CAPÍTULO 7. LA NIÑEZ DE CRISTO
JESÚS pasó su niñez y juventud en una aldea de
montaña. No había en la tierra lugar
que no habría resultado honrado por su presencia. Habría sido un privilegio para los palacios reales recibirle como
huésped. Pero él pasó por alto las
mansiones de los ricos, las cortes reales y los renombrados atrios del saber,
para vivir en el obscuro y despreciado pueblo de Nazaret.
Es admirable por su significado el breve relato de
sus primeros años: "Y el niño crecía, y fortalecíase, y se henchía de
sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él." En el resplandor del rostro
de su Padre, Jesús "crecía en sabiduría, y en edad, y en gracia para con
Dios y los hombres.' Su inteligencia era viva y aguda; tenía una reflexión y
una sabiduría que superaban a sus años.
Sin embargo, su carácter era de hermosa simetría. Las facultades de su intelecto y de su
cuerpo se desarrollaban gradualmente, en armonía con las leyes de la niñez.
Durante su infancia, Jesús manifestó una disposición
especialmente amable. Sus manos
voluntarias estaban siempre listas para servir a otros. Revelaba una paciencia que nada podía
perturbar, y una veracidad que nunca sacrificaba la integridad. En los buenos principios, era firme como una
roca, y su vida revelaba la gracia de una cortesía desinteresada.
Con profundo interés, la madre de Jesús miraba el
desarrollo de sus facultades, y contemplaba la perfección de su carácter. Con deleite trataba de estimular esa
mentalidad inteligente y receptiva.
Mediante el Espíritu Santo recibió sabiduría para cooperar con los
agentes celestiales en el desarrollo de este niño que no tenía otro padre que
Dios.
Desde los tiempos más remotos, los fieles de Israel
habían prestado mucha atención a la educación de la juventud. El Señor había indicado que, desde la más
tierna infancia, debía enseñarse a los niños su bondad y grandeza,
especialmente en la forma en que se revelaban en la ley divina y en la historia
de Israel. Los cantos, las oraciones y
las lecciones de las Escrituras debían adaptarse a los intelectos en desarrollo. Los padres debían enseñar a sus hijos que la
ley de Dios es una expresión de su carácter, y que al recibir los principios de
la ley en el corazón, la imagen de Dios se grababa en la mente y el alma. Gran parte de la enseñanza era oral; pero
los jóvenes aprendían también a leer los escritos hebreos; y podían estudiar
los pergaminos del Antiguo Testamento.
En los días de Cristo, el pueblo o ciudad que no
hacía provisión para la instrucción religiosa de los jóvenes, se consideraba
bajo la maldición de Dios. Sin embargo,
la enseñanza había llegado a ser formalista.
La tradición había suplantado en gran medida a las Escrituras. La verdadera educación debía inducir a los
jóvenes a que "buscasen a Dios, si en alguna manera, palpando, le
hallen." Pero los maestros judíos dedicaban su atención al
ceremonial. Llenaban las mentes de
asuntos inútiles para el estudiante, que no podían ser reconocidos en la
escuela superior del cielo. La
experiencia que se obtiene por una aceptación personal de la Palabra de Dios,
no tenía cabida en su sistema educativo.
Absortos en las ceremonias externas, los alumnos no encontraban tiempo
para pasar horas de quietud con Dios.
No oían su voz que hablaba al corazón.
En su búsqueda de conocimiento, se apartaban de la Fuente de la
sabiduría. Los grandes hechos
esenciales del servicio de Dios eran descuidados. Los principios de la ley eran obscurecidos. Lo que se consideraba como educación
superior, era el mayor obstáculo para el desarrollo verdadero. Bajo la preparación que daban los rabinos,
las facultades de la juventud eran reprimidas.
Su intelecto se paralizaba y estrechaba.
