CAPÍTULO 72. "HACED ESTO EN MEMORIA DE MÍ"
"EL SEÑOR JESÚS, la noche que fue entregado,
tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed: esto es mi
cuerpo que por vosotros es partido: haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de
haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre: haced esto
todas las veces que bebierais, en memoria de mí. Porque todas las veces que comiereis este pan, y bebierais esta
copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que venga." Cristo se hallaba en
el punto de transición entre dos sistemas y sus dos grandes fiestas respectivas. El, el Cordero inmaculado de Dios, estaba
por presentarse como ofrenda por el pecado, y así acabaría con el sistema de
figuras y ceremonias que durante cuatro mil años había anunciado su muerte. Mientras comía la pascua con sus discípulos,
instituyó en su lugar el rito que había de conmemorar su gran sacrificio. La fiesta nacional de los judíos iba a
desaparecer para siempre. El servicio
que Cristo establecía había de ser observado por sus discípulos en todos los
países y a través de todos los siglos.
La Pascua fue ordenada como conmemoración del
libramiento de Israel de la servidumbre egipcia. Dios había indicado que, año tras año, cuando los hijos
preguntasen el significado de este rito, se les repitiese la historia. Así había de mantenerse fresca en la memoria
de todos aquella maravillosa liberación.
El rito de la cena del Señor fue dado para conmemorar la gran liberación
obrada como resultado de la muerte de Cristo.
Este rito ha de celebrarse hasta que él venga por segunda vez con poder
y gloria. Es el medio por el cual ha de
mantenerse fresco en nuestra mente el recuerdo de su gran obra en favor
nuestro.
En ocasión de su liberación de Egipto, los hijos de
Israel comieron la cena de Pascua de pie, con los lomos ceñidos, con el bordón
en la mano, listos para el viaje. La
manera en que celebraban este rito armonizaba con su condición; porque estaban
por ser arrojados del país de Egipto, e iban a empezar un viaje penoso y
difícil a través del desierto. Pero en
el tiempo de Cristo, las condiciones habían cambiado. Ya no estaban por ser arrojados de un país extraño, sino que
moraban en su propia tierra. En armonía
con el reposo que les había sido dado, el pueblo tomaba entonces la cena
pascual en posición recostada. Se
colocaban canapés en derredor de la mesa, y los huéspedes descansaban en ellos,
apoyándose en el brazo izquierdo, y teniendo la mano derecha libre para manejar
la comida. En esta posición, un huésped
podía poner la cabeza sobre el pecho del que seguía en orden hacia arriba. Y los pies, hallándose al extremo exterior
del canapé, podrán ser lavados por uno que pasase en derredor de la parte
exterior del círculo.
Cristo estaba todavía a la mesa en la cual se había
servido la cena pascual. Delante de él
estaban los panes sin levadura que se usaban en ocasión de la Pascua. El vino de la Pascua, exento de toda
fermentación, estaba sobre la mesa. Estos
emblemas empleó Cristo para representar su propio sacrificio sin mácula. Nada que fuese corrompido por la
fermentación, símbolo de pecado y muerte, podía representar al "Cordero
sin mancha y sin contaminación."
"Y comiendo ellos, tomó Jesús el pan, y bendijo,
y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed, esto es mi cuerpo. Y tomando el vaso, y hechas gracias, les
dio, diciendo: Bebed de él todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, la
cual es derramada por muchos para remisión de los pecados. Y os digo, que desde ahora no beberé más de
este fruto de la vid, hasta aquel día, cuando lo tengo de beber nuevo con
vosotros en el reino de mi Padre."
El traidor Judas estaba presente en el servicio
sacramental. Recibió de Jesús los
emblemas de su cuerpo quebrantado y su sangre derramada. Oyó las palabras: "Haced esto en
memoria de mí." Y sentado allí en la misma presencia del Cordero de Dios,
el traidor reflexionaba en sus sombríos propósitos y albergaba pensamientos de
resentimiento y venganza.
