CAPÍTULO
78. EL CALVARIO
"Y COMO
vinieron al lugar que se llama de la Calavera, le crucificaron allí."
"Para santificar al pueblo por su propia
sangre," Cristo "padeció fuera de la puerta." Por la
transgresión de la ley de Dios, Adán y Eva fueron desterrados del Edén. Cristo, nuestro substituto, iba a sufrir
fuera de los límites de Jerusalén.
Murió fuera de la puerta, donde eran ejecutados los criminales y
homicidas. Rebosan de significado las
palabras: "Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por
nosotros maldición."
Una vasta multitud siguió a Jesús desde el pretorio
hasta el Calvario. Las nuevas de su
condena se habían difundido por toda Jerusalén, y acudieron al lugar de su
ejecución personas de todas clases y jerarquías. Los sacerdotes y príncipes se habían comprometido a no molestar a
los seguidores de Cristo si él les era entregado, así que los discípulos y
creyentes de la ciudad y región circundante pudieron unirse a la muchedumbre
que seguía al Salvador.
Al cruzar Jesús la puerta del atrio del tribunal de
Pilato, la cruz que había sido preparada para Barrabás fue puesta sobre sus
hombros magullados y ensangrentados.
Dos compañeros de Barrabás iban a sufrir la muerte al mismo tiempo que
Jesús, y se pusieron también cruces sobre ellos. La carga del Salvador era demasiado pesada para él en su
condición débil y doliente. Desde la
cena de Pascua que tomara con sus discípulos, no había ingerido alimento ni bebida. En el huerto de Getsemaní había agonizado en
conflicto con los agentes satánicos.
Había soportado la angustia de la entrega, y había visto a sus
discípulos abandonarle y huir. Había
sido llevado a Annás, luego a Caifás y después a Pilato. De Pilato había sido enviado a Herodes,
luego de nuevo a Pilato. Las injurias
habían sucedido a las injurias, los escarnios a los escarnios; Jesús había sido
flagelado dos veces, y toda esa noche se había producido una escena tras otra
de un carácter capaz de probar hasta lo sumo a un alma humana. Cristo no había desfallecido. No había pronunciado palabra que no tendiese
a glorificar a Dios. Durante toda la
deshonrosa farsa del proceso, se había portado con firmeza y dignidad. Pero cuando, después de la segunda
flagelación, la cruz fue puesta sobre él, la naturaleza humana no pudo soportar
más y Jesús cayó desmayado bajo la carga.
La muchedumbre que seguía al Salvador vio sus pasos
débiles y tambaleantes, pero no manifestó compasión. Se burló de él y le vilipendió porque no podía llevar la pesada
cruz. Volvieron a poner sobre él la carga,
y otra vez cayó desfalleciente al suelo.
Sus perseguidores vieron que le era imposible llevarla más lejos. No sabían dónde encontrar quien quisiese
llevar la humillante carga. Los judíos
mismos no podían hacerlo, porque la contaminación les habría impedido observar
la Pascua. Entre la turba que le seguía
no había una sola persona que quisiese rebajarse a llevar la cruz.
En ese momento, un forastero, Simón cireneo, que
volvía del campo, se encontró con la muchedumbre. Oyó las burlas y palabras soeces de la turba; oyó las palabras
repetidas con desprecio: Abrid paso para el Rey de los judíos. Se detuvo asombrado ante la escena; y como
expresara su compasión, se apoderaron de él y colocaron la cruz sobre sus hombros.
Simón había oído hablar de Jesús. Sus hijos creían en el Salvador, pero él no
era discípulo. Resultó una bendición
para él llevar la cruz al Calvario y desde entonces estuvo siempre agradecido
por esta providencia. Ella le indujo a
tomar sobre sí la cruz de Cristo por su propia voluntad y a estar siempre
alegremente bajo su carga.
Había no pocas mujeres entre la multitud que seguía
al Inocente a su muerte cruel. Su
atención estaba fija en Jesús. Algunas
de ellas le habían visto antes. Algunas
le habían llevado sus enfermos y dolientes.
Otras habían sido sanadas. Al
oír el relato de las escenas que acababan de acontecer, se asombraron por el
odio de la muchedumbre hacia Aquel por quien su propio corazón se enternecía y
estaba por quebrantarse. Y a pesar de
la acción de la turba enfurecida y de las palabras airadas de sacerdotes y
príncipes, esas mujeres expresaron su simpatía. Al caer Jesús desfallecido bajo la cruz, prorrumpieron en llanto
lastimero.
Esto fue lo único que atrajo la atención de
Cristo. Aunque abrumado por el sufrimiento
mientras llevaba los pecados del mundo, no era indiferente a la expresión de
pesar. Miró a esas mujeres con tierna
compasión. No eran creyentes en él;
sabía que no le compadecían como enviado de Dios, sino que eran movidas por
sentimientos de compasión humana. No
despreció su simpatía, sino que ésta despertó en su corazón una simpatía más
profunda por ellas. "Hijas de
Jerusalem --dijo,-- no me lloréis a mí, mas llorad por vosotras mismas, y por
vuestros hijos." De la escena que presenciaba, Cristo miró hacia adelante
al tiempo de la destrucción de Jerusalén.
