CAPÍTULO 74. GETSEMANÍ
EN COMPAÑÍA de sus discípulos, el Salvador se
encaminó lentamente hacia el huerto de Getsemaní. La luna de Pascua, ancha y llena, resplandecía desde un cielo sin
nubes. La ciudad de cabañas para los
peregrinos estaba sumida en el silencio.
Jesús había estado conversando fervientemente con sus discípulos e
instruyéndolos; pero al acercarse a Getsemaní se fue sumiendo en un extraño
silencio. Con frecuencia, había
visitado, este lugar para meditar y orar; pero nunca con un corazón tan lleno
de tristeza como esta noche de su última agonía. Toda su vida en la tierra, había andado en la presencia de Dios. se hallaba en conflicto con hombres animados
por el espíritu de Satanás, pudo decir: "El que me envió, está; no me ha
dejado solo el Padre; porque yo, lo que a el le agrada, hago siempre."
Pero ahora le parecía estar excluido de la luz de la presencia sostenedora de
Dios. Ahora se contaba con los
transgresores. Debía llevar la
culpabilidad de la humanidad caída. Sobre
el que no conoció pecado, debía ponerse la iniquidad de todos nosotros. Tan terrible le parece tan grande el peso de
la culpabilidad que debe llevar, que está tentado a temer que quedará privado
para siempre de su Padre. Sintiendo
cuán terrible es la ira de Dios contra la transgresión, exclama: "Mi alma
está muy triste hasta la muerte."
Al acercarse al huerto, los discípulos notaron el
cambio de ánimo en su Maestro. Nunca
antes le habían visto tan triste y callado.
Mientras avanzaba, esta extraña se iba ahondando; pero no se atrevían a
interrogarle acerca de la causa. Su
cuerpo se tambaleaba como si estuviese por caer.. Al llegar al huerto, los discípulos buscaron ansiosamente el
lugar donde solía retraerse, para que su Maestro pudiese descansar. Cada paso le costaba un penoso esfuerzo.
Dejaba oír gemidos como si le agobiase una terrible
carga. Dos veces le sostuvieron sus
compañeros, pues sin ellos habría caído al suelo.
Cerca de la entrada del huerto, Jesús dejó a todos
sus discípulos, menos tres, rogándoles que orasen por si mismos y por él. Acompañado de Pedro, Santiago y Juan, entró
en los lugares más retirados. Estos
tres discípulos eran los compañeros más íntimos de Cristo. Habían contemplado su gloria en el monte de
la transfiguración; habían visto a Moisés y Elías conversar con él; habían oído
la voz del cielo; y ahora en su grande lucha Cristo deseaba su presencia
inmediata. Con frecuencia habían pasado
la noche con él en este retiro. En esas
ocasiones, después de unos momentos de vigilia y oración, se dormían
apaciblemente a corta distancia de su Maestro, hasta que los despertaba por la
mañana para salir de nuevo a trabajar. Pero
ahora deseaba que ellos pasasen la noche con él en oración. Sin embargo, no podía sufrir que aun ellos
presenciasen la agonía que iba a soportar.
"Quedaos aquí --dijo,-- y velad conmigo."
Fue a corta distancia de ellos -no tan lejos que no
pudiesen verle y oírle-- y cayó postrado en el suelo. Sentía que el pecado le estaba separando de su Padre. La sima era tan ancha, negra y profunda que
su espíritu se estremecía ante ella. No
debía ejercer su poder divino para escapar de esa agonía. Como hombre, debía sufrir las consecuencias
del pecado del hombre. Como hombre,
debía soportar la ira de Dios contra la transgresión.
Cristo asumía ahora una actitud diferente de la que
jamás asumiera antes. Sus sufrimientos
pueden describirse mejor en las palabras del profeta: "Levántate, oh
espada, sobre el pastor, y sobre el hombre campanero mío, dice Jehová de los
ejércitos" Como substituto y garante del hombre pecaminoso, Cristo estaba
sufriendo bajo la justicia divina. Veía
lo que significaba la justicia. Hasta
entonces había obrado como intercesor por otros; ahora anhelaba tener un
intercesor para sí.
