CAPÍTULO 38. VENID, REPOSAD UN POCO
AL VOLVER de su jira misionera, "los apóstoles
se juntaron con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho, y lo que habían
enseñado. Y él les dijo: Venid vosotros
aparte al lugar desierto, y reposad un poco.
Porque eran muchos los que iban y venían, que ni aun tenían lugar de
comer."
Los discípulos vinieron a Jesús y le contaron todo. Su unión íntima con él los animaba a
presentarle todos los incidentes favorables y desfavorables que les ocurrieran,
la alegría que sentían al ver los resultados de sus trabajos, y. el pesar que les causaban sus fracasos,
faltas y debilidades. Habían cometido
errores en su primera obra de evangelización, y mientras relataban francamente
a Cristo lo sucedido, él vio que necesitaban muchas instrucciones. Vio también que se habían cansado en el
trabajo y necesitaban reposo.
Pero no podían obtener el aislamiento necesario donde
se encontraban entonces; "porque eran muchos los que iban y venían, que ni
aun tenían lugar de comer." La gente se agolpaba en derredor de Cristo,
ansiosa de ser sanada y ávida de escuchar su palabra. Muchos se sentían atraídos a él; porque les parecía ser la fuente
de toda bendición. Muchos de los que se
agolpaban en derredor de Cristo para recibir el precioso don de la salud, le
aceptaban como su Salvador. Muchos
otros, que temían entonces confesarle, a causa de los fariseos, se convirtieron
cuando descendió el Espíritu Santo, y delante de sacerdotes y gobernantes
airados le reconocieron como el Hijo de Dios.
Pero ahora Cristo anhelaba retraimiento, a fin de
poder estar con los discípulos; porque tenía mucho que decirles. En su obra, habían pasado por la prueba del
conflicto y habían encontrado oposición de diversas formas. Hasta ahí habían consultado a Cristo en
todo; pero durante algún tiempo habían estado solos y a veces habían estado muy
angustiados en cuanto a saber qué hacer.
Habían hallado mucho estímulo en su trabajo; porque Cristo no los había
mandado sin su Espíritu, y por la fe en él habían realizado muchos milagros;
pero ahora necesitaban alimentarse con el pan de vida. Necesitaban ir a un lugar de retraimiento,
donde pudiesen estar en comunión con Jesús y recibir instrucciones para su obra
futura.
"Y él les dijo: Venid vosotros aparte al lugar
desierto, y reposad un poco." Cristo está lleno de ternura y compasión por
todos los que participan en su servicio.
El quería mostrar a sus discípulos que Dios no requiere sacrificio sino
misericordia. Ellos habían consagrado
todo su corazón a trabajar por la gente, y esto agotó su fuerza física y mental. Era su deber descansar.
Al notar los discípulos cómo sus labores tenían
éxito, corrían peligro de atribuirse el mérito a sí mismos, de sentir orgullo
espiritual, y así caer bajo las tentaciones de Satanás. Les esperaba una gran obra, y ante todo
debían aprender que su fuerza no residía en sí mismos, sino en Dios. Como Moisés en el desierto del Sinaí, como
David entre las colinas de Judea, o Elías a orillas del arroyo de Carit, los
discípulos necesitaban apartarse del escenario de su intensa actividad, para
ponerse en comunión con Cristo, con la naturaleza y con su propio corazón.
Mientras los discípulos habían estado ausentes en su
jira misionera, Jesús había visitado otras aldeas y pueblos, predicando el
Evangelio del reino. Fue más o menos en
aquel entonces cuando recibió las nuevas de la muerte del Bautista. Este acontecimiento le presentó vívidamente
el fin hacia el cual se dirigían sus propios pasos. Densas sombras se estaban acumulando sobre su senda. Los sacerdotes y rabinos estaban buscando
ocasión para lograr su muerte, los espías vigilaban sus pasos, y por todas
partes se multiplicaban las maquinaciones para destruirle. Habían llegado a Herodes noticias de la
predicación de los apóstoles por Galilea, y ello había llamado su atención a
Jesús y su obra. "Este es Juan el
Bautista --decía:-- él ha resucitado de los muertos," y expresó el deseo
de ver a Jesús. Herodes temía
constantemente que se preparase secretamente una revolución con el objeto de
destronarle y librar a la nación judía del yugo romano. Entre la gente cundía el espíritu de
descontento e insurrección. Era
evidente que las labores públicas de Cristo en Galilea no podían continuar por
mucho tiempo. Se acercaban las escenas
de sus sufrimientos, y él anhelaba apartarse por unos momentos de la confusión
de la multitud.
