EL SÁBADO fue santificado en ocasión de la
creación. Tal cual fue ordenado para el
hombre, tuvo su origen cuando "las estrellas todas del alba alababan, y se
regocijaban todos los hijos de Dios."
La paz reinaba sobre el mundo entero, porque la tierra estaba en armonía
con el cielo. "Vió Dios todo lo
que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera;' y reposó en el gozo
de su obra terminada.
Por haber reposado en sábado, "bendijo Dios el
día séptimo y santificólo," es decir, que lo puso aparte para un uso
santo. Lo dio a Adán como día de
descanso. Era un monumento recordativo
de la obra de la creación, y así una señal del poder de Dios y de su amor. Las Escrituras dicen: "Hizo memorables
sus maravillas." "Las cosas invisibles de él, su eterna potencia y
divinidad, se echan de ver desde la creación del mundo, siendo entendidas por
las cosas que son hechas."
Todas las cosas fueron creadas por el Hijo de
Dios. "En el principio era el
Verbo, y el Verbo era con Dios... Todas
las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que es hecho, fue
hecho." Y puesto que el sábado es un monumento recordativo de la obra de
la creación, es una señal del amor y del poder de Cristo.
El sábado dirige nuestros pensamientos a la
naturaleza, y nos pone en comunión con el Creador. En el canto de las aves, el murmullo de los árboles, la música
del mar, podemos oír todavía esa voz que habló con Adán en el Edén al frescor
del día. Y mientras contemplamos su
poder en la naturaleza, hallamos consuelo, porque la palabra que creó todas las
cosas es la que infunde vida al alma.
El "que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que
resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la
gloria de Dios en la faz de Jesucristo."
Fue este pensamiento el que provocó este canto del
salmista: "Por cuanto me has
alegrado, oh Jehová, con tus obras; En las obras de tus manos me gozo. ¡Cuán grandes son tus obras, oh Jehová! Muy profundos son tus pensamientos."
Y el Espíritu Santo declara por medio del profeta
Isaías: "¿A qué pues haréis semejante a Dios, o a qué imagen le
compondréis? ... ¿No sabéis? ¿no habéis oído? ¿nunca os lo han dicho desde el
principio? ¿no habéis sido enseñados desde que la tierra se fundó? El está
asentado sobre el globo de la tierra, cuyos moradores son como langostas, él
extiende los cielos como una cortina, tiéndelos como una tienda para
morar.... ¿A qué pues me haréis
semejante, o seré asimilado? dice el Santo.
Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién crió estas cosas; él saca
por cuenta su ejército: a todas llama por sus nombres; ninguna faltará: tal es
la grandeza de su fuerza, y su poder y virtud.
¿Por qué dices, oh Jacob, y hablas tú, Israel: mi camino es escondido de
Jehová, y de mi Dios pasó mi juicio? ¿No has sabido, no has oído que el Dios
del siglo es Jehová, el cual crió los términos de la tierra? No se trabaja, ni
se fatiga con cansancio.... El da
esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas."
"No temas que yo soy contigo, no desmayes, que yo soy tu Dios que te
esfuerzo: siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi
justicia." "Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la
tierra: porque yo soy Dios, y no hay más." Tal es el mensaje que fue
escrito en la naturaleza y que el sábado está destinado a rememorar. Cuando el Señor ordenó a Israel que
santificase sus sábados, dijo: "Sean por señal entre mí y vosotros, para
que sepáis que yo soy Jehová vuestro Dios."
El sábado fue incorporado en la ley dada desde el
Sinaí; pero no fue entonces cuando se dio a conocer por primera vez como día de
reposo. El pueblo de Israel había
tenido conocimiento de él antes de llegar al Sinaí. Mientras iba peregrinando hasta allí, guardó el sábado. Cuando algunos lo profanaron, el Señor los
reprendió diciendo: "¿Hasta cuándo no querréis guardar mis mandamientos y
mis leyes?"
El sábado no era para Israel solamente, sino para el
mundo entero. Había sido dado a conocer
al hombre en el Edén, y como los demás preceptos del Decálogo, es de obligación
imperecedera. Acerca de aquella ley de
la cual el cuarto mandamiento forma parte, Cristo declara: "Hasta que
perezca el cielo y la tierra, ni una jota ni un tilde perecerá de la ley."
Así que mientras duren los cielos y la tierra, el sábado continuará siendo una
señal del poder del Creador. Cuando el
Edén vuelva a florecer en la tierra, el santo día de reposo de Dios será
honrado por todos los que moren debajo del sol. "De sábado en sábado," los habitantes de la tierra
renovada y glorificada, subirán "a adorar delante de mí, dijo
Jehová."
