CAPÍTULO 48. ¿QUIÉN ES EL MAYOR?
AL VOLVER a Capernaúm, Jesús no se dirigió a los
lugares bien conocidos donde había enseñado a la gente, sino que con sus
discípulos buscó silenciosamente la casa que había de ser su hogar provisorio. Durante el resto de su estada en Galilea, se
proponía instruir a los discípulos más bien que trabajar por las multitudes.
Durante el viaje por Galilea, Cristo había procurado
otra vez preparar el ánimo de sus discípulos para las escenas que les esperaban. Les había dicho que debía subir a Jerusalén
para morir y resucitar. Y les había
anunciado el hecho extraño y terrible de que iba a ser entregado en manos de
sus enemigos. Los discípulos no
comprendían todavía sus palabras. Aunque
la sombra de un gran pesar había caído sobre ellos, el espíritu de rivalidad
subsistía en su corazón. Disputaban
entre sí acerca de quién sería el mayor en el reino. Pensaban ocultar la disensión a Jesús, y no se mantenían como de
costumbre cerca de él, sino que permanecían rezagados, de manera que él iba
adelante de ellos cuando entraron en Capernaúm. Jesús leía sus pensamientos y anhelaba aconsejarlos e instruirlos. Pero esperó para ello una hora de
tranquilidad, cuando estuviesen con el corazón dispuesto a recibir sus
palabras.
Poco después de llegar a la ciudad, el cobrador del
impuesto para el templo vino a Pedro preguntando: "¿Vuestro Maestro no
paga las dos dracmas?" Este tributo no era un impuesto civil, sino una
contribución religiosa exigida anualmente a cada judío para el sostén del
templo. El negarse a pagar el tributo
sería considerado como deslealtad al templo, lo que era en la estima de los
rabinos un pecado muy grave. La actitud
del Salvador hacia las leyes rabínicas, y sus claras reprensiones a los
defensores de la tradición, ofrecían un pretexto para acusarle de estar
tratando de destruir el servicio del templo.
Ahora sus enemigos vieron una oportunidad para desacreditarle. En el cobrador del tributo encontraron un
aliado dispuesto.
Pedro vio en la pregunta del cobrador una insinuación
de sospecha acerca de la lealtad de Cristo hacia el templo. Celoso del honor de su Maestro, contestó
apresuradamente, sin consultarle, que Jesús pagaría el tributo.
Pero Pedro había comprendido tan sólo parcialmente el
propósito del indagador. Ciertas clases
de personas estaban exentas de pagar el tributo. En el tiempo de Moisés, cuando los levitas fueron puestos aparte
para el servicio del santuario, no les fue dada herencia entre el pueblo. El Señor dijo: "Por lo cual Leví no
tuvo parte ni heredad con sus hermanos: Jehová es su heredad." En el
tiempo de Cristo, los sacerdotes y levitas eran todavía considerados como
dedicados especialmente al templo, y no se requería de ellos que diesen la
contribución anual para su sostén. También
los profetas estaban exentos de ese pago.
Al requerir el tributo de Jesús, los rabinos negaban su derecho como
profeta o maestro, y trataban con él como con una persona común. Si se negaba a pagar el tributo, ello sería
presentado como deslealtad al templo; mientras que por otro lado, el pago
justificaría la actitud que asumían al no reconocerle como profeta.
Tan sólo poco tiempo antes, Pedro había reconocido a
Jesús como el Hijo de Dios; pero ahora perdió la oportunidad de hacer resaltar
el carácter de su Maestro. Por su
respuesta al cobrador, de que Jesús pagaría el tributo, sancionó virtualmente
el falso concepto de él que estaban tratando de difundir los sacerdotes y
gobernantes.
Cuando Pedro entró en la casa, el Salvador no se
refirió a lo que había sucedido, sino que preguntó: "¿Qué te parece,
Simón? Los reyes de la tierra, ¿de quién cobran los tributos o el censo? ¿de
sus hijos o de los extraños? Pedro le dice: De los extraños." Jesús dijo:
"Luego los hijos son francos." Mientras que los habitantes de un país
tienen que pagar impuesto para sostener a su rey, los hijos del monarca son
eximidos. Así también Israel, el
profeso pueblo de Dios, debía sostener su culto; pero Jesús, el Hijo de Dios,
no se hallaba bajo esta obligación. Si
los sacerdotes y levitas estaban exentos por su relación con el templo, con
cuánta más razón Aquel para quien el templo era la casa de su Padre.
