"VENID a mí todos los que estáis trabajados y
cargados que yo os haré descansar."
Estas palabras de consuelo fueron dirigidas a la
multitud que seguía a Jesús. El
Salvador había dicho que únicamente por él podían los hombres recibir un
conocimiento de Dios. Se había dirigido
a los discípulos como a quienes se había dado un conocimiento de las cosas
celestiales. Pero no había dejado que
nadie se sintiese privado de su cuidado y amor. Todos los que están trabajados y cargados pueden venir a él.
Los escribas y rabinos, con su escrupulosa atención a
las formas religiosas, sentían una falta que los ritos de penitencia no podían
nunca satisfacer. Los publicanos y los
pecadores podían afectar estar contentos con lo sensual y terreno, pero en su
corazón había desconfianza y temor. Jesús
miraba a los angustiados y de corazón cargado, a aquellos cuyas esperanzas
estaban marchitas, y a aquellos que trataban de aplacar el anhelo del alma con
los goces terrenales, y los invitaba a todos a hallar descanso en él.
Tiernamente, invitó así a la gente que se afanaba:
"Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde
de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas."
En estas palabras, Cristo habla a todo ser humano. Sépanlo o no, todos están cansados y
cargados. Todos están agobiados con
cargas que únicamente Cristo puede suprimir.
La carga más pesada que llevamos es la del pecado. Si se nos deja solos para llevarla, nos
aplastará. Pero el Ser sin pecado tomó
nuestro lugar. "Jehová cargó en él
el pecado de todos nosotros.' El llevó la carga de nuestra culpabilidad. El sacará la carga de nuestros hombros
cansados. Nos dará reposo. Llevará también la carga de congoja y pesar. Nos invita a confiarle todos nuestros
cuidados, porque nos lleva sobre su corazón.
El Hermano Mayor de nuestra familia humana está al
lado del trono eterno. Mira a toda alma
que se vuelve hacia él como al Salvador.
Sabe por experiencia cuáles son las debilidades de la humanidad, cuáles
son nuestras necesidades, y en qué reside la fuerza de nuestras tentaciones,
porque fue tentado en todo punto, así como nosotros, aunque sin pecar. El vela sobre ti, tembloroso hijo de Dios. ¿Estás tentado? El te librará. ¿Eres débil ? El te fortalecerá. ¿Eres ignorante? Te iluminará. ¿Estás herido? Te sanará. El Señor "cuenta el número de las
estrellas;" y sin embargo, "sana a los quebrantados de corazón, y
liga sus heridas." "Venid a mí," es su invitación. Cualesquiera que sean nuestras ansiedades y
pruebas, presentemos nuestro caso ante el Señor. Nuestro espíritu será fortalecido para poder resistir. Se nos abrirá el camino para librarnos de
estorbos y dificultades. Cuanto más
débiles e impotentes nos reconozcamos, tanto más fuertes llegaremos a ser en su
fortaleza. Cuanto más pesadas nuestras
cargas, más bienaventurado el descanso que hallaremos al echarlas sobre el que
las puede llevar. El descanso que
Cristo ofrece depende de ciertas condiciones, pero éstas están claramente
especificadas. Son tales que todos
pueden cumplirlas. El nos dice
exactamente cómo se ha de hallar su descanso.
"Llevad mi yugo sobre vosotros," dice Jesús. El yugo es un instrumento de servicio. Se enyuga a los bueyes para el trabajo, y el
yugo es esencial para que puedan trabajar eficazmente. Por esta ilustración, Cristo nos enseña que
somos llamados a servir mientras dure la vida.
Hemos de tomar sobre nosotros su yugo, a fin de ser colaboradores con
él.
El yugo que nos liga al servicio es la ley de Dios. La gran ley de amor revelada en el Edén,
proclamada en el Sinaí, y en el nuevo pacto escrita en el corazón, es la que
liga al obrero humano a la voluntad de Dios.
Si fuésemos abandonados a nuestras propias inclinaciones para ir adonde
nos condujese nuestra voluntad, caeríamos en las filas de Satanás y llegaríamos
a poseer sus atributos. Por lo tanto,
Dios nos encierra en su voluntad, que es alta, noble y elevadora. El desea que asumamos con paciencia y sabiduría
los deberes de servirle. El yugo de
este servicio lo llevó Cristo mismo como humano. El dijo: "Me complazco en hacer tu voluntad, oh Dios mío, y
tu ley está en medio de mi corazón." "He descendido del cielo, no
para hacer mi voluntad, mas la voluntad del que me envió." El amor hacia
Dios, el celo por su gloria, y el amor por la humanidad caída, trajeron a Jesús
a esta tierra para sufrir y morir. Tal
fue el poder que rigió en su vida. Y él
nos invita a adoptar este principio.
Son muchos aquellos cuyo corazón se conduele bajo una
carga de congojas, porque tratan de alcanzar la norma del mundo. Han elegido su servicio, aceptado sus
perplejidades, adoptado sus costumbres.
Así su carácter queda mancillado y su vida convertida en carga
agobiadora. A fin de satisfacer la
ambición y los deseos mundanales, hieren la conciencia y traen sobre sí una
carga adicional de remordimiento. La
congoja continua desgasta las fuerzas vitales.
