CAPÍTULO 71. UN SIERVO DE SIERVOS
EN EL aposento alto de una morada de Jerusalén,
Cristo estaba sentado a la mesa con sus discípulos. Se habían reunido para celebrar la Pascua. El Salvador deseaba observar esta fiesta a
solas con los doce. Sabía que había
llegado su hora; él mismo era el verdadero cordero pascual, y en el día en que
se comiera la pascua, iba a ser sacrificado.
Estaba por beber la copa de la ira; pronto iba a recibir el bautismo
final de sufrimiento. Pero le quedaban
todavía algunas horas de tranquilidad, y quería emplearlas para beneficio de
sus amados discípulos.
Toda la vida de Cristo había sido una vida de
servicio abnegado. La lección de cada
uno de sus actos enseñaba que había venido "no ... para ser servido, sino
para servir." Pero los discípulos no habían aprendido todavía la lección. En esta última cena de Pascua, Jesús repitió
su enseñanza mediante una ilustración que la grabó para siempre en su mente y
corazón.
Las entrevistas de Jesús con sus discípulos eran
generalmente momentos de gozo sereno, muy apreciados por todos ellos. Las cenas de Pascua habían sido momentos de
especial interés, pero en esta ocasión Jesús estaba afligido. Su corazón estaba apesadumbrado, y una
sombra descansaba sobre su semblante. Al
reunirse con los discípulos en el aposento alto, percibieron que algo le
apenaba en gran manera, y aunque no sabían la causa, simpatizaban con su pesar.
Mientras estaban reunidos en derredor de la mesa,
dijo en tono de conmovedora tristeza: "En gran manera he deseado comer con
vosotros esta pascua antes que padezca; porque os digo que no comeré más de
ella, hasta que se cumpla en el reino de Dios.
Y tomando el vaso, habiendo dado gracias, dijo: Tomad esto, y partidlo
entre vosotros; porque os digo, que no beberé más del fruto de la vid, hasta
que el reino de Dios venga."
Cristo sabía que para él había llegado el tiempo de
partir del mundo e ir a su Padre. Y
habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Estaba ahora en la misma sombra de la cruz,
y el dolor torturaba su corazón.
Sabía que sería abandonado en la hora de su entrega. Sabía que se le daría muerte por el más
humillante procedimiento aplicado a los criminales. Conocía la ingratitud y crueldad de aquellos a quienes había
venido a salvar. Sabía cuán grande era
el sacrificio que debía hacer, y para cuántos sería en vano. Sabiendo todo lo que le esperaba, habría
sido natural que estuviese abrumado por el pensamiento de su propia humillación
y sufrimiento. Pero miraba como suyos a
los doce que habían estado con él y que, pasados el oprobio, el pesar y los
malos tratos que iba a soportar, habían de quedar a luchar en el mundo. Sus pensamientos acerca de lo que él mismo
debía sufrir estaban siempre relacionados con sus discípulos. No pensaba en sí mismo. Su cuidado por ellos era lo que predominaba
en su ánimo.
En esta última noche con sus discípulos, Jesús tenía
mucho que decirles. Si hubiesen estado
preparados para recibir lo que anhelaba impartirles, se habrían ahorrado una
angustia desgarradora, desaliento e incredulidad. Pero Jesús vio que no podían soportar lo que él tenía que
decirles. Al mirar sus rostros, las
palabras de amonestación y consuelo se detuvieron en sus labios. Transcurrieron algunos momentos en silencio. Jesús parecía estar aguardando. Los discípulos se sentían incómodos. La simpatía y ternura despertadas por el
pesar de Cristo parecían haberse desvanecido.
Sus entristecidas palabras, que señalaban su propio sufrimiento, habían
hecho poca impresión. Las miradas que
se dirigían unos a otros hablaban de celos y rencillas.
"Hubo entre ellos una contienda, quién de ellos
parecía ser el mayor." Esta contienda, continuada en presencia de Cristo,
le apenaba y hería. Los discípulos se
aferraban a su idea favorita de que Cristo iba a hacer valer su poder y ocupar
su puesto en el trono de David. Y en su
corazón, cada uno anhelaba tener el más alto puesto en el reino. Se habían avalorado a sí mismos y unos a
otros, y en vez de considerar más dignos a sus hermanos, cada uno se había
puesto en primer lugar. La petición 600
de Juan y Santiago de sentarse a la derecha y a la izquierda del trono de
Cristo, había excitado la indignación de los demás. El que los dos hermanos se atreviesen a pedir el puesto más alto,
airaba tanto a los diez que el enajenamiento amenazaba penetrar entre ellos. Consideraban que se los había juzgado mal, y
que su fidelidad y talentos no eran apreciados. Judas era el más severo con Santiago y Juan.