Mientras les lavaba los pies, Cristo había dado
pruebas convincentes de que conocía el carácter de Judas. "No estáis limpios todos," había
dicho. Estas palabras convencieron al
falso discípulo de que Cristo leía su propósito secreto. Pero ahora Jesús habló más claramente. Sentado a la mesa con los discípulos, dijo,
mirándolos: "No hablo de todos vosotros: y sé los que he elegido: mas para
que se cumpla la Escritura: El que come pan conmigo, levantó contra mi su
calcañar."
Aun entonces los discípulos no sospecharon de Judas. Pero vieron que Cristo parecía muy afligido. Una nube se posó sobre todos ellos, un
presentimiento de alguna terrible calamidad cuya naturaleza no comprendían. Mientras comían en silencio, Jesús dijo:
"De cierto os digo, que uno de vosotros me ha de entregar." Al oír
estas palabras, el asombro y la consternación se apoderaron de ellos. No podían comprender cómo cualquiera de
ellos pudiese traicionar a su divino Maestro.
¿Por qué causa podría traicionarle? ¿Y ante quién? ¿En el corazón de
quién podría nacer tal designio? ¡Por cierto que no sería en el de ninguno de
los doce favorecidos, que, sobre todos los demás, habían tenido el privilegio
de oír sus enseñanzas, que habían compartido su admirable amor, y hacia quienes
había manifestado tan grande consideración al ponerlos en íntima comunión con
él!
Al darse cuenta del significado de sus palabras y
recordar cuán ciertos eran sus dichos, el temor y la desconfianza propia se
apoderaron de ellos. Comenzaron a
escudriñar su propio corazón para ver si albergaba algún pensamiento contra su
Maestro. Con la más dolorosa emoción,
uno tras otro preguntó: "¿Soy yo, Señor?" Pero Judas guardaba
silencio. Al fin, Juan, con profunda
angustia, preguntó: "Señor, ¿quién es?" Y Jesús contestó: "El
que mete la mano conmigo en el plato, ése me ha de entregar. A la verdad el Hijo del hombre va, como esta
escrito de él, mas ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del hombre es
entregado! bueno le fuera al tal hombre no haber nacido." Los discípulos
se habían escrutado mutuamente los rostros al preguntar: "¿Soy yo,
Señor?" Y ahora el silencio de Judas atraía todos los ojos hacia él. En medio de la confusión de preguntas y
expresiones de asombro, Judas no había oído las palabras de Jesús en respuesta
a la pregunta de Juan. Pero ahora, para
escapar al escrutinio de los discípulos, preguntó como ellos: "¿Soy yo,
Maestro?" Jesús replicó solemnemente: "Tú lo has dicho."
Sorprendido y confundido al ver expuesto su
propósito, Judas se levantó apresuradamente para salir del aposento. "Entonces Jesús le dice: Lo que haces,
hazlo más presto... . Como él pues hubo
tomado el bocado, luego salió: y era ya noche." Era verdaderamente noche
para el traidor cuando, apartándose de Cristo, penetró en las tinieblas de
afuera.
Hasta que hubo dado este paso, Judas no había
traspasado la posibilidad de arrepentirse.
Pero cuando abandonó la presencia de su Señor y de sus condiscípulos,
había hecho la decisión final. Había
cruzado el límite.
Admirable había sido la longanimidad de Jesús en su
trato con esta alma tentada. Nada que
pudiera hacerse para salvar a Judas se había dejado de lado. Después que se hubo comprometido dos veces a
entregar a su Señor, Jesús le dio todavía oportunidad de arrepentirse. Leyendo el propósito secreto del corazón del
traidor, Cristo dio a Judas la evidencia final y convincente de su divinidad. Esto fue para el falso discípulo el último
llamamiento al arrepentimiento. El
corazón divino-humano de Cristo no escatimó súplica alguna que pudiera hacer. Las olas de la misericordia, rechazadas por
el orgullo obstinado, volvían en mayor reflujo de amor subyugador. Pero aunque sorprendido y alarmado al ver
descubierta su culpabilidad, Judas se hizo tan sólo más resuelto en ella. Desde la cena sacramental, salió para
completar la traición.
