CAPÍTULO 65. CRISTO PURIFICA DE NUEVO EL TEMPLO
AL COMENZAR SU ministerio, Cristo había echado del
templo a los que lo contaminaban con su tráfico profano; y su porte severo y
semejante al de Dios había infundido terror al corazón de los maquinadores traficantes. Al final de su misión, vino de nuevo al
templo y lo halló tan profanado como antes.
El estado de cosas era peor aún que entonces. El atrio exterior del templo parecía un amplio corral de ganado. Con los gritos de los animales y el ruido
metálico de las monedas, se mezclaba el clamoreo de los airados altercados de
los traficantes, y en medio de ellos se oían las voces de los hombres ocupados
en los sagrados oficios. Los mismos
dignatarios del templo se ocupaban en comprar y vender y en cambiar dinero. Estaban tan completamente dominados por su
afán de lucrar, que a la vista de Dios no eran mejores que los ladrones.
Los sacerdotes y gobernantes consideraban liviana
cosa la solemnidad de la obra que debían realizar. En cada Pascua y fiesta de las cabañas, se mataban miles de
animales, y los sacerdotes recogían la sangre y la derramaban sobre el altar. Los judíos se habían familiarizado con el
ofrecimiento de la sangre hasta perder casi de vista el hecho de que era el
pecado el que hacía necesario todo este derramamiento de sangre de animales. No discernían que prefiguraba la sangre del
amado Hijo de Dios, que había de ser derramada para la vida del mundo, y que
por el ofrecimiento de los sacrificios los hombres habían de ser dirigidos al
Redentor crucificado.
Jesús miró las inocentes víctimas de los sacrificios,
y vio cómo los judíos habían convertido estas grandes convocaciones en escenas
de derramamiento de sangre y crueldad. En
lugar de sentir humilde arrepentimiento del pecado, habían multiplicado los
sacrificios de animales, como si Dios pudiera ser honrado por un servicio que
no nacía del corazón. Los sacerdotes y
gobernantes habían endurecido sus corazones con el egoísmo y la avaricia. Habían convertido en medios de ganancia los
mismos símbolos que señalaban al Cordero de Dios. Así se había destruido en gran medida a los ojos del pueblo la
santidad del ritual de los sacrificios.
Esto despertó la indignación de Jesús; él sabía que su sangre, que
pronto había de ser derramada por los pecados del mundo, no sería más apreciada
por los sacerdotes y ancianos que la sangre de los animales que ellos vertían
constantemente.
Cristo había hablado contra estas prácticas mediante
los profetas. Samuel había dicho:
"¿Tiene Jehová tanto contentamiento con los holocaustos y víctimas, como
en obedecer a las palabras de Jehová ? Ciertamente el obedecer es mejor que los
sacrificios; y el prestar atención que el sebo de los carneros." E Isaías,
al ver en visión profética la apostasía de los judíos, se dirigió a ellos como
si fuesen gobernantes de Sodoma y Gomorra: "Príncipes de Sodoma, oíd la
palabra de Jehová; escuchad la ley de nuestro Dios, pueblo de Gomorra. ¿Para qué a mí, dice Jehová, la multitud de
vuestros sacrificios? Harto estoy de holocaustos de carneros, y de sebo de
animales gruesos: no quiero sangre de bueyes, ni de ovejas, ni de machos
cabríos. ¿Quién demandó esto de vuestras
manos, cuando vinieseis a presentaros delante de mí, para hollar mis
atrios?" "Lavad, limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de
ante mis ojos; dejad de hacer lo malo: aprended a hacer bien; buscad juicio,
restituid al agraviado, oíd en derecho al huérfano, amparad a la viuda."
E1 mismo que había dado estas profecías repetía ahora
por última vez la amonestación. En
cumplimiento de la profecía, el pueblo había proclamado rey de Israel a Jesús. E1 había recibido su homenaje y aceptado el
título de rey. Debía actuar como tal. Sabía que serían vanos sus esfuerzos por
reformar un sacerdocio corrompido; no obstante, su obra debía hacerse; debía
darse a un pueblo incrédulo la evidencia de su misión divina.