Cuando los discípulos entraron en el aposento alto,
sus corazones estaban llenos de resentimiento.
Judas se mantenía al lado de Cristo, a la izquierda; Juan estaba a la
derecha. Si había un puesto más alto
que los otros, Judas estaba resuelto a obtenerlo, y se pensaba que este puesto
era al lado de Cristo. Y Judas era
traidor.
Se había levantado otra causa de disensión. Era costumbre, en ocasión de una fiesta, que
un criado lavase los pies de los huéspedes, y en esa ocasión se habían hecho
preparativos para este servicio. La
jarra, el lebrillo y la toalla estaban allí, listos para el lavamiento de los
pies; pero no había siervo presente, y les tocaba a los discípulos cumplirlo. Pero cada uno de los discípulos, cediendo al
orgullo herido, resolvió no desempeñar el papel de siervo. Todos manifestaban una despreocupación
estoica, al parecer inconscientes de que les tocaba hacer algo. Por su silencio, se negaban a humillarse.
¿Cómo iba Cristo a llevar a estas pobres almas adonde
Satanás no pudiese ganar sobre ellas una victoria decisiva? ¿Cómo podría
mostrarles que el mero profesar ser discípulos no los hacía discípulos, ni les
aseguraba un lugar en su reino? ¿Cómo podría mostrarles que es el servicio
amante y la verdadera humildad lo que constituye la verdadera grandeza? ¿Cómo
habría de encender el amor en su corazón y habilitarlos para entender lo que
anhelaba explicarles?
Los discípulos no hacían ningún ademán de servirse
unos a otros. Jesús aguardó un rato
para ver lo que iban a hacer. Luego él,
el Maestro divino, se levantó de la mesa.
Poniendo a un lado el manto exterior que habría impedido sus
movimientos, tomó una toalla y se ciñó.
Con sorprendido interés, los discípulos miraban, y en silencio esperaban
para ver lo que iba a seguir. "Luego
puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a
limpiarlos con la toalla con que estaba ceñido." Esta acción abrió los
ojos de los discípulos. Amarga
vergüenza y humillación llenaron su corazón.
Comprendieron el mudo reproche, y se vieron desde un punto de vista
completamente nuevo.
Así expresó Cristo su amor por sus discípulos. El espíritu egoísta de ellos le llenó de
tristeza, pero no entró en controversia con ellos acerca de la dificultad. En vez de eso, les dio un ejemplo que nunca
olvidarían. Su amor hacia ellos no se
perturbaba ni se apagaba fácilmente. Sabía
que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos, y que él provenía de
Dios e iba a Dios. Tenía plena
conciencia de su divinidad; pero había puesto a un lado su corona y vestiduras
reales, y había tomado forma de siervo.
Uno de los últimos actos de su vida en la tierra consistió en ceñirse
como siervo y cumplir la tarea de un siervo.
Antes de la Pascua, Judas se había encontrado por
segunda vez con los sacerdotes y escribas, y había cerrado el contrato de
entregar a Jesús en sus manos. Sin
embargo, más tarde se mezcló con los discípulos como si fuese inocente de todo
mal, y se interesó en la ejecución de los preparativos para la fiesta. Los discípulos no sabían nada del propósito
de Judas. Sólo Jesús podía leer su
secreto. Sin embargo, no le
desenmascaró, Jesús sentía anhelo por su alma.
Sentía por él tanta preocupación como por Jerusalén cuando lloró sobre
la ciudad condenada. Su corazón
clamaba: "¿Cómo tengo de dejarte?" El poder constrictivo de aquel
amor fue sentido por Judas. Mientras
las manos del Salvador estaban bañando aquellos pies contaminados y secándolos
con la toalla, el impulso de confesar entonces y allí mismo su pecado conmovió
intensamente el corazón de Judas. Pero
no quiso humillarse. Endureció su
corazón contra el arrepentimiento; y los antiguos impulsos, puestos a un lado
por el momento, volvieron a dominarle. Judas
se ofendió entonces por el acto de Cristo de lavar los pies de sus discípulos. Si Jesús podía humillarse de tal manera,
pensaba, no podía ser el rey de Israel.
