CAPÍTULO 58. "LÁZARO, VEN FUERA"
ENTRE los más constantes discípulos de Cristo se
contaba Lázaro de Betania. Desde la
primera ocasión en que se encontraran, su fe en Cristo había sido fuerte; su
amor por él, profundo, y el Salvador le amaba mucho. En favor de Lázaro se realizó el mayor de los milagros de Cristo. El Salvador bendecía a todos los que
buscaban su ayuda. Ama a toda la
familia humana; pero está ligado con algunos de sus miembros por lazos
peculiarmente tiernos. Su corazón
estaba ligado con fuertes vínculos de afecto con la familia de Betania y para
un miembro de ella realizó su obra más maravillosa.
Jesús hallaba con frecuencia descanso en el hogar de
Lázaro. El Salvador no tenía hogar
propio; dependía de la hospitalidad de sus amigos y discípulos; y con
frecuencia, cuando estaba cansado y sediento de compañía humana, le era grato
refugiarse en ese hogar apacible, lejos de las sospechas y celos de los airados
fariseos. Allí encontraba una sincera
bienvenida y amistad pura y santa. Allí
podía hablar con sencillez y perfecta libertad, sabiendo que sus palabras
serían comprendidas y atesoradas.
Nuestro Salvador apreciaba un hogar tranquilo y
oyentes que manifestasen interés. Sentía
anhelos de ternura, cortesía y afecto humanos.
Los que recibían la instrucción celestial que él estaba siempre listo
para impartir eran grandemente bendecidos.
Mientras las multitudes seguían a Cristo por los campos abiertos, les
revelaba las bellezas del mundo natural.
Trataba de abrir sus ojos para que las comprendiesen y pudiesen ver cómo
la mano de Dios sostiene el mundo. A
fin de que expresasen aprecio por la bondad y benevolencia de Dios, llamaba la
atención de sus oyentes al rocío que caía suavemente, a las lluvias apacibles y
al resplandeciente sol, otorgados a los buenos tanto como a los malos. Deseaba que los hombres comprendiesen mejor
la consideración que Dios concede a los instrumentos humanos que creó. Pero las multitudes eran duras de
entendimiento, y en el hogar de Betania Cristo hallaba descanso del pesado
conflicto de la vida pública. Allí
abría ante un auditorio que le apreciaba el libro de la Providencia. En esas entrevistas privadas, revelaba a sus
oyentes lo que no intentaba decir a la multitud mixta. No necesitaba hablar en parábolas a sus
amigos.
Mientras Cristo daba sus lecciones maravillosas,
María se sentaba a sus pies, escuchándole con reverencia y devoción. En una ocasión, Marta, perpleja por el afán
de preparar la comida, apeló a Cristo diciendo: "Señor, ¿no tienes cuidado
que mi hermana me deja servir sola? Dile, pues, que me ayude." Esto
sucedió en ocasión de la primera visita de Cristo a Betania. El Salvador y sus discípulos acababan de
hacer un viaje penoso a pie desde Jericó.
Marta anhelaba proveer a su comodidad, y en su ansiedad se olvidó de la
cortesía debida a su huésped. Jesús le
contestó con palabras llenas de mansedumbre y paciencia: "Marta, Marta,
cuidadosa estás, y con las muchas cosas estás turbada: empero una cosa es
necesaria; y María escogió la buena parte, la cual no le será quitada."
María atesoraba en su mente las preciosas palabras que caían de los labios del
Salvador, palabras que eran más preciosas para ella que las joyas más costosas
de esta tierra.
La "una cosa" que Marta necesitaba era un
espíritu de calma y devoción, una ansiedad más profunda por el conocimiento
referente a la vida futura e inmortal, y las gracias necesarias para el
progreso espiritual. Necesitaba menos
preocupación por las cosas pasajeras y más por las cosas que perduran para
siempre. Jesús quiere enseñar a sus
hijos a aprovechar toda oportunidad de obtener el conocimiento que los hará
sabios para la salvación. La causa de
Cristo necesita personas que trabajen con cuidado y energía. Hay un amplio campo para las Martas con su
celo por la obra religiosa activa. Pero
deben sentarse primero con María a los pies de Jesús. Sean la diligencia, la presteza y la energía santificadas por la
gracia de Cristo; y entonces la vida será un irresistible poder para el bien.
