CAPÍTULO 53. EL ULTIMO VIAJE DESDE GALILEA
AL ACERCARSE el fin de su ministerio, cambió Jesús su
manera de trabajar. Antes, había
procurado rehuir la excitación y la publicidad. Había rehusado el homenaje del pueblo y pasado rápidamente de un
lugar a otro cuando el entusiasmo popular en su favor parecía volverse
ingobernable. Vez tras vez había
ordenado que nadie declarase que él era el Cristo.
En ocasión de la fiesta de las cabañas, su viaje a
Jerusalén fue hecho secreta y apresuradamente.
Cuando sus hermanos le instaron a presentarse públicamente como el
Mesías, contestó: "Mi tiempo aún no ha venido.' Hizo su viaje a Jerusalén
sin ser notado, y entró en la ciudad sin ser anunciado ni honrado por la
multitud. Pero no sucedió así en
ocasión de su último viaje. Había
abandonado a Jerusalén por una temporada a causa de la malicia de los
sacerdotes y rabinos. Pero ahora
regresó de la manera más pública, por una ruta tortuosa y precedido de un
anuncio de su venida, que no había permitido antes. Estaba marchando hacia el escenario de su gran sacrificio, hacia
el cual la atención del pueblo debía dirigirse.
"Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto,
así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado." Como los ojos de
todo Israel se habían dirigido a la serpiente levantada, símbolo de su
curación, así los ojos debían ser atraídos a Cristo, el sacrificio que traería
salvación al mundo perdido.
Era un concepto falso de la obra del Mesías y una
falta de fe en el carácter divino de Jesús, lo que había inducido a sus
hermanos a instarle a presentarse públicamente al pueblo en ocasión de la
fiesta de las cabañas. Ahora, con un
espíritu análogo a éste, los discípulos quisieron impedirle hacer el viaje a
Jerusalén. Recordaban sus palabras
referentes a lo que había de sucederle allí, conocían la hostilidad implacable
de los dirigentes religiosos, y de buena gana hubieran disuadido a su Maestro
de ir allá.
Para el corazón de Cristo, era una prueba amarga
avanzar contra los temores, los desengaños y la incredulidad de sus amados
discípulos. Era duro llevarlos
adelante, a la angustia y desesperación que les aguardaban en Jerusalén. Y Satanás estaba listo para apremiar con sus
tentaciones al Hijo del hombre. ¿Por
qué iría ahora a Jerusalén, a una muerte segura? En todo su derredor había
almas hambrientas del pan de vida. Por
todas partes había dolientes que aguardaban su palabra sanadora. La obra que había de realizarse mediante el
Evangelio de su gracia sólo había comenzado.
Y él estaba lleno de vigor, en la flor de su virilidad. ¿Por qué no se dirigiría hacia los vastos
campos del mundo con las palabras de su gracia, el toque de su poder curativo?
¿Por qué no tendría el gozo de impartir luz y alegría a aquellos entenebrecidos
y apenados millones? ¿Por qué dejaría la siega de esas multitudes a sus
discípulos, tan faltos de fe, tan embotados de entendimiento, tan lentos para
obrar? ¿Por qué habría de arrostrar la muerte ahora y abandonar la obra en sus
comienzos? El enemigo que había hecho frente a Cristo en el desierto le asaltó
ahora con fieras y sutiles tentaciones.
Si Jesús hubiese cedido por un momento, si hubiese cambiado su conducta
en lo mínimo para salvarse, los agentes de Satanás hubieran triunfado y el
mundo se hubiera perdido.
Pero Jesús 'afirmó su rostro para ir a
Jerusalén." La única ley de su vida era la voluntad del Padre. Cuando visitó el templo en su niñez, le dijo
a María: "¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me conviene
estar?" En Caná, cuando María deseaba que él revelara su poder milagroso,
su respuesta fue: "Aun no ha venido mi hora." Con las mismas palabras
respondió a sus hermanos cuando le instaban a ir a la fiesta. Pero en el gran plan de Dios había sido
señalada la hora en que debía ofrecerse por los pecados de los hombres, y esa
hora estaba por sonar. El no quería
faltar ni vacilar. Sus pasos se
dirigieron a Jerusalén, donde sus enemigos habían tramado desde hacía mucho
tiempo quitarle la vida; ahora la depondría.