Sintiendo quebrantada su unidad con el Padre, temía
que su naturaleza humana no pudiese soportar el venidero conflicto con las
potestades de las tinieblas. En el
desierto de la tentación, había estado en juego el destino de la raza humana. Cristo había vencido entonces. Ahora el tentador había acudido a la última
y terrible lucha, para la cual se había estado preparando durante los tres años
del ministerio de Cristo. Para él, todo
estaba en juego. Si fracasaba aquí,
perdía su esperanza de dominio; los reinos del mundo llegarían a ser finalmente
de Cristo; él mismo seria derribado y desechado. Pero si podía vencer a Cristo, la tierra llegaría a ser el reino
de Satanás, y la familia humana estaría para siempre en su poder. Frente a las consecuencias posibles del
conflicto, embargaba el alma de Cristo el temor de quedar separada de Dios. Satanás le decía que si se hacía garante de
un mundo pecaminoso, la separación seria eterna. Quedaría identificado con el reino de Satanás, y nunca mas seria
uno con Dios.
Y ¿qué se iba a ganar por este sacrificio? ¡Cuán
irremisibles parecían la culpabilidad y la ingratitud de los hombres! Satanás
presentaba al Redentor la situación en sus rasgos mas duros: El pueblo que
pretende estar por encima de todos los demás en ventajas temporales y espirituales
te ha rechazado. Está tratando de
destruirte a ti, fundamento, centro y sello de las promesas a ellos hechas como
pueblo peculiar. Uno de tus propios
discípulos, que escuchó tus instrucciones y se ha destacado en las actividades
de tu iglesia, te traicionará. Uno de
tus más celosos seguidores te negará. Todos
te abandonarán.
Todo el ser de Cristo aborrecía este pensamiento. Que aquellos a quienes se había comprometido
a salvar, aquellos a quienes amaba tanto se uniesen a las maquinaciones de Satanás,
esto traspasaba su alma. El conflicto
era terrible. Se medía por la
culpabilidad de su nación, de sus acusadores y su traidor, por la de un mundo
que yacía en la iniquidad. Los pecados
de los hombres descansaban pesadamente sobre Cristo, y el sentimiento de la ira
de Dios contra el pecado abrumaba su vida.
Mirémosle contemplando el precio que ha de pagar por
el alma humana. En su agonía, se aferra
al suelo frío, como para evitar ser alejado más de Dios. El frío rocío de la noche cae sobre su cuerpo
postrado, pero él no le presta atención.
De sus labios pálidos, brota el amargo clamor: "Padre mío, si es
posible, pase de mi este vaso." Pero aún entonces añade: "Empero no
como yo quiero, sino como tú."
El corazón humano anhela simpatía en el sufrimiento. Este anhelo lo sintió Cristo en las
profundidades de su ser. En la suprema
agonía de su alma, vino a sus discípulos con un anhelante deseo de oír algunas
palabras de consuelo de aquellos a quienes había bendecido y consolado con
tanta frecuencia, y escudado en la tristeza y la angustia. El que siempre había tenido palabras de
simpatía para ellos, sufría ahora agonía sobrehumana, y anhelaba saber que
oraban por él y por sí mismos. ¡Cuán
sombría parecía la malignidad del pecado! Era terrible la tentación de dejar a
la familia humana soportar las consecuencias de su propia culpabilidad,
mientras él permaneciese inocente delante de Dios. Si tan sólo pudiera saber que sus discípulos comprendían y
apreciaban esto, se sentiría fortalecido.
Levantándose con penoso esfuerzo, fue tambaleándose
adonde había dejado a sus compañeros. Pero
"los halló durmiendo." Si los hubiese hallado orando, habría quedado
aliviado. Si ellos hubiesen estado
buscando refugio en Dios para que los agentes satánicos no pudiesen prevalecer
sobre ellos, habría quedado consolado por su firme fe. Pero no habían escuchado la amonestación
repetida: "Velad y orad." Al principio, los había afligido mucho el
ver a su Maestro, generalmente tan sereno y digno, luchar con una tristeza
incomprensible. Habían orado al oír los
fuertes clamores del que sufría. No se
proponían abandonar a su Señor, pero parecían paralizados por un estupor que
podrían haber sacudido sí hubiesen continuado suplicando a Dios. No comprendían la necesidad de velar y orar
fervientemente para resistir la tentación.