El pesar penetró en el apacible hogar donde Jesús
había descansado. Lázaro fue herido por
una enfermedad repentina, y sus hermanas mandaron llamar al Salvador diciendo:
"Señor, he aquí, el que amas está enfermo." Se dieron cuenta de la
violencia de la enfermedad que había abatido a su hermano, pero sabían que
Cristo se había demostrado capaz de sanar toda clase de dolencias. Creían que él simpatizaría con ellas en su
angustia; por lo tanto, no exigieron urgentemente su presencia inmediata, sino
que mandaron tan sólo el confiado mensaje: "El que amas está
enfermo." Pensaron que él respondería inmediatamente, y estaría con ellas
tan pronto como pudiese llegar a Betania.
Ansiosamente esperaron noticias de Jesús. Mientras había una chispa de vida en su
hermano, oraron y esperaron la venida de Jesús. Pero el mensajero volvió sin él.
Trajo, sin embargo, este mensaje: "Esta enfermedad no es para
muerte," y se aferraron a la esperanza de que Lázaro viviría. Con ternura trataron de dirigir palabras de
esperanza y aliento al enfermo casi inconsciente. Cuando Lázaro murió, se quedaron amargamente desilusionadas; pero
sentían la gracia sostenedora de Cristo, y esto les impidió culpar en forma
alguna al Salvador.
Cuando Cristo oyó el mensaje, los discípulos pensaron
que lo había recibido fríamente. No
manifestó el pesar que ellos esperaban de él.
Mirándolos a ellos dijo: "Esta enfermedad no es para muerte, mas
por gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella."
Permaneció dos días en el lugar donde estaba.
Esta dilación era un misterio para los discípulos. De cuánto consuelo sería su presencia para
la familia afligida, pensaban. Era bien
conocido por los discípulos su intenso afecto hacia esa familia de Betania, y
ellos se sorprendían al ver que no respondía a la triste comunicación: "El
que amas está enfermo."
Durante aquellos dos días Cristo pareció haberse
olvidado del caso; porque no habló de Lázaro.
Los discípulos pensaban en Juan el Bautista, precursor de Jesús. Se habían preguntado por qué Jesús, que
tenía el poder de realizar milagros admirables, había permitido que Juan
languideciera en la cárcel y muriese en forma violenta. Ya que poseía tal poder, ¿por qué no había
salvado Jesús la vida de Juan? Esta pregunta la habían hecho con frecuencia los
fariseos y la presentaban como un argumento incontestable contra el aserto de
Cristo de ser Hijo de Dios. El Salvador
había advertido a sus discípulos acerca de las pruebas, pérdidas y
persecuciones. ¿Los abandonaría en la
prueba? Algunos se preguntaban si no habían estado equivocados acerca de su
misión. Todos estaban profundamente
perturbados.
Después de aguardar dos días, Jesús dijo a los
discípulos: "Vamos a Judea otra vez." Los discípulos se preguntaban
por qué, si Jesús iba a ir a Judea, había esperado dos días. Pero lo que más los embargaba era su
ansiedad por Cristo y por sí mismos. No
podían ver sino peligro en lo que estaba por hacer. "Rabbí --dijeron,-- ahora procuraban los judíos apedrearte,
¿y otra vez vas allá? Respondió Jesús: ¿No tiene el día doce horas?" Estoy
bajo la dirección de mi Padre; mientras hago su voluntad, mi vida está segura. Mis doce horas del día no han terminado
todavía. Ha empezado el último resto de
mi día; pero mientras queda algo, estoy seguro.
"El que anduviere de día --continuó-- no
tropieza, porque ve la luz de este mundo." El que hace la voluntad de
Dios, que anda en la senda que Dios le ha trazado, no puede tropezar ni caer. La luz del Espíritu guiador de Dios le da
una clara percepción de su deber, y le conduce hasta el final de su obra. "Mas el que anduviere de noche,
tropieza, porque no hay luz en él." El que anda en la senda que se eligió,
donde Dios no le ha llamado, tropezará.
Para él, el día se trueca en noche, y dondequiera que esté, no está
seguro.