Afirmó su rostro para ir hacia la persecución, la negación, el
rechazamiento, la condenación y la muerte.
"Y envió mensajeros delante de sí, los cuales
fueron y entraron en una ciudad de los samaritanos, para prevenirle." Pero
los habitantes rehusaron recibirle, porque estaba en camino a Jerusalén. Interpretaron que esto significaba que
Cristo manifestaba preferencia por los judíos, a quienes ellos aborrecían con
acerbo odio. Si él hubiese venido a
restaurar el templo y el culto en el monte Gerizim, le hubieran recibido
alegremente; pero iba en camino a Jerusalén, y no quisieron darle hospitalidad. ¡Cuán poco comprendieron que estaban
cerrando sus puertas al mejor don del cielo! Jesús invitaba a los hombres a
recibirle, les pedía favores, para poder acercarse a ellos y otorgarles las más
ricas bendiciones. Por cada favor que
se le hacía, devolvía una merced más valiosa.
Pero aquellos samaritanos lo perdieron todo por su prejuicio y
fanatismo.
Santiago y Juan, los mensajeros de Cristo, se
sintieron vejados por el insulto inferido a su Señor. Se llenaron de indignación porque él había sido tratado tan
rudamente por los samaritanos a quienes estaba honrando con su presencia. Poco antes, habían estado con él en el monte
de la transfiguración, y le habían visto glorificado por Dios y honrado por
Moisés y Elías. Pensaban que esta
manifiesta deshonra de parte de los samaritanos, no debía pasarse por alto sin
un notable castigo.
Al volver a Cristo, le comunicaron las palabras de
los habitantes del pueblo, diciéndole que habían rehusado darle siquiera
albergue para la noche. Pensaban que se
le había hecho un enorme agravio, y al ver en lontananza el monte Carmelo,
donde Elías había matado a los falsos profetas, dijeron: "¿Quieres que
mandemos que descienda fuego del cielo, y los consuma, como hizo Elías?"
Se sorprendieron cuando vieron que Jesús se apenaba por sus palabras, y se
sorprendieron aun más cuando oyeron su reproche: "Vosotros no sabéis de
qué espíritu sois; porque el Hijo del hombre no ha venido para perder las almas
de los hombres, sino para salvarlas."
No es parte de la misión de Cristo obligar a los
hombres a recibirle. Satanás, y los
hombres impulsados por su espíritu son quienes procuran violentar las conciencias. Pretextando celo por la justicia, los
hombres que están confederados con los ángeles malos acarrean sufrimientos a
sus prójimos, a fin de convertirlos a sus ideas religiosas; pero Cristo está
siempre manifestando misericordia, siempre procura conquistarlos por la
revelación de su amor. El no puede
admitir un rival en el alma ni aceptar un servicio parcial; pero desea
solamente un servicio voluntario, la entrega voluntaria del corazón, bajo la
compulsión del amor. No puede haber una
evidencia más concluyente de que poseemos el espíritu de Satanás que el deseo
de dañar y destruir a los que no aprecian nuestro trabajo u obran
contrariamente a nuestras ideas.
Todo ser humano pertenece a Dios en cuerpo, alma y
espíritu. Cristo murió para redimir a
todos. Nada puede ser más ofensivo para
Dios que el hecho de que los hombres, por fanatismo religioso, ocasionen
sufrimientos a quienes son adquisición de la sangre del Salvador.
"Y partiéndose de allí, vino a los términos de
Judea y tras el Jordán: y volvió el pueblo a juntarse a él; -y de nuevo les
enseñaba como solía."
Gran parte de los meses finales del ministerio de
Cristo se pasó en Perea, la provincia "tras el Jordán" con respecto a
Judea. Allí la multitud se agolpaba a
su paso, como en los primeros días de su ministerio en Galilea, y él repitió
mucha de su enseñanza anterior.