Ninguna otra institución confiada a los judíos
propendía tan plenamente como el sábado a distinguirlos de las naciones que los
rodeaban. Dios se propuso que su
observancia los designase como adoradores suyos. Había de ser una señal de su separación de la idolatría, y de su
relación con el verdadero Dios. Pero a
fin de santificar el sábado, los hombres mismos deben ser santos. Por la fe, deben llegar a ser partícipes de
la justicia de Cristo. Cuando fue dado
a Israel el mandato: "Acordarte has del día del reposo, para
santificarlo," el Señor también les dijo: "habeís de serme varones
santos" Únicamente en esa forma podía el sábado distinguir a los
israelitas como adoradores de Dios.
Al apartarse los judíos de Dios, y dejar de
apropiarse la justicia de Cristo por la fe, el sábado perdió su significado
para ellos. Satanás estaba tratando de
exaltarse a sí mismo, y de apartar a los hombres de Cristo, y obró para
pervertir el sábado, porque es la señal del poder de Cristo. Los dirigentes judíos cumplían la voluntad
de Satanás rodeando de requisitos pesados el día de reposo de Dios. En los días de Cristo, el sábado había
quedado tan pervertido, que su observancia reflejaba el carácter de hombres
egoístas y arbitrarios, más bien que el carácter del amante Padre
celestial. Los rabinos representaban
virtualmente a Dios como autor de leyes cuyo cumplimiento era imposible para
los hombres. Inducían a la gente a
considerar a Dios como un tirano, y a pensar que la observancia del sábado, que
él les exigía, hacía a los hombres duros y crueles. Era obra de Cristo disipar estos conceptos falsos. Aunque los rabinos le perseguían con una
hostilidad implacable, ni siquiera aparentaba conformarse a sus requerimientos,
sino que seguía adelante, observando el sábado según la ley de Dios.
Cierto sábado, mientras el Salvador y sus discípulos
volvían del lugar de culto, pasaron por un sembrado que estaba madurando. Jesús había continuado su obra hasta hora
avanzada, y mientras pasaba por los campos, los discípulos empezaron a juntar
espigas y a comer los granos, después de restregarlos en las manos. En cualquier otro día, este acto no habría
provocado comentario, porque el que pasaba por un sembrado, un huerto, o una
viña, tenía plena libertad para recoger lo que deseara comer. Pero el hacer esto en sábado era tenido por
un acto de profanación. No sólo al
juntar el grano se lo segaba, sino que al restregarlo en las manos se lo
trillaba, y así, en opinión de los rabinos había en ello un doble delito.
Inmediatamente los espías se quejaron a Jesús
diciendo: "He aquí tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en
sábado."
Cuando se le acusó de violar el sábado en Betesda,
Jesús se defendió afirmando su condición de Hijo de Dios y declarando que él
obraba en armonía con el Padre. Ahora
que se atacaba a sus discípulos, él citó a sus acusadores ejemplos del Antiguo
Testamento, actos verificados en sábado por quienes estaban en el servicio de
Dios.
Los maestros judíos se jactaban de su conocimiento de
las Escrituras, y la respuesta de Cristo implicaba una reprensión por su
ignorancia de los sagrados escritos.
"¿Ni aun esto habéis leído --dijo,-- qué hizo David cuando tuvo
hambre, él, y los que con él estaban; cómo entró en la casa de Dios, y tomó los
panes de la proposición, y comió, .
. . los cuales no era lícito comer, sino a solos los
sacerdotes?" "También les dijo: El sábado por causa del hombre es
hecho; no el hombre por causa del sábado." " ¿No habéis leído en la
ley, que los sábados en el templo los sacerdotes profanan el sábado, y son sin
culpa? Pues os digo que uno mayor que el templo está aquí." "El Hijo
del hombre es Señor aun del sábado.'
Si estaba bien que David satisficiese su hambre
comiendo el pan que había sido apartado para un uso santo, entonces estaba bien
que los discípulos supliesen su necesidad recogiendo granos en las horas
sagradas del sábado. Además, los
sacerdotes del templo realizaban el sábado una labor más intensa que en otros
días. En asuntos seculares, la misma
labor habría sido pecaminosa; pero la obra de los sacerdotes se hacía en el
servicio de Dios. Ellos cumplían los
ritos que señalaban el poder redentor de Cristo, y su labor estaba en armonía
con el objeto del sábado. Pero ahora,
Cristo mismo había venido. Los
discípulos, al hacer la obra de Cristo, estaban sirviendo a Dios y era correcto
hacer en sábado lo que era necesario para el cumplimiento de esta obra.