Precisamente antes de dirigir sus pasos al huerto,
Jesús había dicho a los discípulos: "Todos seréis escandalizados en mí
esta noche." Ellos le habían asegurado enérgicamente que irían con El a la
cárcel y a la muerte. Y el pobre Pedro,
en su suficiencia propia, había añadido: "Aunque todos sean
escandalizados, mas no yo." Pero los discípulos confiaban en sí mismos. No miraron al poderoso Auxiliador como
Cristo les había aconsejado que lo hiciesen.
Así que cuando más necesitaba el Salvador su simpatía y oraciones, los
halló dormidos, Pedro mismo estaba durmiendo.
Y Juan, el amante discípulo que se había reclinado
sobre el pecho de Jesús, dormía. Ciertamente,
el amor de Juan por su Maestro debiera haberlo mantenido despierto. Sus fervientes oraciones debieran haberse
mezclado con las de su amado Salvador en el momento de su suprema tristeza. El Redentor había pasado noches enteras
orando por sus discípulos, para que su fe no faltase. Si Jesús hubiese dirigido a Santiago y a Juan la pregunta que les
había dirigido una vez: "¿Podéis beber el vaso que yo he de beber, y ser
bautizados del bautismo de que yo soy bautizado?" no se habrían atrevido a
contestar: "Podemos."
Los discípulos se despertaron al oír la voz de Jesús,
pero casi no le conocieron, tan cambiado por la angustia había quedado su
rostro. Dirigiéndose a Pedro, Jesús
dijo: "¡Simón! ¿duermes tú? ¿no has podido velar una sola hora? Velad, y
orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está pronto,
mas la carne es débil." La debilidad de sus discípulos despertó la
simpatía de Jesús. Temió que no
pudiesen soportar la prueba que iba a sobrevenirles en la hora de su entrega y
muerte. No los reprendió, sino dijo:
"Velad, y orad, para que no entréis en tentación." Aun en su gran
agonía, procuraba disculpar su debilidad.
"El espíritu a la verdad está pronto --dijo,-- mas la carne es
débil."
El Hijo de Dios volvió a quedar presa de agonía sobre
humana, y tambaleándose volvió agotado al lugar de su primera lucha. Su sufrimiento era aun mayor que antes. Al apoderarse de él la agonía del alma,
"fue su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la
tierra." Los cipreses y las palmeras eran los testigos silenciosos de su
angustia. De su follaje caía un pesado
rocío sobre su cuerpo postrado, como si la naturaleza llorase sobre su Autor
que luchaba a solas con las potestades de las tinieblas.
Poco tiempo antes, Jesús había estado de pie como un
cedro poderoso, presintiendo la tormenta de oposición que agotaba su furia
contra él. Voluntades tercas y
corazones llenos de malicia y sutileza habían procurado en vano confundirle y
abrumarle. Se había erguido con divina
majestad como el Hijo de Dios. Ahora
era como un junco azotado y doblegado por la tempestad airada. Se había acercado a la consumación de su
obra como vencedor, habiendo ganado a cada paso la victoria sobre las
potestades de las tinieblas. Como ya
glorificado, había aseverado su unidad con Dios. En acentos firmes, había elevado sus cantos de alabanza. Había dirigido a sus discípulos palabras de
estimulo y ternura. Pero ya había
llegado la hora de la potestad de las tinieblas. Su voz se oía en el tranquilo aire nocturno, no en tonos de
triunfo, sino impregnada de angustia humana.
Estas palabras del Salvador llegaban a los oídos de los soñolientos
discípulos: "Padre mío, si no puede este vaso pasar de mi sin que yo lo
beba, hágase tu voluntad."
El primer impulso de los discípulos fue ir hacia él; pero
les había invitado a quedarse allí velando y orando. Cuando Jesús vino a ellos, los halló otra vez dormidos. Otra vez había sentido un anhelo de
compañía, de oír de sus discípulos algunas palabras que le aliviasen y
quebrantasen el ensalmo de las tinieblas que casi le dominaban. Pero "los dos de ellos estaban
cargados; y no sabían qué responderle." Su presencia los despertó. Vieron su rostro surcado por el sangriento
sudor de la agonía, y se llenaron de temor.
