COMO cuarenta días después del nacimiento de Jesús,
José y María le llevaron a Jerusalén, para presentarle al Señor y ofrecer
sacrificio. Ello estaba de acuerdo con
la ley judaica, y como substituto del hombre, Jesús debía conformarse a la ley
en todo detalle. Ya había sido sometido
al rito de la circuncisión, en señal de su obediencia a la ley.
Como ofrenda a favor de la madre, la ley exigía un
cordero de un año como holocausto, y un pichón de paloma como ofrenda por el
pecado. Pero la ley estatuía que si los
padres eran demasiado pobres para traer un cordero, podía aceptarse un par de
tórtolas o de pichones de palomas, uno para holocausto y el otro como ofrenda
por el pecado.
Las ofrendas presentadas al Señor debían ser sin
mácula. Estas ofrendas representaban a
Cristo, y por ello es evidente que Jesús mismo estaba exento de toda deformidad
física. Era el "cordero sin mancha
y sin contaminación.' Su organismo físico no era afeado por defecto alguno; su
cuerpo era sano y fuerte. Y durante
toda su vida vivió en conformidad con las leyes de la naturaleza. Tanto física como espiritualmente, era un
ejemplo de lo que Dios quería que fuese toda la humanidad mediante la
obediencia a sus leyes.
La dedicación de los primogénitos se remontaba a los
primeros tiempos. Dios había prometido
el Primogénito del cielo para salvar al pecador. Este don debía ser reconocido en toda familia por la consagración
del primer hijo. Había de ser dedicado
al sacerdocio, como representante de Cristo entre los hombres.
Cuando Israel fue librado de Egipto, la dedicación de
los primogénitos fue ordenada de nuevo.
Mientras los hijos de Israel servían a los egipcios, el Señor indicó a
Moisés que fuera al rey de Egipto y le dijera: "Jehová ha dicho así:
Israel es mi hijo, mi primogénito. Ya
te he dicho que dejes ir a mi hijo para que me sirva, mas no has querido
dejarlo ir: he aquí yo voy a matar a tu hijo, tu primogénito."
Moisés dio su mensaje; pero la respuesta del
orgulloso monarca fue: "¿Quién es Jehová, para que yo oiga su voz y deje
ir a Israel? Yo no conozco a Jehová, ni tampoco dejaré ir a Israel."
Jehová obró en favor de su pueblo mediante señales y prodigios, y envió
terribles juicios sobre el faraón. Por
fin el ángel destructor recibió la orden de matar a los primogénitos de hombres
y animales de entre los egipcios. A fin
de que fuesen perdonados, los israelitas recibieron la indicación de rociar sus
dinteles con la sangre de un cordero inmolado.
Cada casa había de ser señalada, a fin de que cuando pasase el ángel en
su misión de muerte, omitiera los hogares de los israelitas.
Después de enviar este castigo sobre Egipto, Jehová
dijo a Moisés: "Santifícame todo primogénito, ...así de los hombres como
de los animales: mío es." "Porque ...desde el día que yo maté todos
los primogénitos en la tierra de Egipto, yo santifiqué a mí todos los
primogénitos en Israel, así de hombres como de animales: míos serán: Yo
Jehová." Una vez establecido el servicio del tabernáculo, el Señor eligió
a la tribu de Leví en lugar de los primogénitos de todo Israel, para que
sirviese en su santuario. Pero debía
seguir considerándose a los primogénitos como propiedad del Señor, y debían ser
redimidos por rescate.
Así que la ley de presentar a los primogénitos era
muy significativa. Al par que
conmemoraba el maravilloso libramiento de los hijos de Israel por el Señor,
prefiguraba una liberación mayor que realizaría el unigénito Hijo de Dios. Así como la sangre rociada sobre los
dinteles había salvado a los primogénitos de Israel, tiene la sangre de Cristo
poder para salvar al mundo.
