CAPÍTULO 37. LOS PRIMEROS EVANGELISTAS
LOS APÓSTOLES eran miembros de la familia de Jesús y
le habían acompañado mientras viajaba pie por Galilea. Habían compartido con él los trabajos y
penurias que le habían tocado. Habían
escuchado sus discursos, habían andado y hablado con el Hijo de Dios, y de su
instrucción diaria habían aprendido a trabajar para la elevación de la
humanidad. Mientras Jesús ministraba a
las vastas muchedumbres que se congregaban en derredor de él, sus discípulos le
acompañaban, ávidos de hacer cuanto les pidiera y de aliviar su labor. Ayudaban a ordenar a la gente, traían a los
afligidos al Salvador y procuraban la comodidad de todos. Estaban alerta para discernir a los oyentes
interesados, les explicaban las Escrituras y de diversas maneras trabajaban
para su beneficio espiritual. Enseñaban
lo que habían aprendido de Jesús y obtenían cada día una rica experiencia. Pero necesitaban también aprender a trabajar
solos. Les faltaba todavía mucha
instrucción, gran paciencia y ternura. Ahora,
mientras él estaba personalmente con ellos para señalarles sus errores,
aconsejarlos y corregirlos, el Salvador los mandó como representantes suyos.
Mientras habían estado con él, los discípulos se
habían sentido con frecuencia perplejos a causa de las enseñanzas de los
sacerdotes y fariseos, pero habían llevado sus perplejidades a Jesús. El les había presentado las verdades de la
Escritura en contraste con la tradición.
Así había fortalecido su confianza en la Palabra de Dios, y en gran
medida los había libertado del temor de los rabinos y de su servidumbre a la
tradición. En la educación de los
discípulos, el ejemplo de la vida del Salvador era mucho más eficaz que la
simple instrucción doctrinaria. Cuando
estuvieran separados de su Maestro, recordarían cada una de sus miradas, su
tono y sus palabras. Con frecuencia,
mientras estuvieran en conflicto con los enemigos del Evangelio, repetirían sus
palabras, y al ver su efecto sobre la gente, se regocijarían mucho.
Llamando a los doce en derredor de sí, Jesús les
ordenó que fueran de dos en dos por los pueblos y aldeas. Ninguno fue enviado solo, sino que el
hermano iba asociado con el hermano, el amigo con el amigo. Así podían ayudarse y animarse mutuamente,
consultando y orando juntos, supliendo cada uno la debilidad del otro. De la misma manera, envió más tarde a los
setenta. Era el propósito del Salvador
que los mensajeros del Evangelio se asociaran de esta manera. En nuestro propio tiempo la obra de
evangelización tendría mucho más éxito si se siguiera fielmente este ejemplo.
El mensaje de los discípulos era el mismo que el de
Juan el Bautista y el de Cristo mismo: "El reino de los cielos se ha
acercado." No debían entrar en controversia con la gente acerca de si
Jesús de Nazaret era el Mesías; sino que en su nombre debían hacer las mismas
obras de misericordia que él había hecho.
Les ordenó: "Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos,
echad fuera demonios: de gracia recibisteis, dad de gracia."
Durante su ministerio, Jesús dedicó más tiempo a
sanar a los enfermos que a predicar. Sus
milagros atestiguaban la verdad de sus palabras de que no había venido para
destruir, sino para salvar. Su justicia
iba delante de él y la gloria del Señor era su retaguardia. Dondequiera que fuera, le precedían las
nuevas de su misericordia. Donde había
pasado, los objetos de su compasión se regocijaban en su salud y en el
ejercicio de sus facultades recobradas.
Se congregaban muchedumbres en derredor de ellos, para oír de sus labios
las obras que el Señor había hecho. Su
voz era el primer sonido que muchos habían oído, su nombre la primera palabra
que hubiesen pronunciado, su rostro el primero que hubiesen mirado. ¿Por qué no habrían de amar a Jesús y cantar
sus alabanzas? Mientras él pasaba por los pueblos y ciudades, era como una
corriente vital que difundía vida y gozo por dondequiera que fuera.