Con corazones entristecidos, los discípulos de Juan
habían sepultado su cuerpo mutilado. Luego
"fueron, y dieron las nuevas a Jesús." Estos discípulos habían
sentido envidia de Cristo cuando les parecía que apartaba la gente de Juan. Se habían puesto de parte de los fariseos
para acusarle cuando se hallaba sentado con los publicanos en el festín de
Mateo. Habían dudado de su misión
divina porque no había libertado al Bautista.
Pero ahora que su maestro había muerto, y anhelaban consuelo en su gran
tristeza y dirección para su obra futura, vinieron a Jesús y unieron su interés
con el suyo. Ellos también necesitaban
momentos de tranquilidad para estar en comunión con el Salvador.
Cerca de Betsaida, en el extremo septentrional del
lago, había una región solitaria, entonces hermosamente cubierta por el fresco
y verde tapiz de la primavera, y ofrecía un grato retiro a Jesús y sus
discípulos. Se dirigieron hacia ese
lugar, cruzando el agua con su bote. Allí
estarían lejos de las vías de comunicación y del bullicio y agitación de la
ciudad. Las escenas de la naturaleza
eran en sí mismas un reposo, un cambio grato a los sentidos. Allí podrían ellos escuchar las palabras de
Cristo sin oír las airadas interrupciones, las réplicas y acusaciones de los
escribas y fariseos. Allí disfrutarían
de unos cortos momentos de preciosa comunión en la compañía de su Señor.
El descanso que Cristo y sus discípulos tomaron no
era un descanso egoísta y complaciente.
El tiempo que pasaron en retraimiento no lo dedicaron a buscar placeres. Conversaron de la obra de Dios y de la
posibilidad de alcanzar mayor eficiencia en ella. Los discípulos habían estado con Jesús y podían comprenderle; no
necesitaba hablarles en parábolas. El
corrigió sus errores y les aclaró la mejor manera de acercarse a la gente. Les reveló más plenamente los preciosos
tesoros de la verdad divina. Quedaron
vivificados por el poder divino y llenos de esperanza y valor.
Aunque Jesús podía realizar milagros y había dotado a
sus discípulos del poder de realizarlos también, recomendó a sus cansados
siervos que se apartasen al campo y descansasen. Cuando dijo que la mies era mucha, y pocos los obreros, no impuso
a sus discípulos la necesidad de trabajar sin cesar, sino que dijo:
"Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies." Dios
ha asignado a cada uno su obra según su capacidad, y él no quiere que unos
pocos estén recargados de responsabilidades, mientras que los otros no llevan
ninguna carga, trabajo ni preocupación del alma.
Las compasivas palabras de Cristo se dirigen a sus
obreros actuales tanto como a sus discípulos de entonces. "Venid vosotros aparte, ... y reposad
un poco," dice aún a aquellos que están cansados y agobiados. No es prudente estar siempre bajo la tensión
del trabajo y la excitación, aun mientras se atiendan las necesidades
espirituales de los hombres; porque de esta manera se descuida la piedad
personal y se agobian las facultades de la mente, del alma y del cuerpo. Se exige abnegación de los discípulos de
Cristo y ellos deben hacer sacrificios; pero deben tener cuidado, no sea que
por su exceso de celo, Satanás se aproveche de la debilidad humana y perjudique
la obra de Dios.
En la estima de los rabinos, era la suma de la
religión estar siempre en un bullicio de actividad. Ellos querían manifestar su piedad superior por algún acto
externo. Así separaban sus almas de
Dios y se encerraban en la suficiencia propia.
Existen todavía los mismos peligros.