¡Cuánto significado tenía, pues, la presentación de
Cristo! Mas el sacerdote no vio a través del velo; no leyó el misterio que
encubría. La presentación de los niños
era escena común. Día tras día, el
sacerdote recibía el precio del rescate al ser presentados los niños a Jehová. Día tras día cumplía con la rutina de su
trabajo, casi sin prestar atención a padres o niños, a menos que notase algún
indicio de riqueza o de alta posición social en los padres. José y María eran pobres; y cuando vinieron
con el niño, el sacerdote no vio sino a un hombre y una mujer vestidos como los
galileos, y con las ropas más humildes.
No había en su aspecto nada que atrajese la atención, y presentaban tan
sólo la ofrenda de las clases más pobres.
El sacerdote cumplió la ceremonia oficial. Tomó al niño en sus brazos, y le sostuvo
delante del altar. Después de
devolverlo a su madre, inscribió el nombre "Jesús" en el rollo de los
primogénitos. No sospechó, al tener al
niñito en sus brazos, que se trataba de la Majestad del Cielo, el Rey de Gloria. No pensó que ese niño era Aquel de quien
Moisés escribiera: "El Señor vuestro Dios os levantará profeta de vuestros
hermanos, como yo; a él oiréis en todas las cosas que os hablare." No
pensó que ese niño era Aquel cuya gloria Moisés había pedido ver. Pero el que estaba en los brazos del
sacerdote era mayor que Moisés; y cuando dicho sacerdote registró el nombre del
niño, registró el nombre del que era el fundamento de toda la economía judaica. Este nombre había de ser su sentencia de
muerte; pues el sistema de sacrificios y ofrendas envejecía; el tipo había
llegado casi a su prototipo, la sombra a su substancia.
La presencia visible de Dios se había apartado del
santuario, mas en el niño de Belén estaba velada la gloria ante la cual los
ángeles se postran. Este niño
inconsciente era la Simiente prometida, señalada por el primer altar erigido
ante la puerta del Edén. Era Shiloh, el
pacificador. Era Aquel que se
presentara a Moisés como el YO SOY. Era
Aquel que, en la columna de nube y de fuego, había guiado a Israel. Era Aquel, que de antiguo predijeran los
videntes. Era el Deseado de todas las
gentes, la Raíz, la Posteridad de David, la brillante Estrella de la Mañana. El nombre de aquel niñito impotente,
inscrito en el registro de Israel como Hermano nuestro, era la esperanza de la
humanidad caída. El niño por quien se
pagara el rescate era Aquel que había de pagar la redención de los pecados del
mundo entero. Era el verdadero
"gran sacerdote sobre la casa de Dios," la cabeza de "un
sacerdocio inmutable," el intercesor "a la diestra de la Majestad en
las alturas."
Las cosas espirituales se disciernen espiritualmente. En el templo, el Hijo de Dios fue dedicado a
la obra que había venido a hacer. El
sacerdote le miró como a cualquier otro niño.
Pero aunque él no vio ni sintió nada insólito, el acto de Dios al dar a
su Hijo al mundo no pasó inadvertido. Esta
ocasión no pasó sin algún reconocimiento del Cristo. "Había un hombre en Jerusalem, llamado Simeón, y este
hombre, justo y pío, esperaba la consolación de Israel: y el Espíritu Santo era
sobre él. Y había recibido respuesta
del Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Cristo del
Señor."
Al entrar Simeón en el templo, vio a una familia que
presentaba su primogénito al sacerdote.
Su aspecto indicaba pobreza; pero Simeón comprendió las advertencias del
Espíritu, y tuvo la profunda impresión de que el niño presentado al Señor era
la Consolación de Israel, Aquel a quien tanto había deseado ver. Para el sacerdote asombrado, Simeón era un
hombre arrobado en éxtasis. El niño
había sido devuelto a María, y él lo tomó en sus brazos y lo presentó a Dios,
mientras que inundaba su alma un gozo que nunca sintió antes. Mientras elevaba al Niño Salvador hacia el
cielo, exclamó: "Ahora despides, Señor, a tu siervo, conforme a tu
palabra, en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has aparejado
en presencia de todos los pueblos; luz para ser revelada a los Gentiles, y la
gloria de tu pueblo Israel."