Los seguidores de Cristo han de trabajar como él obró. Hemos de alimentar a los hambrientos, vestir
a los desnudos y consolar a los dolientes y afligidos. Hemos de ministrar a los que desesperan e
inspirar esperanza a los descorazonados.
Y para nosotros se cumplirá también la promesa: "Irá tu justicia
delante de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia.' El amor de Cristo,
manifestado en un ministerio abnegado, será más eficaz para reformar al que
yerra que la espada o el tribunal. Estas
cosas son necesarias para infundir terror al violador de la ley, pero el amante
misionero puede hacer más que esto. Con
frecuencia, el corazón se endurecerá bajo la reprensión; pero se enternecerá
bajo el amor de Cristo. El misionero
puede no sólo aliviar las enfermedades físicas, sino que puede conducir al
pecador al gran Médico, quien es capaz de limpiar el alma de la lepra del
pecado. Por medio de sus siervos, Dios
quiere que los enfermos, los infortunados, los poseídos de espíritus malos,
oigan su voz. Mediante sus agentes
humanos, desea ser un "Consolador" cuyo igual el mundo no conoce.
En su primera jira misionera, los discípulos debían
ir solamente a "las ovejas perdidas de la casa de Israel." Si
entonces hubiesen predicado el Evangelio a los gentiles o a los samaritanos,
habrían perdido su influencia sobre los judíos. Excitando el prejuicio de los fariseos, se habrían metido en una
controversia que los habría desanimado en el mismo comienzo de sus labores. Aun los apóstoles fueron lentos en
comprender que el Evangelio debía darse a todas las naciones. Mientras ellos mismos no comprendieron esta
verdad, no estuvieron preparados para trabajar por los gentiles. Si los judíos querían recibir el Evangelio,
Dios se proponía hacerlos sus mensajeros a los gentiles. Por lo tanto, eran los primeros que debían
oír el mensaje.
Por todo el campo de labor de Cristo, había almas
despertadas que comprendían ahora su necesidad y tenían hambre y sed de la
verdad. Había llegado el tiempo en que
debían mandarse las nuevas de su amor a esas almas anhelantes. A todas éstas, debían ir los discípulos como
representantes de Cristo. Los creyentes
habían de ser inducidos a mirarlos como maestros divinamente designados, y
cuando el Salvador les fuese quitado no quedarían sin instructores.
En esta primera jira, los discípulos debían ir
solamente adonde Jesús había estado antes y había conquistado amigos. Su preparación para el viaje debía ser de lo
más sencilla. No debían permitir que
cosa alguna distrajese su atención de su gran obra, despertase oposición o
cerrase la puerta a labores ulteriores.
No debían adoptar la indumentaria de los maestros religiosos ni usar
atavío alguno que los distinguiese de los humildes campesinos. No debían entrar en las sinagogas y convocar
a las gentes a cultos públicos; sus esfuerzos debían limitarse al trabajo de
casa en casa. No habían de malgastar
tiempo en saludos inútiles ni en ir de casa en casa para ser agasajados. Pero en todo lugar debían aceptar la
hospitalidad de los que fuesen dignos, de los que les diesen bienvenida cordial
como si recibiesen al mismo Jesús. Debían
entrar en la morada con el hermoso saludo: "Paz sea a esta casa." Ese
hogar iba a ser bendecido por sus oraciones, sus cantos de alabanza y la
presentación de las Escrituras en el círculo de la familia.
Estos discípulos debían ser heraldos de la verdad y
preparar el camino para la venida de su Maestro. El mensaje que tenían que dar era la palabra de vida eterna, y el
destino de los hombres dependía de que lo aceptasen o rechazasen. Para impresionar a las gentes con su
solemnidad, Jesús dijo a sus discípulos: "Y cualquiera que no os
recibiere, ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y
sacudid el polvo de vuestros pies. De
cierto os digo, que el castigo será más tolerable a la tierra de los de Sodoma
y de los de Gomorra en el día del juicio, que a aquella ciudad."
