CAPÍTULO 73. "NO SE TURBE VUESTRO CORAZÓN"
MIRANDO a sus discípulos con amor divino y con la más
tierna simpatía, Cristo dijo: "Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y
Dios es glorificado en él." Judas había abandonado el aposento alto, y
Cristo estaba solo con los once. Estaba
por hablar de su inminente separación de ellos; pero antes de hacerlo señaló el
gran objeto de su misión, que recordaba siempre. Se gozaba en que toda su humillación y sufrimiento iban a
glorificar el nombre del Padre. A esto
dirigió primero los pensamientos de sus discípulos.
Luego dirigiéndose a ellos con el término cariñoso de
"hijitos," dijo: "Aun un poco estoy con vosotros. Me buscaréis; mas, como dije a los Judíos:
Donde yo voy, vosotros no podéis venir; así digo a vosotros ahora."
Los discípulos no podían regocijarse cuando oyeron
esto. El temor se apoderó de ellos. Se acercaron aun más al Salvador. Su Maestro y Señor, su amado Instructor y
Amigo, les era más caro que la vida. A
él pedían ayuda en todas sus dificultades, consuelo en sus tristezas y
desencantos. Ahora estaba por
abandonarlos, a ellos que formaban un grupo solitario y dependiente. Obscuros eran los presentimientos que les
llenaban el corazón.
Pero las palabras que les dirigía el Salvador estaban
llenas de esperanza. El sabía que iban
a ser asaltados por el enemigo, y que la astucia de Satanás tiene más éxito
contra los que están deprimidos por las dificultades. Por lo tanto, quiso desviar su atención de "las cosas que se
ven" a "las que no se ven." Apartó sus pensamientos del
destierro terrenal al hogar celestial.
"No se turbe vuestro corazón dijo: creéis en
Dios, creed también en mi. En la casa
de mi Padre muchas moradas hay: de otra manera os lo hubiera dicho: voy, pues,
a preparar lugar para vosotros. Y si me
fuere, y os apartaré lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mi mismo: para que
donde yo estoy, vosotros también estéis.
Y sabéis a dónde yo voy; y sabéis el camino." Por causa vuestra
vine al mundo. Estoy trabajando en
vuestro favor. Cuando me vaya, seguiré
trabajando anhelosamente por vosotros. Vine
al mundo a revelarme a vosotros, para que creyeseis. Voy al Padre para cooperar con él en vuestro favor. El objeto de la partida de Cristo era lo
opuesto de lo que temían los discípulos.
No significaba una separación final.
Iba a prepararles lugar, a fin de volver aquí mismo a buscarlos. Mientras les estuviese edificando mansiones,
ellos habían de edificar un carácter conforme a la semejanza divina.
Los discípulos estaban perplejos aún. Tomás, siempre acosado por las dudas, dijo:
"Señor, no sabemos a dónde vas: ¿Como, pues, podemos saber el camino? Jesús
le dice: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida: nadie viene al Padre, sino
por mí. Si me conocieseis, también a mi
Padre conocierais: y desde ahora le conocéis, y le habéis visto."
No hay muchos caminos que llevan al cielo. No puede cada uno escoger el suyo. Cristo dice: "Yo soy el camino.... Nadie viene al Padre, sino por mí." Desde
que fue predicado el primer sermón evangélico, cuando en el Edén se declaró que
la simiente de la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente, Cristo ha sido
enaltecido como el camino, la verdad y la vida. El era el camino cuando Adán vivía, cuando Abel ofreció a Dios la
sangre del cordero muerto, que representaba la sangre del Redentor. Cristo fue el camino por el cual los
patriarcas y los profetas fueron salvos.
El es el único camino por el cual podemos tener acceso a Dios.
"Si me conocieseis --dijo Cristo,-- también a mi
Padre conocierais: y desde ahora le conocéis, y le habéis visto." Pero los
discípulos no le comprendieron todavía.
"Señor, muéstranos el Padre -- exclamó Felipe,-- y nos basta."
Asombrado por esta dureza de entendimiento, Cristo
preguntó con dolorosa sorpresa: " ¿Tanto tiempo ha que estoy con vosotros,
y no me has conocido, Felipe?" Es posible que no veáis al Padre en las
obras que hace por medio de mí? ¿No creéis que he venido para testificar acerca
del Padre? "¿Cómo, pues, dices tú: Muéstranos al Padre?" "El que
me ha visto, ha visto al Padre." Cristo no había dejado de ser Dios cuando
se hizo hombre. Aunque se había
humillado hasta asumir la humanidad, seguía siendo divino. Cristo solo podía representar al Padre ante
la humanidad, y los discípulos habían tenido el privilegio de contemplar esta
representación por más de tres años.
"Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en
mi: de otra manera, creedme por las mismas obras." Su fe podría haber
descansado segura en la evidencia dada por las obras de Cristo, obras que
ningún hombre habría podido hacer de por sí.
Las obras de Cristo atestiguaban su divinidad. El Padre había sido revelado por él.
Si los discípulos creyesen en esta relación vital
entre el Padre y el Hijo, su fe no los abandonaría cuando vieran los
sufrimientos y la muerte de Cristo para salvar a un mundo que perecía. Cristo estaba tratando de conducirlos de su
poca fe a la experiencia que podían recibir si realmente comprendían lo que
era: Dios en carne humana. Deseaba que
viesen que su fe debía llevarlos hacia arriba, hacia Dios, y anclarse allí. ¡Con cuánto fervor y perseverancia procuró
nuestro compasivo Salvador preparar a sus discípulos para la tormenta de
tentación que pronto iba a azotarlos! El quería que estuviesen ocultos con él
en Dios.