En ese terrible acontecimiento, muchas de las que lloraban ahora por él
iban a perecer con sus hijos.
De la caída de Jerusalén, los pensamientos de Jesús
pasaron a un juicio más amplio. En la
destrucción de la ciudad impenitente, vio un símbolo de la destrucción final
que caerá sobre el mundo. Dijo:
"Entonces comenzarán a decir a los montes: Caed sobre nosotros; y a los
collados: Cubridnos. Porque si en el
árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué se hará?" Por el árbol
verde, Jesús se represento a sí mismo, el Redentor inocente. Dios permitió que su ira contra la
transgresión cayese sobre su Hijo amado.
Jesús iba a ser crucificado por los pecados de los hombres. ¿Qué sufrimiento iba entonces a soportar el
pecador que continuase en el pecado? Todos los impenitentes e incrédulos iban a
conocer un pesar y una desgracia que el lenguaje no podría expresar.
Entre la multitud que siguió al Salvador hasta el
Calvario, había muchos que le habían acompañado con gozosos hosannas y agitando
palmas, mientras entraba triunfantemente en Jerusalén. Pero no pocos de aquellos que habían gritado
sus alabanzas porque era una acción popular, participaban en clamar:
"Crucifícale, crucifícale." Cuando Cristo entró en Jerusalén, las
esperanzas de los discípulos habían llegado a su apogeo. Se habían agolpado en derredor de su
Maestro, sintiendo que era un alto honor estar relacionados con él. Ahora, en su humillación, le seguían de
lejos. Estaban llenos de pesar y
agobiados por las esperanzas frustradas.
Ahora se verificaban las palabras de Jesús: "Todos vosotros seréis
escandalizados en mí esta noche; porque escrito está: Heriré al Pastor, y las
ovejas de la manada serán dispersas."
Al llegar al lugar de la ejecución, los presos fueron
atados a los instrumentos de tortura.
Los dos ladrones se debatieron en las manos de aquellos que los ponían
sobre la cruz; pero Jesús no ofreció resistencia. La madre de Jesús, sostenida por el amado discípulo Juan, había
seguido las pisadas de su Hijo hasta el Calvario. Le había visto desmayar bajo la carga de la cruz, y había
anhelado sostener con su mano la cabeza herida y bañar la frente que una vez se
reclinara en su seno. Pero se le había
negado este triste privilegio.
Juntamente con los discípulos, acariciaba todavía la esperanza de que
Jesús manifestara su poder y se librara de sus enemigos. Pero su corazón volvió a desfallecer al recordar
las palabras con que Jesús había predicho las mismas escenas que estaban ocurriendo. Mientras ataban a los ladrones a la cruz,
miró suspensa en agonía. ¿Dejaría que
se le crucificase Aquel que había dado vida a los muertos? ¿Se sometería el
Hijo de Dios a esta muerte cruel? ¿Debería ella renunciar a su fe de que Jesús
era el Mesías? ¿Tendría ella que presenciar su oprobio y pesar sin tener
siquiera el privilegio de servirle en su angustia? Vio sus manos extendidas
sobre la cruz; se trajeron el martillo y los clavos, y mientras éstos se
hundían a través de la tierna carne, los afligidos discípulos apartaron de la
cruel escena el cuerpo desfalleciente de la madre de Jesús.
El Salvador no dejó oír un murmullo de queja. Su rostro permaneció sereno. Pero había grandes gotas de sudor sobre su
frente. No hubo mano compasiva que enjugase
el rocío de muerte de su rostro, ni se oyeron palabras de simpatía y fidelidad
inquebrantable que sostuviesen su corazón humano. Mientras los soldados estaban realizando su terrible obra, Jesús
oraba por sus enemigos: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que
hacen." Su espíritu se apartó de sus propios sufrimientos para pensar en
el pecado de sus perseguidores, y en la terrible retribución que les
tocaría. No invocó maldición alguna
sobre los soldados que le maltrataban tan rudamente. No invocó venganza alguna sobre los sacerdotes y príncipes que se
regocijaban por haber logrado su propósito.
Cristo se compadeció de ellos en su ignorancia y culpa. Sólo exhaló una súplica para que fuesen
perdonados, "porque no saben lo que hacen."
Si hubiesen sabido que estaban torturando a Aquel que
había venido para salvar a la raza pecaminosa de la ruina eterna, el
remordimiento y el horror se habrían apoderado de ellos. Pero su ignorancia no suprimió su
culpabilidad, porque habían tenido el privilegio de conocer y aceptar a Jesús
como su Salvador. Algunos iban a ver
todavía su pecado, arrepentirse y convertirse.
