CAPÍTULO 62. LA FIESTA EN CASA DE SIMÓN
SIMON de Betania era considerado discípulo de Jesús. Era uno de los pocos fariseos que se habían
unido abiertamente a los seguidores de Cristo.
Reconocía a Jesús como maestro y esperaba que fuese el Mesías, pero no
le había aceptado como Salvador. Su
carácter no había sido transformado; sus principios no habían cambiado.
Simón había sido sanado de la lepra, y era esto lo
que le había atraído a Jesús. Deseaba
manifestar su gratitud, y en ocasión de la última visita de Cristo a Betania
ofreció un festín al Salvador y a sus discípulos. Este festín reunió a muchos de los judíos. Había entonces mucha excitación en Jerusalén. Cristo y su misión llamaban la atención más
que nunca antes. Aquellos que habían
venido a la fiesta vigilaban estrechamente sus movimientos, y algunos, con ojos
inamistosos.
El Salvador había llegado a Betania solamente seis
días antes de la Pascua, y de acuerdo con su costumbre había buscado descanso
en la casa de Lázaro. Los muchos
viajeros que iban hacia la ciudad difundieron las noticias de que él estaba en
camino a Jerusalén y pasaría el sábado en Betania. Había gran entusiasmo entre la gente. Muchos se dirigieron a Betania, algunos llevados por la simpatía
para con Jesús, y otros por la curiosidad de ver al que había sido resucitado.
Muchos esperaban oír de Lázaro una descripción
maravillosa de las escenas de ultratumba.
Se sorprendían de que no les dijera nada. Nada tenía él de esta naturaleza que decir. La Inspiración declara: "Los muertos
nada saben.... Su amor, y su odio y su
envidia, feneció ya." Pero Lázaro tenía un admirable testimonio que dar
respecto a la obra de Cristo. Había
sido resucitado con este propósito. Con
certeza y poder, declaraba que Jesús era el Hijo de Dios.
Los informes llevados de vuelta a Jerusalén por los
que visitaron Betania aumentaban la excitación. El pueblo estaba ansioso de ver y oír a Jesús. Por todas partes se indagaba si Lázaro le
acompañaría a Jerusalén, y si el profeta sería coronado rey en ocasión de la Pascua. Los sacerdotes y gobernantes veían que su
influencia sobre el pueblo estaba debilitándose cada vez más, y su odio contra
Jesús se volvía más acerbo. Difícilmente
podían esperar la oportunidad de quitarlo para siempre de su camino. A medida que transcurría el tiempo,
empezaron a temer que al fin no viniera a Jerusalén. Recordaban cuán a menudo había frustrado sus designios
criminales, y temían que hubiese leído ahora sus propósitos contra él y
permaneciera lejos. Mal podían ocultar
su ansiedad, y preguntaban entre sí: "¿Qué os parece, que no vendrá a la
fiesta?"
Convocaron un concilio de sacerdotes y fariseos. Desde la resurrección de Lázaro, las
simpatías del pueblo estaban tan plenamente con Cristo que sería peligroso
apoderarse de él abiertamente. Así que
las autoridades determinaron prenderle secretamente y llevarle al tribunal tan
calladamente como fuera posible. Esperaban
que cuando su condena se conociese, la voluble corriente de la opinión pública
se pondría en favor de ellos.
Así se proponían destruir a Jesús. Pero los sacerdotes y rabinos sabían que
mientras Lázaro viviese, no estarían seguros.
La misma existencia de un hombre que había estado cuatro días en la
tumba y que había sido resucitado por una palabra de Jesús, ocasionaría, tarde
o temprano, una reacción. El pueblo
habría de vengarse contra sus dirigentes por haber quitado la vida a Aquel que
podía realizar tal milagro. Por lo
tanto, el Sanedrín llegó a la conclusión de que Lázaro también debía morir. A tales extremos conducen a sus esclavos la
envidia y el prejuicio. El odio y la
incredulidad de los dirigentes judíos habían crecido hasta disponerlos a quitar
la vida a quien el poder infinito había rescatado del sepulcro.
Mientras se tramaba esto en Jerusalén, Jesús y sus
amigos estaban invitados al festín de Simón.