Cristo quería enseñar a sus discípulos y a sus enemigos
que el servicio de Dios está antes que cualquier otra cosa. El objeto de la obra de Dios en este mundo
es la redención del hombre; por lo tanto, lo que es necesario hacer en sábado
en cumplimiento de esta obra, está de acuerdo con la ley del sábado. Jesús coronó luego su argumento declarándose
"Señor del sábado," es decir un Ser por encima de toda duda y de toda
ley. Este Juez infinito absuelve a los
discípulos de culpa, apelando a los mismos estatutos que se les acusaba de
estar violando.
Jesús no dejó pasar el asunto con la administración
de una reprensión a sus enemigos.
Declaró que su ceguera había interpretado mal el objeto del sábado. Dijo: "Si supieseis qué es:
Misericordia quiero y no sacrificio, no condenaríais a los inocentes." Sus
muchos ritos formalistas no podían suplir la falta de aquella integridad veraz
y amor tierno que siempre caracterizarán al verdadero adorador de Dios.
Cristo volvió a reiterar la verdad de que en sí
mismos los sacrificios no tienen valor.
Eran un medio, y no un fin. Su
objeto consistía en señalar el Salvador a los hombres, y ponerlos así en
armonía con Dios. Lo que Dios aprecia
es el servicio de amor. Faltando éste,
el mero ceremonial le es una ofensa.
Así sucede con el sábado. Estaba
destinado a poner a los hombres en comunión con Dios; pero cuando la mente
quedaba absorbida por ritos cansadores, el objeto del sábado se frustraba. Su simple observancia exterior era una
burla.
Otro sábado, al entrar Jesús en una sinagoga, vio
allí a un hombre que tenía una mano paralizada. Los fariseos le vigilaban, deseosos de ver lo que iba a
hacer. El Salvador sabía muy bien que
al efectuar una curación en sábado, sería considerado como transgresor, pero no
vaciló en derribar el muro de las exigencias tradicionales que rodeaban el
sábado. Jesús invitó al enfermo a
ponerse de pie, y luego preguntó: "¿Es lícito hacer bien en sábado, o
hacer mal? ¿salvar la vida, o quitarla?" Era máxima corriente entre los
judíos que el dejar de hacer el bien, cuando había oportunidad, era hacer lo
malo; el descuidar de salvar una vida, era matar. Así se enfrentó Jesús con los rabinos en su propio terreno. "Mas ellos callaban. Y mirándolos alrededor con enojo,
condoliéndose de la ceguedad de su corazón, dice al hombre: Extiende tu mano. Y la extendió, y su mano fue restituida
sana.'
Cuando le preguntaron: "¿Es lícito curar en
sábado?" Jesús contestó " ¿ Qué hombre habrá de vosotros, que tenga
una oveja, y si cayere ésta en una fosa en sábado, no le eche mano, y la
levante? Pues ¿cuánto más vale un hombre que una oveja? Así que, lícito es en
los sábados hacer bien.'
Los espías no se atrevían a contestar a Jesús en
presencia de la multitud, por temor a meterse en dificultades. Sabían que él había dicho la verdad. Más bien que violar sus tradiciones, estaban
dispuestos a dejar sufrir a un hombre, mientras que aliviarían a un animal por
causa de la pérdida que sufriría el dueño si lo descuidaban. Así manifestaban mayor cuidado por un animal
que por el hombre, que fue hecho a la imagen de Dios. Esto ilustra el resultado de todas las religiones falsas. Tienen su origen en el deseo del hombre de
exaltarse por encima de Dios, pero llegan a degradar al hombre por debajo del
nivel de los brutos. Toda religión que
combate la soberanía de Dios, defrauda al hombre de la gloria que le fue
concedida en la creación, y que ha de ser]e devuelta en Cristo. Toda religión falsa enseña a sus adeptos a
descuidar los menesteres, sufrimientos y derechos de los hombres. El Evangelio concede alto valor a la
humanidad como adquisición hecha por la sangre de Cristo, y enseña a considerar
con ternura las necesidades y desgracias del hombre. El Señor dice: "Haré más precioso que el oro fino al varón,
y más que el oro de Ofir al hombre."
Cuando Jesús preguntó a los fariseos si era lícito
hacer bien o mal en sábado, salvar la vida o matar, les hizo confrontar sus
propios malos deseos. Con acerbo odio
ellos deseaban matarle mientras él estaba salvando vidas e impartiendo felicidad
a muchedumbres. ¿Era mejor matar en
sábado, según se proponían ellos hacer, que sanar a los afligidos como lo había
hecho él? ¿Era más justo tener homicidio en el corazón en el día santo, que
tener hacia todos un amor que se expresara en hechos de misericordia?
Al sanar al hombre que tenía una mano seca, Jesús
condenó la costumbre de los judíos, y dejó al cuarto mandamiento tal cual Dios
lo había dado. "Lícito es en los
sábados hacer bien," declaró.
Poniendo a un lado las restricciones sin sentido de los judíos, honró el
sábado, mientras que los que se quejaban contra él deshonraban el día santo de
Dios.
Los que sostienen que Cristo abolió la ley, enseñan
que violó el sábado y justificó a sus discípulos en lo mismo. Así están asumiendo la misma actitud que los
cavilosos judíos. En esto contradicen
el testimonio de Cristo mismo, quien declaró: "Yo también he guardado los
mandamientos de mi Padre, y estoy en su amor."Ni el Salvador ni sus
discípulos violaron la ley del sábado.
Cristo fue el representante vivo de la ley. En su vida no se halló ninguna violación de sus santos
preceptos. Frente a una nación de
testigos que buscaban ocasión de condenarle, pudo decir sin que se le
contradijera: "¿Quién de vosotros me convence de pecado?'
El Salvador no había venido para poner a un lado lo que
los patriarcas y profetas habían dicho; porque él mismo había hablado mediante
esos hombres representativos. Todas las
verdades de la Palabra de Dios provenían de él. Estas gemas inestimables habían sido puestas en engastes
falsos. Su preciosa luz había sido
empleada para servir al error. Dios
deseaba que fuesen sacadas de su marco de error, y puestas en el de la
verdad. Esta obra podía ser hecha
únicamente por una mano divina. Por su
relación con el error, la verdad había estado sirviendo la causa del enemigo de
Dios y del hombre. Cristo había venido
para colocarla donde glorificase a Dios y obrase la salvación de la humanidad.
"El sábado por causa del hombre es hecho; no el
hombre por causa del sábado," dijo Jesús.
Las instituciones que Dios estableció son para beneficio de la
humanidad. "Todas las cosas son
por vuestra causa." "Sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo,
sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo por venir; todo es vuestro;
y vosotros de Cristo; y Cristo de Dios." La ley de los diez mandamientos,
de la cual el sábado forma parte, fue dada por Dios a su pueblo como una
bendición. "Mandónos Jehová --dijo
Moisés-- que ejecutásemos todos estos estatutos, y que temamos a Jehová nuestro
Dios, porque nos vaya bien todos los días, y para que nos dé vida, como hoy.' Y
mediante el salmista se dio este mensaje a Israel: "Servid a Jehová con
alegría: venid ante su acatamiento con regocijo. Reconoced que Jehová él es Dios: él nos hizo, y no nosotros a
nosotros mismos; pueblo suyo somos, y ovejas de su prado. Entrad por sus puertas con reconocimiento,
por sus atrios con alabanza." Y acerca de todos los que guardan "el
sábado de profanarlo," el Señor declara: "Yo los llevaré al monte de
mi santidad, y los recrearé en mi casa de oración."
"El Hijo del hombre es Señor aun del
sábado." Estas palabras rebosan instrucción y consuelo. Por haber sido hecho el sábado para el
hombre, es el día del Señor. Pertenece
a Cristo. Porque "todas las cosas
por él fueron hechas; y sin él nada de lo que es hecho, fue hecho." y como
lo hizo todo, creó también el sábado.
Por él fue apartado como un monumento recordativo de la obra de la
creación. Nos presenta a Cristo como
Santificador tanto como Creador.
Declara que el que creó todas las cosas en el cielo y en la tierra, y
mediante quien todas las cosas existen, es cabeza de la iglesia, y que por su
poder somos reconciliados con Dios.
Porque, hablando de Israel, dijo: "Díles también mis sábados, que fuesen
por señal entre mí y ellos, para que supiesen que yo soy Jehová que los
santifico," es decir, que los hace santos. Entonces el sábado es una señal del poder de Cristo para
santificarnos. Es dado a todos aquellos
a quienes Cristo hace santos. Como
señal de su poder santificador, el sábado es dado a todos los que por medio de
Cristo llegan a formar parte del Israel de Dios.
Y el Señor dice: "Si retrajeres del sábado tu
pie, de hacer tu voluntad en mi día santo, y al sábado llamares delicias,
santo, glorioso de Jehová; . . .
entonces te deleitarás en Jehová." A todos los que reciban el
sábado como señal del poder creador y redentor de Cristo, les resultará una
delicia. Viendo a Cristo en él, se
deleitan en él. El sábado les indica
las obras de la creación como evidencia de su gran poder redentor. Al par que recuerda la perdida paz del Edén,
habla de la paz restaurada por el Salvador.
Y todo lo que encierra la naturaleza, repite su invitación: "Venid
a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré
descansar."