Otros, por su impenitencia, iban a hacer imposible que fuese, contestada
la oración de Cristo en su favor. Pero
asimismo se cumplía el propósito de Dios.
Jesús estaba adquiriendo derecho a ser abogado de los hombres en la
presencia del Padre.
Esa oración de Cristo por sus enemigos abarcaba al
mundo. Abarcaba a todo pecador que
hubiera vivido desde el principio del mundo o fuese a vivir hasta el fin del
tiempo. Sobre todos recae la
culpabilidad de la crucifixión del Hijo de Dios. A todos se ofrece libremente el perdón. "El que quiere" puede tener paz con Dios y heredar la
vida eterna.
Tan pronto como Jesús estuvo clavado en la cruz, ésta
fue levantada por hombres fuertes y plantada con gran violencia en el hoyo
preparado para ella. Esto causó los más
atroces dolores al Hijo de Dios. Pilato
escribió entonces una inscripción en hebreo, griego y latín y la colocó sobre
la cruz, más arriba que la cabeza de Jesús.
Decía: "Jesús Nazareno, Rey de los Judíos." Esta inscripción
irritaba a los judíos. En el tribunal
de Pilato habían clamado: "Crucifícale." "No tenemos rey sino a
César." Habían declarado que quien reconociese a otro rey era
traidor. Pilato escribió el sentimiento
que habían expresado. No se mencionaba
delito alguno, excepto que Jesús era Rey de los judíos. La inscripción era un reconocimiento virtual
de la fidelidad de los judíos al poder romano.
Declaraba que cualquiera que aseverase ser Rey de Israel, era
considerado por ellos como digno de muerte.
Los sacerdotes se habían excedido.
Cuando maquinaban la muerte de Cristo, Caifás había declarado
conveniente que un hombre muriese para salvar la nación. Ahora su hipocresía quedó revelada. A fin de destruir a Cristo, habían estado
dispuestos a sacrificar hasta su existencia nacional.
Los sacerdotes vieron lo que habían hecho, y pidieron
a Pilato que cambiase la inscripción.
Dijeron: "No escribas, Rey de los judíos: sino, que él dijo: Rey
soy de los Judíos." Pero Pilato estaba airado consigo mismo por su
debilidad anterior y despreciaba cabalmente a los celosos y arteros sacerdotes
y príncipes. Respondió fríamente:
"Lo que he escrito, he escrito."
Un poder superior a Pilato y a los judíos había
dirigido la colocación de esa inscripción sobre la cabeza de Jesús. Era la providencia de Dios, tenía que
incitar a reflexionar e investigar las Escrituras. El lugar donde Cristo fue crucificado se hallaba cerca de la
ciudad. Miles de personas de todos los
países estaban entonces en Jerusalén, y la inscripción que declaraba Mesías a
Jesús de Nazaret iba a llegar a su conocimiento. Era una verdad viva transcrita por una mano que Dios había
guiado.
En los sufrimientos de Cristo en la cruz, se cumplía
la profecía. Siglos antes de la
crucifixión, el Salvador había predicho el trato que iba a recibir. Dijo: "Porque perros me han rodeado,
hame cercado cuadrilla de malignos: horadaron mis manos y mis pies. Contar puedo todos mis huesos; ellos miran,
considéranme. Partieron entre sí mis
vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes." La profecía concerniente a sus
vestiduras fue cumplida sin consejo ni intervención de los amigos o los
enemigos del Crucificado. Su ropa había
sido dada a los soldados que le habían puesto en la cruz. Cristo oyó las disputas de los hombres
mientras se repartían las ropas entre sí.
Su túnica era tejida sin costura y dijeron: "No la partamos, sino
echemos suertes sobre ella, de quién será."
En otra profecía, el Salvador declaró: "La
afrenta ha quebrantado mi corazón, y estoy acongojado: y esperé quien se
compadeciese de mí, y no lo hubo: y consoladores, y ninguno hallé. Pusiéronme además hiel por comida, y en mi
sed me dieron a beber vinagre." Era permitido dar a los que sufrían la
muerte de cruz una poción estupefaciente que amortiguase la sensación del
dolor. Esta poción fue ofrecida a
Jesús; pero al probarla, la rehusó. No
quería recibir algo que turbase su inteligencia. Su fe debía aferrarse a Dios.
Era su única fuerza. Enturbiar
sus sentidos sería dar una ventaja a Satanás.
Los enemigos de Jesús desahogaron su ira sobre él
mientras pendía de la cruz. Sacerdotes,
príncipes y escribas se unieron a la muchedumbre para burlarse del Salvador
moribundo. En ocasión del bautismo y de
la transfiguración, se había oído la voz de Dios proclamar a Cristo como su
Hijo. Nuevamente, precisamente antes de
la entrega de Cristo, el Padre había hablado y atestiguado su divinidad. Pero ahora la voz del cielo callaba. Ningún testimonio se oía en favor de
Cristo. Solo, sufría los ultrajes y las
burlas de los hombres perversos.