El niño Jesús no recibió instrucción en las escuelas
de las sinagogas. Su madre fue su
primera maestra humana. De labios de
ella y de los rollos de los profetas, aprendió las cosas celestiales. Las mismas palabras que él había hablado a
Israel por medio de Moisés, le fueron enseñadas sobre las rodillas de su
madre. Y al pasar de la niñez a la
adolescencia, no frecuentó las escuelas de los rabinos. No necesitaba la instrucción que podía
obtenerse de tales fuentes, porque Dios era su instructor. La pregunta hecha durante el ministerio del
Salvador "¿Cómo sabe éste letras, no habiendo aprendido?" no indica
que Jesús no sabía leer, sino meramente que no había recibido una educación
rabínica. Puesto que él adquirió saber
como nosotros podemos adquirirlo, su conocimiento íntimo de las Escrituras nos
demuestra cuán diligentemente dedicó sus primeros años al estudio de la Palabra
de Dios. Delante de él se extendía la
gran biblioteca de las obras de Dios.
El que había hecho todas las cosas, estudió las lecciones que su propia
mano había escrito en la tierra, el mar y el cielo. Apartado de los caminos profanos del mundo, adquiría conocimiento
científico de la naturaleza. Estudiaba
la vida de las plantas, los animales y los hombres. Desde sus más tiernos años, fue dominado por un propósito: vivió
para beneficiar a otros. Para ello,
hallaba recursos en la naturaleza; al estudiar la vida de las plantas y de los
animales concebía nuevas ideas de los medios y modos de realizarlo. Continuamente trataba de sacar de las cosas
que veía ilustraciones con las cuales presentar los vivos oráculos de Dios. Las parábolas mediante las cuales, durante
su ministerio, le gustaba enseñar sus lecciones de verdad, demuestran cuán
abierto estaba su espíritu a la influencia de la naturaleza, y cómo había
obtenido enseñanzas espirituales de las cosas que le rodeaban en la vida
diaria.
Así se revelaba a Jesús el significado de la Palabra
y las obras de Dios, mientras trataba de comprender la razón de las cosas que
veía. Le acompañaban los seres
celestiales, y se gozaba cultivando santos pensamientos y comuniones. Desde el primer destello de la inteligencia,
estuvo constantemente creciendo en gracia espiritual y conocimiento de la
verdad.
Todo niño puede aprender como Jesús. Mientras tratemos de familiarizarnos con
nuestro Padre celestial mediante su Palabra, los ángeles se nos acercarán,
nuestro intelecto se fortalecerá, nuestro carácter se elevará y refinará. Llegaremos a ser más semejantes a nuestro
Salvador. Y mientras contemplemos la
hermosura y grandiosidad de la naturaleza, nuestros afectos se elevarán a
Dios. Mientras el espíritu se prosterna
asombrado, el alma se vigoriza poniéndose en contacto con el ser infinito
mediante sus obras. La comunión con
Dios por medio de la oración desarrolla las facultades mentales y morales, y
las espirituales se fortalecen mientras cultivamos pensamientos relativos a las
cosas espirituales.
La vida de Jesús estuvo en armonía con Dios. Mientras era niño, pensaba y hablaba como
niño; pero ningún vestigio de pecado mancilló la imagen de Dios en él. Sin embargo, no estuvo exento de
tentación. Los habitantes de Nazaret
eran proverbiales por su maldad. La
pregunta que hizo Natanael: "¿De Nazaret puede haber algo de bueno?"
demuestra la poca estima en que se los tenía generalmente. Jesús fue colocado donde su carácter iba a
ser probado. Le era necesario estar
constantemente en guardia a fin de conservar su pureza. Estuvo sujeto a todos los conflictos que
nosotros tenemos que arrostrar, a fin de sernos un ejemplo en la niñez, la
adolescencia y la edad adulta.
Satanás fue incansable en sus esfuerzos por vencer al
Niño de Nazaret. Desde sus primeros
años Jesús fue guardado por los ángeles celestiales; sin embargo, su vida fue
una larga lucha contra las potestades de las tinieblas. El que hubiese en la tierra una vida libre
de la contaminación del mal era algo que ofendía y dejaba perplejo al príncipe
de las tinieblas. No dejó sin probar
medio alguno de entrampar a Jesús.
