CAPÍTULO 66. CONTROVERSIAS
LOS SACERDOTES y gobernantes habían escuchado en
silencio las acertadas reprensiones de Cristo.
No podían refutar sus acusaciones, pero estaban tanto más resueltos a
entramparlo, y con ese objeto le mandaron espías "que se simulasen justos,
para sorprenderle en palabras, para que le entregasen al principado y a la
potestad del presidente." No le mandaron a los ancianos fariseos a quienes
Jesús había hecho frente muchas veces, sino a jóvenes, ardientes y celosos, y a
quienes, pensaban ellos, Cristo no conocía.
Iban acompañados por algunos herodianos, que debían oír las palabras de
Cristo, a fin de poder testificar contra él en su juicio. Los fariseos y los herodianos habían sido
acérrimos enemigos, pero estaban ahora unidos en la enemistad contra Cristo.
Los fariseos se habían sentido siempre molestos bajo
la exacción del tributo por los romanos.
Sostenían que el pago del tributo era contrario a la ley de Dios. Pero ahora veían una oportunidad de tender
un lazo a Jesús. Los espías vinieron a
él, con aparente sinceridad, como deseosos de conocer su deber, y dijeron:
"Maestro, sabemos que dices y enseñas bien, y que no tienes respeto a
persona; antes enseñas el camino de Dios con verdad. ¿Nos es lícito dar tributo a César, o no?" Las palabras:
"Sabemos que dices y enseñas bien," habrían sido una maravillosa
admisión si hubiesen sido sinceras. Pero
fueron pronunciadas con el fin de engañar.
Sin embargo, su testimonio era verídico. Los fariseos sabían que Cristo hablaba y enseñaba correctamente,
y por su propio testimonio serán juzgados.
Los que interrogaban a Jesús pensaban que habían
disfrazado suficientemente su propósito; pero Jesús leía su corazón como un
libro abierto, y sondeó su hipocresía. "¿Por
qué me tentáis?" dijo dándoles así una señal que no habían pedido, al
demostrarles que discernía su oculto propósito. Se vieron aun más confusos cuando añadió: "Mostradme la
moneda." Se la trajeron, y les preguntó: "¿De quién tiene la imagen y
la inscripción? Y respondiendo dijeron: De César." Señalando la
inscripción de la moneda, Jesús dijo: "Pues dad a César lo que es de
César; y lo que es de Dios, a Dios."
Los espías habían esperado que Jesús contestase
directamente su pregunta, en un sentido o en otro. Si les dijese: Es ilícito pagar tributo a César, le denunciarían
a las autoridades romanas, y éstas le arrestarían por incitar a la rebelión. Pero en caso de que declarase lícito el pago
del tributo, se proponían acusarle ante el pueblo como opositor de la ley de
Dios. Ahora se sintieron frustrados y
derrotados. Sus planes quedaron
trastornados. La manera sumaria en que
su pregunta había sido decidida no les dejaba nada más que decir.
La respuesta de Cristo no era una evasiva, sino una
cándida respuesta a la pregunta. Teniendo
en su mano la moneda romana, sobre la cual estaban estampados el nombre y la
imagen de César, declaró que ya que estaban viviendo bajo la protección del
poder romano, debían dar a ese poder el apoyo que exigía mientras no estuviese
en conflicto con un deber superior. Pero
mientras se sujetasen pacíficamente a las leyes del país, debían en toda
oportunidad tributar su primera fidelidad a Dios.
Las palabras del Salvador: "Dad ... lo que es de Dios, a Dios," eran una
severa reprensión para los judíos intrigantes.
Si hubiesen cumplido fielmente sus obligaciones para con Dios, no
habrían llegado a ser una nación quebrantada, sujeta a un poder extranjero. Ninguna insignia romana habría ondeado jamás
sobre Jerusalén, ningún centinela romano habría estado en sus puertas, ningún
gobernador romano habría regido dentro de sus murallas. La nación judía estaba entonces pagando la
penalidad de su apartamiento de Dios.