Al pronunciar el ay sobre Judas, Cristo tenía también
un propósito de misericordia para con sus discípulos. Les dio así la evidencia culminante de su carácter de Mesías. "Os lo digo antes que se haga --dijo,--
para que cuando se hiciere, creáis que yo soy." Si Jesús hubiese guardado
silencio, en aparente ignorancia de lo que iba a sobrevenirle, los discípulos
podrían haber pensado que su Maestro no tenia previsión divina, y que había
sido sorprendido y entregado en las manos de la turba homicida. Un año antes, Jesús había dicho a los
discípulos que había escogido a doce, y que uno de ellos era diablo. Ahora las palabras que había dirigido a
Judas demostraban que su Maestro conocía plenamente su traición e iban a
fortalecer la fe de los discípulos fieles durante su humillación. Y cuando Judas hubiese llegado a su horrendo
fin, recordarían el ay pronunciado por Jesús sobre el traidor.
El Salvador tenía otro propósito aún. No había privado de su ministerio a aquel
que sabía era el traidor. Los
discípulos no comprendieron sus palabras cuando dijo, mientras les lavaba los
pies: "No estáis limpios todos," ni tampoco cuando declaró en la
mesa: "El que come pan conmigo, levantó contra mi su calcañar." Pero
más tarde, cuando su significado quedó aclarado, vieron allí pruebas de la
paciencia y misericordia de Dios hacia el que más gravemente pecara.
Aunque Jesús conocía a Judas desde el principio, le
lavó los pies. Y el traidor tuvo
ocasión de unirse con Cristo en la participación del sacramento. Un Salvador longánime ofreció al pecador
todo incentivo para recibirle, para arrepentirse y ser limpiado de la
contaminación del pecado. Este ejemplo
es para nosotros. Cuando suponemos que
alguno está en error y pecado, no debemos separarnos de él. No debemos dejarle presa de la tentación por
algún apartamiento negligente, ni impulsarle al terreno de batalla de Satanás. Tal no es el método de Cristo. Porque los discípulos estaban sujetos a
yerros y defectos, Cristo lavó sus pies, y todos menos uno de los doce fueron
traídos al arrepentimiento.
El ejemplo de Cristo prohibe la exclusividad en la
cena del Señor. Es verdad que el pecado
abierto excluye a los culpables. Esto
lo enseña claramente el Espíritu Santo.
Pero, fuera de esto, nadie ha de pronunciar juicio. Dios no ha dejado a los hombres el decir
quiénes se han de presentar en estas ocasiones. Porque ¿quién puede leer el corazón? ¿Quién puede distinguir la
cizaña del trigo? "Por tanto, pruébese cada uno a si mismo, y coma así de
aquel pan, y beba de aquella copa." Porque "cualquiera que comiere
este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y
de la sangre del Señor." "El que come y bebe indignamente, juicio
come y bebe para sí, no discerniendo el cuerpo del Señor."
Cuando los creyentes se congregan para celebrar los
ritos, están presentes mensajeros invisibles para los ojos humanos. Puede haber un Judas en el grupo, y en tal
caso hay allí mensajeros del príncipe de las tinieblas, porque ellos acompañan
a todos los que se niegan a ser dirigidos por el Espíritu Santo. Los ángeles celestiales están también
presentes. Estos visitantes invisibles
están presentes en toda ocasión tal. Pueden
entrar en el grupo personas que no son de todo corazón siervos de la verdad y
la santidad, pero que desean tomar parte en el rito. No debe prohibírselas. Hay
testigos que estuvieron presentes cuando Jesús lavó los pies de los discípulos
y de Judas. Hay ojos más que humanos
que contemplan la escena.
Por el Espíritu Santo, Cristo está allí para poner el
sello a su propio rito. Está allí para
convencer y enternecer el corazón. Ni
una mirada, ni un pensamiento de contrición escapa a su atención. El aguarda al arrepentido y contrito de
corazón. Todas las cosas están listas
para la recepción de aquella alma. El
que lavó los pies de Judas anhela lavar de cada corazón la mancha del pecado.