"Dicho esto, díceles después: Lázaro nuestro
amigo duerme; mas voy a despertarle del sueño." "Lázaro nuestro amigo
duerme." ¡ Cuán conmovedoras son estas palabras ! ¡Cuán llenas de
simpatía! Mientras pensaban en el peligro que su Maestro estaba por arrostrar
yendo a Jerusalén, los discípulos casi se habían olvidado de la familia
enlutada de Betania. Pero no así Cristo. Los discípulos se sintieron reprendidos. Les había sorprendido que Cristo no
respondiera más prontamente al mensaje.
Habían estado tentados a pensar que él no tenía por Lázaro y sus
hermanas el tierno amor que ellos le atribuían y que debiera haberse vuelto
rápidamente con el mensajero. Pero las
palabras: "Lázaro nuestro amigo duerme," despertaron en ellos los
debidos sentimientos. Quedaron convencidos de que Cristo no se
había olvidado de sus amigos que sufrían.
"Dijeron entonces sus discípulos: Señor, si
duerme, salvo estará. Mas esto decía
Jesús de la muerte de él: y ellos pensaron que hablaba del reposar del
sueño." Cristo presenta a sus hijos creyentes la muerte como un sueño. Su vida está oculta con Cristo en Dios, y
hasta que suene la última trompeta los que mueren dormirán en él.
"Entonces, pues, Jesús les dijo claramente:
Lázaro es muerto; y huélgome por vosotros, que yo no haya estado allí, para que
creáis: mas vamos a él." Tomás no podía ver para su Maestro otra cosa que
la muerte si iba a Judea; pero fortaleció su ánimo y dijo a los otros
discípulos: "Vamos también nosotros, para que muramos con él."
Conocía el odio que los judíos le tenían a Jesús. Querían lograr su muerte, pero este propósito no había tenido
éxito, porque le quedaba todavía una parte del tiempo que se le había concedido. Durante ese tiempo, Jesús gozaba de la
custodia de los ángeles celestiales; y aun en las regiones de Judea, donde los
rabinos maquinaban cómo apresarle y darle muerte, no podía sucederle mal
alguno.
Los discípulos se asombraron de las palabras de
Cristo cuando dijo: "Lázaro es muerto; y huélgome ... que yo no haya
estado allí." ¿Habíase mantenido el Salvador alejado por su propia
voluntad del hogar de sus amigos que sufrían? Aparentemente había dejado solas
a Marta y María, así como al moribundo Lázaro.
Pero no estaban solos. Cristo
contemplaba toda la escena, y después de la muerte de Lázaro las enlutadas
hermanas fueron sostenidas por su gracia.
Jesús presenció el pesar de sus corazones desgarrados, mientras su
hermano luchaba con su poderoso enemigo la muerte. Sintió los trances de su angustia, y dijo a sus discípulos:
"Lázaro es muerto." Pero Cristo no sólo tenía que pensar en aquellos
a quienes amaba en Betania; tenía que considerar la educación de sus discípulos. Ellos habían de ser sus representantes ante
el mundo, para que la bendición del Padre pudiese abarcar a todos. Por su causa, permitió que Lázaro muriese. Si le hubiese devuelto la salud cuando
estaba enfermo, el milagro que llegó a ser la evidencia más positiva de su
carácter divino, no se habría realizado.
Si Cristo hubiese estado en la pieza del enfermo,
Lázaro no habría muerto; porque Satanás no hubiera tenido poder sobre él. La muerte no podría haber lanzado su dardo
contra Lázaro en presencia del Dador de la vida. Por lo tanto, Cristo permaneció lejos. Dejó que el enemigo ejerciese su poder, para luego hacerlo
retroceder como enemigo vencido. Permitió
que Lázaro pasase bajo el dominio de la muerte; y las hermanas apenadas vieron
a su hermano puesto en la tumba. Cristo
sabía que mientras mirasen el rostro muerto de su hermano, su fe en el Redentor
sería probada severamente. Pero sabía
que a causa de la lucha por la cual estaban pasando ahora, su fe resplandecería
con fuerza mucho mayor. Permitió todos
los dolores y penas que soportaron. Su
tardanza no indicaba que las amase menos, pero sabía que para ellas, para
Lázaro, para él mismo y para sus discípulos, había de ganarse una victoria.