Ningún hijo de la humanidad tendrá que llevar una vida santa en medio de
tan fiero conflicto con la tentación como nuestro Salvador.
Los padres de Jesús eran pobres y dependían de su
trabajo diario para su sostén. El
conoció la pobreza, la abnegación y las privaciones. Esto fue para él una salvaguardia. En su vida laboriosa, no había momentos ociosos que invitasen a
la tentación. No había horas vacías que
preparasen el camino para las compañías corruptas. En cuanto le era posible, cerraba la puerta al tentador. Ni la ganancia ni el placer, ni los aplausos
ni la censura, podían inducirle a consentir en un acto pecaminoso. Era sabio para discernir el mal, y fuerte
para resistirlo.
Cristo fue el único ser que vivió sin pecar en esta
tierra. Sin embargo, durante casi
treinta años moró entre los perversos habitantes de Nazaret. Este hecho es una reprensión para los que
creen que dependen del lugar, la fortuna o la prosperidad para vivir una vida
sin mácula. La tentación, la pobreza,
la adversidad son la disciplina que se necesita para desarrollar pureza y
firmeza.
Jesús vivió en un hogar de artesanos, y con fidelidad
y alegría desempeñó su parte en llevar las cargas de la familia.
Había sido el generalísimo del cielo, y los ángeles
se habían deleitado cumpliendo su palabra; ahora era un siervo voluntario, un
hijo amante y obediente. Aprendió un
oficio, y con sus propias manos trabajaba en la carpintería con José. Vestido como un obrero común, recorría las
calles de la pequeña ciudad, yendo a su humilde trabajo y volviendo de él. No empleaba su poder divino para disminuir
sus cargas ni aliviar su trabajo.
Mientras Jesús trabajaba en su niñez y juventud, su
mente y cuerpo se desarrollaban. No
empleaba temerariamente sus facultades físicas, sino de una manera que las
conservase en buena salud, a fin de ejecutar el mejor trabajo en todo
ramo. No quería ser deficiente ni aun
en el manejo de las herramientas. Fue
perfecto como obrero, como lo fue en carácter.
Por su ejemplo, nos enseñó que es nuestro deber ser laboriosos, y que
nuestro trabajo debe cumplirse con exactitud y esmero, y que una labor tal es
honorable. El ejercicio que enseña a
las manos a ser útiles, y prepara a los jóvenes para llevar su parte de las
cargas de la vida, da fuerza física y desarrolla toda facultad. Todos deben hallar algo que hacer benéfico
para sí y para otros. Dios nos asignó
el trabajo como una bendición, y sólo el obrero diligente halla la verdadera
gloria y el gozo de la vida. La
aprobación de Dios descansa con amante seguridad sobre los niños y jóvenes que
alegremente asumen su parte en los deberes de la familia, y comparten las cargas
de sus padres. Los tales, al salir del
hogar, serán miembros útiles de la sociedad.
Durante toda su vida terrenal, Jesús trabajó con
fervor y constancia. Esperaba mucho
resultado; por lo tanto intentaba grandes cosas. Después que hubo entrado en su ministerio, dijo: "Conviéneme
obrar las obras del que me envió, entretanto que el día dura: la noche viene,
cuando nadie puede obrar." Jesús no rehuyó los cuidados y la
responsabilidad, como los rehuyen muchos que profesan seguirle. Y debido a que tratan de eludir esta
disciplina, muchos son débiles y faltos de eficiencia. Tal vez posean rasgos preciosos y amables,
pero son cobardes y casi inútiles cuando se han de arrostrar dificultades y
superar obstáculos. El carácter
positivo y enérgico, sólido y fuerte que manifestó Cristo, debe desarrollarse
en nosotros, mediante la misma disciplina que él soportó. Y a nosotros se nos ofrece la gracia que
recibió él.
Mientras vivió entre los hombres, nuestro Salvador
compartió la suerte de los pobres.
Conoció por experiencia sus cuidados y penurias, y podía consolar y
estimular a todos los humildes trabajadores.
Los que tienen un verdadero concepto de la enseñanza de su vida, no
creerán nunca que deba hacerse distinción entre las clases, que los ricos han
de ser honrados más que los pobres dignos.
Jesús trabajaba con alegría y tacto. Se necesita mucha paciencia y espiritualidad
para introducir la religión de la Biblia en la vida familiar y en el taller;
para soportar la tensión de los negocios mundanales, y, sin embargo, continuar
deseando sinceramente la gloria de Dios.
En esto Cristo fue un ayudador.
Nunca estuvo tan embargado por los cuidados de este mundo que no tuviese
tiempo o pensamientos para las cosas celestiales. A menudo expresaba su alegría cantando salmos e himnos
celestiales. A menudo los moradores de
Nazaret oían su voz que se elevaba en alabanza y agradecimiento a Dios. Mantenía comunión con el Cielo mediante el
canto; y cuando sus compañeros se quejaban por el cansancio, eran alegrados por
la dulce melodía que brotaba de sus labios.
Sus alabanzas parecían ahuyentar a los malos ángeles, y como incienso,
llenaban el lugar de fragancia. La
mente de los que le oían se alejaba del destierro que aquí sufrían para
elevarse a la patria celestial.
Jesús era la fuente de la misericordia sanadora para
el mundo; y durante todos aquellos años de reclusión en Nazaret, su vida se
derramó en raudales de simpatía y ternura.
Los ancianos, los tristes y los apesadumbrados por el pecado, los niños
que jugaban con gozo inocente, los pequeños seres de los vergeles, las
pacientes bestias de carga, todos eran más felices a causa de su
presencia. Aquel cuya palabra sostenía
los mundos podía agacharse a aliviar un pájaro herido. No había nada tan insignificante que no
mereciese su atención o sus servicios.
Así, mientras crecía en sabiduría y estatura, Jesús
crecía en gracia para con Dios y los hombres.
Se granjeaba la simpatía de todos tos corazones, mostrándose capaz de
simpatizar con todos. La atmósfera de
esperanza y de valor que le rodeaba hacía de él una bendición en todo
hogar. Y a menudo, en la sinagoga, los
sábados, se le pedía que leyese la lección de los profetas, y el corazón de los
oyentes se conmovía al ver irradiar una nueva luz de las palabras familiares
del texto sagrado.
Sin embargo, Jesús rehuía la ostentación. Durante todos los años de su estada en
Nazaret, no manifestó su poder milagroso.
No buscó ninguna posición elevada, ni asumió títulos. Su vida tranquila y sencilla, y aun el
silencio de las Escrituras acerca de sus primeros años, nos enseñan una lección
importante. Cuanto más tranquila y
sencilla sea la vida del niño, cuanto más libre de excitación artificial y más
en armonía con la naturaleza, más favorable será para el vigor físico y mental
y para la fuerza espiritual.
Jesús es nuestro ejemplo. Son muchos los que se espacian con interés en el período de su
ministerio público, mientras pasan por alto la enseñanza de sus primeros
años. Pero es en su vida familiar donde
es el modelo para todos los niños y jóvenes.
El Salvador condescendió en ser pobre, a fin de enseñarnos cuán
íntimamente podemos andar con Dios nosotros los de suerte humilde. Vivió para agradar, honrar y glorificar a su
Padre en las cosas comunes de la vida.
Empezó su obra consagrando el humilde oficio del artesano que trabaja
para ganarse el pan cotidiano. Estaba
haciendo el servicio de Dios tanto cuando trabajaba en el banco del carpintero
como cuando hacía milagros para la muchedumbre. Y todo joven que siga fiel y obedientemente el ejemplo de Cristo
en su humilde hogar, puede aferrarse a estas palabras que el Padre dijo de él
por el Espíritu Santo: "He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido,
en quien mi alma toma contentamiento."