Nadie debe excluirse de la comunión porque esté
presente alguna persona indigna. Cada
discípulo está llamado a participar públicamente de ella y dar así testimonio
de que acepta a Cristo como Salvador personal.
Es en estas ocasiones designadas por él mismo cuando Cristo se encuentra
con los suyos y los fortalece por su presencia. Corazones y manos indignos pueden administrar el rito; sin
embargo Cristo está allí para ministrar a sus hijos. Todos los que vienen con su fe fija en él serán grandemente
bendecidos. Todos los que descuidan
estos momentos de privilegio divino sufrirán una pérdida. Acerca de ellos se puede decir con acierto:
"No estáis limpios todos."
Al participar con sus discípulos del pan y del vino,
Cristo se comprometió como su Redentor.
Les confió el nuevo pacto, por medio del cual todos los que le reciben
llegan a ser hijos de Dios, coherederos con Cristo. Por este pacto, venía a ser suya toda bendición que el cielo
podía conceder para esta vida y la venidera.
Este pacto había de ser ratificado por la sangre de Cristo. La administración del sacramento había de
recordar a los discípulos el sacrificio infinito hecho por cada uno de ellos
como parte del gran conjunto de la humanidad caída.
Pero el servicio de la comunión no había de ser una
ocasión de tristeza. Tal no era su
propósito. Mientras los discípulos del
Señor se reúnen alrededor de su mesa, no han de recordar y lamentar sus faltas. No han de espaciarse en su experiencia
religiosa pasada, haya sido ésta elevadora o deprimente. No han de recordar las divergencias
existentes entre ellos y sus hermanos. El
rito preparatorio ha abarcado todo esto.
El examen propio, la confesión del pecado, la reconciliación de las
divergencias, todo esto se ha hecho. Ahora
han venido para encontrarse con Cristo.
No han de permanecer en la sombra de la cruz, sino en su luz salvadora. Han de abrir el alma a los brillantes rayos
del Sol de justicia. Con corazones
purificados por la preciosísima sangre de Cristo, en plena conciencia de su
presencia, aunque invisible, han de oír sus palabras: "La paz os dejo, mi
paz os doy: no como el mundo la da, yo os la doy."
Nuestro Señor dice: Bajo la convicción del pecado,
recordad que yo morí por vosotros. Cuando
seáis oprimidos, perseguidos y afligidos por mi causa y la del Evangelio,
recordad mi amor, el cual fue tan grande que di mi vida por vosotros. Cuando vuestros deberes parezcan austeros y
severos, y vuestras cargas demasiado pesadas, recordad que por vuestra causa
soporté la cruz, menospreciando la vergüenza.
Cuando vuestro corazón se atemoriza ante la penosa prueba, recordad que
vuestro Redentor vive para interceder por vosotros.
El rito de la comunión señala la segunda venida de
Cristo. Estaba destinado a mantener
esta esperanza viva en la mente de los discípulos. En cualquier oportunidad en que se reuniesen para conmemorar su
muerte, relataban cómo él "tomando el vaso, y hechas gracias, les dio,
diciendo: Bebed de él todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, la cual
es derramada por muchos para remisión de los pecados. Y os digo, que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid
hasta aquel día, cuando lo tengo de beber nuevo con vosotros en el reino de mi
Padre." En su tribulación, hallaban consuelo en la esperanza del regreso
de su Señor. Les era indeciblemente
precioso el pensamiento: "Todas las veces que comiereis este pan, y
bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que venga."
Estas son las cosas que nunca hemos de olvidar. El amor de Jesús, con su poder constrictivo,
ha de mantenerse fresco en nuestra memoria.
Cristo instituyó este rito para que hablase a nuestros sentidos del amor
de Dios expresado en nuestro favor. No
puede haber unión entre nuestras almas y Dios excepto por Cristo. La unión y el amor entre hermanos deben ser
cimentados y hechos eternos por el amor de Jesús. Y nada menos que la muerte de Cristo podía hacer eficaz para
nosotros este amor. Es únicamente por
causa de su muerte por lo que nosotros podemos considerar con gozo su segunda
venida. Su sacrificio es el centro de
nuestra esperanza. En él debemos fijar
nuestra fe.