Al aumentar la actividad, si los hombres tienen éxito en ejecutar algún
trabajo para Dios, hay peligro de que confíen en los planes y métodos humanos. Propenden a orar menos y a tener menos fe. Como los discípulos, corremos el riesgo de
perder de vista cuánto dependemos de Dios y tratar de hacer de nuestra
actividad un salvador. Necesitamos
mirar constantemente a Jesús comprendiendo que es su poder lo que realiza la
obra. Aunque hemos de trabajar
fervorosamente para la salvación de los perdidos, también debemos tomar tiempo
para la meditación, la oración y el estudio de la Palabra de Dios. Es únicamente la obra realizada con mucha
oración y santificada por el mérito de Cristo, la que al fin habrá resultado
eficaz para el bien.
Ninguna vida estuvo tan llena de trabajo y
responsabilidad como la de Jesús, y, sin embargo, cuán a menudo se le
encontraba en oración. Cuán constante
era su comunión con Dios. Repetidas
veces en la historia de su vida terrenal, se encuentran relatos como éste:
"Levantándose muy de mañana, aun muy de noche, salió y se fue a un lugar
desierto, y allí oraba." "Y se juntaban muchas gentes a oír y ser
sanadas de sus enfermedades. Mas él se
apartaba a los desiertos, y oraba." "Y aconteció en aquellos días,
que fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios.
En una vida completamente dedicada al beneficio
ajeno, el Salvador hallaba necesario retirarse de los caminos muy transitados y
de las muchedumbres que le seguían día tras día. Debía apartarse de una vida de incesante actividad y contacto con
las necesidades humanas, para buscar retraimiento y comunión directa con su
Padre. Como uno de nosotros,
participante de nuestras necesidades y debilidades, dependía enteramente de
Dios, y en el lugar secreto de oración, buscaba fuerza divina, a fin de salir fortalecido
para hacer frente a los deberes y las pruebas.
En un mundo de pecado, Jesús soportó luchas y torturas del alma. En la comunión con Dios, podía descargarse
de los pesares que le abrumaban. Allí
encontraba consuelo y gozo.
En Cristo el clamor de la humanidad llegaba al Padre
de compasión infinita. Como hombre,
suplicaba al trono de Dios, hasta que su humanidad se cargaba de una corriente
celestial que conectaba a la humanidad con la divinidad. Por medio de la comunión continua, recibía
vida de Dios a fin de impartirla al mundo.
Su experiencia ha de ser la nuestra.
"Venid vosotros aparte," nos invita. Si tan sólo escuchásemos su palabra,
seríamos más fuertes y más útiles. Los
discípulos buscaban a Jesús y le relataban todo; y él los estimulaba e instruía. Si hoy tomásemos tiempo para ir a Jesús y
contarle nuestras necesidades, no quedaríamos chasqueados; él estaría a nuestra
diestra para ayudarnos. Necesitamos más
sencillez, más confianza en nuestro Salvador.
Aquel cuyo nombre es "Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de
paz;" Aquel de quien está escrito: "El dominio estará sobre su
hombro," es el Consejero Admirable.
El nos ha invitado a que le pidamos sabiduría. Y la "da a todos abundantemente y no zahiere."
En todos los que reciben la preparación divina, debe
revelarse una vida que no está en armonía con el mundo, sus costumbres o
prácticas; y cada uno necesita tener experiencia personal en cuanto a obtener
el conocimiento de la voluntad de Dios.
Debemos oírle individualmente hablarnos al corazón. Cuando todas las demás voces quedan
acalladas, y en la quietud esperamos delante de él, el silencio del alma hace
más distinta la voz de Dios. Nos
invita: "Estad quietos, y conoced que yo soy Dios." Solamente allí
puede encontrarse verdadero descanso. Y
ésta es la preparación eficaz para todo trabajo que se haya de realizar para
Dios. Entre la muchedumbre apresurada y
el recargo de las intensas actividades de la vida, el alma que es así
refrigerada quedará rodeada de una atmósfera de luz y de paz. La vida respirará fragancia, y revelará un
poder divino que alcanzará a los corazones humanos.