"Por vosotros," "para que
creáis." A todos los que tantean para sentir la mano guiadora de Dios, el
momento de mayor desaliento es cuando más cerca está la ayuda divina. Mirarán atrás con agradecimiento, a la parte
más obscura del camino. "Sabe el
Señor librar de tentación a los píos." Salen de toda tentación y prueba
con una fe más firme y una experiencia mas rica.
Al demorar en venir a Lázaro, Jesús tenía un
propósito de misericordia para con los que no le habían recibido. Tardó, a fin de que al resucitar a Lázaro
pudiese dar a su pueblo obstinado e incrédulo, otra evidencia de que él era de
veras "la resurrección y la vida." Le costaba renunciar a toda
esperanza con respecto a su pueblo, las pobres y extraviadas ovejas de la casa
de Israel. Su impenitencia le partía el
corazón. En su misericordia, se propuso
darles una evidencia más de que era el Restaurador, el único que podía sacar a
luz la vida y la inmortalidad. Había de
ser una evidencia que los sacerdotes no podrían interpretar mal. Tal fue la razón de su demora en ir a
Betania. Este milagro culminante, la
resurrección de Lázaro, había de poner el sello de Dios sobre su obra y su
pretensión a la divinidad.
En su viaje a Betania, Jesús, de acuerdo con su
costumbre, atendió a los enfermos y menesterosos. Al llegar a la aldea, mandó un mensajero a las hermanas para
avisarlas de su llegada. Cristo no
entró en seguida en la casa, sino que permaneció en un lugar tranquilo al lado
del camino. La gran ostentación externa
manifestada por los judíos en ocasión de la muerte de un deudo no estaba en
armonía con el espíritu de Cristo. Oía
los lamentos de los plañidores, y no quería encontrarse con las hermanas en
medio de la confusión. Entre los que
lloraban estaban los parientes de la familia, algunos de los cuales ocupaban
altos puestos de responsabilidad en Jerusalén.
Entre ellos se contaban algunos de los más acerbos enemigos de Cristo. El conocía su propósito y por lo tanto no se
hizo conocer en seguida.
El mensaje fue dado a Marta con tanta reserva que las
otras personas que estaban en la pieza no lo oyeron. Absorta en su pesar, María no oyó las palabras. Levantándose en seguida, Marta salió al
encuentro de su Señor, pero pensando que ella había ido al sepulcro donde
estaba Lázaro, María permaneció sumida silenciosamente en su pesar.
Marta se apresuró a ir al encuentro de Jesús, con el
corazón agitado por encontradas emociones.
En el rostro expresivo de él, leyó ella la misma ternura y amor que
siempre había habido allí. Su confianza
en él no había variado, pero recordaba a su amado hermano a quien Jesús también
amaba. Con el pesar que brotaba de su
corazón porque Cristo no había venido antes y, sin embargo, con la esperanza de
que aun ahora podría hacer algo para consolarlas, dijo: "Señor, si
hubieses estado aquí, mi hermano no fuera muerto." Vez tras vez, en medio
del tumulto creado por los plañidores, las hermanas habían repetido estas
palabras.
Con compasión humana y divina, Jesús miró el rostro
entristecido y acongojado de Marta. Esta
no tenía deseo de relatar lo sucedido; todo estaba expresado por las palabras
patéticas: "Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no fuera
muerto." Pero mirando aquel rostro lleno de amor, añadió: "Mas
también sé ahora, que todo lo que pidieres de Dios, te dará Dios."
Jesús animó su fe diciendo: "Resucitará tu
hermano." Su respuesta no estaba destinada a inspirar esperanza en un
cambio inmediato. Dirigía el Señor los
pensamientos de Marta más allá de la restauración actual de su hermano, y los
fijaba en la resurrección de los justos.
Lo hizo para que pudiese ver en la resurrección de Lázaro una garantía
de la resurrección de todos los justos y la seguridad de que sucedería por el
poder del Salvador.
Marta contestó: "Yo sé que resucitará en la
resurrección en el día postrero."