Así como enviara a los doce, "designó el Señor
aun otros setenta, los cuales envió de dos en dos delante de sí, a toda ciudad
y lugar a donde él había de venir." Estos discípulos habían estado algún
tiempo con él, preparándose para su trabajo.
Cuando los doce fueron enviados a su primera jira misionera, otros
discípulos acompañaron a Jesús en su viaje por Galilea. Allí tuvieron ocasión de asociarse
íntimamente con él y de recibir instrucción personal directa. Ahora este grupo mayor también había de
partir en una misión por separado.
Las indicaciones hechas a los setenta fueron
similares a las que habían sido dadas a los doce; pero la orden impartida a los
doce de no entrar en ninguna ciudad de gentiles o samaritanos, no fue dada a
los setenta. Aunque Cristo acababa de
ser rechazado por los samaritanos, su amor hacia ellos era inalterable. Cuando los setenta partieron en su nombre,
visitaron ante todo las ciudades de Samaria.
La visita del Salvador mismo a Samaria, y más tarde
la alabanza al buen samaritano y el gozo agradecido del leproso samaritano,
quien de entre diez fue el único que volvió para dar gracias a Cristo, fueron
hechos de mucho significado para los discípulos. La lección penetró profundamente en el corazón de ellos. Al comisionarlos inmediatamente antes de su
ascensión, Jesús mencionó a Samaria junto con Jerusalén y Judea como los
lugares donde debían predicar primeramente el Evangelio. Su enseñanza los había preparado para
cumplir esta comisión. Cuando en el
nombre de su Señor fueron ellos a Samaria, hallaron a la gente lista para
recibirlos. Los samaritanos se habían
enterado de las palabras de alabanza de Cristo y de sus obras de misericordia
en favor de hombres de su nación. Vieron
que a pesar del trato rudo que le habían dado él tenía solamente pensamientos
de amor hacia ellos, y sus corazones fueron ganados. Después de su ascensión, dieron la bienvenida a los mensajeros
del Salvador, y los discípulos cosecharon una preciosa mies de entre aquellos
que habían sido antes sus más acerbos enemigos. "No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que
humeare: sacará el juicio a verdad." "Y en su nombre esperarán los
gentiles."
Al enviar a los setenta, Jesús les ordenó, como lo
había ordenado a los doce, no insistir en estar donde no fueran bienvenidos. "En cualquier ciudad donde entrareis, y
no os recibieren --les dijo,-- saliendo por sus calles decid: Aun el polvo que
se nos ha pegado de vuestra ciudad a nuestros pies, sacudimos en vosotros: esto
empero sabed, que el reino de los cielos se ha llegado a vosotros." No
debían hacer esto por resentimiento o porque se hubiese herido su dignidad,
sino para mostrar cuán grave es rechazar el mensaje del Señor o a sus mensajeros. Rechazar a los siervos del Señor es rechazar
a Cristo mismo.
"Y os digo --añadió Jesús-- que los de Sodoma
tendrán más remisión aquel día, que aquella ciudad." Y recordó los pueblos
de Galilea donde había cumplido la mayor parte de su ministerio. Con acento de profunda tristeza exclamó:
"¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! que si en Tiro y en Sidón
hubieran sido hechas las maravillas que se han hecho en vosotras, ya días ha
que, sentados en cilicio y ceniza, se habrían arrepentido. Por tanto, Tiro y Sidón tendrán más remisión
que vosotras en el juicio. Y tú,
Capernaúm, que hasta los cielos estás levantada, hasta los infiernos serás
bajada."
Las más ricas bendiciones del cielo habían sido
ofrecidas gratuitamente a aquellos activos pueblos próximos al mar de Galilea. Día tras día, el Príncipe de la vida había
entrado y salido entre ellos. La gloria
de Dios, que profetas y reyes habían anhelado ver, había brillado sobre las
multitudes que se agolpaban en el camino del Salvador. Sin embargo, habían rechazado el Don
celestial.