De nuevo la mirada penetrante de Jesús recorrió los
profanados atrios del templo. Todos los
ojos se fijaron en él. Los sacerdotes y
gobernantes, los fariseos y gentiles, miraron con asombro y temor reverente al
que estaba delante de ellos con la majestad del Rey del cielo. La divinidad fulguraba a través de la
humanidad, invistiendo a Cristo con una dignidad y gloria que nunca antes había
manifestado. Los que estaban más cerca
se alejaron de él tanto como el gentío lo permitía. Exceptuando a unos pocos discípulos suyos, el Salvador quedó solo. Se acalló todo sonido. El profundo silencio parecía insoportable. Cristo habló con un poder que influyó en el
pueblo como una poderosa tempestad: "Escrito está: Mi casa, casa de
oración será llamada, mas vosotros cueva de ladrones la habéis hecho." Su
voz repercutió por el templo como trompeta.
E1 desagrado de su rostro parecía fuego consumidor. Ordenó con autoridad: "Quitad de aquí
esto."
Tres años antes, los gobernantes del templo se habían
avergonzado de su fuga ante el mandato de Jesús. Se habían asombrado después de sus propios temores y de su
implícita obediencia a un solo hombre humilde.
Habían sentido que era imposible que se repitiera su humillante sumisión. Sin embargo, estaban ahora más aterrados que
entonces y se apresuraron más aún a obedecer su mandato. No había nadie que osara discutir su
autoridad. Los sacerdotes y traficantes
huyeron de su presencia arreando su ganado.
Al alejarse del templo se encontraron con una
multitud que venía con sus enfermos en busca del gran Médico. El informe dado por la gente que huía indujo
a algunos de ellos a volverse. Temieron
encontrarse con uno tan poderoso, cuya simple mirada había echado de su
presencia a los sacerdotes y gobernantes.
Pero muchos de ellos se abrieron paso entre el gentío que se
precipitaba, ansiosos de llegar a Aquel que era su única esperanza. Cuando la multitud huyó del templo, muchos
quedaron atrás. Estos se unieron ahora
a los que acababan de llegar. De nuevo
se llenaron los atrios del templo de enfermos e inválidos, y una vez más Jesús
los atendió.
Después de un rato, los sacerdotes y gobernantes se
atrevieron a volver al templo. Cuando
el pánico hubo pasado, los sobrecogió la ansiedad de saber cuál sería el
siguiente paso de Jesús. Esperaban que
tomara el trono de David. Volviendo
quedamente al templo, oyeron las voces de hombres, mujeres y niños que alababan
a Dios. Al entrar, quedaron
estupefactos ante la maravillosa escena.
Vieron sanos a los enfermos, con vista a los ciegos, con oído a los
sordos, y a los tullidos saltando de gozo.
Los niños eran los primeros en regocijarse. Jesús había sanado sus enfermedades; los había estrechado en sus
brazos, había recibido sus besos de agradecido afecto, y algunos de ellos se
habían dormido sobre su pecho mientras él enseñaba a la gente. Ahora con alegres voces los niños pregonaban
sus alabanzas. Repetían los hosannas
del día anterior y agitaban triunfalmente palmas ante el Salvador. En el templo, repercutían repetidas veces
sus aclamaciones: "Bendito el que viene en nombre de Jehová."
"He aquí, tu rey vendrá a ti, justo y salvador." "¡Hosanna al Hijo de David!"
Oír estas voces libres y felices ofendía a los
gobernantes del templo, quienes decidieron poner coto a esas demostraciones. Dijeron al pueblo que la casa de Dios era
profanada por los pies de los niños y los gritos de regocijo. Al notar que sus palabras no impresionaban
al pueblo, los gobernantes recurrieron a Cristo: "¿Oyes lo que éstos
dicen? Y Jesús les dice: Sí: ¿nunca leísteis: De la boca de los niños y de los
que maman perfeccionaste la alabanza?" La profecía había predicho que
Cristo sena proclamado rey, y esa predicción debía cumplirse. Los sacerdotes y gobernantes de Israel
rehusaron proclamar su gloria, y Dios indujo a los niños a ser sus testigos. Si las voces de los niños hubiesen sido
acalladas, las mismas columnas del templo habrían pregonado las alabanzas del
Salvador.
Los fariseos estaban enteramente perplejos y
desconcertados. Uno a quien no podían
intimidar ejercía el mando. Jesús había
señalado su posición como guardián del templo.