"Si eres Hijo de Dios --decían,-- desciende de
la cruz." "Sálvese a sí, si éste es el Mesías, el escogido de
Dios." En el desierto de la tentación, Satanás había declarado: "Si
eres Hijo de Dios, di que estas piedras se hagan pan." "Si eres Hijo
de Dios, échate abajo" desde el pináculo del templo. Y Satanás, con ángeles suyos en forma
humana, estaba presente al lado de la cruz.
El gran enemigo y sus huestes cooperaban con los sacerdotes y
príncipes. Los maestros del pueblo
habían incitado a la turba ignorante a pronunciar juicio contra Uno a quien
muchos no habían mirado hasta que se les instó a que diesen testimonio contra
él. Los sacerdotes, los príncipes, los
fariseos y el populacho empedernido estaban confederados en un frenesí
satánico. Los dirigentes religiosos se
habían unido con Satanás y sus ángeles.
Estaban cumpliendo sus órdenes.
Jesús, sufriendo y moribundo, oía cada palabra
mientras los sacerdotes declaraban: "A otros salvó, a sí mismo no se puede
salvar. El Cristo, Rey de Israel,
descienda ahora de la cruz, para que veamos y creamos." Cristo podría
haber descendido de la cruz. Pero por
el hecho de que no quiso salvarse a sí mismo tiene el pecador esperanza de
perdón y favor con Dios.
Mientras se burlaban del Salvador, los hombres que
profesaban ser expositores de la profecía repetían las mismas palabras que la
Inspiración había predicho que pronunciarían en esta ocasión. Sin embargo, en su ceguera, no vieron que
estaban cumpliendo la profecía. Los que
con irrisión dijeron: "Confió en Dios: líbrele ahora si le quiere: porque
ha dicho: Soy Hijo de Dios," no pensaron que su testimonio repercutiría a
través de los siglos. Pero aunque
fueron dichas en son de burla, estas palabras indujeron a los hombres a
escudriñar las Escrituras como nunca lo habían hecho antes. Hombres sabios oyeron, escudriñaron,
reflexionaron y oraron. Hubo quienes no
descansaron hasta que, por la comparación de un pasaje de la Escritura con
otro, vieron el significado de la misión de Cristo. Nunca antes hubo un conocimiento tan general de Jesús como una
vez que fue colgado de la cruz. En el
corazón de muchos de aquellos que presenciaron la crucifixión y oyeron las
palabras de Cristo resplandeció la luz de la verdad.
Durante su agonía sobre la cruz, llegó a Jesús un
rayo de consuelo. Fue la petición del
ladrón arrepentido. Los dos hombres
crucificados con Jesús se habían burlado de él al principio; y por efecto del
padecimiento uno de ellos se volvió más desesperado y desafiante. Pero no sucedió así con su compañero. Este hombre no era un criminal
empedernido. Había sido extraviado por
las malas compañías, pero era menos culpable que muchos de aquellos que estaban
al lado de la cruz vilipendiando al Salvador.
Había visto y oído a Jesús y se había convencido por su enseñanza, pero
había sido desviado de él por los sacerdotes y príncipes. Procurando ahogar su convicción, se había
hundido más y más en el pecado, hasta que fue arrestado, juzgado como criminal
y condenado a morir en la cruz. En el
tribunal y en el camino al Calvario, había estado en compañía de Jesús. Había oído a Pilato declarar: "Ningún
crimen hallo en él." Había notado su porte divino y el espíritu compasivo
de perdón que manifestaba hacia quienes le atormentaban. En la cruz, vio a los muchos que hacían gran
profesión de religión sacarle la lengua con escarnio y ridiculizar al Señor
Jesús. Vio las cabezas que se sacudían,
oyó cómo su compañero de culpabilidad repetía las palabras de reproche:
"Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros." Entre los
que pasaban, oía a muchos que defendían a Jesús. Les oía repetir sus palabras y hablar de sus obras. Penetró de nuevo en su corazón la convicción
de que era el Cristo. Volviéndose hacia
su compañero culpable, dijo: "¿Ni aun tú temes a Dios, estando en la misma
condenación?" Los ladrones moribundos no tenían ya nada que temer de los
hombres. Pero uno de ellos sentía la
convicción de que había un Dios a quien temer, un futuro que debía hacerle
temblar. Y ahora, así como se hallaba,
todo manchado por el pecado, se veía a punto de terminar la historia de su
vida. "Y nosotros, a la verdad,
justamente padecemos --gimió,-- porque recibimos lo que merecieron nuestros
hechos: mas éste ningún mal hizo."
