CRISTO se había retirado con sus discípulos a un
lugar aislado, pero estos raros momentos de apacible quietud no tardaron en
verse interrumpidos. Los discípulos
pensaban haberse retirado donde no serían molestados; pero tan pronto como la
multitud echó de menos al divino Maestro, preguntó: "¿Dónde está?"
Había entre ella algunos que habían notado la dirección que tomaran Cristo y
sus discípulos. Muchos fueron por
tierra para buscarlos, mientras que otros siguieron en sus barcos, cruzando el
agua. La Pascua se acercaba, y de cerca
y de lejos se reunían, para ver a Jesús, grupos de peregrinos que se dirigían a
Jerusalén. Su número fue en aumento,
hasta que se reunieron como cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los
niños. Antes que Cristo llegara a la
orilla, una muchedumbre le estaba esperando, pero él desembarcó sin ser
observado y pasó un corto tiempo aislado con los discípulos.
Desde la ladera de la colina, él miraba a la
muchedumbre en movimiento, y su corazón se conmovía de simpatía. Aunque interrumpido y privado de su
descanso, no manifestaba impaciencia. Veía
que una necesidad mayor requería su atención, mientras contemplaba a la gente
que acudía y seguía acudiendo. "Y
tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor."
Abandonando su retiro, halló un lugar conveniente donde pudiese atender a la
gente. Ella no recibía ayuda de los
sacerdotes y príncipes; pero las sanadoras aguas de vida fluían de Cristo
mientras enseñaba a la multitud el camino de la salvación.
La gente escuchaba las palabras misericordiosas que
brotaban tan libremente de los labios del Hijo de Dios. Oían las palabras de gracia, tan sencillas y
claras que les parecían bálsamo de Galaad para sus almas. El poder sanador de su mano divina impartía
alegría y vida a los moribundos, comodidad y salud a los que sufrían
enfermedades. El día les parecía como el
cielo en la tierra, y no se daban la menor cuenta de cuánto tiempo hacía que no
habían comido.
Por fin había transcurrido ya el día, el sol se
estaba hundiendo en el occidente, y la gente seguía demorándose. Jesús había trabajado todo el día, sin comer
ni descansar. Estaba pálido por el
cansancio y el hambre, y los discípulos le rogaron que dejase de trabajar. Pero él no podía apartarse de la muchedumbre
que le oprimía de todas partes.
Los discípulos se acercaron finalmente a él,
insistiendo en que para el mismo beneficio de la gente había que despedirla. Muchos habían venido de lejos, y no habían
comido desde la mañana. En las aldeas y
pueblos de los alrededores podían conseguir alimentos. Pero Jesús dijo: "Dadles vosotros de
comer," y luego, volviéndose a Felipe, preguntó: "¿De dónde
compraremos pan para que coman éstos?" Esto lo dijo para probar la fe del
discípulo. Felipe miró el mar de
cabezas, y pensó que sería imposible proveer alimentos para satisfacer las
necesidades de una muchedumbre tan grande.
Contestó que doscientos denarios de pan no alcanzarían para que cada uno
tuviese un poco. Jesús preguntó cuánto
alimento podía encontrarse entre la multitud.
"Un muchacho está aquí --dijo Andrés,-- que tiene cinco panes de
cebada y dos pececillos; ¿mas qué es esto entre tantos?" Jesús ordenó que
le trajesen estas cosas y luego pidió a los discípulos que hiciesen sentar a la
gente sobre la hierba, en grupos de cincuenta y de cien personas, para
conservar el orden, y a fin de que todos pudiesen presenciar lo que iba a hacer. Hecho esto, Jesús tomó los alimentos, y
"alzando los ojos al cielo, bendijo, y partió y dio los panes a los
discípulos, y los discípulos a las gentes." "Y comieron todos, y se
hartaron. Y alzaron de los pedazos doce
cofines llenos, y de los peces."
El que enseñaba a la gente la manera de obtener paz y
felicidad se preocupaba tanto de sus necesidades temporales como de las
espirituales. La gente estaba cansada y
débil. Había madres con niños en
brazos, y niñitos que se aferraban de sus faldas. Muchos habían estado de pie durante horas. Habían estado tan intensamente interesados
en las palabras de Cristo, que ni siquiera habían pensado en sentarse, y la
muchedumbre era tan numerosa que había peligro de que se pisotearan unos a
otros. Jesús les daba ahora ocasión de
descansar, invitándolos a sentarse. Había
mucha hierba en ese lugar, y todos podían reposar cómodamente.