A un lado del Salvador, estaba sentado a la mesa Simón a quien él había
curado de una enfermedad repugnante, y al otro lado Lázaro a quien había
resucitado. Marta servía, pero María
escuchaba fervientemente cada palabra que salía de los labios de Jesús. En su misericordia Jesús había perdonado sus
pecados, había llamado de la tumba a su amado hermano, y el corazón de María
estaba lleno de gratitud. Ella había
oído hablar a Jesús de su próxima muerte, y en su profundo amor y tristeza
había anhelado honrarle. A costa de
gran sacrificio personal, había adquirido un vaso de alabastro de "nardo
líquido de mucho precio" para ungir su cuerpo. Pero muchos declaraban ahora que él estaba a punto de ser
coronado rey. Su pena se convirtió en
gozo y ansiaba ser la primera en honrar a su Señor. Quebrando el vaso de ungüento, derramó su contenido sobre la
cabeza y los pies de Jesús, y llorando postrada le humedecía los pies con sus
lágrimas y se los secaba con su larga y flotante cabellera.
Había procurado evitar ser observada y sus
movimientos podrían haber quedado inadvertidos, pero el ungüento llenó la pieza
con su fragancia y delató su acto a todos los presentes. Judas consideró este acto con gran disgusto. En vez de esperar para oír lo que Jesús
dijera sobre el asunto, comenzó a susurrar a sus compañeros más próximos
críticas contra Cristo porque toleraba tal desperdicio. Astutamente, hizo sugestiones tendientes a
provocar descontento.
Judas era el tesorero de los discípulos, y de su pequeño
depósito había extraído secretamente para su propio uso, reduciendo así sus
recursos a una escasa pitanza. Estaba
ansioso de poner en su bolsa todo lo que pudiera obtener. A menudo había que sacar dinero de la bolsa
para aliviar a los pobres; y cuando se compraba alguna cosa que Judas no
consideraba esencial, él solía decir: ¿Por qué se hace este despilfarro? ¿Por
qué no se coloca el costo de esto en la bolsa que yo llevo para los pobres?
Ahora el acto de María contrastaba tanto con su egoísmo que él quedaba expuesto
a la vergüenza; y de acuerdo con su costumbre trató de dar un motivo digno a su
crítica en cuanto a la dádiva de ella. Dirigiéndose
a los discípulos, preguntó: "¿Por qué no se ha vendido este ungüento por
trescientos dineros, y se dio a los pobres? Mas dijo esto, no por el cuidado
que él tenía de los pobres; sino porque era ladrón, y tenía la bolsa, y traía
lo que se echaba en ella." Judas no tenía amor a los pobres. Si el ungüento de María se hubiese vendido y
el importe hubiera caído en su poder, los pobres no habrían recibido beneficio.
Judas tenía un elevado concepto de su propia
capacidad administrativa. Se
consideraba muy superior a sus condiscípulos como hombre de finanzas, y los
había inducido a ellos a considerarlo de la misma manera. Había ganado su confianza y tenía gran
influencia sobre ellos. La simpatía que
profesaba a los pobres los engañaba, y su artera insinuación los indujo a mirar
con desagrado la devoción de María. El
murmullo circuyó la mesa: "¿Por qué se pierde esto? Porque esto se podía
vender por gran precio, y darse a los pobres."
María oyó las palabras de crítica. Su corazón temblaba en su interior. Temía que su hermana la reprendiera como
derrochadora. El Maestro también podía
considerarla impróvida. Estaba por
ausentarse sin ser elogiada ni excusada, cuando oyó la voz de su Señor:
"Dejadla; ¿por qué la fatigáis?" El vio que estaba turbada y apenada. Sabía que mediante este acto de servicio
había expresado su gratitud por el perdón de sus pecados, e impartió alivio a
su espíritu. Elevando su voz por encima
del murmullo de censuras, dijo: "Buena obra me ha hecho; que siempre
tendréis los pobres con vosotros, y cuando quisiereis les podréis hacer bien;
mas a mí no siempre me tendréis. Esta
ha hecho lo que podía; porque se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la
sepultura."
El don fragante que María había pensado prodigar al
cuerpo muerto del Salvador, lo derramó sobre él en vida. En el entierro, su dulzura sólo hubiera
llenado la tumba, pero ahora llenó su corazón con la seguridad de su fe y amor. José de Arimatea y Nicodemo no ofrecieron su
don de amor a Jesús durante su vida. Con
lágrimas amargas, trajeron sus costosas especias para su cuerpo rígido e
inconsciente. Las mujeres que llevaron
substancias aromáticas a la tumba halla ron que su diligencia era vana, porque
él había resucitado.