Nada ponía ya en tela de juicio. No expresaba dudas ni reproches. Al ser condenado por su crimen, el ladrón se
había llenado de desesperación; pero ahora brotaban en su mente pensamientos
extraños, impregnados de ternura.
Recordaba todo lo que había oído decir acerca de Jesús, cómo había
sanado a los enfermos y perdonado el pecado.
Había oído las palabras de los que creían en Jesús y le seguían
llorando. Había visto y leído el título
puesto sobre la cabeza del Salvador.
Había oído a los transeúntes repetirlo, algunos con labios temblorosos y
afligidos, otros con escarnio y burla.
El Espíritu Santo iluminó su mente y poco a poco se fue eslabonando la
cadena de la evidencia. En Jesús,
magullado, escarnecido y colgado de la cruz, vio al Cordero de Dios, que quita
el pecado del mundo. La esperanza se
mezcló con la angustia en su voz, mientras que su alma desamparada se aferraba
de un Salvador moribundo. "Señor,
acuérdate de mí --exclamó,-- cuando vinieres en tu reino." Prestamente
llegó la respuesta. El tono era suave y
melodioso, y las palabras, llenas de amor, compasión y poder: De cierto te digo
hoy: estarás conmigo en el paraíso.
Durante largas horas de agonía, el vilipendio y el
escarnio habían herido los oídos de Jesús.
Mientras pendía de la cruz, subía hacia él el ruido de las burlas y
maldiciones. Con corazón anhelante,
había escuchado para oír alguna expresión de fe de parte de sus
discípulos. Había oído solamente las
tristes palabras: "Esperábamos que él era el que había de redimir a
Israel." ¡Cuánto agradecimiento sintió entonces el Salvador por la
expresión de fe y amor que oyó del ladrón moribundo! Mientras los dirigentes
judíos le negaban y hasta sus discípulos dudaban de su divinidad, el pobre
ladrón, en el umbral de la eternidad, llamó a Jesús, Señor. Muchos estaban dispuestos a llamarle Señor
cuando realizaba milagros y después que hubo resucitado de la tumba; pero
mientras pendía moribundo de la cruz, nadie le reconoció sino el ladrón arrepentido
que se salvó a la undécima hora.
Los que estaban cerca de allí oyeron las palabras del
ladrón cuando llamaba a Jesús, Señor.
El tono del hombre arrepentido llamó su atención. Los que, al pie de la cruz, habían estado
disputándose la ropa de Cristo y echando suertes sobre su túnica, se detuvieron
a escuchar. Callaron las voces
airadas. Con el aliento en suspenso,
miraron a Cristo y esperaron la respuesta de aquellos labios moribundos.
Mientras pronunciaba las palabras de promesa, la
obscura nube que parecía rodear la cruz fue atravesada por una luz viva y
brillante. El ladrón arrepentido sintió
la perfecta paz de la aceptación por Dios.
En su humillación, Cristo fue glorificado. El que ante otros ojos parecía vencido, era el Vencedor. Fue reconocido como Expiador del
pecado. Los hombres pueden ejercer
poder sobre su cuerpo humano. Pueden
herir sus santas sienes con la corona de espinas. Pueden despojarle de su vestidura y disputársela en el
reparto. Pero no pueden quitarle su
poder de perdonar pecados. Al morir, da
testimonio de su propia divinidad, para la gloria del Padre. Su oído no se ha agravado al punto de no
poder oír ni se ha acortado su brazo para no poder salvar. Es su derecho real salvar hasta lo sumo a
todos los que por él se allegan a Dios.
De cierto te digo hoy: estarás conmigo en el
paraíso. Cristo no prometió que el
ladrón estaría en el paraíso ese día, El mismo no fue ese día al paraíso. Durmió en la tumba, y en la mañana de la
resurrección dijo: "Aun no he subido a mi Padre." Pero en el día de
la crucifixión, el día de la derrota y tinieblas aparentes, formuló la
promesa. "Hoy;" mientras
moría en la cruz como malhechor, Cristo aseguró al pobre pecador: "Estarás
conmigo en el paraíso."
Los ladrones crucificados con Jesús estaban "uno
a cada lado, y Jesús en medio." Así se había dispuesto por indicación de
los sacerdotes y príncipes. La posición
de Cristo entre los ladrones debía indicar que era el mayor criminal de los
tres. Así se cumplía el pasaje:
"Fue contado con los perversos." Pero los sacerdotes no podían ver el
pleno significado de su acto. Como
Jesús crucificado con los ladrones fue puesto "en medio," así su cruz
fue puesta en medio de un mundo que yacía en el pecado. Y las palabras de perdón dirigidas al ladrón
arrepentido encendieron una luz que brillará hasta los más remotos confines de
la tierra.