Ahora el ojo del Salvador penetra lo futuro;
contempla los campos más amplios en los cuales, después de su muerte, los
discípulos van a ser sus testigos. Su
mirada profética abarca lo que experimentarán sus siervos a través de todos los
siglos hasta que vuelva por segunda vez.
Muestra a sus seguidores los conflictos que tendrán que arrostrar;
revela el carácter y el plan de la batalla.
Les presenta los peligros que deberán afrontar, la abnegación que
necesitarán. Desea que cuenten el
costo, a fin de no ser sorprendidos inadvertidamente por el enemigo. Su lucha no había de reñirse contra la carne
y la sangre, sino "contra los principados, contra las potestades, contra
los gobernantes de las tinieblas de este mundo, contra las huestes espirituales
de iniquidad en las regiones celestiales." Habrán de contender con fuerzas
sobrenaturales, pero se les asegura una ayuda sobrenatural. Todos los seres celestiales están en este ejército. Y hay más que ángeles en las filas. El Espíritu Santo, el representante del
Capitán de la hueste del Señor, baja a dirigir la batalla. Nuestras flaquezas pueden ser muchas, y
graves nuestros pecados y errores; pero la gracia de Dios es para todos los
que, contritos, la pidan. El poder de
la Omnipotencia está listo para obrar en favor de los que confían en Dios.
"He aquí --dijo Jesús,-- yo os envío como a
ovejas en medio de lobos: sed pues prudentes como serpientes, y sencillos como
palomas." Cristo mismo no suprimió una palabra de la verdad, sino que la
dijo siempre con amor. Ejerció el mayor
tacto y atención reflexiva y bondadosa en su trato con la gente. Nunca fue rudo ni dijo innecesariamente una
palabra severa; nunca causó una pena innecesaria a un alma sensible. No censuró la debilidad humana. Denunció intrépidamente la hipocresía, la
incredulidad y la iniquidad, pero había lágrimas en su voz al pronunciar sus
severas reprensiones. Lloró sobre
Jerusalén, la ciudad que él amaba, que se negaba a recibirle a él, el Camino,
la Verdad y la Vida. Sus habitantes le
rechazaron a él, el Salvador, pero los consideró con compasiva ternura y con
una tristeza tan profunda que quebrantaba su corazón. Cada alma era preciosa a su vista. Aunque siempre se conducía con divina dignidad, se inclinaba con
la consideración más tierna hacia cada miembro de la familia de Dios. En todos los hombres veía almas caídas a las
cuales era su misión salvar.
Los siervos de Cristo no han de actuar según los
dictados del corazón natural. Necesitan
tener una íntima comunión con Dios, no sea que, bajo la provocación, el yo se
levante y ellos dejen escapar un torrente de palabras inconvenientes, que
disten mucho de ser como el rocío y como las suaves gotas que refrescan las
plantas agostadas. Esto es lo que
Satanás quiere que hagan; porque éstos son sus métodos. Es el dragón el que se aíra, es el espíritu
de Satanás el que se revela en la cólera y las acusaciones. Pero los siervos de Dios han de ser
representantes suyos. El desea que
trafiquen únicamente con la moneda del cielo, la verdad que lleva su propia
imagen e inscripción. El poder por el
cual han de vencer al mal es el poder de Cristo. La gloria de Cristo es su fuerza. Han de fijar sus ojos en su hermosura. Entonces podrán presentar el Evangelio con tacto y amabilidad
divina. Y el espíritu que se mantiene
amable bajo la provocación hablará más eficazmente en favor de la verdad que
cualquier argumento, por enérgico que sea.
Los que se ven envueltos en una controversia con los
enemigos de la verdad, tienen que arrostrar no sólo a los hombres, sino a
Satanás y sus agentes. Recuerden las
palabras del Salvador: "He aquí yo os envío como corderos en medio de
lobos." Confíen en el amor de Dios, y su espíritu se conservará sereno,
aun bajo los insultos personales. El
Salvador los revestirá con una panoplia divina. Su Espíritu Santo influirá en la mente y en el corazón, de manera
que la voz no copiará las notas de los aullidos de los lobos.