Tratando todavía de dar la verdadera dirección a su
fe, Jesús declaró: "Yo soy la resurrección y la vida." En Cristo hay
vida original, que no proviene ni deriva de otra. "El que tiene al Hijo, tiene la vida." La divinidad de
Cristo es la garantía que el creyente tiene de la vida eterna. "El que cree en mí --dijo Jesús,--
aunque esté muerto, vivirá. Y todo
aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees eso?" Cristo miraba hacia adelante, a su segunda
venida. Entonces los justos muertos
serán resucitados incorruptibles, y los justos vivos serán trasladados al cielo
sin ver la muerte. El milagro que
Cristo estaba por realizar, al resucitar a Lázaro de los muertos, representaría
la resurrección de todos los justos muertos.
Por sus palabras y por sus obras, se declaró el Autor de la resurrección. El que iba a morir pronto en la cruz, estaba
allí con las llaves de la muerte, vencedor del sepulcro, y aseveraba su derecho
y poder para dar vida eterna.
A las palabras del Salvador: "¿Crees esto?"
Marta respondió: "Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo
de Dios, que has venido al mundo." No comprendía en todo su significado
las palabras dichas por Cristo, pero confesó su fe en su divinidad y su
confianza de que él podía hacer cuanto le agradase.
"Y esto dicho, fuése, y llamó en secreto a María
su hermana, diciendo: El Maestro está aquí y te llama." Dio su mensaje en
forma tan queda como le fue posible; porque los sacerdotes y príncipes estaban
listos para arrestar a Jesús en cuanto se les ofreciese la oportunidad. Los clamores de las plañideras impidieron
que las palabras de Marta fuesen oídas.
Al recibir el mensaje, María se levantó
apresuradamente y con mirada y rostro anhelantes salió de la pieza. Pensando que iba al sepulcro a llorar, las
plañideras la siguieron. Cuando llegó
al lugar donde Jesús estaba, se postró a sus pies y dijo con labios
temblorosos: "Señor, si hubieras estado aquí, no fuera muerto mi
hermano." Los clamores de las plañideras eran dolorosos; y ella anhelaba
poder cambiar algunas palabras tranquilas a solas con Jesús. Pero conocía la envidia y los celos que
albergaban contra Cristo en su corazón algunos de los presentes, y se limitó a
expresar su pesar.
"Jesús entonces, como la vio llorando, y a los
judíos que habían venido juntamente con ella llorando, se conmovió en espíritu,
y turbóse." Leyó el corazón de todos los presentes. Veía que, en muchos, lo que pasaba como
demostración de pesar era tan sólo fingimiento. Sabía que algunos de los del grupo, que manifestaban ahora un
pesar hipócrita, estarían antes de mucho maquinando la muerte, no sólo del
poderoso taumaturgo, sino del que iba a ser resucitado de los muertos. Cristo podría haberlos despojado de su falso
pesar. Pero dominó su justa indignación. No pronunció las palabras que podría haber
pronunciado con toda verdad, porque amaba a la que, arrodillada a sus pies con
tristeza, creía verdaderamente en él.
"¿Dónde le pusisteis? --preguntó.-- Dícenle:
Señor, ven y ve." Juntos se dirigieron a la tumba. Era una escena triste. Lázaro había sido muy querido, y sus
hermanas le lloraban con corazones quebrantados, mientras que los que habían
sido sus amigos mezclaban sus lágrimas con las de las hermanas enlutadas. A la vista de esta angustia humana, y por el
hecho de que los amigos afligidos pudiesen llorar a sus muertos mientras el
Salvador del mundo estaba al lado, "lloró Jesús." Aunque era Hijo de
Dios, había tomado sobre sí la naturaleza humana y le conmovía el pesar humano. Su corazón compasivo y tierno se conmueve
siempre de simpatía hacia los dolientes.
Llora con los que lloran y se regocija con los que se regocijan.
No era sólo por su simpatía humana hacia María y
Marta por lo que Jesús lloró. En sus
lágrimas había un pesar que superaba tanto al pesar humano como los cielos
superan a la tierra. Cristo no lloraba
por Lázaro, pues iba a sacarle de la tumba.