Con asombro, los ángeles contemplaron el amor
infinito de Jesús, quien, sufriendo la más intensa agonía mental y corporal,
pensó solamente en los demás y animó al alma penitente a creer. En su humillación, se había dirigido como
profeta a las hijas de Jerusalén; como sacerdote y abogado, había intercedido
con el Padre para que perdonase a sus homicidas; como Salvador amante, había
perdonado los pecados del ladrón arrepentido.
Mientras la mirada de Jesús recorría la multitud que
le rodeaba, una figura llamó su atención.
Al pie de la cruz estaba su madre, sostenida por el discípulo Juan. Ella no podía permanecer lejos de su Hijo; y
Juan, sabiendo que el fin se acercaba, la había traído de nuevo al lado de la
cruz. En el momento de morir, Cristo
recordó a su madre. Mirando su rostro
pesaroso y luego a Juan, le dijo: "Mujer, he ahí tu hijo," y luego a
Juan: "He ahí tu madre." Juan comprendió las palabras de Cristo y
aceptó el cometido. Llevó a María a su
casa, y desde esa hora la cuidó tiernamente.
¡Oh Salvador compasivo y amante! ¡En medio de todo su dolor físico y su
angustia mental, tuvo un cuidado reflexivo para su madre! No tenía dinero con
que proveer a su comodidad, pero estaba él entronizado en el corazón de Juan y
le dio su madre como legado precioso.
Así le proveyó lo que más necesitaba: la tierna simpatía de quien la
amaba porque ella amaba a Jesús. Y al
recibirla como un sagrado cometido, Juan recibía una gran bendición. Le recordaba constantemente a su amado
Maestro.
El perfecto ejemplo de amor filial de Cristo
resplandece con brillo siempre vivo a través de la neblina de los siglos. Durante casi treinta años Jesús había
ayudado con su trabajo diario a llevar las cargas del hogar. Y ahora, aun en su última agonía, se acordó
de proveer para su madre viuda y afligida.
El mismo espíritu se verá en todo discípulo de nuestro Señor. Los que siguen a Cristo sentirán que es
parte de su religión respetar a sus padres y cuidar de ellos. Los padres y las madres nunca dejarán de
recibir cuidado reflexivo y tierna simpatía de parte del corazón donde se
alberga el amor de Cristo.
El Señor de gloria estaba muriendo en rescate por la
familia humana. Al entregar su preciosa
vida, Cristo no fue sostenido por un gozo triunfante. Todo era lobreguez opresiva.
No era el temor de la muerte lo que le agobiaba. No era el dolor ni la ignominia de la cruz
lo que le causaba agonía inefable.
Cristo era el príncipe de los dolientes. Pero su sufrimiento provenía del sentimiento de la malignidad del
pecado, del conocimiento de que por la familiaridad con el mal, el hombre se
había vuelto ciego a su enormidad.
Cristo vio cuán terrible es el dominio del pecado sobre el corazón
humano, y cuán pocos estarían dispuestos a desligarse de su poder. Sabía que sin la ayuda de Dios la humanidad
tendría que perecer, y vio a las multitudes perecer teniendo a su alcance ayuda
abundante.
Sobre Cristo como substituto y garante nuestro fue
puesta la iniquidad de todos nosotros.
Fue contado por transgresor, a fin de que pudiese redimirnos de la
condenación de la ley. La culpabilidad
de cada descendiente de Adán abrumó su corazón. La ira de Dios contra el pecado, la terrible manifestación de su
desagrado por causa de la iniquidad, llenó de consternación el alma de su
Hijo. Toda su vida, Cristo había estado
proclamando a un mundo caído las buenas nuevas de la misericordia y el amor
perdonador del Padre. Su tema era la
salvación aun del principal de los pecadores.
Pero en estos momentos, sintiendo el terrible peso de la culpabilidad
que lleva, no puede ver el rostro reconciliador del Padre. Al sentir el Salvador que de él se retraía
el semblante divino en esta hora de suprema angustia, atravesó su corazón un
pesar que nunca podrá comprender plenamente el hombre. Tan grande fue esa agonía que apenas le
dejaba sentir el dolor físico.
Con fieras tentaciones, Satanás torturaba el corazón
de Jesús. El Salvador no podía ver a
través de los portales de la tumba. La
esperanza no le presentaba su salida del sepulcro como vencedor ni le hablaba
de la aceptación de su sacrificio por el Padre. Temía que el pecado fuese tan ofensivo para Dios que su
separación resultase eterna. Sintió la
angustia que el pecador sentirá cuando la misericordia no interceda más por la
raza culpable. El sentido del pecado,
que atraía la ira del Padre sobre él como substituto del hombre, fue lo que
hizo tan amarga la copa que bebía el Hijo de Dios y quebró su corazón.