Mientras Cristo pronunciaba estas palabras, la gloria
de Dios resplandecía en su semblante, y todos los presentes sintieron un
sagrado temor al escuchar sus palabras con arrobada atención. Sus corazones fueron más decididamente
atraídos hacia él; y mientras eran atraídos a Cristo con mayor amor, eran también
atraídos los unos hacia los otros. Sentían
que el cielo estaba muy cerca, y que las palabras que escuchaban eran un
mensaje enviado a ellos por su Padre celestial.
"De cierto, de cierto os digo --continuó
Cristo:-- El que en mí cree, las obras que yo hago también él las hará." El
Salvador anhelaba profundamente que sus discípulos comprendiesen con qué
propósito su divinidad se había unido a la humanidad. Vino al mundo para revelar la gloria de Dios, a fin de que el
hombre pudiese ser elevado por su poder restaurador. Dios se manifestó en él a fin de que pudiese manifestarse en
ellos. Jesús no reveló cualidades ni
ejerció facultades que los hombres no pudieran tener por la fe en él. Su perfecta humanidad es lo que todos sus
seguidores pueden poseer si quieren vivir sometidos a Dios como él vivió.
"Y mayores que éstas hará; porque yo voy al
Padre." Con esto no quiso decir Cristo que la obra de los discípulos sería
de un carácter más elevado que la propia, sino que tendría mayor extensión. No se refirió meramente a la ejecución de
milagros, sino a todo lo que sucedería bajo la operación del Espíritu Santo.
Después de la ascensión del Señor, los discípulos
experimentaron el cumplimiento de su promesa.
Las escenas de la crucifixión, resurrección y ascensión de Cristo fueron
para ellos una realidad viviente. Vieron
que las profecías se habían cumplido literalmente. Escudriñaron las Escrituras y aceptaron sus enseñanzas con una fe
y seguridad que no conocían antes. Sabían
que el divino Maestro era todo lo que había aseverado ser. Y al contar ellos lo que habían
experimentado y al ensalzar el amor de Dios, los corazones humanos se
enternecían y subyugaban, y multitudes creían en Jesús.
La promesa del Salvador a sus discípulos es una
promesa hecha a su iglesia hasta el fin del tiempo. Dios no quería que su admirable plan para redimir a los hombres
lograse solamente resultados insignificantes.
Todos los que quieran ir a trabajar, no confiando en lo que ellos mismos
pueden hacer sino en lo que Dios puede hacer para ellos y por ellos,
experimentarán ciertamente el cumplimiento de su promesa. "Mayores [obras] que éstas hará --él
declara;-- porque yo voy al Padre."
Hasta entonces los discípulos no conocían los
recursos y el poder limitado del Salvador.
El les dijo: "Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre." Explicó
que el secreto de su éxito consistiría en pedir fuerza y gracia en su nombre. Estaría delante del Padre para pedir por
ellos. La oración del humilde
suplicante es presentada por él como su propio deseo en favor de aquella alma. Cada oración sincera es oída en el cielo. Tal vez no sea expresada con fluidez; pero
si procede del corazón ascenderá al santuario donde Jesús ministra, y él la
presentará al Padre sin balbuceos, hermosa y fragante con el incienso de su
propia perfección.
La senda de la sinceridad e integridad no es una
senda libre de obstrucción, pero en toda dificultad hemos de ver una invitación
a orar. Ningún ser viviente tiene poder
que no haya recibido de Dios, y la fuente de donde proviene está abierta para
el ser humano más débil. "Todo lo
que pidiereis al Padre en mi nombre --dijo Jesús,-- esto haré, para que el
Padre sea glorificado en el Hijo. Si
algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré."
"En mi nombre," ordenó Cristo a sus
discípulos que orasen. En el nombre de
Cristo han de permanecer siguiéndole delante de Dios. Por el valor del sacrificio hecho por ellos, son estimables a los
ojos del Señor. A causa de la imputada
justicia de Cristo, son tenidos por preciosos.
Por causa de Cristo, el Señor perdona a los que le temen. No ve en ellos la vileza del pecador. Reconoce en ellos la semejanza de su Hijo en
quien creen.
El Señor se chasquea cuando su pueblo se tiene en
estima demasiado baja. Desea que su
heredad escogida se estime según el valor que él le ha atribuido. Dios la quería; de lo contrario no hubiera
mandado a su Hijo a una empresa tan costosa para redimirla. Tiene empleo para ella y le agrada cuando le
dirige las más elevadas demandas a fin de glorificar su nombre. Puede esperar grandes cosas si tiene fe en
sus promesas.
Pero orar en nombre de Cristo significa mucho. Significa que hemos de aceptar su carácter,
manifestar su espíritu y realizar sus obras.
La promesa del Salvador se nos da bajo cierta condición. "Si me amáis --dice,-- guardad mis
mandamientos." El salva a los hombres no en el pecado, sino del pecado; y
los que le aman mostrarán su amor obedeciéndole.