Continuando sus instrucciones a sus discípulos, Jesús
dijo: "Guardaos de los hombres." No debían poner confianza implícita
en aquellos que no conocían a Dios, ni hacerlos sus confidentes; porque esto daría
una ventaja a los agentes de Satanás. Las
invenciones humanas contrarrestan con frecuencia los planes de Dios. Los que edifican el templo del Señor deben
construir de acuerdo con el dechado mostrado en el monte: la semejanza divina. Dios queda deshonrado, y traicionado el
Evangelio, cuando sus siervos dependen de los consejos de hombres que no están
bajo la dirección del Espíritu Santo. La
sabiduría humana es locura para Dios. Los
que en ella confían, errarán ciertamente.
"Os entregarán a los concilios ... y seréis llevados ante gobernadores y reyes
por mi causa, para testimonio a ellos y a las naciones." La persecución
esparcirá la luz. Los siervos de Cristo
serán llevados ante los grandes de la tierra, quienes, de otra manera, nunca
habrían oído tal vez el Evangelio. La
verdad ha sido presentada falsamente a estos hombres. Han escuchado falsas acusaciones contra la fe de los discípulos
de Cristo. Con frecuencia su único
medio de conocer el verdadero carácter de esta fe es el testimonio de aquellos
que son llevados a juicio por ella. En
el examen, se les pide que contesten, y sus jueces escuchan el testimonio dado. La gracia de Dios será concedida a sus
siervos para hacer frente a la emergencia.
"En aquella hora os será dado --dijo Jesús,-- qué habéis de hablar. Porque no sois vosotros los que habláis,
sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros." Al iluminar el
Espíritu de Dios la mente de sus siervos, la verdad será presentada con su
poder divino y su alto valor. Los que
rechazan la verdad se levantarán para acusar y oprimir a los discípulos. Pero bajo la pérdida y el sufrimiento, y aun
hasta la muerte, los hijos del Señor han de revelar la mansedumbre de su divino
Ejemplo. Así se verá el contraste entre
los agentes de Satanás y los representantes de Cristo. El Salvador será ensalzado delante de los
gobernantes y delante de la gente.
Los discípulos no fueron dotados del valor y la
fortaleza de los mártires hasta que necesitaron esta gracia. Entonces se cumplió la promesa del Salvador. Cuando Pedro y Juan testificaron delante del
Sanedrín, los hombres "se maravillaban; y les conocían que habían estado
con Jesús." De Esteban, se dice que "todos los que estaban sentados
en el concilio, puestos los ojos en él, vieron su rostro como el rostro de un
ángel." Los hombres "no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu
con que hablaba."Y Pablo, escribiendo acerca de su propio juicio ante el
tribunal de los Césares, dice: "En mi primera defensa, nadie estuvo
conmigo, antes todos me abandonaron....
Mas el Señor estuvo conmigo, y me esforzó, para que por medio de mí la
predicación fuese cumplidamente hecha, y para que oyesen todos los gentiles; y
así yo fui librado de la boca del león."
Los siervos de Cristo no habían de preparar discurso
alguno para pronunciarlo cuando fuesen llevados a juicio. Debían hacer su preparación día tras día al
atesorar las preciosas verdades de la Palabra de Dios, y al fortalecer su fe
por la oración. Cuando fuesen llevados
a juicio, el Espíritu Santo les haría recordar las verdades que necesitasen.
Un esfuerzo diario y ferviente para conocer a Dios, y
a Jesucristo a quien él envió, iba a impartir poder y eficiencia al alma. El conocimiento obtenido por el escrutinio
diligente de las Escrituras iba a cruzar como rayo en la memoria al debido
momento. Pero si algunos hubiesen
descuidado el familiarizarse con las palabras de Cristo y nunca hubiesen
probado el poder de su gracia en la dificultad, no podrían esperar que el
Espíritu Santo les hiciese recordar sus palabras. Habían de servir a Dios diariamente con afecto indiviso, y luego
confiar en él.
