SENTADA sobre la llanura cubierta de hierba, en el
crepúsculo primaveral, la gente comió los alimentos que Cristo había provisto. Las palabras que había oído aquel día, le
habían llegado como la voz de Dios. Las
obras de sanidad que había presenciado, eran de tal carácter que únicamente el
poder divino podía realizarlas. Pero el
milagro de los panes atraía a cada miembro de la vasta muchedumbre. Todos habían participado de su beneficio. En los días de Moisés, Dios había alimentado
a Israel con maná en el desierto, y ¿quién era éste que los había alimentado
ese día, sino Aquel que había sido anunciado por Moisés? Ningún poder humano
podía crear, de cinco panes de cebada y dos pececillos, bastantes comestibles
para alimentar a miles de personas hambrientas. Y se decían unos a otros: "Este verdaderamente es el profeta
que había de venir al mundo."
Durante todo el día esta convicción se había
fortalecido. Ese acto culminante les
aseguraba que entre ellos se encontraba el Libertador durante tanto tiempo
esperado. Las esperanzas de la gente
iban aumentando cada vez más. El sería
quien haría de Judea un paraíso terrenal, una tierra que fluyese leche y miel. Podía satisfacer todo deseo. Podía quebrantar el poder de los odiados romanos. Podía librar a Judá y Jerusalén. Podía curar a los soldados heridos en la
batalla. Podía proporcionar alimento a
ejércitos enteros. Podía conquistar las
naciones y dar a Israel el dominio que deseaba desde hacía mucho tiempo.
En su entusiasmo, la gente estaba lista para
coronarle rey en seguida. Se veía que
él no hacía ningún esfuerzo para llamar la atención a sí mismo, ni para
atraerse honores. En esto era
esencialmente diferente de los sacerdotes y los príncipes, y los presentes
temían que nunca haría valer su derecho al trono de David. Consultando entre sí, convinieron en tomarle
por fuerza y proclamarle rey de Israel.
Los discípulos se unieron a la muchedumbre para declarar que el trono de
David era herencia legítima de u Maestro.
Dijeron que era la modestia de Cristo lo que le hacía rechazar tal honor. Exalte el pueblo a su Libertador, pensaban. Véanse los arrogantes sacerdotes y príncipes
obligados a honrar a Aquel que viene revestido con la autoridad de Dios.
Con avidez decidieron llevar a cabo su propósito;
pero Jesús vio lo que se estaba tramando y comprendió, como no podían hacerlo
ellos, cuál sería el resultado de un movimiento tal. Los sacerdotes y príncipes estaban ya buscando su vida. Le acusaban de apartar a la gente de ellos. La violencia y la insurrección seguirían a
un esfuerzo hecho para colocarle sobre el trono, y la obra del reino espiritual
quedaría estorbada. Sin dilación, el
movimiento debía ser detenido. Llamando
a sus discípulos, Jesús les ordenó que tomasen el bote y volviesen en seguida a
Capernaúm, dejándole a él despedir a la gente.
Nunca antes había parecido tan imposible cumplir una
orden de Cristo. Los discípulos habían
esperado durante largo tiempo un movimiento popular que pusiese a Jesús en el
trono; no podían soportar el pensamiento de que todo ese entusiasmo fuera
reducido a la nada. Las multitudes que
se estaban congregando para observar la Pascua anhelaban ver al nuevo Profeta. Para sus seguidores, ésta parecía la
oportunidad áurea de establecer a su amado Maestro sobre el trono de Israel. En el calor de esta nueva ambición, les era
difícil irse solos y dejar a Jesús en aquella orilla desolada. Protestaron contra tal disposición; pero
Jesús les habló entonces con una autoridad que nunca había asumido para con
ellos. Sabían que cualquier oposición
ulterior de su parte sería inútil, y en silencio se volvieron hacia el mar.
Jesús ordenó entonces a la multitud que se
dispersase; y su actitud era tan decidida que nadie se atrevió a desobedecerle. Las palabras de alabanza y exaltación
murieron en los labios de los concurrentes.
En el mismo acto de adelantarse para tomarle, sus pasos se detuvieron y
se desvanecieron las miradas alegres y anhelantes de sus rostros. En aquella muchedumbre había hombres de
voluntad fuerte y firme determinación; pero el porte regio de Jesús y sus pocas
y tranquilas palabras de orden apagaron el tumulto y frustraron sus designios. Reconocieron en él un poder superior a toda
autoridad terrenal, y sin una pregunta se sometieron.