Toda verdadera obediencia proviene del corazón. La de Cristo procedía del corazón. Y si nosotros consentimos, se identificará
de tal manera con nuestros pensamientos y fines, amoldará de tal manera nuestro
corazón y mente en conformidad con su, voluntad, que cuando le obedezcamos
estaremos tan sólo ejecutando nuestros propios impulsos. La voluntad, refinada y santificada, hallará
su más alto deleite en servirle. Cuando
conozcamos a Dios como es nuestro privilegio conocerle, nuestra vida será una
vida de continua obediencia. Si
apreciamos el carácter de Cristo y tenemos comunión con Dios, el pecado llegará
a sernos odioso.
Así como Cristo vivió la ley en la humanidad, podemos
vivirla nosotros si tan sólo nos asimos del Fuerte para obtener fortaleza. Pero no hemos de colocar la responsabilidad
de nuestro deber en otros, y esperar que ellos nos digan lo que debemos hacer. No podemos depender de la humanidad para
obtener consejos. El Señor nos enseñará
nuestro deber tan voluntariamente como a alguna otra persona. Si acudimos a él con fe, nos dirá sus
misterios a nosotros personalmente. Nuestro
corazón arderá con frecuencia en nosotros mismos cuando él se ponga en comunión
con nosotros como lo hizo con Enoc. Los
que decidan no hacer, en ningún ramo, algo que desagrade a Dios, sabrán,
después de presentarle su caso, exactamente qué conducta seguir. Y recibirán no solamente sabiduría, sino
fuerza. Se les impartirá poder para
obedecer, para servir, según lo prometió Cristo. Cuanto se dio a Cristo --todas las cosas destinadas a suplir la
necesidad de los hombres caídos,-- se le dio como a la cabeza y representante
de la humanidad. "Y cualquier cosa
que pidiéremos, la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y
hacernos las cosas que son agradables delante de él."
Antes de ofrecerse como víctima para el sacrificio,
Cristo buscó el don más esencial y completo que pudiese otorgar a sus
seguidores, un don que pusiese a su alcance los ilimitados recursos de la
gracia. "Yo rogaré al Padre
--dijo,-- y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre:
Al Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni
le conoce: mas vosotros le conocéis; porque está con vosotros, y será en
vosotros. No os dejaré huérfanos;
vendré a vosotros."
Antes de esto, el Espíritu había estado en el mundo;
desde el mismo principio de la obra de redención había estado moviendo los
corazones humanos. Pero mientras Cristo
estaba en la tierra, los discípulos no habían deseado otro ayudador. Y antes de verse privados de su presencia no
sentirían su necesidad del Espíritu, pero entonces vendría.
El Espíritu Santo es el representante de Cristo, pero
despojado de la personalidad humana e independiente de ella. Estorbado por la humanidad, Cristo no podía
estar en todo lugar personalmente. Por
lo tanto, convenía a sus discípulos que fuese al Padre y enviase el Espíritu
como su sucesor en la tierra. Nadie
podría entonces tener ventaja por su situación o su contacto personal con
Cristo. Por el Espíritu, el Salvador
sería accesible a todos. En este
sentido, estaría más cerca de ellos que si no hubiese ascendido a lo alto.
"El que me ama, será amado de mi Padre, y yo le
amaré, y me manifestaré a él." Jesús leía el futuro de sus discípulos. Veía a uno llevado al cadalso, otro a la
cruz, otro al destierro entre las solitarias rocas del mar, otros a la
persecución y la muerte. Los animó con
la promesa de que en toda prueba estaría con ellos. Esta promesa no ha perdido nada de su fuerza. El Señor sabe todo lo relativo a los fieles
siervos suyos que por su causa están en la cárcel o desterrados en islas
solitarias. El los consuela con su
propia presencia. Cuando por causa de
la verdad, el creyente está frente a tribunales inicuos, Cristo está a su lado. Todos los oprobios que caen sobre él, caen
sobre Cristo. Cristo vuelve a ser
condenado en la persona de su discípulo.
Cuando uno está encerrado entre las paredes de la cárcel, Cristo arroba
el corazón con su amor. Cuando uno
sufre la muerte por causa suya, Cristo dice: "Yo soy ... el que vivo, y he sido muerto; y he aquí que
vivo por siglos de siglos... . Y tengo
las llaves del infierno y de la muerte." La vida que es sacrificada por mí
se conserva para llegar a disfrutar la gloria eterna.
En toda ocasión y lugar, en todas las tristezas y
aflicciones, cuando la perspectiva parece sombría y el futuro nos deja
perplejos y nos sentimos impotentes y solos, se envía el Consolador en
respuesta a la oración de fe. Las
circunstancias pueden separarnos de todo amigo terrenal, pero ninguna
circunstancia ni distancia puede separarnos del Consolador celestial. Dondequiera que estemos, dondequiera que
vayamos, esta siempre a nuestra diestra para apoyarnos, sostenernos y
animarnos.
Los discípulos no comprendían todavía las palabras de
Cristo en su sentido espiritual, y él volvió a explicarles su significado. Por el Espíritu, dijo, se manifestaría a
ellos. "El Consolador, el Espíritu
Santo, al cual el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las
cosas." Ya no diréis: No puedo comprender. Ya no veréis obscuramente como por un espejo. Podréis "comprender con todos los
santos cuál sea la anchura y la longura y la profundidad y la altura, y conocer
el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento."
Los discípulos habían de dar testimonio de la vida y
obra de Cristo. Por sus palabras él
había de hablar a todos los pueblos sobre la faz de la tierra. Pero en la humillación y muerte de Cristo
iban a sufrir gran prueba y chasco. A
fin de que después de esto la palabra de ellos fuese exacta, Jesús prometió
respecto al Consolador: "Os recordará todas las cosas que os he
dicho."