Cristo no realizó nunca un milagro que no fuese para
suplir una necesidad verdadera, y cada milagro era de un carácter destinado a
conducir a la gente al árbol de la vida, cuyas hojas son para la sanidad de las
naciones. El alimento sencillo que las
manos de los discípulos hicieron circular, contenía numerosas lecciones. Era un menú humilde el que había sido
provisto; los peces y los panes de cebada eran la comida diaria de los
pescadores que vivían alrededor del mar de Galilea.
Cristo podría haber extendido delante de la gente una
comida opípara pero los alimentos preparados solamente para satisfacer el
apetito no habrían impartido una lección benéfica. Cristo enseñaba a los concurrentes que las provisiones naturales
que Dios hizo para el hombre habían sido pervertidas. Y nunca disfrutó nadie de lujosos festines preparados para
satisfacer un gusto pervertido como esta gente disfrutó del descanso y de la
comida sencilla que Jesús le proveyó tan lejos de las habitaciones de los
hombres.
Si los hombres fuesen hoy sencillos en sus
costumbres, y viviesen en armonía con las leyes de la naturaleza, como Adán y
Eva en el principio, habría abundante provisión para las necesidades de la
familia humana. Habría menos
necesidades imaginarias, y más oportunidades de trabajar en las cosas de Dios. Pero el egoísmo y la complacencia del gusto
antinatural han producido pecado y miseria en el mundo, por los excesos de un
lado, y por la carencia del otro.
Jesús no trataba de atraer a la gente a sí por la
satisfacción de sus deseos de lujo. Para
aquella vasta muchedumbre, cansada y hambrienta después del largo día de
excitaciones, el sencillo menú era una garantía no sólo de su poder, sino de su
tierno cuidado manifestado hacia ellos en las necesidades comunes de a vida. El Salvador no ha prometido a quienes le
sigan los lujos del mundo; su alimento puede ser sencillo y aun escaso; su
suerte puede hallarse limitada estrechamente por la pobreza; pero él ha
empeñado su palabra de que su necesidad será suplida, y ha prometido lo que es
mucho mejor que los bienes mundanales: el permanente consuelo de su propia
presencia.
Al alimentar a los cinco mil, Jesús alzó el velo del
mundo de la naturaleza y reveló el poder que se ejerce constantemente para
nuestro bien. En la producción de las
mieses terrenales, Dios obra un milagro cada día. Por medio de agentes naturales, se realiza la misma obra que fue
hecha al alimentar a la multitud. Los
hombres preparan el suelo y siembran la semilla, pero es la vida de Dios la que
hace germinar la simiente. Es la
lluvia, el aire y el sol de Dios lo que le hace producir, "primero hierba,
luego espiga, después grano lleno en la espiga.' Es Dios quien alimenta cada
día los millones con las mieses de esta tierra. Los hombres están llamados a cooperar con Dios en el cuidado del
grano y la preparación del pan, y por esto pierden de vista la intervención
divina. No dan a Dios la gloria que se
debe a su santo nombre. Atribuyen la
obra de su poder a causas naturales o a instrumentos humanos. Glorifican al hombre en lugar de Dios, y
pervierten para usos egoístas sus dones misericordiosos, haciendo de ellos una
maldición en vez de una bendición. Dios
está tratando de cambiar todo esto. Desea
que nuestros sentidos embotados sean vivificados para discernir su bondad
misericordiosa y glorificarle por la manifestación de su poder. Desea que le reconozcamos en sus dones, a
fin de que ellos sean, como él quería, una bendición para nosotros. Con este fin fueron realizados los milagros
de Cristo.
Después que la multitud hubo sido alimentada, sobraba
abundante comida; pero el que dispone de todos los recursos del poder infinito
dijo: "Recoged los pedazos que han quedado, porque no se pierda
nada." Estas palabras significaban más que poner el pan en los cestos. La lección era doble. Nada se había de desperdiciar. No hemos de perder ninguna ventaja temporal. No debemos descuidar nada de lo que puede
beneficiar a un ser humano. Recójase
todo lo que aliviará la necesidad de los hambrientos de esta tierra. Debe manifestarse el mismo cuidado en las
cosas espirituales. Cuando se
recogieron los cestos de fragmentos, la gente se acordó de sus amigos en casa. Querían que ellos participasen del pan que
Cristo había bendecido. El contenido de
los canastos fue distribuido entre la ávida muchedumbre y llevado por toda la
región circundante. Así también los que
estuvieron en el festín debían dar a otros el pan del cielo para satisfacer el
hambre del alma. Habían de repetir lo
que habían aprendido acerca de las cosas admirables de Dios. Nada había de perderse. Ni una sola palabra concerniente a su
salvación eterna había de caer inútilmente al suelo.