Cuando fue dejado solo, Jesús "subió al monte
apartado a orar." Durante horas continuó intercediendo ante Dios. Oraba no por sí mismo sino por los hombres. Pidió poder para revelarles el carácter
divino de su misión, para que Satanás no cegase su entendimiento y pervirtiese
su juicio. El Salvador sabia que sus
días de ministerio personal en la tierra estaban casi terminados y que pocos le
recibirían como su Redentor. Con el
alma trabajada y afligida, oró por sus discípulos. Ellos habían de ser intensamente probados. Las esperanzas que por mucho tiempo
acariciaran, basadas en un engaño popular, habrían de frustrarse de la manera
más dolorosa y humillante. En lugar de
su exaltación al trono de David, habían de presenciar su crucifixión. Tal había de ser, por cierto, su verdadera
coronación. Pero ellos no lo
discernían, y en consecuencia les sobrevendrían fuertes tentaciones que les
sería difícil reconocer como tales. Sin
el Espíritu Santo para iluminar la mente y ampliar la comprensión, la fe de los
discípulos faltaría. Le dolía a Jesús
que el concepto que ellos tenían de su reino fuera tan limitado al
engrandecimiento y los honores mundanales.
Pesaba sobre su corazón la preocupación que sentía por ellos, y
derramaba sus súplicas con amarga agonía y lágrimas.
Los discípulos no habían abandonado inmediatamente la
tierra, según Jesús les había indicado.
Aguardaron un tiempo, esperando que él viniese con ellos. Pero al ver que las tinieblas los rodeaban
prestamente, "entrando en un barco, venían de la otra parte de la mar
hacia Capernaúm." Habían dejado a Jesús descontentos en su corazón, más
impacientes con él que nunca antes desde que le reconocieran como su Señor. Murmuraban porque no les había permitido
proclamarle rey. Se culpaban por haber
cedido con tanta facilidad a su orden. Razonaban
que si hubiesen sido más persistentes, podrían haber logrado su propósito.
La incredulidad estaba posesionándose de su mente y
corazón. El amor a los honores los
cegaba. Ellos sabían que Jesús era
odiado de los fariseos y anhelaban verle exaltado como les parecía que debía
serlo. El estar unidos con un Maestro
que podía realizar grandes milagros, y, sin embargo, ser vilipendiados como
engañadores era una prueba difícil de soportar. ¿Habían de ser tenidos siempre por discípulos de un falso profeta?
¿No habría nunca de asumir Cristo su autoridad como rey? ¿Por qué no se
revelaba en su verdadero carácter el que poseía tal poder, y así hacía su senda
menos dolorosa? ¿Por qué no había salvado a Juan el Bautista de una muerte
violenta? Así razonaban los discípulos hasta que atrajeron sobre sí grandes
tinieblas espirituales. Se preguntaban:
¿Podía ser Jesús un impostor, según aseveraban los fariseos?
Ese día los discípulos habían presenciado las
maravillosas obras de Cristo. Parecía
que el cielo había bajado a la tierra. El
recuerdo de aquel día precioso y glorioso debiera haberlos llenado de fe y
esperanza. Si de la abundancia de su
corazón hubiesen estado conversando respecto a estas cosas, no habrían entrado
en tentación. Pero su desilusión absorbía
sus pensamientos. Habían olvidado las
palabras de Cristo: "Recoged los pedazos que han quedado, porque no se
pierda nada." Aquellas habían sido horas de gran bendición para los
discípulos, pero las habían olvidado. Estaban
en medio de aguas agitadas. Sus
pensamientos eran tumultuosos e irrazonables, y el Señor les dio entonces otra
cosa para afligir sus almas y ocupar sus mentes. Dios hace con frecuencia esto cuando los hombres se crean cargas
y dificultades. Los discípulos no
necesitaban hacerse dificultades. El
peligro se estaba acercando rápidamente.
Una violenta tempestad estaba por sobrecogerles y
ellos no estaban preparados para ella. Fue
un contraste repentino, porque el día había sido perfecto; y cuando el huracán
los alcanzó, sintieron miedo. Olvidaron
su desafecto, su incredulidad, su impaciencia.
Cada uno se puso a trabajar para impedir que el barco se hundiese. Por el mar, era corta la distancia que
separaba a Betsaida del punto adonde esperaban encontrarse con Jesús, y en
tiempo ordinario el viaje requería tan sólo unas horas, pero ahora eran
alejados cada vez más del punto que buscaban.
Hasta la cuarta vela de la noche lucharon con los remos. Entonces los hombres cansados se dieron por
perdidos. En la tempestad y las
tinieblas, el mar les había enseñado cuán desamparados estaban, y anhelaban la
presencia de su Maestro.
Jesús no los había olvidado. El que velaba en la orilla vio a aquellos
hombres que llenos de temor luchaban con la tempestad. Ni por un momento perdió de vista a sus
discípulos. Con la más profunda
solicitud, sus ojos siguieron al barco agitado por la tormenta con su preciosa
carga; porque estos hombres habían de ser la luz del mundo. Como una madre vigila con tierno amor a su
hijo, el compasivo Maestro vigilaba a sus discípulos. Cuando sus corazones estuvieron subyugados, apagada su ambición
profana y en humildad oraron pidiendo ayuda, les fue concedida.