"Aun tengo muchas cosas que deciros
--continuó,-- mas ahora no las podéis llevar.
Pero cuando viniere aquel Espíritu de verdad, él os guiará en toda
verdad; porque no hablará de si mismo, sino que hablará todo lo que oyese, y os
hará saber las cosas que han de venir. El
me glorificará: porque tomará de lo mío, y os lo hará saber." Jesús había
abierto delante de sus discípulos una vasta extensión de la verdad. Pero les era muy difícil impedir que en sus
mentes se mezclaran sus lecciones con las tradiciones y máximas de los escribas
y fariseos. Habían aprendido a aceptar
las enseñanzas de los rabinos como voz de Dios, y esto dominaba todavía sus
mentes y amoldaba sus sentimientos. Las
ideas terrenales y las cosas temporales ocupaban todavía mucho lugar en sus
pensamientos. No comprendían la
naturaleza espiritual del reino de Cristo, aunque él se la había explicado
tantas veces. Sus mentes se habían
confundido. No comprendían el valor de
las Escrituras que Cristo presentaba. Muchas
de sus lecciones parecían no hallar cabida en sus mentes. Jesús vio que no comprendían el verdadero
significado de sus palabras. Compasivamente,
les prometió que el Espíritu Santo les recordaría esos dichos. Y había dejado sin decir muchas cosas que no
podían ser comprendidas por los discípulos.
Estas también les serían reveladas por el Espíritu. El Espíritu había de vivificar su
entendimiento, a fin de que pudiesen apreciar las cosas celestiales. "Cuando viniere aquel Espíritu de
verdad --dijo Jesús,-- él os guiará a toda verdad."
El Consolador es llamado el "Espíritu de
verdad." Su obra consiste en definir y mantener la verdad. Primero mora en el corazón como el Espíritu
de verdad, y así llega a ser el Consolador.
Hay consuelo y paz en la verdad, pero no se puede hallar verdadera paz
ni consuelo en la mentira. Por medio de
falsas teorías y tradiciones es como Satanás obtiene su poder sobre la mente. Induciendo a los hombres a adoptar normas
falsas, tuerce el carácter. Por medio
de las Escrituras, el Espíritu Santo habla a la mente y graba la verdad en el
corazón. Así expone el error, y lo
expulsa del alma. Por el Espíritu de
verdad, obrando por la Palabra de Dios, es como Cristo subyuga a sí mismo a sus
escogidos.
Al describir a sus discípulos la obra y el cargo del
Espíritu Santo, Jesús trató de inspirarles el gozo y la esperanza que alentaba
su propio corazón. Se regocijaba por la
ayuda abundante que había provisto para su iglesia. El Espíritu Santo era el más elevado de todos los dones que podía
solicitar de su Padre para la exaltación de su pueblo. El Espíritu iba a ser dado como agente
regenerador, y sin esto el sacrificio de Cristo habría sido inútil. El poder del mal se había estado
fortaleciendo durante siglos, y la sumisión de los hombres a este cautiverio
satánico era asombrosa. El pecado podía
ser resistido y vencido únicamente por la poderosa intervención de la tercera
persona de la Divinidad, que iba a venir no con energía modificada, sino en la
plenitud del poder divino. El Espíritu
es el que hace eficaz lo que ha sido realizado por el Redentor del mundo. Por el Espíritu es purificado el corazón. Por el Espíritu llega a ser el creyente
participe de la naturaleza divina. Cristo
ha dado su Espíritu como poder divino para vencer todas las tendencias hacia el
mal, hereditarias y cultivadas, y para grabar su propio carácter en su iglesia.
Acerca del Espíritu dijo Jesús: "El me
glorificará." El Salvador vino para glorificar al Padre demostrando su
amor; así el Espíritu iba a glorificar a Cristo revelando su gracia al mundo. La misma imagen de Dios se ha de reproducir
en la humanidad. El honor de Dios, el
honor de Cristo, están comprometidos en la perfección del carácter de su
pueblo.
"Cuando él [el Espíritu de verdad] viniere
redargüirá al mundo de pecado, y de justicia, y de juicio." La predicación
de la palabra sería inútil sin la continua presencia y ayuda del Espíritu Santo. Este es el único maestro eficaz de la verdad
divina. Únicamente cuando la verdad
vaya al corazón acompañada por el Espíritu vivificará la conciencia o
transformará la vida. Uno podría
presentar la letra de la Palabra de Dios, estar familiarizado con todos sus
mandamientos y promesas; pero a menos que el Espíritu Santo grabe la verdad,
ninguna alma caerá sobre la Roca y será quebrantada. Ningún grado de educación ni ventaja alguna, por grande que sea,
puede hacer de uno un conducto de luz sin la cooperación del Espíritu de Dios. La siembra de la semilla del Evangelio no
tendrá éxito a menos que esa semilla sea vivificada por el rocío del cielo. Antes que un solo libro del Nuevo Testamento
fuese escrito, antes que se hubiese predicado un sermón evangélico después de
la ascensión de Cristo, el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles que
oraban. Entonces el testimonio de sus
enemigos fue: "Habéis llenado a Jerusalén de vuestra doctrina."