Si Jesús hubiese pagado el tributo sin protesta,
habría reconocido virtualmente la justicia del pedido, y habría negado así su divinidad. Pero aunque consideró propio satisfacer la
demanda, negó la pretensión sobre la cual se basaba. Al proveer para el pago del tributo, dio evidencia de su carácter
divino. Quedó de manifiesto que él era
uno con Dios, y por lo tanto no se hallaba bajo tributo como mero súbdito del
Rey.
"Ve a la mar --indicó a Pedro,-- y echa el
anzuelo, y el primer pez que viniere, tómalo, y abierta su boca, hallarás un
estatero: tómalo, y dáselo por mí y por ti."
Aunque había revestido su divinidad con la humanidad,
en este milagro reveló su gloria. Era
evidente que era Aquel que había declarado por medio de David: "Porque mía
es toda bestia del bosque, y los millares de animales en los collados. Conozco todas las aves de los montes, y en
mi poder están las fieras del campo. Si
yo tuviese hambre, no te lo diría a ti: porque mío es el mundo y su
plenitud."
Aunque Jesús demostró claramente que no se hallaba
bajo la obligación de pagar tributo, no entró en controversia alguna con los
judíos acerca del asunto; porque ellos hubieran interpretado mal sus palabras,
y las habrían vuelto contra él. Antes
que ofenderlos reteniendo el tributo, hizo aquello que no se le podía exigir
con justicia. Esta lección iba a ser de
gran valor para sus discípulos. Pronto
se iban a realizar notables cambios en su relación con el servicio del templo,
y Cristo les enseñó a no colocarse innecesariamente en antagonismo con el orden
establecido. Hasta donde fuese posible,
debían evitar el dar ocasión para que su fe fuese mal interpretada. Aunque los cristianos no han de sacrificar
un solo principio de la verdad, deben evitar la controversia siempre que sea
posible.
Mientras Cristo y los discípulos estaban solos en la
casa, después que Pedro se fuera al mar, Jesús llamó a los otros a sí y les
preguntó: "¿Qué disputabais entre vosotros en el camino?" La
presencia de Jesús y su pregunta dieron al asunto un cariz enteramente
diferente del que les había parecido que tenía mientras disputaban por el
camino. La vergüenza y un sentimiento
de condenación les indujeron a guardar silencio. Jesús les había dicho que iba a morir por ellos, y la ambición
egoísta de ellos ofrecía un doloroso contraste con el amor altruista que él
manifestaba.
Cuando Jesús les dijo que iba a morir y resucitar,
estaba tratando de entablar una conversación con ellos acerca de la gran prueba
de su fe. Si hubiesen estado listos
para recibir lo que deseaba comunicarles, se habrían ahorrado amarga angustia y
desesperación. Sus palabras les habrían
impartido consuelo en la hora de duelo y desilusión. Pero aunque había hablado muy claramente de lo que le esperaba,
la mención de que pronto iba a ir a Jerusalén reanimó en ellos la esperanza de
que se estuviese por establecer el reino y los indujo a preguntarse quiénes
desempeñarían los cargos más elevados. Al
volver Pedro del mar, los discípulos le hablaron de la pregunta del Salvador, y
al fin uno se atrevió a preguntar a Jesús: "¿Quién es el mayor en el reino
de los cielos?"
El Salvador reunió a sus discípulos en derredor de sí
y les dijo: "Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y
el servidor de todos." Tenían estas palabras una solemnidad y un carácter
impresionante que los discípulos distaban mucho de comprender. Ellos no podían ver lo que Cristo discernía. No percibían la naturaleza del reino de
Cristo, y esta ignorancia era la causa aparente de su disputa. Pero la verdadera causa era más profunda. Explicando la naturaleza del reino, Cristo
podría haber apaciguado su disputa por el momento; pero esto no habría alcanzado
la causa fundamental. Aun después de
haber recibido el conocimiento más completo, cualquier cuestión de preferencia
podría renovar la dificultad, y el desastre podría amenazar a la iglesia
después de la partida de Cristo. La
lucha por el puesto más elevado era la manifestación del mismo espíritu que
diera origen a la gran controversia en los mundos superiores e hiciera bajar a
Cristo del cielo para morir. Surgió
delante de él una visión de Lucifer, el hijo del alba, que superaba en gloria a
todos los ángeles que rodean el trono y estaba unido al Hijo de Dios por los
vínculos más íntimos. Lucifer había
dicho: "Seré semejante al Altísimo," y su deseo de exaltación había
introducido la lucha en los atrios celestiales y desterrado una multitud de las
huestes de Dios. Si Lucifer hubiese
deseado realmente ser como el Altísimo, no habría abandonado el puesto que le
había sido señalado en el cielo; porque el espíritu del Altísimo se manifiesta
sirviendo abnegadamente. Lucifer
deseaba el poder de Dios, pero no su carácter.
Buscaba para sí el lugar más alto, y todo ser impulsado por su espíritu
hará lo mismo. Así resultarán
inevitables el enajenamiento, la discordia y la contención. El dominio viene a ser el premio del más
fuerte. El reino de Satanás es un reino
de fuerza; cada uno mira al otro como un obstáculo para su propio progreso, o
como un escalón para poder trepar a un puesto más elevado.
Mientras Lucifer consideró como presa deseable el ser
igual a Dios, Cristo, el encumbrado, "se anonadó a sí mismo, tomando forma
de siervo, hecho semejante a los hombres; y hallado en la condición como
hombre, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de
cruz." En esos momentos, la cruz le esperaba; y sus propios discípulos
estaban tan llenos de egoísmo, es decir, del mismo principio que regía el reino
de Satanás, que no podían sentir simpatía por su Señor, ni siquiera
comprenderle mientras les hablaba de su humillación por ellos.
Muy tiernamente, aunque con solemne énfasis, Jesús
trató de corregir el mal. Demostró cuál
es el principio que rige el reino de los cielos, y en qué consiste la verdadera
grandeza, según las normas celestiales.
Los que eran impulsados por el orgullo y el amor a la distinción,
pensaban en sí mismos y en la recompensa que habían de recibir, más bien que en
cómo podían devolver a Dios los dones que habían recibido. No tendrían cabida en el reino de los cielos
porque estaban identificados con las filas de Satanás.
Antes de la honra viene la humildad. Para ocupar un lugar elevado ante los
hombres, el Cielo elige al obrero que como Juan el Bautista, toma un lugar
humilde delante de Dios. El discípulo
que más se asemeja a un niño es el más eficiente en la labor para Dios. Los seres celestiales pueden cooperar con
aquel que no trata de ensalzarse a sí mismo sino de salvar almas. El que siente más profundamente su necesidad
de la ayuda divina la pedirá; y el Espíritu Santo le dará vislumbres de Jesús
que fortalecerán y elevarán su alma. Saldrá
de la comunión con Cristo para trabajar en favor de aquellos que perecen en sus
pecados. Fue ungido para su misión, y
tiene éxito donde muchos de los sabios e intelectualmente preparados
fracasarían.
Pero cuando los hombres se ensalzan a sí mismos, y se
consideran necesarios para el éxito del gran plan de Dios, el Señor los hace
poner a un lado. Queda demostrado que
el Señor no depende de ellos. La obra
no se detiene porque ellos sean separados de ella, sino que sigue adelante con
mayor poder.
No era suficiente que los discípulos de Jesús fuesen
instruidos en cuanto a la naturaleza de su reino. Lo que necesitaban era un cambio de corazón que los pusiese en
armonía con sus principios. Llamando a
un niñito a sí, Jesús lo puso en medio de ellos; y luego rodeándole tiernamente
con sus brazos dijo: "De cierto os digo, que si no os volviereis, y
fuereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos." La sencillez,
el olvido de sí mismo y el amor confiado del niñito son los atributos que el
Cielo aprecia. Son las características
de la verdadera grandeza.
Jesús volvió a explicar a sus discípulos que su reino
no se caracteriza por la dignidad y ostentación terrenales. A los pies de Jesús, se olvidan todas estas
distinciones. Se ve a los ricos y a los
pobres, a los sabios y a los ignorantes, sin pensamiento alguno de casta ni de
preeminencia mundanal. Todos se
encuentran allí como almas compradas por la sangre de Jesús, y todos por igual
dependen de Aquel que los redimió para Dios.
El alma sincera y contrita es preciosa a la vista de
Dios. El pone su señal sobre los
hombres, no según su jerarquía ni su riqueza, ni por su grandeza intelectual,
sino por su unión con Cristo. El Señor
de gloria queda satisfecho con aquellos que son mansos y humildes de corazón. "Dísteme asimismo --dijo David-- el
escudo de tu salud: ... y tu benignidad --como elemento del carácter humano--
me ha acrecentado."
"El que recibiere en mi nombre uno de los tales
niños --dijo Jesús,-- a mí recibe; y el que a mí recibe, no recibe a mí, mas al
que me envió." "Jehová dijo así: el cielo es mi solio, y la tierra
estrado de mis pies: ... mas a aquel miraré que es pobre y humilde de espíritu,
y que tiembla a mi palabra."
Las palabras del Salvador despertaron en los
discípulos un sentimiento de desconfianza propia. En su respuesta, él no había indicado a nadie en particular; pero
Juan se sintió inducido a preguntar si en cierto caso su acción había sido
correcta. Con el espíritu de un niño,
presentó el asunto a Jesús. "Maestro
--dijo,-- hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera los demonios, el cual
no nos sigue; y se lo prohibimos, porque no nos sigue."
Santiago y Juan habían pensado que al reprimir a este
hombre buscaban la honra de su Señor; mas empezaban a ver que habían sido
celosos por la propia. Reconocieron su
error y aceptaron la reprensión de Jesús: "No se lo prohibáis; porque
ninguno hay que haga milagro en mi nombre que luego pueda decir mal de
mí." Ninguno de los que en alguna forma se manifestaban amistosos con
Cristo debía ser repelido. Había muchos
que estaban profundamente conmovidos por el carácter y la obra de Cristo y cuyo
corazón se estaba abriendo a él con fe; y los discípulos, que no podían
discernir los motivos, debían tener cuidado de no desalentar a esas almas. Cuando Jesús ya no estuviese personalmente
entre ellos y la obra quedase en sus manos, no debían participar de un espíritu
estrecho y exclusivista, sino manifestar la misma abarcante simpatía que habían
visto en su Maestro.
El hecho de que alguno no obre en todas las cosas
conforme a nuestras ideas y opiniones personales no nos justifica para
prohibirle que trabaje para Dios. Cristo
es el gran Maestro; nosotros no hemos de juzgar ni dar órdenes, sino que cada
uno debe sentarse con humildad a los pies de Jesús y aprender de él. Cada alma a la cual Dios ha hecho voluntaria
es un conducto por medio del cual Cristo revelará su amor perdonador. ¡Cuán cuidadosos debemos ser para no
desalentar a uno de los que transmiten la luz de Dios, a fin de no interceptar
los rayos que él quiere hacer brillar sobre el mundo!
La dureza y frialdad manifestadas por un discípulo
hacia una persona a la que Cristo estaba atrayendo --un acto como el de Juan al
prohibir a otro que realizase milagros en nombre de Cristo,-- podía desviar sus
pies por la senda del enemigo y causar la pérdida de un alma. Jesús dijo que antes de hacer una cosa
semejante, "mejor le fuera si se le atase una piedra de molino al cuello,
y fuera echado en la mar." Y añadió: "Y si tu mano te escandalizare,
córtala; mejor te es entrar a la vida manco, que teniendo dos manos ir a la
Gehenna, al fuego que no puede ser apagado.
Y si tu pie te fuere ocasión de caer, córtalo: mejor te es entrar a la
vida cojo, que teniendo dos pies ser echado en la Gehenna."
¿Por qué empleó Jesús este lenguaje vehemente, que no
podría haber sido más enérgico? Porque "el Hijo del hombre vino a salvar
lo que se había perdido." ¿Habrán de tener sus discípulos menos
consideración hacia las almas de sus semejantes que la manifestada por la
Majestad del cielo? Cada alma costó un precio infinito, y ¡cuán terrible es el
pecado de apartar un alma de Cristo de manera que para ella el amor, la
humillación y la agonía del Salvador hayan sido vanos!
"¡Ay del mundo por los escándalos! porque
necesario es que vengan escándalos." El mundo, inspirado por Satanás, se
opondrá seguramente a los que siguen a Cristo y tratará de destruir su fe; pero
¡ay de aquel que lleve el nombre de Cristo, y sin embargo sea hallado haciendo
esta obra! Nuestro Señor queda avergonzado por aquellos que aseveran servirle,
pero representan falsamente su carácter; y multitudes son engañadas, y
conducidas por sendas falsas.
Cualquier hábito o práctica que pueda inducir a pecar
y atraer deshonra sobre Cristo, debe ser desechado cueste lo que costare. Lo que deshonra a Dios no puede beneficiar
al alma. La bendición del Cielo no
puede acompañar a un hombre que viole los eternos principios de la justicia. Y un pecado acariciado es suficiente para
realizar la degradación del carácter y extraviar a otros. Si para salvar el cuerpo de la muerte uno se
cortaría un pie o una mano, o aun se arrancaría un ojo, ¡con cuánto más fervor
deberíamos desechar el pecado, que trae muerte al alma!
En el ceremonial del templo, se añadía sal a todo
sacrificio. Esto, como la ofrenda del
incienso, significaba que únicamente la justicia de Cristo podía hacer el culto
aceptable para Dios. Refiriéndose a
esta práctica dijo Jesús: "Todo sacrificio será salado con sal."
"Tened sal en vosotros, y paz unos con otros." Todos los que quieran
presentarse "en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios," deben
recibir la sal que salva, la justicia de nuestro Salvador. Entonces vienen a ser "la sal de la
tierra" que restringe el mal entre los hombres, como la sal preserva de la
corrupción. Pero si la sal ha perdido
su sabor; si no hay más que una profesión de piedad, sin el amor de Cristo, no
hay poder para lo bueno. La vida no
puede ejercer influencia salvadora sobre el mundo. Vuestra energía y eficiencia en la edificación de mi reino --dice
Jesús,-- dependen de que recibáis mi Espíritu.
Debéis participar de mi gracia, a fin de ser sabor de vida para vida. Entonces no habrá rivalidad ni esfuerzo para
complacerse a sí mismo, ni se deseará el puesto más alto. Poseeréis ese amor que no busca lo suyo,
sino que otro se enriquezca.
Fije el pecador arrepentido sus ojos en "el
Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo;' y contemplándolo, se
transformará. Su temor se trueca en
gozo, sus dudas en esperanza. Brota la
gratitud. El corazón de piedra se
quebranta. Una oleada de amor inunda el
alma. Cristo es en él una fuente de
agua que brota para vida eterna. Cuando
vemos a Jesús, Varón de dolores y experimentado en quebrantos, trabajando para
salvar a los perdidos, despreciado, escarnecido, echado de una ciudad a la otra
hasta que su misión fue cumplida; cuando le contemplamos en Getsemaní, sudando
gruesas gotas de sangre, y muriendo en agonía sobre la cruz; cuando vemos eso,
no podemos ya reconocer el clamor del yo.
Mirando a Jesús, nos avergonzaremos de nuestra frialdad, de nuestro
letargo, de nuestro egoísmo. Estaremos
dispuestos a ser cualquier cosa o nada, para servir de todo corazón al Maestro. Nos regocijará el llevar la cruz en pos de
Jesús, el sufrir pruebas, vergüenza o persecución por su amada causa.
"Así que, los que somos más firmes debemos
sobrellevar las flaquezas de los flacos, y no agradarnos a nosotros
mismos." A nadie que crea en Cristo se le debe tener en poco, aun cuando
su fe sea débil y sus pasos vacilen como los de un niñito. Todo lo que nos da ventaja sobre otro --sea
la educación o el refinamiento, la nobleza de carácter, la preparación
cristiana o la experiencia religiosa-- nos impone una deuda para con los menos
favorecidos; y debemos servirlos en cuanto esté en nuestro poder. Si somos fuertes, debemos corroborar las
manos de los débiles. Los ángeles de
gloria, que contemplan constantemente el rostro del Padre en el cielo, se gozan
en servir a sus pequeñuelos. Las almas
temblorosas, que tienen tal vez muchos rasgos de carácter censurables, les son
especialmente encargadas. Hay siempre
ángeles presentes donde más se necesitan, con aquellos que tienen que pelear la
batalla más dura contra el yo y cuyo ambiente es más desalentador. Y los verdaderos seguidores de Cristo
cooperarán en ese ministerio.
Si alguno de estos pequeñuelos fuese vencido y obrase
mal contra nosotros, es nuestro deber procurar su restauración. No esperemos que haga el primer esfuerzo de
reconciliación. "¿Qué os
parece?--pregunta Cristo.-- Si tuviese algún hombre cien ovejas, y se
descarriase una de ellas, ¿no iría por los montes, dejadas las noventa y nueve,
a buscar la que se había descarriado? Y si aconteciese hallarla, de cierto os
digo, que más se goza de aquella, que de las noventa y nueve que no se
descarriaron. Así, no es la voluntad de
vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos
pequeños."
Con espíritu de mansedumbre, "considerándote a
ti mismo, porque tú no seas también tentado," ve al que yerra, y
"redargúyele entre ti y él solo." No le avergüences exponiendo su
falta a otros, ni deshonres a Cristo haciendo público el pecado o error de
quien lleva su nombre. Con frecuencia
hay que decir claramente la verdad al que yerra; debe inducírsele a ver su
error para que se reforme. Pero no
hemos de juzgarle ni condenarle. No
intentemos justificarnos. Sean todos
nuestros esfuerzos para recobrarlo. Para
tratar las heridas del alma se necesita el tacto más delicado, la más fina
sensibilidad. Lo único que puede
valernos en esto es el amor que fluye del que sufrió en el Calvario. Con ternura compasiva, trate el hermano con
el hermano, sabiendo que si tiene éxito "salvará un alma de muerte" y
"cubrirá multitud de pecados."
Pero aun este esfuerzo puede ser inútil. Entonces, dijo Jesús, "toma aún contigo
uno o dos." Puede ser que su influencia unida prevalezca donde la del
primero no tuvo éxito. No siendo partes
en la dificultad, habrá más probabilidad de que obren imparcialmente, y este
hecho dará a su consejo mayor peso para el que yerra.
Si no quiere escucharlos, entonces, pero no antes, se
debe presentar el asunto a todo el cuerpo de creyentes. Únanse los miembros de la iglesia, como
representantes de Cristo, en oración y súplica para que el ofensor sea
restaurado. El Espíritu Santo hablará
por medio de sus siervos, suplicando al descarriado que vuelva a Dios. El apóstol Pablo, hablando por inspiración,
dice: "Como si Dios rogase por medio nuestro; os rogamos en nombre de
Cristo: Reconciliaos con Dios.' El que rechaza este esfuerzo conjunto en su favor,
ha roto el vínculo que le une a Cristo, y así se ha separado de la comunión de
la iglesia. Desde entonces, dijo Jesús,
"tenle por étnico y publicano." Pero no se le ha de considerar como
separado de la misericordia de Dios. No
lo han de despreciar ni descuidar los que antes eran sus hermanos, sino que lo
han de tratar con ternura y compasión, como una de las ovejas perdidas a las
que Cristo está procurando todavía traer a su redil.
La instrucción de Cristo en cuanto al trato con los
que yerran repite en forma más específica la enseñanza dada a Israel por
Moisés: "No aborrecerás a tu hermano en tu corazón: ingenuamente
reprenderás a tu prójimo, y no consentirás sobre él pecado." Es decir, que
si uno descuida el deber que Cristo ordenó en cuanto a restaurar a quienes
están en error y pecado, se hace partícipe del pecado. Somos tan responsables de los males que
podríamos haber detenido como si los hubiésemos cometido nosotros mismos.
Pero debemos presentar el mal al que lo hace. No debemos hacer de ello un asunto de
comentario y crítica entre nosotros mismos; ni siquiera después que haya sido
expuesto a la iglesia nos es permitido repetirlo a otros. El conocimiento de las faltas de los
cristianos será tan sólo una piedra de tropiezo para el mundo incrédulo; y
espaciándonos en estas cosas no podemos sino recibir daño nosotros mismos;
porque contemplando es como somos transformados. Mientras tratamos de corregir los errores de un hermano, el
Espíritu de Cristo nos inducirá a escudarle en lo posible de la crítica aun de
sus propios hermanos, y tanto más de la censura del mundo incrédulo. Nosotros mismos erramos y necesitamos la
compasión y el perdón de Cristo, y él nos invita a tratarnos mutuamente como
deseamos que él nos trate.
"Todo lo que ligareis en la tierra, será ligado
en el cielo; y todo lo que desatareis en la tierra, será desatado en el
cielo." Obráis como embajadores del cielo, y lo que resulte de vuestro
trabajo es para la eternidad.
Pero no hemos de llevar esta gran responsabilidad
solos. Cristo mora dondequiera que se
obedezca su palabra con corazón sincero.
No sólo está presente en las asambleas de la iglesia, sino que estará
dondequiera que sus discípulos, por pocos que sean, se reúnan en su nombre. Y dice: "Si dos de vosotros se
convinieren en la tierra, de toda cosa que pidieren, les será hecho por mi
Padre que está en los cielos."
Jesús dice: "Mi Padre que está en los cielos," como para recordar a sus discípulos que mientras que por su humanidad está vinculado con ellos, participa de sus pruebas y simpatiza con ellos en sus sufrimientos, por su divinidad está unido con el trono del Infinito. ¡Admirable garantía! Los seres celestiales se unen con los hombres en simpatía y labor para la salvación de lo que se había perdido. Y todo el poder del cielo se pone en combinación con la capacidad humana para atraer las almas a Cristo.