Eso destruía toda esperanza de honores mundanales en un reino temporal. Judas quedó convencido de que no había nada
que ganar siguiendo a Cristo. Después
de verle degradarse a si mismo, como pensaba, se confirmó en su propósito de
negarle y de confesarse engañado. Fue
poseído por un demonio, y resolvió completar la obra que había convenido hacer:
entregar a su Señor.
Judas, al elegir su puesto en la mesa, había tratado
de colocarse en primer lugar, y Cristo, como siervo, le sirvió a él primero. Juan, hacia quien Judas había tenido tan
amargos sentimientos, fue dejado hasta lo último. Pero Juan no lo consideró como una reprensión o desprecio. Mientras los discípulos observaban la acción
de Cristo, se sentían muy conmovidos. Cuando
llegó el turno de Pedro, éste exclamó con asombro: "¿Señor, tú me lavas
los pies?" La condescendencia de Cristo quebrantó su corazón. Se sintió lleno de vergüenza al pensar que
ninguno de los discípulos cumplía este servicio. "Lo que yo hago --dijo Cristo,-- tú no entiendes ahora; mas
lo entenderás después." Pedro no podía soportar el ver a su Señor, a quien
creía ser Hijo de Dios, desempeñar un papel de siervo. Toda su alma se rebelaba contra esta
humillación. No comprendía que para
esto había venido Cristo al mundo. Con
gran énfasis, exclamó: "¡No me lavarás los pies jamás!"
Solemnemente, Cristo dijo a Pedro: "Si no te
lavare, no tendrás parte conmigo." El servicio que Pedro rechazaba era
figura de una purificación superior. Cristo
había venido para lavar el corazón de la mancha del pecado. Al negarse a permitir a Cristo que le lavase
los pies, Pedro rehusaba la purificación superior incluida en la inferior. Estaba realmente rechazando a su Señor. No es humillante para el Maestro que le
dejemos obrar nuestra purificación. La
verdadera humildad consiste en recibir con corazón agradecido cualquier
provisión hecha en nuestro favor, y en prestar servicio para Cristo con fervor.
Al oír las palabras, "si no te lavare, no
tendrás parte conmigo," Pedro renunció a su orgullo y voluntad propia. No podía soportar el pensamiento de estar
separado de Cristo; habría significado la muerte para él. "No sólo mis pies --dijo,-- mas aun las
manos y la cabeza. Dícele Jesús: El que
está lavado, no necesita sino que lave los pies, mas está todo limpio."
Estas palabras significaban más que la limpieza
corporal. Cristo estaba hablando
todavía de la purificación superior ilustrada por la inferior. El que salía del baño, estaba limpio, pero
los pies calzados de sandalias se cubrían pronto de polvo, y volvían a
necesitar que se los lavase. Así
también Pedro y sus hermanos habían sido lavados en la gran fuente abierta para
el pecado y la impureza. Cristo los
reconocía como suyos. Pero la tentación
los había inducido al mal, y necesitaban todavía su gracia purificadora. Cuando Jesús se ciñó con una toalla para
lavar el polvo de sus pies, deseó por este mismo acto lavar el enajenamiento,
los celos el orgullo de sus corazones. Esto
era mucho más importante que lavar sus polvorientos pies. Con el espíritu que entonces manifestaban,
ninguno de ellos estaba preparado para tener comunión con Cristo. Hasta que fuesen puestos en un estado de
humildad y amor, no estaban preparados para participar en la cena pascual, o
del servicio recordativo que Cristo estaba por instituir. Sus corazones debían ser limpiados. El orgullo y el egoísmo crean disensión y
odio, pero Jesús se los quitó al lavarles los pies. Se realizó un cambio en sus sentimientos. Mirándolos, Jesús pudo decir: "Vosotros
limpios estáis." Ahora sus corazones estaban unidos por el amor mutuo. Habían llegado a ser humildes y a estar
dispuestos a ser enseñados. Excepto
Judas, cada uno estaba listo para conceder a otro el lugar más elevado. Ahora, con corazones subyugados y
agradecidos, podían recibir las palabras de Cristo.