Tan acérrima sería la enemistad hacia el Evangelio,
que aun los vínculos terrenales más tiernos serían pisoteados. Los discípulos de Cristo serían entregados a
la muerte por los miembros de sus propias familias. "Y seréis aborrecidos de todos por mi nombre-añadió:-mas el
que perseverare hasta el fin, éste será salvo." Pero les ordenó no
exponerse innecesariamente a la persecución.
Con frecuencia, él mismo dejaba un campo de labor para otro, a fin de
escapar a los que estaban buscando su vida.
Cuando fue rechazado en Nazaret y sus propios conciudadanos trataron de
matarlo, se fue a Capernaúm y allí la gente se asombró de su enseñanza;
"porque su palabra era con potestad.' Asimismo sus siervos no debían
desanimarse por la persecución, sino buscar un lugar donde pudiesen seguir
trabajando por la salvación de las almas.
El siervo no es superior a su señor. El Príncipe del cielo fue llamado Belcebú, y
de la misma manera sus discípulos serán calumniados. Pero cualquiera que sea el peligro, los que siguen a Cristo deben
confesar sus principios. Deben
despreciar el ocultamiento. No pueden
dejar de darse a conocer hasta que estén seguros de que pueden confesar la
verdad sin riesgo. Son puestos como
centinelas, para advertir a los hombres de su peligro. La verdad recibida de Cristo debe ser
impartida a todos, libre y abiertamente.
Jesús dijo: "Lo que os digo en tinieblas, decidlo en la luz; y lo
que oís al oído predicadlo desde los terrados."
Jesús mismo nunca compró la paz por la transigencia. Su corazón rebosaba de amor por toda la
familia humana, pero nunca fue indulgente con sus pecados. Amaba demasiado a los seres humanos para
guardar silencio mientras éstos seguían una conducta funesta para sus almas,
las almas que él había comprado con su propia sangre. El trabajaba para que el hombre fuese fiel a sí mismo, fiel a su
más elevado y eterno interés. Los
siervos de Cristo son llamados a hacer la misma obra, y deben velar, no sea que
al tratar de evitar la discordia, traicionen la verdad. Han de seguir "lo que hace a la paz,'
pero la verdadera paz no puede obtenerse traicionando los buenos principios. Y ningún hombre puede ser fiel a estos
principios sin excitar oposición. Un
cristianismo espiritual recibirá la oposición de los hijos de la desobediencia. Pero Jesús dijo a sus discípulos: "No
temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar." Los que
son fieles a Dios no necesitan temer el poder de los hombres ni la enemistad de
Satanás. En Cristo está segura su vida
eterna. Lo único que han de temer es
traicionar la verdad, y así el cometido con que Dios los honró.
Es obra de Satanás llenar los corazones humanos de
duda. Los induce a mirar a Dios como un
Juez severo. Los tienta a pecar, y
luego a considerarse demasiado viles para acercarse a su Padre celestial o para
despertar su compasión. El Señor
comprende todo esto. Jesús asegura a
sus discípulos la simpatía de Dios hacia ellos en sus necesidades y debilidades. No se exhala un suspiro, no se siente un
dolor, ni ningún agravio atormenta el alma, sin que haga también palpitar el
corazón del Padre.
La Biblia nos muestra a Dios en un lugar alto y
santo, no en un estado de inactividad, ni en silencio y soledad, sino rodeado
por diez mil veces diez millares y millares de millares de seres santos, todos
dispuestos a hacer su voluntad. Por
conductos que no podemos discernir está en activa comunicación con cada parte
de su dominio. Pero es en el grano de
arena de este mundo, en las almas por cuya salvación dio a su Hijo unigénito,
donde su interés y el interés de todo el cielo se concentran. Dios se inclina desde su trono para oír el
clamor de los oprimidos. A toda oración
sincera, él contesta: "Aquí estoy." Levanta al angustiado y pisoteado. En todas nuestras aflicciones, él es
afligido. En cada tentación y prueba,
el ángel de su presencia está cerca de nosotros para librarnos.
