CAPÍTULO 4. UN SALVADOR
OS ES NACIDO
EL REY de gloria se rebajó a revestirse de humanidad. Tosco y repelente fue el ambiente que le rodeó
en la tierra. Su gloria se veló para que
la majestad de su persona no fuese objeto de atracción. Rehuyó toda ostentación externa. Las riquezas, la honra mundanal y la grandeza
humana no pueden salvar a una sola alma de la muerte; Jesús se propuso que ningún
halago de índole terrenal atrajera a los hombres a su lado. Únicamente la belleza de la verdad celestial
debía atraer a quienes le siguiesen. El
carácter del Mesías había sido predicho desde mucho antes en la profecía, y él deseaba
que los hombres le aceptasen por el testimonio de la Palabra divina.
Los ángeles se habían maravillado del glorioso plan de
redención. Con atención miraban cómo el
pueblo de Dios iba a recibir a su Hijo, revestido con el manto de la humanidad. Vinieron los ángeles a la tierra del pueblo elegido. Las otras naciones creían en fábulas y adoraban
falsos dioses. Pero los ángeles fueron a
la tierra donde la gloria de Dios se había revelado y había resplandecido la luz
de la profecía. Vinieron sin ser vistos
a Jerusalén, se acercaron a los que debían exponer los Sagrados Oráculos, a los
ministros de la casa de Dios. Ya había sido
anunciada al sacerdote Zacarías la proximidad de la venida de Cristo, mientras servía
ante el altar. Ya había nacido el precursor,
y su misión estaba corroborada por milagros y profecías. Habían cundido las nuevas de su nacimiento y
del maravilloso significado de su misión.
Y sin embargo, Jerusalén no se preparaba para dar la bienvenida a su Redentor.
Los mensajeros celestiales contemplaban con asombro la
indiferencia de aquel pueblo a quien Dios llamara a comunicar al mundo la luz de
la verdad sagrada. La nación judía había
sido conservada como testigo de que Cristo había de nacer de la simiente de Abrahán
y del linaje de David; y sin embargo, no sabía que su venida se acercaba. En el templo, el sacrificio matutino y el vespertino señalaban diariamente
al Cordero de Dios; sin embargo, ni aun allí se habían hecho los preparativos para
recibirle. Los sacerdotes y maestros de
la nación no sabían que estaba por acontecer el mayor suceso de los siglos. Repetían sus rezos sin sentido y ejecutaban los
ritos del culto para ser vistos de los hombres, pero en su lucha para obtener riquezas
y honra mundanal, no estaban preparados para la revelación del Mesías. Y la misma indiferencia reinaba en toda la tierra
de Israel. Los corazones egoístas y amantes
del mundo no se conmovían por el gozo que embargaba a todo el cielo. Sólo unos pocos anhelaban ver al Invisible. A los tales fue enviada la embajada celestial.
Hubo ángeles que acompañaron a José y María en su viaje
de Nazaret a la ciudad de David. El edicto
de la Roma imperial para empadronar a los pueblos de sus vastos dominios alcanzó
hasta los moradores de las colinas de Galilea.
Como antaño Ciro fue llamado al trono del imperio universal para que libertase
a los cautivos de Jehová, así también Augusto César hubo de cumplir el propósito
de Dios de traer a la madre de Jesús a Belén.
Ella era del linaje de David; y el Hijo de David debía nacer en la ciudad
de David. De Belén, había dicho el profeta,
"saldrá el que será Señor en Israel; cuya procedencia es desde el principio, desde los días de la eternidad."
Pero José y María no fueron reconocidos ni honrados en la ciudad de su linaje real. Cansados y sin hogar, siguieron en toda su longitud
la estrecha calle, desde la puerta de la ciudad hasta el extremo oriental, buscando
en vano un lugar donde pasar la noche. No
había sitio para ellos en la atestada posada.
Por fin, hallaron refugio en un tosco edificio que daba albergue a las bestias,
y allí nació el Redentor del mundo.
Sin que lo supieran los hombres, las nuevas llenaron el
cielo de regocijo. Los seres santos del
mundo de luz se sintieron atraídos hacia la tierra por un interés más profundo y
tierno. El mundo entero quedó más resplandeciente
por la presencia del Redentor. Sobre los
collados de Belén se reunieron innumerables ángeles a la espera de una señal para
declarar las gratas nuevas al mundo. Si
los dirigentes de Israel hubieran sido fieles, podrían haber compartido el gozo
de anunciar el nacimiento de Jesús. Pero
hubo que pasarlos por alto.
Dios declaró: "Derramaré aguas sobre el secadal,
y ríos sobre la tierra árida." "Resplandeció en las tinieblas luz a los
rectos." Para los que busquen la luz, y la acepten con alegría, brillarán los
esplendentes rayos del trono de Dios.
En los campos donde el joven David apacentara sus rebaños,
había todavía pastores que velaban. Durante
las silenciosas horas de la noche, hablaban del Salvador prometido, y oraban por
la venida del Rey al trono de David. "Y
he aquí el ángel del Señor vino sobre ellos, y la claridad de Dios los cercó de
resplandor; y tuvieron gran temor. Mas el
ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para
todo el pueblo: Que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es
Cristo el Señor."