Pero María,
al derramar su ofrenda sobre el Salvador, mientras él era consciente de su
devoción, le ungió para la sepultura. Y
cuando él penetró en las tinieblas de su gran prueba, llevó con sigo el
recuerdo de aquel acto, anticipo del amor que le tributarían para siempre
aquellos que redimiera.
Muchos son
los que ofrendan sus dones preciosos a los muertos. Cuando están alrededor de su cuerpo frío, silencioso, abundan en
palabras de amor. La ternura, el
aprecio y la devoción son prodigados al que no ve ni oye. Si esas palabras se hubiesen dicho cuando el
espíritu fatigado las necesitaba mucho; cuando el oído podía oír y el corazón
sentir, ¡cuán preciosa habría sido su fragancia!
María no conocía el significado pleno de su acto de
amor. No podía contestar a sus
acusadores. No podía explicar por qué
había escogido esa ocasión para ungir a Jesús.
El Espíritu Santo había pensado en lugar suyo, y ella había obedecido
sus impulsos. La Inspiración no se
humilla a dar explicaciones. Una
asistencia invisible habla a la mente y al alma, y mueve el corazón a la acción. Es su propia justificación.
Cristo le dijo a María el significado de su acción, y
con ello le dio más de lo que había recibido.
"Porque echando este ungüento sobre mi cuerpo --dijo él,-- para
sepultarme lo ha hecho." De la manera en que el alabastro fue quebrado y
se llenó la casa entera con su fragancia, así Cristo había de morir, su cuerpo
había de ser quebrantado; pero él había de resucitar de la tumba y la fragancia
de su vida llenaría la tierra. "Cristo
nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en
olor suave."
"De cierto os digo --declaró Cristo,-- que donde
quiera que este evangelio fuere predicado en todo el mundo, también será dicho
para memoria de ella, lo que ésta ha hecho." Mirando en lo futuro, el
Salvador habló con certeza concerniente a su Evangelio. Iba a predicarse en todo el mundo. Y hasta donde el Evangelio se extendiese, el
don de María exhalaría su fragancia y los corazones serían bendecidos por su
acción espontánea. Se levantarían y
caerían los reinos; los nombres de los monarcas y conquistadores serían
olvidados; pero la acción de esta mujer sería inmortalizada en las páginas de
la historia sagrada. Hasta que el
tiempo no fuera más, aquel vaso de alabastro contaría la historia del abundante
amor de Dios para con la especie caída.
La acción de María estaba en pronunciado contraste
con la que Judas estaba por realizar. ¡Cuán
terminante lección pudiera haberle dado Cristo a aquel que había sembrado la
semilla de la crítica y los malos pensamientos en la mente de los discípulos!
¡Cuán justamente el acusador pudiera haber sido acusado! Aquel que lee los
motivos de cada corazón y entiende toda acción, pudo haber abierto ante los que
estaban en la fiesta los capítulos obscuros de la vida de Judas. Podría haber desenmascarado la falsa pretensión
sobre la cual el traidor basaba sus palabras; porque en vez de tener simpatía
para con los pobres, él les robaba el dinero destinado a aliviarlos. Podría Cristo haber excitado la indignación
contra él porque oprimía a la viuda, al huérfano y al asalariado. Pero si Cristo hubiese desenmascarado a
Judas, esto se hubiera considerado como un motivo de la traición. Y aunque acusado de ser ladrón, Judas
hubiera ganado simpatía hasta entre los discípulos. El Salvador no le censuró, y así evitó darle una excusa para traicionarle.
Pero la mirada que Jesús dirigió a Judas le convenció
de que el Salvador discernía su hipocresía y leía su carácter vil y
despreciable. Al elogiar la acción de
María, que había sido tan severamente condenada, Cristo había censurado a Judas. Antes de eso, nunca le había hecho el
Salvador un reproche directo. Ahora la
reprensión había provocado resentimiento en su corazón y resolvió vengarse. De la cena fue directamente al palacio del
sumo sacerdote, donde estaba reunido el concilio, y ofreció entregar a Jesús en
sus manos.
Los sacerdotes se alegraron mucho. A estos dirigentes de Israel se les había
dado el privilegio de recibir a Cristo como su Salvador, sin dinero y sin
precio. Pero rechazaron el precioso don
que les fue ofrecido con el más tierno espíritu de amor constrictivo. Rehusaron aceptar la salvación que es de más
alto valor que el oro, y compraron a su Salvador por treinta piezas de plata.