Nunca antes había asumido esa clase de autoridad. Nunca antes habían tenido sus palabras y
obras tan gran poder. E1 había
efectuado obras maravillosas en toda Jerusalén, pero nunca antes de una manera
tan solemne e impresionante. En
presencia del pueblo que había sido testigo de sus obras maravillosas, los
sacerdotes y gobernantes no se atrevieron a manifestarle abierta hostilidad. Aunque airados y confundidos por su
respuesta, fueron incapaces de realizar cualquier cosa adicional ese día.
A la mañana siguiente, el Sanedrín consideró de nuevo
qué conducta debía adoptar para con Jesús.
Tres años antes, habían exigido una señal de su carácter mesiánico. Desde aquella ocasión, él había realizado
obras poderosas por todo el país. Había sanado a los enfermos, alimentado
milagrosamente a miles de personas, caminado sobre las olas y aquietado el mar
agitado. Había leído repetidas veces
los corazones como un libro abierto; había expulsado a los demonios y
resucitado muertos. Antes los
gobernantes le habían pedido evidencias de su carácter de Mesías. Ahora decidieron exigirle, no una señal de
su autoridad, sino alguna admisión o declaración por la cual pudiera ser
condenado.
Yendo al templo donde estaba él enseñando, le
preguntaron: "¿Con qué autoridad haces esto? ¿y quién te dio esta
autoridad?" Esperaban que afirmase que su autoridad procedía de Dios. Se proponían negar un aserto tal. Pero Jesús les hizo frente con una pregunta
que al parecer concernía a otro asunto e hizo depender su respuesta a ellos de
que contestaran esa pregunta. "El
bautismo de Juan --dijo,-- ¿de dónde era? ¿del cielo, o de los hombres?"
Los sacerdotes vieron que estaban en un dilema del
cual ningún sofisma los podía sacar. Si
decían que el bautismo de Juan era del cielo, se pondría de manifiesto su
inconsecuencia. Cristo les diría: ¿Por
qué entonces no creísteis en él? Juan había testificado de Cristo: "He
aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo." Si los sacerdotes
creían el testimonio de Juan, ¿cómo podían negar que Cristo fuese el Mesías? Si
declaraban su verdadera creencia, que el ministerio de Juan era de los hombres,
iban a provocar una tormenta de indignación, porque el pueblo creía que Juan
era profeta.
La multitud esperaba la decisión con intenso interés. Sabían que los sacerdotes habían profesado
aceptar el ministerio de Juan, y esperaban que reconocieran sin reservas que
era enviado de Dios. Pero después de
consultarse secretamente, los sacerdotes decidieron no comprometerse. Simulando ignorancia, dijeron hipócritamente:
"No sabemos." "Ni yo os digo con qué autoridad hago esto,"
dijo Jesús.
Los escribas, sacerdotes y gobernantes fueron
reducidos todos al silencio. Desconcertados
y chasqueados, permanecieron cabizbajos, sin atreverse a dirigir más preguntas
a Jesús. Por su cobardía e indecisión
habían perdido en gran medida el respeto del pueblo, que observaba y se
divertía al ver derrotados a esos hombres orgullosos y henchidos de justicia
propia.
Todos los dichos y hechos de Cristo eran importantes,
y su influencia había de sentirse con intensidad que iría en aumento después de
su crucifixión y ascensión. Muchos de
los que habían aguardado ansiosamente el resultado de las preguntas de Jesús,
serían finalmente sus discípulos, atraídos a él por sus palabras de aquel día
lleno de acontecimientos. Nunca se
desvanecería de sus mentes la escena ocurrida en el atrio del templo. El contraste entre Jesús y el sumo sacerdote
mientras hablaron juntos era notable. El
orgulloso dignatario del templo estaba vestido con ricas y costosas vestimentas. Sobre la cabeza tenía una tiara reluciente. Su porte era majestuoso; su cabello y su
larga barba flotante estaban plateados por los años. Su apariencia infundía terror a los espectadores. Ante este augusto personaje estaba la Majestad
del cielo, sin adornos ni ostentación. En
sus vestiduras había manchas del viaje; su rostro estaba pálido y expresaba una
paciente tristeza; pero se notaban allí una dignidad y benevolencia que
contrastaban extrañamente con el orgullo, la confianza propia y el semblante
airado del sumo sacerdote. Muchos de
los que oyeron las palabras y vieron los hechos de Jesús en el templo, le
tuvieron desde entonces por profeta de Dios.