El espíritu de profecía estaba sobre este hombre de Dios,
y mientras que José y María permanecían allí, admirados de sus palabras, los
bendijo, y dijo a María: "He aquí, éste es puesto para caída y para
levantamiento de muchos en Israel; y para señal a la que será contradicho
[blanco de contradicción, V. M.]; y una
espada traspasará tu alma de ti misma, para que sean manifestados los
pensamientos de muchos corazones."
También Ana la profetisa vino y confirmó el
testimonio de Simeón acerca de Cristo. Mientras
hablaba Simeón, el rostro de ella se iluminó con la gloria de Dios, y expresó
su sentido agradecimiento por habérsele permitido contemplar a Cristo el Señor.
Estos humildes adoradores no habían estudiado las
profecías en vano. Pero los que
ocupaban los puestos de gobernantes y sacerdotes en Israel, aunque habían
tenido delante de sí los preciosos oráculos proféticos, no andaban en el camino
del Señor, y sus ojos no estaban abiertos para contemplar la Luz de la vida.
Así sucede todavía.
Pasan inadvertidos para los dirigentes religiosos y para los que adoran
en la casa de Dios, acontecimientos en los cuales se concentra la atención de
todo el cielo. Los hombres reconocen a
Cristo en la historia mientras se apartan del Cristo viviente. El Cristo que en su Palabra invita a la
abnegación, el que está en los pobres y dolientes que suplican ayuda, en la
causa justa que entraña pobreza, trabajos y oprobio, no es recibido más
ávidamente hoy que hace mil ochocientos años.
María reflexionó en la amplia y profunda profecía de
Simeón. Mientras miraba al niño que
tenía en sus brazos, y recordaba las palabras de los pastores de Belén,
rebosaba de gozo agradecido y alegre esperanza. Las palabras de Simeón le recordaban las declaraciones proféticas
de Isaías: "Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de
sus raíces. Y reposará sobre él el
espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de
consejo y de fortaleza, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová.... Y será la justicia cinto de sus lomos, y la
fidelidad ceñidor de sus riñones." "El pueblo que andaba en tinieblas
vio gran luz: los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció
sobre ellos.... Porque un niño nos es
nacido, hijo nos es dado; y el principado sobre su hombro: y llamaráse su
nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz."
Sin embargo, María no entendía la misión de Cristo. En su profecía, Simeón lo había denominado
luz que iba a ser revelada a los gentiles, y gloria de Israel. Así también los ángeles habían anunciado el
nacimiento de Cristo como nuevas de gozo para todos los pueblos. Dios estaba tratando de corregir el estrecho
concepto de los judíos respecto de la obra del Mesías. Deseaba que le contemplasen, no sólo como el
libertador de Israel, sino como Redentor del mundo. Pero debían transcurrir muchos años antes de que la madre de
Jesús comprendiese la misión de él.
María esperaba el reinado del Mesías en el trono de
David, pero no veía el bautismo de sufrimiento por cuyo medio debía ganarlo. Simeón reveló el hecho de que el Mesías no
iba a encontrar una senda expedita por el mundo. En las palabras dirigidas a María: "Una espada traspasará tu
alma," Dios, en su misericordia, dio a conocer a la madre de Jesús la
angustia que por él ya había empezado a sufrir.