El milagro de los panes enseña una lección en cuanto
a depender de Dios. Cuando Cristo
alimentó a los cinco mil, la comida no estaba cerca. Aparentemente él no disponía de recursos. Allí estaba, en el desierto, con cinco mil
hombres, además de las mujeres y los niños.
El no había invitado a la vasta muchedumbre. Ella había venido sin invitación ni orden; pero él sabía que
después de haber escuchado por tanto tiempo sus instrucciones, se sentían
hambrientos y débiles; porque él también participaba de su necesidad de
alimento. Estaban lejos de sus casas, y
la noche se acercaba. Muchos estaban
sin recursos para comprar alimento. El
que por ellos había ayunado cuarenta días en el desierto, no quería dejarlos
volver hambrientos a sus casas. La
providencia de Dios había colocado a Jesús donde se hallaba; y él dependía de
su Padre celestial para obtener los medios para aliviar la necesidad.
Y cuando somos puestos en estrecheces, debemos
depender de Dios. Hemos de ejercer
sabiduría y juicio en toda acción de la vida, a fin de no colocarnos en
situación de prueba por procederes temerarios.
No debemos sumirnos en dificultades descuidando los medios que Dios ha
provisto y usando mal las facultades que nos ha dado. Los que trabajan para Cristo deben obedecer implícitamente sus
instrucciones. La obra es de Dios, y si
queremos beneficiar a otros debemos seguir sus planes. No puede hacerse del yo un centro; el yo no
puede recibir honra. Si hacemos planes
según nuestras propias ideas, el Señor nos abandonará a nuestros propios
errores. Pero cuando, después de seguir
sus indicaciones, somos puestos en estrecheces, nos librará. No hemos de renunciar a la lucha,
desalentados, sino que en toda emergencia hemos de procurar la ayuda de Aquel
que tiene recursos infinitos a su disposición.
Con frecuencia, estaremos rodeados de circunstancias penosas, y
entonces, con la más plena confianza, debemos depender de Dios. El guardará a toda alma puesta en
perplejidad por tratar de andar en el camino del Señor.
Por medio del profeta, Cristo nos ha ordenado:
"Que partas tu pan con el hambriento," "y saciares el alma
afligida," "que cuando vieres al desnudo, lo cubras," "y a
los pobres errantes metas en casa." Nos ha dicho: "Id por todo el
mundo; predicad el evangelio a toda criatura." Pero cuán a menudo nos
descorazonamos y nos falta la fe, al ver cuán grande es la necesidad y cuán
pequeños los medios en nuestras manos. Como
Andrés al mirar los cinco panes de cebada y los dos pececillos, exclamamos:
"¿Qué son éstos para tantos?" Con frecuencia, vacilamos, nada
dispuestos a dar todo lo que tenemos, temiendo gastar y ser gastados para los
demás. Pero Jesús nos ha ordenado: "Dadles
vosotros de comer." Su orden es una promesa; y la apoya el mismo poder que
alimentó a la muchedumbre a orillas del mar.
El acto de Cristo al suplir las necesidades
temporales de una muchedumbre hambrienta, entraña una profunda lección
espiritual para todos los que trabajan para él. Cristo recibía del Padre; él impartía a los discípulos; ellos
impartían a la multitud; y las personas unas a otras. Así, todos los que están unidos a Cristo, recibirán de él el pan
de vida, el alimento celestial, y lo impartirán a otros.
Confiando plenamente en Dios, Jesús tomó la pequeña
provisión de panes; y aunque constituía una pequeña porción para su propia
familia de discípulos, no los invitó a ellos a comer, sino que empezó a
distribuirles el alimento, ordenándoles que sirviesen a la gente. El alimento se multiplicaba en sus manos; y
las de los discípulos no estaban nunca vacías al extenderse hacia Cristo, que
es él mismo el pan de vida. La pequeña
provisión bastó para todos. Después que
las necesidades de la gente quedaron suplidas, los fragmentos fueron recogidos,
y Cristo y sus discípulos comieron juntos el alimento precioso proporcionado
por el Cielo.
Los discípulos eran el medio de comunicación entre
Cristo y la gente. Esto debe ser de
gran estímulo para sus discípulos de hoy.