Cuando los fariseos oyeron la respuesta de Cristo,
"se maravillaron, y dejándole se fueron." Había reprendido su
hipocresía y presunción, y al hacerlo había expuesto un gran principio, un
principio que define claramente los límites del deber que tiene el hombre para
con el gobierno civil y su deber para con Dios. En muchos intelectos quedó decidida una cuestión que los había
estado afligiendo. Desde entonces se
aferraron al principio correcto. Y
aunque muchos se fueron desconformes, vieron que el principio básico de la
cuestión había sido presentado claramente, y se asombraban del discernimiento
previsor de Cristo.
No bien fueron reducidos al silencio los fariseos,
llegaron los saduceos con sus preguntas arteras. Los dos partidos se hacían mutuamente una acerba oposición. Los fariseos eran rígidos adherentes de la
tradición. Eran rigurosos en las
ceremonias externas, diligentes en los lavamientos, ayunos, largas oraciones y
limosnas ostentosas. Pero Cristo
declaró que anulaban la ley de Dios enseñando como doctrinas los mandamientos
de los hombres. Formaban una clase
fanática e hipócrita. Sin embargo,
había entre ellos personas de piedad verdadera, que aceptaban las enseñanzas de
Cristo y llegaron a ser sus discípulos.
Los saduceos rechazaban las tradiciones de los fariseos. Profesaban creer la mayor parte de las
Escrituras, y considerarlas como su norma de acción; pero en la práctica eran
escépticos y materialistas.
Los saduceos negaban la existencia de los ángeles, la
resurrección de los muertos y la doctrina de una vida futura, con sus
recompensas y castigos. En todos estos
puntos, diferían de los fariseos. Entre
los dos partidos, la resurrección era un tema especial de controversia. Al principio, los fariseos creían firmemente
en la resurrección, pero, con estas discusiones, sus opiniones acerca del
estado futuro se volvieron confusas. La
muerte llegó a ser para ellos un misterio inexplicable. Su incapacidad para hacer frente a los
argumentos de los saduceos era ocasión de continua irritación. Las discusiones entre las dos partes tenían
generalmente como resultado airadas disputas que los separaban siempre más.
Los saduceos eran mucho menos numerosos que sus
oponentes, y no tenían mucho dominio sobre el pueblo común; pero muchos de
ellos eran ricos y ejercían la influencia que imparte la riqueza. En sus filas figuraba la mayor parte de los
sacerdotes, y de entre ellos se elegía generalmente al sumo sacerdote. Pero esto se hacía, sin embargo, con la
expresa estipulación de que no fuesen recalcadas sus opiniones escépticas. Debido al número y la popularidad de los
fariseos, era necesario para los saduceos dar su aquiescencia externa a sus
doctrinas mientras ocupaban un cargo sacerdotal. Pero el hecho mismo de que eran elegibles para tales cargos, daba
influencia a sus errores.
Los saduceos rechazaban la enseñanza de Jesús. El estaba animado por un espíritu cuya manifestación
en esta forma no querían reconocer; y su enseñanza acerca de Dios y de la vida
futura contradecía sus teorías. Creían
en Dios, como el único ser superior al hombre; pero argüían que una providencia
directora y una previsión divina privarían al hombre del carácter de agente
moral libre y le degradarían a la posición de un esclavo. Creían que, habiendo creado al hombre, Dios
le había abandonado a sí mismo, independiente de una influencia superior. Sostenían que el hombre estaba libre para
regir su propia vida y amoldar los acontecimientos del mundo; que su destino
estaba en sus propias manos. Negaban
que el Espíritu de Dios obrase por medio de los esfuerzos humanos o medios
naturales. Sin embargo, sostenían que,
por el debido empleo de sus facultades naturales, el hombre podía elevarse e
ilustrarse; que por exigencias rigurosas y austeras podía purificarse su vida.