Con gran ostentación de prudencia, los rabinos habían
amonestado al pueblo contra la aceptación de las nuevas doctrinas enseñadas por
este nuevo maestro; porque sus teorías y prácticas contradecían las enseñanzas
de los padres. El pueblo dio crédito a
lo que enseñaban los sacerdotes y fariseos, en lugar de procurar entender por
sí mismo la Palabra de Dios. Honraba a
los sacerdotes y gobernantes en vez de honrar a Dios, y rechazó la verdad a fin
de conservar sus propias tradiciones. Muchos
habían sido impresionados y casi persuadidos; pero no habían obrado de acuerdo
con sus convicciones, y no eran contados entre los partidarios de Cristo. Satanás presentó sus tentaciones, hasta que
la luz les pareció tinieblas. Así
muchos rechazaron la verdad que hubiera tenido como resultado la salvación de
su alma.
El Testigo verdadero dice: "He aquí, yo estoy a
la puerta y llamo." Toda amonestación, reprensión y súplica de la Palabra
de Dios o de sus mensajeros es un llamamiento a la puerta del corazón. Es la voz de Jesús que procura entrada. Con cada llamamiento desoído se debilita la
inclinación a abrir. Si hoy son
despreciadas las impresiones del Espíritu Santo, mañana no serán tan fuertes. El corazón se vuelve menos sensible y cae en
una peligrosa inconsciencia en cuanto a lo breve de la vida frente a la gran
eternidad venidera. Nuestra condenación
en el juicio no se deberá al hecho de que hayamos estado en el error, sino al
hecho de haber descuidado las oportunidades enviadas por el cielo para que
aprendiésemos lo que es la verdad.
A semejanza de los apóstoles, los setenta habían
recibido dones sobrenaturales como sello de su misión. Cuando terminaron su obra, volvieron con
gozo, diciendo: "Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre."
Jesús respondió: "Yo veía a Satanás, como un rayo, que caía del
cielo."
Escenas pasadas y futuras se presentaron a la mente
de Jesús. Vio a Lucifer cuando fue
arrojado por primera vez de los lugares celestiales. Miró hacia adelante a las escenas de su propia agonía, cuando el
carácter del engañador sería expuesto a todos los mundos. Oyó el clamor: "Consumado es," el
cual anunciaba que la redención de la raza caída quedaba asegurada para
siempre, que el cielo estaba eternamente seguro contra las acusaciones, los
engaños y las pretensiones de Satanás.
Más allá de la cruz del Calvario, con su agonía y
vergüenza, Jesús miró hacia el gran día final, cuando el príncipe de las
potestades del aire será destruido en la tierra durante tanto tiempo mancillada
por su rebelión. Contempló la obra del
mal terminada para siempre, y la paz de Dios llenando el cielo y la tierra.
En lo venidero, los seguidores de Cristo habían de
mirar a Satanás como a un enemigo vencido.
En la cruz, Cristo iba a ganar la victoria para ellos; deseaba que se
apropiasen de esa victoria. "He
aquí --dijo él-- os doy potestad de hollar sobre las serpientes y sobre los
escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará."
El poder omnipotente del Espíritu Santo es la defensa
de toda alma contrita. Cristo no
permitirá que pase bajo el dominio del enemigo quien haya pedido su protección
con fe y arrepentimiento. El Salvador
está junto a los suyos que son tentados y probados. Con él no puede haber fracaso, pérdida, imposibilidad o derrota;
podemos hacer todas las cosas mediante Aquel que nos fortalece. Cuando vengan las tentaciones y las pruebas,
no esperéis arreglar todas las dificultades, sino mirad a Jesús, vuestro
ayudador.
Hay cristianos que piensan y hablan demasiado del
poder de Satanás. Piensan en su
adversario, oran acerca de él, hablan de él y parece agrandarse más y más en su
imaginación. Es verdad que Satanás es
un ser fuerte; pero, gracias a Dios, tenemos un Salvador poderoso que arrojó
del cielo al maligno. Satanás se goza cuando
engrandecemos su poder. ¿Por qué no
hablamos de Jesús? ¿Por qué no magnificamos su poder y su amor?