Cristo es el gran centro, la fuente de toda fuerza. Sus discípulos han de recibir de él sus
provisiones. Los más inteligentes, los
mejor dispuestos espiritualmente, pueden otorgar a otros solamente lo que
reciben. De sí mismos, no pueden suplir
en nada las necesidades: del alma. Podemos
impartir únicamente lo que recibimos de Cristo; y podemos recibir únicamente a
medida que impartimos a otros. A medida
que continuamos impartiendo, continuamos recibiendo; y cuanto más impartamos,
tanto más recibiremos. Así podemos
constantemente creer, confiar, recibir e impartir.
La obra de fomentar el reino de Cristo irá adelante,
aunque por todas las apariencias progrese lentamente y las imposibilidades
parezcan testificar contra su progreso.
La obra es de Dios, y él proporcionará los recursos y mandará quienes
ayuden, discípulos fieles y fervientes, cuyas manos estén también llenas de
alimento para la muchedumbre hambrienta.
Dios no se olvida de los que trabajan con amor para dar la Palabra de
vida a las almas que perecen, quienes a su vez extienden las manos para recibir
alimento para otras almas hambrientas.
En nuestro trabajo para Dios, corremos el peligro de
confiar demasiado en lo que el hombre, con sus talentos y capacidad, puede
hacer. Así perdemos de vista al único
Artífice Maestro. Con demasiada
frecuencia, el que trabaja para Cristo deja de comprender su responsabilidad
personal. Corre el peligro de pasar su
carga a organizaciones, en vez de confiar en Aquel que es la fuente de toda
fuerza. Es un grave error confiar en la
sabiduría humana o en los números para hacer la obra de Dios. El trabajar con éxito para Cristo depende no
tanto de los números o del talento como de la pureza del propósito, de la
verdadera sencillez de una fe ferviente y confiada. Deben llevarse responsabilidades personales, asumirse deberes
personales, realizarse esfuerzos personales en favor de los que no conocen a
Cristo. En vez de pasar nuestra
responsabilidad a alguna otra persona que consideramos más capacitada que
nosotros, obremos según nuestra capacidad.
Cuando se nos presente la pregunta: "¿De dónde
compraremos pan para que éstos coman?" no demos la respuesta de la
incredulidad. Cuando los discípulos
oyeron la indicación del Salvador: "Dadles vosotros de comer," se les
presentaron todas las dificultades. Preguntaron:
¿Iremos por las aldeas a comprar pan? Así también ahora, cuando la gente está
privada del pan de vida, los hijos del Señor preguntan: ¿Mandaremos llamar a
alguno de lejos, para que venga y los alimente? Pero ¿qué dijo Cristo?
"Haced recostar la gente," y allí los alimentó. Así, cuando estemos rodeados de almas
menesterosas, sepamos que Cristo está allí.
Pongámonos en comunión con él; traigamos nuestros panes de cebada a
Jesús.
Los medios de los cuales disponemos no parecerán tal
vez suficientes para la obra; pero si queremos avanzar con fe, creyendo en el
poder de Dios que basta para todo, se nos presentarán abundantes recursos. Si la obra es de Dios, él mismo proveerá los
medios para realizarla. El recompensará
al que confíe sencilla y honradamente en él.
Lo poco que se emplea sabia y económicamente en el servicio del Señor
del cielo, se multiplicará al ser impartido.
En las manos de Cristo, la pequeña provisión de alimento permaneció sin
disminución hasta que la hambrienta multitud quedó satisfecha. Si vamos a la Fuente de toda fuerza, con las
manos de nuestra fe extendidas para recibir, seremos sostenidos en nuestra
obra, aun en las circunstancias más desfavorables, y podremos dar a otros el
pan de vida.
El Señor dice: "Dad, y se os dará."
"El que siembra con mezquindad, con mezquindad también segará; y el que
siembra generosamente, generosamente también segará... Y puede Dios hacer que
toda gracia abunde en vosotros; a fin de que, teniendo siempre toda suficiencia
en todo, tengáis abundancia para toda buena obra; según está escrito:"Ha
esparcido, ha dado a los pobres;
Su justicia permanece para siempre.
"Y el que suministra simiente al sembrador, y pan para manutención, suministrará y multiplicará vuestra simiente para sembrar, y aumentará los productos de vuestra justicia; estando vosotros enriquecidos en todo, para toda forma de liberalidad; la cual obra por medio de nosotros acciones de gracias a Dios."