Sus ideas acerca de Dios amoldaban su carácter. Como en su opinión no tenía él interés en el
hombre, tenían poca consideración unos para con otros; había poca unión entre
ellos. Rehusando reconocer la
influencia del Espíritu Santo sobre las acciones humanas, carecían de su poder
en sus vidas. Como el resto de los
judíos, se jactaban mucho de su derecho de nacimiento como hijos de Abrahán y de
su estricta adhesión a los requerimientos de la ley; pero estaban desprovistos
del verdadero espíritu de la ley, así como de la fe y benevolencia de Abrahán. Sus simpatías naturales eran muy estrechas. Creían que era posible para todos los
hombres conseguir las comodidades y bendiciones de la vida; y sus corazones no
se conmovían por las necesidades y los sufrimientos ajenos. Vivían para sí mismos.
Por sus palabras y obras, Cristo testificaba de un
poder divino que produce resultados sobrenaturales, de una vida futura más allá
de la presente, de Dios como Padre de los hijos de los hombres, que siempre
vela por sus intereses verdaderos. Revelaba
la obra del poder divino en la benevolencia y compasión que reprendía el
carácter egoísta y exclusivo de los saduceos.
Enseñaba que para el bien temporal y eterno del hombre, Dios obra en el
corazón por el Espíritu Santo. De
mostraba el error de confiar en el poder humano para aquella transformación del
carácter que puede ser realizada única mente por el Espíritu de Dios.
Los saduceos
estaban resueltos a desacreditar esta enseñanza. Al buscar una controversia con Jesús, confiaban en que
arruinarían su reputación, aun cuando no pudiesen obtener su condenación. La resurrección fue el tema acerca del cual
decidieron interrogarle. En caso de
manifestarse de acuerdo con ellos, iba a ofender aun más a los fariseos. Si difiriese de su parecer, se proponían
poner su enseñanza en ridículo.
Los saduceos razonaban que si el cuerpo se ha de
componer en su estado inmortal de las mismas partículas de materia que en su
estado mortal, entonces cuando resucite de los muertos, tendrá que tener carne
y sangre, y reasumir en el mundo eterno la vida interrumpida en la tierra. En tal caso, concluían que las relaciones
terrenales se reanudarían, el esposo y la es posa volverían a unirse, se
consumarían los matrimonios, y todas las cosas irían como antes de la muerte,
perpetuándose en la vida futura las fragilidades y pasiones de esta vida.
En respuesta a sus preguntas, Jesús alzó el velo de
la vida futura. "En la
resurrección --dijo-- ni los hombres tomarán mujeres, ni las mujeres maridos;
mas son como los ángeles de Dios en el cielo." Demostró que los saduceos
estaban equivocados en su creencia. Sus
premisas eran falsas. "Erráis
--añadió,-- ignorando las Escrituras y el poder de Dios." No los acusó,
como había acusado a los fariseos, de hipocresía, sino de error en sus
creencias.
Los saduceos se habían lisonjeado de que entre todos
los hombres eran los que se adherían más estrictamente a las Escrituras. Pero Jesús demostró que no conocían su
verdadero significado. Este
conocimiento debe ser grabado en el corazón por la iluminación del Espíritu
Santo. Su ignorancia de las Escrituras
y del poder de Dios, declaró él, eran causa de la confusión de su fe y de las
tinieblas mentales en que se hallaban. Trataban
de abarcar los misterios de Dios con su raciocinio finito. Cristo los invitó a abrir sus mentes a las verdades
sagradas que ampliarían y fortalecerían el entendimiento. Millares se vuelven incrédulos porque sus
mentes finitas no pueden comprender los misterios de Dios. No pueden explicar la maravillosa
manifestación del poder divino en sus providencias, y por lo tanto rechazan las
evidencias de un poder tal, atribuyéndolas a los agentes naturales que les son
aun más difíciles de comprender. La
única clave de los misterios que nos rodean consiste en reconocer en todos
ellos la presencia y el poder de Dios. Los
hombres necesitan reconocer a Dios como el Creador del universo, el que ordena
y ejecuta todas las cosas. Necesitan
una visión más amplia de su carácter y del misterio de sus agentes.