El arco iris de la promesa que circuye el trono de lo
alto es un testimonio eterno de que "de tal manera amó Dios al mundo, que
ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda,
mas tenga vida eterna." Atestigua al universo que nunca abandonará Dios a
su pueblo en la lucha contra el mal. Es
una garantía para nosotros de que contaremos con fuerza y protección mientras dure
el trono.
Jesús añadió: "Mas no os gocéis de esto, que los
espíritus se os sujetan; antes gozaos de que vuestros nombres están escritos en
los cielos." No os gocéis por el hecho de que poseéis poder, no sea que
perdáis de vista vuestra dependencia de Dios.
Tened cuidado, no sea que os creáis suficientes y obréis por vuestra
propia fuerza, en lugar de hacerlo por el espíritu y la fuerza de vuestro Señor. El yo está siempre listo para atribuirse el
mérito por cualquier éxito alcanzado. Se
lisonjea y exalta al yo, y no se graba en otras mentes la verdad de que Dios es
todo y en todos. El apóstol Pablo dice:
"Porque cuando soy flaco, entonces soy poderoso.' Cuando nos percatamos de
nuestra debilidad, aprendemos a no depender de un poder inherente. Nada puede posesionarse tan fuertemente del
corazón como el sentimiento permanente de nuestra responsabilidad ante Dios
Nada alcanza tan plenamente a los motivos más profundos de la conducta como la
sensación del amor perdonador de Cristo.
Debemos ponernos en comunión con Dios; entonces seremos dotados de su
Espíritu Santo, el cual nos capacita para relacionarnos con nuestros semejantes. Por lo tanto, gozaos de que mediante Cristo
habéis sido puestos en comunión con Dios, como miembros de la familia celestial. Mientras miréis más arriba que vosotros
mismos, tendréis un sentimiento continuo de la flaqueza de la humanidad. Cuanto menos apreciéis el yo, más clara y
plena será vuestra comprensión de la excelencia de vuestro Salvador. Cuanto más estrechamente os relacionéis con
la fuente de luz y poder, mayor luz brillará sobre vosotros y mayor poder
tendréis para trabajar por Dios. Gozaos
porque sois uno con Dios, uno con Cristo y con toda la familia del cielo.
Mientras los setenta escuchaban las palabras de
Cristo, el Espíritu Santo impresionaba sus mentes con las realidades vivientes
y escribía la verdad en las tablas del alma.
Aunque los cercaban multitudes, estaban como a solas con Dios.
Conociendo que ellos habían sido dominados por la
inspiración de la hora, "Jesús se alegró en espíritu, y dijo: Yo te alabo,
oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, que escondiste estas cosas a los
sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños: así, Padre, porque así
te agradó. Todas las cosas me son
entregadas de mi Padre: y nadie sabe quién sea el Hijo sino el Padre; ni quién
sea el Padre, sino el Hijo, y a quien el Hijo lo quisiere revelar."
Los hombres honrados por el mundo, los así llamados grandes
y sabios, con su alardeada sabiduría, no podían comprender el carácter de
Cristo. Le juzgaban por la apariencia
exterior, por la humillación que le cupo como ser humano. Pero a los pescadores y publicanos les había
sido dado ver al Invisible. Aun los
discípulos no podían comprender todo lo que Jesús deseaba revelarles; pero a
veces, cuando se entregaban al poder del Espíritu Santo, se iluminaban sus
mentes. Comprendían que el Dios
poderoso, revestido de humanidad, estaba entre ellos. Jesús se regocijó porque, aunque los sabios y prudentes no tenían
este conocimiento, había sido revelado a aquellos hombres humildes. A menudo, mientras él había presentado las
Escrituras del Antiguo Testamento, y les había mostrado como se aplicaban a él
y a su obra de expiación, ellos habían sido despertados por su Espíritu y
elevados a una atmósfera celestial. Tenían
una comprensión más clara de las verdades espirituales habladas por los
profetas que sus mismos autores. En
adelante habrían de leer las Escrituras del Antiguo Testamento, no como las
doctrinas de los escribas y fariseos, no como las declaraciones de sabios que
habían muerto, sino como una nueva revelación de Dios. Veían a Aquel "al cual el mundo no
puede recibir, porque no le ve, ni le conoce: mas vosotros le conocéis; porque
está con vosotros, y será en vosotros."
