"Y COMO fue nacido Jesús en Bethlehem de Judea
en días del rey Herodes, he aquí unos magos vinieron del oriente a Jerusalem,
diciendo: ¿Dónde está el Rey de los Judíos, que ha nacido? porque su estrella
hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle."
Los magos del Oriente eran filósofos. Pertenecían a la clase numerosa e
influyente, que incluía hombres de noble alcurnia y poseía gran parte de las
riquezas y del saber de su nación.
Entre ellos había muchos que explotaban la credulidad del pueblo. Otros eran hombres rectos que estudiaban las
manifestaciones de la Providencia en la naturaleza, y eran honrados por su
integridad y sabiduría. De este
carácter eran los magos que vinieron a Jesús.
La luz de Dios está siempre resplandeciendo aun en
medio de las tinieblas del paganismo. Mientras estos magos estudiaban los cielos tachonados de
estrellas, y trataban de escudriñar el oculto misterio de sus brillantes
derroteros, contemplaban la gloria del Creador. Buscando un conocimiento más claro, se dirigieron a las
Escrituras hebreas. En su propia
tierra, se conservaban escritos proféticos que predecían la llegada de un
maestro divino. Balaam era uno de esos
magos, aunque fuera en un tiempo profeta de Dios; por el Espíritu Santo había
predicho la prosperidad de Israel y la aparición del Mesías; y sus profecías se
habían transmitido por la tradición de siglo en siglo. Pero en el Antiguo Testamento, el
advenimiento del Salvador se revelaba más claramente. Con gozo supieron los magos que su venida se acercaba, y que todo
el mundo iba a quedar lleno del conocimiento de la gloria de Jehová.
Los magos habían visto una luz misteriosa en los
cielos la noche en que la gloria de Dios inundó las colinas de Belén. Al desvanecerse la luz, apareció una
estrella luminosa que permaneció en los cielos. No era una estrella fija ni un planeta, y el fenómeno excitó el
mayor interés. Esa estrella era un
distante grupo de resplandecientes ángeles, pero los sabios lo ignoraban. Sin embargo, tenían la impresión de que la
estrella era de especial importancia para ellos. Consultaron a los sacerdotes y filósofos, y examinaron los rollos
de los antiguos anales. La profecía de
Balaam declaraba: "Saldrá estrella de Jacob, y levantaráse cetro de
Israel.' ¿Podría haber sido enviada esta extraña estrella como precursora del
Prometido? Los magos habían recibido con gratitud la luz de la verdad enviada
por el cielo; ahora esa luz se derramaba sobre ellos en rayos más
brillantes. En sueños, recibieron la
indicación de ir en busca del Príncipe recién nacido.
Así como por la fe Abrahán salió al llamamiento de
Dios, "sin saber dónde iba;" así como por la fe Israel siguió la
columna de nube hasta la tierra prometida, estos gentiles salieron para hallar
al Salvador prometido. En el Oriente
abundaban las cosas preciosas, y los magos no salieron con las manos
vacías. Era costumbre ofrecer presentes
como acto de homenaje a los príncipes u otros personajes encumbrados, y los
magos llevaron los más ricos dones de su tierra como ofrenda a Aquel en quien
todas las familias de la tierra iban a ser bendecidas. Era necesario viajar de noche a fin de poder
ver la estrella; pero los viajeros pasaban el tiempo repitiendo sus dichos
tradicionales y oráculos proféticos relativos a Aquel a quien buscaban. En cada descanso, escudriñaban las
profecías; y se afirmaba en ellos la convicción de que eran guiados
divinamente. Mientras tenían la
estrella por delante como señal externa, tenían también la evidencia interna
del Espíritu Santo que estaba impresionando sus corazones, y les inspiraba
esperanza. El viaje, aunque largo, fue
para ellos muy feliz.
Cuando llegaron a la tierra de Israel, y mientras
bajaban del monte de las Olivas, teniendo a Jerusalén a la vista, he aquí que
la estrella que los había guiado durante todo el camino se detuvo sobre el
templo, y después de un momento desapareció de su vista. Con avidez aceleraron el paso, esperando con
toda confianza que el nacimiento del Mesías sería el motivo de toda
conversación. Pero preguntaron en vano
al respecto. Entrando en la ciudad
santa, se dirigieron hacia el templo.