No podían comprender su angustia mental. "Tan desfigurado, era su aspecto más que el de cualquier
hombre, y su forma más que la de los hijos de Adán." Apartándose, Jesús
volvió a su lugar de retiro y cayó postrado, vencido por el horror de una gran
obscuridad. La humanidad del Hijo de
Dios temblaba en esa hora penosa.
Oraba ahora no por sus discípulos, para que su fe no
faltase, sino por su propia alma tentada y agonizante. Había llegado el momento pavoroso, el
momento que había de decidir el destino del mundo. La suerte de la humanidad pendía de un hilo. Cristo podía aun ahora negarse a beber la
copa destinada al hombre culpable. Todavía
no era demasiado tarde. Podía enjugar
el sangriento sudor de su frente y dejar que el hombre pereciese en su
iniquidad. Podía decir: Reciba el transgresor
la penalidad de su pecado, y yo volveré a mi Padre. ¿Beberá el Hijo de Dios la amarga copa de la humillación y la
agonía? ¿Sufrirá el inocente las consecuencias de la maldición del pecado, para
salvar a los culpables? Las palabras caen temblorosamente de los pálidos labios
de Jesús: "Padre mío, si no puede este vaso pasar de mi sin que yo lo
beba, hágase tu voluntad."
Tres veces repitió esta oración. Tres veces rehuyó su humanidad el último y
culminante sacrificio, pero ahora surge delante del Redentor del mundo la
historia de la familia humana. Ve que
los transgresores de la ley, abandonados a si mismos, tendrían que perecer. Ve la impotencia del hombre. Ve el poder del pecado. Los ayes y lamentos de un mundo condenado
surgen delante de él. Contempla la
suerte que le tocarla, y su decisión queda hecha. Salvará al hombre, sea cual fuere el costo. Acepta su bautismo de sangre, a fin de que
por él los millones que perecen puedan obtener vida eterna. Dejó los atrios celestiales, donde todo es
pureza, felicidad y gloria, para salvar a la oveja perdida, al mundo que cayó
por la transgresión. Y no se apartará
de su misión. Hará propiciación por una
raza que quiso pecar. Su oración
expresa ahora solamente sumisión: "Si no puede este vaso pasar de mí sin
que yo lo beba, hágase tu voluntad."
Habiendo hecho la decisión, cayó moribundo al suelo
del que se había levantado parcialmente.
¿Dónde estaban ahora sus discípulos, para poner tiernamente sus manos
bajo la cabeza de su Maestro desmayado, y bañar esa frente desfigurada en
verdad más que la de los hijos de los hombres? El Salvador piso solo el lagar,
y no hubo nadie del pueblo con él.
Pero Dios sufrió con su Hijo. Los ángeles contemplaron la agonía del
Salvador. Vieron a su Señor rodeado por
las legiones de las fuerzas satánicas, y su naturaleza abrumada por un pavor
misterioso que lo hacia estremecerse. Hubo
silencio en el cielo. Ningún arpa
vibraba. Si los mortales hubiesen
percibido el asombro de la hueste angélica mientras en silencioso pesar veía al
Padre retirar sus rayos de luz, amor y gloria de su Hijo amado, comprenderían
mejor cuán odioso es a su vista el pecado.
Los mundos que no habían caído y los ángeles
celestiales habían mirado con intenso interés mientras el conflicto se acercaba
a su fin. Satanás y su confederación
del mal, las legiones de la apostasía, presenciaban atentamente esta gran
crisis de la obra de redención. Las
potestades del bien y del mal esperaban para ver qué respuesta recibirla la
oración tres veces repetida por Cristo.
Los ángeles habían anhelado llevar alivio al divino doliente, pero esto
no podía ser. Ninguna vía de escape
había para el Hijo de Dios. En esta
terrible crisis, cuando todo estaba en juego, cuando la copa misteriosa
temblaba en la mano del Doliente, los cielos se abrieron, una luz resplandeció
de en medio de la tempestuosa obscuridad de esa hora crítica, y el poderoso
ángel que está en la presencia de Dios ocupando el lugar del cual cayó Satanás,
vino al lado de Cristo. No vino para
quitar de su mano la copa, sino para fortalecerle a fin de que pudiese beberla,
asegurado del amor de su Padre. Vino
para dar poder al suplicante divino-humano.