Demasiado a menudo los ritos que señalan la
humillación y los padecimientos de nuestro Señor son considerados como una
forma. Fueron instituidos con un
propósito. Nuestros sentidos necesitan
ser vivificados para comprender el misterio de la piedad. Es patrimonio de todos comprender mucho
mejor de lo que los comprendemos los sufrimientos expiatorios de Cristo. "Como Moisés levantó la serpiente en el
desierto," así el Hijo de Dios fue levantado, "para que todo aquel
que en él creyere, no se pierda, sino que tenga vida eterna." Debemos
mirar la cruz del Calvario, que sostiene a su Salvador moribundo. Nuestros intereses eternos exigen que
manifestemos fe en Cristo.
Nuestro Salvador dijo: "Si no comiereis la carne
del Hijo del hombre, y bebierais su sangre, no tendréis vida en vosotros. ...Porque mi carne es verdadera comida, y mi
sangre es verdadera bebida." Esto es verdad acerca de nuestra naturaleza
física. A la muerte de Cristo debemos
aun esta vida terrenal. El pan que
comemos ha sido comprado por su cuerpo quebrantado. El agua que bebemos ha sido comprada por su sangre derramada. Nadie, santo, o pecador, come su alimento
diario sin ser nutrido por el cuerpo y la sangre de Cristo. La cruz del Calvario está estampada en cada
pan. Está reflejada en cada manantial. Todo esto enseñó Cristo al designar los
emblemas de su gran sacrificio. La luz
que resplandece del rito de la comunión realizado en el aposento alto hace
sagradas las provisiones de nuestra vida diaria. La despensa familiar viene a ser como la mesa del Señor, y cada
comida un sacramento.
¡Y cuánto más ciertas son las palabras de Cristo en
cuanto a nuestra naturaleza espiritual! El declara: "El que come mi carne
y bebe mi sangre, tiene vida eterna." Es recibiendo la vida derramada por
nosotros en la cruz del Calvario como podemos vivir la vida santa. Y esta vida la recibimos recibiendo su
Palabra, haciendo aquellas cosas que él ordenó. Así llegamos a ser uno con él.
"El que come mi carne --dice él,-- y bebe mi sangre, en mí
permanece, y yo en él. Como me envió el
Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también
vivirá por mí." Este pasaje se aplica en un sentido especial a la santa
comunión. Mientras la fe contempla el
gran sacrificio de nuestro Señor, el alma asimila la vida espiritual de Cristo. Y esa alma recibirá fuerza espiritual de
cada comunión. El rito forma un eslabón
viviente por el cual el creyente está ligado con Cristo, y así con el Padre. En un sentido especial, forma un vínculo
entre Dios y los seres humanos que dependen de él.
Al recibir el pan y el vino que simbolizan el cuerpo
quebrantado de Cristo y su sangre derramada, nos unimos imaginariamente a la
escena de comunión del aposento alto. Parecemos
pasar por el huerto consagrado por la agonía de Aquel que llevó los pecados del
mundo. Presenciamos la lucha por la
cual se obtuvo nuestra reconciliación con Dios. El Cristo crucificado es levantado entre nosotros.
Contemplando al Redentor crucificado, comprendemos
más plenamente la magnitud y el significado del sacrificio hecho por la
Majestad del cielo. El plan de
salvación queda glorificado delante de nosotros, y el pensamiento del Calvario
despierta emociones vivas y sagradas en nuestro corazón. Habrá alabanza a Dios y al Cordero en
nuestro corazón y en nuestros labios; porque el orgullo y la adoración del yo
no pueden florecer en el alma que mantiene frescas en su memoria las escenas
del Calvario.
Los pensamientos del que contempla el amor sin par del Salvador, se elevarán, su corazón se purificará, su carácter se transformará. Saldrá a ser una luz para el mundo, a reflejar en cierto grado ese misterioso amor. Cuanto más contemplemos la cruz de Cristo, más plenamente adoptaremos el lenguaje del apóstol cuando dijo: "Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo."