CAPÍTULO
31. EL SERMÓN DEL MONTE
RARA vez reunía Cristo a sus discípulos a solas para
darles sus palabras. No elegía por
auditorio suyo únicamente a aquellos que conocían el camino de la vida. Era su obra alcanzar a las multitudes que
estaban en ignorancia y en error. Daba
sus lecciones de verdad donde podían alcanzar el entendimiento entenebrecido. El mismo era la Verdad, que de pie, con los
lomos ceñidos y las manos siempre extendidas para bendecir, y mediante palabras
de amonestación, ruego y estímulo, trataba de elevar a todos aquellos que
venían a él.
El sermón del monte, aunque dado especialmente a los
discípulos, fue pronunciado a oídos de la multitud. Después de la ordenación de los apóstoles, Jesús se fue con ellos
a orillas del mar. Allí, por la mañana
temprano, la gente había empezado a congregarse. Además de las acostumbradas muchedumbres de los pueblos galileos,
había gente de Judea y aun de Jerusalén misma; de Perea, de Decápolis, de
Idumea, una región lejana situada al sur de Judea; y de Tiro y Sidón, ciudades
fenicias de la costa del Mediterráneo. "Oyendo
cuán grandes cosas hacía," ellos "habían venido a oírle, y para ser
sanados de sus enfermedades; ... porque salía de él virtud y sanaba a todos.'
La estrecha playa no daba cabida al alcance de su
voz, ni aun de pie, a todos los que deseaban oírle, así que Jesús los condujo a
la montaña. Llegado que hubo a un
espacio despejado de obstáculos, que ofrecía un agradable lugar de reunión para
la vasta asamblea, se sentó en la hierba, y los discípulos y las multitudes
siguieron su ejemplo.
Los discípulos se situaban siempre en el lugar más
cercano a Jesús. La gente se agolpaba
constantemente en derredor suyo, pero los discípulos comprendían que no debían
dejarse apartar de su presencia. Se
sentaban a su lado, a fin de no perder una palabra de sus instrucciones. Escuchaban atentamente, ávidos de comprender
las verdades que iban a tener que anunciar a todos los países y a todas las
edades.
Presintiendo que podían esperar algo más que lo
acostumbrado, rodearon ahora estrechamente a su Maestro. Creían que el reino iba a ser establecido
pronto, y de los sucesos de aquella mañana sacaban la segura conclusión de que
Jesús iba a hacer algún anuncio concerniente a dicho reino. Un sentimiento de expectativa dominaba
también a la multitud, y los rostros tensos daban evidencia del profundo
interés sentido. Al sentarse la gente
en la verde ladera de la montaña, aguardando las palabras del Maestro divino,
tenían todos el corazón embargado por pensamientos de gloria futura. Había escribas y fariseos que esperaban el
día en que dominarían a los odiados romanos y poseerían las riquezas y el
esplendor del gran imperio mundial. Los
pobres campesinos y pescadores esperaban oír la seguridad de que pronto
trocarían sus míseros tugurios, su escasa pitanza, la vida de trabajos y el
temor de la escasez, por mansiones de abundancia y comodidad. En lugar del burdo vestido que los cubría de
día y era también su cobertor por la noche, esperaban que Cristo les daría los
ricos y costosos mantos de sus conquistadores.
Todos los corazones palpitaban con la orgullosa esperanza de que Israel
sería pronto honrado ante las naciones como el pueblo elegido del Señor, y
Jerusalén exaltada como cabeza de un reino universal.
Cristo frustró esas esperanzas de grandeza mundanal. En el sermón del monte, trató de deshacer la
obra que había sido hecha por una falsa educación, y de dar a sus oyentes un
concepto correcto de su reino y de su propio carácter. Sin embargo, no atacó directamente los errores
de la gente. Vio la miseria del mundo
por causa del pecado, aunque no delineó demasiado vívidamente la miseria de
ellos. Les enseñó algo infinitamente
mejor de lo que habían conocido antes. Sin
combatir sus ideas acerca del reino de Dios, les habló de las condiciones de
entrada en él, dejándoles sacar sus propias conclusiones en cuanto a su
naturaleza. Las verdades que enseñó no
son menos importantes para nosotros que para la multitud que le seguía. No necesitamos menos que dicha multitud
conocer los principios fundamentales del reino de Dios.
Las primeras palabras que dirigió Cristo al pueblo en
el monte, fueron palabras de bienaventuranza.
Bienaventurados son, dijo, los que reconocen su pobreza espiritual, y
sienten su necesidad de redención. El
Evangelio ha de ser predicado a los pobres.
No es revelado a los que son orgullosos espiritualmente, a los que
pretenden ser ricos y no necesitar nada, sino a los humildes y contritos. Una sola fuente ha sido abierta para el
pecado, una fuente para los pobres de espíritu.
El corazón orgulloso lucha para ganar la salvación;
pero tanto nuestro derecho al cielo como nuestra idoneidad para él, se hallan
en la justicia de Cristo. El Señor no
puede hacer nada para sanar al hombre hasta que, convencido éste de su propia
debilidad y despojado de toda suficiencia propia, se entrega al dominio de Dios. Entonces puede recibir el don que Dios
espera concederle. De nada es privada
el alma que siente su necesidad. Ella
tiene acceso sin reserva a Aquel en quien mora toda la plenitud. "Porque así dijo el Alto y Sublime, el
que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la
santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el
espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los
quebrantados."
"Bienaventurados los que lloran: porque ellos
recibirán consolación." Por estas palabras, Cristo no enseña que el llorar
tiene en sí poder de quitar la culpabilidad del pecado. No sanciona la humildad voluntaria o
afectada. El lloro del cual él habla,
no consiste en la melancolía y los lamentos.
Mientras nos apesadumbramos por causa del pecado, debemos regocijarnos
en el precioso privilegio de ser hijos de Dios.
A menudo nos apenamos porque nuestras malas acciones
nos producen consecuencias desagradables.
Pero esto no es arrepentimiento.
El verdadero pesar por el pecado es resultado de la obra del Espíritu
Santo. El Espíritu revela la ingratitud
del corazón que ha despreciado y agraviado al Salvador, y nos trae contritos al
pie de la cruz. Cada pecado vuelve a
herir a Jesús; y al mirar a Aquel a quien hemos traspasado, lloramos por los
pecados que le produjeron angustia. Una
tristeza tal nos inducirá a renunciar al pecado.
El mundano puede llamar debilidad a esta tristeza;
pero es la fuerza que une al penitente con el Ser infinito mediante vínculos
que no pueden romperse. Demuestra que
los ángeles de Dios están devolviendo al alma las gracias que se perdieron por
la dureza de corazón y la transgresión.
Las lágrimas del penitente son tan sólo las gotas de lluvia que preceden
al brillo del sol de la santidad. Esta
tristeza es precursora de un gozo que será una fuente viva en el alma. "Conoce empero tu maldad, porque contra
Jehová tu Dios has prevaricado." "No haré caer mi ira sobre vosotros:
porque misericordioso soy yo, dice Jehová." "A los que lloran en
Sión," él ha decidido darles "hermosura en lugar de ceniza, el aceite
de gozo en vez de lamentos, y el manto de alabanza en lugar de espíritu de
pesadumbre."
Y hay consuelo para los que lloran en las pruebas y
tristezas. La amargura del pesar y la
humillación es mejor que la complacencia del pecado. Por la aflicción, Dios nos revela los puntos infectados de
nuestro carácter, para que por su gracia podamos vencer nuestros defectos. Nos son revelados capítulos desconocidos con
respecto a nosotros mismos, y nos llega la prueba que nos hará aceptar o
rechazar la reprensión y el consejo de Dios.
Cuando somos probados, no debemos agitarnos y quejarnos. No debemos rebelarnos, ni acongojarnos hasta
escapar de la mano de Cristo. Debemos
humillar nuestra alma delante de Dios. Los
caminos del Señor son obscuros para aquel que desee ver las cosas desde un
punto de vista agradable para sí mismo.
Parecen sombríos y tristes para nuestra naturaleza humana; pero los
caminos de Dios son caminos de misericordia, cuyo fin es la salvación. Elías no sabía lo que estaba haciendo cuando
en el desierto dijo que estaba harto de la vida, y rogaba que se le dejase
morir. En su misericordia, el Señor no
hizo caso de sus palabras. A Elías le
quedaba todavía una gran obra que hacer; y cuando su obra fuese hecha, no había
de perecer en el desaliento y la soledad del desierto. No le tocaba descender al polvo de la
muerte, sino ascender en gloria, con el convoy de carros celestiales, hasta el
trono que está en las alturas.
Las palabras que Dios dirige a los tristes son:
"Visto he sus caminos, y le sanaré, y le pastorearé, y daréle
consolaciones, a él y a sus enlutados." "Su lloro tornaré en gozo, y
los consolaré, y los alegraré de su dolor."
"Bienaventurados los mansos." Las
dificultades que hemos de arrostrar pueden ser muy disminuidas por la
mansedumbre que se oculta en Cristo. Si
poseemos la humildad de nuestro Maestro, nos elevaremos por encima de los
desprecios, los rechazamientos, las molestias a las que estamos diariamente
expuestos; y estas cosas dejarán de oprimir nuestro ánimo. La mayor evidencia de nobleza que haya en el
cristiano es el dominio propio. El que
bajo un ultraje o la crueldad no conserva un espíritu confiado y sereno despoja
a Dios de su derecho a revelar en él su propia perfección de carácter. La humildad de corazón es la fuerza que da
la victoria a los discípulos de Cristo; es la prenda de su relación con los
atrios celestiales.
"Porque el alto Jehová atiende al humilde."
Los que revelan el espíritu manso y humilde de Cristo, son considerados
tiernamente por Dios. El mundo puede
mirarlos con desprecio, pero son de gran valor ante los ojos de Dios. No sólo los sabios, los grandes, los
benefactores, obtendrán entrada en los atrios celestiales; no sólo el activo
trabajador, lleno de celo y actividad incesante. No; el pobre de espíritu que anhela la presencia permanente de
Cristo, el humilde de corazón, cuya más alta ambición es hacer la voluntad de
Dios, éstos obtendrán abundante entrada.
Se hallarán entre aquellos que habrán lavado sus ropas y las habrán
blanqueado en la sangre del Cordero. "Por
esto están delante del trono de Dios, y le sirven día y noche en su templo: y
el que está sentado en el trono tenderá su pabellón sobre ellos."
"Bienaventurados los que tienen hambre y sed de
justicia." El sentimiento de su indignidad inducirá al corazón a tener
hambre y sed de justicia, y este deseo no quedará frustrado. Los que den lugar a Jesús en su corazón,
llegarán a sentir su amor. Todos los
que anhelan poseer la semejanza del carácter de Dios quedarán satisfechos. El Espíritu Santo no deja nunca sin ayuda al
alma que mira a Jesús. Toma de las
cosas de Cristo y se las revela. Si la
mirada se mantiene fija en Cristo, la obra del Espíritu no cesa hasta que el
alma queda conformada a su imagen. El
elemento puro del amor dará expansión al alma y la capacitará para llegar a un
nivel superior, un conocimiento acrecentado de las cosas celestiales, de manera
que alcanzará la plenitud. "Bienaventurados
los que tienen hambre y sed de justicia; porque ellos serán hartos."
Los misericordiosos hallarán misericordia, y los
limpios de corazón verán a Dios. Todo
pensamiento impuro contamina el alma, menoscaba el sentido moral y tiende a
obliterar las impresiones del Espíritu Santo.
Empaña la visión espiritual, de manera que los hombres no puedan
contemplar a Dios. El Señor puede
perdonar al pecador arrepentido, y le perdona; pero aunque esté perdonada, el
alma queda mancillada. Toda impureza de
palabras o de pensamientos debe ser rehuida por aquel que quiera tener un claro
discernimiento de la verdad espiritual.
Pero las palabras de Cristo abarcan más que el evitar
la impureza sensual, más que el evitar la contaminación ceremonial que los
judíos rehuían tan rigurosamente. El
egoísmo nos impide contemplar a Dios. El
espíritu que trata de complacerse a sí mismo juzga a Dios como enteramente
igual a sí. A menos que hayamos
renunciado a esto, no podemos comprender a Aquel que es amor. Únicamente el corazón abnegado, el espíritu
humilde y confiado, verá a Dios como "misericordioso y piadoso; tardo para
la ira, y grande en benignidad y verdad."
"Bienaventurados los pacificadores." La paz
de Cristo nace de la verdad. Está en
armonía con Dios. El mundo está en
enemistad con la ley de Dios; los pecadores están en enemistad con su Hacedor;
y como resultado, están en enemistad unos con otros. Pero el salmista declara: "Mucha paz tienen los que aman tu
ley; y no hay para ellos tropiezo." Los hombres no pueden fabricar la paz. Los planes humanos, para la purificación y
elevación de los individuos o de la sociedad, no lograrán la paz, porque no
alcanzan al corazón. El único poder que
puede crear o perpetuar la paz verdadera es la gracia de Cristo. Cuando ésta esté implantada en el corazón,
desalojará las malas pasiones que causan luchas y disensiones. "En lugar de la zarza crecerá haya, y
en lugar de la ortiga crecerá arrayán;" y el desierto de la vida "se
gozará, y florecerá como la rosa."
Las multitudes se asombraban de estas enseñanzas, que
eran tan diferentes de los preceptos y ejemplos de los fariseos. El pueblo había llegado a pensar que la
felicidad consistía en la posesión de las cosas de este mundo, y que la fama y
los honores de los hombres eran muy codiciables. Era muy agradable ser llamado "Rabbí," ser alabado como
sabio y religioso, y hacer ostentación de sus virtudes delante del público. Esto era considerado como el colmo de la
felicidad. Pero en presencia de esta
vasta muchedumbre, Jesús declaró que las ganancias y los honores terrenales
eran toda la recompensa que tales personas recibirían jamás. El hablaba con certidumbre, y un poder
convincente acompañaba sus palabras. El
pueblo callaba, y se apoderaba de él un sentimiento de temor. Se miraban unos a otros con duda. ¿Quién de entre ellos se salvaría si eran
ciertas las enseñanzas de este hombre? Muchos estaban convencidos de que este
maestro notable era movido por el Espíritu de Dios, y que los sentimientos que expresaba
eran divinos.
Después de explicar lo que constituye la verdadera
felicidad y cómo puede obtenerse, Jesús definió el deber de sus discípulos como
maestros elegidos por Dios para conducir a otros por la senda de justicia y
vida eterna. El sabía que ellos
sufrirían a menudo desilusiones y desalientos y que encontrarían oposición
decidida, que serían insultados y verían rechazado su testimonio. Bien sabía él que, en el cumplimiento de su
misión, los hombres humildes que escuchaban tan atentamente sus palabras
habrían de soportar calumnias, torturas, encarcelamiento y muerte, y prosiguió:
"Bienaventurados los que padecen persecución por
causa de la justicia: porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando os vituperaren y
os persiguieran, y dijeren de vosotros todo mal por mi causa, mintiendo. Gozaos y alegraos; porque vuestra merced es
grande en los cielos; que así persiguieron a los profetas que fueron antes de
vosotros."
El mundo ama el pecado y aborrece la justicia, y ésta
era la causa de su hostilidad hacia Jesús.
Todos los que rechazan su amor infinito hallarán en el cristianismo un
elemento perturbador. La luz de Cristo
disipa las tinieblas que cubren sus pecados, y les manifiesta la necesidad de
una reforma. Mientras los que se
entregan a la influencia del Espíritu Santo empiezan a guerrear contra sí
mismos, los que se aferran al pecado combaten la verdad y a sus representantes.
Así se crea disensión, y los seguidores de Cristo son
acusados de perturbar a la gente. Pero
es la comunión con Dios lo que les trae la enemistad del mundo. Ellos llevan el oprobio de Cristo, andan por
la senda en que anduvieron los más nobles de la tierra. Deben, pues, arrostrar la persecución, no
con tristeza, sino con regocijo. Cada
prueba de fuego es un agente que Dios usa para refinarlos. Cada una de ellas los prepara para su obra
de colaboradores suyos. Cada conflicto
tiene su lugar en la gran batalla por la justicia, y aumentará el gozo de su
triunfo final. Teniendo esto en vista,
la prueba de su fe y paciencia será alegremente aceptada más bien que temida y
evitada. Ansiosos de cumplir su
obligación para con el mundo y fijando su deseo en la aprobación de Dios, sus
siervos han de cumplir cada deber, sin tener en cuenta el temor o el favor de los
hombres.
"Vosotros sois la sal de la tierra," dijo
Jesús. No os apartéis del mundo a fin
de escapar a la persecución. Habéis de
morar entre los hombres, para que el sabor del amor divino pueda ser como sal
que preserve al mundo de la corrupción.
Los corazones que responden a la influencia del
Espíritu Santo, son los conductos por medio de los cuales fluye la bendición de
Dios. Si los que sirven a Dios fuesen
quitados de la tierra, y su Espíritu se retirase de entre los hombres, este
mundo quedaría en desolación y destrucción, como fruto del dominio de Satanás. Aunque los impíos no lo saben, deben aun las
bendiciones de esta vida a la presencia, en el mundo, del pueblo de Dios, al
cual desprecian y oprimen. Si los
cristianos lo son de nombre solamente, son como la sal que ha perdido su sabor. No tienen influencia para el bien en el
mundo, y por su falsa representación de Dios son peores que los incrédulos del
mundo.
"Vosotros sois la luz del mundo." Los
judíos pensaban limitar los beneficios de la salvación a su propia nación; pero
Cristo les demostró que la salvación es como la luz del sol. Pertenece a todo el mundo. La religión de la Biblia no se ha de limitar
a lo contenido entre las tapas de un libro, ni entre las paredes de una iglesia. No ha de ser sacada a luz ocasionalmente
para nuestro beneficio, y luego guardarse de nuevo cuidadosamente. Ha de santificar la vida diaria,
manifestarse en toda transacción comercial y en todas nuestras relaciones
sociales.
El verdadero carácter no se forma desde el exterior,
para revestirse uno con él; irradia desde adentro. Si queremos conducir a otros por la senda de la justicia, los
principios de la justicia deben ser engastados en nuestro propio corazón. Nuestra profesión de fe puede proclamar la
teoría de la religión, pero es nuestra piedad práctica la que pone de relieve
la palabra de verdad. La vida
consecuente, la santa conversación, la integridad inquebrantable, el espíritu
activo y benévolo, el ejemplo piadoso, tales son los medios por los cuales la luz
es comunicada al mundo.
Jesús no se había espaciado en las especificaciones
de la ley, pero no quería dejar que sus oyentes sacasen la conclusión de que
había venido para poner de lado sus requerimientos. Sabía que había espías listos para valerse de toda palabra que
pudiese ser torcida para servir su propósito.
Conocía el prejuicio que existía en la mente de muchos de sus oyentes, y
no dijo nada que pudiese perturbar su fe en la religión y las instituciones que
les habían sido confiadas por medio de Moisés.
Cristo mismo había dado la ley moral y la ceremonial. No había venido para destruir la confianza
en sus propias instrucciones. A causa
de su gran reverencia por la ley y los profetas, procuraba abrir una brecha en
la muralla de los requerimientos tradicionales que rodeaban a los judíos. Mientras trataba de poner a un lado sus
falsas interpretaciones de la ley, puso a sus discípulos en guardia contra la
renuncia a las verdades vitales confiadas a los hebreos.
Los fariseos se jactaban de su obediencia a la ley;
pero conocían tan poco de sus principios por la práctica diaria, que para ellos
las palabras del Salvador eran como una herejía. Mientras él barría las inmundicias bajo las cuales la verdad
había estado enterrada, los circunstantes pensaban que barría la verdad misma. Se murmuraban unos a otros que estaba
despreciando la ley, pero él leyó sus pensamientos, y les dijo:
"No penséis que he venido para abrogar la ley o
los profetas: no he venido para abrogar, sino a cumplir." Así refutó Jesús
el cargo de los fariseos. Su misión en
este mundo consistía en vindicar los sagrados derechos de aquella ley que ellos
le acusaban de violar. Si la ley de
Dios hubiese podido cambiarse o abrogarse, Cristo no habría necesitado sufrir
las consecuencias de nuestra transgresión.
El vino para explicar la relación de la ley con el hombre, e ilustrar
sus preceptos por su propia vida de obediencia.
Dios nos ha dado sus santos preceptos porque ama a la
humanidad. Para escudarnos de los
resultados de la transgresión, nos revela los principios de la justicia. La ley es una expresión del pensamiento de
Dios: cuando se recibe en Cristo, llega a ser nuestro pensamiento. Nos eleva por encima del poder de los deseos
y tendencias naturales, por encima de las tentaciones que inducen a pecar. Dios desea que seamos felices, y nos ha dado
los preceptos de la ley para que obedeciéndolos tengamos gozo. Cuando en ocasión del nacimiento de Jesús
los ángeles cantaron:
"Gloria en las alturas a Dios,
Y en la tierra paz, buena voluntad
para con los hombres,'
declararon los principios de la ley que él había
venido a magnificar y honrar.
Cuando la ley fue proclamada desde el Sinaí, Dios
hizo conocer a los hombres la santidad de su carácter, para que por el
contraste pudiesen ver cuán pecaminoso era el propio. La ley fue dada para convencerlos de pecado, y revelar su
necesidad de un Salvador. Haría esto al
ser aplicados sus principios al corazón por el Espíritu Santo. Todavía tiene que hacer esta obra. En la vida de Cristo son aclarados los principios
de la ley; y al tocar el corazón el Espíritu Santo de Dios, al revelar la luz
de Cristo a los hombres la necesidad que ellos tienen de su sangre purificadora
y de su justicia justificadora, la ley sigue siendo un agente para atraernos a
Cristo, a fin de que seamos justificados por la fe. "La ley de Jehová es perfecta, que vuelve el alma.'
"Hasta que perezca el cielo y la tierra --dijo
Jesús,-- ni una jota ni un tilde perecerá de la ley, hasta que todas las cosas
sean hechas." El sol que brilla en los cielos, la sólida tierra sobre la
cual moramos, testifican para Dios que su ley es inmutable y eterna. Aunque ellos pasen, los preceptos divinos
permanecerán. "Más fácil cosa es
pasar el cielo y la tierra, que frustrarse un tilde de la ley." El sistema
típico que prefiguraba a Cristo como el Cordero de Dios, iba a ser abolido
cuando él muriese; pero los preceptos del Decálogo son tan inmutables como el
trono de Dios.
Puesto que "la ley de Jehová es perfecta,"
cualquier variación de ella debe ser mala.
Los que desobedecen los mandamientos de Dios, y enseñan a otros a
hacerlo, son condenados por Cristo. La
vida de obediencia del Salvador sostuvo los derechos de la ley; probó que la
ley puede ser guardada en la humanidad, y reveló la excelencia del carácter que
la obediencia desarrollaría. Todos los
que obedecen como él obedeció, declaran igualmente que el mandamiento de la ley
"es santo, y justo, y bueno.' Por otro lado, todos los que violan los
mandamientos de Dios, sostienen el aserto de Satanás de que la ley es injusta y
no puede ser obedecida. Así secundan
los engaños del gran adversario y deshonran a Dios. Son hijos del maligno, que fue el primer rebelde contra la ley de
Dios. Admitirlos en el cielo sería
volver a introducir elementos de discordia y rebelión, y hacer peligrar el
bienestar del universo. Ningún hombre
que desprecia voluntariamente un principio de la ley entrará en el reino de los
cielos.
Los rabinos consideraban su justicia como pasaporte
para el cielo; pero Jesús declaró que era insuficiente e indigna. Las ceremonias externas y un conocimiento
teórico de la verdad constituían la justicia farisaica. Los rabinos aseveraban ser santos por sus
propios esfuerzos en guardar la ley; pero sus obras habían divorciado la
justicia de la religión. Mientras eran
escrupulosos en las observancias rituales, sus vidas eran inmorales y
degradadas. Su así llamada justicia no
podría nunca entrar en el reino de los cielos.
En el tiempo de Cristo, el mayor engaño de la mente
humana consistía en creer que un mero asentimiento a la verdad constituía la
justicia. En toda experiencia humana,
un conocimiento teórico de la verdad ha demostrado ser insuficiente para salvar
el alma. No produce frutos de justicia. Una estimación celosa por lo que se llama
verdad teológica acompaña a menudo al odio de la verdad genuina manifestada en
la vida. Los capítulos más sombríos de
la historia están cargados con el recuerdo de crímenes cometidos por fanáticos
religiosos. Los fariseos se llamaban
hijos de Abrahán y se jactaban de poseer los oráculos de Dios; pero estas
ventajas no los preservaban del egoísmo, la malicia, la codicia de ganancias y
la más baja hipocresía. Pensaban ser
los mayores religiosos del mundo, pero su así llamada ortodoxia los condujo a
crucificar al Señor de la gloria.
Aun subsiste el mismo peligro. Muchos dan por sentado que son cristianos
simplemente porque aceptan ciertos dogmas teológicos. Pero no han hecho penetrar la verdad en la vida práctica. No la han creído ni amado; por lo tanto no
han recibido el poder y la gracia que provienen de la santificación de la
verdad. Los hombres pueden profesar
creer en la verdad; pero esto no los hace sinceros, bondadosos, pacientes y
tolerantes, ni les da aspiraciones celestiales; es una maldición para sus
poseedores, y por la influencia de ellos es una maldición para el mundo.
La justicia que Cristo enseñaba es la conformidad del
corazón y de la vida a la voluntad revelada de Dios. Los hombres pecaminosos pueden llegar a ser justos únicamente al
tener fe en Dios y mantener una relación vital con él. Entonces la verdadera piedad elevará los
pensamientos y ennoblecerá la vida. Entonces
las formas externas de la religión armonizarán con la pureza interna del
cristiano. Entonces las ceremonias
requeridas en el servicio de Dios no serán ritos sin significado como los de
los hipócritas fariseos.
Jesús consideró los mandamientos por separado, y
explicó la profundidad y anchura de sus requerimientos. En vez de quitarles una jota de su fuerza,
demostró cuán abarcantes son sus principios y desenmascaró el error fatal de
los judíos en su demostración exterior de obediencia. Declaró que por el mal pensamiento o la mirada concupiscente se
quebranta la ley de Dios. El que toma
parte en la menor injusticia está violando la ley y degradando su propia
naturaleza moral. El homicidio existe
primero en la mente. El que concede al
odio un lugar en su corazón, está poniendo los pies en la senda del homicida, y
sus ofrendas son aborrecibles para Dios.
Los judíos cultivaban un espíritu de venganza. En su odio hacia los romanos expresaban
duras acusaciones y complacían al maligno manifestando sus atributos. Así se estaban preparando para realizar las
terribles acciones a las cuales él los conducía. En la vida religiosa de los fariseos, no había nada que
recomendase la piedad a los gentiles. Jesús
no los estimuló a continuar engañándose con el pensamiento de que podían en su
corazón levantarse contra sus opresores y alimentar la esperanza de vengarse de
su males.
Es cierto que hay una indignación justificable, aun
en los seguidores de Cristo. Cuando
vemos que Dios es deshonrado y su servicio puesto en oprobio, cuando vemos al
inocente oprimido, una justa indignación conmueve el alma. Un enojo tal, nacido de una moral sensible,
no es pecado. Pero los que por
cualquier supuesta provocación se sienten libres para ceder a la ira o al
resentimiento, están abriendo el corazón a Satanás. La amargura y animosidad deben ser desterradas del alma si
queremos estar en armonía con el cielo.
El Salvador fue aun más lejos que esto. Dijo: "Si trajeres tu presente al
altar, y allí te acordares de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu
presente delante del altar, y vete, vuelve primero en amistad con tu hermano, y
entonces ven y ofrece tu presente." Muchos son celosos en los servicios
religiosos, mientras que entre ellos y sus hermanos hay desgraciadas
divergencias que podrían reparar. Dios
exige de ellos que hagan cuanto puedan para restaurar la armonía. Antes que hayan hecho esto, no puede aceptar
sus servicios. El deber del cristiano
en este asunto está claramente señalado.
Dios derrama sus bendiciones sobre todos. El "hace que su sol salga sobre malos y
buenos, y llueve sobre justos e injustos." "El es benigno para con
los ingratos y malos.' Nos invita a ser como él. "Bendecid a los que os maldicen" --dijo Jesús,--
"haced bien a los que os aborrecen, ... para que seáis hijos de vuestro
Padre que está en los cielos." Tales son los principios de la ley, y son
los manantiales de la vida.
El ideal de Dios para sus hijos es más elevado de lo
que puede alcanzar el más sublime pensamiento humano. "Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está
en los cielos es perfecto." Esta orden es una promesa. El plan de redención contempla nuestro completo
rescate del poder de Satanás. Cristo
separa siempre del pecado al alma contrita.
Vino para destruir las obras del diablo, y ha hecho provisión para que
el Espíritu Santo sea impartido a toda alma arrepentida, para guardarla de
pecar.
La intervención del tentador no ha de ser tenida por
excusa para cometer una mala acción. Satanás
se alegra cuando oye a los que profesan seguir a Cristo buscando excusas por su
deformidad de carácter. Son estas
excusas las que inducen a pecar. No hay
disculpa para el pecado. Un
temperamento santo, una vida semejante a la de Cristo, es accesible para todo
hijo de Dios arrepentido y creyente.
El ideal del carácter cristiano es la semejanza con
Cristo. Como el Hijo del hombre fue
perfecto en su vida, los que le siguen han de ser perfectos en la suya. Jesús fue hecho en todo semejante a sus
hermanos. Se hizo carne, como somos
carne. Tuvo hambre y sed, y sintió
cansancio. Fue sostenido por el
alimento y refrigerado por el sueno. Participó
de la suerte del hombre, aunque era el inmaculado Hijo de Dios. Era Dios en la carne. Su carácter ha de ser el nuestro. El Señor dice de aquellos que creen en él:
"Habitaré y andaré en ellos; y seré el Dios de ellos, y ellos serán mi
pueblo.'
Cristo es la escalera que Jacob vio, cuya base descansaba
en la tierra y cuya cima llegaba a la puerta del cielo, hasta el mismo umbral
de la gloria. Si esa escalera no
hubiese llegado a la tierra, y le hubiese faltado un solo peldaño, habríamos
estado perdidos. Pero Cristo nos
alcanza donde estamos. Tomó nuestra
naturaleza y venció, a fin de que nosotros, tomando su naturaleza, pudiésemos
vencer. Hecho "en semejanza de
carne de pecado," vivió una vida sin pecado. Ahora, por su divinidad, echa mano del trono del cielo, mientras
que por su humanidad llega hasta nosotros.
El nos invita a obtener por la fe en él la gloria del carácter de Dios. Por lo tanto, hemos de ser perfectos, como
nuestro "Padre que está en los cielos es perfecto."
Jesús había demostrado en qué consiste la justicia, y
había señalado a Dios como su fuente. Ahora
encaró los deberes prácticos. Al dar
limosna, al orar, al ayunar, dijo él, no debe hacerse nada para atraer la
atención o provocar alabanzas. Dad con
sinceridad, para beneficiar a los pobres que sufren. Al orar, póngase el alma en comunión con Dios. Al ayunar, no andéis con la cabeza inclinada
y el corazón lleno de pensamientos relativos al yo. El corazón del fariseo es un suelo árido e infructuoso, en el
cual ninguna simiente de vida divina puede crecer. El que más completamente se entrega a Dios es el que le rendirá
el servicio más aceptable. Porque
mediante la comunión con Dios, los hombres llegarán a colaborar con él en
cuanto a presentar su carácter a la humanidad.
El servicio prestado con sinceridad de corazón tiene
gran recompensa. "Tu Padre que ve
en secreto, te recompensará en público." Por la vida que vivimos mediante
la gracia de Cristo se forma el carácter.
La belleza original empieza a ser restaurada en el alma. Los atributos del carácter de Cristo son
impartidos, y la imagen del Ser divino empieza a resplandecer. Los rostros de los hombres y mujeres que
andan y trabajan con Dios expresan la paz del cielo. Están rodeados por la atmósfera celestial. Para esas almas, el reino de Dios empezó ya. Tienen el gozo de Cristo, el gozo de
beneficiar a la humanidad. Tienen la
honra de ser aceptados para servir al Maestro; se les ha confiado el cargo de
hacer su obra en su nombre.
"Ninguno puede servir a dos señores." No
podemos servir a Dios con un corazón dividido.
La religión de la Biblia no es una influencia entre muchas otras; su
influencia ha de ser suprema, impregnando y dominando todo lo demás. No ha de ser como un reflejo de color
aplicado aquí y allá en la tela, sino que ha de impregnar toda la vida, como si
la tela fuese sumergida en el color, hasta que cada hilo de ella quede teñido
por un matiz profundo e indeleble.
"Así que, si tu ojo fuere sincero, todo tu
cuerpo será luminoso: mas si tu ojo fuere malo, todo tu cuerpo será
tenebroso." La pureza y firmeza de propósito son las condiciones mediante
las cuales se recibe la luz de Dios. El
que desee conocer la verdad debe estar dispuesto a aceptar todo lo que ella
revele. No puede transigir con el error. El vacilar y ser tibio en obedecer la
verdad, es elegir las tinieblas del error y el engaño satánico.
Los métodos mundanales y los invariables principios
de la justicia, no se fusionan imperceptiblemente como los colores del arco
iris. Entre los dos, el Dios eterno ha
trazado una separación amplia y clara. La
semejanza de Cristo se destaca tanto de la de Satanás como el mediodía
contrasta con la medianoche. Y
únicamente aquellos que vivan la vida de Cristo son sus colaboradores. Si se conserva un pecado en el alma, o se
retiene una mala práctica en la vida, todo el ser queda contaminado. El hombre viene a ser un instrumento de
iniquidad.
Todos los que han escogido el servicio de Dios han de
confiar en su cuidado. Cristo señaló a
las aves que volaban por el cielo y a las flores del campo, e invitó a sus
oyentes a considerar estos objetos de la creación de Dios. "¿No valéis vosotros mucho más que
ellas?" dijo. La medida de la
atención divina concedida a cualquier objeto está en proporción con su lugar en
la escala de los seres. La Providencia
vela sobre el pequeño y obscuro gorrión.
Las flores del campo y la hierba que cubre la tierra participan de la
atención y el cuidado de nuestro Padre celestial. El gran Artífice Maestro pensó en los lirios y los hizo tan
hermosos que superan la gloria de Salomón.
¡Cuánto mayor interés ha de tener por el hombre, que es la imagen y
gloria de Dios! Anhela ver a sus hijos revelar un carácter según su semejanza. Así como el rayo del sol imparte a las
flores sus variados y delicados matices, imparte Dios al alma la hermosura de
su propio carácter.
Todos los que eligen el reino de amor, justicia y paz
de Cristo, y consideran sus intereses superiores a todo lo demás, están
vinculados con el mundo celestial y poseen toda bendición necesaria para esta
vida. En el libro de la providencia
divina o volumen de la vida, se nos da a cada uno una página. Esa página contiene todo detalle de nuestra
historia. Aun los cabellos de nuestra
cabeza están contados. Dios no se
olvida jamás de sus hijos.
"No os congojéis por el día de mañana."
Hemos de seguir a Cristo día tras día. Dios
no nos concede ayuda para mañana. A fin
de que no se confundan, él no da a sus hijos todas las indicaciones para el
viaje de su vida de una vez. Les
explica tan sólo lo que pueden recordar y cumplir. La fuerza y sabiduría impartidas son para la emergencia actual. "Si alguno de vosotros tiene falta de
sabiduría"-para hoy,- "demándela a Dios, el cual da a todos
abundantemente, y no zahiere; y le será dada.'
"No juzguéis, para que no seáis juzgados." No
os estiméis mejores que los demás ni os erijáis en sus jueces. Ya que no podéis discernir los motivos, no
podéis juzgar a otro. Si le criticáis,
estáis fallando sobre vuestro propio caso; porque demostráis ser partípices con
Satanás, el acusador de los hermanos. El
Señor dice: "Examinaos a vosotros mismos si estáis en fe; probaos a
vosotros mismos." Tal es nuestra obra.
"Que si nos examinásemos a nosotros mismos, cierto no seríamos
juzgados."
El buen árbol producirá buenos frutos. Si el fruto es desagradable al paladar e
inútil, el árbol es malo. Así también
el fruto que se produce en la vida atestigua las condiciones del corazón y la
excelencia del carácter. Las buenas
obras no pueden comprar la salvación, pero son una evidencia de la fe que obra
por el amor y purifica el alma. Y
aunque la recompensa eterna no nos es concedida por causa de nuestros méritos,
estará, sin embargo, en proporción con la obra hecha por medio de la gracia de
Cristo.
Así expuso Cristo los principios de su reino, y
demostró que eran la gran regla de la vida; y para grabar la lección, añadió
una ilustración. No es suficiente,
dijo, que oigáis mis palabras. Por la
obediencia debéis hacer de ellas el fundamento de vuestro carácter. El yo no es sino una arena movediza. Si edificáis sobre teorías e inventos
humanos, vuestra casa caerá. Quedará
arrasada por los vientos de la tentación y las tempestades de la prueba. Pero estos principios que os he dado
permanecerán. Recibidme; edificad sobre
mis palabras.
"Cualquiera pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la peña; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y combatieron aquella casa; y no cayó; porque estaba fundada sobre la peña."