Lloró porque muchos de los que estaban ahora llorando por Lázaro
maquinarían pronto la muerte del que era la resurrección y la vida. Pero ¡cuán incapaces eran los judíos de
interpretar debidamente sus lágrimas! Algunos que no podían ver como causa de
su pesar sino las circunstancias externas de la escena que estaba delante de
él, dijeron suavemente: "Mirad cómo le amaba." Otros, tratando de
sembrar incredulidad en el corazón de los presentes, decían con irrisión:
"¿No podía éste que abrió los ojos al ciego, hacer que éste no
muriera?" Si Jesús era capaz de salvar a Lázaro, ¿por qué le dejó morir?
Con ojo profético, Cristo vio la enemistad de los
fariseos y saduceos. Sabía que estaban
premeditando su muerte. Sabía que
algunos de los que ahora manifestaban aparentemente tanta simpatía, no
tardarían en cerrarse la puerta de la esperanza y los portales de la ciudad de
Dios. Estaba por producirse, en su humillación
y crucifixión, una escena que traería como resultado la destrucción de
Jerusalén, y en esa ocasión nadie lloraría los muertos. La retribución que iba a caer sobre
Jerusalén quedó plenamente retratada delante de él. Vio a Jerusalén rodeada por las legiones romanas. Sabía que muchos de los que estaban llorando
a Lázaro morirían en el sitio de la ciudad, y sin esperanza.
No lloró Cristo sólo por la escena que tenía delante
de sí. Descansaba sobre él el peso de
la tristeza de los siglos. Vio los
terribles efectos de la transgresión de la ley de Dios. Vio que en la historia del mundo, empezando
con la muerte de Abel, había existido sin cesar el conflicto entre lo bueno y
lo malo. Mirando a través de los años
venideros, vio los sufrimientos y el pesar, las lágrimas y la muerte que habían
de ser la suerte de los hombres. Su
corazón fue traspasado por el dolor de la familia humana de todos los siglos y
de todos los países. Los ayes de la
raza pecaminosa pesaban sobre su alma, y la fuente de sus lágrimas estalló
mientras anhelaba aliviar toda su angustia.
"Y Jesús, conmoviéndose otra vez en sí mismo,
vino al sepulcro." Lázaro había sido puesto en una cueva rocosa, y una
piedra maciza había sido puesta frente a la entrada. "Quitad la piedra," dijo Cristo. Pensando que él deseaba tan sólo mirar al
muerto, Marta objetó diciendo que el cuerpo había estado sepultado cuatro días
y que la corrupción había empezado ya su obra.
Esta declaración, hecha antes de la resurrección de Lázaro, no dejó a
los enemigos de Cristo lugar para decir que había subterfugio. En lo pasado, los fariseos habían hecho
circular falsas declaraciones acerca de las más maravillosas manifestaciones
del poder de Dios. Cuando Cristo
devolvió la vida a la hija de Jairo, había dicho: "La muchacha no es
muerta, mas duerme." Como ella había estado enferma tan sólo un corto
tiempo y fue resucitada inmediatamente después de su muerte, los fariseos
declararon que la niña no había muerto; que Cristo mismo había dicho que estaba
tan sólo dormida. Habían tratado de dar
la impresión de que Cristo no podía sanar a los enfermos, que había engaños en
sus milagros. Pero en este caso, nadie
podía negar que Lázaro había muerto.
Cuando el Señor está por hacer una obra, Satanás
induce a alguno a objetar. "Quitad
la piedra," dijo Cristo. En cuanto
sea posible, preparad el camino para mi obra.
Pero la naturaleza positiva y ambiciosa de Marta se manifestó. Ella no quería que el cuerpo ya en
descomposición fuese expuesto a las miradas.
El corazón humano es tardo para comprender las palabras de Cristo, y la
fe de Marta no había asimilado el verdadero significado de su promesa.
Cristo reprendió a Marta, pero sus palabras fueron
pronunciadas con la mayor amabilidad. "¿No
te he dicho que, si creyeres, verás la gloria de Dios?" ¿Por qué habríais
de dudar de mi poder ? ¿Por qué razonar contrariamente a mis requerimientos?
Tenéis mi palabra. Si queréis creer,
veréis la gloria de Dios. Las
imposibilidades naturales no pueden impedir la obra del Omnipotente. El escepticismo y la incredulidad no son
humildad. La creencia implícita en la
palabra de Cristo es verdadera humildad, verdadera entrega propia.