Judas se había entregado a la avaricia hasta que ésta
había subyugado todo buen rasgo de su carácter. Envidiaba la ofrenda hecha a Jesús. Su corazón estaba lleno de celos porque el Salvador había sido
objeto de un don digno de los monarcas de la tierra. Por una cantidad muy inferior a la que costaba el vaso de
ungüento, entregó a su Señor.
Los discípulos no se parecían a Judas. Ellos amaban al Salvador. Pero no apreciaban debidamente su exaltado
carácter. Si hubiesen comprendido lo
que él había hecho por ellos, hubieran sentido que nada que se le ofrendaba era
malgastado. Los sabios del Oriente, que
conocían tan poco de Jesús, habían manifestado mejor aprecio del honor debido a
él. Trajeron sus preciosos dones al
Salvador, y se inclinaron en homenaje a él, cuando no era sino un niño y yacía
en un pesebre.
Cristo apreciaba los actos de cortesía que brotaban
del corazón. Cuando alguien le hacía un
favor, lo bendecía con cortesía celestial.
No rechazaba la flor más sencilla arrancada por la mano de un niño, que
se la ofrecía con amor. Aceptaba las
ofrendas de los niños, bendecía a los donantes e inscribía sus nombres en el
libro de la vida. En las escrituras, se
menciona el ungimiento de Jesús por María para distinguirla de las otras Marías. Los actos de amor y reverencia para con
Jesús son una evidencia de la fe en él como Hijo de Dios. Y el Espíritu Santo menciona, como evidencia
de la lealtad de una mujer a Cristo: "Si ha lavado los pies de los santos;
si ha socorrido a los afligidos; si ha seguido toda buena obra."
Cristo se deleitó en el ardiente deseo de María de
hacer bien a su Señor. Aceptó la
abundancia del afecto puro mientras que sus discípulos no lo comprendieron ni
quisieron comprenderlo. El deseo que
María tenía de prestar este servicio a su Señor era de más valor para Cristo
que todo el ungüento precioso del mundo, porque expresaba el aprecio de ella
por el Redentor del mundo. El amor de
Cristo la constreñía. Llenaba su alma
la sin par excelencia del carácter de Cristo.
Aquel ungüento era un símbolo del corazón de la donante. Era la demostración exterior de un amor alimentado
por las corrientes celestiales hasta que desbordaba.
El acto de María era precisamente la lección que
necesitaban los discípulos para mostrarle que la expresión de su amor a Cristo
le alegraría. El había sido todo para
ellos, y no comprendían que pronto serían privados de su presencia, que pronto
no podrían ofrecerle prueba alguna de gratitud por su grande amor. La soledad de Cristo, separado de las cortes
celestiales, viviendo la vida de los seres humanos, nunca fue comprendida ni
apreciada por sus discípulos como debiera haberlo sido. El se apenaba a menudo porque sus discípulos
nunca le daban lo que hubiera debido recibir de ellos. Sabía que si hubiesen estado bajo la
influencia de los ángeles celestiales que le acompañaban, ellos también hubieran
pensado que ninguna ofrenda era de suficiente valor para manifestar el afecto
espiritual del corazón.
Su comprensión posterior les dio una verdadera idea
de las muchas cosas que hubieran podido hacer para expresar a Jesús el amor y
la gratitud de sus corazones, mientras estaban junto a él. Cuando ya no estaba con ellos y se sintieron
en verdad como ovejas sin pastor, empezaron a ver cómo hubieran podido hacerle
atenciones que hubieran infundido alegría a su corazón. Ya no cargaron de reproches a María, sino a
sí mismos. ¡Oh, si hubiesen podido
recoger sus censuras, su presentación del pobre como más digno del don que
Cristo. Sintieron el reproche
agudamente cuando quitaron de la cruz ele cuerpo magullado de su Señor.
La misma necesidad es evidente en nuestro mundo hoy. Son pocos los que aprecian todo lo que
Cristo es para ellos. Si lo hicieran
expresarían el gran amor de María, ofrendarían libremente el ungüento, y no lo
considerarían un derroche. Nada
tendrían por demasiado costoso para darlo a Cristo, ningún acto de abnegación o
sacrificio personal les parecería demasiado grande para soportarlo por amor a
él.