Para su gran asombro, no encontraron allí nadie que pareciese saber nada
del recién nacido Rey. Sus preguntas no
provocaban expresiones de gozo, sino más bien de sorpresa y temor, y hasta de
desprecio.
Los sacerdotes repetían tradiciones, Hacían alarde de
su religión y de su piedad personal, mientras denunciaban a los griegos y
romanos como paganos, y más pecadores que los demás. Los magos no eran idólatras, y a la vista de Dios ocupaban una
posición mucho más elevada que aquellos que profesaban adorarle; y sin embargo,
los judíos los consideraban paganos.
Aun entre aquellos que fueron designados guardianes de los Santos
Oráculos, sus ávidas preguntas no despertaron simpatía.
La noticia de la llegada de los magos cundió
rápidamente por toda Jerusalén. Su
extraña misión creó agitación entre el pueblo, agitación que penetró hasta en
el palacio del rey Herodes. El astuto
idumeo quedó perturbado por la insinuación de que pudiese tener un rival. Innumerables crímenes habían manchado el
camino de su ascensión al trono. Por
ser de sangre extranjera, era odiado por el pueblo sobre el cual reinaba. Su única seguridad estribaba en el favor de Roma. Pero este nuevo príncipe tenía un derecho
superior. Había nacido para el reino.
Herodes temió que los sacerdotes estuviesen
maquinando con los extranjeros para excitar un tumulto popular que lo
destronase. Sin embargo, ocultó su
desconfianza, resuelto a hacer abortar sus planes por una astucia
superior. Reuniendo a los príncipes de
los sacerdotes y escribas, los interrogó acerca de lo que enseñaban sus libros
sagrados con respecto al lugar en que había de nacer el Mesías.
Esta investigación del que usurpara el trono, hecha a
petición de unos extranjeros, hirió el orgullo de los maestros judíos. La indiferencia con que se refirieron a los
rollos de la profecía airó al celoso tirano.
Pensó que estaban tratando de ocultarle su conocimiento del asunto. Con una autoridad que no se atrevían a
despreciar, les ordenó que escudriñasen atentamente y le declarasen el lugar
donde debía nacer el Rey que esperaban.
"Y ellos le dijeron: En Bethlehem de Judea; porque así está escrito
por el profeta:
"Y tú, Bethlehem, de tierra de Judá, no eres muy
pequeña entre los príncipes de Judá; porque de ti saldrá un guiador, que
apacentará a mi pueblo Israel."
Herodes invitó entonces a los magos a entrevistarse
privadamente con él. Dentro de su
corazón, rugía una tempestad de ira y temor, pero conservaba un exterior
sereno, y recibió cortésmente a los extranjeros. Indagó acerca del tiempo en que les había aparecido la estrella,
y simuló saludar con gozo la indicación del nacimiento de Cristo. Dijo a sus visitantes: "Andad allá, y
preguntad con diligencia por el niño; y después que le hallareis, hacédmelo
saber, para que yo también vaya y le adore." Y así diciendo, los despidió
para que fuesen a Belén.
Los sacerdotes y ancianos de Jerusalén no eran tan
ignorantes acerca del nacimiento de Cristo como aparentaban. El informe de la visita de los ángeles a los
pastores había sido llevado a Jerusalén, pero los rabinos lo habían considerado
indigno de su atención. Ellos podrían
haber encontrado a Jesús, y haber estado listos para conducir a los magos al
lugar donde naciera; pero en vez de ello, los sabios vinieron a llamarles la
atención al nacimiento del Mesías.
"¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? -dijeron;- porque
su estrella hemos visto en el orientes y venimos a adorarle."
Entonces el orgullo y la envidia cerraron la puerta a
la luz. Si los informes traídos por los
pastores y los magos habían de ser aceptados, eso colocaba a los sacerdotes y
rabinos en una posición poco envidiable, pues desmentía su pretensión de ser
exponentes de la verdad de Dios. Esos
sabios maestros no querían rebajarse a recibir instrucciones de aquellos a
quienes llamaban paganos. No podía ser,
razonaban, que Dios los hubiera pasado por alto para comunicarse con pastores
ignorantes y gentiles incircuncisos.