Pero mientras el sentimiento popular se inclinaba a Jesús, el odio de
los sacerdotes hacia él aumentaba. La
sabiduría por la cual había rehuido las trampas que le tendieran era una nueva
evidencia de su divinidad y añadía pábulo a su ira.
En su debate con los rabinos, no era el propósito de
Cristo humillar a sus contrincantes. No
se alegraba de verlos en apuros. Tenía
una importante lección que enseñar. Había
mortificado a sus enemigos permitiéndoles caer en la red que le habían tendido. Al reconocer ellos su ignorancia en cuanto
al carácter de Juan el Bautista, dieron a Jesús oportunidad de hablar, y él la
aprovechó presentándoles su verdadera condición y añadiendo otras
amonestaciones a las muchas ya dadas.
"¿Qué os parece? --dijo:-- Un hombre tenía dos
hijos, y llegando al primero, le dijo: Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña Y respondiendo
él, dijo: No quiero; mas después arrepentido, fue. Y llegando al otro, le dijo de la misma manera; y respondiendo
él, dijo: Yo, Señor, voy. Y no fue
¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?"
Esta abrupta pregunta sorprendió a sus oyentes. Habían seguido de cerca la parábola, y
respondieron inmediatamente: "El primero." Fijando en ellos
firmemente sus ojos, Jesús respondió con acento severo y solemne: "De
cierto os digo, que los publicanos y las rameras os van delante al reino de
Dios. Porque vino a vosotros Juan en
camino de justicia, y no le creísteis; y los publicanos y las rameras le
creyeron; y vosotros, viendo esto, no os arrepentisteis después para
creerle."
Los sacerdotes y gobernantes no podían dar sino una
respuesta correcta a la pregunta de Cristo, y así obtuvo él su opinión en favor
del primer hijo. Este representaba a
los publicanos, que eran despreciados y odiados por los fariseos. Los publicanos habían sido groseramente
inmorales. Habían sido en verdad
transgresores de la ley de Dios y mostrado en sus vidas una resistencia
absoluta a sus requerimientos. Habían
sido ingratos y profanos; cuando se les pidió que fueran a trabajar en la viña
del Señor, habían dado una negativa desdeñosa.
Pero cuando vino Juan, predicando el arrepentimiento y el bautismo, los
publicanos recibieron su mensaje y fueron bautizados.
El segundo hijo representaba a los dirigentes de la
nación judía. Algunos de los fariseos
se habían arrepentido y recibido el bautismo de Juan; pero los dirigentes no
quisieron reconocer que él había venido de Dios. Sus amonestaciones y denuncias no los habían inducido a
reformarse. Ellos "desecharon el
consejo de Dios contra sí mismos, no siendo bautizados de él." Trataron su
mensaje con desdén. Como el segundo
hijo, que cuando fue llamado dijo: "Yo, señor, voy" pero no fue, los
sacerdotes y gobernantes profesaban obediencia pero desobedecían. Hacían gran profesión de piedad, aseveraban
acatar la ley de Dios, pero prestaban solamente una falsa obediencia. Los publicanos eran denunciados y
anatematizados por tos fariseos como infieles; pero demostraban por su fe y sus
obras que iban al reino de los cielos delante de aquellos hombres llenos de
justicia propia, a los cuales se les había dado gran luz, pero cuyas obras no
correspondían a su profesión de piedad.
Los sacerdotes y gobernantes no estaban dispuestos a
soportar estas verdades escudriñadoras.
Sin embargo, guardaron silencio, esperando que Jesús dijese algo que
pudieran usar contra él; pero habían de soportar aun más.
"Oíd otra parábola --dijo Cristo:-- Fue un
hombre, padre de familia, el cual plantó una viña; y la cercó de vallado, y
cavó en ella un lagar, y edificó una torre, y la dio a renta a labradores, y se
partió lejos. Y cuando se acercó el
tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores, para que recibiesen
sus frutos. Mas los labradores, tomando
a los siervos, al uno hirieron, y al otro mataron, y al otro apedrearon. Envió de nuevo otros siervos, más que los
primeros; e hicieron con ellos de la misma manera. Y a la postre les envió su hijo, diciendo: Tendrán respeto a mi
hijo. Mas los labradores, viendo al
hijo, dijeron entre sí: Este es el heredero; venid, matémosle, y tomemos su
heredad. Y tomando, le echaron fuera de
la viña, y le mataron. Pues cuando
viniere el señor de la viña, ¿qué hará a aquellos labradores?"