Las palabras dichas con indignación: "¿Por qué
se pierde esto?" recordaron vívidamente a Cristo el mayor sacrificio jamás
hecho: el don de sí mismo en propiciación por un mundo perdido. El Señor quería ser tan generoso con su
familia humana que no pudiera decirse que él habría podido hacer más. En el don de Jesús, Dios dio el cielo entero. Desde el punto de vista humano, tal
sacrificio era un derroche desenfrenado.
Para el raciocinio humano, todo el plan de la salvación es un derroche
de mercedes y recursos. Podemos ver
abnegación y sacrificio sincero en todas partes. Bien pueden las huestes celestiales mirar con asombro a la
familia humana que rehusa ser elevada y enriquecida con el infinito amor
expresado en Cristo. Bien pueden ellas
exclamar: ¿Por qué se hace este gran derroche?
Pero la propiciación para un mundo perdido había de
ser plena, abundante y completa. La
ofrenda de Cristo era sumamente abundante para enriquecer a toda alma que Dios
había creado. No debía restringirse de
modo que no excediera al número de los que aceptarían el gran Don. No todos los hombres se salvan; sin embargo,
el plan de redención no es un desperdicio porque no logra todo lo que está
provisto por su liberalidad. Debía
haber suficiente y sobrar.
Simón, el huésped, había sentido la influencia de la
crítica de Judas respecto al don de María, y se había sorprendido por la
conducta de Jesús. Su orgullo de
fariseo se había ofendido. Sabía que
muchos de sus huéspedes estaban mirando a Cristo con desconfianza y desagrado. Dijo entre sí: "Este, si fuera profeta,
conocería quién y cuál es la mujer que le toca, que es pecadora."
Al curarlo a Simón de la lepra, Cristo lo había
salvado de una muerte viviente. Pero
ahora Simón se preguntaba si el Salvador era profeta. Porque Cristo permitió que esta mujer se acercara a él, porque no
la rechazó con indignación como a una persona cuyos pecados eran demasiado
grandes para ser perdonados, porque no demostró que comprendía que ella había
caído, Simón estaba tentado a pensar que él no era profeta. Jesús no sabe nada en cuanto a esta mujer
que es tan liberal en sus demostraciones, pensaba él, de lo contrario no
permitiría que le tocase.
Pero era la ignorancia de Simón respecto a Dios y a
Cristo lo que le inducía a pensar así. No
comprendía que el Hijo de Dios debía actuar como Dios, con compasión, ternura y
misericordia. El plan de Simón
consistía en no prestar atención al servicio de penitencia de María. El acto de ella, de besar los pies de Cristo
y ungirlos con ungüento, era exasperante para su duro corazón. Y pensó que si Cristo era profeta, debería
reconocer a los pecadores y rechazarlos.
A estos pensamientos inexpresados contestó el
Salvador: "Simón, una cosa tengo que decirte.... Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos
denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos de qué pagar, perdonó a
ambos. Di, pues, ¿cuál de éstos le
amará más? Y respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel al cual perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado."
Como Natán con David, Cristo ocultó el objeto de su
ataque bajo el velo de una parábola. Cargó
a su huésped con la responsabilidad de pronunciar sentencia contra sí mismo. Simón había arrastrado al pecado a la mujer
a quien ahora despreciaba. Ella había
sido muy perjudicada por él. Por los
dos deudores de la parábola estaban representados Simón y la mujer. Jesús no se propuso enseñar qué grado de
obligación debían sentir las dos personas, porque cada una tenía una deuda de
gratitud que nunca podría pagar. Pero
Simón se sentía más justo que María, y Jesús deseaba que viese cuán grande era
realmente su culpa. Deseaba mostrarle
que su pecado superaba al de María en la medida en que la deuda de quinientos
denarios excedía a la de cincuenta.
Simón empezó ahora a verse a sí mismo desde un nuevo
punto de vista. vio cómo era
considerada María por quien era más que profeta. vio que, con penetrante ojo profético, Cristo había leído el
corazón de amor y devoción de ella. Sobrecogido
de vergüenza, comprendió que estaba en la presencia de uno que era superior a
él.
"Entré en tu casa --continuó Cristo,-- no me
diste agua para mis pies;" pero con lágrimas de arrepentimiento, impulsada
por el amor, María ha lavado mis pies, y los ha secado con su cabellera. "No me diste beso, mas ésta," que
tú desprecias, "desde que entré, no ha cesado de besar mis pies."