Ni siquiera un gorrión cae al suelo sin que lo note
el Padre. El odio de Satanás contra
Dios le induce a odiar todo objeto del cuidado del Salvador. Trata de arruinar la obra de Dios y se
deleita en destruir aun a los animales.
Es únicamente por el cuidado protector de Dios cómo los pájaros son
conservados para alegrarnos con sus cantos de gozo. Pero él no se olvida ni aun de los pájaros. "Así que, no temáis: más valéis
vosotros que muchos pajarillos."
Y Jesús continúa: Así como me confesasteis delante de
los hombres, os confesaré delante de Dios y de los santos ángeles Habéis de ser
mis testigos en la tierra, conductos por los cuales pueda fluir mi gracia para
sanar al mundo. Así también seré
vuestro representante en el cielo. El
Padre no considera vuestro carácter deficiente, sino que os ve revestidos de mi
perfección. Soy el medio por el cual os llegarán las bendiciones del Cielo. Todo aquel que me confiesa participando de
mi sacrificio por los perdidos, será confesado como participante en la gloria y
en el gozo de los redimidos.
El que quiera confesar a Cristo debe tener a Cristo
en sí. No puede comunicar lo que no
recibió. Los discípulos podían hablar
fácilmente de las doctrinas, podían repetir las palabras de Cristo mismo; pero
a menos que poseyeran una mansedumbre y un amor como los de Cristo, no le
estaban confesando. Un espíritu
contrario al espíritu de Cristo le negaría, cualquiera que fuese la profesión
de fe. Los hombres pueden negar a
Cristo calumniando, hablando insensatamente y profiriendo palabras falsas o
hirientes. Pueden negarle rehuyendo las
cargas de la vida, persiguiendo el placer pecaminoso. Pueden negarle conformándose con el mundo, siguiendo una conducta
descortés, amando sus propias opiniones, justificando al yo, albergando dudas,
buscando dificultades y morando en tinieblas.
De todas estas maneras, declaran que Cristo no está en ellos. Y "cualquiera que me negare delante de
los hombres --dice él,-- le negaré yo también delante de mi Padre que está en
los cielos."
El Salvador ordenó a sus discípulos que no esperasen
que la enemistad del mundo hacia el Evangelio sería vencida, ni que después de
un tiempo la oposición cesaría. Dijo:
"No he venido para meter paz, sino espada." La creación de esta lucha
no es efecto del Evangelio, sino resultado de la oposición que se le hace. De todas las persecuciones, la más difícil
de soportar es la divergencia entre los miembros de la familia, el alejamiento
afectivo de los seres terrenales más queridos.
Pero Jesús declara: "El que ama padre o madre más que a mí, no es
digno de mí; y el que ama hijo o hija más que a mí, no es digno de mí. Y el que no toma su cruz, y sigue en pos de
mí, no es digno de mí."
La misión de los siervos de Cristo es un alto honor y
un cometido sagrado. "El que os
recibe a vosotros --dice él,-- a mí recibe; y el que a mí recibe, recibe al que
me envió." Ningún acto de bondad a ellos manifestado en su nombre dejará
de ser reconocido y recompensado. Y en
el mismo tierno reconocimiento, él incluye a los más débiles y humildes
miembros de la familia de Dios. "Cualquiera
que diere a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente --a aquellos
que son como niños en su fe y conocimiento de Cristo,-- en nombre de discípulo,
de cierto os digo, que no perderá su recompensa."
Así terminó el Salvador sus instrucciones. En el nombre de Cristo, salieron los doce elegidos, como él había salido, "para dar buenas nuevas a los pobres: ... para sanar a los quebrantados de corazón; para pregonar a los cautivos libertad, y a los ciegos vista; para poner en libertad a los quebrantados: para predicar el año agradable del Señor.'