En el momento en que ellos se creyeron perdidos, un
rayo de luz reveló una figura misteriosa que se acercaba a ellos sobre el agua. Pero no sabían que era Jesús. Tuvieron por enemigo al que venía en su
ayuda. El terror se apoderó de ellos
Las manos que habían asido los remos con músculos de hierro, los soltaron. El barco se mecía al impulso de las olas,
todos los ojos estaban fijos en esta visión de un hombre que andaba sobre las
espumosas olas de un mar agitado. Ellos
pensaban que era un fantasma que presagiaba su destrucción y gritaron
atemorizados. Jesús siguió avanzando,
como si quisiese pasar más allá de donde estaban ellos, pero le reconocieron, y
clamaron a él pidiéndole ayuda. Su
amado Maestro se volvió entonces, y su voz aquietó su temor: "Alentaos; yo
soy, no temáis."
Tan pronto como pudieron creer el hecho prodigioso,
Pedro se sintió casi fuera de sí de gozo.
Como si apenas pudiese creer, exclamó: "Señor, si tú eres, manda
que yo vaya a ti sobre las aguas Y él dijo: Ven."
Mirando a Jesús, Pedro andaba con seguridad; pero
cuando con satisfacción propia, miró hacia atrás, a sus compañeros que estaban
en el barco, sus ojos se apartaron del Salvador. El viento era borrascoso.
Las olas se elevaban a gran altura, directamente entre él y el Maestro;
y Pedro sintió miedo. Durante un
instante, Cristo quedó oculto de su vista, y su fe le abandonó. Empezó a hundirse. Pero mientras las ondas hablaban con la muerte, Pedro elevó sus
ojos de las airadas aguas y fijándolos en Jesús, exclamó: "Señor,
sálvame." Inmediatamente Jesús asió la mano extendida, diciéndole:
"Oh hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?"
Andando lado a lado, y teniendo Pedro su mano en la
de su Maestro, entraron juntos en el barco.
Pero Pedro estaba ahora subyugado y callado. No tenía motivos para alabarse más que sus compañeros, porque por
la incredulidad y el ensalzamiento propio, casi había perdido la vida. Cuando apartó sus ojos de Jesús, perdió pie
y se hundía en medio de las ondas.
Cuando la dificultad nos sobreviene, con cuánta
frecuencia somos como Pedro. Miramos
las olas en vez de mantener nuestros ojos fijos en el Salvador. Nuestros pies resbalan, y las orgullosas
aguas sumergen nuestras almas. Jesús no
le había pedido a Pedro que fuera a él para perecer; él no nos invita a
seguirle para luego abandonarnos. "No
temas -dice,- porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú. Cuando pasares por las aguas, yo seré
contigo; y por los ríos, no te anegarán.
Cuando pasares por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti. Porque yo Jehová Dios tuyo, el Santo de
Israel, soy tu Salvador.'
Jesús leía el carácter de sus discípulos. Sabía cuán intensamente había de ser probada
su fe. En este incidente sobre el mar,
deseaba revelar a Pedro su propia debilidad, para mostrarle que su seguridad
estaba en depender constantemente del poder divino. En medio de las tormentas de la tentación, podía andar
seguramente tan sólo si, desconfiando totalmente de sí mismo, fiaba en el
Salvador. En el punto en que Pedro se
creía fuerte, era donde era débil; y hasta que pudo discernir su debilidad no
pudo darse cuenta de cuánto necesitaba depender de Cristo. Si él hubiese aprendido la lección que Jesús
trataba de enseñarle en aquel incidente sobre el mar, no habría fracasado
cuando le vino la gran prueba.
Día tras día, Dios instruye a sus hijos. Por las circunstancias de la vida diaria,
los está preparando para desempeñar su parte en aquel escenario más amplio que
su providencia les ha designado. Es el
resultado de la prueba diaria lo que determina su victoria o su derrota en la
gran crisis de la vida.
Los que dejan de sentir que dependen constantemente
de Dios, serán vencidos por la tentación.
Podemos suponer ahora que nuestros pies están seguros y que nunca
seremos movidos. Podemos decir con
confianza: Yo sé a quién he creído; nada quebrantará mi fe en Dios y su Palabra. Pero Satanás está proyectando aprovecharse
de nuestras características heredadas y cultivadas, y cegar nuestros ojos
acerca de nuestras propias necesidades y defectos. Únicamente comprendiendo nuestra propia debilidad y mirando
fijamente a Jesús, podemos estar seguros.
Apenas hubo tomado Jesús su lugar en el barco, cuando el viento cesó, "y luego el barco llegó a la tierra donde iban." La noche de horror fue sucedida por la luz del alba. Los discípulos, y otros que estaban a bordo, se postraron a los pies de Jesús con corazones agradecidos, diciendo: "Verdaderamente eres Hijo de Dios."