Le mostró los cielos abiertos y le habló de las almas que se salvarían
como resultado de sus sufrimientos. Le
aseguró que su Padre es mayor y más poderoso que Satanás, que su muerte
ocasionaría la derrota completa de Satanás, y que el reino de este mundo sería
dado a los santos del Altísimo. Le dijo
que vería el trabajo de su alma y quedaría satisfecho, porque vería una
multitud de seres humanos salvados, eternamente salvos.
La agonía de Cristo no cesó, pero le abandonaron su
depresión y desaliento. La tormenta no
se había apaciguado, pero el que era su objeto fue fortalecido para soportar su
furia. Salió de la prueba sereno y
henchido de calma. Una paz celestial se
leía en su rostro manchado de sangre. Había
soportado lo que ningún ser humano hubiera podido soportar; porque había
gustado los sufrimientos de la muerte por todos los hombres.
Los discípulos dormidos habían sido despertados
repentinamente por la luz que rodeaba al Salvador. Vieron al ángel que se inclinaba sobre su Maestro postrado. Le vieron alzar la cabeza del Salvador
contra su pecho y señalarle el cielo. Oyeron
su voz, como la música más dulce, que pronunciaba palabras de consuelo y
esperanza. Los discípulos recordaron la
escena transcurrida en el monte de la transfiguración. Recordaron la gloria que en el templo había
circuido a Jesús y la voz de Dios que hablara desde la nube. Ahora esa misma gloria se volvía a revelar,
y no sintieron ya temor por su Maestro.
Estaba bajo el cuidado de Dios, y un ángel poderoso había sido enviado
para protegerle. Nuevamente los
discípulos cedieron, en su cansancio, al extraño estupor que los dominaba. Nuevamente Jesús los encontró durmiendo.
Mirándolos tristemente, dijo: "Dormid ya, y
descansad: he aquí ha llegado la hora, y el Hijo del hombre es entregado en
manos de pecadores."
Aun mientras decía estas palabras, oía los pasos de
la turba que le buscaba, y añadió: "Levantaos, vamos: he aquí ha llegado
el que me ha entregado."
No se veían en Jesús huellas de su reciente agonía
cuando se dirigió al encuentro de su traidor.
Adelantándose a sus discípulos, dijo: "¿A quién buscáis?"
Contestaron: "A Jesús Nazareno." Jesús respondió: "Yo soy."
Mientras estas palabras eran pronunciadas, el ángel que acababa de servir a
Jesús, se puso entre él y la turba. Una
luz divina iluminó el rostro del Salvador, y le hizo sombra una figura como de
paloma. En presencia de esta gloria
divina, la turba homicida no pudo resistir un momento. Retrocedió tambaleándose. Sacerdotes, ancianos, soldados, y aún Judas,
cayeron como muertos al suelo.
El ángel se retiró, y la luz se desvaneció. Jesús tuvo oportunidad de escapar, pero
permaneció sereno y dueño de si. Permaneció
en pie como un ser glorificado, en medio de esta banda endurecida, ahora
postrada e inerme a sus pies. Los
discípulos miraban, mudos de asombro y pavor.
Pero la escena cambió rápidamente. La turba se levantó. Los soldados romanos, los sacerdotes y judas
se reunieron en derredor de Cristo. Parecían
avergonzados de su debilidad, y temerosos de que se les escapase todavía,
Volvió el Redentor a preguntar: "¿A quién buscáis?" Habían tenido
pruebas de que el que estaba delante de ellos era el Hijo de Dios, pero no
querían convencerse. A la pregunta:
"¿A quién buscáis?" volvieron a contestar: "A Jesús
Nazareno." El Salvador les dijo entonces: "Os he dicho que yo soy:
pues si a mí buscáis, dejad ir a éstos," señalando a los discípulos. Sabía cuán débil era la fe de ellos, y
trataba de escudarlos de la tentación y la prueba. Estaba listo para sacrificarse por ellos.