Cristo prometió el don del Espíritu Santo a su
iglesia, y la promesa nos pertenece a nosotros tanto como a los primeros
discípulos. Pero como toda otra
promesa, nos es dada bajo condiciones. Hay
muchos que creen y profesan aferrarse a la promesa del Señor; hablan acerca de
Cristo y acerca del Espíritu Santo, y sin embargo no reciben beneficio alguno. No entregan su alma para que sea guiada y
regida por los agentes divinos. No
podemos emplear al Espíritu Santo. El
Espíritu ha de emplearnos a nosotros. Por
el Espíritu obra Dios en su pueblo "así el querer como el hacer, por su
buena voluntad." Pero muchos no quieren someterse a eso. Quieren manejarse a sí mismos. Esta es la razón por la cual no reciben el
don celestial. Únicamente a aquellos
que esperan humildemente en Dios, que velan para tener su dirección y gracia,
se da el Espíritu. El poder de Dios
aguarda que ellos lo pidan y lo reciban.
Esta bendición prometida, reclamada por la fe, trae
todas las demás bendiciones en su estela.
Se da según las riquezas de la gracia de Cristo, y él está listo para
proporcionarla a toda alma según su capacidad para recibirla.
En su discurso a los discípulos, Jesús no hizo
alusión aflictiva a sus propios sufrimientos.
Su último legado a ellos fue un legado de paz. Dijo: "La paz os dejo, mi paz os doy: no como el mundo la
da, yo os la doy. No se turbe vuestro
corazón, ni tenga miedo."
Antes de salir del aposento alto, el Salvador entonó
con sus discípulos un canto de alabanza.
Su voz fue oída, no en los acordes de alguna endecha triste, sino en las
gozosas notas del cántico pascual:
"Alabad a Jehová, naciones todas;
Pueblos todos, alabadle.
porque ha engrandecido sobre nosotros su
misericordia;
Y la verdad de Jehová es para siempre.
Aleluya."
Después del himno, salieron. Cruzaron por las calles atestadas, y
salieron por la puerta de la ciudad hacia el monte de las Olivas, avanzando
lentamente, engolfados cada uno de ellos en sus propios pensamientos. Cuando empezaban a descender hacia el monte,
Jesús dijo, en un tono de la más profunda tristeza: "Todos vosotros seréis
escandalizados en mí esta noche; porque escrito está: Heriré al Pastor, y las
ovejas de la manada serán dispersas." Los discípulos oyeron esto con
tristeza y asombro. Recordaron como, en
la sinagoga de Capernaúm, cuando Cristo habló de si mismo como del pan de vida,
muchos se hablan ofendido y se habían apartado de él. Pero los doce no se habían mostrado infieles. Pedro, hablando por sus hermanos, había
declarado entonces su lealtad a Cristo.
Entonces el Salvador había dicho: " ¿No he escogido yo a vosotros
doce, y uno de vosotros es diablo?" En el aposento alto, Jesús había dicho
que uno de los doce le traicionaría, y que Pedro le negaría. Pero ahora sus palabras los incluían a
todos.
Esta vez se oyó la voz de Pedro que protestaba vehementemente:
"Aunque todos sean escandalizados, mas no yo." En el aposento alto,
había declarado: "Mi alma pondré por ti." Jesús le habla advertido
que esa misma noche negarla a su Salvador.
Ahora Cristo le repite la advertencia: "De cierto te digo que tú,
hoy, en esta noche, antes que el gallo haya cantado dos veces, me negarás tres
veces." Pero Pedro "con mayor porfía decía: Si me fuere menester
morir contigo, no te negare. También
todos decían lo mismo." En la confianza que tenían en sí mismos, llegaron
la repetida declaración de Aquel que sabía.
No estaban preparados para la prueba; cuando la tentación les
sobreviniese, comprenderían su propia debilidad.
Cuando Pedro dijo que seguiría a su Señor a la cárcel
y a la muerte, cada palabra era sincera; pero no se conocía a sí mismo. Ocultos en su corazón estaban los malos
elementos que las circunstancias iban a hacer brotar a la vida. A menos que se le hiciese conocer su
peligro, esos elementos provocarían su ruina eterna. El Salvador vela en él un amor propio y una seguridad que
superarían aun su amor por Cristo. En
su experiencia se habían revelado muchas flaquezas, mucho pecado que no habla
sido amortiguado, mucha negligencia de espíritu, un temperamento no santificado
y temeridad para exponerse a la tentación.
La solemne amonestación de Cristo fue una invitación a escudriñar su
corazón. Pedro necesitaba desconfiar de
si mismos y tener una fe más profunda en Cristo. Si hubiese recibido con humildad la amonestación, habría
suplicado al pastor del rebaño que guardase su oveja. Cuando, en el mar de Galilea, estaba por hundirse, clamó:
"Señor, sálvame." Entonces la mano de Cristo se extendió para tomar
la suya. Así también ahora, si hubiese
clamado a Jesús: Sálvame de mi mismo, habría sido guardado. Pero Pedro sintió que se desconfiaba de él,
y pensó que ello era cruel. Ya se
escandalizaba, y se volvió más persistente en su confianza propia.
Jesús miró con compasión a sus discípulos. No podía salvarlos de la prueba, pero no los
dejó sin consuelo. Les aseguró que él
estaba por romper las cadenas del sepulcro, y que su amor por ellos no faltaría. "Después que haya resucitado --dijo,-- iré
delante de vosotros a Galilea." Antes que le negasen, les aseguró el
perdón. Después de su muerte y resurrección,
supieron que estaban perdonados y que el corazón de Cristo los amaba.