Con asombro, los ángeles presenciaron la desesperada
agonía del Salvador. Las huestes del
cielo velaron sus rostros para no ver ese terrible espectáculo. La naturaleza inanimada expresó simpatía por
su Autor insultado y moribundo. El sol
se negó a mirar la terrible escena Sus rayos brillantes iluminaba la tierra a
mediodía, cuando de repente parecieron borrarse. Como fúnebre mortaja, una obscuridad completa rodeó la cruz. "Fueron hechas tinieblas sobre toda la
tierra hasta la hora de nona." Estas tinieblas, que eran tan profundas
como la medianoche sin luna ni estrellas, no se debía a ningún eclipse ni a
otra causa natural. Era un testimonio
milagroso dado por Dios para confirmar la fe de las generaciones ulteriores.
En esa densa obscuridad, se ocultaba la presencia de
Dios. El hace de las tinieblas su
pabellón y oculta su gloria de los ojos humanos. Dios y sus santos ángeles estaban al lado de la cruz. El Padre estaba con su Hijo. Sin embargo, su presencia no se reveló. Si su gloria hubiese fulgurado de la nube,
habría quedado destruido todo espectador humano. En aquella hora terrible, Cristo no fue consolado por la
presencia del Padre. Pisó solo el lagar
y del pueblo no hubo nadie con él.
Con esa densa obscuridad, Dios veló la última agonía
humana de su hijo. Todos los que habían
visto a Cristo sufrir estaban convencidos de su divinidad. Ese rostro, una vez contemplado por la
humanidad, no sería jamás olvidado. Así
como el rostro de Caín expresaba su culpabilidad de homicida, el rostro de
Cristo revelaba inocencia, serenidad, benevolencia: la imagen de Dios. Pero sus acusadores no quisieron prestar
atención al sello del cielo. Durante
largas horas de agonía, Cristo había sido mirado por la multitud
escarnecedora. Ahora le ocultó
misericordiosamente el manto de Dios..
Un silencio sepulcral parecía haber caído sobre el
Calvario. Un terror sin nombre dominaba
a la muchedumbre que estaba rodeando la cruz.
Las maldiciones y los vilipendios quedaron a medio pronunciar. Hombres, mujeres y niños cayeron postrados
al suelo. Rayos vívidos fulguraban
ocasionalmente de la nube y dejaban ver la cruz y el Redentor crucificado. Sacerdotes, príncipes, escribas, verdugos y
la turba, todos pensaron que había llegado su tiempo de retribución. Después de un rato, alguien murmuró que
Jesús bajaría ahora de la cruz. Algunos
intentaron regresar a tientas a la ciudad, golpeándose el pecho y llorando de
miedo.
A la hora nona, las tinieblas se elevaron de la
gente, pero siguieron rodeando al Salvador.
Eran un símbolo de la agonía y horror que pesaban sobre su corazón. Ningún ojo podía atravesar la lobreguez que
rodeaba la cruz, y nadie podía penetrar la lobreguez más intensa que rodeaba el
alma doliente de Cristo. Los airados
rayos parecían lanzados contra él mientras pendía de la cruz. Entonces "exclamó Jesús a gran voz,
diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabachthani?" "Dios mío, Dios mío, ¿por
qué me has desamparado?" Cuando la lobreguez exterior se asentó en
derredor del Salvador, muchas voces exclamaron: La venganza del cielo está
sobre él. Son lanzados contra él los
rayos de la ira de Dios, porque se declaró hijo de Dios. Muchos que creían en él oyeron su clamor
desesperado. La esperanza los
abandonó. Si Dios había abandonado a
Jesús, ¿en quién podían confiar sus seguidores?
Cuando las tinieblas se alzaron del espíritu oprimido
de Cristo, recrudeció su sentido de los sufrimientos físicos y dijo: "Sed
tengo." Uno de los soldados romanos, movido a compasión al mirar sus
labios resecos, colocó una esponja en un tallo de hisopo y, sumergiéndola en un
vaso de vinagre, se la ofreció a Jesús.
Pero los sacerdotes se burlaron de su agonía. Cuando las tinieblas cubrieron la tierra, se habían llenado de
temor; pero al disiparse su terror volvieron a temer que Jesús se les escapase
todavía. Interpretaron mal sus
palabras: "Eloi, Eloi, ¿lama sabachthani?" Con amargo desprecio y
escarnio dijeron: "A Elías llama éste." Rechazaron la última
oportunidad de aliviar sus sufrimientos.
"Deja --dijeron,-- veamos si viene Elías a librarle."
El inmaculado hijo de Dios pendía de la cruz: su
carne estaba lacerada por los azotes; aquellas manos que tantas veces se habían
extendido para bendecir, estaban clavadas en el madero; aquellos pies tan
incansables en los ministerios de amor estaban también clavados a la cruz; esa
cabeza real estaba herida por la corona de espinas; aquellos labios temblorosos
formulaban clamores de dolor. Y todo lo
que sufrió: las gotas de sangre que cayeron de su cabeza, sus manos y sus pies,
la agonía que torturó su cuerpo y la inefable angustia que llenó su alma al
ocultarse el rostro de su Padre, habla a cada hijo de la humanidad y declara:
Por ti consiente el Hijo de Dios en llevar esta carga de culpabilidad; por ti
saquea el dominio de la muerte y abre las puertas del Paraíso. El que calmó las airadas ondas y anduvo
sobre la cresta espumosa de las olas, el que hizo temblar a los demonios y huir
a la enfermedad, el que abrió los ojos de los ciegos y devolvió la vida a los
muertos, se ofrece como sacrificio en la cruz, y esto por amor a ti. El, el Expiador del pecado, soporta la ira
de la justicia divina y por causa tuya se hizo pecado.