El traidor Judas no se olvidó de la parte que debía
desempeñar. Cuando entró la turba en el
huerto, iba delante, seguido de cerca por el sumo sacerdote. Había dado una señal a los perseguidores de
Jesús diciendo: "Al que yo besare, aquél es: prendedle." Ahora,
fingiendo no tener parte con ellos, se acercó a Jesús, le tomó de la mano como
un amigo familiar, diciendo: "Salve, Maestro," le besó repetidas
veces, simulando llorar de simpatía por él en su peligro.
Jesús le dijo: "Amigo, ¿a qué vienes?" Su
voz temblaba de pesar al añadir: "Judas, ¿con beso entregas al Hijo del
hombre?" Esta súplica debiera haber despertado la conciencia del traidor y
conmovido su obstinado corazón; pero le habían abandonado la honra, la
fidelidad y la ternura humana. Se
mostró audaz y desafiador, sin disposición a enternecerse. Se había entregado a Satanás y no podía
resistirle. Jesús no rechazó el beso
del traidor.
La turba se envalentonó al ver a Judas tocar la
persona de Aquel que había estado glorificado ante sus ojos tan poco tiempo
antes. Se apoderó entonces de Jesús y
procedió a atar aquellas preciosas manos que siempre se habían dedicado a hacer
bien.
Los discípulos hablan pensado que su Maestro no se
dejaría prender. Porque el mismo poder
que había hecho caer como muertos a esos hombres podía dominarlos hasta que
Jesús y sus compañeros escapasen. Se
quedaron chasqueados e indignados al ver sacar las cuerdas para atar las manos
de Aquel a quien amaban. En su ira,
Pedro sacó impulsivamente su espada y trató de defender a su Maestro, pero no
logró sino cortar una oreja del siervo del sumo sacerdote. Cuando Jesús vio lo que había hecho, libró
sus manos, aunque eran sujetadas firmemente por los soldados romanos, y
diciendo: "Dejad hasta aquí," tocó la oreja herida, Y ésta quedó
inmediatamente sana. Dijo luego a
Pedro: "Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomaren espada,
a espada perecerán. ¿Acaso piensas que
no puedo ahora orar a mi Padre, y él me daría más de doce legiones de
ángeles?"--una legión en lugar de cada uno de los discípulos-- Pero los
discípulos se preguntaban: ¿Oh, por qué no se salva a sí mismo y a nosotros?
Contestando a su pensamiento inexpresado, añadió: "¿Cómo, pues, se
cumplirían las Escrituras, que así conviene que sea hecho?" "El vaso
que el Padre me ha dado, ¿no lo tengo de beber?"
La dignidad oficial de los dirigentes judíos no les
había impedido unirse al perseguimiento de Jesús. Su arresto era un asunto demasiado importante para confiarlo a
subordinados; así que los astutos sacerdotes y ancianos se habían unido a la
policía del templo y a la turba para seguir a Judas hasta Getsemaní. ¡Qué compañía para estos dignatarios: una
turba ávida de excitación y armada con toda clase de instrumentos como para
perseguir a una fiera!
Volviéndose a los sacerdotes y ancianos, Jesús fijó
sobre ellos su mirada escrutadora. Mientras
viviesen, no se olvidarían de las palabras que pronunciara. Eran como agudas saetas del Todopoderoso. Con dignidad dijo: Salisteis contra mí con
espadas y palos como contra un ladrón. Día
tras día estaba sentado enseñando en el templo. Tuvisteis toda oportunidad de echarme mano, y nada hicisteis. La noche se adapta mejor para vuestra obra. "Esta es vuestra hora, y la potestad de
las tinieblas."
Los discípulos quedaron aterrorizados al ver que Jesús permitía que se le prendiese y atase. Se ofendieron porque sufría esta humillación para si y para ellos. No podían comprender su conducta, y le inculpaban por someterse a la turba. En su indignación y temor, Pedro propuso que se salvasen a si mismos. Siguiendo esta sugestión, "todos los discípulos huyeron, dejándole." Pero Cristo había predicho esta deserción. "He aquí había dicho, la hora viene, y ha venido, que seréis esparcidos cada uno por su parte, y me dejaréis solo: mas no estoy solo, porque el Padre está conmigo."