Jesús y los discípulos iban hacia Getsemaní, al pie
del monte de las Olivas, lugar apartado que él había visitado con frecuencia
para meditar y orar. El Salvador había
estado explicando a sus discípulos la misión que le había traído al mundo y la
relación espiritual que debían sostener con él. Ahora ilustró la lección.
La luna resplandecía y le revelaba una floreciente vid. Llamando la atención de los discípulos a
ella, la empleó como símbolo.
"Yo soy la Vid verdadera," dijo. En vez de elegir la graciosa palmera, el
sublime cedro o el fuerte roble, Jesús tomó la vid con sus zarcillos prensiles
para representarse. La palmera, el
cedro y el roble se sostienen solos. No
necesitan apoyo. Pero la vid se aferra
al enrejado, y así sube hacia el cielo.
Así también Cristo en su humanidad dependía del poder divino. "No puedo yo de mí mismo hacer
nada," declaró.
"Yo soy la Vid verdadera." Los judíos
hablan considerado siempre la vid como la más noble de las plantas, y una
figura de todo lo poderoso, excelente y fructífero. Israel había sido representado como una vid que Dios había
plantado en la tierra prometida. Los
judíos fundaban su esperanza de salvación en el hecho de estar relacionados con
Israel. Pero Jesús dice: Yo soy la Vid
verdadera. No penséis que por estar
relacionados con Israel podéis llegar a participar de la vida de Dios y heredar
su promesa. Por mi solamente se recibe
la vida espiritual.
"Yo soy la Vid verdadera, y mi Padre es el
labrador." En las colinas de Palestina, nuestro Padre celestial había
plantado su buena Vid, y él mismo era el que la cultivaba. Muchos eran atraídos por la hermosura de
esta Vid, y declaraban su origen celestial.
Pero para los dirigentes de Israel parecía como una raíz en tierra seca. Tomaron la planta, la maltrataron y
pisotearon bajo sus profanos pies. Querían
destruirla para siempre. Pero el
celestial Viñador no la perdió nunca de vista.
Después que los hombres pensaron que la habían matado, la tomó y la
volvió a plantar al otro lado de la muralla.
Ya no se vería el tronco. Quedaría
oculto de los rudos asaltos de los hombres.
Pero los sarmientos de la Vid colgaban por encima de la muralla. Hablan de representarla. Por su medio, se podrían unir todavía
injertos a la Vid. De ella se ha ido
obteniendo fruto. Ha habido una cosecha
que los transeúntes han arrancado.
"Yo soy la Vid, vosotros los pámpanos,"
dijo Cristo a sus discípulos. Aunque él
estaba por ser arrebatado de entre ellos, su unión espiritual con él no había
de cambiar. La unión del sarmiento con
la vid, dijo, representa la relación que habéis de sostener conmigo. El pámpano está injertado en la vid
viviente, y fibra tras fibra, vena tras vena, va creciendo en el tronco. La vida de la vid llega a ser la vida del
pámpano. Así también el alma muerta en
delitos y pecados recibe vida por su unión con Cristo. Por la fe en él como Salvador personal, se
forma esa unión. El pecador une su
debilidad a la fuerza de Cristo, su vacuidad a la plenitud de Cristo, su
fragilidad a la perdurable potencia de Cristo.
Entonces tiene el sentir de Cristo.
La humanidad de Cristo ha tocado nuestra humanidad, y nuestra humanidad
ha tocado la divinidad. Así, por la
intervención del Espíritu Santo, el hombre viene a ser participante de la
naturaleza divina. Es acepto en el
Amado.
Esta unión con Cristo, una vez formada, debe ser
mantenida. Cristo dijo: "Estad en
mí, y yo en vosotros. Como el pámpano
no puede llevar fruto de si mismo, si no estuviera en la vid; así ni vosotros,
si no estuvierais en mí." Este no es un contacto casual, ninguna unión que
se realiza y se corta luego. El
sarmiento llega a ser parte de la vid viviente. La comunicación de la vida, la fuerza y el carácter fructífero de
la raíz a las ramas se verifica en forma constante y sin obstrucción. Separado de la vid, el sarmiento no puede
vivir. Así tampoco, dijo Jesús, podéis
vivir separados de mí. La vida que
habéis recibido de mí puede conservarse únicamente por la comunión continua. Sin mí, no podéis vencer un solo pecado, ni
resistir una sola tentación.
"Estad en mi, y yo en vosotros." El estar
en Cristo significa recibir constantemente de su Espíritu, una vida de entrega
sin reservas a su servicio. El conducto
de comunicación debe mantenerse continuamente abierto entre el hombre y su
Dios.
Como el sarmiento de la vid recibe constantemente de
la savia de la vid viviente, así hemos de aferrarnos a Jesús y recibir de él
por la fe la fuerza y la perfección de su propio carácter.
La raíz envía su nutrición por el sarmiento a la
ramificación más lejana. Así comunica
Cristo la corriente de su fuerza vital a todo creyente. Mientras el alma esté unida con Cristo, no
hay peligro de que se marchite o decaiga.
La vida de la vid se manifestará en el fragante fruto
de los sarmientos. "El que está en
mí --dijo Jesús,-- y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque sin mí nada
podéis hacer." Cuando vivamos por la fe en el Hijo de Dios, los frutos del
Espíritu se verán en nuestra vida; no faltará uno solo.
"Mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mi no lleva fruto, le
quitará." Aunque el injerto esté unido exteriormente con la vid, puede
faltar la conexión vital. Entonces no
habrá crecimiento ni frutos. Puede
haber una relación aparente con Cristo, sin verdadera unión con él por la fe. El profesar la religión coloca a los hombres
en la iglesia, pero el carácter y la conducta demuestran si están unidos con
Cristo. Si no llevan fruto, son
pámpanos falsos. Su separación de
Cristo entraña una ruina tan completa como la representada por el sarmiento
muerto. "El que en mí no estuviere
--dijo Cristo,-- será echado fuera como mal pámpano, y se secará; y los cogen,
y los echan en el fuego, y arden."
"Todo pámpano ... que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto." De
los doce escogidos que hablan seguido a Jesús, uno estaba por ser sacado como
rama seca, el resto iba a pasar bajo la podadera de la amarga prueba. Con solemne ternura, Jesús explicó el
propósito del labrador. La poda causará
dolor, pero es el Padre quien la realiza.
El no trabaja con mano despiadada y corazón indiferente. Hay ramas que se arrastran por el suelo; y
tienen que ser separadas de los apoyos terrenales en que sus zarcillos se han
enredado. Han de dirigirse hacia el
cielo y hallar su apoyo en Dios. El
follaje excesivo que desvía de la fruta la corriente vital, debe ser suprimido. El exceso de crecimiento debe ser cortado,
para que puedan penetrar los senadores rayos del Sol de justicia. El labrador poda lo que perjudica, a fin de
que la fruta pueda ser más rica y abundante.
"En esto es glorificado mi Padre --dijo Jesús,--
en que llevéis mucho fruto." Dios desea manifestar por vosotros la
santidad, la benevolencia, la compasión de su propio carácter. Sin embargo, el Salvador no invita a los
discípulos a trabajar para llevar fruto.
Les dice que permanezcan en él. "Si
estuvierais en mí --dice El,-- y mis palabras estuvieron en vosotros, pedid
todo lo que quisierais, y os será hecho." Por la Palabra es como Cristo
mora en sus seguidores. Es la misma
unión vital representada por comer su carne y beber su sangre. Las palabras de Cristo son espíritu y vida. Al recibirlas, recibís la vida de la vid. Vivís "con toda palabra que sale de la
boca de Dios." La vida de Cristo en vosotros produce los mismos frutos que
en él. Viviendo en Cristo, adhiriéndoos
a Cristo, sostenidos por Cristo, recibiendo alimento de Cristo, lleváis fruto
según la semejanza de Cristo.
En esta última reunión con sus discípulos, el gran
deseo que Cristo expresó por ellos era que se amasen unos a otros como él los había
amado. En varias ocasiones habló de
esto. "Esto os mando --dijo
repetidas veces:-- Que os améis los unos a los otros." Su primer mandato,
cuando estuvo a solas con ellos en el aposento alto, fue: "Un mandamiento
nuevo os doy: Que os améis unos a otros: como os he amado, que también os améis
los unos a los otros." Para los discípulos, este mandamiento era nuevo;
porque no se habían amado unos a otros como Cristo los había amado. El veía que nuevas ideas e impulsos debían
gobernarlos; que debían practicar nuevos principios; por su vida y su muerte
iban a recibir un nuevo concepto del amor.
El mandato de amarse unos a otros tenía nuevo significado a la luz de su
abnegación. Toda la obra de la gracia
es un continuo servicio de amor, de esfuerzo desinteresado y abnegado. Durante toda hora de la estada de Cristo en
la tierra, el amor de Dios fluía de él en raudales incontenibles. Todos los que sean dotados de su Espíritu
amarán como él amó. El mismo principio
que animó a Cristo los animará en todo su trato mutuo.
Este amor es la evidencia de su discipulado. "En esto conocerán todos que sois mis
discípulos --dijo Jesús,-- si tuviereis amor los unos con los otros."
Cuando los hombres no están vinculados por la fuerza o los intereses propios,
sino por el amor, manifiestan la obra de una influencia que está por encima de
toda influencia humana. Donde existe
esta unidad, constituye una evidencia de que la imagen de Dios se está
restaurando en la humanidad, que ha sido implantado un nuevo principio de vida. Muestra que hay poder en la naturaleza
divina para resistir a los agentes sobrenaturales del mal, y que la gracia de
Dios subyuga el egoísmo inherente en el corazón natural.
Este amor, manifestado en la iglesia, despertará
seguramente la ira de Satanás. Cristo
no trazó a sus discípulos una senda fácil.
"Si el mundo os aborrece --dijo,-- sabed que a mi me aborreció
antes que a vosotros. Si fuerais del
mundo, el mundo amarla lo suyo; mas porque no sois del mundo, antes yo os elegí
del mundo, por eso os aborrece el mundo.
Acordaos de la palabra que yo os he dicho: No es el siervo mayor que su
Señor. Si a mí me han perseguido,
también a vosotros perseguirán: si han guardado mi palabra, también guardarán
la vuestra. Mas todo esto os harán por
causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado." El Evangelio
ha de ser proclamado mediante una guerra agresiva, en medio de oposición,
peligros, pérdidas y sufrimientos. Pero
los que hacen esta obra están tan sólo siguiendo los pasos de su Maestro.
Como Redentor del mundo, Cristo arrostraba
constantemente lo que parecía ser el fracaso.
El, el mensajero de misericordia en nuestro mundo, parecía realizar sólo
una pequeña parte de la obra elevadora y salvadora que anhelaba hacer. Las influencias satánicas estaban obrando
constantemente para oponerse a su avance.
