientras Juan se preocupaba por la sepultura
de su Maestro, José volvió con la orden de Pilato de que le entregasen el
cuerpo de Cristo; y Nicodemo vino trayendo una costosa mezcla de mirra y áloes,
que pesaría alrededor de unos cuarenta kilos, para embalsamarle. Imposible habría sido tributar mayor respeto
en la muerte a los hombres más honrados de toda Jerusalén. Los discípulos se quedaron asombrados al ver
a estos ricos príncipes tan interesados como ellos en la sepultura de su Señor.
Ni José ni Nicodemo habían aceptado abiertamente al
Salvador mientras vivía. Sabían que un
paso tal los habría excluido del Sanedrín, y esperaban protegerle por su
influencia en los concilios. Durante un
tiempo, pareció que tenían éxito; pero los astutos sacerdotes, viendo cómo
favorecían a Cristo, habían estorbado sus planes. En su ausencia, Jesús había sido condenado y entregado para ser
crucificado. Ahora que había muerto, ya
no ocultaron su adhesión a él. Mientras
los discípulos temían manifestarse abiertamente como adeptos suyos, José y Nicodemo
acudieron osadamente en su auxilio. La
ayuda de estos hombres ricos y honrados era muy necesaria en ese momento. Podían hacer por su Maestro muerto lo que
era imposible para los pobres discípulos; su riqueza e influencia los protegían
mucho contra la malicia de los sacerdotes y príncipes.
Con suavidad y reverencia, bajaron con sus propias
manos el cuerpo de Jesús. Sus lágrimas
de simpatía caían en abundancia mientras miraban su cuerpo magullado y
lacerado. José poseía una tumba nueva,
tallada en una roca. Se la estaba
reservando para sí mismo, pero estaba cerca del Calvario, y ahora la preparó
para Jesús. El cuerpo, juntamente con
las especias traídas por Nicodemo, fue envuelto cuidadosamente en un sudario, y
el Redentor fue llevado a la tumba.
Allí, los tres discípulos enderezaron los miembros heridos y cruzaron
las manos magulladas sobre el pecho sin vida.
Las mujeres galileas vinieron para ver si se había hecho todo lo que
podía hacerse por el cuerpo muerto de su amado Maestro. Luego vieron cómo se hacía rodar la pesada
piedra contra la entrada de la tumba, y el Salvador fue dejado en el
descanso. Las mujeres fueron las
últimas que quedaron al lado de la cruz, y las últimas que quedaron al lado de
la tumba de Cristo. Mientras las
sombras vespertinas iban cayendo, María Magdalena y las otras Marías
permanecían al lado del lugar donde descansaba su Señor derramando lágrimas de
pesar por la suerte de Aquel a quien amaban.
"Y vueltas, ... reposaron
el sábado, conforme al mandamiento."
Para los entristecidos discípulos ése fue un sábado
que nunca olvidarían, y también lo fue para los sacerdotes, los príncipes, los
escribas y el pueblo. A la puesta del
sol, en la tarde del día de preparación, sonaban las trompetas para indicar que
el sábado había empezado. La Pascua fue
observada como lo había sido durante siglos, mientras que Aquel a quien
señalaba, ultimado por manos perversas, yacía en la tumba de José. El sábado, los atrios del templo estuvieron
llenos de adoradores. El sumo sacerdote
que había estado en el Gólgota estaba allí, magníficamente ataviado en sus
vestiduras sacerdotales. Sacerdotes de
turbante blanco, llenos de actividad, cumplían sus deberes. Pero algunos de los presentes no estaban
tranquilos mientras se ofrecía por el pecado la sangre de becerros y machos
cabríos. No tenían conciencia de que
las figuras hubiesen encontrado la realidad que prefiguraban, de que un
sacrificio infinito había sido hecho por los pecados del mundo. No sabían que no tenía ya más valor el
cumplimiento de los ritos ceremoniales.
Pero nunca antes había sido presenciado este ceremonial con sentimientos
tan contradictorios. Las trompetas y
los instrumentos de música y las voces de los cantores resonaban tan fuerte y
claramente como de costumbre. Pero un
sentimiento de extrañeza lo compenetraba todo.
Uno tras otro preguntaba acerca del extraño suceso que había
acontecido. Hasta entonces, el lugar
santísimo había sido guardado en forma sagrada de todo intruso. Pero ahora estaba abierto a todos los ojos. El pesado velo de tapicería, hecho de lino
puro y hermosamente adornado de oro, escarlata y púrpura, estaba rasgado de
arriba abajo. El lugar donde Jehová se
encontraba con el sumo sacerdote, para comunicar su gloria, el lugar que había
sido la cámara de audiencia sagrada de Dios, estaba abierto a todo ojo; ya no
era reconocido por el Señor. Con
lóbregos presentimientos, los sacerdotes ministraban ante el altar. La exposición del misterio sagrado del lugar
santísimo les hacía temer que sobreviniera alguna calamidad.