Cristo declaró a sus oyentes que si no hubiese
resurrección de los muertos, las Escrituras que profesaban creer no tendrían
utilidad. El dijo: "Y de la
resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que os es dicho por Dios, que
dice: Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob?"
Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.
Dios cuenta las cosas que no son como si fuesen. El ve el fin desde el principio, y contempla
el resultado de su obra como si estuviese ya terminada. Los preciosos muertos, desde Adán hasta el
último santo que muera, oirán la voz del Hijo de Dios, y saldrán del sepulcro
para tener vida inmortal. Dios será su
Dios, y ellos serán su pueblo. Habrá
una relación íntima y tierna entre Dios y los santos resucitados. Esta condición, que se anticipa en su
propósito, es contemplada por él como si ya existiese. Para él los muertos viven.
Los saduceos fueron reducidos al silencio por las
palabras de Cristo. No le pudieron
contestar. No había dicho una sola
palabra de la cual pudiesen aprovecharse para condenarle. Sus adversarios no habían ganado nada, sino
el desprecio del pueblo.
Sin embargo, los fariseos no desesperaban de
inducirle a decir algo que pudiesen usar contra él. Persuadieron a cierto sabio escriba a que interrogase a Jesús
acerca de cuál de los diez preceptos de la ley tenía la mayor importancia.
Los fariseos habían exaltado los cuatro primeros
mandamientos, que señalaban el deber del hombre para con su Hacedor, como si
fuesen de mucho mayor consecuencia que los otros seis, que definen los deberes
del hombre para con sus semejantes. Como
resultado, les faltaba piedad práctica.
Jesús había demostrado a la gente su gran deficiencia y había enseñado
la necesidad de las buenas obras, declarando que se conoce el árbol por sus
frutos. Por esta razón, le habían
acusado de exaltar los últimos seis mandamientos más que los primeros cuatro.
El escriba se acercó a Jesús con una pregunta
directa: "¿Cuál es el primer mandamiento de todos?" La respuesta de
Cristo es directa y categórica: "El primer mandamiento de todos es: Oye,
Israel, el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Amarás pues al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu
alma, y de toda tu mente, y de todas tus fuerzas; este es el principal
mandamiento." El segundo es semejante al primero, dijo Cristo; porque se
desprende de él: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que
éstos." "De estos dos mandamientos depende toda la ley y los
profetas."
Los primeros cuatro mandamientos del Decálogo están
resumidos en el primer gran precepto: "Amarás al Señor tu Dios de todo tu
corazón." Los últimos seis están incluidos en el otro: "Amarás a tu
prójimo como a ti mismo." Estos dos mandamientos son la expresión del
principio del amor. No se puede guardar
el primero y violar el segundo, ni se puede guardar el segundo mientras se
viola el primero. Cuando Dios ocupe en
el trono del corazón su lugar legítimo, nuestro prójimo recibirá el lugar que
le corresponde. Le amaremos como a
nosotros mismos. Únicamente cuando
amemos a Dios en forma suprema, será posible amar a nuestro prójimo
imparcialmente.
Y puesto que todos los mandamientos están resumidos
en el amor a Dios y al prójimo, se sigue que ningún precepto puede quebrantarse
sin violar este principio. Así enseñó
Cristo a sus oyentes que la ley de Dios no consiste en cierto número de
preceptos separados, algunos de los cuales son de gran importancia, mientras
otros tienen poca y pueden ignorarse con impunidad. Nuestro Señor presenta los primeros cuatro y los últimos seis
mandamientos como un conjunto divino, y enseña que el amor a Dios se
manifestará por la obediencia a todos sus mandamientos.