Al oír estas palabras, las mentes de los atentos pastores
se llenaron de visiones gloriosas. ¡El Libertador
había nacido en Israel! Con su llegada, se asociaban el poder, la exaltación, el
triunfo. Pero el ángel debía prepararlos
para reconocer a su Salvador en la pobreza y humillación. "Esto os será por señal --les dijo:-- hallaréis
al niño envuelto en pañales, echado en un pesebre."
El mensajero celestial había calmado sus temores. Les había dicho cómo hallar a Jesús. Con tierna consideración por su debilidad humana,
les había dado tiempo para acostumbrarse al resplandor divino. Luego el gozo y la gloria no pudieron ya mantenerse
ocultos. Toda la llanura quedó iluminada
por el resplandor de las huestes divinas.
La tierra enmudeció, y el cielo se inclinó para escuchar el canto:
"Gloria en las alturas a Dios, y en la tierra paz,
buena voluntad para con los hombres."
¡Ojalá la humanidad pudiese reconocer hoy aquel canto!
La declaración hecha entonces, la nota pulsada, irá ampliando sus ecos hasta el
fin del tiempo, y repercutirá hasta los últimos confines de la tierra. Cuando el Sol de justicia salga, con sanidad
en sus alas, aquel himno será repetido por la voz de una gran multitud, como la
voz de muchas aguas, diciendo: "Aleluya: porque reinó el Señor nuestro Dios
Todopoderoso."
Al desaparecer los ángeles, la luz se disipó, y las tinieblas
volvieron a invadir las colinas de Belén.
Pero en la memoria de los pastores quedó el cuadro más resplandeciente que
hayan contemplado los ojos humanos. "Y aconteció que como los ángeles se fueron
de ellos al cielo, los pastores dijeron los unos a los otros: Pasemos pues hasta
Bethlehem, y veamos esto que ha sucedido, que el Señor nos ha manifestado. Y vinieron aprisa, y hallaron a María, y a José,
y al niño acostado en el pesebre."
Con gran gozo salieron y dieron a conocer cuanto habían
visto y oído. "Y todos los que oyeron,
se maravillaban de lo que los pastores les decían. Mas María guardaba todas estas cosas, confiriéndolas en su corazón. Y se volvieron los pastores glorificando y alabando
a Dios."
El cielo y la tierra no están más alejados hoy que cuando
los pastores oyeron el canto de los ángeles.
La humanidad sigue hoy siendo objeto de la solicitud celestial tanto como
cuando los hombres comunes, de ocupaciones ordinarias, se encontraban con los ángeles
al mediodía, y hablaban con los mensajeros celestiales en las viñas y los campos. Mientras recorremos las sendas humildes de la
vida, el cielo puede estar muy cerca de nosotros. Los ángeles de los atrios celestes acompañarán los pasos de aquellos
que vayan y vengan a la orden de Dios.
La historia de Belén es un tema inagotable. En ella se oculta la "profundidad de las
riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios." Nos asombra el sacrificio
realizado por el Salvador al trocar el trono del cielo por el pesebre, y la compañía
de los ángeles que le adoraban por la de las bestias del establo. La presunción y el orgullo humanos quedan reprendidos
en su presencia. Sin embargo, aquello no
fue sino el comienzo de su maravillosa condescendencia. Habría sido una humillación casi infinita para
el Hijo de Dios revestirse de la naturaleza humana, aun cuando Adán poseía la inocencia
del Edén. Pero Jesús aceptó la humanidad
cuando la especie se hallaba debilitada por cuatro mil años de pecado. Como cualquier hijo de Adán, aceptó los efectos
de la gran ley de la herencia. Y la historia
de sus antepasados terrenales demuestra cuáles eran aquellos efectos. Mas él vino con una herencia tal para compartir
nuestras penas y tentaciones, y darnos el ejemplo de una vida sin pecado.
En el cielo, Satanás había odiado a Cristo por la posición
que ocupara en las cortes de Dios. Le odió
aun más cuando se vio destronado. Odiaba
a Aquel que se había comprometido a redimir a una raza de pecadores. Sin embargo, a ese mundo donde Satanás pretendía
dominar, permitió Dios que bajase su Hijo, como niño impotente, sujeto a la debilidad
humana. Le dejó arrostrar los peligros de
la vida en común con toda alma humana, pelear la batalla como la debe pelear cada
hijo de la familia humana, aun a riesgo de sufrir la derrota y la pérdida eterna.
El corazón del padre humano se conmueve por su hijo. Mientras mira el semblante de su hijito, tiembla
al pensar en los peligros de la vida. Anhela
escudarlo del poder de Satanás, evitarle las tentaciones y los conflictos. Mas Dios entregó a su Hijo unigénito para que
hiciese frente a un conflicto más acerbo y a un riesgo más espantoso, a fin de que
la senda de la vida fuese asegurada para nuestros pequeñuelos. "En esto consiste el amor." ¡Maravillaos,
oh cielos! ¡Asómbrate, oh tierra!