En silencio, los espectadores miraron el fin de la
terrible escena. El sol resplandecía;
pero la cruz estaba todavía rodeada de tinieblas. Los sacerdotes y príncipes miraban hacia Jerusalén; y he aquí, la
nube densa se había asentado sobre la ciudad y las llanuras de Judea. El sol de justicia, la luz del mundo,
retiraba sus rayos de Jerusalén, la que una vez fuera la ciudad favorecida. Los fieros rayos de la ira de Dios iban
dirigidos contra la ciudad condenada.
De repente, la lobreguez se apartó de la cruz, y en
tonos claros, como de trompeta, que parecían repercutir por toda la creación,
Jesús exclamó: "Consumado es." "Padre, en tus manos encomiendo
mi espíritu." Una luz circuyó la cruz y el rostro del Salvador brilló con
una gloria como la del sol. Inclinó
entonces la cabeza sobre el pecho y murió
Entre las terribles tinieblas, aparentemente
abandonado de Dios, Cristo había apurado las últimas heces de la copa de la
desgracia humana. En esas terribles
horas había confiado en la evidencia que antes recibiera de que era aceptado de
su Padre. Conocía el carácter de su
Padre; comprendía su justicia, su misericordia y su gran amor. Por la fe, confió en Aquel a quien había
sido siempre su placer obedecer. Y
mientras, sumiso, se confiaba a Dios, desapareció la sensación de haber perdido
el favor de su Padre. Por la fe, Cristo
venció.
Nunca antes había presenciado la tierra una escena
tal. La multitud permanecía paralizada,
y con aliento en suspenso miraba al Salvador.
Otra vez descendieron tinieblas sobre la tierra y se oyó un ronco rumor,
como de un fuerte trueno. Se produjo un
violento terremoto que hizo caer a la gente en racimos. Siguió la más frenética confusión y
consternación. En las montañas
circundantes se partieron rocas que bajaron con fragor a las llanuras. Se abrieron sepulcros y los muertos fueron
arrojados de sus tumbas. La creación
parecía estremecerse hasta los átomos.
Príncipes, soldados, verdugos y pueblo yacían postrados en el suelo.
Cuando los labios de Cristo exhalaron el fuerte
clamor: "Consumado es," los sacerdotes estaban oficiando en el
templo. Era la hora del sacrificio
vespertino. Habían traído para matarlo
el cordero que representaba a Cristo.
Ataviado con vestiduras significativas y hermosas, el sacerdote estaba
con cuchillo levantado, como Abrahán a punto de matar a su hijo. Con intenso interés, el pueblo estaba
mirando. Pero la tierra tembló y se
agitó; porque el Señor mismo se acercaba.
Con ruido desgarrador, el velo interior del templo fue rasgado de arriba
abajo por una mano invisible, que dejó expuesto a la mirada de la multitud un
lugar que fuera una vez llenado por la presencia de Dios. En este lugar, había morado la shekinah
. Allí Dios había manifestado su gloria
sobre el propiciatorio. Nadie sino el
sumo sacerdote había alzado jamás el velo que separaba este departamento del
resto del templo. Allí entra una vez al
año para hacer expiación por los pecados del pueblo. Pero he aquí, este velo se había desgarrado en dos. Ya no era más sagrado el lugar santísimo del
santuario terrenal.
Todo era terror y confusión. El sacerdote estaba por matar la víctima; pero el cuchillo cayó de su mano enervada y el cordero escapó. El símbolo había encontrado en la muerte del Hijo de Dios la realidad que prefiguraba. El gran sacrificio había sido hecho. Estaba abierto el camino que llevaba al santísimo. Había sido preparado para todos un camino nuevo y viviente. Ya no necesitaría la humanidad pecaminosa y entristecida esperar la salida del sumo sacerdote. Desde entonces, el Salvador iba a oficiar como sacerdote y abogado en el cielo de los cielos. Era como si una voz viva hubiese dicho a los adoradores: Ahora terminan todos los sacrificios y ofrendas por el pecado. El Hijo de Dios ha venido conforme a su Palabra: "Heme aquí (en la cabecera del libro está escrito de mí) para que haga, oh Dios, tu voluntad." "Por su propia sangre [él entra] una sola vez en el santuario, habiendo obtenido eterna redención."