Como Pedro y sus hermanos, nosotros también hemos
sido lavados en la sangre de Cristo, y sin embargo la pureza del corazón queda
con frecuencia contaminada por el contacto con el mal. Debemos ir a Cristo para obtener su gracia
purificadora. Pedro rehuía el poner sus
pies contaminados en contacto con las manos de su Señor y Maestro; pero ¡con
cuánta frecuencia ponemos en contacto con el corazón de Cristo nuestros
corazones pecaminosos y contaminados! ¡Cuán penosos le resultan nuestro mal
genio, nuestra vanidad y nuestro orgullo! Sin embargo, debemos llevarle todas
nuestras flaquezas y contaminación. El
es el único que puede lavarnos. No
estamos preparados para la comunión con él a menos que seamos limpiados por su
eficacia.
Jesús dijo a los discípulos: "Vosotros limpios
estáis, aunque no todos." El había lavado los pies de Judas, pero éste no
le había entregado su corazón. Este no
fue purificado. Judas no se había
sometido a Cristo.
Después que Cristo hubo lavado los pies de los
discípulos, se puso la ropa que se había sacado, se sentó de nuevo y les dijo:
"¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis, Maestro, y, Señor: y
decís bien; porque lo soy. Pues si yo,
el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavar
los pies los unos a los otros. Porque
ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. De cierto, de cierto os digo: El siervo no
es mayor que su Señor, ni el apóstol es mayor que el que le envió."
Cristo quería que sus discípulos comprendiesen que
aunque les había lavado los pies, esto no le restaba dignidad. "Vosotros me llamáis, Maestro, y,
Señor; y decís bien; porque lo soy." Y siendo tan infinitamente superior,
impartió gracia y significado al servicio.
Nadie ocupaba un puesto tan exaltado como el de Cristo, y sin embargo él
se rebajó a cumplir el más humilde deber.
A fin de que los suyos no fuesen engañados por el egoísmo que habita en
el corazón natural y se fortalece por el servicio propio, Cristo les dio su
ejemplo de humildad. No quería dejar a
cargo del hombre este gran asunto. De
tanta importancia lo consideró, que él mismo que era igual a Dios, actuó como
siervo de sus discípulos. Mientras
estaban contendiendo por el puesto más elevado, Aquel ante quien toda rodilla
ha de doblarse, Aquel a quien los ángeles de gloria se honran en servir, se
inclinó para lavar los pies de quienes le llamaban Señor. Lavó los pies de su traidor.
En su vida y sus lecciones, Cristo dio un ejemplo
perfecto del ministerio abnegado que tiene su origen en Dios. Dios no vive para sí. Al crear el mundo y al sostener todas las
cosas, está sirviendo constantemente a otros.
El "hace que su sol salga sobre malos y buenos, y llueve sobre
justos e injustos." Este ideal de
ministerio fue confiado por Dios a su Hijo.
Jesús fue dado para que estuviese a la cabeza de la humanidad, a fin de
que por su ejemplo pudiese enseñar lo que significa servir. Toda su vida fue regida por una ley de
servicio. Sirvió y ministró a todos. Así vivió la ley de Dios, y por su ejemplo
nos mostró cómo debemos obedecerla nosotros.
Vez tras vez, Jesús había tratado de establecer este
principio entre sus discípulos. Cuando
Santiago y Juan hicieron su pedido de preeminencia, él dijo: "El que
quisiere entre vosotros hacerse grande, será vuestro servidor." En mi
reino, el principio de preferencia y supremacía no tiene cabida. La única grandeza es la grandeza de la
humildad. La única distinción se halla
en la devoción al servicio de los demás.
Ahora, habiendo lavado los pies de los discípulos,
dijo: "Ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también
hagáis." En estas palabras Cristo no sólo ordenaba la práctica de la
hospitalidad. Quería enseñar algo más
que el lavamiento de los pies de los huéspedes para quitar el polvo del viaje. Cristo instituía un servicio religioso. Por el acto de nuestro Señor, esta ceremonia
humillante fue transformada en rito consagrado, que debía ser observado por los
discípulos, a fin de que recordasen siempre sus lecciones de humildad y
servicio.
Este rito es la preparación indicada por Cristo para
el servicio sacramental. Mientras se
alberga orgullo y divergencia y se contiende por la supremacía, el corazón no
puede entrar en comunión con Cristo. No
estamos preparados para recibir la comunión de su cuerpo y su sangre. Por esto, Jesús indicó que se observase
primeramente la ceremonia conmemorativa de su humillación.