Muchos espíritus repasaban activamente los
pensamientos iniciados por las escenas del Calvario. De la crucifixión hasta la resurrección, muchos ojos insomnes
escudriñaron constantemente las profecías, algunos para aprender el pleno
significado de la fiesta que estaban celebrando, otros para hallar evidencia de
que Jesús no era lo que aseveraba ser; y otros, con corazón entristecido,
buscando pruebas de que era el verdadero Mesías. Aunque escudriñando con diferentes objetos en vista, todos fueron
convencidos de la misma verdad, a saber que la profecía había sido cumplida en
los sucesos de los últimos días y que el Crucificado era el Redentor del
mundo. Muchos de los que en esa ocasión
participaron del ceremonial no volvieron nunca a tomar parte en los ritos
pascuales. Muchos, aun entre los
sacerdotes, se convencieron del verdadero carácter de Jesús. Su escrutinio de las profecías no había sido
inútil, y después de su resurrección le reconocieron como el Hijo de Dios.
Cuando Nicodemo vio a Jesús alzado en la cruz,
recordó las palabras que le dijera de noche en el monte de las Olivas:
"Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el
Hijo del hombre sea levantado; para que todo aquel que en él creyere, no se
pierda, sino que tenga vida eterna." "En aquel sábado, mientras Cristo
yacía en la tumba, Nicodemo tuvo oportunidad de reflexionar. Una luz más clara iluminaba ahora su mente,
y las palabras que Jesús le había dicho no eran ya misteriosas. Comprendía que había perdido mucho por no
relacionarse con el Salvador durante su vida.
Ahora recordaba los acontecimientos del Calvario. La oración de Cristo por sus homicidas y su
respuesta a la petición del ladrón moribundo hablaban al corazón del sabio
consejero. Volvía a ver al Salvador en
su agonía; volvía a oír ese último clamor: "Consumado es," emitido
como palabras de un vencedor. Volvía a
contemplar la tierra que se sacudía, los cielos obscurecidos, el velo
desgarrado, las rocas desmenuzadas, y su fe quedó establecida para siempre. El mismo acontecimiento que destruyó las
esperanzas de los discípulos convenció a José y a Nicodemo de la divinidad de
Jesús. Sus temores fueron vencidos por
el valor de una fe firme e inquebrantable.
Nunca había atraído Cristo la atención de la multitud
como ahora que estaba en la tumba.
Según su costumbre, la gente traía sus enfermos y dolientes a los atrios
del templo preguntando: ¿Quién nos puede decir dónde está Jesús de Nazaret?
Muchos habían venido de lejos para hallar a Aquel que
había sanado a los enfermos y resucitado a los muertos. Por todos lados, se oía el clamor: Queremos
a Cristo el Sanador. En esta ocasión,
los sacerdotes examinaron a aquellos que se creía daban indicio de lepra. Muchos tuvieron que oírlos declarar leprosos
a sus esposos, esposas, o hijos, y condenarlos a apartarse del refugio de sus
hogares y del cuidado de sus deudos, para advertir a los extraños con el
lúgubre clamor: "¡Inmundo, inmundo!" Las manos amistosas de Jesús de
Nazaret, que nunca negaron el toque sanador al asqueroso leproso, estaban
cruzadas sobre su pecho. Los labios que
habían contestado sus peticiones con las consoladoras palabras: "Quiero;
sé limpio" estaban callados.
Muchos apelaban a los sumos sacerdotes y príncipes en busca de simpatía
y alivio, pero en vano. Aparentemente
estaban resueltos a tener de nuevo en su medio al Cristo vivo. Con perseverante fervor preguntaban por
él. No querían que se les
despachase. Pero fueron ahuyentados de
los atrios del templo, y se colocaron soldados a las puertas para impedir la
entrada a la multitud que venía con sus enfermos y moribundos demandando
entrada.
Los que sufrían y habían venido para ser sanados por
el Salvador quedaron abatidos por el chasco.
Las calles estaban llenas de lamentos.
Los enfermos morían por falta del toque sanador de Jesús. Se consultaba en vano a los médicos; no
había habilidad como la de Aquel que yacía en la tumba de José.
Los lamentos de los dolientes infundieron a millares
de espíritus la convicción de que se había apagado una gran luz en el
mundo. Sin Cristo, la tierra era
tinieblas y obscuridad. Muchos cuyas
voces habían reforzado el clamor de "¡Crucifícale! ¡crucifícale!"
comprendían ahora la calamidad que había caído sobre ellos, y con tanta avidez
habrían clamado: Dadnos a Jesús, si hubiese estado vivo.