Resolvieron demostrar su desprecio por los informes que agitaban al rey
Herodes y a toda Jerusalén. Ni aun
quisieron ir a Belén para ver si esas cosas eran así. E indujeron al pueblo a considerar el interés en Jesús como una
excitación fanática. Así empezaron a
rechazar a Cristo los sacerdotes y rabinos.
Desde entonces, su orgullo y terquedad fueron en aumento hasta
transformarse en odio arraigado contra el Salvador. Mientras Dios estaba abriendo la puerta a los gentiles, los
dirigentes judíos se la estaban cerrando a sí mismos.
Los magos salieron solos de Jerusalén. Las sombras de la noche iban cayendo cuando
pasaron por las puertas, pero para gran gozo suyo volvieron a ver la estrella,
y ella los encaminó hacia Belén. Ellos
no habían recibido ninguna indicación del humilde estado de Jesús, como la que
había sido dada a los pastores. Después
del largo viaje, se quedaron desilusionados por la indiferencia de los
dirigentes judíos, y habían salido de Jerusalén con menos confianza que cuando
entraron en la ciudad. En Belén, no
encontraron ninguna guardia real para proteger al recién nacido Rey. No le asistía ninguno de los hombres
honrados por el mundo. Jesús se hallaba
acostado en un pesebre. Sus padres,
campesinos sin educación, eran sus únicos guardianes. ¿Podía ser aquel niño el personaje de quien se había escrito que
había de "levantar las tribus de Jacob" y restaurar "los
asolamientos de Israel;" que sería "luz de las gentes," y
"salud hasta lo postrero de la tierra"?
"Y entrando en la casa, vieron al niño con su
madre María, y postrándose, le adoraron." Bajo el humilde disfraz de
Jesús, reconocieron la presencia de la divinidad. Le dieron sus corazones como a su Salvador, y entonces sacaron
sus presentes, "oro e incienso y mirra." ¡Qué fe la suya! Podría
haberse dicho de los magos del Oriente, como se dijo más tarde del centurión
romano: "Ni aun en Israel he hallado fe tanta."
Los magos no habían comprendido el designio de
Herodes hacia Jesús. Cuando el objeto
de su viaje fue logrado, se prepararon para volver a Jerusalén, y se proponían
darle cuenta de su éxito. Pero en un
sueño recibieron una orden divina de no comunicarse más con él. Evitando pasar por Jerusalén, emprendieron
el viaje de regreso a su país por otro camino.
Igualmente José recibió advertencia de huir a Egipto con María y el niño. Y el ángel dijo: "Estáte allá hasta que
yo te lo diga; porque ha de acontecer, que Herodes buscará al niño para
matarle." José obedeció sin dilación, emprendiendo viaje de noche para
mayor seguridad.
Mediante los magos, Dios había llamado la atención de
la nación judía al nacimiento de su Hijo.
Sus investigaciones en Jerusalén, el interés popular que excitaron, y
aun los celos de Herodes, cosas que atrajeron la atención de los sacerdotes y
rabinos, dirigieron los espíritus a las profecías concernientes al Mesías, y al
gran acontecimiento que acababa de suceder.
Satanás estaba resuelto a privar al mundo de la luz
divina, y empleó su mayor astucia para destruir al Salvador. Pero Aquel que nunca dormita ni duerme,
velaba sobre su amado Hijo. Aquel que
había hecho descender maná del cielo para Israel, y había alimentado a Elías en
tiempo de hambre, proveyó en una tierra pagana un refugio para María y el niño
Jesús. Y mediante los regalos de los
magos de un país pagano, el Señor suministró los medios para el viaje a Egipto
y la estada en esa tierra extraña.