Nuestro Señor desea que pongan a un lado ese yugo de servidumbre. Los invita a aceptar su yugo, y dice:
"Mi yugo es fácil, y ligera mi carga." Los invita a buscar
primeramente el reino de Dios y su justicia, y les promete que todas las cosas
que les sean necesarias para esta vida les serán añadidas. La congoja es ciega, y no puede discernir lo
futuro; pero Jesús ve el fin desde el principio. En toda dificultad, tiene un camino preparado para traer alivio. Nuestro Padre celestial tiene, para
proveernos de lo que necesitamos, mil maneras de las cuales no sabemos nada. Los que aceptan el principio de dar al
servicio y la honra de Dios el lugar supremo, verán desvanecerse las
perplejidades y percibirán una clara senda delante de sus pies.
"Aprended de mí -dice Jesús,- que soy manso y
humilde de corazón; y hallaréis descanso." Debemos entrar en la escuela de
Cristo, aprender de su mansedumbre y humildad.
La redención es aquel proceso por el cual el alma se prepara para el
cielo. Esa preparación significa
conocer a Cristo. Significa emanciparse
de ideas, costumbres y prácticas que se adquirieron en la escuela del príncipe
de las tinieblas. El alma debe ser
librada de todo lo que se opone a la lealtad a Dios.
En el corazón de Cristo, donde reinaba perfecta
armonía con Dios, había perfecta paz. Nunca
le halagaban los aplausos, ni le deprimían las censuras o el chasco. En medio de la mayor oposición o el trato
más cruel, seguía de buen ánimo. Pero
muchos de los que profesan seguirle tienen un corazón ansioso y angustiado
porque temen confiarse a Dios. No se
entregan completamente a él, porque rehuyen las consecuencias que una entrega
tal puede significar. A menos que se
rindan así a él, no podrán hallar paz.
El amor a sí mismo es lo que trae inquietud. Cuando hayamos nacido de lo alto, habrá en
nosotros el mismo sentir que hubo en Jesús, el sentir que le indujo a
humillarse a fin de que pudiésemos ser salvos.
Entonces no buscaremos el puesto más elevado. Desearemos sentarnos a los pies de Jesús y aprender de él. Comprenderemos que el valor de nuestra obra
no consiste en hacer ostentación y ruido en el mundo, ni en ser activos y
celosos en nuestra propia fuerza. El
valor de nuestra obra está en proporción con el impartimiento del Espíritu
Santo. La confianza en Dios trae otras
santas cualidades mentales, de manera que en la paciencia podemos poseer
nuestras almas.
El yugo se coloca sobre los bueyes para ayudarles a
arrastrar la carga, para aliviar esa carga.
Así también sucede con el yugo de Cristo. Cuando nuestra voluntad esté absorbida en la voluntad de Dios, y
empleemos sus dones para beneficiar a otros, hallaremos liviana la carga de la
vida. El que anda en el camino de los
mandamientos de Dios, anda en compañía de Cristo, y en su amor el corazón
descansa. Cuando Moisés oró:
"Ruégote que me muestres ahora tu camino, para que te conozca," el Señor
le contestó: "Mi rostro irá contigo, y te haré descansar." Y por los
profetas fue dado el mensaje: "Así dijo Jehová: Paraos en los caminos, y
mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad
por él, y hallaréis descanso para vuestra alma." Y él dice: "¡Ojalá
miraras tú a mis mandamientos! fuera entonces tu paz como un río, y tu justicia
como las ondas de la mar."
Los que aceptan la palabra de Cristo al pie de la
letra, y entregan su alma a su custodia, y su vida para que él la ordene,
hallarán paz y quietud. Ninguna cosa
del mundo puede entristecerlos cuando Jesús los alegra con su presencia. En la perfecta aquiescencia hay descanso
perfecto. El Señor dice: "Tú le
guardarás en completa paz, cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti se ha
confiado." Nuestra vida puede parecer enredada, pero al confiarnos al
sabio Artífice Maestro, él desentrañará el modelo de vida y carácter que sea
para su propia gloria. Y ese carácter
que expresa la gloria -o carácter- de Cristo, será recibido en el Paraíso de
Dios Los miembros de una raza renovada andarán con él en vestiduras blancas
porque son dignos.
A medida que entramos por Jesús en el descanso, empezamos aquí a disfrutar del cielo. Respondemos a su invitación: Venid, aprended de mí, y al venir así comenzamos la vida eterna. El cielo consiste en acercarse incesantemente a Dios por Cristo. Cuanto más tiempo estemos en el cielo de la felicidad, tanto más de la gloria se abrirá ante nosotros; y cuanto más conozcamos a Dios, tanto más intensa será nuestra felicidad. A medida que andamos con Jesús en esta vida, podemos estar llenos de su amor, satisfechos con su presencia. Podemos recibir aquí todo lo que la naturaleza humana puede soportar. Pero, ¿qué es esto comparado con lo que nos espera más allá? Allí "están delante del trono de Dios, y le sirven día y noche en su templo: y el que está sentado en el trono tenderá su pabellón sobre ellos. No tendrán más hambre, ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos, ni otro ningún calor. Porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes vivas de aguas: y Dios limpiará toda lágrima de los ojos de ellos."