Jesús se dirigió a todos los presentes; pero los
sacerdotes y gobernantes respondieron. "A
los malos destruirá miserablemente --dijeron,-- y su viña dará a renta a otros
labradores, que le paguen el fruto a sus tiempos." Los que hablaban no
habían percibido al principio la aplicación de la parábola, mas ahora vieron
que habían pronunciado su propia condenación.
En la parábola, el señor de la viña representaba a Dios, la viña a la
nación judía, el vallado la ley divina que la protegía. La torre era un símbolo del templo. El señor de la viña había hecho todo lo
necesario para su prosperidad. "¿Qué
más se había de hacer a mi viña, que yo no haya hecho en ella ?" Así se
representaba el infatigable cuidado de Dios por Israel. Y como los labradores debían devolver al
dueño una debida proporción de los frutos de la viña, así el pueblo de Dios
debía honrarle mediante una vida que correspondiese a sus sagrados privilegios. Pero como los labradores habían matado a los
siervos que el señor les envió en busca de fruto, así los judíos habían dado
muerte a los profetas a quienes Dios les enviara para llamarlos al
arrepentimiento. Mensajero tras
mensajero había sido muerto. Hasta aquí
la aplicación de la parábola no podía confundirse, y en lo que siguiera no
sería menos evidente. En el amado hijo
a quien el señor de la viña envió finalmente a sus desobedientes siervos, a
quien ellos habían prendido y matado, los sacerdotes y gobernantes vieron un
cuadro claro de Jesús y su suerte inminente.
Ya estaban ellos maquinando la muerte de Aquel a quien el Padre les
había enviado como último llamamiento. En
la retribución infligida a los ingratos labradores, estaba pintada la sentencia
de los que matarían a Cristo.
Mirándolos con piedad, el Salvador continuó:
"¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los que
edificaban, ésta fue hecha por cabeza de esquina: por el Señor es hecho esto, y
es cosa maravillosa en nuestros ojos? Por tanto os digo, que el reino de Dios
será quitado de vosotros, y será dado a gente que haga los frutos de él. Y el que cayere sobre esta piedra, será
quebrantado; y sobre quien ella cayere, le desmenuzara."
Los judíos habían repetido a menudo esta profecía en
las sinagogas aplicándola al Mesías venidero.
Cristo era la piedra del ángulo de la dispensación judaica y de todo el
plan de la salvación. Los edificadores
judíos, los sacerdotes y gobernantes de Israel, estaban rechazando ahora esta
piedra fundamental. El Salvador les
llamó la atención a las profecías que debían mostrarles su peligro. Por todos los medios a su alcance procuró
exponerles la naturaleza de la acción que estaban por realizar.
Y sus palabras tenían otro propósito. Al hacer la pregunta: "Cuando viniere
el Señor de la viña, ¿qué hará a aquellos labradores?" Cristo se proponía
que los fariseos contestaran como lo hicieron.
Quería que ellos mismos se condenaran.
Al no inducirlos al arrepentimiento, sus amonestaciones sellarían su
sentencia, y él deseaba que ellos vieran que se habían acarreado su propia
ruina. El quería mostrarles cuán justo
era Dios al privarlos de sus privilegios nacionales, cosa que ya había
empezado, y terminaría no solamente con la destrucción de su templo y ciudad,
sino con la dispersión de la nación.
Los oyentes comprendieron la amonestación. Pero a pesar de la sentencia que habían
pronunciado sobre sí mismos, los sacerdotes y gobernantes estaban dispuestos a
completar el cuadro diciendo: "Este es el heredero; venid,
matémosle." "Y buscando cómo echarle mano, temieron al pueblo,"
porque el sentimiento popular estaba en favor de Cristo.
Al citar la profecía de la piedra rechazada, Cristo
se refirió a un acontecimiento verídico de la historia de Israel. El incidente estaba relacionado con la
edificación del primer templo. Si bien
es cierto que tuvo una aplicación especial en ocasión del primer advenimiento
de Cristo, y debiera haber impresionado con una fuerza especial a los judíos,
tiene también una lección para nosotros.