Pero no quiso desanimarse. Por
la profecía de Isaías declara: "Por demás he trabajado, en vano y sin
provecho he consumido mi fortaleza; mas mi juicio está delante de Jehová, y mi
recompensa con mi Dios.... Bien que
Israel no se juntará, con todo, estimado seré en los ojos de Jehová, y el Dios
mío será mi fortaleza." A Cristo se dirige la promesa: "Así ha dicho
Jehová, Redentor de Israel, el Santo suyo, al menospreciado de alma, al abominado
de las gentes. ... Así dijo Jehová: ... guardarte he, y te daré por alianza del
pueblo, para que levantes la tierra, para que heredes asoladas heredades; para
que digas a los presos: Salid; y a los que están en tinieblas: Manifestaos... . No tendrán hambre ni sed, ni el calor ni el
sol los afligirá; porque el que tiene de ellos misericordia los guiará, y los
conducirá a manaderos de aguas."
Jesús confió en esta palabra, y no dio a Satanás
ventaja alguna. Cuando iba a dar los
últimos pasos en su humillación, cuando estaba por rodear su alma la tristeza
más profunda, dijo a sus discípulos: "Viene el príncipe de este mundo; mas
no tiene nada en mí." "El príncipe de este mundo es juzgado."
Ahora será echado. Con ojo profético,
Cristo vio las escenas que iban a desarrollarse en su último gran conflicto. Sabía que cuando exclamase: "Consumado
es," todo el cielo triunfaría. Su
oído percibió la lejana música y los gritos de victoria en los atrios
celestiales. El sabía que el toque de
muerte del imperio de Satanás resonaría entonces, y que el nombre de Cristo
sería pregonado de un mundo al otro por todo el universo.
Cristo se regocijó de que podía hacer más en favor de
sus discípulos de lo que ellos podían pedir o pensar. Habló con seguridad sabiendo que se había promulgado un decreto
todopoderoso antes que el mundo fuese creado.
Sabía que la verdad, armada con la omnipotencia del Espíritu Santo,
vencería en la contienda con el mal; y que el estandarte manchado de sangre
ondearía triunfantemente sobre sus seguidores.
Sabia que la vida de los discípulos que confiasen en él seria como la
suya, una serie de victorias sin interrupción, no vistas como tales aquí, pero
reconocidas así en el gran más allá.
"Estas cosas os he hablado --dijo,-- para que en
mi tengáis paz. En el mundo tendréis
aflicción: mas confiad, yo he vencido al mundo." Cristo no desmayó ni se
desalentó, y sus seguidores han de manifestar una fe de la misma naturaleza
perdurable. Han de vivir como él vivió
y obrar como él obró, porque dependen de él como el gran artífice y Maestro. Deben poseer valor, energía y perseverancia. Aunque obstruyan su camino imposibilidades
aparentes, por su gracia han de seguir adelante. En vez de deplorar las dificultades, son llamados a superarlas. No han de desesperar de nada, sino esperarlo
todo. Con la áurea cadena de su amor
incomparable, Cristo los ha vinculado al trono de Dios. Quiere que sea suya la más alta influencia
del universo, que mana de la fuente de todo poder. Han de tener poder para resistir el mal, un poder que ni la
tierra, ni la muerte ni el infierno pueden dominar, un poder que los habilitará
para vencer como Cristo venció.
Cristo quiere que estén representados en su iglesia
en la tierra el orden celestial, el plan de gobierno celestial, la armonía
divina del cielo. Así queda glorificado
en los suyos. Mediante ellos
resplandecerá ante el mundo el Sol de justicia con un brillo que no se empañará. Cristo dio a su iglesia amplias facilidades,
a fin de recibir ingente rédito de gloria de su posesión comprado y redimida. Ha otorgado a los suyos capacidades y
bendiciones para que representen su propia suficiencia. La iglesia dotada de la justicia de Cristo
es su depositaria, en la cual las riquezas de su misericordia y su gracia y su
amor han de aparecer en plena y final manifestación. Cristo mira a su pueblo en su pureza y perfección como la
recompensa de su humillación y el suplemento de su gloria, siendo él mismo el
gran Centro, del cual irradia toda gloria.
Con palabras enérgicas y llenas de esperanza, el
Salvador terminó sus instrucciones. Luego
volcó la cara de su alma en una oración por sus discípulos Elevando los ojos al
cielo, dijo: "Padre la hora es llegada; glorifica a tu Hijo, para que
también tu Hijo te glorifique a ti; como le has dado la potestad de toda carne,
para que dé vida eterna a todos los que le diste. Esta empero es la vida eterna: que te conozcan el solo Dios
verdadero, y a Jesucristo, al cual has enviado."
Cristo había concluido la obra que se le había confiado. Había glorificado a Dios en la tierra. Había manifestado el nombre del Padre. Había reunido a aquellos que habían de continuar su obra entre los hombres. Y dijo: "Yo soy glorificado en ellos. Y ya no estoy en el mundo, mas éstos están en el mundo, y yo voy a ti. ¡Padre Santo, guarda en tu nombre a aquellos que me has dado, para que ellos sean uno, así como nosotros lo somos!" Así, con el lenguaje de quien tenía autoridad divina, Cristo entregó a su electa iglesia en los brazos del Padre. Como consagrado sumo sacerdote, intercedió por los suyos. Como fiel pastor, reunió a su rebaño bajo la sombra del Todopoderoso, en el fuerte y seguro refugio. A él le aguardaba la última batalla con Satanás, y salió para hacerle frente.