Los magos habían estado entre los primeros en dar la
bienvenida al Redentor. Su presente fue
el primero depositado a sus pies. Y
mediante este presente, ¡qué privilegio de servir tuvieron! Dios se deleita en
honrar la ofrenda del corazón que ama, dándole la mayor eficacia en su
servicio. Si hemos dado nuestro corazón
a Jesús, le traeremos también nuestros donativos. Nuestro oro y plata, nuestras posesiones terrenales más
preciosas, nuestros dones mentales y espirituales más elevados, serán dedicados
libremente a Aquel que nos amó y se dio a sí mismo por nosotros.
Herodes esperaba impacientemente en Jerusalén el
regreso de los magos. A medida que
transcurría el tiempo y ellos no aparecían, se despertaron sus sospechas. La poca voluntad de los rabinos para señalar
el lugar del nacimiento del Mesías parecía indicar que se habían dado cuenta de
su designio, y que los magos le evitaban a propósito. Este pensamiento le enfurecía.
La astucia había fracasado, pero le quedaba el recurso de la
fuerza. Iba a hacer un escarmiento en
este niño rey. Aquellos altivos judíos
verían lo que podían esperar de sus tentativas de poner un monarca en el trono.
Envió inmediatamente soldados a Belén con órdenes de
matar a todos los niños menores de dos años.
Los tranquilos hogares de la ciudad de David presenciaron aquellas
escenas de horror que seis siglos antes habían sido presentadas al
profeta. "Voz fue oída en Ramá,
grande lamentación, lloro y gemido: Raquel que llora sus hijos; y no quiso ser
consolada, porque perecieron."
Los judíos habían traído esta calamidad sobre sí
mismos. Si hubiesen andado con
fidelidad y humildad delante de Dios, de alguna manera señalada él habría hecho
inofensiva para ellos la ira del rey.
Pero se habían separado de Dios por sus pecados, y habían rechazado al
Espíritu Santo que era su único escudo.
No habían estudiado las Escrituras con el deseo de conformarse a la
voluntad de Dios. Habían buscado
profecías que pudiesen interpretarse de manera que los exaltaran y demostraran
que Dios despreciaba a todas las demás naciones. Se jactaban orgullosamente de que el Mesías había de venir como
Rey, para vencer a sus enemigos y hollar a los paganos en su ira. Así habían excitado el odio de sus gobernantes,
y por su falsa presentación de la misión de Cristo, Satanás se había propuesto
lograr la destrucción del Salvador; pero en vez de ello, esto se volvió sobre
sus cabezas.
Este acto de crueldad fue uno de los últimos que
ensombrecieron el reinado de Herodes.
Poco después de la matanza de los inocentes, cayó bajo esa mano que
nadie puede apartar. Sufrió una muerte
horrible.
José, que estaba todavía en Egipto, recibió entonces
de un ángel de Dios la orden de volver a la tierra de Israel. Considerando a Jesús como heredero del trono
de David, José deseaba establecerse en Belén; pero al saber que Arquelao
reinaba en Judea en lugar de su padre, temió que los designios del padre contra
Cristo fuesen llevados a cabo por el hijo.
De todos los hijos de Herodes, Arquelao era el que más se le asemejaba
en carácter. Ya su advenimiento al
gobierno había sido señalado por un tumulto en Jerusalén y la matanza de miles
de judíos por los guardias romanos.
Otra vez fue José dirigido a un lugar de
seguridad. Volvió a Nazaret, donde
antes habitara, y allí durante casi treinta años habitó Jesús, "para que
se cumpliese lo que fue dicho por los profetas, que había de ser llamado
Nazareno." Galilea se hallaba bajo el dominio de un hijo de Herodes, pero tenía
mayor proporción de habitantes extranjeros que Judea. Por eso había menos interés en los asuntos relacionados
especialmente con los judíos, y los derechos reales de Jesús propenderían mucho
menos a excitar los celos de los gobernantes.
Tal fue la recepción del Salvador cuando vino a la
tierra. Parecía no haber lugar de
descanso o de seguridad para el niño Redentor.
Dios no podía confiar su amado Hijo a los hombres, ni aun mientras llevaba
a cabo su obra a favor de la salvación de ellos. Comisionó a los ángeles para que acompañasen a Jesús y le
protegieran hasta que cumpliese su misión en la tierra y muriera a manos de
aquellos a quienes había venido a salvar.