"Quitad la piedra." Cristo podría haber
ordenado a la piedra que se apartase, y habría obedecido a su voz. Podría haber ordenado a los ángeles que
estaban a su lado que la sacasen. A su
orden, manos invisibles habrían removido la piedra. Pero había de ser sacada por manos humanas. Así Cristo quería mostrar que la humanidad
ha de cooperar con la divinidad. No se
pide al poder divino que haga lo que el poder humano puede hacer. Dios no hace a un lado la ayuda del hombre. Le fortalece y coopera con él mientras
emplea las facultades y capacidades que se le dan. La orden se cumplió. La
piedra fue puesta a un lado. Todo fue
hecho abierta y deliberadamente. Se dio a todos oportunidad de ver que no
había engaño. Allí estaba el cuerpo de
Lázaro en su tumba rocosa, frío y silencioso en la muerte. Los clamores de los plañidores se acallan. Sorprendida y expectante, la congregación
está alrededor del sepulcro, esperando lo que ha de seguir.
Sereno, Cristo está de pie delante de la tumba. Una solemnidad sagrada descansa sobre todos
los presentes. Cristo se acerca aun más
al sepulcro y, alzando los ojos al cielo, dice: "Padre, gracias te doy que
me has oído." No mucho tiempo antes de esto, los enemigos de Cristo le
habían acusado de blasfemia y habían recogido piedras para arrojárselas porque
aseveraba ser Hijo de Dios. Le acusaron
de realizar milagros por el poder de Satanás.
Pero aquí Cristo llama a Dios su Padre y con perfecta confianza declara
que es Hijo de Dios.
En todo lo que hacía, Cristo cooperaba con su Padre. Siempre se esmeraba por hacer evidente que
no realizaba su obra independientemente; era por la fe y la oración cómo hacía
sus milagros. Cristo deseaba que todos
conociesen su relación con su Padre. "Padre
--dijo,-- gracias te doy que me has oído.
Que yo sabía que siempre me oyes; mas por causa de la compañía que está
alrededor, lo dije, para que crean que tú me has enviado." En esta
ocasión, los discípulos y la gente iban a recibir la evidencia más convincente
de la relación que existía entre Cristo y Dios. Se les había de demostrar que el aserto de Cristo no era una
mentira.
"Y habiendo dicho estas cosas, clamó a gran voz:
Lázaro, ven fuera. "Su voz, clara
y penetrante, entra en los oídos del muerto.
La divinidad fulgura a través de la humanidad. En su rostro, iluminado por la gloria de Dios, la gente ve la
seguridad de su poder. Cada ojo está
fijo en la entrada de la cueva. Cada oído
está atento al menor sonido. Con
interés intenso y doloroso, aguardan todos la prueba de la divinidad de Cristo,
la evidencia que ha de comprobar su aserto de que es Hijo de Dios, o extinguir
esa esperanza para siempre. Hay
agitación en la tumba silenciosa, y el que estaba muerto se pone de pie a la
puerta del sepulcro. Sus movimientos
son trabados por el sudario en que fuera puesto, y Cristo dice a los
espectadores asombrados: "Desatadle, y dejadle ir." Vuelve a serles
demostrado que el obrero humano ha de cooperar con Dios. La humanidad ha de trabajar por la humanidad. Lázaro queda libre, y está de pie ante la
congregación, no demacrado por la enfermedad, ni con miembros débiles y
temblorosos, sino como un hombre en la flor de la vida, provisto de una noble
virilidad. Sus ojos brillan de
inteligencia y de amor por su Salvador.
Se arroja a los pies de Jesús para adorarle.
Los espectadores quedan al principio mudos de asombro. Luego sigue una inefable escena de regocijo y agradecimiento. Las hermanas reciben a su hermano vuelto a la vida como el don de Dios, y con lágrimas de gozo expresan en forma entrecortada su agradecimiento al Salvador. Y mientras el hermano, las hermanas y los amigos se regocijan en esta reunión, Jesús se retira de la escena. Cuando buscan al Dador de la vida, no le pueden hallar.