"He aquí -había dicho Simeón,- éste es puesto
para caída y para levantamiento de muchos en Israel; y para señal a la que será
contradicho." Deben caer los que quieren volverse a levantar. Debemos caer sobre la Roca y ser
quebrantados, antes que podamos ser levantados en Cristo. El yo debe ser destronado, el orgullo debe
ser humillado, si queremos conocer la gloria del reino espiritual. Los judíos no querían aceptar la honra que
se alcanza por la humillación. Por lo
tanto, no quisieron recibir a su Redentor.
Fue una señal contradicha.
"Para que sean manifestados los pensamientos de
muchos corazones." A la luz de la vida del Salvador, el corazón de cada
uno, aun desde el Creador hasta el príncipe de las tinieblas, será revelado. Satanás presentaba a Dios como un ser
egoísta y opresor, que lo pedía todo y no daba nada, que exigía el servicio de
sus criaturas para su propia gloria, sin hacer ningún sacrificio para su bien. Pero el don de Cristo revela el corazón del
Padre. Testifica que los pensamientos
de Dios hacia nosotros son "pensamientos de paz, y no de mal." Declara
que aunque el odio que Dios siente por el pecado es tan fuerte como la muerte,
su amor hacia el pecador es más fuerte que la muerte. Habiendo emprendido nuestra redención, no escatimará nada, por
mucho que le cueste, de lo que sea necesario para la terminación de su obra. No se retiene ninguna verdad esencial para
nuestra salvación, no se omite ningún milagro de misericordia, no se deja sin
empleo ningún agente divino. Se acumula
un favor sobre otro, una dádiva sobre otra.
Todo el tesoro del cielo está abierto a aquellos a quienes él trata de
salvar. Habiendo reunido las riquezas
del universo, y abierto los recursos de la potencia infinita, lo entrega todo
en las manos de Cristo y dice: Todas estas cosas son para el hombre. Úsalas para convencerlo de que no hay mayor
amor que el mío en la tierra o en el cielo.
Amándome hallará su mayor felicidad.
En la cruz del Calvario, el amor y el egoísmo se
encontraron frente a frente. Allí fue
hecha su manifestación culminante. Cristo
había vivido tan sólo para consolar y bendecir, y al darle muerte, Satanás
manifestó la perversidad de su odio contra Dios. Hizo evidente que el propósito verdadero de su rebelión era
destronar a Dios, y destruir a Aquel por quien el amor de Dios se manifestaba.
Por la vida y la muerte de Cristo, los pensamientos
de los hombres son puestos en evidencia.
Desde el pesebre hasta la cruz, la vida de Jesús fue una vocación de
entrega de sí mismo, y de participación en los sufrimientos. Reveló los propósitos de los hombres. Jesús vino con la verdad del cielo, y todos
los que escucharon la voz del Espíritu Santo fueron atraídos a él. Los que se adoraban a sí mismos pertenecían
al reino de Satanás. En su actitud
hacia Cristo, todos iban a demostrar en qué lado estaban. Y así cada uno pronuncia juicio sobre sí
mismo.
En el día del juicio final, cada alma perdida
comprenderá la naturaleza de su propio rechazamiento de la verdad. Se presentará la cruz y toda mente que fue
cegada por la transgresión verá su verdadero significado. Ante la visión del Calvario con su Víctima
misteriosa, los pecadores quedarán condenados.
Toda excusa mentirosa quedará anulada.
La apostasía humana aparecerá en su odioso carácter. Los hombres verán lo que fue su elección. Toda cuestión de verdad y error en la larga
controversia quedará entonces aclarada.
A juicio del universo, Dios quedará libre de toda culpa por la
existencia o continuación del mal. Se
demostrará que los decretos divinos no son accesorios al pecado. No había defecto en el gobierno de Dios, ni
causa de desafecto. Cuando los
pensamientos de todos los corazones sean revelados, tanto los leales como los
rebeldes se unirán para declarar: "Justos y verdaderos son tus caminos,
Rey de los santos. ¿Quién no te temerá,
oh Señor, y engrandecerá tu nombre? ...Porque tus juicios son
manifestados."