Cuando se levantó el templo de Salomón, las inmensas piedras usadas para
los muros y el fundamento habían sido preparadas por completo en la cantera. De allí se las traía al lugar de la
edificación, y no había necesidad de usar herramientas con ellas; lo único que
tenían que hacer los obreros era colocarlas en su lugar. Se había traído una piedra de un tamaño poco
común y de una forma peculiar para ser usada en el fundamento; pero los obreros
no podían encontrar lugar para ella, y no querían aceptarla. Era una molestia para ellos mientras quedaba
abandonada en el camino. Por mucho
tiempo, permaneció rechazada. Pero
cuando los edificadores llegaron al fundamento de la esquina, buscaron mucho
tiempo una piedra de suficiente tamaño y fortaleza, y de la forma apropiada
para ocupar ese lugar y soportar el gran peso que había de descansar sobre ella. Si hubiesen escogido erróneamente la piedra
de ese lugar, hubiera estado en peligro todo el edificio. Debían encontrar una piedra capaz de
resistir la influencia del sol, de las heladas y la tempestad. Se habían escogido diversas piedras en
diferentes oportunidades, pero habían quedado desmenuzadas bajo la presión del
inmenso peso. Otras no podían soportar
el efecto de los bruscos cambios atmosféricos.
Pero al fin la atención de los edificadores se dirigió a la piedra por
tanto tiempo rechazada. Había quedado
expuesta al aire, al sol y a la tormenta, sin revelar la más leve rajadura. Los edificadores la examinaron. Había soportado todas las pruebas menos una. Si podía soportar la prueba de una gran
presión, la aceptarían como piedra de esquina.
Se hizo la prueba. La piedra fue
aceptada, se la llevó a la posición asignada y se encontró que ocupaba
exactamente el lugar. En visión
profética, se le mostró a Isaías que esta piedra era un símbolo de Cristo. El dice:
"A Jehová de los ejércitos, a él santificad: sea
él vuestro temor, y él sea vuestro miedo.
Entonces él será por santuario; mas a las dos casas de Israel por piedra
para tropezar, y por tropezadero para caer, y por lazo y por red al morador de
Jerusalem. Y muchos tropezarán entre
ellos, y caerán, y serán quebrantados: enredaránse, y serán presos."
Conduciéndoselo en visión profética al primer advenimiento, se le mostró al
profeta que Cristo había de soportar aflicciones y pruebas de las cuales era un
símbolo el trato dado a la piedra principal del ángulo del templo de Salomón. "Por tanto, el Señor Jehová dice así:
He aquí que yo fundo en Sión una piedra, piedra de fortaleza, de esquina, de
precio, de cimiento estable: el que creyere, no se apresure."
En su sabiduría infinita, Dios escogió la piedra
fundamental, y la colocó él mismo. La
llamó "cimiento estable." El mundo entero puede colocar sobre él sus
cargas y pesares; puede soportarlos todos.
Con perfecta seguridad, pueden todos edificar sobre él. Cristo es una "piedra probada."
Nunca chasquea a los que confían en él.
El ha soportado la carga de la culpa de Adán y de su posteridad, y ha
salido más que vencedor de los poderes del mal. Ha llevado las cargas arrojadas sobre él por cada pecador
arrepentido. En Cristo ha hallado
alivio el corazón culpable. El es el
fundamento estable. Todo el que
deposita en él su confianza, descansa perfectamente seguro.
En la profecía de Isaías se declara que Cristo es un
fundamento seguro y a la vez una piedra de tropiezo. El apóstol Pedro, escribiendo bajo la inspiración del Espíritu
Santo, muestra claramente para quiénes es Cristo una piedra fundamental, y para
quiénes una roca de escándalo "Si empero habéis gustado que el Señor es
benigno; al cual allegándoos, piedra viva, reprobada cierto de los hombres,
empero elegida de Dios, preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed
edificados una casa espiritual, y un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios
espirituales, agradables a Dios por Jesucristo. Por lo cual también contiene la Escritura: He aquí, pongo en Sión
la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa; y el que creyere en ella,
no será confundido. Ella es pues honor
a vosotros que creéis: mas para los desobedientes, la piedra que los
edificadores reprobaron, ésta fue hecha la cabeza del ángulo; y piedra de
tropiezo, y roca de escándalo a aquellos que tropiezan en la palabra, siendo
desobedientes."