Lo único que nos permite obtener una comprensión más
perfecta de la verdad consiste en que mantengamos nuestro corazón enternecido y
sojuzgado por el Espíritu de Cristo. El
alma debe ser limpiada de la vanidad y el orgullo, y vaciada de todo lo que la
domina; y Cristo debe ser entronizado en ella.
La ciencia humana es demasiado limitada para comprender el sacrificio
expiatorio. El plan de la redención es demasiado
abarcante para que la filosofía pueda explicarlo. Será siempre un misterio insondable para el razonamiento más
profundo. La ciencia de la salvación no
puede ser explicada; pero puede ser conocida por experiencia. Solamente el que ve su propio carácter
pecaminoso puede discernir la preciosidad del Salvador.
Las lecciones que Jesús enseñaba mientras iba
lentamente de Galilea a Jerusalén estaban llenas de instrucción. El pueblo escuchaba ansiosamente sus
palabras. En Perea y Galilea, el pueblo
no estaba tan dominado por el fanatismo de los judíos como en Judea, y las
enseñanzas de Cristo hallaban cabida en los corazones.
Presentó muchas de sus parábolas durante estos
últimos meses de su ministerio. Los
sacerdotes y rabinos le perseguían cada vez más acerbamente, y las
amonestaciones que les dirigiera iban veladas en símbolos. Ellos no podían dejar de entender lo que
quería decir, aunque no podían hallar en que fundar una acusación contra él. En la parábola del fariseo y el publicano,
la suficiencia propia manifestada en la oración: "Dios, te doy gracias,
que no soy como los otros hombres," contrastaba vívidamente con la
plegaria del penitente: "Dios, sé propicio a mí pecador." Así censuró
Cristo la hipocresía de los judíos. Y
bajo las figuras de la higuera estéril y de la gran cena predijo la sentencia
que estaba por caer sobre la nación impenitente. Los que habían rechazado desdeñosamente la invitación al banquete
evangélico, oyeron sus palabras de amonestación: "Porque os digo que
ninguno de aquellos hombres que fueron llamados, gustará mi cena."
Muy preciosas eran las instrucciones impartidas a los
discípulos. La parábola de la viuda
importuna y del amigo que pedía pan a medianoche, dieron nueva fuerza a sus
palabras "Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y os será
abierto." Y a menudo la vacilante fe de ellos fue fortalecida recordando
las palabras que Cristo había dicho: "¿Y Dios no hará justicia a sus
escogidos, que claman a él día y noche, aunque sea longánime acerca de ellos?
Os digo que los defenderá presto."
Cristo repitió la hermosa parábola de la oveja perdida. Y dio aun mayor alcance a su lección cuando habló de la dracma perdida y del hijo pródigo. Los discípulos no podían apreciar entonces toda la fuerza de estas lecciones; pero después del derramamiento del Espíritu Santo, cuando vieron la conversión de numerosos gentiles y la ira envidiosa de los judíos, comprendieron mejor la lección del hijo pródigo, y pudieron participar del gozo de las palabras de Cristo: "Mas era menester hacer fiesta y holgarnos;" "porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; habíase perdido, y es hallado.' Y cuando salieron en el nombre de su Señor, arrostrando reproches, pobreza y persecución, confortaban a menudo sus corazones repitiendo su mandato: "No temáis, manada pequeña; porque al Padre ha placido daros el reino. Vended lo que poseéis, y dad limosna; haceos bolsas que no se envejecen, tesoro en los cielos que nunca falta; donde ladrón no llega, ni polilla corrompe. Porque donde está vuestro tesoro, allí también estará vuestro corazón.'