Cristo enumeró las oportunidades que Simón había tenido para mostrar el amor
que tenía por su Señor, y su aprecio de lo que había sido hecho en su favor. Claramente, aunque con delicada cortesía, el
Salvador aseguró a sus discípulos que su corazón se apena cuando sus hijos
dejan de mostrar su gratitud hacia él con palabras y hechos de amor.
El que escudriña el corazón leyó el motivo que
impulsó la acción de María, y vio también el espíritu que inspiró las palabras
de Simón. "¿Ves esta mujer?"
le dijo él. Es una pecadora. "Por lo cual te digo que sus muchos
pecados son perdonados, porque amó mucho; mas al que se perdona poco, poco ama.
La frialdad y el descuido de Simón para con el
Salvador demostraban cuán poco apreciaba la merced que había recibido. Pensaba que honraba a Jesús invitándole a su
casa. Pero ahora se vio a sí mismo como
era en realidad. Mientras pensaba estar
leyendo a su Huésped, su Huésped estaba leyéndolo a él. vio cuán verdadero era el juicio de Cristo
en cuanto a él. Su religión había sido
un manto farisaico. Había despreciado la
compasión de Jesús. No le había
reconocido como al representante de Dios.
Mientras María era una pecadora perdonada, él era un pecador no
perdonado. La severa norma de justicia
que había deseado aplicar contra María le condenaba a él.
Simón fue conmovido por la bondad de Jesús al no
censurarle abiertamente delante de los huéspedes. El no había sido tratado como deseaba que María lo fuese. vio que Jesús no quiso exponer a otros su
culpa, sino que, por una correcta exposición del caso, trató de convencer su
mente, y subyugar su corazón manifestando benevolencia. Una denuncia severa hubiera endurecido el
corazón de Simón contra el arrepentimiento, pero una paciente admonición le
convenció de su error. vio la magnitud
de la deuda que tenía para con su Señor.
Su orgullo fue humillado, se arrepintió y el orgulloso fariseo llegó a
ser un humilde y abnegado discípulo.
María había sido considerada como una gran pecadora,
pero Cristo conocía las circunstancias que habían formado su vida. El hubiera podido extinguir toda chispa de
esperanza en su alma, pero no lo hizo. Era
él quien la había librado de la desesperación y la ruina. Siete veces ella había oído la reprensión
que Cristo hiciera a los demonios que dirigían su corazón y mente. Había oído su intenso clamor al Padre en su
favor. Sabía cuán ofensivo es el pecado
para su inmaculada pureza, y con su poder ella había vencido.
Cuando a la vista humana su caso parecía desesperado,
Cristo vio en María aptitudes para lo bueno.
Vio los rasgos mejores de su carácter.
El plan de la redención ha investido a la humanidad con grandes
posibilidades, y en María estas posibilidades debían realizarse. Por su gracia, ella llegó a ser participante
de la naturaleza divina. Aquella que
había caído, y cuya mente había sido habitación de demonios, fue puesta en
estrecho compañerismo y ministerio con el Salvador. Fue María la que se sentaba a sus pies y aprendía de él. Fue María la que derramó sobre su cabeza el
precioso ungüento, y bañó sus pies con sus lágrimas. María estuvo junto a la cruz y le siguió hasta el sepulcro. María fue la primera en ir a la tumba
después de su resurrección. Fue María
la primera que proclamó al Salvador resucitado.
Jesús conoce las circunstancias que rodean a cada
alma. Tú puedes decir: Soy pecador, muy
pecador. Puedes serlo; pero cuanto peor
seas, tanto más necesitas a Jesús. El
no se aparta de ninguno que llora contrito.
No dice a nadie todo lo que podría revelar, pero ordena a toda alma
temblorosa que cobre aliento. Perdonará
libremente a todo aquel que acuda a él en busca de perdón y restauración.
Cristo podría encargar a los ángeles del cielo que
derramen las redomas de su ira sobre nuestro mundo, para destruir a aquellos
que están llenos de odio contra Dios. Podría
limpiar este negro borrón de su universo.
Pero no lo hace. El está ahora
junto al altar del incienso presentando las oraciones de aquellos que desean su
ayuda.
A las almas que se vuelven a él en procura de refugio, Jesús las eleva por encima de las acusaciones y contiendas de las lenguas. Ningún hombre ni ángel malo puede acusar a estas almas. Cristo las une a su propia naturaleza divino-humana. Ellas están de pie junto al gran Expiador del pecado, en la luz que procede del trono de Dios. "¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, quien además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros."