CAPÍTULO 41. LA CRISIS EN GALILEA
CUANDO Cristo prohibió a la gente que le declarara
rey, sabía que había llegado a un momento decisivo de su historia. Mañana se apartarían de él las multitudes
que hoy deseaban exaltarle al trono. El
chasco que sufriera su ambición egoísta iba a transformar su amor en odio, su
alabanza en maldiciones. Aunque sabía
esto, no tomó medidas para evitar la crisis.
Desde el principio, no había presentado a sus seguidores ninguna
esperanza de recompensas terrenales. A
uno que vino deseando ser su discípulo, le había dicho: "Las zorras tienen
cavernas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del hombre no tiene donde
recueste su cabeza.' Si los hombres pudiesen haber tenido el mundo con Cristo,
multitudes le habrían tributado fidelidad; pero no podía aceptar un servicio
tal. Entre los que estaban relacionados
con él, muchos habían sido atraídos por la esperanza de un reino mundanal. Estos debían ser desengañados. La profunda enseñanza espiritual que hay en
el milagro de los panes no había sido comprendida. Tenía que ser aclarada. Y
esa nueva revelación iba a traer consigo una prueba más detenida.
La noticia del milagro de los panes se difundió lejos
y cerca, y muy temprano a la mañana siguiente, la gente acudió a Betsaida para
ver a Jesús. Venía en grandes
multitudes, por mar y tierra. Los que
le habían dejado a la noche anterior, volvieron esperando encontrarle todavía
allí; porque no había barco en el cual pudiese pasar al otro lado. Pero su búsqueda fue infructuosa, y muchos
se dirigieron a Capernaúm, siempre buscándole.
Mientras tanto, él había llegado a Genesaret, después
de sólo un día de ausencia. Apenas se
supo que había desembarcado, la gente, "recorriendo toda la tierra de
alrededor, comenzaron a traer de todas partes enfermos en lechos, a donde oían
que estaba." Después de un tiempo, fue a la sinagoga, y allí le encontraron
los que habían venido de Betsaida. Supieron
por sus discípulos cómo había cruzado el mar.
La furia de la tempestad y las muchas horas de inútil remar contra los
vientos adversos, la aparición de Cristo andando sobre el agua, los temores así
despertados, sus palabras consoladoras, la aventura de Pedro y su resultado,
con el repentino aplacamiento de la tempestad y la llegada del barco, todo esto
fue relatado fielmente a la muchedumbre asombrada. No contentos con esto, muchos se reunían alrededor de Jesús
preguntando: "Rabbí, ¿cuándo llegaste acá?" Esperaban oír de sus
labios otro relato del milagro.
Jesús no satisfizo su curiosidad. Dijo tristemente: "Me buscáis, no
porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os
hartasteis." No le buscaban por algún motivo digno; sino que como habían
sido alimentados con los panes, esperaban recibir todavía otros beneficios
temporales vinculándose con él. El
Salvador les instó: "Trabajad no por la comida que perece, mas por la
comida que a vida eterna permanece." No busquéis solamente el beneficio
material. No tenga por objeto vuestro
principal esfuerzo proveer para la vida actual, pero buscad el alimento
espiritual, a saber, esa sabiduría que durará para vida eterna. Sólo el Hijo de Dios puede darla;
"porque a éste señaló el Padre, que es Dios."
Por el momento se despertó el interés de los oyentes. Exclamaron: "¿Qué haremos para que
obremos las obras de Dios?" Habían estado realizando muchas obras penosas
para recomendarse a Dios; y estaban listos para enterarse de cualquier nueva
observancia por la cual pudiesen obtener mayor mérito. Su pregunta significaba: ¿Qué debemos hacer
para merecer el cielo? ¿Cuál es el precio requerido para obtener la vida
venidera?
"Respondió Jesús y díjoles: Esta es la obra de
Dios, que creáis en el que él ha enviado." El precio del cielo es Jesús. El camino al cielo es por la fe en "el
Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo."
Pero la gente no quería recibir esta declaración de
la verdad divina. Jesús había hecho la
obra que la profecía había predicho que haría el Mesías; pero no habían
presenciado lo que sus esperanzas egoístas habían representado como obra suya. Cristo había alimentado en verdad una vez a
la multitud con panes de cebada; pero en los días de Moisés, Israel había sido
alimentado con maná durante cuarenta años, y se esperaban bendiciones mucho
mayores del Mesías. Con corazón
desconforme, preguntaban por qué, si Jesús podía hacer obras tan admirables
como las que habían presenciado, no podía dar a todos los suyos salud, fuerza y
riquezas, librarlos de sus opresores y exaltarlos al poder y la honra. El hecho de que aseverara ser el Enviado de
Dios, y, sin embargo, se negara a ser el Rey de Israel era un misterio que no
podían sondear. Su negativa fue mal
interpretada. Muchos concluyeron que no
se atrevía a presentar sus derechos porque él mismo dudaba del carácter divino
de su misión. Así abrieron su corazón a
la incredulidad, y la semilla que Satanás había sembrado llevó fruto según su
especie: incomprensión y deserción.
Ahora, medio en tono de burla, un rabino preguntó
"¿Qué señal pues haces tú, para que veamos, y te creamos? ¿Qué obras?
Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Pan del
cielo les dio a comer."
Los judíos honraban a Moisés como dador del maná,
tributando alabanza al instrumento, y perdiendo de vista a Aquel por quien la
obra había sido realizada. Sus padres
habían murmurado contra Moisés, y habían dudado de su misión divina y la habían
negado. Ahora, animados del mismo
espíritu, los hijos rechazaban a Aquel que les daba el mensaje de Dios. "Y Jesús les dijo: De cierto, de cierto
os digo: No os dio Moisés pan del cielo; mas mi Padre os dio el verdadero pan
del cielo." El que había dado el maná estaba entre ellos. Era Cristo mismo quien había conducido a los
hebreos a través del desierto, y los había alimentado diariamente con el pan
del cielo. Este alimento era una figura
del verdadero pan del cielo. El Espíritu
que fluye de la infinita plenitud de Dios y da vida es el verdadero maná. Jesús dijo: "El pan de Dios es aquel
que descendió del cielo y da vida al mundo."
Pensando todavía que Jesús se refería al alimento
temporal, algunos de sus oyentes exclamaron: "Señor, danos siempre este
pan." Jesús habló entonces claramente: "Yo soy el pan de vida."
La figura que Cristo empleó era familiar para los
judíos. Moisés, por inspiración del
Espíritu Santo, había dicho: "El hombre no vivirá de solo pan, mas de todo
lo que sale de la boca de Jehová." Y el profeta Jeremías había escrito:
"Halláronse tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y
por alegría de mi corazón." Los rabinos mismos solían decir que el comer
pan, en su significado espiritual, era estudiar la ley y practicar las buenas
obras; se decía a menudo que cuando viniese el Mesías, todo Israel sería
alimentado. La enseñanza de los
profetas aclaraba la profunda lección espiritual del milagro de los panes. Cristo trató de presentar esta lección a sus
oyentes en la sinagoga. Si ellos
hubiesen comprendido las Escrituras, habrían entendido sus palabras cuando
dijo: "Yo soy el pan de vida." Tan sólo el día antes, la gran
multitud, hambrienta y cansada, había sido alimentada por el pan que él había
dado. Así como de ese pan habían
recibido fuerza física y refrigerio, podían recibir de Cristo fuerza espiritual
para obtener la vida eterna. "El
que a mí viene --dijo,-- nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá
sed jamás." Pero añadió: "Mas os he dicho, que aunque me habéis
visto, no creéis."
Habían visto a Cristo por el testimonio del Espíritu
Santo, por la revelación de Dios a sus almas.
Las evidencias vivas de su poder habían estado delante de ellos día tras
día, y, sin embargo, pedían otra señal.
Si ésta les hubiese sido dada, habrían permanecido tan incrédulos como
antes. Si no quedaban convencidos por
lo que habían visto y oído, era inútil mostrarles más obras maravillosas. La incredulidad hallará siempre disculpas
para dudar, y destruirá por sus raciocinios las pruebas más positivas.
Cristo volvió a apelar a estos corazones obcecados. "Al que a mí viene, no le echo
fuera." Todos los que le recibieran por la fe, dijo él, tendrían vida
eterna. Ninguno se perdería. No era necesario que los fariseos y saduceos
disputasen acerca de la vida futura. Ya
no necesitaban los hombres llorar desesperadamente a sus muertos. "Esta es la voluntad del que me envió,
del Padre: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna: y yo
le resucitaré en el día postrero."
Pero los dirigentes del pueblo se ofendieron, "y
decían: ¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros
conocemos? ¿cómo, pues, dice éste: Del cielo he descendido?" Refiriéndose
con escarnio al origen humilde de Jesús, procuraron despertar prejuicios. Aludieron despectivamente a su vida como
trabajador galileo, y a su familia pobre y humilde. Los asertos de este carpintero sin educación, dijeron, eran
indignos de su atención. Y a causa de
su nacimiento misterioso, insinuaron que era de parentesco dudoso, presentaron
así las circunstancias humanas de su nacimiento como una mancha sobre su
historia.
Jesús no intentó explicar el misterio de su
nacimiento. No contestó las preguntas
relativas a su descenso del cielo, como no había contestado las preguntas
acerca de cómo había cruzado el mar. No
llamó la atención a los milagros que señalaban su vida. Voluntariamente se había hecho humilde, sin
reputación, tomando forma de siervo. Pero
sus palabras y obras revelaban su carácter.
Todos aquellos cuyo corazón estaba abierto a la iluminación divina
reconocerían en él al "unigénito del Padre, lleno de gracia y de
verdad."
El prejuicio de los fariseos era más hondo de lo que
sus preguntas indicaban; tenía su raíz en la perversidad de su corazón. Cada palabra y acto de Jesús despertaba en
ellos antagonismo; porque el espíritu que ellos albergaban no podía hallar
respuesta en él.
"Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me
envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. Escrito está en los profetas: Y serán todos
enseñados de Dios. Así que, todo aquel
que oyó del Padre, y aprendió, viene a mí." Nadie vendrá jamás a Cristo,
salvo aquellos que respondan a la atracción del amor del Padre. Pero Dios está atrayendo todos los corazones
a él, y únicamente aquellos que resisten a su atracción se negarán a venir a
Cristo.
En las palabras, "serán todos enseñados de
Dios," Jesús se refirió a la profecía de Isaías: "Y todos tus hijos
serán enseñados de Jehová; y multiplicará la paz de tus hijos." Este
pasaje se lo apropiaban los judíos. Se
jactaban de que Dios era su maestro. Pero
Jesús demostró cuán vano era este aserto; porque dijo: "Todo aquel que oyó
del Padre, y aprendió, viene a mí." Únicamente por Cristo podían ellos
recibir un conocimiento del Padre. La
humanidad no podía soportar la visión de su gloria. Los que habían aprendido de Dios habían estado escuchando la voz
del Hijo, y en Jesús de Nazaret iban a reconocer a Aquel a quien el Padre había
declarado por la naturaleza y la revelación.
"De cierto, de cierto os digo: El que cree en
mí, tiene vida eterna." Por medio del amado Juan, que escuchó estas
palabras, el Espíritu Santo declaró a las iglesias: "Y este es el
testimonio: Que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida." Y
Jesús dijo: "Yo le resucitaré en el día postrero." Cristo se hizo
carne con nosotros, a fin de que pudiésemos ser espíritu con él. En virtud de esta unión hemos de salir de la
tumba, no simplemente como manifestación del poder de Cristo, sino porque, por
la fe, su vida ha llegado a ser nuestra.
Los que ven a Cristo en su verdadero carácter, y le reciben en el
corazón, tienen vida eterna. Por el
Espíritu es como Cristo mora en nosotros; y el Espíritu de Dios, recibido en el
corazón por la fe, es el principio de la vida eterna.
Al hablar con Cristo, la gente se había referido al
maná que sus padres comieron en el desierto, como si al suministrar este
alimento se hubiese realizado un milagro mayor que el que Jesús había hecho;
pero él les demuestra cuán débil era este don comparado con las bendiciones que
él había venido a otorgar. El maná
podía sostener solamente esta existencia terrenal; no impedía la llegada de la
muerte, ni aseguraba la inmortalidad; mientras que el pan del cielo alimentaría
el alma para la vida eterna. El
Salvador dijo: "Yo soy el pan de vida.
Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y son muertos. Este es el pan que desciende del cielo, para
que el que de el comiere, no muera. Yo
soy el pan vivo que he descendido del cielo: si alguno comiere de este pan,
vivirá para siempre." Cristo añadió luego otra figura a ésta. Únicamente muriendo podía impartir vida a
los hombres, y en las palabras que siguen señala su muerte como el medio de
salvación. Dice: "El pan que yo
daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo."
Los judíos estaban por celebrar la Pascua en
Jerusalén, en conmemoración de la noche en que Israel había sido librado,
cuando el ángel destructor hirió los hogares de Egipto. En el cordero pascual, Dios deseaba que
ellos viesen el Cordero de Dios y que por este símbolo recibiesen a Aquel que
se daba a sí mismo para la vida del mundo.
Pero los judíos habían llegado a dar toda la importancia al símbolo,
mientras que pasaban por alto su significado.
No discernían el cuerpo del Señor.
La misma verdad que estaba simbolizada en la ceremonia pascual, estaba
enseñada en las palabras de Cristo. Pero
no la discernían tampoco.
Entonces los rabinos exclamaron airadamente:
"¿Cómo puede éste darnos su carne a comer?" Afectaron comprender sus
palabras en el mismo sentido literal que Nicodemo cuando preguntó: "¿Cómo
puede el hombre nacer siendo viejo?" Hasta cierto punto comprendían lo que
Jesús quería decir, pero no querían reconocerlo. Torciendo sus palabras, esperaban crear prejuicios contra él en
la gente.
Cristo no suavizó su representación simbólica. Reiteró la verdad con lenguaje aun más
fuerte: "De cierto, de cierto os digo: Si no comiereis la carne del Hijo
del hombre, y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene
vida eterna: y yo le resucitaré en el día postrero. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera
bebida. El que come mi carne y bebe mi
sangre, en mí permanece, y yo en él."
Comer la carne y beber la sangre de Cristo es
recibirle como Salvador personal, creyendo que perdona nuestros pecados, y que
somos completos en él. Contemplando su
amor, y espaciándonos en él, absorbiéndolo, es como llegamos a participar de su
naturaleza. Lo que es el alimento para
el cuerpo, debe serlo Cristo para el alma.
El alimento no puede beneficiarnos a menos que lo comamos; a menos que
llegue a ser parte de nuestro ser. Así
también Cristo no tiene valor para nosotros si no le conocemos como Salvador
personal. Un conocimiento teórico no
nos beneficiará. Debemos alimentarnos
de él, recibirle en el corazón, de tal manera que su vida llegue a ser nuestra
vida. Debemos asimilarnos su amor y su
gracia.
Pero aun estas figuras no alcanzan a presentar el
privilegio que es para el creyente la relación con Cristo. Jesús dijo: "Como me envió el Padre
viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá
por mí." Como el Hijo de Dios vivía por la fe en el Padre, hemos de vivir nosotros
por la fe en Cristo. Tan plenamente
estaba Jesús entregado a la voluntad de Dios que sólo el Padre aparecía en su
vida. Aunque tentado en todos los
puntos como nosotros, se destacó ante el mundo sin llevar mancha alguna del mal
que le rodeaba. Así también hemos de
vencer nosotros como Cristo venció.
¿Somos seguidores de Cristo? Entonces todo lo que
está escrito acerca de la vida espiritual, está escrito para nosotros, y
podemos alcanzarlo uniéndonos a Jesús. ¿Languidece
nuestro celo? ¿Se ha enfriado nuestro primer amor? Aceptemos otra vez el amor
que nos ofrece Cristo. Comamos de su
carne, bebamos de su sangre, y llegaremos a ser uno con el Padre y con el Hijo.
Los judíos incrédulos se negaron a ver otra cosa sino
el sentido más literal de las palabras del Salvador. Por la ley ritual se les prohibía probar la sangre, y ahora
torcieron el lenguaje de Cristo hasta hacerlo parecer sacrílego, y disputaban
entre sí acerca de él. Muchos, aun
entre los discípulos dijeron: "Dura es esta palabra: ¿quién la puede
oír?"
El Salvador les contestó: "¿Esto os escandaliza?
¿Pues qué, si viereis al Hijo del hombre que sube donde estaba primero? El
espíritu es el que da vida; la carne nada aprovecha: las palabras que yo os he
hablado, son espíritu, y son vida."
La vida de Cristo, que da vida al mundo, está en su
palabra. Fue por su palabra como Jesús
sanó la enfermedad y echó los demonios; por su palabra calmó el mar y resucitó
los muertos; y la gente dio testimonio de que su palabra era con autoridad. El hablaba la palabra de Dios, como había
hablado por medio de todos los profetas y los maestros del Antiguo Testamento. Toda la Biblia es una manifestación de
Cristo, y el Salvador deseaba fijar la fe de sus seguidores en la Palabra. Cuando su presencia visible se hubiese
retirado, la Palabra sería fuente de poder para ellos. Como su Maestro, habían de vivir "con
toda palabra que sale de la boca de Dios."
Así como nuestra vida física es sostenida por el
alimento, nuestra vida espiritual es sostenida por la palabra de Dios. Y cada alma ha de recibir vida de la Palabra
de Dios para sí. Como debemos comer por
nosotros mismos a fin de recibir alimento, así hemos de recibir la Palabra por
nosotros mismos. No hemos de obtenerla
simplemente por medio de otra mente. Debemos
estudiar cuidadosamente la Biblia, pidiendo a Dios la ayuda del Espíritu Santo
a fin de comprender su Palabra. Debemos
tomar un versículo, y concentrar el intelecto en la tarea de discernir el
pensamiento que Dios puso en ese versículo para nosotros. Debemos espaciarnos en el pensamiento hasta
que venga a ser nuestro y sepamos "lo que dice Jehová."
En sus promesas y amonestaciones, Jesús se dirige a
mí. Dios amó de tal manera al mundo,
que dio a su Hijo unigénito, para que, creyendo en él, yo no perezca, sino
tenga vida eterna. Lo experimentado
según se relata en la Palabra de Dios ha de ser lo que yo experimente. La oración y la promesa, el precepto y la
amonestación, son para mí. "Con
Cristo estoy juntamente crucificado, y vivo, no ya yo, mas vive Cristo en mí: y
lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me
amó, y se entregó a sí mismo por mí.' A medida que la fe recibe y se asimila
así los principios de la verdad, vienen a ser parte del ser y la fuerza motriz
de la vida. La Palabra de Dios,
recibida en el alma, amolda los pensamientos y entra en el desarrollo del
carácter.
Mirando constantemente a Jesús con el ojo de la fe,
seremos fortalecidos. Dios hará las
revelaciones más preciosas a sus hijos hambrientos y sedientos. Hallarán que Cristo es un Salvador personal. A medida que se alimenten de su Palabra,
hallarán que es espíritu y vida. La
Palabra destruye la naturaleza terrenal y natural e imparte nueva vida en
Cristo Jesús. El Espíritu Santo viene
al alma como Consolador. Por el factor
transformador de su gracia, la imagen de Dios se reproduce en el discípulo;
viene a ser una nueva criatura. El amor
reemplaza al odio y el corazón recibe la semejanza divina. Esto es lo que quiere decir vivir de
"toda palabra que sale de la boca de Dios." Esto es comer el Pan que
descendió del cielo.
Cristo había pronunciado una verdad sagrada y eterna
acerca de la relación entre él y sus seguidores. El conocía el carácter de los que aseveraban ser discípulos
suyos, y sus palabras probaron su fe. Declaró
que habían de creer y obrar según su enseñanza. Todos los que le recibían debían participar de su naturaleza y
ser conformados según su carácter. Esto
entrañaba renunciar a sus ambiciones más caras. Requería la completa entrega de sí mismos a Jesús. Eran llamados a ser abnegados, mansos y
humildes de corazón. Debían andar en la
senda estrecha recorrida por el Hombre del Calvario, si querían participar en
el don de la vida y la gloria del cielo.
La prueba era demasiado grande. El entusiasmo de aquellos que habían
procurado tomarle por fuerza y hacerle rey se enfrió. Este discurso pronunciado en la sinagoga -declararon,- les había
abierto los ojos. Ahora estaban
desengañados. Para ellos, las palabras
de él eran una confesión directa de que no era el Mesías, y de que no se habían
de obtener recompensas terrenales por estar en relación con él. Habían dado la bienvenida a su poder de
obrar milagros; estaban ávidos de verse libres de la enfermedad y el sufrimiento;
pero no podían simpatizar con su vida de sacrificio propio. No les interesaba el misterioso reino
espiritual del cual les hablaba. Los
que no eran sinceros, los egoístas, que le habían buscado, no le deseaban más. Si no quería consagrar su poder e influencia
a obtener su libertad de los romanos, no querían tener nada que ver con él.
Jesús les dijo claramente: "Hay algunos de
vosotros que no creen;" y añadió: "Por eso os he dicho que ninguno
puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre." El deseaba que
comprendiesen que si no eran atraídos a él, era porque sus corazones no estaban
abiertos al Espíritu Santo. "El
hombre animal no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque le son
locura: y no las puede entender, porque se han de examinar espiritualmente.'
Por la fe es como el alma contempla la gloria de Jesús. Esta gloria está oculta hasta que, por el
Espíritu Santo, la fe se enciende en el alma.
Por el reproche público dirigido a su incredulidad,
estos discípulos se alejaron aun más de Jesús.
Sintieron profundo desagrado y, deseando herir al Salvador y satisfacer
la malicia de los fariseos, le dieron la espalda y le abandonaron con desdén. Habían hecho su elección: habían tomado la
forma sin el espíritu, la envoltura sin el grano. Nunca habían de cambiar de decisión, porque no anduvieron más con
Jesús.
"Su aventador en su mano está, y aventará su
era: y allegará su trigo en el alfolí." Esta fue una de las ocasiones en
que se hizo limpieza. Por las palabras
de verdad, estaba separándose el tamo del trigo. Porque eran demasiado vanos y justos en su propia estima para
recibir reprensión, y amaban demasiado el mundo para aceptar una vida de
humildad, muchos se apartaron de Jesús.
Muchos están haciendo todavía la misma cosa. El alma de muchos es probada hoy como lo fue la de los discípulos
en la sinagoga de Capernaúm. Cuando la
verdad penetra en el corazón, ven que su vida no está de acuerdo con la
voluntad de Dios. Ven la necesidad de
un cambio completo en sí; pero no están dispuestos a realizar esta obra de
negarse a sí mismos. Por lo tanto, se
aíran cuando sus pecados son descubiertos.
Se van ofendidos, así como los discípulos abandonaron a Jesús,
murmurando: "Dura es esta palabra: ¿quién la puede oír?"
La alabanza y la adulación agradarían a sus oídos;
pero la verdad no es bienvenida; no la pueden oír. Cuando las muchedumbres siguen y son alimentadas, y se oyen los
gritos de triunfo, sus voces claman alabanzas; pero cuando el escrutinio del
Espíritu de Dios revela su pecado y los invita a dejarlo, dan la espalda a la
verdad y no andan más con Jesús.
Cuando aquellos discípulos desafectos se apartaron de
Cristo, un espíritu diferente se apoderó de ellos. No podían ver atractivo alguno en Aquel a quien habían encontrado
una vez tan interesante. Buscaron a sus
enemigos porque estaban en armonía con su espíritu y obra. Interpretaron mal las palabras de Jesús,
falsificaron sus declaraciones e impugnaron sus motivos. Mantuvieron su actitud, recogiendo todo
detalle que se pudiera volver contra él; y fue tal la indignación suscitada por
esos falsos informes que su vida peligró.
Cundió rápidamente la noticia de que, por su propia
confesión, Jesús de Nazaret no era el Mesías.
Y así la corriente del sentimiento popular se volvió contra él en
Galilea, como había sucedido el año anterior en Judea. ¡Ay de Israel! Rechazó a su Salvador porque
deseaba un conquistador que le diese poder temporal. Deseaba el alimento que perece, y no el que dura para vida
eterna.
Con corazón anhelante, Jesús vio a aquellos que habían
sido sus discípulos apartarse de él, la Vida y la Luz de los hombres. Al sentir que su compasión no era apreciada,
su amor no era correspondido, su misericordia era despreciada, su salvación rechazada,
se llenó su corazón de una tristeza inefable.
Eran sucesos como éstos los que le hacían varón de dolores,
experimentado en quebranto.
Sin intentar impedir a los que se apartaban que lo
hicieran, Jesús se volvió a los doce y dijo: "¿Queréis vosotros iros
también?" Pedro respondió preguntando: "Señor, ¿a quién iremos? tú
tienes palabras de vida eterna- añadió,- y nosotros creemos y conocemos que tú
eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente."
"¿A quién iremos?" Los maestros de Israel
eran esclavos del formalismo. Los
fariseos y saduceos estaban en constante contienda. Dejar a Jesús era caer entre los que se aferraban a ritos y
ceremonias, y entre hombres ambiciosos que buscaban su propia gloria. Los discípulos habían encontrado más paz y
gozo desde que habían aceptado a Cristo que en toda su vida anterior. ¿Cómo podrían volver a aquellos que habían
despreciado y perseguido al Amigo de los pecadores? Habían estado buscando
durante mucho tiempo al Mesías; ahora había venido, y no podían apartarse de su
presencia, para ir a aquellos que buscaban su vida y que los habían perseguido
por haberse hecho discípulos de él.
"¿A quién iremos?" No podían apartarse de
las enseñanzas de Cristo, de sus lecciones de amor y misericordia, a las
tinieblas de la incredulidad, a la perversidad del mundo. Mientras abandonaban al Salvador muchos de
los que habían presenciado sus obras admirables, Pedro expresó la fe de los
discípulos: "Tú eres el Cristo." Aun el pensar que pudiesen perder
esta ancla de sus almas, los llenaba de temor y dolor. Verse privados de un Salvador, era quedar a
la deriva en un mar sombrío y tormentoso.
Muchas de las palabras y las acciones de Jesús
parecen misteriosas para las mentes finitas, pero cada palabra y acto tenía su
propósito definido en la obra de nuestra redención; cada uno estaba calculado
para producir su propio resultado. Si
pudiésemos comprender sus propósitos, todo parecería importante, completo y en
armonía con su misión.
Aunque no podemos comprender ahora las obras y los
caminos de Dios, podemos discernir su gran amor, que está a la base de todo su
trato con los hombres. El que vive
cerca de Jesús comprenderá mucho del misterio de la piedad. Reconocerá la misericordia que administra
reprensión, que prueba el carácter y saca a luz el propósito del corazón.
Cuando Jesús presentó la verdad escrutadora que hizo
que tantos de sus discípulos se volvieran atrás, sabía cuál sería el resultado
de sus palabras; pero tenía un propósito de misericordia que cumplir. Preveía que en la hora de la tentación cada
uno de sus amados discípulos sería severamente probado. Su agonía de Getsemaní, su entrega y
crucifixión, serían para ellos una prueba muy penosa. Si no hubiese venido una prueba anterior, habrían estado
relacionados con ellos muchos impulsados solamente por motivos egoístas. Cuando su Señor fuese condenado en el
tribunal; cuando la multitud que le había saludado como Rey le silbase y le
vilipendiase; cuando la muchedumbre escarnecedora clamase:
"Crucifícale;" cuando sus ambiciones mundanales fuesen frustradas,
estos egoístas, renunciando a su fidelidad a Jesús habrían abrumado el corazón
de los discípulos con una amarga tristeza adicional al pesar y chasco que
sentían al ver naufragar sus esperanzas más caras. En esa hora de tinieblas, el ejemplo de los que se apartasen de
él podría haber arrastrado a otros con ellos.
Pero Jesús provocó esta crisis mientras podía por su presencia personal
fortalecer todavía la fe de sus verdaderos seguidores.
¡Compasivo Redentor que, en pleno conocimiento de la suerte que le esperaba, allanó tiernamente el camino para los discípulos, los preparó para su prueba culminante y los fortaleció para la aflicción final!