Cuando la gente supo que Jesús había sido ejecutado
por los sacerdotes, empezó a preguntar acerca de su muerte. Los detalles de su juicio fueron mantenidos
tan en secreto como fue posible; pero durante el tiempo que estuvo en la tumba,
su nombre estuvo en millares de labios; y los informes referentes al simulacro
de juicio a que había sido sometido y a la inhumanidad de los sacerdotes y
príncipes circularon por doquiera.
Hombres de intelecto pidieron a estos sacerdotes y príncipes que
explicasen las profecías del Antiguo Testamento concernientes al Mesías, y
éstos, mientras procuraban fraguar alguna mentira en respuesta, parecieron
enloquecer. No podían explicar las
profecías que señalaban los sufrimientos y la muerte de Cristo, y muchos de los
indagadores se convencieron de que las Escrituras se habían cumplido.
La venganza que los sacerdotes habían pensado sería
tan dulce era ya amargura para ellos.
Sabían que el pueblo los censuraba severamente y que los mismos en
quienes habían influido contra Jesús estaban ahora horrorizados por su
vergonzosa obra. Estos sacerdotes
habían procurado creer que Jesús era un impostor; pero era en vano. Algunos de ellos habían estado al lado de la
tumba de Lázaro y habían visto al muerto resucitar. Temblaron temiendo que Cristo mismo resucitase de los muertos y
volviese a aparecer delante de ellos.
Le habían oído declarar que él tenía poder para deponer su vida y
volverla a tornar. Recordaron que había
dicho: "Destruid este templo, y en tres días lo levantaré." Judas les
había repetido las palabras dichas por Jesús a los discípulos durante el último
viaje a Jerusalén: "He aquí subimos a Jerusalem, y el Hijo del hombre será
entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a
muerte; y le entregarán a los Gentiles para que le escarnezcan, y azoten, y
crucifiquen; mas al tercer día resucitará ."
Cuando oyeron estas palabras, se burlaron de ellas y
las ridiculizaron. Pero ahora
recordaban que hasta aquí las predicciones de Cristo se habían cumplido. Había dicho que resucitaría al tercer día,
¿y quién podía decir si esto también no acontecería? Anhelaban apartar estos
pensamientos, pero no podían. Como su
padre, el diablo, creían y temblaban.
Ahora que había pasado el frenesí de la excitación,
la imagen de Cristo se presentaba a sus espíritus. Le contemplaban de pie, sereno y sin quejarse delante de sus
enemigos, sufriendo sin un murmullo sus vilipendias y ultrajes. Recordaban todos los acontecimientos de su
juicio y crucifixión con una abrumadora convicción de que era el Hijo de
Dios. Sentían que podía presentarse
delante de ellos en cualquier momento, pasando el acusado a ser acusador, el
condenado a condenar, el muerto a exigir justicia en la muerte de sus
homicidas.
Poco pudieron descansar el sábado. Aunque no querían cruzar el umbral de un
gentil por temor a la contaminación, celebraron un concilio acerca del cuerpo
de Cristo. La muerte y el sepulcro
debían retener a Aquel a quien habían crucificado. "Se juntaron los príncipes de los sacerdotes y los fariseos
a Pilato, diciendo: Señor, nos acordamos que aquel engañador dijo, viviendo
aún: Después de tres días resucitaré.
Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el día tercero; porque no
vengan sus discípulos de noche, y le hurten, y digan al pueblo: Resucitó de los
muertos. Y será el postrer error peor
que el primero. Y Pilato les dijo:
Tenéis una guardia: id, aseguradlo como sabéis."
Los sacerdotes dieron instrucciones para asegurar el
sepulcro. Una gran piedra había sido
colocada delante de la abertura. A través
de esta piedra pusieron sogas, sujetando los extremos a la roca sólida y
sellándolos con el sello romano. La
piedra no podía ser movida sin romper el sello. Una guardia de cien soldados fue entonces colocada en derredor
del sepulcro a fin de evitar que se le tocase.
Los sacerdotes hicieron todo lo que podían para conservar el cuerpo de
Cristo donde había sido puesto. Fue
sellado tan seguramente en su tumba como si hubiese de permanecer allí para
siempre.
Así realizaron los débiles hombres sus consejos y sus planes. Poco comprendían estos homicidas la inutilidad de sus esfuerzos. Pero por su acción Dios fue glorificado. Los mismos esfuerzos hechos para impedir la resurrección de Cristo resultan los argumentos más convincentes para probarla. Cuanto mayor fuese el número de soldados colocados en derredor de la tumba, tanto más categórico sería el testimonio de que había resucitado. Centenares de años antes de la muerte de Cristo, el Espíritu Santo había declarado por el salmista: "¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan vanidad? Estarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra Jehová, y contra su ungido.... El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos." Las armas y los guardias romanos fueron impotentes para retener al Señor de la vida en la tumba. Se acercaba la hora de su liberación.