Al llegar a este rito, los hijos de Dios deben
recordar las palabras del Señor de vida y gloria: "¿Sabéis lo que os he
hecho? Vosotros me llamáis, Maestro, y, Señor: y decís bien; porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado
vuestros pies, vosotros también debéis lavar los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo
os he hecho, vosotros también hagáis. De
cierto, de cierto os digo: El siervo no es mayor que su señor, ni el apóstol es
mayor que el que le envió. Si sabéis
estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis." Hay en el hombre
una disposición a estimarse más que a su hermano, a trabajar para si, a buscar
el puesto más alto; y con frecuencia esto produce malas sospechas y amargura de
espíritu. El rito que precede a la cena
del Señor, está destinado a aclarar estos malentendidos, a sacar al hombre de
su egoísmo, a bajarle de sus zancos de exaltación propia y darle la humildad de
corazón que le inducirá a servir a su hermano.
El santo Vigilante del cielo está presente en estos
momentos para hacer de ellos momentos de escrutinio del alma, de convicción del
pecado y de bienaventurada seguridad de que los pecados están perdonados. Cristo, en la plenitud de su gracia, está
allí para cambiar la corriente de los pensamientos que han estado dirigidos por
cauces egoístas. El Espíritu Santo
despierta las sensibilidades de aquellos que siguen el ejemplo de su Señor. Al ser recordada así la humillación del
Salvador por nosotros, los pensamientos se vinculan con los pensamientos; se
evoca una cadena de recuerdos de la gran bondad de Dios y del favor y ternura
de los amigos terrenales. Se recuerdan
las bendiciones olvidadas, las mercedes de las cuales se abusó, las bondades
despreciadas. Quedan puestas de
manifiesto las raíces de amargura que habían ahogado la preciosa planta del
amor. Los defectos del carácter, el descuido
de los deberes, la ingratitud hacia Dios, la frialdad hacia nuestros hermanos,
son tenidos en cuenta. Se ve el pecado
como Dios lo ve. Nuestros pensamientos
no son pensamientos de complacencia propia, sino de severa censura propia y
humillación. La mente queda vivificada
para quebrantar toda barrera que causó enajenamiento. Se ponen a un lado las palabras y los pensamientos malos. Se confiesan y perdonan los pecados. La subyugadora gracia de Cristo entra en el
alma, y el amor de Cristo acerca los corazones unos a otros en bienaventurada
unidad.
A medida que se aprende así la lección del servicio
preparatorio, se enciende el deseo de vivir una vida espiritual más elevada. El divino Testigo responderá a este deseo. El alma será elevada. Podemos participar de la comunión con el
sentimiento consciente de que nuestros pecados están perdonados. El sol de la justicia de Cristo llenará las
cámaras de la mente y el templo del alma.
Contemplaremos al "Cordero de Dios, que quita el pecado del
mundo."
Para los que reciben el espíritu de este servicio, no
puede nunca llegar a ser una mera ceremonia.
Su constante lección será: "Servíos por amor los unos a los
otros." Al lavar los pies a sus discípulos, Cristo dio evidencia de que
haría, por humilde que fuera, cualquier servicio que los hiciese herederos con
él de la eterna riqueza del tesoro del cielo.
Sus discípulos, al cumplir el mismo rito, se comprometen asimismo a
servir a sus hermanos. Dondequiera que
este rito se celebra debidamente, los hijos de Dios se ponen en santa relación,
para ayudarse y bendecirse unos a otros.
Se comprometen a entregar su vida a un ministerio abnegado. Y esto no sólo unos por otros. Su campo de labor es tan vasto como lo era
el de su Maestro. El mundo está lleno de
personas que necesitan nuestro ministerio.
Por todos lados, hay pobres desamparados e ignorantes. Los que hayan tenido comunión con Cristo en
el aposento alto, saldrán a servir como él sirvió.
Jesús, que era servido por todos, vino a ser siervo
de todos. Y porque ministró a todos,
volverá a ser servido y honrado por todos.
Y los que quieren participar de sus atributos, y con él compartir el
gozo de ver almas redimidas, deben seguir su ejemplo de ministerio abnegado.
Todo esto abarcaban las palabras de Cristo: "Ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis." Tal era el propósito del rito que él estableció. Y dice: "Si sabéis estas cosas," si conocéis el propósito de sus lecciones, "bienaventurados seréis, si las hiciereis."