El escriba que había interrogado a Jesús estaba bien
instruido en la ley y se asombró de sus palabras. No esperaba que manifestase un conocimiento tan profundo y cabal
de las Escrituras. Obtuvo una visión
más amplia de los principios básicos de los preceptos sagrados. Delante de los sacerdotes y gobernantes
congregados, reconoció honradamente que Cristo había dado la debida
interpretación a la ley, diciendo:
"Bien, Maestro, verdad has dicho, que uno es
Dios, y no hay otro fuera de él; y que amarle de todo corazón, y de todo
entendimiento, y de toda el alma, y de todas las fuerzas, y amar al prójimo
como a sí mismo, más es que todos los holocaustos y sacrificios.
La sabiduría de la respuesta de Cristo había
convencido al escriba. Sabía que la
religión judía consistía en ceremonias externas más bien que en piedad interna. Sentía en cierta medida la inutilidad de las
ofrendas ceremoniales, y del derramamiento de sangre para la expiación del
pecado si no iba acompañado de fe. El
amor y la obediencia a Dios, la consideración abnegada para con el hombre, le
parecían de más valor que todos estos ritos.
La disposición de este hombre a reconocer la corrección del raciocinio
de Cristo y su respuesta decidida y pronta delante de la gente, manifestaban un
espíritu completamente diferente del de los sacerdotes y gobernantes. El corazón de Jesús se compadeció del
honrado escriba que se había atrevido a afrontar el ceño de los sacerdotes y
las amenazas de los gobernantes al expresar las convicciones de su corazón. "Jesús entonces, viendo que había
respondido sabiamente, le dice: No estás lejos del reino de Dios."
El escriba estaba cerca del reino de Dios porque
reconocía que las obras de justicia son más aceptables para Dios que los
holocaustos y sacrificios. Pero
necesitaba reconocer el carácter divino de Cristo, y por la fe en él recibir el
poder para hacer las obras de justicia.
El servicio ritual no tenía ningún valor a menos que estuviese
relacionado con Cristo por una fe viva.
Aun la ley moral no cumple su propósito a menos que se entienda en su
relación con el Salvador. Cristo había
demostrado repetidas veces que la ley de su Padre contenía algo más profundo
que sólo órdenes autoritarias. En la
ley se encarnaba el mismo principio revelado en el Evangelio. La ley señala su deber al hombre y le
muestra su culpabilidad. Este debe
buscar en Cristo perdón y poder para hacer lo que la ley ordena.
Los fariseos se habían acercado en derredor de Jesús
mientras contestaba la pregunta del escriba.
Ahora él les dirigió una pregunta: "¿Qué os parece del Cristo? ¿de
quién es Hijo?" Esta pregunta estaba destinada a probar su fe acerca del
Mesías, a demostrar si le consideraban simplemente como hombre o como Hijo de
Dios. Un coro de voces contestó:
"De David." Tal era el título que la profecía había dado al Mesías. Cuando Jesús revelaba su divinidad por sus
poderosos milagros, cuando sanaba a los enfermos y resucitaba a los muertos, la
gente se había preguntado entre sí: "¿No es éste el Hijo de David?"
La mujer sirofenisa, el ciego Bartimeo y muchos otros, habían clamado a él por
ayuda: "Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí." Mientras
cabalgaba en dirección a Jerusalén, había sido saludado con la gozosa
aclamación: "¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre
del Señor!" Y en el templo los niñitos se habían hecho eco ese mismo día
de este alegre reconocimiento. Pero
muchos de los que llamaban a Jesús Hijo de David, no reconocían su divinidad. No comprendían que el Hijo de David era
también el Hijo de Dios.
En respuesta a la declaración de que el Cristo era el Hijo de David, Jesús dijo: "¿Pues cómo David en Espíritu [el Espíritu de inspiración proveniente de Dios] le llama Señor, diciendo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, entre tanto que pongo tus enemigos por estrado de tus pies? Pues si David le llama Señor, ¿cómo es su Hijo? Y nadie le podía responder palabra; ni osó alguno desde aquel día preguntarle más."