Para todos los que creen, Cristo es el fundamento
seguro. Estos son los que caen sobre la
Roca y son quebrantados. Así se
representan la sumisión a Cristo y la fe en él. Caer sobre la Roca y ser quebrantado es abandonar nuestra
justicia propia e ir a Cristo con la humildad de un niño, arrepentidos de
nuestras transgresiones y creyendo en su amor perdonador. Y es asimismo por la fe y la obediencia cómo
edificamos sobre Cristo como nuestro fundamento.
Sobre esta piedra viviente pueden edificar por igual
los judíos y los gentiles. Es el único
fundamento sobre el cual podemos edificar con seguridad. Es bastante ancho para todos y bastante
fuerte para soportar el peso y la carga del mundo entero. Y por la comunión con Cristo, la piedra
viviente, todos los que edifican sobre este fundamento llegan a ser piedras
vivas. Muchas personas se modelan,
pulen y hermosean por sus propios esfuerzos, pero no pueden llegar a ser
"piedras vivas," porque no están en comunión con Cristo. Sin esta comunión, el hombre no puede
salvarse. Sin la vida de Cristo en
nosotros, no podemos resistir los embates de la tentación. Nuestra seguridad eterna depende de nuestra
edificación sobre el fundamento seguro.
Multitudes están edificando hoy sobre fundamentos que no han sido
probados. Cuando caiga la lluvia, brame
la tempestad y vengan las crecientes, su casa caerá porque no está fundada
sobre la Roca eterna, la principal piedra del ángulo, Cristo Jesús.
"A aquellos que tropiezan en la palabra, siendo
desobedientes," Cristo es una roca de escándalo. Pero "la piedra que desecharon los que edificaban, ésta fue
hecha por cabeza de esquina." Como la piedra rechazada, Cristo soportó en
su misión terrenal el desdén y el ultraje.
Fue "despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores,
experimentado en quebranto: ... fue
menospreciado, y no lo estimamos." Pero estaba cerca el tiempo en que había
de ser glorificado. Por su
resurrección, había de ser "declarado Hijo de Dios con potencia." En
su segunda venida, habría de revelarse como Señor del cielo y de la tierra. Aquellos que estaban ahora por crucificarle,
tendrían que reconocer su grandeza. Ante
el universo, la piedra rechazada vendría a ser cabeza del ángulo.
"Y sobre quien ella cayere, le
desmenuzará." El pueblo que rechazó a Cristo, iba a ver pronto su ciudad y
su nación destruidas. Su gloria había
de ser deshecha y disipada como el polvo delante del viento. ¿Y qué destruyó a los judíos? Fue la roca
que hubiera constituido su seguridad si hubiesen edificado sobre ella. Fue la bondad de Dios que habían
despreciado, la justicia que habían menospreciado, la misericordia que habían
descuidado. Los hombres se opusieron
resueltamente a Dios, y todo lo que hubiera sido su salvación fue su ruina. Todo lo que Dios ordenó para que vivieran,
les resultó causa de muerte. En la
crucifixión de Cristo por los judíos, estaba envuelta la destrucción de
Jerusalén. La sangre vertida en el
Calvario fue el peso que los hundió en la ruina para este mundo y el venidero. Así será en el gran día final, cuando se
pronuncie sentencia sobre los que rechazan la gracia de Dios. Cristo, su roca de escándalo, les parecerá
entonces una montaña vengadora. La
gloria de su rostro, que es vida para los justos, será fuego consumidor para
los impíos. Por causa del amor
rechazado, la gracia menospreciada, el pecador será destruido.
Mediante muchas ilustraciones y repetidas amonestaciones,
Jesús mostró cuál sería para los judíos el resultado de rechazar al Hijo de
Dios. Por estas palabras, él se estaba
dirigiendo a todos los que en cada siglo rehusan recibirle como su Redentor. Cada amonestación es para ellos. El templo profanado, el hijo desobediente,
los falsos labradores, los edificadores insensatos, tienen su contraparte en la
experiencia de cada pecador. A menos
que el pecador se arrepienta, la sentencia que aquellos anunciaron será suya.